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"Verano y amor" de William Trevor


Si es un día de sol invernal y rebuscas en cualquier librería  siempre puedes hallar algo. Es un ejercicio magnífico. Sales de trabajar y decides que hoy vas a husmear e el alma de cualquier escritor desconocido. Estás de buen humor, porque el sol brilla y porque hay claridad y la gente pasea por la calle como si no tuviera nada mejor que hacer.

Recorrer despacio los pasillos, ver las estanterías, ajustarte las gafas para leer los lomos. Los ritos de la búsqueda. Una búsqueda que, a veces, tiene resultados y otras veces no los tiene. Una búsqueda interior. Te llama una portada, un título, un autor, una corazonada, un sentimiento, una intuición. No sabes descifrarlo. Quizá preguntes al dependiente o al librero si hay suerte y la persona que te atiende se merece este nombre. En todo caso, recorrer librerías es una forma de encontrar motivos para disfrutar. Me gusta hacerlo sola, porque, al fin y al cabo, los libros van a ser tu mejor compañía. Y nunca estás sola si tus manos acarician los libros. O, mejor, siempre estás sola. Y aquí también. 

Como este libro que tengo entre las manos, leído en una tarde: "Verano y amor". Surgido de improviso en una esquina de un estante color nogal, en una librería que no suelo frecuentar pero que me llamó cuando, al pasar, vi en su escaparate algunas de esas bonitas libretas que me gusta coleccionar. Ya ves, no conocía al autor. Eso me gusta. me encanta encontrar gente desconocida, autores que nunca en mi vida haya leído, escritores diferentes, nuevos y que yo misma descubro. Sin premios, ni publicidad, ni siquiera el boca a boca. Un amor a primera vista que, en ocasiones se confirma y en otros casos se pierde en la nada, como un romance de verano. William Trevor ha sido un delicioso hallazgo. He sabido de él que nació en 1928 y vive todavía en su casa de Devon, en Inglaterra, el condado que tantas veces aparece en los libros del XIX que me gusta leer. 

Trevor es un gran escritor, un excelente escritor, de palabra luminosa y sobria a la vez. El libro  transcurre en una pequeña población de Irlanda y el retrato de los paisajes, de los olores y sabores, de las tareas en las granjas y en las casas, es tan exacto a lo que una imagina que sería la vida en los pequeños pueblos de Irlanda en los años centrales del siglo pasado, que, desde las primeras páginas tienes ya en la retina todo ese tiempo de los años cincuenta que el autor recrea impecablemente. Son los años de su juventud, esos que siempre permanecen anclados en nosotros y que, por lo mismo, vuelven una y otra vez en forma de escritura, si es que eres un escritor como Trevor. ¿Qué tienen los escritores irlandeses que saben trasladar de una forma tan cierta, tan clara y fidedigna, esos entornos que nos conmueven tanto? El relato de Trevor es coherente con la propia historia de Irlanda, con su pasado vinculado al catolicismo, con la forma peculiar en la que usan el idioma, con su carácter humorístico y, a la vez, sentimental. 

La novela se desarrolla en Rathmoye, un pequeño pueblo irlandés. Los personajes ejercen oficios diversos: son campesinos, comerciantes, amas de casa, jóvenes y ancianos: una solterona que sueña con que le sea perdonado, por fin, un pecado de juventud; un granjero que se considera culpable de las muertes de su esposa e hija, que, en realidad, han ocurrido por un fatal accidente. Hay también un curioso bibliotecario, anclado en el pasado y ocupando una casa abandonada. Está Florian, que gasta desilusiones y juventud. Está también una huérfana, Ellie, casada con el granjero viudo. 

En las primeras páginas, Trevor nos muestra pequeños retazos de sus vidas aparentemente individuales y aisladas; luego, con enorme destreza, va entrelazándolos gradualmente hasta formar un complejo y exquisito tapiz en el que cada parte, cada vida, depende y modifica a las otras. La novela es corta, apenas excede las doscientas páginas, pero al terminar de leerla no podemos dejar de sentir que hemos formado parte de una historia genial, con raíces antiguas y que perduran en nuestros días.  

"Verano y amor" es sobre todo la historia de Florian y de Ellie. Florian ha decidido marcharse de Irlanda después de la muerte de sus padres quienes, artistas ellos mismos, siempre supusieron que su hijo también lo sería. La ambición de sus padres condujo a Florian a una sucesión de frustraciones, y sólo la huida a un país desconocido (Noruega, tierra inmensamente extranjera para un irlandés) parecería ofrecerle la posibilidad de una vida lograda. Pero poco antes de partir, Florian se encuentra con Ellie. Casada, paciente, desamorada, Ellie piensa que la suya es la vida a la cual está destinada, hasta que conoce a Florian. Entonces se dicen unas pocas palabras, se suceden unos pocos encuentros, y al final del verano, Florian se va. Eso es todo. Podría decirse que nada sucede en esta breve novela, o casi nada, salvo el nacimiento y el obligatorio fin de una pasión amorosa. Sin embargo, eso basta para que, contada en la magistral voz de Trevor, "Verano y amor "sea una de las más perfectas historias de amor de nuestro tiempo.

Allí, en el libro, están la rubia y joven Ellie; el granjero Dillahan, cuyo sufrimiento es paralelo a su voluntad de superación; el fotógrafo Florian, que ha encontrado precisamente en la captación de imágenes con su Leika la única forma de afirmarse en un mundo donde apenas tiene sitio. Allí está la atormentada señorita Connulty, que no tiene ni nombre. Allí están la estafeta de correos, la iglesia, la pensión, el bazar, la granja, todos los lugares que comparten espacio en el pueblo de Rathmoye con el cine extrañamente incendiado.

La edición que he leído es de 2011 y de la editorial Salamandra, traducida por Victoria Malet. Pero podrás ver en la Red, si tienes curiosidad, que ha sido traducida a varios idiomas y tiene diversas ediciones. La escritura de William Trevor es un descubrimiento. Merece la pena ahondar en él, sumergirse en este verano anticipado, en este verano extemporáneo, ahora que el invierno nos azota y no solamente con un clima adverso, sino, quizá también, con una tristeza que excede los límites geográficos de las tardes y las noches más oscuras. 

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