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"Cinco esquinas" de Mario Vargas Llosa


Si algún día tuviera delante a Vargas Llosa le preguntaría por el momento de creación de esta novela. Cual si fuera una pizpireta periodista rosa, ataviada con pitillos negros e imposibles mechas rubias, le lanzaría la pregunta que me ha rondado la cabeza durante su lectura: ¿Estaba usted enamorado mientras la escribía? La respuesta es obviamente, sí. 

Vargas sabría en qué sentido yo le interrogaba acerca del amor. Sabría que es el amor pasional, el amor nuevo, ese que le hace preferir los besos a los premios. Quién no...diría cualquier mujer. Entre los hombres, división de opiniones. Así que esa es la primera reflexión tras la lectura, rápida porque el libro discurre como un río imparable, de su nueva obra. 

En la calle Sierpes de Sevilla había una librería en la que todo era varguismo. Las colas de la gente en la caja para pagar el libro, atesorado entre sus manos, me recordaron la salida de la saga de Harry Potter, cuando los chavales se amontonaban en las puertas de los locales desde varias horas antes de que abrieran para conseguir su objetivo. Incluso los había que leían en inglés la aventura del niño-mago, bastante antes de que se tradujera al castellano. Lo mismo está ocurriendo con este nuevo vargas, pero no podría separar cuánto de preyslerismo hay en la atracción, cuánto de literatura hispanoamericana, cuanto de premiosnobel, cuando de lector a secas...En la cola de la librería he vislumbrado a mujeres que nunca antes han leído este tipo de libros...

La divulgación, a modo de premier, del primer capítulo en el que Marisa y Chabela se enredan en la cama de la primera, no debe ser tampoco ajena al revuelo. Marisa y Chabela hacen el amor con el tono cotidiano de quien narra un encuentro entre amigas. Es un amor de andar por casa, de descubrimiento sin sorpresa. Ninguna de las dos sabía que iba a tener sexo con chicas, pero he ahí que las fiestas de pijamas suelen conducir, o pueden conducir, a esto. Los espíritus exquisitos dirán que la escena les deja frío, pero hay quien sintió cierto tórrido arrebato que no olvida. Claro está que hay momentos en la vida en la que todo se torna en un tórrido arrebato....Empiezas leyendo en tu primera adolescencia a D. H. Lawrence y ya nunca puedes olvidarte de la imagen evocada de un guardabosques sudoroso y de sonrisa arrebatadora. 

Para una lectora no seguidora de Vargas, como soy yo, este libro es un divertimento placentero. Se lee de un tirón y se entiende todo. Esas disquisiciones de los novelistas hispanoamericanos, que terminan por alejarte del papel, no existen aquí. Los personajes son duros o tiernos, pero tienen todos un perfil que reconocerías, incluso puedes intercambiar nombres con los que existen en nuestra vida real. El tema central, el periodismo amarillo (casi llegando al rosa fucsia ) fue un arma del gobierno Fujimori, como el mismo libro relata, pero es también una suerte de amenaza latente para todas aquellas figuras públicas que pueden verse asediadas por fotos comprometedoras debidas a polvos inadecuados. La imagen pública es una figura de porcelana de Sèvres que no admite roturas. Cualquier pequeña mácula será irrecuperable. Si pierdes el honor, lo pierdes todo. Y el honor de los personajes que tienen una proyección más allá de su entorno doméstico está en manos de cualquiera.

Junto a esta cuestión, el erotismo. Suave y delicado o plagado de suciedad, en las dos caras se ofrece. Dúos, tríos y orgías, todo en una continuidad que, por desgracia para sus protagonistas, en ocasiones salta la barrera de lo privado y se convierte en motivo de chantaje empresarial o político. Dictadura y toque de queda. Porno tranquilo, dicen algunos críticos. 

Vargas contrapone dos tipos de mujer: Marisa y Chabela, burguesas acomodadas, limpias, perfumadas y La Retaquita, la periodista sin estudios y con ansia de sobrevivir que es capaz de todo, que usa un vocabulario plagado de obscenidades y que no tiene escrúpulos. Marisa y Chabela viven en barrios lujosos y pasan los fines de semana (los findes) en Miami, donde contemplan la salida del sol asentadas en esa nueva relación que se han inventado a fuerza de frotarse los pies desnudos. Por su parte, La Retaquita es un producto de Cinco Esquinas, el barrio suburbial que da título al libro y que está lleno de tipos malotes que se te arriman en el autobús sin control ninguno. A pesar de esta diferencia de estatus, Marisa y Chabela viven amenazadas por la publicidad que se genera a raíz de una orgía que alguien fotografió en su día y La Retaquita se siente protegida por esa misma ola de denuncia.

Los personajes masculinos se mueven entre la maldad interesada de Rolando Garros, la ingenuidad impersonal de Quique Cárdenas, el astuto profesionalismo de Luciano y esos otros que forman el lumpen y cuyas biografías no pueden estar en paralelo con las nuestras. Son gente con la que no hay que coincidir nunca. En el trasfondo, los todopoderosos dueños de Perú en esos años del terror.

"Cinco esquinas" es una novela de desarrollo rápido y cuidadosa estructura. Valga el ejemplo del capítulo XX, desarrollado a modo de cajas concéntricas que se van destapando mientras los personajes, cada uno en lo suyo, separados en mundos distintos, terminan encontrándose en un ámbito común que ninguno de ellos hubiera querido frecuentar. Leyéndolo he pensado en una mariposa dentro de un tarro de cristal. Si le aplicas un foco, la mariposa aleteará queriendo abandonar el recipiente, pero eso solo logrará que esas alas se rompan, se destrocen, que, después de esa lucha, nunca más sea una bonita mariposa de brillantes colores.

Pero la fuerza máxima del libro es el lenguaje. Ese amontonamiento de localismos y americanismos, que se suceden vertiginosamente (todo el libro es vertiginoso, su lectura también) para dibujar un cuadro altamente adictivo. El lenguaje es el secreto, la razón y, seguramente, el motivo. Si no fuera por ese lenguaje la novela sería una comedia social sin Nöel Coward.

"Cinco esquinas" de Mario Vargas Llosa. Editorial Alfaguara. Marzo de 2016. 

(En Babelia, crítica de Manuel Rodríguez Rivero: Bien vengas, mal, si vienes solo) 

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