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"La piedra de toque" de Edith Wharton


 
El argumento: 

Stephen Glennard está pasando una mala racha económica. Encima quiere casarse con su adorada Alexa Trent pero la cosa se le he puesto difícil. ¿De dónde sacar algún dinero? En tiempos, fue el amante y confidente de la gran escritora ya fallecida Margaret Aubyn, con la que mantuvo una correspondencia muy sabrosa que obra en su poder. ¿Y si utiliza esas cartas para lograr alguna ganancia? He ahí un conflicto moral de los muchos que la escritora plantea en sus novelas. Ser fiel al recuerdo de alguien a quien quiso y que le quiso o salvar el cuello en una situación problemática. 

La traducción:

En la nota de la traductora, Laura Naranjo Gutiérrez, que acompaña a la edición se especifica que la obra se publicó por primera vez en la Scribner's Magazine (números de marzo y abril de 1900) y casi simultáneamente en forma de libro por la editorial Charles Scribner's de Nueva York. El título original era "The Touchstone". La publicación en revistas y por entregas era algo cotidiano y más de una vez la usó Wharton. 

Curiosidades:

John Murray IV compró los derechos para Inglaterra del libro pero no le gustó nada el título original porque lo veía poco expresivo y lo cambió a este otro (que realmente queda mejor): "Un regalo desde la tumba".
Se da la circunstancia de que este editor pertenece a los Murray que editaron en su día a Jane Austen. El primer John Murray fundó la editorial en Londres en 1768. Su hijo, John Murray II fue el editor de Jane Austen, de Walter Scott y de Lord Byron, alcanzando gran prestigio en su época. Siguió la saga el III Murray y luego el IV que es el que publicó esta novela en Inglaterra. La editorial pasó a manos de Hachette recientemente. 

La frase: 

"sus silencios eran ahora fértiles como las nubes de lluvia"

Ficha técnica: 

La piedra de toque
Edith Wharton

Traducción de Laura Naranjo Gutiérrez
Edición en 2020
Editorial Contraseña
Ilustración de la cubierta de Alberto Gamón

Mi valoración: 

Contraseña es una de esas editoriales pequeñas que tienen un cuidadísimo catálogo en el que puedes encontrar bellezas como esta. Combina sabiamente los autores muy conocidos y consagrados con otros que no han sido traducidos antes al español o de manera escasa y esa política editorial es acertada porque ha sacado a la luz algunos autores, autoras sobre todo, que no estaban en nuestro fondo de armario lector al tiempo que trae obras menos conocidas de grandes autores. Este es el caso de "La piedra de toque" de la excelente Edith Wharton, que no posee todavía el reconocimiento que merece como la maestra que es. 

La historia tiene su parte de truculencia, de ambigüedad e incluso de misterio, pero esa era la forma que tenía ella de abordar las tramas. El trazo de los personajes está perfectamente hecho, así que los imaginamos y los entendemos en sus defectos y en sus virtudes. Siempre hay en sus obras un toque magistral, una vuelta de tuerca que nos sorprende pero, sobre todo, lo que tiene es una increíble y extraordinaria capacidad de dibujar escenarios, paisajes, ambientes sociales y situaciones complejas en las que las personas dan lo peor y lo mejor de sí mismas. Lo que más destaca es ese escepticismo que, al final, lleva a la desesperanza. Viene a decirnos que le gente termina traicionándote por lograr sus fines. 

La autora: 

Edith Newbold Jones (de los Newbold Jones de toda la vida), o, lo que es lo mismo, Edith Wharton (Nueva York, 1862- Saint-Brie-sous-Fôret, 1937), tenía una inteligencia superior que se vio favorecida, no solo por la esmerada educación de sus preceptores a domicilio (nada de escuelas), sino por la frecuencia de sus viajes por Europa con sus padres. Viajar por Europa era el mejor aprendizaje de la alta sociedad neoyorkina. Pasaban meses recorriendo Italia, Francia, Inglaterra y absorbiendo el color local, el arte y las costumbres refinadas que luego trasladaban a sus mesas de comedor y a sus recepciones. De no ser por su dedicación, extravagante, a la escritura, Edith hubiera sido una mujer más en el conjunto de mujeres que dominaban, con mano izquierda y sin que se notara demasiado, ese mundo de sedas e intrigas, donde el dinero era un pasaporte pero donde hacía falta algo más, el pedigrí de las primeras familias o el seguro de un buen matrimonio. 

Sin Edith Wharton no hubiéramos podido conocer las interioridades de las familias ricas del Nueva York de finales del XIX y principios del siglo XX. Ella, que era considerada en su círculo una excéntrica por dedicarse a escribir, tuvo la suerte de tener abiertas las puertas de los salones y, a través de una observación minuciosa y una descripción detallada, mostrarnos una sociedad que, aunque estaba decayendo a ojos vista, todavía quería conservar su esplendor por un lado y su exclusividad por otro. 

Los circunloquios que tanto se achacan a su forma de narrar tienen mucho que ver con la forma cuidadosa y entre cursivas que caracterizaba las conversaciones de su sociedad. Todo había de ser tratado con pinzas y con guantes para que nada manchara la blancura de las rosas de otoño. Sin embargo, ella, en su vida personal, dejó varias manchas en el mantel de la familia. Se divorció, para empezar, en 1913, de su marido, doce años mayor que ella Teddy Robbins Wharton, que la había cansado con continuas infidelidades públicas, algo que era casi una obligación de los hombres de las clases altas, tener amantes y exhibirlas. En segundo lugar, se asentó en París y allí alternó con un número importante de artistas y escritores, manteniendo unas relaciones especiales tanto con el periodista americano William Morton Fullerton (deliciosa la correspondencia entre ambos) y un par de mujeres, Mercedes de Acosta y Camilla Chabbert. No sabemos si ella lo reconoció abiertamente, pero era, ya lo vemos, bisexual. 

Su gran amigo y del que se consideró siempre discípula, fue Henry James, que a cualquier otra con menos talento la hubiera oscurecido. Sin embargo, Edith Wharton, que, como afirma con acierto Marta Sanz se dirigía a “un lector inteligente al que se trata con respeto” siempre tuvo claro que “el pensamiento y la escritura son formas de acción”. Por muy privilegiada que fuera su existencia, su cuna y su crianza, ella no iba a dejar pasar la oportunidad de convertirse en una mujer dueña de su destino, libre, por mucho que los modos imperantes pudieran llegar a considerarla una mujer “horrible”, en contraposición con las mujeres “perfectas”. 


/Retrato de Edith Wharton/

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