La abadía de Northanger es un libro muy especial. Tiene una protagonista tan inocente, crédula y poco mundana que te inspira una mezcla de asombro y ternura. Pero estoy segura de que había muchas chicas como ella en aquellos años, chicas que leían novelas góticas y que soñaban con que a ellas les sucediera “algo” interesante, algo que cambiara su rutina. Chicas que se enamoraban o creían enamorarse a las primeras de cambio y que eran un poco trastos en algún sentido. Lo que ocasionaba que hubiera madres como la de Catherine Morland, que le da unos estupendos consejos que ella no va a seguir. Pero la novela es también una crítica implacable contra los periodistas y contra las malas novelas, al tiempo que defiende con pasión el género cuando es bueno. Puede parecer que todo esto tiene un gran sentido de actualidad para nosotros y así es. Los críticos salen malparados y la gente que presume de no leer novelas y de dedicar su tiempo a libros sesudos se llevan su buena ración de ironía a lo Austen.
En este sentido, es la única de sus novelas que se mete tan a fondo a hablar de literatura y no en sentido general, sino muy concreto. Su lenguaje es la ironía. Nos cuenta las cosas como si estuviera contemplándolas de cerca y, a la vez, como alguien extraño que no cree nada de lo que ve, que es escéptica y descreída. Se mete en las conversaciones y nos lanza el pensamiento de los personajes de una forma brutal. Es una novela dinámica, que no te deja tregua, que te impide el aburrimiento y te lleva hasta un retrato perfecto de la sociedad de la famosa Bath en los años finales del siglo XVIII.
Y ahí está nuestra antiheroína de turno: Isabella Thorpe es una de las villanas más potentes de Jane Austen. Una villana a su modo, que nunca es castigada por la autora sino, simplemente, y como diríamos hoy, expuesta. Basta con observarla, seguirla y oírla para conocer cómo es. Por eso no necesitamos que la juzguen, ya lo haremos nosotros.
Alguien como ella, manipuladora, maliciosa, interesada, falsa, tóxica, necesita de un escenario adecuado y de un público conveniente. Porque su faceta es muy teatral, es como si representara una obra de teatro pero sabiendo muy bien que no es teatro sino que es realidad. Y no creyéndose nada de sí misma, lo que es un doble salto mortal que merece la pena descifrar con detalle. Incluso no descarto que ella misma piense que tiene muchos más méritos que Catherine Morland para ser la heroína de la novela, porque es bellísima, elegante, tiene buen gusto al vestir, es una mujer de mundo, tiene facilidad para el trato social, sabe manejar a los hombres y a las mujeres, y, en fin, tiene los objetivos claros: salir ganando, sea lo que sea. Pero, querida Isabella, es por todos estos motivos que Jane Austen decidió que tú no serías la protagonista, sino la implacable e incoherente actriz sin patio de butacas. Si el escenario es Bath, la ciudad de moda en la época georgiana, con sus baños termales, su arquitectura peculiar, sus calles atestadas, sus tiendas, bibliotecas, baños y salones de baile, el público que rodea a Isabella es muy reducido: Catherine y su hermano James y John Thorpe el hermano de Isabella. Una pequeña pandilla, usando términos actuales.
Isabella Thorpe es la falsedad social disfrazada de encanto. Esto es algo que se manifiesta expresamente en su utilización del lenguaje. Su intento de manipular a los demás siempre entronca con la forma de hablar, es una herramienta poderosa que ella usa a su conveniencia. Exageraciones, comparaciones que no vienen a cuento, exclamaciones, frases poco naturales, intensidad impostada, todo esto está en su discurso. Y ella lo hace de forma consciente, nada espontánea. Resulta imposible encontrar un personaje como ella fuera de un lugar como la ciudad de Bath. Bath era, en esos años, una ciudad-escaparate, un sitio para ver y ser visto. Tan importante era en la vida de Bath el turismo de la salud que acudía cada día a tomar las aguas termales, como el del matrimonio. Un turismo del compromiso.
Por eso, las familias con hijas tenían claro que acudir allí suponía una inversión, un empujoncito para ellas en la carrera matrimonial. En la ciudad había posibilidades de sobra para hacer contactos. Toda la arquitectura y la vida cotidiana estaba orientada a coincidir con conocidos porque era una existencia hacia afuera, basada en las relaciones sociales. Recorrer cualquiera de las calles principales resultaba un rosario de paradas, cada una de ellas plagada dea saludos, sonrisas, reverencias y toda la parafernalia del trato social.
Precisamente en este contexto colocó Jane Austen, a modo de incongruencia, a una protagonista absolutamente fuera de ambiente, desconocedora de los entresijos del teatro social y sus derivados. Por eso Catherine Morland se ve atrapada por una experta en estas cuestiones, alguien cuatro años mayor, pero sobradamente preparada y dispuesta a sacar partido de su estancia en Bath y de sus atributos, de su belleza, que era mucha y suponía un pasaporte cierto a una boda de postín.
La familia Thorpe necesitaba hacer buenas bodas. La madre, viuda y con seis hijos, no era muy rica. Los chicos son John, que estudiaba en Oxford; Edward, que trabajaba en un bufete de abogados y William marino, ejemplifican las nuevas profesiones que en la época emergían. Por su parte, las tres chicas, cuya única ocupación es acicalarse y dejarse ver por los supuestos pretendientes. Cuando la familia conoce a Catherine hay dos elementos que influyen en su relación: primero el que es hermana de James Morland, amigo de universidad de John y segundo, y sobre todo, que imaginan que pertenecen a una familia muy rica, que les pueda solucionar la vida con un matrimonio a dos bandas: John con Catherine e Isabella con James. Ese es el cuadro. Lo que haya de amor o interés en la intención de Isabella resulta complejo de dilucidar, pero está claro que ella era capaz de fingir todos los sentimientos que fueran necesarios para enganchar al que consideraba un excelente partido.
Una característica de la hipocresía social que practica Isabella es que enseguida se hace “amiga” de la gente. Con Catherine se vuelca desde el principio, ante la extrañeza de esta, cuyas costumbres no incluyen arrumacos, abrazos, expresiones de cariño, con gente que conoce de un momento. Pero así es Isabella y ese es su modus operandi, su infalible técnica para lograr sus propósitos. A Jane Austen no le gusta el carácter de Isabella pero, lejos de castigarla, lo que hace es ponerla en evidencia con su relato. Austen nos dice que Isabella es, en sí misma, una impostora, porque simula un amor y un cariño que no siente, se hace pasar por alguien culto y no lo es, además de exagerar al máximo su supuesta generosidad con los otros. En realidad, su intención es manejar el cotarro, simple y llanamente.
La falta de conocimientos de Isabella se observa muy bien en la conversación que mantiene con Catherine sobre sus novela favoritas. En una obra que defiende la novela no podían faltar diálogos sobre el tema. Este no es el único, pero sí el más interesante para conocer la falsedad de Isabella. Ella quiere demostrar que es muy entendida en el tema, pero cómo no es cierto lo que hace es quedar mal con el lector avisado ya que cita como grandes novelas algunas obras muy populares pero de muy baja calidad. Claro que Catherine no se atreve a contradecirla más allá de reiterar su pasión por Udolpho y sus horripilantes aventuras.
La contraposición entre una protagonista tímida e ingenua y una antiheroína manipuladora e intrigante produce situaciones insospechadas. El poder de persuasión de Isabella es tan grande que hasta es capaz de hacer que James, el hermano de Catherine, le dé a ella la razón en lugar de a su querida hermana. Esta solo reacciona cuando se trata de arreglar el desaire que hace, sin querer y por culpa de los Thorpe, a la hermana del chico que le gusta de verdad, esto es, Eleanor Tilney. Está claro que esa reacción va empujada por un poderoso aliciente, porque lo que no quiere la muchacha es quedar mal con Henry Tilney, alguien que le gusta desde el principio aunque no es que él haga muchos méritos al respecto.
Isabella Thorpe cae mal al lector. En otros casos hay antiheroínas que puedes disculpar, como Charlotte Lucas, o compadecer, como Harriet Smith, pero con Isabella no hay término medio. Es decididamente mala. Se trata de una maldad con faceta pública, todo lo que hace es ostensible y siempre abiertamente, porque en ese afán de teatralidad se basa su comportamiento. Está claro, además, que el interés es el gran motivador de su conducta. Lo que busca es bien sencillo: hacer una buena boda que le garantice una vida confortable. Eso, en sí mismo, no sería reprobable. Lo criticable son las malas artes que utiliza. Un ejemplo de ello es cómo deja de lado a James Morland, después de haberlo perseguido y engatusado, para ir detrás de Frederick Tilney, solamente porque tiene mejor situación económica. Esto es también una muestra de su inconstancia, otro de sus defectos.
En realidad, Isabella es una falsa heroína gótica. Su intensidad aparente es solo eso, apariencia, no es verdadera. El peligro para Catherine Morland, aunque ella no lo sepa, está en relacionarse con personas así y no en los supuestos fantasmas que alberga la abadía de Northanger. Las personas tóxicas como Isabella utilizan siempre a su favor todo lo que tengan a mano, incluido un lenguaje amanerado y envolvente, frases maximalistas, una expresión exagerada de sentimientos inexistentes y una moralidad envolvente, que hace dudar a los otros.
Así habla Isabella de sí misma:
«En lo que a mí se refiere mis pretensiones son tan modestas que me conformaría con la renta más exigua del mundo. Cuando la gente siente un verdadero afecto, la pobreza en sí misma es riqueza. Detesto los hijos; no viviría en Londres ni por todo el oro del mundo. Una casita de campo en alguna aldea apartada sería para mí la máxima felicidad».
De esta forma le cuenta Isabella a Catherine que se acaba de prometer con su hermano James:
«Eres tan parecida a tu querido hermano que la primera vez que te vi sentí una debilidad por ti. Pero siempre me pasa lo mismo: el primer momento es el que lo decide todo. El mismísimo primer día que Morland vino a vernos las navidades pasadas, la primera vez que lo vi, mi corazón quedó prendado de él para siempre».
Así reacciona Isabella cuando Catherine le cuenta que tiene una cita con Eleanor Tilney:
«No puedo evitar sentirme celosa, Catherine, cuando me veo menospreciada por causa de unos extraños. ¡Yo, que siento hacia ti un cariño tan tremendo! Y cuando yo estimo a una persona no hay nada que me haga cambiar; mis sentimientos son más fuertes que los de nadie. Estoy segura de que son demasiado fuertes incluso para mi propia paz; y verme suplantada en tu amistad por extraños me hiere en lo más hondo, lo reconozco. Por lo visto, los Tilney esos quieren llevarse por delante todo lo que les rodea».
La manipulación de Isabella es evidente aquí ya que acaba de llegar al teatro con Catherine y actúa como si no la viera hace un año:
«Mi encantadora Catherine, ¿qué ha sido de ti durante todo este tiempo? Pero no necesito preguntártelo, porque tienes un aspecto delicioso. Estás más divina que nunca con ese peinado. Eres una malvada, ¿quieres atraer la atención de todo el mundo? Te aseguro que a mi hermano lo tienes ya absolutamente enamorado, y en cuanto al señor Tilney …bueno, eso es ya asunto resuelto; ni siquiera tú, que eres tan modesta, puedes dudar de la atracción que siente por ti».
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