miércoles, 17 de julio de 2019

La ciudad desnuda


Nueva York es la ciudad más fotogénica del mundo. La que despliega una belleza oscura y penetrante en tantas películas románticas, negras o dramáticas. Cualquier género se retrata mejor en sus puentes, sus islas, sus calles, sus edificios, sus tiendas, sus semáforos. En "La ciudad desnuda" parece que Vivian Maier ha trasplantado al cine sus propias fotografías. Esa mirada que sobrevuela la fealdad, buscando el pequeño matiz que haga de la escena un paisaje tierno que provoque una sonrisa entre el calor y el frío.  Pensaríamos que se trata de ella, si no fuera porque sabemos que es imposible, porque su trabajo de niñera ocultó tantos años su obra y porque conocemos que el director de fotografía fue el excelente William H. Daniels, a quien bastaría este trabajo para ser reconocido como un genio del blanco y negro. 

Esta es una película extraordinaria. La voz en off que la conduce hace un curioso papel de coprotagonista, porque no solo narra los acontecimientos sino que interpela a los personajes y nos adelanta datos que solo ella (la voz) conoce. Un caso de complicidad con el espectador que no he visto en otra película. Por su parte, la ciudad de Nueva York es una protagonista llena de matices, que se muestra sin ocultar nada y que recorre la trama en todas y cada una de sus partes. Algo ocurre en la ciudad de Nueva York y toda la ciudad se estremece. Un guión no escrito mueve los hijos, todos parecen tener un papel que representar y los objetos se transforman en causa y en efecto. Los altísimos rascacielos son también seres vivos y sus habitantes están poseídos de una rara cualidad de transparencia que no logra ocultar el latido del asfalto. Ocurren cosas y todas ellas tienen su espejo en el perfil de la ciudad. 


Lo que sucede aquí, en realidad, es que se investiga la muerte de una joven modelo de alta costura, la señorita Dexter. Jean Dexter ha sido descubierta muerta en su apartamento. Una asustada asistenta la ha hallado al protagonizar el único gran acontecimiento de su vida, que queda aquí plasmado para siempre: Marta Swanson, 42 años, dice la voz en off, encuentra a Jean Dexter muerta al llegar a su casa por la mañana. De igual modo que en "Doce hombres sin piedad" el viejo que creyó oír el crimen se arrastró hasta el estrado para contar su visión de una experiencia que nunca antes podría haber soñado, así Marta es la primera persona que se nos presenta en la historia.

El crimen provoca que el teniente Daniel Muldoon, de Homicidios, y su compañero, el novato pero perspicaz detective Jimmy Halloran, tengan que ponerse manos a la obra y tratar de atar los cabos sueltos, muchísimos, que van surgiendo mientras avanza la investigación. De esa forma, aparecerán en escena gente como Frank Niles, un pícaro de altos vuelos y de buena familia que juega a todas las barajas posibles; o su prometida, Ruth Morrison, también modelo, aunque luce en su dedo anular un anillo robado; o el enigmático y ausente Philip Henderson, un tercer hombre sin Welles sin Cotten, que no se sabe dónde está, ni siquiera si existe; o ese extraño y sádico luchador-acróbata que toca la armónica y cruza los semáforos a gran velocidad; o un psiquiatra de renombre, con perfil griego y una angustiada enfermera de recepción que lo observa incrédula...

Los acontecimientos se van sucediendo al mismo tiempo que la ciudad va viviendo las luces y las sombras, los días y las noches. No se detiene nunca ese plácido y terrible devenir. Las peluquerías acogen a sus clientas, que sufren el calor atroz de los secadores para asistir, quién lo sabe, a alguna fiesta nocturna; las colas de las calles anuncian el interés por los sucesos; los niños juegan con el agua para combatir el calor; las niñas se suben a los columpios y saltan a la comba...El drama, mientras tanto, sigue latiendo en la frase de la madre de la víctima: "Dios mío...¿por qué no hiciste que naciera fea?". La belleza como castigo, la belleza como destino atroz.

La voz en off no pierde la ocasión de poner su acento irónico, discordante, extraño y mordaz, a lo largo de la película, rodada en un asombroso y especialísimo blanco y negro, con una música hiriente que no deja de machacarnos durante todo el metraje. Las imágenes, la voz y la música, son las columnas esenciales del relato, los testigos de los hechos y de las elucubraciones, una especie de diario que todo lo anota y que todo lo saca a la luz, sin excusas ni pudor. 


El detective novato acertará en su intuición. Tiene una casa agradable, un hijo que apunta maneras y una mujer preciosa que aparece vestida como para una sesión de fotos con Nina Leen. El detective recorrerá la ciudad embutido en su elegante traje para seguir una pista que, al final, se revelará cierta. Su jefe, el teniente, es un tipo irlandés, feo, bajito y sin atractivo, que sonríe mucho con una mueca desganada y que tararea una canción irlandesa desde la mañana a la noche. El teniente no es un policía al uso, de esos que gritan continuamente y sueltan palabras gruesas. Todo lo contrario. Hay una especie de sutil delicadeza que contrasta con su aspecto físico. Es un Cyrano en el momento final.  Así lo entienden sus policías. Sabe que es exigente, pero no reconocen altivez en su gesto, ni despotismo, sino una clarísima actitud de que las cosas terminen bien. "Aquí nunca dejamos un caso sin resolver". 

El asesino terminará siendo el final de una larga serie de mentirosos y de ladrones. Son los eslabones perdidos de la sociedad. Se esconden en las cloacas de Nueva York, muchas de ellas, a la luz del día. Son la última fase de la cuerda. Pero no la única. Las piezas se encajan como corresponde a un policíaco de raza y terminan por resultar convincentes. Es una película ingenua que no quiere dejar que los malos triunfen. Por eso, todo está en su sitio. Y por eso el último protagonista de la película es el puente de Brooklyn, sus estructuras de hierro, sus claroscuros, sus ranuras, sus piezas envolventes, su entramado... La arquitectura como símbolo de lucha y también de fracaso. Se cierra un capítulo y lo hacen los hombres buenos. Quizá, en cualquier otro lugar de Nueva York, justo en el momento en que se cierra este caso, se abre otro cuyos datos no vamos a conocer, al menos en esta película. 


La ciudad desnuda. Dirigida por Jules Dassin, 1948. Interpretada por Barry Fitzgerald, Don Taylor, Howard Duff. La música es de Miklós Rózsa y Frank Skinner. La fotografía es de William H. Daniels. El guión es de Albert Maltz y Marvin Wald. 

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