Un café en Turín
No hay que negarse a la aventura. Esa vez estabas muy cansada. Habías recorrido la ciudad entera y necesitabas sentarte, quitarte las zapatillas, tirarlas a la basura y dejar los pies descalzos todo el tiempo posible, todo el tiempo necesario para sentir el frío de las baldosas, para notar la sensación de alivio en los pies tan cansados. No hubo necesidad. Aquel chico, más o menos tu edad, llegó con aire suficiente porque era amigo del dueño del café y vivía dos casas más arriba. Te invitó a subir a su casa y a descansar allí. Te fiaste completamente de su palabra ¿y por qué no? Tanto tiempo recorriendo el mundo te enseña a decidir en quien confiar y pocas veces te equivocas. El chico se llamaba Carlo y era músico. En su casa, un piso grande en el que todo era una única habitación excepto el baño, había una guitarra, un violín y un piano de cola. Era músico por vocación y su familia entera estaba llena de músicos. Te contó su historia mientras tú te sentabas en el sofá y ponías los pies en alto. Mientras él te daba un masaje con una crema fría que, según dijo, era de su hermana. Masajes en los pies, sonrisas en los rostros, música a domicilio. ¿Cómo no acabar en abrazos al anochecer de ese mismo día?
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