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Por qué no debiste leer "El Principito"

Tanto como denostamos a los libros de autoayuda y llevamos años y décadas leyendo uno de ellos, tomándolo como cierto y convirtiéndolo en nuestro evangelio. Los niños pequeños se suman a esta vorágine lectora y no digamos los adolescentes, para quien el pequeño príncipe planetario es el verdadero augur de la vida sobre la tierra.

Los mayores, hastiados de sus enseñanzas, intentamos reflexionar sobre si alguna verdad existe en ellas y concluimos que nuestras mochilas actuales se deben a que el libro nos convirtió en sufridores, incapaces de luchar por lo que somos y queremos.

He aquí, en la siguiente ilustración, dos elementos fundamentales de esta gigantesca operación de marketing sentimental: el niño riega la rosa, la rosa se hace grande y, por eso mismo, porque la rosa se ha hecho grande con su riego, porque le ha dedicado tiempo, el muchacho tiene que cargar toda la vida con la rosa. Lo mismo da que sea una rosa roja o blanca, simpática o ácida, buena o mala. Hay que cargar con la rosa sí o sí. Y eso puedes aplicarlo a cualquier situación, persona o sentimiento. Es una mochila que no puede separarse de uno mismo. La rosa perpetua. La rosa tatuada. Sin Anna Magnani. Un planazo. 

A continuación, en la misma imagen, la leyenda que ejemplifica la mayor de las mentiras del libro: "Lo esencial es invisible a los ojos". Le falta la primera parte, otra falacia: "Solo se ve con el corazón".

Unamos a esto la algarabía y el alborozo de todos los que nos sintamos feos, bajos, gordos, poco agraciados, llenos de defectos, mal vestidos, patosos...todos aquellos que nunca seríamos adorados por nuestro físico o por nuestra conducta inmediata porque tenemos la salvación en esa leyenda. Lo que no se ve es lo que importa. ¿Qué es lo que no se ve? He aquí la cuestión. ¿El espíritu? Y ¿de qué manera puede uno saber cómo es el espíritu de los otros? ¿Ciencia infusa? ¿Magia? En todo caso, sea como sea, nos quedaremos muy tranquilos porque nuestra fealdad está siendo redimida por un niño que pulula de planeta en planeta. Un niño inquieto, hiperactivo y que no sabe lo que quiere. De esta manera empezamos a soñar con que se enamoren de nosotros simplemente por nuestro espíritu, nuestra alma o cualquier otro aditamento interno y que está fuera de la vista. O que nos contraten en un buen trabajo por nuestro buen corazón, invisible, desde luego.

Cuando nos pegamos el porrazo, al aterrizar en la vida real, lloramos al saber que las guapas ligan más que las feas, que son más amadas y estimadas y que, jajajajajajaja, lo que se ve por dentro importa menos que un trozo de cometa en medio de un tsunami en una selección de personal, por mucho coaching que hayas buscado a modo de director de orquesta. 


¿No os suena esto último a Paulo Coelho directamente? ¿O a coach desenfrenado? Una confusión estelar en la que una se interroga a sí misma y que oculta el deseo de hallar nuestra propia estrella. ¿Es una estrella real? ¿Significa la consecución de los sueños? 

A lo que se ve todo el universo conspira para encender una luz tan suficientemente amplia como para que todos reconozcamos a una estrella como nuestra. ¿Qué pasa si tenemos allí en el éter una estrella? ¿Nos sirve de algo? ¿Le rezamos, le pedimos deseos? ¿Qué nos aporta esa estrella a nuestra vida, suponiendo que la tengamos asignada? ¿Y si nos equivocamos de estrella? ¿Y si la estrella no quiere venir con nosotros, y si nos cae mal? ¿Y si no tenemos estrella? Y, en todo caso ¿para qué demonios sirve la tal estrella? ¿Nos acunará, os aliviará del dolor, nos dará pasta cuando haya que pagar la hipoteca, nos hará más felices? Basta ya de estrellamientos inútiles....


En esta pretensión de que tu propio zorro se convierta en el zorro number one solamente porque tú lo hayas elegido como amigo, hay mucho de prepotencia, hay que reconocerlo. Este muchacho no se para en barras. Todo lo que toca lo dota de una capacidad de ser único y milagroso tanto que me pregunto si no es una especie de profeta sideral aún no identificado. El caso es que, entre su rosa, que era suya, entre el zorro, que también era suyo y sus frases, que eran suyas, nos crearon un lazo en torno a la cursilería sintomática y sistemática más aguda de todas las que son el mundo literario. Solo un farsante de tomo y lomo puede hacernos comulgar con estas ruedas de molino. Y disfrazado de buenísimo, claro, porque en caso contrario ya hubiéramos puesto pies en polvorosa.

Porque el problema de "El Principito" es que trascendió de la literatura a los altares y sus frases son preceptos, sus ideas son dogmas y sus consejos seguidos al pie de la letra. Tengo que soportar y aguantar toda la vida a un amigo al que detesto precisamente porque es o era mi amigo. Y así con todo. La teoría del sacrificio, la teoría del aguante por los siglos de los siglos, la teoría de la infelicidad llevada al extremo. Fuera divorcios. Fuera cambio de vida. Todos a sufrir religiosamente. 


Algunas de sus afirmaciones son tan absurdas como esta. Como no es nada partidario de las sorpresas ni de las improvisaciones, se atreve a elaborar una teoría de anticipación de la felicidad basada en que antes de las citas tú te das un margen previo para empezar a disfrutar de la misma. Yo le argumentaría en contra que, antes de la cita, no te da tiempo a disfrutar porque tienes que estar preparándote para ella, eligiendo la ropa, el maquillaje, el peinado y otras fruslerías frívolas, que, seguramente, este muchacho desconocía. Otro ejemplo de sofisma que hizo mucho daño en su tiempo a aquellos que osaban llegar un poco tarde al encuentro y se encontraban a la pareja de morros recitando al Pequeño Príncipe, ese gurú de los supuestos buenos sentimientos, anticipación del coaching, de los gurús de la autoayuda y de los charlatanes de feria y vendedores de pócimas. 



Esta última frase merece una réplica. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Muchísimos más malos entendidos se producen con el silencio. 

Ese resquemor que de pequeña me producía este chico deambulando de planeta en planeta, tan quisquilloso, dividiendo el mundo en buenos y malos, con tan escasa comprensión de la naturaleza humana y sus defectos, defensor a ultranza de sus cosas porque eran suyas como única razón, ha desembocado en una abierta crítica ahora de mayor. Como dice alguien a quien admiro: Lees "El Principito", luego ves "Los puentes de Madison"  y ya no remontas. 

El Principito es un libro sobrevalorado. Parte de una concepción elitista de la vida según la cual unos están predestinados a tener razón y otros son unos pobres parias equivocados. El chaval presenta una prepotencia inadecuada a su edad y condición. Los niños se quedan atónitos al leerlo, al principio no lo entienden en absoluto y por eso se simplifica el mensaje y se queda en cuatro frases hechas, a modo de eslóganes, que las criaturas aprenden sin más. Todas esas frases contextualizadas son la ruina intelectual de quien se las cree. Te enseña a ser paciente sin crítica, a cargar sobre ti todas las mochilas que te hayan adjudicado quienes sean y sin motivo alguno, no hay tiempo para el cambio, la esperanza, la lucha por la felicidad, porque todo consiste en que lo tuyo es bueno sin más, sin ánimo de crítica ni de revolución. Una pesadez de libro que no debería leerse, si es que hay que leerlo, hasta los cuarenta años por lo menos. Antes, es indigesto. Y tiene un elemento que favorece esa inmersión principesca hasta las trancas: los dibujos. Sin dibujos, sería la mitad de lo que es. Pero esos dibujos son nuestra perdición. Nadie se puede sustraer a su influjo. Y así nos va. 

Solo tengo una esperanza: que sea mentira tanta devoción. 

Comentarios

Javier Peñas ha dicho que…
Comparto la mayoría de tus opiniones. Hace poco leí por segunda vez este libro, decidido a encontrar su presunta calidad literaria y librarme así de una cierta sensación de incompetencia. No lo conseguí. Por suerte tu artículo sí que ha sido liberador para mí. Muchas gracias.
Caty León ha dicho que…
Gracias a ti Javier

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