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Inocentes



Creedme si os digo que, de todo el calendario navideño, el día que más me gustaba, y me sigue gustando, es el de hoy, 28 de diciembre, los Santos Inocentes. Es un día iconoclasta a más no poder, lo que casa muy bien con una persona como yo, a la que los ritos le caen siempre lejos, salvo los que tienen que ver con los buenos sentimientos. La historia bíblica me daba más o menos igual, no estaba ni estoy para historias más allá de la Revolución Francesa. Lo que me encandilaban eran las bromas, los sucedidos y las historias humorísticas que se tejían en mi calle ese día. Toda la familia participaba siempre en ellas y cuando digo toda, digo toda. Porque es una tradición que se remonta a siglos. Por parte de mi madre, desde luego, lo de mi padre es otra cosa, gente seria y sufridora al máximo. 

Pero en la casa de mi madre las bromas llegaban al paroxismo. Ese encargo de tartas, ese encargo de pizzas, esas peluquerías en las que ocurrían cosas, esas llamadas telefónicas extrañas, esas voces impostadas imitando no sé qué....Todas las tías cuentan y no acaban acerca de las miles de vivencias que el Día de los Inocentes dejaba y deja aún en los Benítez, tradición gloriosa de una gente que hace de la tristeza una broma. Y no exagero. Puedes preguntar por ellos en Chiclana, a ver si te engaño. 

Como dicen los cómicos, es mucho más difícil hacer reír que hacer llorar. Para llorar basta pensar en la vida que llevas o ver, en la sobremesa, cualquier telefilme de Antena 3. Pero reírse o hacer reír es cosa bien distinta y para lograrlo no solamente hay que poner en marcha los artilugios de la gracia, sino los del ingenio, la ironía, la frescura y, sobre todo, la limpieza previa del corazón. No es posible hacer reír ni reír desde el odio, así que hay que poner el alma en la lavadora, llevarla a la lavandería o hacerle una limpieza al seco. Lo que sea con tal de que tu risa suene como lo que es. Una campana de gloria irrenunciable. 

Estar triste es una pose que puede hacerte ganar adeptos, pero no te equivoques. Lo que mola es la risa, la sonrisa, el buen humor y el reírte de ti mismo. Mi madre decía siempre que tenía tantos motivos para reírse de ella misma que debía dosificarlos e irlos sacando en porciones. Una vez la atropelló un coche cuando iba por la calle. Era una paquetera de reparto.  Dejó a la pobre mujer tirada en el suelo y también a una de mis hermanas que la acompañaba. Ella contaba su máxima preocupación: había caído en una postura indecorosa que ponía de manifiesto algo más que las medias. Los seis meses que pasó con una especie de avión anclado en la parte izquierda del cuerpo, con el brazo tieso y la mano cosida a puntos, mi casa era un jolgorio. Llegaban las vecinas y las amigas a que les contara lo sucedido de la forma en la que ella solía. Todos los que acudían a consolarla, salían de allí con su propio consuelo asegurado, tal era el caudal de risas y de comentarios jocosos que surgían. Nunca contaba igual la historia como buena cuentista, aunque jamás mentía. Eso es algo que he heredado de ella. No mentir, solo mirar la realidad desde todas sus aristas. E intentar no hacer daño con esas sinceridades que solamente sirven para que uno se libere y le eche el muerto a otro. Bah.

Así que no está mal seguir tu ejemplo, mamaíta, ahora que no me oyes ni me lees ni me dices, con tu carita mágica, "qué guapa estás y qué bien te sienta ese vestido"...Y dejar la trascendencia para los que pueden vivir con ella porque son importantes. Las personas normales caminamos mejor por el sendero del buen humor y de la distancia irónica. Me perdonaré mis múltiples defectos, como antes que yo hicieron mis antepasadas, y trataré de encontrar, entre los miles de motivos que tengo para reírme de mí misma, uno que esté acorde con la importancia del día. Y dejaré los demás motivos para el resto del tiempo. 

Ese lema familiar: ningún día sin pensar en que eres tan ridícula como pareces.

Y ese otro, también marca de la casa: del amor apasionado al ridículo desmesurado solo media una conversación a destiempo.


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