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"Esa clase de chica" de Elizabeth Jane Howard


 Elizabeth Jane Howard es una de mis escritoras favoritas. Tiene un dominio excelso del lenguaje y una capacidad de inventiva fabulosa. Además, crea universos reconocibles en los que la familia suele ser el centro. Un concepto de familia muy atípico en el que hay muchos miembros, muchas relaciones y también problemas y frialdad. Su telón de fondo favorito es ese, el complejo mundo de la vida familiar. Por eso me gusta la forma en que incide en esas cuestiones con su bisturí que no deja títere con cabeza. 

Aquí los protagonistas son una pareja bien avenida, la formada por Anne y Edmund Cornhill, que lleva una buena vida en su bonita casa, con sus ocupaciones diarias y un entendimiento razonable entre ellos. No es fácil mantener ese grado de relación después de años pero parece que ellos lo han logrado. Al menos en apariencia porque un acontecimiento desestabilizará la ecuación. La cosa es que llega a vivir con ellos una chica, esa clase de chica, Arabella, poco usual y al formarse ese trío las cosas ya no serán como antes. Lo que más le gusta a la escritora es desmenuzar estos comportamientos que, por lo que sea, se ven alterados en su normalidad por algo externo, en este caso alguien de edad muy diferente y que no es fácil de tratar ni mucho menos de manejar. ¿Cómo acabarán los Cornhill después de esa experiencia? Tendrás que leer el libro para saberlo. Y disfrutarás mucho haciéndolo, porque Howard es, sencillamente, genial. 

El 2 de enero de 2014, cuando estaba a punto de cumplir noventa y un años, pues había nacido en 1923 en Londres, muere en Suffolk, en la casa junto al río a la que se trasladó en 1990, Elizabeth Jane Howard. El diario The Independent publica al día siguiente una crónica, firmada por Nicola Beauman, en la que traza un retrato de la escritora. "Podría haber sido excepcional", si hubiera tenido, dice la periodista "mejor suerte con los hombres". Su vida sentimental la arrasó por completo. Y algo tuvo que ver en ello una infancia triste, con una madre desgraciada, de temperamento artístico (había sido bailarina de ballet), insatisfecha, con la autoestima por los suelos y dependiente de un marido que no estaba a su altura. Estas vivencias son las que trasladó a su primera novela, The Beautiful Visit, de 1950, que logró el premio John Llewellyn Rhys. 

Todos hubieran esperado, después de este fulgurante comienzo, una amplísima y llena de éxito carrera de escritora, pero no ocurrió así, porque su trabajo era irregular, no tenía perseverancia en el mismo y se dejaba llevar por sus situaciones personales. Se había casado muy joven con un hombre catorce años mayor que ella, Peter Scott, y tenido una hija, Nicola, a la que dejó con su padre cuando se divorció, precisamente en el mismo tiempo en que publicaba su primera novela. Luego se casó dos veces más y tuvo varios amantes, todos ellos escritores. 

Su arrebatadora belleza supuso, al final, un handicap para ella, porque lograba enseguida llamar la atención de los hombres y sus elecciones no eran demasiado acertadas. Después de dos divorcios y varios amantes pareció encontrar la estabilidad necesaria para seguir escribiendo en el escritor Kingsley Amis, con quien estuvo casada casi veinte años. Su hijastro, Martin Amis, cuenta que fue ella quién lo alentó a leer y a desarrollar su vocación de escritor. En la casa que compartió con Amis había siempre invitados amigos a los que ella ayudó en momentos difíciles de salud, como la también escritora Elizabeth Taylor y el escritor Cecil Day-Lewis. 


(La belleza de los últimos años)

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