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Agatha Christie apasiona a los lectores cincuenta años después



Hay una legión de lectores de Agatha que se reconocen entre sí. Llevan la cuenta de cuáles de sus sesenta y seis novelas policíacas han leído. Conocen su vida, incluido el engaño del coronel Christie (eso no se perdona), su segunda boda con un amable arqueólogo y sus viajes exóticos. Conocen sus cambios de casa, el nacimiento de su hija, su infancia de niña sin colegio, sus peripecias de joven enfermera voluntaria y han fantaseado sobre la extraña desaparición que mantuvo en vivo a la prensa y que ha dado lugar a películas y series. El cine, la televisión y ahora las plataformas audiovisuales, tienen un vivero que no cesa en su obra y se suceden series, películas, biopics, toda clase de productos, todos ellos con éxito y con audiencia asegurada.

Los amantes de la obra de Agatha, que son legión, aprecian cada una de sus novelas, porque en todas hay un secreto que resolver. Y los secretos unen mucho. Seguramente muchos de ellos entraron, a través de ella, en el universo oscuro y sombrío de la novela negra, del noir, del thriller, de la novela policíaca, del true crime. Es un amplísimo repertorio que apasiona al público. Y habría que ponderar en lo que vale su papel a la hora de formar, y engatusar incluso, a los seguidores en toda esa parafernalia del asesinato y sus consecuencias. Si ella hubiera vivido en esta época su cuenta de Instagram sería multimillonaria y su canal de Youtube o de Twicht superaría en followers, en viewers o en subs, a Ibai, Auronplay o Rubius. Si ella viviera, sería una influencer de postín. 

Es fácil conversar con los agathistas, aunque el bando de los que prefieren a Poirot sea más aguerrido que el más tranquilo sector que defiende la serena perspicacia de la señorita Marple. Y si bien Poirot protagoniza más historias que Marple, es esta última la que se lleva el gato al agua: ella aparece en la novela que se publicará tras la muerte de la escritora, “Un crimen dormido”. El personaje del detective que investiga cada caso define el estilo de la novela. Además de Poirot y de Marple creó una serie de secundarios que terminan siendo imprescindibles y que se mueven de una a otra historia con cierta continuidad: el bueno e inocente Hastings, los decididos Tommy y Tuppence, Griselda (esa especialísima esposa de rector), el sobrino escritor, el matrimonio Bantry, el superintendente Battle de Scotland Yard. 

Lo bueno de Agatha Christie es que cada lector establece con ella una relación personal. Cada cual tiene una historia que contar y que transcurre paralela a la lectura de los libros. Y no solo eso. Las preferencias individuales son aquí muy potentes. Hay quien prefiere los encantadores crímenes domésticos, como “Se anuncia un asesinato”, “La señora McGinty ha muerto” o “Un cadáver en la biblioteca”. Los hay amantes de los paraísos lejanos, como “Muerte en el Nilo”, “Asesinato en Mesopotamia” o “Cita con la muerte”. Las sagas familiares también tienen su sitio, así los Crackenthorpe de “El tren de las 4,50”. O los personajes extraordinarios tal es Ariadne Oliver en “Las manzanas” o el doctor Sheppard en “El asesinato de Roger Ackroyd”, la historia de final más inesperado de toda la literatura de crímenes.  

Hay una sana competencia por ver quiénes recuerdan más títulos, qué argumentos están más logrados, o qué desenlaces son más sorprendentes. Y, sin embargo, si hay algo que distingue a la autora es su sencillez narrativa. Nada de veinte vueltas de tuerca según lo cual el asesino resulta ser un primo segundo del tendero del pueblo en el que pasó su infancia la sobrina del asesinado. No. Sentido común. Neuronas. Células grises, las pequeñas células grises. Los paralelismos, la gente de Saint Mary Mead como modelo, la naturaleza humana es la misma en todas partes. El valor de lo obvio. Los acontecimientos se suceden con la transparencia de un limpio río, aunque nosotros los lectores no siempre estamos tan entrenados como para descubrir la verdad al primer golpe. 

Todos los lectores aguerridos releen las novelas de Agatha. Podemos decir que es una lectura para toda la vida. Empiezas de adolescente y, cuando vas cumpliendo años, los libros los cumplen contigo. Te acompañan en los viajes en tren, en las tardes de verano, en las noches de vigilia, en los días de frío y mantita. Hay libros que has leído tres, cuatro veces, que te sabes de memoria. Es una garantía de placer eterno. Eso se llama fidelidad. En términos técnicos y empresariales se trata de una marca confiable y así lo demuestra su envidiable cifra de lectores pertinaces con una permanencia extraordinaria en las filas agathistas. Clientes fidelizados, lealtad a la marca, confianza plena, alto valor percibido. Los lectores de Agatha Christie disfrutamos con sus novelas de una experiencia positiva, que tiene continuidad a lo largo de muchos momentos de la vida. ¿De cuántos escritores puede decirse lo mismo? 

Los lectores de sus novelas son gente agradecida. Seguramente porque le deben mucho a Dame Agatha. Momentos malos en los que era urgente distraerse con algo, días tristes de pérdidas y lejanías para los que el antídoto de una de estas novelas era sanador, circunstancias especiales que luego se recuerdan aludiendo a la historia que leías, intercambio de charlas y confidencias sobre quién es el criminal que se hacían y se hacen en familia. En este sentido, las novelas de Agatha Christie no son solo literatura, son un elixir, un remedio, una ayuda, un consuelo, una fuente de entretenimiento necesario. 

El 12 de enero de 1976 murió en su residencia de Winterbrook, Reino Unido, a los ochenta y seis años. Dejó un marido, el arqueólogo Max Mallowan y una hija, Rosalyn. Dejó una obra literaria que sigue teniendo un poderoso vigor. Dejó un puñado de personajes con vida propia. El principal de ellos, el detective belga Hércules Poirot, había muerto un año antes que la autora. He aquí otro final sorprendente. 


(En las fotos, Agatha aparece sola o acompañada de su segundo marido, Max Mallowan, el arqueólogo)

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