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La belleza de los jardines


Aunque suele situársela como una de las ciudades austenianas es bien cierto que a Jane Austen no le gustaba Bath. Ella había nacido en Steventon, en el condado de Hamsphire, cerca de Basingstoke. Su padre fue un sacerdote anglicano y rigió la parroquia de Steventon por espacio de cuarenta años. Cuando cumplió los setenta se retiró y decidió irse a vivir a Bath. No es este el lugar adecuado para comentar los motivos de esa decisión pero sí la influencia que tuvo en el ánimo de Jane. Literalmente se desmayó al enterarse de la noticia. Su padre solamente logró vivir cuatro años más. Los años de Bath (1801-1806) trajeron consigo una cierta sequía literaria y, probablemente, más amargura que alegría. Como dice Juani Guerra en el estudio introductorio de la edición de Cátedra “existen las fuentes suficientes hoy como para saber que en los años que pasó allí, algo importante se rompió dentro de ella”. Y, continúa, “en Emma, Bath aparece sutilmente despreciado con un gusto narrativo exquisito”.

Así es. En Emma, Bath, la ciudad de los balnearios y de los veraneos, queda ligada a la frívola existencia de la señora Elton y de sus hermanas, siempre prestas a recibir las atenciones de cualquier pretendiente cuya fortuna y posición les resultara beneficiosa. No hay en la ciudad nada de la discreción y la tranquilidad de Highbury, el pequeño pueblo rural en el que se inserta la acción principal de la novela. Todas las otras localizaciones geográficas, incluida Londres, las alusiones a Irlanda o los pueblos relacionados con el ir y venir de la tía de Frank Churchill, aparecen en una nebulosa de desinterés sin que el foco se coloque nunca especialmente sobre ellas. Londres, por ejemplo, es el sitio en el que viven Isabella y su marido, un lugar que genera enfermedades por la contaminación y el excesivo número de gente y donde no hay buenos especialistas médicos como puedan existir en el pueblo, caso del doctor Perry, el galeno al que la familia de Hartfield fía su salud. Esta es la afirmación que el señor Woodhouse repite una y otra vez, ante la impaciencia molesta del señor John Knightley, a la sazón marido de Isabella.

Emma no ha salido nunca de los límites de Highbury. Ella misma se lamenta en una ocasión a su amigo y confidente, el señor Knightley, de que no conoce ni siquiera el mar. Pero, a renglón seguido, y en muchas otras escenas, deja claro que no necesita más horizonte que ese para ser feliz y que la vida en Highbury tiene muchos alicientes, la mayoría de los cuales están basados, todo hay que decirlo, en la maravillosa contemplación de la especie humana. Igual que ocurre con las novelas de Ágatha Christie, un enclave rural y unas pocas familias de la gentry son capaces de generar todo un torrente literario.

Los habitantes de Londres llamaban a eso “vivir en el campo”. Así lo manifiestan las envidiosas y presumidas hermanas de Bingley en Orgullo y Prejuicio cuando, con ocasión de que Jane Bennet caiga enferma y tenga que pasar unos días en Netherfield, la madre de las chicas, con toda su verborrea, haga la engorrosa observación de que llevan una vida social muy activa porque conocen, al menos, a veintidós familias. En Emma la flamante señora Elton queda agradablemente sorprendida cuando descubre que, tras casarse con el vicario, su vida en “el campo” no va a ser aburrida ni mucho menos, ya que a sus obligaciones, digamos, eclesiásticas, tendrá que sumar las derivadas de su posición social, esto es, visitas, excursiones, cenas o bailes. De todo eso había en Highbury.

Aunque este pequeño pueblo y sus fincas adyacentes son el marco elegido por la autora para su novela, no puede decirse que nos haya suministrado más información al respecto que la escasa que se deriva de algunos pequeños comentarios hechos por los personajes de la novela. Como suele, Jane Austen no realiza ninguna descripción de los paisajes, de los colores, de los campos, de las flores, los pájaros, los ríos o las llanuras. Nada de eso tenía sentido a la luz de su forma de escribir. El único paisaje que le interesa es el humano porque, no en vano, ella abre la puerta a la novela psicológica.

Hay un pasaje de Emma que me resulta extraordinariamente curioso. Es una de las pocas descripciones paisajísticas que realiza Jane Austen. La hace con ocasión de la visita de todo el grupo a la casa solariega del señor Knigthley, la más importante de la zona, pues es la persona de mayor categoría social y económica. La descripción ocupa diez o doce renglones y es encantadora. Pero, tras la misma, Austen escribe, con esa ironía que la caracteriza y la aguda observación que la convierte en una observadora privilegiada de la vida y el carácter inglés:

“Era una panorámica deliciosa- deliciosa para la vista y para la mente. Verdor inglés, cultura inglesa, confort inglés, visto bajo un sol brillante, sin ser opresivo”

Resulta extraordinario que una mujer que no se ha movido de un pequeño espacio territorial en toda su vida, tenga la capacidad de observar su propio mundo desde esta perspectiva. Una mirada que la convierte en la narradora excepcional de sentimientos y emociones que han perdurado a lo largo del tiempo. Por eso, en ese sentido, su obra es intemporal, como la de los clásicos. Es, ella misma, una obra clásica.

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