lunes, 30 de abril de 2018

"Manhattan Medley" de Edna O´Brien


(Foto: Serge Balkin)

Como si se tratara de una confesión amistosa, de un recuerdo del pasado, de una charla con el hombre que, alguna vez, amaste en las peores condiciones. La voz narradora se dirige a él y le explica qué significó conocerlo, qué fácil fue dejarse vencer por los sentimientos y de qué forma vive esta relación clandestina, no la única para él, seguramente tampoco para ella, ni la primera, ni la última. "Manhattan Medley" es el penúltimo cuento de los que se recogen en el libro "Objeto de amor", una colección de relatos en la que las emociones están en primera fila. Más que los hechos, aunque existen hechos, pasan cosas, hay acciones, peleas, decisiones, encuentros y vidas más allá de las palabras. 

Me diste la señal, una mirada cómplice y un asentimiento, incluso mientras revoloteaba a tu alrededor un aquelarre de mujeres presas de una admiración evidente y efusiva. 

Él es un triunfador. Uno de esos hombres que concitan voluntades unánimes. Y se ha fijado en ella. 

Al abandonar una fiesta que se celebraba en tu honor nos arriesgamos al odio de la colérica Penelope. pero aun así nos fuimos. 

Es la historia de una aventura. 

De entre todas las cosas que pueden decirse del amor, la más extraña es el momento en que ataca. 
Una aventura. Es una palabra cargada de sentido. Inestabilidad, cambio constante. Las ciudades son los mejores escenarios para una aventura amorosa. 

La naturaleza del amor es la misma en todas partes, viene a decirnos, porque en todas partes hay personas. Y paisajes que las acogen. 

Solo los idiotas creen que hombres y mujeres aman de forma distinta. Los idiotas y los pedagogos. 

La pasión entre ambos, lo que ella llama el ardor, se manifiesta enseguida. Y también la distancia. La separación. La reflexión de lo ocurrido, la mirada en torno. Qué ha pasado y por qué, se pregunta ella. Y las respuestas le presentan a otras personas que también tienen su papel en esta representación teatral inmensa que es el mundo. Mendigos. Chicas que lloran por la calle. Hombres enamorados. Mujeres desairadas. Clarissa, su confidente. Stella y su hermana. 

La casa de la hermana de Stella era de madera blanca, idéntica a todas las casas de la calle, con un césped bien segado y una sensación de pulcritud y perfección. 

No estamos ante el verde paisaje de Irlanda que ya conocemos en sus libros. No estamos ante la ciudad de Dublín o la de Londres. Ella se ha escapado a América y allí las ciudades son nidos de rascacielos, de casas idénticas, de color blanco inmaculado y de limpieza exagerada. Una vida aparentemente ordenada que esconde las mismas convulsiones. Los mismos deseos, como diría el propio D. H. Lawrence a quien vuelve a mencionar aquí. 

Los motivos. El porqué. 

A menudo es la muerte de un ser querido lo que nos lanza a la búsqueda, y vamos de acá para allá, corriendo como liebres, conscientes de que no podemos sustituir a quien ya no está. 


(Objeto de amor. Edna O´Brien. Editorial Lumen, 2018. Traducción de Regina López Muñoz)

"La señora Fletcher" de Tom Perrotta

Hemos copiado de los americanos el formato de las bodas, esas cursilerías de los lazos, las tarjetas, los vestidos súper pomposos, el ritual de los banquetes...pero tengo mis dudas de que las familias españolas respondan al mismo estereotipo que las familias medias americanas. 

Para empezar, ese fenómeno tan literario (y real) de la marcha de los hijos a la universidad no tiene entre nosotros el mismo significado, sencillamente porque la mayoría se quedan en casa. Los chavales americanos se marchan muy pronto del nido, se ponen a trabajar en plan precario cuanto antes y estudian lejos de casa. Menos universidades comparativamente pero de más calidad. Nosotros tenemos una en cada esquina y ya es un drama que tengan que coger el autobús. 

En un libro que leí recientemente, en otro registro que este, escrito por la periodista Joanna Connors (Te encontraré. Errata Naturae) y en el que se relata la investigación que ella realiza sobre el hombre que la violó, es el momento en que su hija va a la universidad el que ella escoge para explicarle su tragedia pasada.

El ingreso en la universidad es un acontecimiento que en las familias tiene especial relevancia, no solo porque se escoge el futuro de los hijos sino porque estos empiezan a caminar solos y, paralelamente, los padres, o la madre en este caso, tienen asimismo que aprender a valerse por sí mismos, sin la coartada que supone a veces el cuidado de la prole. 

   Lo que sí puede resultarnos atractivo es ver cómo las nuevas tecnologías, el mundo moderno y la vida actual cambia las reacciones de las mujeres en determinadas circunstancias: cuando se quedan solas, por ejemplo, tras un divorcio y la marcha del único hijo de la casa. Brendan es un chico malcriado, con poco cerebro y menos ganas de estudiar, atraído por lo que, según él, es lo más definitorio de la universidad, las fiestas a mansalva. La madre, que es Eve Fletcher, cuyo nombre titula el libro, tiene cuarenta y tantos años, es atractiva, guapa, deseable, como lo son las mujeres a esa edad y mucho mayores en la sociedad de ahora. Y tiene más horas libres de la cuenta, así que decide aprovechar en algo. Esto es el signo de los tiempos. Los mayores están más deseosos de relacionarse, de hacer nuevas amistades y de aprender que los propios jóvenes, que andan menos activos y tirados a la bartola en muchos casos. 

   La señora Fletcher, residente en un barrio de clase media, típicamente americano, de una tranquila ciudad de New Jersey, hace lo que muchas otras mujeres, buscarse un entretenimiento que, a la vez, le abra nuevas posibilidades en su vida. "Género y sociedad" el curso en el que se apunta, abre puertas que ella tiene necesidad de recorrer, parece incidir en su interés recobrado por el sexo, ahora que su marido está con una mujer más joven, aunque su intención inicial sea empaparse de la mentalidad victoriana que le podría ofrecer "Middlemarch" el libro que permanece en su mesita de noche, aunque nunca hay tiempo para leerlo. Es más fácil ver la tele o entrar en cualquier red social, menos gasto de cerebro y más entretenimiento. 

   Y eso es lo que pensamos al leer el libro. Que también hay que leer para disfrutar, alegrarse, reírse y entretenerse. Que no todo va a ser trascendencia, inquietud y zozobra. Que la risa y la sonrisa son elementos sustanciales de la existencia humana. Que el humor ayuda a sobrevivir y a vivir. Algo que tiene claro el autor, Tom Perrotta, especialista en conocer los gustos de la clase media lectora, siempre al día en lo que se refiere a movimientos sociales y un experto en lanzar libros que luego puedan ser aprovechados debidamente para hacer una serie en cualquier plataforma audiovisual. En el caso de este, ya se está preparando su adaptación a HBO, donde ya se estrenó con gran éxito una versión de su novela "The Leftovers". El contacto de Perrotta con el mundo de la pantalla es antiguo y en 2004 fue nominado al Oscar por el guión de "Juego de niños". 

   En la estructura narrativa encontramos dos voces. En tercera persona se narra lo relativo a Eve Fletcher y en primera persona lo que sucede al hijo, quizá porque en este el pensamiento tiene menos fuste que los propios hechos. Distintos personajes van salpicando el relato, vistos todos con una mirada tierna y poco crítica, porque no es este el foro. La sexualidad es la piedra de toque de la historia, lo que interesa a unos y a otros y también lo que les diferencia. El uso de diálogos divertidos y de situaciones chocantes es una forma evidente de querer contar sin molestar o sin levantar suspicacias en cuestiones que, como bien sabe el autor, tienen mucha más trascendencia que este vodevil simpático y ocurrente. 


La señora Fletcher. Tom Perrota. Libros del Asteroide. 2018. Traducción de Mauricio Bach. 

Reseña del autor (editorial Libros del Asteroide):

Tom Perrotta (Newark, Nueva Jersey, 1961) es escritor y guionista. Ha publicado con gran éxito de público y crítica dos libros de cuentos y ocho novelas que han sido traducidos a múltiples idiomas. Muchas de sus obras han sido llevadas al cine, entre ellas Election (1998), Juegos de niños (2004) -por cuyo guion estuvo nominado al Oscar- y The Leftovers (2011), que se convirtió en una exitosa serie de la cadena HBO. La señora Fletcher (2017) es su última novela.

domingo, 29 de abril de 2018

La íntima elegancia de Nina Leen


   El 26 de marzo de 2015 se inauguró en la galería Daniel Cooney de Nueva York la exposición "Lendslady", dedicada a la obra fotográfica de Nina Leen. El 15 de enero de 1951 la revista Life publicó una foto de Los Irascibles. Quince de ellos, todos artistas dedicados, en su mayoría, al expresionismo abstracto, habían posado para Nina Leen en lo que significó una postura colectiva contra la política expositiva del Metropolitan Museum de Nueva York, porque consideraban que no se exponía de forma suficiente obra de arte americano. En la foto aparecen, entre otros, De Kooning, Pollock, Rothko, Still, Newman y la única mujer, Edda Sterne. 

   No fue esta la única ocasión en que las fotos de Nina Leen reclamaron una enorme atención del público y de los medios especializados. Antes de eso, en 1940, había comenzado a colaborar con la revista Life con imágenes de animales. Los animales eran para ella más fiables que las personas y las peripecias del perrito Lucky, al que había adoptado y a quien dedicó una serie, tuvieron enorme éxito. Parecía que los animales en el objetivo de Leen se transformaban y se humanizaban. Ella, que nunca se consideró fotógrafa, sino fotoperiodista, cumplía con la condición esencial para ello: sus fotos representan historias que no acaban en la imagen ni terminan allí. De animales escribió 15 libros, aunque no fueron solo ellos el foco de su interés. 


   La moda, el mundo del cine, los clubs de jazz y sus ambientes, el mar y el ocio asociado a los baños, todo eso formaba parte de su visión de la vida cotidiana. Y, sobre todo, la mujer, retratada de mil formas: sofisticada, sugerente, ambigua, en animada conversación con sus amigas, en total silencio, acompañada de libros o revistas, en tareas domésticas. Siempre con una especie de ternura inquieta, de violencia soterrada, de tensión oculta, de elegancia íntima. Es un mundo femenino que parece guardar claves desconocidas para todos y que ella se empeña en desvelar, en traducir en gestos, en actitudes, en sombras, en vestidos y poses. 


   Su propia biografía es diferente y sugerente. No se sabe a ciencia cierta dónde aprendió a fotografiar pero su cámara Rolleiflex la acompañaba desde siempre. Había nacido en Rusia, en una fecha imprecisa pues siempre se negó a revelar su edad, aproximadamente entre 1909 y 1914, y su familia huyó de la revolución, viajando por Europa, como luego huyó de la segunda guerra mundial, marchándose a América. Desde 1940 aparece en Life con una serie de fotos sobre tortugas. En esos años se casó con un compatriota emigrado, también fotógrafo, Serge Balkin, comenzando una serie de espectaculares portadas que le valieron el conocimiento y el reconocimiento. Los últimos años de su vida los dedicó a escribir libros sobre animales. 

   Dentro de la nómina de espléndidas fotógrafas que empezaron a desarrollar su obra en los años iniciales y mediados del siglo XX, la figura de Nina Leen se antoja superdotada. Dueña de una sensibilidad especial, de una visión propia, la poesía que destila su obra está llena de paradojas, llena de contradicciones y de efectos tangibles. No es posible mirar sus fotos sin que una historia surja de ellas, sin que se cubran de palabras que se conviertan en la segunda piel de la imagen. Las luces y las sombras escriben aquí una historia imparable, del modo en que ella misma lo había concebido. Historias de triunfo o fracaso, dentro de un mundo que emergía lleno de novedades y que Leen presenció como una privilegiada espectadora. 

"Paraíso" de Edna O´Brien


(Fotografía: Nina Leen)

Una mujer sencilla en apariencia pero complicada de mente, observadora, dispuesta y dubitativa, está pasando unas vacaciones en algún lugar del Mediterráneo. Una villa blanca, lujosa, en un pueblecito marinero, con un mar azul e intermitentes olas, un sitio de ensueño. Puede ser Italia, Grecia o, incluso, España, las Islas Baleares. El dueño de la casa es el hombre con el que ahora comparte su vida, podíamos decir un trozo de vida, la vida que él ha decidido compartir. Pero aquello está lleno de gente, al menos veinte invitados más, mujeres, hombres, niños y muchos criados. También hay un monitor de natación venido expresamente de Inglaterra, porque ella, la mujer, no sabe nadar. 

Empezaron los relámpagos de verano. Eran esporádicos, silenciosos y levemente teatrales...Encendían una parte del cielo, luego otra...Los fogonazos azarosos y fugaces de los relámpagos estivales eran una distracción y les proporcionaba algo que señalar con el dedo. 

La mujer se pregunta en reiteradas ocasiones qué hace allí, qué tiene en común con aquellas personas, de qué modo puede lograr sentirse segura, y no con esa sensación tan incómoda de miedo y de vergüenza que tiene a menudo. Por eso intenta aprender a nadar y sigue con disciplina las clases con el monitor. 

Las palabras luchaban por liberarse, por decir algo, algo gracioso que la integrase en el grupo. Pero tenía la lengua atada. 

Pero, mientras tanto, observa y entiende que, en realidad, ese no es su sitio, esos no son sus amigos (excepto, quizá, una chica embarazada y puede que por esto mismo) y que ese no es su hombre. Que es el hombre equivocado, alguien con muchos matrimonios a sus espaldas, con muchas mujeres en su haber y con oscuridades y silencios que nadie como ella lograría soportar. 

Seguramente ellos conocían a sus predecesoras. La compararían con minuciosidad, su apariencia, su acento, la forma en que él se comportaba con ella. 

Este es el paisaje de fondo del cuento "Paraíso", que forma parte del volumen de cuentos "Objeto de amor" publicado por la editorial Lumen en 2018 y escrito por Edna O´Brien (Tuamgraney, Irlanda, 1930). 

En este cuento se condensan muchas de las características literarias de la escritora: La naturaleza, con esa oposición entre el mar de los lujos y la sencilla naturaleza de la vida campestre, como un ideal perdido en las brumas de la infancia. 

Tendría que ser sincera, declarar que no me gusta el mar, que soy más de tierra firme, que me gustan la lluvia y las rosas en un campo, la llovizna que salpica las rosas y la vegetación.

Las relaciones humanas, contrastando la superficialidad de ese grupo de personas y los intensos sentimientos que a ella la asaltan aunque a escondidas. La madre, esa mujer a quien ella le escribe una carta que nunca echará al correo pero que contiene algunas verdades íntimas que la consuelan. Y luego la cobardía, el miedo, la lucha por encontrar un sitio en el mundo, el lastre de las infancias malparadas. 

Y el amor. O lo que quiera que sea. El amor, con sus manifestaciones físicas pero, sobre todo, con su desapego, con su imposibilidad de perdurar, con su simulación, su engaño, su mentira. En imágenes que parecen tomadas de D. H. Lawrence, destellos de Ursula y Birkin, de Gudrun y Gerard. No tenía nombre para aquella emoción enigmática que era más que amor o quizá menos...Con frecuencia pensaba que él la odiaba por involucrarse en algo demasiado íntimo. 

El desenlace no tiene nada de idílico, contrasta con el paisaje, con la lucidez del verano, con las noches de conversaciones sin fin. Es un final O´Brien, en línea recta, sin contemplaciones, sin nieblas que cubran la realidad. 

Estaba cansada. Cansada de la vida que había escogido y decepcionada con el hombre al que había puesto en un pedestal...El cansancio le venía de dentro, y, como una respiración profunda que saliera despacio, le rasgó las entrañas. Esta harta de su propia predilección por la tiranía. 

No hay concesiones a la esperanza, salvo la de reconstruirse a sí misma. Los relámpagos de verano parecen haber iluminado el interior y la verdad, esa clase de verdad que no hay que investigar sino que surge sola de las tinieblas anteriores, parece la única forma de no desaparecer del todo. 

Ella sabía que cuando volvieran a Londres dos coches distintos estarían esperándolos en el aeropuerto. Era lo normal. 

Y, como si recordara el poema de Wordsworth y el tiempo de esplendor en la hierba, las últimas frases son un anuncio y una puerta cerrada a la vez. 

La casa, las piedras calientes del camino, el fulgor del agua asomaría de vez en cuando a su memoria, sin duda; pero de él se olvidaría y lo relegaría a un rincón oscuro de su mente, al lugar donde acechan los fracasos. 

sábado, 28 de abril de 2018

"Un lugar pagano" de Edna O´Brien

Toda la obra de Edna O´Brien (Tuamgraney, Irlanda, 1930) está impregnada de los paisajes de su infancia, del eco de su tierra, de sus padres, sus vecinos y amigos, su vida entera. Es una obra autobiográfica en el mayor, y mejor, sentido de la palabra. En sus libros vuelve a repetir a veces algunos acontecimientos que le han dejado huella, de forma que, sencillamente, sin alharacas, conocemos a la niña Edna, a la adolescente, a la joven y, sobre todo en su último libro Chica de campo, a la mujer y a la anciana. 

Hay un hecho que recoge nada menos que en tres de sus libros. Esa historia tierna de la muñeca vestida de satén que alguien le había regalado y que presidía un cuarto de su casa y que la maestra (con la que mantiene una relación de amor-odio, como con las monjas del convento) le pidió prestada para una función de fin de curso. La muñeca nunca fue devuelta y esa pérdida parece que tiene un significado simbólico para ella. Es, quizá, la pérdida de la inocencia, la pérdida de lo que fue y no pudo culminarse, la pérdida de la infancia.

En Objeto de amor, su colección de cuentos, editado recientemente por Lumen, recrea la historia de la muñeca en un relato. También la menciona de forma destacada en Chica de campo, su autobiografía, escrita a partir de los ochenta años. Y aquí, en este recorrido por algunos aspectos de su vida, contado en segunda persona, vuelve a aparecer el hecho, la muñeca prestada y nunca retornada a su casa, a su sitio. La muñeca con el vestido de satén. 

Estuviste a punto de conquistarla cuando le llevaste una tortita muy bien hecha, y mientras le exprimas el limón te acarició la parte trasera del muslo igual que hacía con las niñas a las que quería bien, pero no fue más allá. Poco después de aquello te pidió que le prestases tu muñeca para la representación escolar y nunca te la devolvió sino que la guardó en el aparador donde la veías a diario, tu muñeca preferida con los pómulos altos y el vestido de satén. 

Es la capacidad de tomar un detalle y convertirlo en carne de literatura lo que hace que Edna O´Brien sea una escritora genial. Su mirada es como la del fotógrafo que es capaz de hallar en un paisaje visto por todos, algo que nadie más ha percibido. Lo importante en sus libros, también en este, no es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Y eso que algunos pasajes son verdaderamente notables porque ponen negro sobre blanco un telón de fondo lacerante, con actitudes fanáticas, con pobreza sin asumir, con gente miserable y mezquina. Pero, sobre todo ello, lanza su mirada y apacigua lo que vemos, lo traslada a nosotros de la mejor forma posible, no con detallismo absurdo, sino con la ternura de quien ha llegado a comprenderlo todo. No oculta nada, pero lo matiza con un gesto humano y pleno de autocrítica. 

La naturaleza, junto con las emociones humanas, son el otro gran argumento de la escritora. Esa naturaleza que vivió en su infancia y que echa tanto de menos cuando abandona la verde Irlanda que la vio nacer. Cualquier destello de la vida tiene en la naturaleza su reclamo. 

Las fresas te habían manchado y perfumado las manos, y te habían dejado entre los dedos unas manchas negras. 

Tú pusiste rododendros en sendos cuencas, una flor grande en cada uno, uno para el dormitorio de Emma y otro para la sala donde se colocaría la mesita para el té. Tu madre comentó que se marchitarían y tendrías que tirarlos, pero andaba demasiado atareada como para detenerse en aquel detalle. Eran flores grandes y cerúleas como estrellas que hubiesen caído y florecido. 

Y la madre. La madre como educadora, como garante del celo cotidiano, como mujer fuerte que debe acarrear agua, limpiar el gallinero, estirar el dinero hasta donde no era posible. Como mujer sufridora que aguanta lo indecible ante un marido, un padre, que bebe demasiado y que olvida demasiado sus deberes. 

Se encaró con ella. Tu madre se mostró dócil. Dijo que había sido su esposa, su sierva obediente durante más de dieciocho años. Él respondió que muy bonito, que estaba precioso eso de engañar a un hombre en su propia casa, y le dijo que si creía que se iba a ir de cositas ya podía ir quitándoselo de la cabeza. 

La religión. Los dogmas, la fe, los mandamientos, el catecismo, los sacramentos, los curas, la iglesia, las prohibiciones, el qué dirán, lo que está bien, lo que está mal, lo que nunca haría ninguna chica de bien, lo que una madre no puede consentir, lo que el pueblo comenta, lo que un buen católico irlandés jamás diría. 

Pero incluso durante las oraciones dejabas volar los pensamientos. Pensabas en tu madre y en la tía Bride y en los asuntos que estarían tratando. Nunca tenían gran cosa que decirse. 

Dedicado a su amigo Harold Pinter, lleva una cita de Bertolt Brecht en su inicio: Llevo un ladrillo sobre el hombro para que el mundo sepa cómo era mi casa. 

Eso es lo que hace Edna O´Brien con este libro. Contarnos cómo era su casa, cómo era su gente, cómo era su vida. Abre el capítulo de los recuerdos, se cuela en su infancia, se asoma a los sentimientos que siguen guardados en el fondo de cualquiera, porque son los que le ha ido forjando la vida. Y todo eso lo cuenta y de qué manera, utilizando el lenguaje de una forma virtuosa, sencilla, ingeniosa y llena de luces que no se apagan cuando el libro termina. 


Título original: A Pagan Place. Edna O´Brien (1970). Edición en castellano por Errata Naturae en agosto de 2017. Traducción de Regina López Muñoz. 


jueves, 26 de abril de 2018

"Levadura de malicia" de Robertson Davies

Robertson Davies (1913-1995), nació y vivió en Canadá. Fue actor de teatro, periodista, dramaturgo, productor y escritor de novelas, 11 en total, que organizó en trilogías. "La trilogía de Salterton", "La trilogía de Deptford" y "La trilogía de Cornish". Dejó inacabada "La trilogía de Toronto". También fue profesor de Literatura de la Universidad de Toronto y escribió libros de cuentos. Ejerció la crítica literaria.

"Levadura de malicia" es un curioso libro, publicado en el original en el año 1954, y que forma parte de la "Trilogía de Salterton". Tiene un estremecedor y absolutamente impactante punto de arranque en el anuncio, en un periódico local de la tranquila ciudad de Salterton, del falso compromiso matrimonial entre dos jóvenes de la clase alta de la ciudad. El matrimonio se anuncia para el día 31 de noviembre. A partir de ahí, la trama transcurre de una forma inédita, con un lenguaje que te planta en el sillón sin que puedas dejar su lectura, y que te hace leer casi de un tirón un libro tan distinto a otros que no puedo dejar de recomendártelo. 

El periódico en el que se publica el anuncio es el Evening Bellman, nada de pretensiones, una cosa local y de andar por casa. Pero el anuncio ha molestado muchísimo al padre de la supuesta novia, el profesor Vambrace, que no perdonará tan fácilmente lo que él considera una injuria, una infamia, una burla. Así se desatarán los rumores y las acciones en el día a día relajado de la ciudad, de manera que todos, de alguna forma, resultarán afectados por la situación. 

Leyendo el libro, esa ironía que rezuma, esa inteligencia narrativa y la definición de personajes tan llenos de cosas por contar, han resultado definitivas para adscribirme a la legión de lectores de Davies y el planteamiento inicial me recordó a "Se anuncia un asesinato" una de las mejores novelas de Agatha Christie en la que un anuncio en la gaceta local logra que las fuerzas vivas del pueblo se presenten en una determinada casa para ver qué pasa con el crimen supuesto...y al final acaba ocurriendo una desgracia. 

Reseña completa del autor (Libros del Asteroide):

Robertson Davies (1913-1995) murió siendo un escritor mundialmente famoso y uno de los autores canadienses más importantes. Nacido en la región de Ontario, se educó en distintas instituciones de su país y Europa. Tras licenciarse en Literatura en Oxford, trabajó como actor en la Old Vic Repertory Company, donde conoció a la que más tarde sería su esposa. En 1940 regresa a Canadá para dedicarse con éxito al periodismo y a escribir comedias; su columna humorística, firmada con el seudónimo de Samuel Marchbanks, tuvo un éxito inmediato y algunas de sus obras de teatro –que él mismo produjo– fueron muy aclamadas. A comienzos de los años cincuenta publica la primera de sus once novelas, organizadas en trilogías, que lo harían mundialmente famoso: la Trilogía Salterton: A merced de la tempestad (1951), Levadura de malicia (1954) y Una mezcla de flaquezas (1958); la Trilogía Deptford: El quinto en discordia (1970), Mantícora (1972) y El mundo de los prodigios (1975); la Trilogía de Cornish: Ángeles rebeldes (1981), Lo que arraiga en el hueso (1985) y La lira de Orfeo (1988); y la inacabada Trilogía de Toronto, a la que pertenece Asesinato y ánimas en pena (1991). En los años sesenta abandonará progresivamente el periodismo y comenzará a enseñar Literatura en la Universidad de Toronto, actividad que compaginará con la escritura hasta su jubilación. Además de novelas, Davies publicó una treintena de libros de distintos géneros –cuentos, obras de teatro, crítica literaria y recopilaciones de artículos–, entre los que destaca el volumen de relatos Espíritu festivo. Cuentos de fantasmas (1982), publicado, como todos los anteriores, por Libros del Asteroide.

miércoles, 25 de abril de 2018

Amores que matan (II)


(Fotografía: Loomis Dean, 1960)

Pero eso no era nada fácil. Si la cabeza mandara sobre el corazón no existirían el sufrimiento ni la desdicha ni se hubieran escrito las miles de novelas en las que los amores contrariados florecen para regocijo del autor y llanto inquebrantable de las lectoras. Es sencillo saber lo que se quiere, lo que se teme y lo que se ha perdido. Escuchas tu interior y detectas ese click que te enseña una ruta para protegerte del miedo y del abandono. Pero luego, automáticamente, sin poder evitarlo, caes una y otra vez, coges el teléfono, contestas los mensajes, cierras los ojos y ves su figura, allí, en el fondo, en todos los lugares ocupados por los sueños. 

Así que repasó en su cabeza, como si de una penitencia se tratara, todos los motivos por los cuales aquello, lo que fuese, no le convenía. Todas las veces que se le había roto el corazón. Todas las horas que pasaba llorando. Todos los momentos en los que se consideraba un eslabón perdido, un náufrago. A flor de piel estaban las dudas y, sobre todo, las certezas de que ningún terremoto pondría los puntos en las íes y ningún sentimiento le acercaría a ese hombre que tenía tantas caras, tantas como situaciones en la vida. Era difícil, solo apto para almas decididas, para autoestimas suficientes. Nunca para esperanzas en peligro de extinción. 

Supo, desde ese momento, que todo saldría mal. Que hiciera lo que hiciera no lograría acertar con el tono exacto, con el momento, con el procedimiento, con el día. Supo que quedaría fuera de juego y que terminaría siendo culpable. Como lo había sido hasta entonces. Culpable de no ser comprensiva. Culpable de no ser una mujer de medidas perfectas. Culpable de pensar por sí misma. Culpable de sentirse fuera del mundo. Culpable de haberle creído. Culpable de esperar el milagro. Culpable de ser. Culpable a secas. Cuando lo tuvo claro se sintió más tranquila. Al fin y al cabo, solo cabía esperar el castigo. Y ya sabía cuál era. Siempre supo que no era una resistente, que nunca podría vivir sin mover los pies del cemento. 

Amores que matan


(Foto de Nina Leen, 1948, para Harper´s Bazzar. La modelo es Georgia Hamilton, que va vestida de Dior)

Un día de la estrenada primavera vagabundeaba por las calles sin rumbo fijo, con unos zapatos color vainilla que tenían un lazo rosa y unos pequeños agujeritos en el empeine. La primavera solía traicionarla con un brote alérgico pero no podía evitar sentir que el sol le debía algo, que esa asignatura pendiente del aire libre tenía que aprobarla, como si fuera inglesa, como si el verde del sur, en esa zona cercana a Londres, la llamara. 

La noche anterior había sido convulsa. Tuvo una pesadilla recurrente en la que vagaba de puerta en puerta buscando casa sin que ninguna se abriera, ni existiera rendija para cobijarse. Era, lo sabía, un espejo de su propia vida, ahora desencajada y sin asideros, al menos los que una mujer consideraría que eran necesarios. Cómo los hechos la condujeron hasta aquí es una de sus preguntas preferidas. Y la otra, cuándo podría abandonar esta quimera que la llevaba a un precipicio. 

Los zapatos nuevos le hacían daño, ahora lo veía. Eran bonitos, pero no lo bastante sólidos y con una suela resbaladiza que no llamaba a la confianza. Tenía los auriculares en las orejas y oía canciones de Melendi, el cantante que ahora le llegaba más al corazón. Le parecía muy guapo y, sobre todo, daba la impresión de poseer una insólita ternura. La ternura de los hombres era su punto débil, lo que la dirigía al engaño y a los falsos oasis. Habría que abolir la ternura, pensaba muchas veces. No me regales limosnas, en forma de palabras cariñosas que son mentira, porque eso duele más que la indiferencia. 

Se sentó en el banco del parque. Las flores la rodeaban como si se tratara de una isla, esa isla de papel en el que a veces se confinaba, aspirando los olores de las páginas impresas, sintiendo que el sabor de las rosas se confundía con el de los adjetivos. Se sentó en el parque y pensó "tengo que hablar contigo, amor, esto ya no funciona, no quiero seguir temblando en el vacío, no quiero que las nubes me distraigan, quiero beberme el vaso de la vida sorbo a sorbo. No sé si lo merezco, pero lo necesito"

martes, 24 de abril de 2018

"La viuda" de Edna O´Brien


(Fotografía de Nina Leen, 1949)

   El marido de Bridget, que era un excelente nadador, se ahogó en uno de esos días en los que solía salir a practicar ejercicio. Ella bramó durante horas por el dolor que le causó su pérdida. Eran un matrimonio muy feliz. Una vez viuda decidió aprovechar que su casa era grande para admitir  huéspedes, solo uno o dos, todo lo más tres, selectos y educados. Al mismo tiempo, seguía con su trabajo de secretaria. No se metía en la vida de nadie, no contaba su vida a nadie, no establecía lazos con el vecindario, no pedía favores, no interpelaba a los demás, ni iba de víctima. 

  Uno de sus huéspedes, el director de la fábrica, Michael, después de cancelar un compromiso matrimonial con una joven, se enamoró de Bridget y le pidió matrimonio. Ella se puso muy contenta porque Michael le recordaba a su marido, tan joven, inocente y lleno de encanto, tan libre en apariencia, tan dulce. Fueron organizando todo de una forma discreta, porque ella era viuda y él había dejado a una chica prácticamente ante el altar. Pero todo el mundo se enteró y no todos se alegraron. Sobre todo las malas mentes, las solteronas, las vírgenes, los clérigos, los fanáticos. 

   Ella pudo haberse buscado aliados antes de que estallara la tormenta, pudo haberse confiado a alguien, buscado coartadas y refuerzos por si acaso. Pero no lo pensó siquiera y continuó adelante, sola, independiente, disfrutando de lo que la vida le tenía todavía reservado. Sin embargo, el rumor nació y el rumor fue creciendo. Las voces ocultas y oscuras decían que ella había conducido a su marido a la muerte, que no había sido accidente, sino suicido y que ella era la inductora, la culpable. Entonces Bridget quiso evitar que Michael se enterara y se convirtió en su sombra. Por eso se alegró de que él se fuera una semana con su familia, para así pensar qué hacer y cómo luchar contra aquello. 

   Contar el desenlace sería spoiler y quitaría el misterio al cuento. Y en esta historia cualquier atisbo de esperanza estaría bien aprovecharlo, siquiera hasta las últimas páginas.

   Es así como me imaginó a Bridget, como esa imagen de la fotografía de Nina Leen. Inocente, confiada y deseosa de vivir el espejismo de la felicidad reencontrada. 


La viuda. Edna O´Brien. Cuento que forma parte de Objeto de amor, volumen publicado por editorial Lumen en 2018. Traducción de Regina López Muñoz. 

La cuadrícula


(Fotografía de Nina Leen. 1949)


Cada uno de los rincones de su vida estaba blindado. La había dividido en parcelas y, en una de esas parcelas, estaba yo. Era una parcela pequeñita, virtual y sonora. En ella cabía el agua de lluvia, aunque solo una vez. También las nubes, los puentes y el vacío. En la parcela que me correspondía rara vez amanecía, solo en una ocasión pude ver cómo el café se enfriaba. Tampoco había madrugadas, las madrugadas estaban reservadas a plantas más esplendorosas. En realidad, ni yo misma sabía qué papel jugaba en todo eso, ni siquiera si jugaba a algo o si existía. Solamente de vez en cuando las gotas de agua cálida o el frío hielo, eran el indicio de que algo pasaba. Sin embargo, yo no podía controlar lo que era. No lo sabía. Ni tenía ninguna posibilidad de adivinarlo. Solo un terreno baldío, una parcela sin recalificar, sin uso, ni conciencia, ni apenas vida. 

Era un hombre de éxito pero asustado. El miedo se traslucía en sus ojos. Tenía las manos muy suaves, blandas, inertes, como las de un adolescente. Un hombre con manos de adolescente es un hombre ansioso, cansado y apenas por vivir. La vida se le resistía con creces y él, víctima y verdugo a la vez, no encontraba la manera de tomarle la medida. No sabía qué quería ni qué buscaba. La soledad era, por eso, una salvaguarda, el paraguas que protegía sus emociones. Y un seguro contra el fracaso. Pero todo él, todo en él, era fracaso. Cuando le conocí ya estaba agotado. Ya venía cansado de largos viajes sin descripciones. Ya no existía esperanza. Todo ardía, pero era un incendio imperceptible. Seguramente por eso lo quise más aún, porque era un perdedor y él no se daba cuenta.

lunes, 23 de abril de 2018

Días de libros y rosas


     "He conocido la alegría y el dolor extremos, el amor correspondido y el no correspondido, el éxito y el fracaso, la fama y el vapuleo...y, a pesar de todo, he seguido escribiendo y leyendo, he tenido la fortuna de sumergirme de lleno en esas dos actividades intensas que han apuntalado mi vida entera”

(Edna O´Brien)


Ese "a pesar de todo" que menciona Edna O´Brien tiene el nombre de muchas cosas. Guarda en su interior miles de secretos, de convicciones, de encuentros y de problemas. Todos tenemos nuestros "a pesar de todo" y cada uno de nosotros intenta salvarse de alguna forma. En el caso de Edna, con la lectura y la escritura. En mi caso exactamente igual. Hubo un tiempo en el que el amor ocupaba tanto espacio que escribir se hizo muy cuesta arriba. Son esos paréntesis de nieve en un océano de fuego que ocurren porque sí, porque la vida es vida y no se acomoda la literatura. Pero los libros permanecen agazapados, esperan su momento, su turno, y reaparecen de nuevo, cuando saben de seguro que son necesarios otra vez. 

Por eso, cuando la soledad se asienta en el lugar de la pasión y los abrazos, los libros son escudos, armas y motivos que apuntalan, como dice ella, nuestra vida. Su vida, la mía, desde luego. Pocas veces unas frases han tenido para mí tanto sentido, tanta aplicación, tanta verdad. No sabes, en el fondo, si querrías que las noches se llenaran de fuerzas placenteras y de besos oscuros. No sabes si tus tardes estarían mejor con una cita a ciegas o en el cine. Tampoco si la llamada de la vida te sorprenderá otra vez o se ha apagado para siempre. En todo caso, leyendo y escribiendo se hallan tantas razones que no está mal pensar que ese andamiaje es una razón cierta para seguir en marcha. 

Voy a desplegar libros, a abrir páginas, a afilar las puntas de los lápices. Voy a desenvainar rotuladores, a convertir teclados en dedos deslumbrantes. Voy a buscar los nombres de las cosas, los viejos adjetivos, los adverbios feroces. Voy a desenvolver los verbos poderosos, las frases hechas, las preposiciones, las conjunciones que estudié hace años y voy a convertirlo todo en una historia que empiece donde acaban las rosas. 

(Foto de Nina Leen)

domingo, 22 de abril de 2018

"La señora Reinhardt" de Edna O´Brien


!Qué esplendorosa mujer esta señora Reinhardt del cuento de Edna O´Brien
!Qué carácter, qué visión, qué reacciones, qué retrato de una mujer en un dilema!

   Las fotografías de Nina Leen bien podrían representar a esta mujer que, enterada de que su marido, Harold Reinhardt, se ha enamorado de una joven, Rita, y pretende acabar con su matrimonio, se marcha a Bretaña para encontrar un poco de paz. El relato de su estancia en Bretaña es vertiginoso y, al tiempo, capaz de detenerse en pequeños detalles, como la insaciable lucha de las langostas de un acuario por imponerse. Como en todos los libros de Edna O´Brien hay dos elementos que luchan por convertirse en el centro de la narración: la naturaleza y todas sus manifestaciones más sensuales y el género humano, la mujer, en este caso, pero también los tres hombres que, del algún modo, la acompañan. 

El señor Reinhardt, marchante de arte, ha visto en la joven pintora una forma de huir de la rutina y del paso de los días. Quizá no quiere verse en el espejo de la madurez, en la antesala de la vejez. Por su parte, el joven americano que se aprovecha de la vulnerabilidad de ella no es sino un arquetipo de algunos hombres que viven únicamente de las mujeres débiles. Y, por último, Monsieur, el dueño del hotel, es el tipo caballeroso y tierno que, en la distancia, admira a esa mujer, a la que apenas conoce. 

   Un pequeño hotelito enclavado en la Bretaña francesa será el escenario en el que la señora Reinhardt pretenda ir olvidando el dolor que el anuncio de su marido le ha producido. Tiene así una curiosa forma de exorcizarlo. Va descubriendo que, cada día, es menor el tiempo que le dedica en sus pensamientos y que hay algunos minutos, pocos todavía, en que no lo recuerda, en que su mirada no está localizada en ese recuerdo doloroso. Se siente quizá fea, desde luego abandonada aunque, como todas las mujeres de O´Brien, trata de ser justa con el hombre y por eso reconoce sus errores aunque sea para sí misma. En realidad, es implacable con su actuación, siente que hay una enorme parte de responsabilidad en lo que ha ocurrido. Ese dejarse llevar por el día a día, ese olvidar los pequeños detalles que forman el alimento del amor, ese hijo que ya está lejos y no constituye ninguna argamasa, esa nostalgia de una hija que no ha nacido nunca...

   En medio de esta situación saltará el desaprensivo que, primero la conquista y luego la trata mal, como si ella fuera un trofeo al que no se da importancia. En esa actitud despótica hay mucho de la manipulación de los hombres malos, de los canallas. El desprecio hacia los libros que lee (D. H. Lawrence, esa bazofia que, según él, dejó de leer a los doce años), el coqueteo con la camarera delante de ella, la mala educación. La señora Reinhardt que ha sido capaz de abandonar su casa ante el desamor de su marido no se siente con fuerzas, sin embargo, para levantarse de la silla y dejar de lado a este impresentable que no significa nada y que abiertamente la maltrata. 

   Pero hay algo que hará saltar sus convicciones, que la hará recordar lo que es y lo que ha sido (una niña única criada llena de mimos, con una religión que la conforta y unos padres amantes), y ese algo es la desaparición del collar de familia que ella se ha traído consigo como forma de que su marido siga estando presente. Si no me sigue a mí, al menos que piense que tengo este collar en mis manos. Es la pérdida del collar y de lo que significa el elemento que, en el relato, representa la pérdida, la huida de lo conocido y la puerta abierta a la incertidumbre. Nunca ha tenido que defenderse sola, dice en un momento dado. 

   El final es sensato. Los finales de Edna O´Brien no pretenden lanzar fuegos artificiales ni tampoco sembrar falsas esperanzas. No generan sino la convicción de que eso es lo que hay, incluso la idea de que la vida no es tan mala como nos parece en ocasiones. Y que, como el souflée, todo lo que se eleva artificialmente acaba asentándose en la realidad. No estamos para tirar cohetes, parece decir, pero la felicidad está más en la aceptación de lo que somos que en la búsqueda de una mentira disfrazada de ensueño.



La señora Reinhardt es uno de los cuentos que forman parte del volumen "Objeto de amor" escrito por Edna O´Brien y publicado en castellano por la editorial Lumen en 2018, con traducción del inglés de Regina López Muñoz. 

"Las sillitas rojas" de Edna O´Brien

   Después de leer y releer Las sillitas rojas me di una vuelta por Internet para contrastar mi propia opinión del libro con otras de críticos avezados, gente que escribe en los periódicos, en los suplementos culturales, la gente que debe saber de literatura. Y me encontré con dos críticas tan absolutamente distintas que empiezo por referirme a ellas este reseña propia del libro. En Babelia escribió Marta Sanz y en El Cultural Joyce Carol Oates. Ambas visiones son tan diferentes que me han hecho pensar. Así que quizá esto sea una crítica sobre las críticas. 

   Lo que escribe Marta Sanz es posterior a lo de Joyce Carol Oates, unos quince días aproximadamente. Sanz explica de tal modo su visión del libro que, leyéndola, resulta imposible conocer su argumento y, más aún, la impresión que le ha causado la lectura. Parece evidente que, o no lo ha entendido, o no le ha gustado y no se atreve a decirlo, o se le escapa el universo O´Brien mucho más de lo que ella está dispuesta a reconocer. En un lenguaje engolado, lleno de claves literarias y culturales, pero que no aporta claridad, la escritora nos abre más interrogantes de los que cierra y concluye que tiene muchas dudas acerca del libro y su intención. Además de comenzar diciendo que es una obra sobre el conflicto serbio-bosnio y no identificar las claves del libro en el contexto de la literatura de Edna O´Brien. Si tuviera que leer este libro a partir del aliciente que supone una crítica, nunca hubiera llegado a hacerlo desde esta crítica. 

   Sin embargo, leer la página que publica El Cultural firmada por Joyce Carol Oates nos pone exactamente en la pista de sobre qué estamos hablando. Porque, debajo de la historia aparente, debajo de esos personajes y de su impostura, surge, y Oates lo percibe, la esencia misma de O´Brien, sus miedos, mitos, cobardías y atrevimientos. En realidad, no es el malvado asesino exterminador lo que suscita el mayor interés sino cómo el pequeño pueblo al que arriba con una identidad falsa cae en la trampa de sus manipulaciones, sencillamente porque son gente no solo ingenua, que también, sino obnubilada por una visión simplista de la vida, irracional, que les impide pensar por sí mismos. Y esto es exactamente lo que denuncia en todos sus libros Edna O´Brien acerca del telón de fondo de su Irlanda natal. Esa recurrencia del paisaje sentimental e intelectual de su vida es lo que identifica a este libro con el resto de su obra, lo que le da sentido de continuidad y lo explica. Y esto es lo que no ha logrado captar Marta Sanz y lo que ha asimilado divinamente la gran Joyce Carol Oates. 

   Edna O´Brien toma aquí una realidad bien conocida por ella, la de un pequeño pueblo irlandés "pintoresco y monótono", llamado Cloonoila y hace llegar a él un impostor, el doctor Vladimir Dragan, que se presenta como poeta, sanador y terapeuta sexual. Su llegada hará reaccionar a los habitantes del pueblo de formas muy diversas, pero todas tienen un denominador común: cada uno de ellos buscará la forma de que el extranjero les solucione algunas de sus debilidades y problemas, dejándose seducir por una apariencia venerable y por un espejismo. Incluso los que comienzan siendo suspicaces terminarán finalmente abducidos. La mujer, esa mujer que siempre surge en las novelas de la autora, es, en este caso, Fidelma McBride, que está casada con un hombre al que no quiere y no la hace feliz (otro rasgo recurrente) y que quiere ser madre a toda costa. El desenlace final abocará a Fidelma a una vida entregada a los demás, quizá como penitencia o expiación, quizá porque en ese servicio puede encontrarse alguna luz que, de otra forma, nunca aparecería.

   No es este un libro sobre la guerra, ni sobre los asesinos que se esconden para evitar ser descubiertos, ni de los huidos de la justicia. Es más bien un libro sobre la naturaleza humana, sobre la forma en que un acontecimiento, un individuo, un hecho, es capaz de mover las aguas interiores de cada uno y las estructuras sociales de una comunidad. Es un libro sobre la manipulación que ejercen quienes poseen el poder de intervenir sobre los demás sin escrúpulos y sobre la ingenuidad de quienes viven una existencia basada en elementos irracionales, místicos, religiosos o fuera de la realidad. La indefensión de los desinformados, de los que no ofrecen ninguna reserva al exterior, de los que no conocen la suspicacia ni la desconfianza porque no han trabajado sus almas salvo para la entrega indiferente. 

   Es un libro, por tanto, de pensamiento, de filosofía de vida y de reflexión, más allá de las circunstancias concretas. Es un cuento en el que el malvado aparece surgido desde la historia reciente y desde fuera, como queriendo dar a entender que ese mal con mayúsculas es algo ajeno pero ante el que se encuentran desarmadas las buenas gentes que se conocen de toda la vida. Es el encuentro de dos mentalidades colectivas, una de las cuales no está preparada para la simulación y la mentira y la otra abusa de esta circunstancia. Es un aviso, quizá. Una llamada al orden, por otro lado. Siendo O´Brien hasta la médula hay aquí nuevas influencias o, quizá, una evolución marcada por el signo de los tiempos, por la asimilación de que los paraísos en un mundo globalizado terminan siendo contaminados y destruidos. 

Las sillitas rojas. Edna O´Brien. Editorial Errata Naturae. Primera edición octubre 2016. Traducción de Regina López Muñoz. 

Edna O´Brien (Tuamgraney, Irlanda, 1930) es, ahora mismo, la decana de las letras irlandesas. 

sábado, 21 de abril de 2018

"Chicas felizmente casadas" de Edna O´Brien

Este es un libro escrito a dos voces. El narrador omnisciente que cuenta la historia de Kate y la propia Baba en primera persona. Esto supone una diferencia con respecto a los dos primeros libros de la trilogía, pues en ambos es Kate quien lleva a cabo la narración. 

Baba es una muchacha muy distinta y se nota en la forma de ver y contar las cosas. Su aparente desenvoltura esconde el descreimiento de quien sabe que soñar es imposible. Por el contrario, aquí Kate sigue avanzando en su propia destrucción. Ambas se han casado pero sus matrimonios distan mucho de ser felices, como el título indica de manera irónica. El marido de Kate es Eugene, su amor de Dublín, que al final volvió a buscarla y se casó con ella, teniendo un hijo en común, Cash. El de Baba es Frank, un tipo bastante bestia, constructor y adinerado, pero sin sentimientos y sin capacidad alguna de hacerla sentir bien en ningún aspecto. 

La forma de reaccionar de ambas es muy diferente, como ocurre con sus personalidades. Kate se deja manipular por Eugene porque sus carencias afectivas la superan. Su padre alcohólico nunca la entendió y ella se da cuenta aquí de que su madre no era ninguna heroína sino una mártir que inculcó a su hija un sentimiento de dependencia que la hace vulnerable a todo. Los padres de Baba están alejados de ella y son gente fría y sin emociones, salvo su propio interés. Las familias están rotas y estos nuevos núcleos familiares no les aportan a ninguna de las dos ni equilibrio ni felicidad, esa palabra que ya parece una entelequia para ambas. 

A la medida de cada una hay una búsqueda de algo diferente y de algo mejor. Kate quiere encontrarla en un hombre de verdad, que la proteja y la entienda; Baba lo intenta hallar en la ocasionalidad, en las aventuras superficiales, en el deseo sexual. Pero ninguna de ellas tiene suerte y solo la mente más equilibrada, fría y racional de Baba hará que tenga alguna clase de salvación, aunque basada en la renuncia a la vida con la que había soñado. Ninguna de las dos es una madre adecuada, según los cánones, y ambas sufrirán, cada una de un modo, la pérdida de sus respectivos hijos. Pero es que esa maternidad quizá tampoco les traiga una solución a su rompecabezas. 

De los tres libros de esta trilogía (los otros dos son "Las chicas de campo" y "La chica de ojos verdes") este es el más amargo, el que destila más tristeza y desencanto. Ha desaparecido la frescura de la juventud, aunque ellas solo tienen veinticinco años. Han desaparecido las ilusiones, las francachelas compartidas, las búsquedas del maquillaje o el vestido adecuado. Tampoco la naturaleza tiene ese aire salvador de antes, cuando podían disfrutarla en su verde Irlanda. Ahora la ciudad de Londres les parece un abismo lleno de peligros y la oscuridad, la niebla, la nieve y el frío sustituyen al verdor y al renacer de las hojas. Sin embargo, todo este suplicio de ahora tiene raíces muy hondas y esas raíces están, precisamente, en el paraíso que las vio nacer y crecer. 

Chicas felizmente casadas. Edna O´Brien. Editorial Errata naturae. Traducción de Regina López Muñoz. Primera edición febrero de 2015.


"La chica de ojos verdes" de Edna O´Brien


   Caithleen y Baba, las chicas de campo, están ahora en Dublín. Viven juntas en alquiler en la casa de Joanna y conocen a algunos hombres. Mientras Baba quiere divertirse a toda costa y piensa poco en las consecuencias, Caithleen se convertirá en Kate, cuando se enamora por segunda vez (la primera fue el señor Gentleman) de Eugene Gaillard, que hace documentales y vive en una casa de campo cercana a Dublín. Gaillard es un hombre casado y tiene una hija de tres años. Su mujer, Laura, y su hija, Eileen, están en América, en Nueva York. Entre ambos hay una extraña relación y un lazo indisoluble, algo que hace sufrir a Kate. 

   Kate quiere ser la mujer ideal para Eugene. Esa persona que está siempre a tono con las conversaciones, que sabe vestirse y que tiene un encanto especial. Cuando se conocen, ella es fresca, libre y sincera. Pero la relación lleva un doble camino, por un lado, se afianza y, por otro, se degenera. La visita del padre de Kate a la casa que ambos comparten no ayuda en nada. Eugene recibe una paliza del padre y sus amigos que quieren arrancarla del pecado y hacer que vuelva al redil. El redil no es otro que su antigua casa, en la que el padre malvive en compañía de la tía Molly, porque la madre de Kate desapareció en el lago cuando iba con un muchacho del pueblo.

   La desesperación de Kate por no ser quien ella desearía para él, la lleva a abandonarlo y a refugiarse, de nuevo, junto a Baba, su amiga eterna, a pesar de ser tan distintas. Así se quedará esperando a que él vuelva. Pero hay lazos que se desatan demasiado deprisa.

   En esta segunda entrega de la trilogía que se inició con "Las chicas de campo" y que culminará con "Chicas felizmente casadas", Edna O´Brien nos maravilla con su descripción de la vida de estas muchachas, de sus aventuras y sus amores, de los momentos de intimidad y de depresión, de las alegrías y las penas. La naturaleza es el paisaje de la infancia, el recuerdo de lo que fueron. La ciudad es el presente y, quizá, un futuro mejor, aunque nada parece asegurarlo. La escritura de O´Brien es esplendorosa, refulgente, tierna e irónica, dulce pero duramente terrible. Es certera y llena de razones que cualquiera de nosotras reconoce sin dudarlo. La descripción de los momentos íntimos está tan lograda que me recuerda las de D. H. Lawrence, los mismos símiles florales, la misma delicadeza, la misma sencilla pero intensa sensación de ese ardor de la sangre tan difícil de hallar y tan imposible de olvidar.

   Como el libro anterior, esta novela constituyó un escándalo cuando se publicó. Las costumbres, los ritos y los modos de vida de la Irlanda profunda chocaron con la frescura de la narración, con la puesta en escena tan verídica que ponía al alcance de todos cómo la infelicidad a veces es cuestión de que los hombres y las mujeres se pongan límites a sí mismos, tantos que la naturaleza se queja sin que su eco se escuche realmente.

La chica de ojos verdes. Edna O´Brien. Editorial Errata naturae. Traducción de Regina López Muñoz. Primera edición marzo de 2014. 

(Esta reseña es producto de la relectura de esta novela) 

viernes, 20 de abril de 2018

"Las chicas de campo" de Edna O´Brien


   "Las chicas de campo" es el primer libro de una trilogía que convirtió a Edna O´Brien (Tuamgraney, Irlanda, condado de Clare, 1930) en una escritora. Supongo que escribir es un don del cielo y que, en un momento dado, una decide que va a dar un paso adelante y convierte los recuerdos o la imaginación, o ambas cosas, en un libro. En este caso, su publicación, en 1960, vino precedida de horas de trabajo en una editorial y de una invitación a escribir algo por parte de los editores. Y la consecuencia fue un anatema en su pueblo, en su país y el reconocimiento de los lectores y críticos. La cara y la cruz de una misma moneda. 

   Caithleen es Edna y Baba es Edna. Son, ellas mismas, la muchacha que fue y la que quiso ser. Lo ha confesado la autora, afortunadamente todavía en activo a sus ochenta y siete años. Sabemos cómo son ambas chicas porque, aunque no existen descripciones pormenorizadas, al igual que en los libros de Jane Austen, sí hay alusiones y, por alusiones, conocemos que Caithleen es alta y desgarbada, con unos ojos grandes y verdosos y una mata de pelo rebelde y pelirroja. Y que Baba es menuda, redondita y con ojos y pelo oscuros. Ambas son guapas, muy jóvenes y ambas viven en un entorno rural que las oprime. Los padres de Caithleen no se aman. La madre sufre por todo y está presa de la religión, quizá como forma de huir de su triste existencia. La religión y Tom O´Brien son su válvula de escape. El trabajo duro, su cotidianeidad. Por eso quizá terminará sus días en el fondo del lago. El padre es un hombre violento y alcohólico, pretencioso y desagradable. Por su parte, la familia de Baba no es tampoco un paraíso de armonía. Su madre está en ese difícil trance en que las mujeres dejan de ser jóvenes y deseables para convertirse en matronas respetables. Su padre, veterinario, es un hombre bueno que añora una familia que lo respete y lo quiera más que la suya. Su hermano, un pasota sin remedio. 

   Caithleen y Baba marchan a un convento para educarse siguiendo la costumbre de los años sesenta en las zonas rurales de Irlanda. Pero esa vida tampoco es para ellas y, a los tres años, siguiendo una idea disparatada de Baba, logran ser expulsadas y emprender otra vida ya en Dublín, en una escuela comercial, mientras viven alquiladas en casa de Joanna, una emigrante y trabajan cada una en lo que pueden. En este momento ambas empiezan a perfilar vidas distintas. Pero las dos desean conocer lo mejor de la existencia, noches maravillosas, vestidos divinos y la adoración masculina. Sus caminos divergen. Baba, con un hombre mayor al que lo une el interés y Caithleen enamorándose perdidamente de otro hombre mayor, casado y vecino de su pueblo, tan elegante y pulcro que lo llaman el señor Gentleman. 

   El descubrimiento del amor y del deseo se dan la mano en ambas. Para Caithleen, el alter ego de la autora, el señor Gentleman significaría lo más hondo y también la mayor decepción. Al fin, ya lo sabemos, los hombres, muchos de ellos al menos, no cumplen nunca sus promesas y la cobardía resplandece dejando a la muchacha en esa nada dolorosa del primer desengaño. 

   "Las chicas de campo" es un libro extraordinario, escrito en primera persona, con una fuerza descriptiva apabullante, con una forma de narrar única y con una emoción latente desde las primeras páginas que te impulsa a seguir leyendo. Las emociones y los sentimientos están a flor de página y en ellos estamos nosotros, los lectores, llenos de interés por conocer y conocernos, porque el viaje por sus palabras no es sino un viaje hacia nosotras mismas, mujeres, que encontramos aquí una voz de mujer que nos describe, nos señala y nos define. Tantas cosas dice que resulta imposible resumirlas, pero sabemos que esta voz es nuestra, que no es ajena, que no es extraña y que está aquí para quedarse. 

Esta reseña es producto de la relectura de: 

Las chicas de campo. Edna O´Brien. Errata Naturae. Traducción de Regina López Muñoz. Tercera edición enero 2014. Dedicatoria "A mi madre". 

Continuación de la trilogía: La chica de ojos verdes. Chicas felizmente casadas. 

miércoles, 18 de abril de 2018

"Los hermanos Burgess" de Elizabeth Strout

Este es el cuarto libro que leo de Elizabeth Strout. Cada uno de los anteriores tiene su reseña en este blog. El primero de ellos fue Me llamo Lucy Barton. Es un libro de encuentros y desencuentros, de vuelta al pasado y de ajuste de cuentas. Todos tenemos, en algún momento de nuestra vida, que volver la vista atrás y hacer esa especie de balance que suele dejarnos insatisfechos. Después leí Amy e Isabelle. La relación madre-hija que en el anterior tenía caracteres de perdón aquí se manifiesta en toda su intensidad, dando lugar a un relato poderoso y lleno de matices. Todo es posible, el tercer libro de Strout que he leído, es un conjunto de relatos en el que el estilo literario de la autora ya es reconocible. 

Elizabeth Strout, que nació en Maine pero reside en Nueva York, recrea este mismo itinerario geográfico en sus obras y eso es lo que ocurre en Los hermanos Burgess. Tres hermanos, Bob, Susan y Jim, originarios de Maine, han sufrido en su infancia y llevan, de adultos, vidas tan dispares que suscitan el interés de la narradora y de su madre, ambas viudas, que comparten confidencias en la distancia, porque una vive en Nueva York y la otra sigue viviendo en Maine. Las historias antiguas dejan pecados nuevos y así el hilo del que tira el relato nos deja al descubierto heridas sin cerrar y acciones sin castigar y sin resolución.

La huida de Bob y Jim del pueblo se produjo a raíz de un extraño accidente en el que su padre murió. Su hermana Susan, sin embargo, decidió quedarse en su pueblo natal y no instalarse en Nueva York como ellos. De un modo que parece guardar determinadas historias familiares ancladas en el pasado. Sin embargo, el lazo entre ellos no puede romperse y es a ellos a los que recurre Susan cuando surge un problema con un chico, digamos, problemático. Es la vida de familia, con sus oscuridades y sus desengaños, con las necesidades de aclaración y la lucha por preservar determinados sentimientos, lo que centra el libro y la escritura tiene, por tanto, perfiles psicológicos muy desmenuzados, de la manera en que Elizabeth Strout lo hace siempre en sus libros. Por mucho que huyas, viene a decirnos, aunque te ocultes, te escondas, te cases una y otra vez y tu fisonomía cambie, no podrás evitar reflejarte en el espejo de tu infancia, de tu familia, de tu pueblo.

Los personajes de Strout no son de cartón piedra, sino, muy al contrario, terriblemente humanos y esto es un rasgo definitorio de su literatura, plena de emociones y de hechos contradictorios, no tratados de manera ampulosa o recargada, sino con la sencillez de quien hace la crónica de unas vidas cotidianas cuyos impulsos y errores son elementos terribles que no pueden dejarse de lado. Lo asombroso y lo corriente unidos en un mismo pulso narrativo.

El libro está dedicado a Jim Tierney, el marido de la autora. Ella es también una chica de Maine (nació en Portland en 1956) que vive en Nueva York, como sus personajes. Hija de profesores, ella misma ha trabajado como profesora de literatura e inició su carrera escribiendo cuentos, para llegar luego a publicar novelas que han tenido una excelente acogida tanto entre el público como en la crítica especializada, lo que ha llevado a que consiga premios prestigiosos, entre ellos el Pulitzer por "Olive Kitterige", el libro que estoy leyendo ahora y que reseñaré próximamente. Es una virtuosa a la hora de representar caracteres femeninos, a los que dota de una enorme complejidad, huyendo de estereotipos y convirtiéndolos en personajes humanos, con defectos, virtudes y luchas internas y externas que no dejan a nadie indiferente.

Los hermanos Burgess. Elizabeth Strout. Publicado por Seix Barral. Primera edición enero de 2018. Traducción de Rosa Pérez Pérez. El libro original se publicó en inglés en 2013 

La última muñeca

Abro la estantería y me la encuentro. Rodeada de libros, como ella. Con el gesto tranquilo, como ella. Sobre la cálida madera, con aire coqueto, con el pelo alborotado y rubio. Tiene un vestido en tonos azules, los calcetines rojos a juego con la pequeña bufanda. Tiene un sombrerito blanco. Está hecha de retazos. Trozos de tela, restos de lanas, agujas enhebradas, imaginación y sueño a raudales. 

Es la última muñeca que ella inventó. Sus manos usaron por última vez, antes de que el olvido hiciera que todo fuera tan difícil, las tijeras, el hilo, la aguja y el dedal. Se le ocurrió en un momento de tranquilidad, un instante de esos en los que no hay nada que hacer. Imaginó cómo sería su cara y una línea roja es su boca y unas líneas negras son sus ojos. Está seria, como ella en sus últimos años, porque la desmemoria también impide reír. 

La muñeca está aquí, junto a Jane Austen, Ferrante y Helen Fielding. Este sitio le gustaría. En su estantería blanca, allá en ese lugar donde los vientos confluyen y la bahía es de azúcar, donde las torres de los edificios se elevan hasta el cielo, allí, en ese lugar, ella verá seguramente que esa muñeca, la última muñeca que inventaron sus manos, está en el mejor puesto, entre libros. Hay libros que salvan la vida. Quizá todas las vidas se salvan en los libros.

martes, 17 de abril de 2018

Miradas


(Fotografía de Dorothea Lange) 

A veces el cansancio te hace fruncir el ceño. Esa clase de sueño que detestas, ese agobio que te ronda y no falla. Todo lo que te duele y que te callas. Así que entre tus manos puede hallarse un secreto, un aviso, una duda, la búsqueda, cualquier cosa. Comprendes que las horas se van fosilizando y que el cielo se abre con una lluvia densa que te roza los ojos y te atrae hacia el fondo y allá están las miradas, a lo alto, sin pausa y sin saber que todo lo que buscas nunca aparece solo ni antes de tiempo ni en un lugar cualquiera sino el suyo. Mirarte y no perderte es el secreto.

domingo, 15 de abril de 2018

Hermione y Caroline

La señorita Marple, hija de Dame Agatha, basaba sus averiguaciones detectivescas en los paralelismos entre gente de su pueblo, Saint Mary Mead y las personas a las que investigaba con ocasión de algún crimen doméstico. Porque ya se sabe que la existencia de tres o cuatro familias en un entorno determinado tiene como resultado inevitable una novela. 

Los paralelismos son juegos del pensamiento y de la literatura que ejercen una poderosa atracción sobre mí como lectora. He aquí uno de ellos, recién vislumbrado en esta tarde de supuesta primavera en la que el cielo se ha empeñado en parecer septembrino. 

En 1813 Jane Austen (1775-1817)  publica "Orgullo y Prejuicio" después de intentarlo en varias ocasiones. Como es sabido no firma con su nombre sino con el pseudónimo indeterminado de "A Lady", una dama. Esto debió resultarle a ella bastante jodido. 

Más de un siglo después su paisano D. H. Lawrence (1885-1930) lanza a la consideración de los lectores su obra maestra "Mujeres enamoradas" (1920), aunque cinco años antes había publicado ya una precuela en la que aparece la principal protagonista y sus antecedentes familiares. Se trata de "El Arcoiris" obra poco conocida pero imprescindible si se quiere atisbar el mundo literario y filosófico de este escritor. 

Dejemos de lado el paralelismo existente entre ellos, Austen y Lawrence, basado en la escasa consideración con la que su obra es recibida, los denuestos que soportan, el desconocimiento casi general de su significado y, por qué no decirlo, la lectura transversal que se ha venido realizando de los libros que escribieron. Ambos, sin embargo, han "sufrido" adaptaciones cinematográficas y televisivas de gran éxito y desigual resultado. Mucho mejores las de Austen, dónde va a parar. 

Hermione Roddice es una mujer rica, que viste elegantes vestidos, habla con soltura y educación, conoce el mundo y, ay, está enamorada de Rupert Birkin, el protagonista de "Mujeres enamoradas". Hermione trata a Birkin con esa familiaridad posesiva con que las mujeres ricas de principios del siglo XX trataban a los hombres con los que se relacionaban. Hermione tiene mucho más dinero que Birkin pero no puede conseguirlo, se le escapa. Y ella sufre en grado extremo esa huida, esa incapacidad de aprehenderlo. Hermione es muy egocéntrica y se considera a sí misma extremadamente importante, así que no puede usar la única arma que aliviaría su pena: el sentido del humor. Pero debería. 

Caroline Bingley es ("Orgullo y Prejuicio"), la hermana de Bingley, el amigo íntimo de Darcy, cuya llegada a Netherfield inicia la acción de la novela. Caroline pretende casarse con Darcy (aunque, como suele ocurrir, él no lo sabe) y lo considera un acto de legítima justicia. Ella es, también, educada, elegante y pertenece a la esfera en la que Darcy se mueve, a pesar de que su nivel económico es notablemente inferior puesto que en esta época, hablamos de principios del siglo XIX, la mujer recibía una parte muy escasa de la herencia familiar, salvo en casos excepcionales (por ejemplo, el de Georgina Darcy).

Salvando esa diferencia con Hermione, lo demás son paralelismos. La indiferencia de Darcy no desanima a Caroline, que utiliza todas las armas de mujer (yo las llamo sencillamente triquiñuelas) que tiene a su alcance. Esa mezcla de servilismo y despecho tienen un trasunto claro en el trato de Hermione con Birkin. Ambas se preguntan ¿cómo es posible que este tipo no se enamore de mí, con lo que yo lo valgo?.. Las dos olvidan la condición esencial del amor, esto es, la arbitrariedad. Enamorarse nunca es un acto de justicia. Nunca queremos a quien lo merece. 

Frente a estas dos mujeres poderosas, frías, ancladas en un convencionalismo que no las deja estirar los brazos, ni bostezar, ni andar sobre el barro, aparecen las mujeres de verdad, las de carne y hueso, llenas de defectos (Elizabeth ni siquiera es una buena amazona) que han decidido por sí mismas y sin considerar el amor un acto de posesión sino una elección personal. Ellas son Ursula Brangdwen y Elizabeth Bennet, distintas pero unidas por una misma realidad: son capaces de amar sin doblegarse porque se consideran iguales a los hombres, no inferiores ni deudoras. 

Como no puede ser de otra manera el contacto entre Elizabeth y Caroline y entre Ursula y Hermione hace saltar chispas.  En el caso de Austen, con situaciones muy divertidas como es normal en su literatura. Sonrisas y hasta risas cuando observas los ímprobos esfuerzos que hace Caroline Bingley por atraer a Darcy. Mucho más trascendente lo de Lawrence, que muestra el dolor íntimo de Hermione y su deseo de aplastar a Birkin si no puede tenerlo. Tenerlo, terrible palabra que no debería nunca ir unida a la pasión amorosa.

Sin embargo, no deja de resultar muy llamativo, mucho, que, siendo Elizabeth una mujer de principios del XIX, tenga mucha más libertad de pensamiento y mucha menos dependencia sentimental que su colega Ursula, de un avanzado ya siglo XX. Tengo para mí que esta divergencia no es tanto fruto de ellas, como personajes femeninos, sino de sus autores. Y es que la señorita Austen era bastante menos romántica que el señor Lawrence y dotó a sus "mujeres" de un donaire, un sentido del humor, una perspicacia inteligente que son todo menos antiguos. Que son modernísimos, vamos.

Porque ¿qué puede resultar más placentero que reírse del hombre al que amas? Sí, ya conozco la respuesta: Reírse con el hombre al que amas. Pero esa es otra historia y, como diría Michael Ende, ha de ser contada en otra ocasión.