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El silencio y un cuadro de Hopper



El silencio para mí es escucharte. La inmovilidad, una forma de verte sin aristas. La fijeza, ese brillo que encierra tu nombre ante mis ojos. Soy, contigo, la mujer sin sombra y sin reflejo que toca sin tocar la taza de café. 

A veces vivo en un cuadro de Hopper. Cruzo los brazos de ajustado rojo y sueño el horizonte que no tiene más luz que la del aire. O me apoyo en la barra de un bar junto a ese hombre que no me mira apenas (por qué no se desprende del sombrero, pregunto sin palabras). 

Me siento en una cama apenas libre de un ligero ropaje, las piernas rectas y la mirada ausente, absorta en el papel que parecen traerme tus anuncios, quizá una despedida o un reproche. 

Me asomo a una mansión deshabitada, observo con desgana la escalera, vuelan telas al aire, transparentes, con un sombrero claro y una búsqueda. No te diré el motivo por el cual no hago nada.


En alguna ocasión mi alma se ha sosegado, sentada, fría y oscura, en un vagón de tren, un vestido elegante, un gesto misterioso, ansiando entrar así en las ciudades, con las vías expeditas a la imaginación y el aire diletante, como de cupletista abandonada o quizá el nuevo rostro de oficinista mezclada con fantasmas. 

Incluso he mantenido una disputa, sin excesos ni horrores, con un hombre que lee mientras mi dedo índice de la mano derecha se posa abstracto y firme en un piano sin voz. 

No niego que contemplo con frecuencia ese rostro, que dialogo con él, que le pregunto, pero no cuenta nada, imposible respuesta. El sombrero que lleva no consigue aunque sí lo quisiera, disimular el tono de los ojos, la forma en que las cejas se elevan inquiriendo. Siempre quiere saber, aunque lo ignore todo. Sus ojos, si verdes o si grises, si azules, de ese azul del cielo de Manhattan o del río de los barcos inconclusos. Autorretrato de un hombre y un sombrero. 

Hablo de soledad y escucho a Kerouac, on the road, expectante, inamovible, reciamente dispuesto a la batalla. Y el cine, con la casa de Bates al otro lado, o esa ventana que lo anuncia todo, una mirada más allá de lo escrito. Interior y exterior plenamente difusos, ya no están, no son nada. Y el mar, el de la infancia, preterido, luego recuperado, la casa en Massachussets, las paredes vacías, el sonido del aire en las mareas. 


Veo entonces a todas las mujeres, las mujeres, yo misma, en un rompecabezas, trozos de noche, luz, color y figuras estáticas que han perdido la tarde y que la ansían. París, la calle, gente, los barcos en el Sena. Con los brazos desnudos, los rostros atrapados. Neutralidad. Discursos en el alma de cualquiera que exista. 

Y me vuelvo al silencio. Escucharte. Desde un cuadro de Hopper. Una mujer desnuda con zapatos.  


(Pinturas de Edward Hopper)

Comentarios

javier alvarez veloso ha dicho que…
me ha gustado mucho, yo también me inspiré en él para mi entrada de mayo, te la mando por si es de tu interés.
un saludo
https://elcoronelnotienequienlelea.wordpress.com/2020/05/02/coronahopper/
Caty León ha dicho que…
Tu entrada es excelente. Tiene un enfoque artística muy potente y me parece muy interesante. El arte contemporáneo es mi parcela del arte más estimada de todas las que estudié en la carrera. De modo que tengo que felicitarte y también por las relaciones que estableces entre unos artistas y otros.

Muchas gracias por leerme.

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