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La luz que tú desprendes

A menudo se reconoce que los escritores dirigen sus libros a alguien. Se dice que se escribe para alguien. Menos usual es pensar que se hace "por" alguien. Que existe un estímulo fuera de ti, que te hace desempolvar palabras, estirar conceptos, anclarte en el lenguaje. Ella sabía, porque lo había comprobado con exactitud, que escribía por él. 

El silencio había sido su santo y seña durante muchos años. Estaban las ideas, sí, también las palabras, pero no cuajaban, no cristalizaban, se quedaban en un limbo impredecible, en un lugar anodino y sin relevancia. Esos tiempos fueron duros. Guardaba en su interior tal cantidad de pensamientos, de argumentos, de idas y venidas, de frases, que no sabía donde ponerlas. Porque ni siquiera un enorme almacén, un armario, puede contener esa explosión que es la expresión del lenguaje en movimiento. 

Así que tuvo ocasión de entender que el silencio no había logrado acallarla, ni tampoco llevarla a ese espacio de tranquilidad y de serena expectación que pretendía lograr pese a todo. No. Nada de esto ocurrió sino que fue peor. El silencio se convirtió en pesadumbre y, cuando llegó la tragedia, no tuvo armas, apenas la resistencia de no poder hacer otra cosa, una resistencia pasiva y controlada. Ella esperó que todo pasara porque sabía que el mundo sigue girando pese a todo. Pero sin palabras que pudieran aportarle consuelo ese tránsito fue gastando energías que, de otro modo, se hubieran convertido en fuego ardiente, en espectacular hallazgo, en vida renacida.

Ella se encontró de pronto contigo. Advirtió a lo lejos la ráfaga de luz, la maravillosa huella de lo que eres, esparcida en misterios que tenían una razón de ser, aunque difícil de comprender a la primera ojeada. Guardó el resentimiento por lo que la vida había arañado en su propia biografía. Guardó un eco de voz apagado y tímido. Y logró, contigo, que la palabra renaciera, que se volcara entera sobre las páginas desnudas de una vida en tinieblas hasta entonces. Nunca lo contará pero lo sé. Ella escribe por ti, porque tú existes, por la luz que desprendes, porque halla en tu propio corazón un motivo. Ella escribe. Tú callas. Aún no has terminado de leer la partitura. 

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