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Charlotte Lucas: el matrimonio como estrategia



Charlotte Lucas, una de las amigas más íntimas de Elizabeth Bennet, era la hija mayor de sir William Lucas y lady Lucas. En el capítulo V de
Orgullo y prejuicio se cuenta que la familia Lucas vivía “a escasa distancia a pie de Longbourn” y que “tenían una gran amistad” con los Bennet. El señor Lucas se había dedicado toda la vida al comercio, actividad emergente en estos tiempos, y estaba establecido en la población de Meryton, donde había ganado con su negocio una importante fortuna. Con ocasión de ser alcalde de la localidad tuvo la oportunidad de pronunciar un discurso de agradecimiento al rey y por ello fue distinguido con un título que recibió en el palacio de Saint James. Esto fue demasiado para el vanidoso Lucas, que dejó de lado sus actividades laborales, su ciudad, y se traslado a vivir a una casa que consideraba más acorde a su nuevo rango y se situaba a las afueras. A la casa la llamó Lucas Lodge y en ella pasaba su tiempo, dedicado a gozar de su posición. 

Charlotte tenía veintisiete años cuando la historia se escribe. Se veía regularmente con las chicas Bennet y por todos era considerada una muchacha agradable, si no guapa ni atractiva, sí sensata y razonable. No se esperaba de ella que cometiera locura alguna y parecía andar en la misma onda de pensamiento que las mayores de la familia Bennet, Jane y Elizabeth. Así solía suceder cuando conversaban después de alguno de los bailes o veladas a los que acudían pues era lo normal que, a la mañana siguiente de los eventos, echaran un buen rato de charla. 


A los veintisiete años una chica ya tendría que estar casada según la lógica de los tiempos. Había señoras mayores que se casaban más tarde con viudos, porque las segundas y las terceras nupcias incluso, no eran nada raro, pero esto no suponía algo deseable pues solía suceder como consecuencia del interés de los hombres por asegurar el cuidado de los hijos huérfanos. En las segundas nupcias no había nada romántico, sino una madre que había muerto en el parto. De este modo, Charlotte Lucas es el ejemplo de una mujer en la sombra, que no ha sido llamada a brillar, sino cuya vida amorosa o no ha existido o no se conoce. La vemos siempre dentro de un grupo, sin protagonismo personal. Forma parte del plantel de secundarios de la novela y nos interesa poco lo que le suceda. 


Para que fijemos nuestra atención en ella, para colocarle un foco de luz encima, debería hacer algo que llamara la atención, jugar un papel extravagante o excéntrico, en suma, mostrarse. Y en Orgullo y prejuicio lo mejor que puede hacer una chica es casarse. Ahora bien, nos da la impresión de que Charlotte Lucas no está ya en el mercado matrimonial o tiene un pie fuera por lo menos, y que únicamente actúa como confidente de las hermanas Bennet, más jóvenes y mejor dotadas, ellas sí plenamente insertas en ese negocio. Charlotte está a un paso de convertirse en una honorable carabina. 


¿Qué sucede para que acapare nuestra atención? ¿Por qué Elizabeth Bennet cambia su opinión acerca de Charlotte? 


Para responder a estas preguntas tenemos que recordar un hecho que tuvo lugar en Longbourn poco después de la llegada a la comarca de los señores Bingley y Darcy, con todo el revuelo que ello supuso. El señor Collins, clérigo rector del beneficio de Hunsford, obtenido de su bienhechora lady Catherine de Bourgh, llega también a la localidad y a la casa de las Bennet, con la intención de tomar como esposa a una de las chicas, primas suyas. ¿Por qué? ¿Qué mueve al clérigo a buscar esa unión, si ni siquiera conoce a las chicas? Dicho de otro modo ¿no hay muchachas casaderas en Kent?


El fondo del asunto está en la herencia del señor Bennet. Dado que la propiedad, sus tierras y la casa están vinculadas a la rama masculina de la familia a la hora de heredar, y teniendo en cuenta que los Bennet no tienen hijos varones, todo pasará a manos del señor Collins, primo lejano, que no se ha visto en otra. De ser un clérigo paniaguado se convertirá en un rico heredero andando el tiempo. No es el primer caso que vemos en las novelas de Jane Austen en los que esto sucede, aunque el más claro es el de las Dashwood en Sentido y sensibilidad. La madre y las tres hijas deben abandonar su casa en Norland a la muerte del padre, que deja toda la herencia al hijo mayor, habido de un matrimonio anterior. 


Pero el señor Collins es un hombre muy escrupuloso y en su interior ha buscado una fórmula para quedarse tranquilo cuando tenga que quedarse con todo y dejar a la intemperie a las Bennet. Quiere compensar la situación y por ello ha pensado en casarse con una de las hijas. Con este motivo ha llegado hasta ellas y se ha dado a conocer. Si se casa con una de las hijas, esto redundará en beneficio de la madre viuda y de todas las demás hijas, como solía suceder. No solo la elegida será la afortunada. El concepto intrafamiliar de ayuda mutua estaba muy arraigado en la época y en las novelas de Austen se recoge ampliamente. La suerte de uno es la suerte de todos, solían decir las familias entonces. En este caso está justificado el casamiento y así lo ve de inmediato la señora Bennet, siempre presta a facilitar las cosas en cuanto a bodas se trata, pues la incertidumbre de verse en la calle a la muerte del cabeza de familia desaparecería. Y no es poca cosa para cinco hijas y una madre. 


En este sentido, el señor Collins, que es un tipo presuntuoso, ridículo, carente de atractivos y falto de sentido común, puede llegar a ser la tabla de salvación de la familia. La señora Bennet tiene claro que hay que mirar para otro lado y dejarse de sentimentalismos a la hora de casarse. Cuando Collins le manifiesta su interés por la hija mayor, Jane, ella sin embargo le disuade porque está convencida a esas alturas de que Bingley tiene ya puestos sus ojos en ella. De modo que el clérigo pasa a la acción con la segunda hija, Elizabeth, que, horrorizada aunque guardando la compostura y sin querer ofender a su primo, decide rechazar la propuesta, con el beneplácito del padre y el enfado terrible de la madre. La situación creada con esta negativa es tan delicada y molesta para todos que encargan a Charlotte Lucas, que casualmente llegaba de visita, que se lleve al señor Collins y lo invite a cenar a su casa para que el ambiente se distienda un poco. Y así lo hace. Pero hace algo más. 


Entonces el asunto entra en una fase nueva. Charlotte Lucas tiene claro que no va a dejar escapar la oportunidad. El maravilloso estilo indirecto libre de la autora nos hace entrar en el pensamiento de la joven. Ella se propone cambiar la dirección del afecto de Collins para volverlo hacia sí misma. No conocemos el detalle, pero lo consigue. Porque al día siguiente se conoce en todo el contorno la noticia de que el señor Collins ha pedido la mano de la señorita Lucas y que esta se la ha concedido con la gran alegría de sus padres, los señores Lucas, que ven con claridad que Charlotte, a la que ya no pensaban casar, dejará de ser una carga y, no solo eso, sino que será un día señora de Longbourn. 


Por supuesto, y como era de prever, la reacción de la señora Bennet fue totalmente distinta. Consideró que Charlotte era una mosquita muerta, que había maniobrado por detrás y su enfado se extendió a su propia hija que, por su caprichoso rechazo al pretendiente, había dado lugar a esta situación. Elizabeth estaba, por su parte, perpleja. No podía comprender cómo su amiga se había rebajado a ese nivel. Consideraba que casarse por conveniencia y con un pretendiente tan desagradable no podía tener excusa alguna, y aunque apreciaba mucho a Charlotte, su actitud le parecía imperdonable. Así lo manifestó a la propia interesada cuando hubo ocasión. 


Charlotte Lucas, en el primer momento de gloria que la novela le concede, no se excusó, ni pidió perdón, ni buscó recovecos para explicarse. Expuso sus razones con la misma serenidad que usaba para dar opiniones sensatas. En realidad, Charlotte se dispuso a llevar a cabo su plan desde el momento en que Elizabeth dijo no. Y estaba preparada para dar explicaciones:


«Aunque no tenía muy buena opinión de los hombres ni del matrimonio, casarse había sido siempre su objetivo; era la única forma respetable de que una joven educada y de escasa fortuna se asegurara el porvenir, y aunque no garantizara su felicidad, era el mejor modo de no pasar privaciones. Conseguirlo a los veintisiete años, y sin haber sido nunca hermosa, le parecía el colmo de la suerte»

(Cap. XXII)


Charlotte había decidido también que la boda fuera lo antes posible. Y tenía sus razones:


«La estupidez con que lo había adornado la naturaleza restaba a aquel noviazgo cualquier aliciente que empujara a una mujer a prolongarlo»


La conversación que tuvieron al respecto Elizabeth y Charlotte certificaría el asombro de una y la determinación de la otra. 


«_¿Qué has aceptado casarte con el señor Collins? Mi querida Charlotte ¡es imposible!

_¿Por qué te sorprendes, mi querida Eliza? ¿Te parece tan increíble que el señor Collins pueda obtener el sí de una mujer solo porque no tuvo la suerte de que tú lo aceptaras?»


Y después de esta apertura de reproches, llegaron, en total serenidad, las razones de Charlotte, que resumen la cuestión sin necesitar más añadido: 


«_Sé lo que sientes -replicó Charlotte-, estas sorprendida, muy sorprendida. Hace tan poco que el señor Collins quería casarse contigo …Pero, cuando hayas tenido tiempo para reflexionar, espero que entiendas lo que he hecho. Ya sabes que no soy nada romántica. Nunca lo he sido. Lo único que quiero es un hogar agradable; y, teniendo en cuenta el carácter del señor Collins, sus relaciones y su posición social, estoy convencida de que mis posibilidades de ser feliz con él son tan grandes como las de la mayoría de la gente que contrae matrimonio». 


Solo dos palabras contestó Elizabeth a este discurso: «Es indudable»

Pero se dijo algunas cosas para sí:


«…jamás habría creado posible que, a la hora de la verdad, (Charlotte) sacrificara los más nobles sentimientos por las ventajas materiales. Charlotte, esposa del señor Collins ¡era una imagen tan humillante! Y al dolor de ver cómo su amiga se degradaba y se rebajaba en su consideración se sumó la convicción angustiosa de que no podía ser medianamente feliz con el destino que había elegido». 


No cabe duda alguna de que aquí hala Jane Austen. La consecuencia directa de todo esto se pudo constatar enseguida:


«Entre Elizabeth y Charlotte se levantó una especie de barrera que hizo que guardaran silencio; y Elizabeth llegó a la conclusión de que jamás recuperarían su antigua confianza».


La confianza es lo primero que desaparece cuando entre personas afines y que han sido amigas se produce una situación como la descrita. Charlotte ha defraudado a Elizabeth. Su actitud fue un repulsivo para las dos familias, los Bennet y la suya propia. Por primera vez acaparó la joven todos los chismes de las familias de la zona. Se hablaría de ella en las sobremesas, en los paseos por el exterior y en las salas de las casas. En el hogar de los Bennet las más afectadas eran la señora Bennet y Elizabeth aunque por motivos muy distintos. Una echaba en cara a su hija haber traído la desgracia a la familia con su negativa y la otra achacaba a su amiga haber invertido su futuro en una desgracia por su aceptación. 


Cuando Charlotte y Collins se casan, sin demasiado tul como diría la propia Jane Austen, y sin mucha parafernalia, la joven hace a Elizabeth el ofrecimiento sincero de que vaya a visitarla a Kent, donde está la rectoría que será su nuevo hogar. Elizabeth y Charlotte saben que su confianza nunca será la misma, aunque sigan escribiéndose a menudo. Porque es como si rompes un delicado jarrón e intentas reconstruirlo uniendo los trozos. Nada será lo mismo ya. 


El matrimonio


El segundo acto de la historia de Charlotte y su estrategia matrimonial se escribirá más adelante. La cosa podía haberse quedado así y la efímera gloria de la muchacha desaparecer con su marcha pero la escritora se guarda siempre un as en la manga y en su momento hallará la ocasión para que Charlotte, la antiheroína deseosa de casarse, vuelva a mostrar cómo ese deseo no estaba anclado sobre alfileres, sino bien sujeta y bien pensada. Charlotte Lucas no solamente había decidido coger al vuelo la oportunidad para casarse sino que estaba dispuesta a que ese matrimonio fuera lo menos desagradable posible para ella. Y, por ello pondrá en marcha sus estrategias domésticas. 


Ello no lo habría sabido Elizabeth de no producirse su visita a Hunsford. Fue en el mes de marzo. Recordemos que la acción de la novela transcurre en un año, de septiembre a septiembre, de San Miguel a San Miguel. La expedición la formaban, además de Elizabeth, sir William y su hija María Lucas, una jovencita bastante falta de conocimiento. De esta manera Charlotte reaparece en la historia. Se convierte en la anfitriona que muestra a Elizabeth la forma en que ha organizado la vida en la rectoría y que hace pensar en que la estrategia de Charlotte tiene un claro objetivo. Y este no es otro que evitar coincidir con su insoportable esposo lo menos posible. El otro clérigo infumable de Jane Austen, el señor Elton, de Emma, se casa también después del rechazo de la protagonista, pero lo hace con una muchacha a su medida, igual de insulsa y de pretenciosa. Nada que ver con el matrimonio de Charlotte y Collins, absolutamente desigual y ejemplo de la necesidad que las chicas sin fortuna tenían de casarse con quien les pudiera proporcionar una vida estable. La mejor habitación de la casa, por ejemplo, que da al camino por el que pueden verse llegar o pasar las personas de la zona, se ha dispuesto para el clérigo. Charlotte ha renunciado a ella y ha optado por quedarse en una salita trasera, pequeña y oscura. Confiesa a su amiga que anima continuamente al señor Collins para que esté en el jardín el mayor tiempo posible, con el argumento de lo bueno que es el aire libre para la salud, y también a que visite siempre que quiera, mejor diariamente, a su admirada benefactora, lady Catherine de Bourgh, cuya mansión de Rosings, está tan solo al otro lado del parque. 

Charlotte le da la razón a todos los argumentos de él y lo hace con toda serenidad, evitando cualquier discusión o discrepancia. Se guarda sus propias ideas y sus propias opiniones, nunca critica a lady Catherine, todo lo contrario, a pesar de que es una señora fastidiosa que se mete en la vida de todos. 


Charlotte, observa Elizabeth y observamos los lectores, parece haber asimilado con toda prontitud que el silencio y el asentimiento son bazas importantes. El resultado de todos estos juegos de salón que Charlotte ha tejido es muy claro: la mayoría de los días ella y su esposo comparten apenas unos minutos. Una jugada maestra. De nuevo, Charlotte la estratega. Seguramente no todas las mujeres considerarían aceptable este planteamiento de vida. Puede que piensen que no es un modelo para recién casados. O que resulta aburrido o falto de pasión. Y es totalmente cierto. Pero Charlotte lo ha explicado con claridad, no hay ocultación ni engaño. Ha puesto en la balanza la vida en casa de sus padres, dependiendo de ellos o de algún hermano o cuñado cuando los padres falten. En el otro lado de la balanza está su propio hogar, del que es la señora indiscutible, que cuida y organiza a su manera y sin demasiadas molestias externas. Tomó con frialdad la decisión de aceptar casarse con Collins y con la misma frialdad transcurre el día a día. Su aceptación es interesada, no hay heroísmo en ella sino más bien conveniencia, cálculo. Si nacen hijos del matrimonio, entonces tendrá mucho menos tiempo para pensar en sí es feliz o no lo es. Y si en eso de la maternidad también actúa con inteligencia y es precavida, entonces tendrá pocos hijos, espaciará los embarazos y, con suerte, se librará de morir en el parto, como sucedía tan a menudo y como ocurrió con nada menos que cinco cuñadas de la propia Jane Austen. 


Es verdad que en este camino ha perdido Charlotte mucha de la dulzura de la amistad verdadera que tenía con Elizabeth, pero, en su mente práctica acuciada por la necesidad de sobrevivir dignamente, es capaz de compensar lo bueno y lo malo de sus decisiones y seguir decidiendo. Esta es Charlotte Lucas, la estratega del matrimonio. Piense el lector si su actitud tiene o no disculpa. 


«Elizabeth, en la soledad de su dormitorio, empezó a meditar sobre la felicidad de Charlotte; y, al recordar la habilidad con que dirigía y la serenidad con que soportaba a su marido, reconoció el mérito de su amiga”. 


«Elizabeth descubrió con alivio que (su primo) pasaba casi todo el día, desde el desayuno hasta la cena, trabajando en el jardín, leyendo y escribiendo o mirando por la ventana de su estudio, que daba al camino».


Cabe el honor a Charlotte Collins el haber sido la primera persona en captar el interés que Darcy manifiesta por Elizabeth. Pero estas ya son historias de heroínas y este libro no va de eso. 







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