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A veces es una pérdida de tiempo

 


A mi querida poeta y amiga María Sanz, todo lo contrario de un magnífico mamarracho, pero buena entendedora de todo y sin despeinarse. 

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El señor Elton es un ridículo, un cursi, un presumido, un mamarracho. Lo dibujó en su novela "Emma" esa Jane Austen con tanta ironía como talento. Tuvo que conocer a lo largo de su vida bastantes Elton porque el tipo ya tuvo un antecedente en "Orgullo y prejuicio": el señor Collins, afectado, zalamero, prepotente y jartible. Los dos, Elton y Collins, simbolizan un tipo de persona que te la encuentras por la calle y por cualquier red sin que haya que buscar mucho. Pero he usado para ilustrar esta entrada la imagen de un fotograma de la última "Emma" porque ahí Elton es Joss O'Connor, o al revés, y Joss es un actor que me encanta, un buenísimo actor, cuyo papel en la película es lo único que se salva del desastre. Esa versión de "Emma" es, como Elton, risible, inaguantable y presuntuosa. Pero Joss O'Connor es adorable, adorable, adorable. 

Los mamarrachos fueron descubiertos, no obstante, o mejor dicho, desvelados al mundo, en ese incomparable cuento que se llama "El traje nuevo del emperador", y que forma parte de mis libros de cabecera, esas historias que tienes a mano a cada momento y para cualquier cosa. De modo que todos los pelotas del reino se parten la cabeza para alabar la vestimenta del rey y se desangran las manos en aplaudirle, mientras que, de la multitud, es decir, del pueblo llano, de la sociedad civil diríamos hoy, surge una voz ingenua, verdadera, cierta y sin mancha, que grita "¡¡¡¡¡ Va desnudo, el rey va desnudo !!!!! 

Qué acierto, qué logro y qué bien conocía la naturaleza humana el autor del cuento, ese Hans Christian Andersen que lo publicó justamente en 1837, el mismo año en que sube al trono la reina Victoria y da comienzo a una era, la victoriana, en la que muchos (algunos de ellos bastante mamarrachos también) se empeñan en colocar a Jane Austen. 

Mucho se ensalza el papel del niño gritón, despabilado y atrevido del cuento, pero pocas veces se recuerda a los hacedores del "traje" que luce tan orondamente el rey: los pícaros, esos dos personajes que también campan a nuestro alrededor, sacando partido y tajada (la tajada siempre de jamón de cinco jotas) de todos aquellos que están deseosos de alabanzas y que se creen cualquiera de las patochadas que les dedican, simplemente porque necesitan creerse algo, alguien o algo más que los demás. Esos pícaros, esos dos simpáticos tejedores sin tela, Guido y Luigi Farabutto, se salieron con la suya aprovechando la estulticia del rey, las ganas de figurar y el peloteo de todos los demás que, ante la coyuntura de quedar como idiotas, hicieron simplemente el imbécil. Ah, qué historia, qué cuento, qué verdad, qué maravilla...Tan maravilloso como ese Retablo de las Maravillas hispano que no se queda atrás en clarividencia...

Por desgracia, en los tiempos que corren y, a pesar de haberse inventado incluso una palabra para designar a los que quieren hacerse pasar por lo que no son o vendernos la moto (el postureo), todavía no estamos curados de la tentación de seguir la corriente a quienes se amparan en nuestra cobardía o en nuestro deseo de medrar o en nuestra prudencia, para dárselas de algo que no son. 

Como el señor Elton, que quiere aparentar mayor cultura de la que tiene, mayor atractivo del que posee y mayores posibilidades de un buen matrimonio; como el señor Elton, digo, que predica sermones a sus feligreses del domingo copiando textos de aquí y de allá para hacerlos pasar por suyos; o soltando frases medio en francés sin saber francés (porque encima ni siquiera ha lucido nunca una casaca roja en un encuentro fortuito en el canal de la Mancha con algún revolucionario aguerrido o un seguidor de Bonaparte); como el señor Elton, repito, los magníficos mamarrachos de ahora usan las redes sociales para mostrarnos su grandeza, dejándonos apabullados, repitiendo las consignas que les son favorables y enseñando una vida que se han formado a costa de detalles que nadie contaría por su insignificancia. Con el agravante de que suelen andar faltos de comas y de tildes. Decía el maestro Quintero (no de Quintero, León y Quiroga, sino Jesús Quintero, algo loco, ya saben) que estos nuevos supuestos gurús de la cultura ni saben ni entienden aunque pretendan lo contrario. Analfabetos ilustrados, los llamo yo. 

Y añado: magníficos mamarrachos que nos hacen reír. Aunque ellos no lo sepan. Y no lo sabrán nunca. Incluso, si leen el cuento de Andersen pueden pensarse que ellos no son el rey, sino un avispado goliardo que pasaba por allí vendiendo versos de amor, tan inusuales para estos aguerridos hacedores de romances, que suelen dirigir, con cierto aire de sobrados, a una hermosa damisela que gasta las horas bordando flores en un mantel de nubes. Quizá la engañe, ojalá que no. 

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