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La tragedia de derramar el café

 


Esta mañana he vuelto a derramar el café sobre el mantel de la mesa de la cocina. Es un mantel muy bonito, aunque tiene ya muchos años. Todo parece tener muchos años y todo parece estropearse. Se ha quedado una mancha muy fea que no saldrá. La mancha permanecerá en el mantel aunque lo lave mil veces y pienso que ahora tendré que lavarlo en las horas donde la luz se vende barata. Otro problema. A veces ocurren cosas en la casa, incidentes domésticos de esos que puedes tomar a broma o a cabreo. Yo me los tomo a tristeza. Desde que él murió todos las cosas que suceden me resultan tristes y me generan mucha pena. 

Ayer no vino el repartidor de MRW a traer unas sandalias que había comprado on line en El Corte Inglés. Son unas sandalias muy bonitas, de chico, y me llevé una agradable sorpresa al pagar: tenían una rebaja del 30 por ciento, lo que vino muy bien porque son muy caras. Pero la alegría de la compra se ha enturbiado con el reparto. Siempre les sucede algo cuando tienen que entregarme un paquete y yo termino nerviosa y enfadada con ellos pero, sobre todo, termino triste, cualquier discusión con un proveedor me entristece. Si él estuviera, pienso...Un pensamiento inútil. Menos mal que El Corte Inglés siempre responde, son como unos vecinos serviciales que te cogen el teléfono, te contestan y te llaman. Los otros, en cambio, son de esos abusones de patio de recreo que te mienten a la cara. La economía no es un solo rostro, tiene muchos. 


Desde que él falta hay un montón de cosas cotidianas que salen mal. La luz se ha fundido en algunas bombillas que deben tener algún problema, se atasca el lavabo de un cuarto de baño, hay que hacer la declaración de la renta, tengo que solucionar el tema del garaje...Hago las compras online para no tener que cargar con los paquetes y, en lugar de curiosear por las tiendas, me siento delante del ordenador y selecciono. Parece que la vida es eso ahora: sentarte delante del ordenador a ver si atisbas algo de cómo funciona el mundo. También las pequeñas desilusiones con las personas me entristecen. Escribía en una revista digital de cine y de otras cosas por invitación de su editor. Eso me venía muy bien, me distraía y me daba una ventana al mundo. Pero, de pronto, la revista desapareció y con ella todo su contenido y luego supe que el editor había fundado otra y se había llevado con él a "sus amigos". Yo, por lo tanto, no era una amiga, solo fui alguien que le solucionó una papeleta durante un tiempo. Le apreciaba y por eso me entristeció, no solo por perder la ventana, sino por perder un amigo, aunque no lo era. Me entristecieron la desconsideración y la evidencia de que no era lo que parecía. Cosas así antes me daban más o menos igual, las soportaba, ahora me llenan de un sentimiento de vulnerabilidad que me vuelve triste. Estoy triste casi todo el tiempo desde que él se fue. Mejor dicho, se murió, que no es lo mismo, porque él nunca se hubiera ido a ninguna parte sin nosotros. No nos hubiera dejado. 


La vida cotidiana se ha convertido en una trampa. Estás en la cuerda floja la mayor parte del tiempo y cuando consigues solucionar alguna cosa pequeña sientes que has tenido un gran triunfo. Pero casi siempre pierdes en la batalla: hay luces que no funcionan desde hace tiempo y hay un lavabo que no corre y está sin arreglar y me engañaron los que vinieron a cambiar un cuarto de baño y también me engañaron los que pintaron el patio y los que arreglaron el jardín y los del wifi. Parece que la gente adivina cuándo estás en disposición de ser engañada. Ellos creen que pueden engañarme porque soy torpe o porque no entiendo las cosas, pero no es cierto. Sé exactamente qué hacen y por qué y sé exactamente que pueden conmigo porque soy vulnerable y porque la tristeza ocupa todo el espacio sin dejar resquicio a nada más. Cada vez que me hacen una faena, mientras me desespero buscando alguna solución, me enfado, grito, escribo mensajes de queja o hago llamadas, todo ese tiempo lloro y termino con el mismo pensamiento, si él estuviera aquí...


A todos termino contándoles mi historia, a todos acabo diciéndoles que él se ha muerto, que estamos solos, que no podemos perder el tiempo en discutir porque lo necesitamos para meditar, para tranquilizarnos o para buscar algún motivo que nos impulse hacia delante, más allá del transcurso callado de los días. Necesitamos la energía para seguir viviendo y no quiero gastarla en discusiones ni en llamadas de teléfono. Pero sé que nadie escucha, ni siquiera los que son tus amigos te escuchan, porque la tristeza cansa y porque el triste molesta. Y ya acabas haciendo lo que yo: tejer la desesperanza y no pedir nada a nadie, ni a ti misma. La vida es un manojo de naipes colocado en un libro que puede irse volando en cualquier momento. 

(Las fotos son de Chema Madoz)

Comentarios

Juan Antonio I. ha dicho que…
Él no querría que estuvieses triste...
y nadie muere del todo mientras haya alguien que lo recuerde.


Hay cosas que no tienen remedio, que no tienen por qúe tenerlo, solamente tenemos que verlas desde otra perspectiva, e intentar descubrir "eso" que todas las cosas tienen de bueno.

Este mundo no es una guerra en la que todo lo de fuera es tu enemigo.

No te sientas atacada.
No te sientas vulnerable.
No te sientas engañada

La vida te da sorpresas agradables, pequeñas o grandes, dependiendo del valor que sepas darles. Todo depende de tí.

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