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Tres niños


Jugaban en la calle casi desnudos. Tenían los ojos muy oscuros, con una oscuridad desconocida para mí. Yo era la persona extraña que los contemplaba, que los distraía de sus juegos, unos juegos efímeros, construidos sobre la imaginación, sin artilugios, sin aparatos, sin juguetes. Los niños que juegan sin juguetes son los más sabios del mundo. No necesitan instrucciones, manuales o cajas de cartón que hay que convertir en basura para contenedores de reciclaje. Los niños que juegan sin juguetes son invisibles a los ojos de casi todos. Nada llama la atención en ellos salvo su quietud, esa clase de postura estática que los aleja del bullicio. Un niño bullicioso es un niño que tiene en su casa, al menos, una nintendo o una play. Los niños de esta ciudad azul juegan en las calles sin otro aditamento que sus manos. 

Te miran. Reparan en ti. Podrían volar cometas. Si tuvieran un trozo de papel de seda de alegres colores, unas cañas para cruzar, unas cintas o unas cuerdas, restos de telas usadas, si tuvieran todo esto, podrían construir una cometa, un barrilete y lanzarlo al aire de la tarde africana. Las cometas serían buenos augurios, contarían las historias de los niños sin que estos supieran el motivo ni el desenlace. Podrían construir castillos de arena. Allá, en una de estas playas blancas con la arena prácticamente convertida en azúcar molida, sus pies se hundirían y sus manos trabajarían afanosas para lograr ese milagro, un enhiesto castillo, coronado de almenas, cercado por el agua, convertido en fortaleza, la defensa total ante el enemigo que acecha impasible a la inocencia. 

Los niños de esta calle no tienen sonrisa. Sus bocas parecen líneas trazadas en un mapa sinuoso de desgracias. Ni siquiera ofrecen esa sonrisa de buzón de las fotografías antiguas cuando era tan raro que un retratista llegara a los pueblos para inmortalizar a las parejas o a los niños vestidos de fiesta. Nadie les hará una foto para colocar en un bonito mueble del salón, para enmarcar y enseñar a las visitas. Ninguna abuela hablará de ellos con ese orgullo especial con que lo hacen en el primer mundo. A saber qué cuitas hilvanarán las mujeres de negro con las que ellos comparten a medias sus vidas. 

Estos niños te miran, observan tu ropa, las bolsas que llevas en las manos, tus gafas de sol, tu sombrero. Observan lo que ocurre a su alrededor con la desconfianza que nace de la falta de futuro, con el temblor de un tiempo sin respuestas. Son niños que no conocen la tristeza, porque, para que esta exista, debe haber un contrario, la alegría. Alegría y tristeza son cosas de ricos, de paraísos lejanos, fuera de este entorno de polvo y tierra seca, de tiendas atiborradas de objetos baratos, de plazas superpobladas con gente que habla mil lenguas. 

No son como los niños de mi infancia. Aquellos niños tenían nombres, apellidos y una madre que los reprendía al atardecer, porque los niños siempre se retrasaban a la hora del baño, de la merienda o de los deberes escolares. Los niños con madre, que se agarran a las faldas para no entrar en el colegio. Los niños que se acurrucan en las piernas de las madres para que ellas sean su amparo, su hogar, su destino. Los niños con madre que miran a los ojos sin temor, que lloran a veces porque sus rodillas han sufrido un golpe o porque un mal insignificante los aquejan. 

Estos niños sin lágrimas no son como aquellos. Llorar es un lujo que no pueden permitirse porque cuando uno llora está esperando la atención de alguien, el mimo, el cuidado, la ayuda. Esos niños del albero seco y africano no lloran porque es inútil, no saben que existen las lágrimas, no las recuerdan ni las han experimentado nunca. 

Así que yo, en un descuido, camuflada detrás de mis gafas de marca, oculto el rostro casi con mi sombrero nuevo, derramo, sin remedio, unas lágrimas que me saben a sal y son por ellos. Los niños que nunca fueron ni serán niños. 

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