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Divertidos e insatisfechos




Hay un delicioso libro de Margaret Wade Labarge titulado "Viajeros medievales. Los ricos y los insatisfechos", editado por Nerea en el que se cuenta cómo la clase adinerada de la Edad Media, lejos de permanecer estáticos en sus dominios, fueran estos los que fueran, viajaban con frecuencia, por motivos diversos: religiosos, militares, políticos, pero también por diversión, sed de conocimientos o de aventuras. Por supuesto, hay algunas cuestiones que diferencian con toda claridad este tipo de viajes y a este tipo de viajeros con respecto a lo que tenemos entre manos hoy día. Para empezar, solamente viajaban los ricos. Y, en segundo lugar, esos viajes se hacían en condiciones de comodidad cero desde nuestro punto de vista. He leído muchas veces la distinción que hacen algunos entre viajeros y turistas, algo que tiene matices, pero con la que puedo estar de acuerdo. Me parece, no obstante, que el turista es un invento muy actual, algo que no ha comenzado a existir hasta que no se ha obtenido una especie de bienestar global. 

El ansia de viajar en estos momentos es algo de carácter compulsivo. Si no vas en tu luna de miel al Caribe no eres nadie, ninguna de tus amigas te tendrá en consideración. Un viaje a las exóticas islas de cualquier continente, a un paraíso asiático, a los fiordos noruegos, incluso, si existieran, a los fiordos caribeños, cuenta con nota en cualquier grupo social. Las más de las veces estos viajes no se acompañan de ese previo esfuerzo de documentación para saber qué es lo que uno va a visitar, qué va a ver. Quiá. Innecesario totalmente esforzarse en ello. Para eso están las agencias de viajes que te dicen exactamente qué tienes que ver y cómo. Las tradiciones de los países y entornos se han transformado en un socorrido slogan de cualquier empresa turística. Ello nos ha llevado a una simplificación absoluta de los destinos y los itinerarios. Un retrato de papel couché que nos impide captar mínimamente la esencia de los lugares que visitamos. Es decir, viajamos mucho pero conocemos muy malamente el objeto de nuestros viajes. 

Otro fenómeno va paralelo a lo anterior. Los españoles que somos gente novelera por genética, nos enganchamos mucho a la moda viajera que protagonizan nuestros iconos mediáticos. La tele nos tira a la hora de elegir destino. Desde que Curro apareció en el Caribe, todos hemos visitado el Caribe. Pero, eso sí, España la conocemos poco. Poco, poco. Hay quien ha estado ya en casi todos los continentes y no conoce el arte asturiano, ni la ruta de los pueblos blancos de Cádiz, ni las Alpujarras, ni siquiera las principales ciudades españolas. Y las no tan principales. No digamos nada de conocer la península. Nuestro país vecino, Portugal, es el hermano pobre de los viajes, porque no resulta exótico, trendy o guay decir que hemos estado allí. Demasiado cerca. 

La moda de los viajes no tiene sentido por sí misma. Está en directa relación con el ansia de divertirse, de hacer cosas. Todos los findes tenemos que tener planes, hay una especie de horror vacui a esos días en los que nadie ha quedado contigo, en los que el teléfono no suena. Hay que hacer planes, tener planes, barbacoas, cenas, salidas, romerías, festejos, viajes, excursiones, lo que sea. Todo con tal de que no se abran ante nosotros, blancas y frías, las horas del día sin rellenar. Rellenar las horas como sea. Llenarlas de ruido, de risas, y, por supuesto, de fotos, de selfies, de imágenes para poner en nuestras redes sociales. Estamos tan preocupados de dejar constancia de que hemos visto esto o aquello que, en realidad, no reparamos, no vemos lo que está a nuestro alrededor. Ni siquiera nos vemos a nosotros mismos. El aburrimiento es la gran lacra de este tiempo. No queremos aburrirnos. Cuando yo era chica y le decía a mi madre que estaba aburrida (algo frecuente sobre todo a los trece años, que se hicieron largos, largos), mi madre siempre contestaba con la misma frase y el mismo gesto de indiferencia: Pues échate en agua. Hoy, si un niño se aburre, el papá y la mamá remueven Roma con Santiago para proporcionarle entretenimiento, sea cual sea, e incluso, si la cosa no mejora, se recurre al psicólogo del colegio, que puede averiguar si el chiquillo es TDAH (cosa probable estadísticamente los últimos tiempos) o tiene algún trastorno de personalidad. A mi madre no se ocurrió nunca que tuviera trastorno alguno, más bien pensaba que era una niña insatisfecha que necesitaba estar todo el día de la ceca a la meca, como comentaba cuando tenía ocasión. Y que, además, no disfrutaba nada ayudando en las tareas de casa, con continuos escaqueos que conducirían, inevitablemente (y como así ha sido) a convertirme en una adulta absoluta desconocedora de todas aquellas cuestiones domésticas que tanto embellecen a la mujer. 

Pues eso, planes, planes, viajes, viajes, findes, findes. Y, en la orilla, al otro lado de la vida, al margen, todos aquellos que, por alguna circunstancia concreta, por carácter o porque así lo han decidido, están fuera de ese circuito de placer que nos envuelve. Gente sin nada que ofrecer a los otros, a la tribu general que vive, tal como si la vida la estuviera planeando y dirigiendo una agencia de tour operator. 

/Ilustración, fotograma de La Odisea, 2026, Christopher Nolan/

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