Soñábamos con recorrer el sur de Francia. Teníamos en la cabeza los nombres de los pueblos, las carreteras, los accidentes geográficos, los hoteles y las pensiones, las rutas de tren, los lugares donde comer y descansar. Lo soñábamos desde el primer día en que nos conocimos en una clase de francés. Él era muy alto, llevaba el pelo largo y tenía los ojos intensamente azules. Sabía de casi todo, leía mucho, era inteligente e ingenioso, las dos cosas a la vez, contaba chistes, tenía sentido del humor, le gustaban el cine y la política. Y me quería.
Hacíamos trampas. La clase de francés y la profesora eran las grandes engañadas de esta historia. Buscábamos la forma de salir del paso y de tener tiempo para nosotros, para nuestras bromas, para hallar el anticipo de la risa porque la risa venía después, en la alameda Apodaca, en el parque Genovés, en la calle Ancha o en la calle Rosario o en José del Toro, en la Caleta o en la playa de Cortadura. Dependía del tiempo que hiciera, del mes del año, del momento. Pero siempre había ocasión de besarse. Sobresaliente en besos. Eso fuimos.
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