sábado, 27 de enero de 2018

Leer y existir. "Un debut en la vida" de Anita Brookner

A Start in Life, publicado en 1981, es la primera novela de Anita Brookner que, sin embargo, tenía ya amplia trayectoria académica y había publicado libros de Arte. Esta hija única de padres polaco-estadounidenses, que nunca se casó ni tuvo descendencia, aparece en la vida literaria española con esta traducción de su primera novela a cargo de Libros del Asteroide

La edición tiene un prólogo de Julian Barnes, impagable, que corresponde a un texto publicado originariamente en The Guardian el 18 de marzo de 2016, ocho días después del fallecimiento de la escritora. El prólogo termina así: "No creía que Anita temiese la cercanía de la muerte, porque su profunda comprensión del mundo incluía una profunda comprensión de la muerte, y me imaginé que no le inquietaba llegar al final del recorrido. No sé si efectivamente fue así, pero estoy casi convencido". 

Anita Brookner había nacido en Londres en 1926 y obtuvo reconocimientos académicos a su intuición, trabajo, inteligencia y talento. Después de su doctorado en Arte, en 1967 consiguió la cátedra Slade en la Universidad de Cambridge, la primera mujer en lograrlo. Publicó diversos estudios sobre temas artísticos y  hasta los cincuenta y tres años no publicó su primera novela, precisamente esta. Le siguieron otras veintitrés. Con la titulada Hôtel du Lac, de 1984, fue ganadora del Booker Price. 

Un debut en la vida es la historia de una mujer que ha convertido la lectura, los personajes y temas de los libros, la literatura en suma, en el referente máximo de su vida. Es el libro que todos los lectores deberían leer. Los motivos de esa mujer son sencillos: lo hace porque no tiene otro remedio, a modo de refugio, de protección. Sus padres no le ofrecen la más mínima ayuda en ese proceso vital de crecer así que el relato nos adentra en la contradicción que la vida ofrece con respecto a la imaginación, a la fantasía de la palabra escrita. Ruth Weiss, la protagonista, analiza los acontecimientos que le ocurren con cierta distancia, escepticismo, sentido del humor, pero también amargura y desolación. 

La espera ante la primera cita: "En general, el acontecimiento imaginado resulta al final bastante anodino comparado con el estado de ánimo previo". 

La ocupación laboral de cada día: "El trabajo es la vocación elegida de quienes no sienten otra llamada a su debido tiempo". 

El sentimiento amoroso: "Sin amor no había ninguna razón para la esperanza". 

La dificultad de aceptarse a sí misma. La forma en la que los otros la ven. Los amigos verdaderos y falsos. Los hombres astutos. Los hombres débiles. La vida académica. La vida real. Las pequeñas cosas. Las casas, sus objetos, sus paisajes, sus decorados. 

La madre de Ruth, Helen, es esa clase de madre que no sabe serlo porque todo su espacio lo ocupa ella misma. Histriónica, despreocupada, excesiva, con afán de protagonismo. Su padre, George, es el típico padre evasivo, con afectos discontinuos, con una gran tendencia a la comodidad y específicamente infiel. En la novela aparecen otros personajes, como su amiga Anthea, triunfadora y superficial, con la que Ruth tiene una relación de compromiso. También está la señora Cutler, oportunista ama de llaves, que se adueña del sitio de su madre hasta que se cansa del juego de las vajillas sucias y las habitaciones sin barrer. La señorita Parker, la profesora que conoce el talento de la chica y que la incita a ir a la universidad, en esa línea que tantos profesores siguen y que tantos alumnos agradecen porque, de lo contrario, se perderían muchas inteligencias. 

Richard es el hombre con el que Ruth tiene su primera cita. Una primera cita desastrosa en el apartamento mínimo y sin lujos que ha alquilado en la primera parte de la novela para no tener que soportar el estilo de vida de sus padres. Como suele suceder con muchos encuentros destinados al fracaso, Ruth lo prepara todo con esmero, se prepara ella misma para la espera, pero la contrapartida es un Richard que llega una hora y media tarde (la comida fría, el maquillaje deshecho, el corazón partido) y se pasa todo el tiempo hablándole de una de esas protegidas. Richard es uno de esos tipos que prefieren tener gente a su cargo que sentir de igual a igual.

Dejar atrás la vida de familia es un requisito del crecimiento personal. Así que ahí está París, aunque sea en una minúscula y molesta habitación, aunque eso te obligue a bañarte antes de las seis y a no tardar más de un cuarto de hora en el baño. En ese entorno de libertad, donde los paseos al aire libre, la biblioteca nacional y Balzac tendrán tanto que decir, es posible que encuentres alguna joven pareja de la que se haga amiga, algún profesor de quien se crea enamorada y algunas explicaciones para sí misma: qué desea, qué necesita, qué quiere hacer con su vida.

Como ocurre en la vida real, la familia es un peso que no puede obviarse aunque se quisiera, aunque sea tan poco cariñosa como la que forman, extrañamente, George, Helen y Maggie, la señora para todo. Y la existencia de la voluntariosa Ruth, ese sueño de experimentos propios, de flequillos a la francesa, de gabardinas y zapatos de colores claros, quizá quede truncado o, al menos, disminuido, por la obligación, esa odiosa palabra que a todos nos ata y que cercena las oportunidades y acota los deseos. Incluso cuando tus padres no son un ejemplo de perfección hay algo en ti que te advierte de que cuidar de ellos no es algo en lo que puedas opinar sino una especie de destino fijado, una marca que va de padres a hijos y viceversa.

De esta forma el libro se desliza sobre rieles firmes, sobre los pormenores de una biografía presidida por la lectura y el trabajo intelectual. La autora, cuya sólida formación se observa con toda claridad en lo culto de su lenguaje, desliza aseveraciones que merece la pena anotar y repensar. Desliza ideas, emociones, sentimientos y frases que no se pueden dejar caer en saco roto, son parte del encanto del libro, parte de su esencia, esa sensación vivísima de que asistimos a una verdad en la que nosotros también tenemos algo que decir.

Como suele pasar con los lectores, los libros, este libro, te llega en el momento adecuado. En el sitio y el lugar exactos de tu vida que te proporcionan el total entendimiento de lo que pretende decir y de lo que dice. De lo que te dice a ti directamente. No todo es agradable. La enseñanza final te crea desasosiego, precisamente por su anuncio de veracidad, por su juego de espejos, porque observas más allá de lo que se cuenta. Y Ruth va y viene de su casa a la vida de forma intermitente.

La infelicidad: "Observó atentamente a la pareja, como si fueran ejemplares de una especie desconocida. De hecho, eran una especie desconocida. Eran felices"

El enamoramiento: "Entonces ¿es todo un juego?- preguntó. Anthea también la miró con tristeza. Solo si ganas- fue su respuesta- Si pierdes es mucho más grave"

La evidencia: "El amor impone ciertas obligaciones que son constantes. Un amante intermitente no sirve de nada para una persona de valentía y dignidad"

Y, como decía Balzac: "Mejor un mal ganador que un buen perdedor".

Un debut en la vida. Anita Brookner. Editorial Libros del Asteroide. Primera edición 2018. Prólogo de Julian Barnes. Traducción del inglés de Catalina Martínez Muñoz.

2 comentarios:

  1. Parece una lectura muy intensa así que de momento la dejo pasar. Me da que necesita ser leída en el momento adecuado.

    Besotes.

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  2. Si. Mejor en tiempos optimistas. Apabulla un poco. Pero está extraordinariamente bien escrita. Un beso.

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