miércoles, 15 de abril de 2015

Cuento de primavera

Había un niño y un hombre, y el niño apoyaba la cabeza sobre una pared y al lado había una puerta abierta a algún lugar inesperado. El hombre no se veía, es decir, él era el espectador, él contemplaba al niño, pequeño, con la cabeza sobre la tapia. 

De vez en cuando el sol se escondía y dejaba a oscuras la calle, serpenteando en el suelo la línea de la acera, moviéndose graciosamente la puerta entornada. El hombre recordó, porque el niño era pequeño y no tenía memoria, aquel cuento o historia, lo que fuera, oído no sabía dónde, acerca del sol y el viento. Resultaba que había una apuesta entre los dos sobre quien lograría quitarle la capa a un transeúnte, y, aunque el viento soplaba más y más fuerte, no consiguió que aquel hombre se quitara la capa. Bastó que el sol lanzara algunos de sus rayos para que el individuo se despojara de su prenda. Vaya con el sol, había pensado entonces, pero le alegraba, le gustaba saber que le había ganado la partida al astuto viento y no por la fuerza, sino de una manera tan cálida y afectuosa. 

Le gustaba el sol. Los días cambiaban si se teñían del amarillo y el dorado de sus rayos. Pero ahora había un niño apoyado en una tapia, con las manos cubriéndose la cabeza y junto a él, una puerta entreabierta. Sólo entreabierta como si no pudiera entrar nadie ni tampoco salir. La puerta sólo era un obstáculo entre la casa y el sol. Se imaginó por un momento dentro de aquella casa, a oscuras, y sin calor, sin poder salir y sin apartar, sin embargo, los ojos de ese pequeño y esperanzador rayo que cruzaba la puerta. 

Se acordó entonces de Juanita y aquel chico, Miles Eastin, que vivían en una novela de Elia Kazan. Miles había denunciado a Juanita y luego ella le ayudó a superar su homosexualidad. Todo se reducía, al parecer, a una cuestión de puertas abiertas, a poder o no mirar al fondo y ver algo de luz. Muchas veces había mirado hacia adelante pero no parecía  haber nada más que el cielo raso, como decía Michaud “al volver del teléfono sólo el cielo raso, raso”. 

Ahora no debía pensar en eso, no en cerrojos ni en cadenas, porque miraba a ese niño aunque el niño no lo veía pues tenía las manos en la cabeza y no se sabía donde estaban los ojos, y le venían a la mente todas las preguntas y, sobre todo, los deseos, contenidos mucho tiempo, de acercarse a él, hablarle y abrazarlo con su cuerpo fuerte, cálido y envolvente, el mismo que dormía cada noche con la mujer que amaba, abierto como una puerta sin cerraduras al infinito y supremo encuentro entre sus corazones. 

Era primavera y aquella tapia sólo sostenía las lágrimas del niño, no balcones con gitanillas y geraneos, no cuerpos jóvenes de muchachas, sin saladas y tristes lágrimas de unos ojos perdidos. Así que quiso compartir el olor a nube de la tarde y el sabor de sol de los pequeños y caprichosos rayos y levantó con una mano al niño al aire y él mismo se elevó en una pirueta sin leyes y ascendió al azul de la atmósfera y al aire fresco y violeta de la tarde de Marzo. 

Se transformó en sonido de palabras amantes, en vuelo de pájaros nocturnos y llevó el cuerpecito joven y tierno a la cumbre del mundo, allí donde la primavera no necesita flores, porque vive en las lágrimas saladas de los niños y se columpia en un aro de flores amarillas y blancas. 


Ah, si el hombre volviera y no pudiera traerse consigo el olor del viento, dulce, cálido y nuevo, mecido entre las rosas…

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