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Cuando ruge la marabunta


 Los niños de la casa están asustados. La pantalla les devuelve la imagen atroz de una enorme plaga de hormigas gigantes que hacen un ruido atronador. Las hormigas avanzan sin misericordia, destrozan todo lo que encuentran a su paso, destruyen las plantas, asustan a los nativos. En esta ciudad costera junto al Atlántico, en esta calle acostada junto a los esteros, es ya de noche y la televisión muestra la película en una de esas reiteradas reposiciones de cine de aventuras que se prodigan y concentran ante el aparato a mayores y pequeños, en franca camaradería. Los ojos de los niños no se apartan de la riada de hormigas que rodea la plantación. El calor trasciende el aparato, todos sudan. Es verano y por eso están allí, disfrutando del ocio, sentados y desperdigados en sillas y en el suelo. 

Detrás de los niños, en un paréntesis de su tarea cotidiana, continua y con escasas recompensas, están las madres. Las hay de todas las edades. La mayoría de ellas tienen muchos hijos y pocas ilusiones. Por eso les gusta tanto el cine, porque pueden soñar que algunos de esos hombres extraordinarios sube por la ventana, a través de las tapias traseras de las casas y se rinden a sus pies, les traen brazadas de flores y las besan hasta el desmayo. Ahora se apoyan en los brazos del sofá o de alguna butaca y tienen una mirada extraña observando las evoluciones de la pareja protagonista. A ellas las hormigas les importan muy poco. Más bien las ven como a unos bichos repugnantes que interrumpen lo que verdaderamente importa de la trama. Lo que les interesa es esa especie de romance inacabado, de historia de amor incongruente, a salto de mata entre el deseo, la obsesión, la manía y la lucha de sexos. Chico busca chica, pero no le gusta la chica que encuentra. 

Eleanor Parker tiene una hermosa mata de pelo cobrizo y unos ojos verdes de mirada penetrante. Dulce, pícara, curiosa, inteligente. Es una guapa con cerebro. Se mueve de forma majestuosa, agita su sombrilla y muestra su piel blanca, inmaculada, en medio de una legión de nativos curtidos por el sol. Viene de Nueva Orleáns, se llama Joanna y es viuda. Charlton Heston es hosco, viril, algo desmañado, fuerte, desmedido. Es el jefe, el boss, lo máximo, es Christopher Leiningen. Su interés en poseer cosas únicas, ejemplares auténticos, lo llevan a convertirse en un solitario anclado en una tarea titánica. Su corazón no tiene tiempo para la dulzura, su cuerpo no entiende el amor como un acto de entrega. Desea, sin querer. Quiere sin ternura. 

Las madres sonríen cómplices cuando ella rechaza la bondad de aquel piano que nadie ha tocado. “El piano ante el que se sienta no había sido tocado por nadie antes de su maldita llegada”, le espeta él con voz abrupta y llena de rabia. “Si entendiera algo de música sabría que un piano suena mejor cuando se ha tocado. Este no es un buen piano”, la voz de ella tiene la convicción de no dejarse pisotear por aquel hombre que, a pesar de todo, le resulta tan atractivo. La primera en la frente. 

La segunda viene dada por la turbadora presencia de una mujer viva, asombrosamente viva, delante de un hombre que lo ha dominado todo y que pretende dominarse a sí mismo, sus instintos, sus más íntimas esperanzas, sus anhelos. Una mujer usada, un piano nuevo, asombrosa dualidad que hace sonreír a las madres mientras las hormigas avanzan y los niños se tapan la cara entre ruidos y exclamaciones. 

“Gilipollas”, le faltó a Joanna decirle al señor Leiningen. “Ahí te quedas”. Pero esto no es una película de Almodóvar sino de un artesano, en el mejor sentido de la palabra, por lo demás experto en efectos especiales, Byron Haskin. Cuando, en 1954, rodó “The Naked Jungle”, en su título castellano “Cuando ruge la marabunta”, se basó en el guión del trío de ases MacDougall, Maddow y Yordan, quienes adaptaron un relato corto de Carl Stephen, llevado a su vez anteriormente a la radio. El explosivo technicolor de la época y la dirección artística convirtieron a un pequeño pueblo de Tennessee en la selva amazónica y “La fierecilla domada” dejó de ser una abrupta chica casadera para apropiarse de la figura homérica de Heston, dando la réplica a una versión rotunda y llena de sensualidad de “La viudita naviera” que también se casó por poderes “por poder tener marido, que la lleve a la Alameda”. Aquí la Alameda es una vasta extensión de territorio casi salvaje en el que irrumpen las molestas e inoportunas hormigas cuando el protagonista, una vez derramado sobre el cuerpo escultural de la dama un tarro de perfume, decide tomarse en serio el título de marido. 

Los niños se miran unos a otros con una media sonrisa tímida cuando llegan los besos. Besos, besos, dicen las niñas, y todas ellas sueñan. Besos, ufff, dicen los chicos, más entusiasmados con las horrorosas hormigas patilargas. Besssosss, susurran las madres, algunas de las cuales han olvidado el sabor exacto de la palabra. En todo caso, en la lucha contra las hormigas vence el hombre y su deseo de dominar la naturaleza…y en el pugilato entre el hombre y la mujer que se encuentran a miles de kilómetros de la civilización…vence la naturaleza. 

Sinopsis

Christopher Leiningen es un hacendado, dueño de una plantación en la selva del Amazonas. Allí ha construido una mansión e intenta convertir su territorio en un espacio único. Dado que no tiene tiempo de buscar esposa, se casa por poderes con una señorita de Nueva Orleáns, Joanna, que resulta ser viuda, lo que no sienta nada bien a este hombre tan amante de lo exclusivo. La amenaza de una invasión de hormigas convierte esta historia de amor en una aventura llena de momentos dramáticos. 

Algunos detalles de interés

Eleanor Parker, la actriz protagonista, nacida en 1922 y fallecida en 2013, con 91 años, fue una actriz desaprovechada, con mucho más talento que el que se esperaba de ella en los papeles que le ofrecieron en el cine. Tenía una belleza moderna que no ha pasado de moda. Después de cuatro matrimonios y cuatro hijos, la Parker llegó a la vejez en un excelente estado físico y mental. 

Además de esta película, probablemente su actuación más interesante es la que realiza para Vincent Minelli en “Con él llegó el escándalo”, rodada en 1960 y en la que tenía como partenaire al espectacular Robert Mitchum. 

Por su parte, Charlton Heston (1924-2008) es un actor de larguísima y variada trayectoria. Su gran atractivo físico y su formidable planta daban bien para papeles históricos, héroes atormentados, películas épicas y un gran mosaico de interpretaciones. Memorable su papel en “El Cid”, junto a la hermosísima Sophia Loren. 

La censura intentó limar la carga sexual existente entre los protagonistas, pero resultó imposible no captarla, sobre todo en la famosa escena en la que ambos hablan del piano. 

Comentarios

Fernando Navarro García ha dicho que…
Magnífica reseña para una magnífica película.
Caty León ha dicho que…
Desde luego, una película genial.

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