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Edificios caídos



Ella daba la impresión de ser una mujer fuerte. En esto quizá nadie se equivocaba. Pero la fortaleza esconde fisuras, carencias, huecos. Un edificio puede tener amplios cimientos a prueba de seísmos, enormes ventanas acristaladas, paredes forradas de sistemas anti ruidos y toda suerte de adelantos añadidos pero también poseer, a la mitad de su estructura, una corriente de aire rumorosa que hace que de noche los habitantes de la casa oigan el ulular del viento en las colinas. Una falla, una debilidad, una entrada secreta por la que se cuelen los bandidos, los hostiles, los que buscan destruir más que crear. 

Así ella tenía en su espíritu una delicada estructura que ocultaba la vieja sensación de vacío que, desde niña, la perseguía sin explicación alguna. Ya había llegado a conocerla íntimamente como si se tratara de una amiga que jugara con ella y que con ella pasara las horas interminables de los fines de semana y las tardes sin planes. Así ella convivía con una alegría natural y una tristeza impuesta, incomprensible, ineludible y a veces hermosa, pero más tiempo inhóspita, cruel y sin sentido. Todas las noches esa tristeza venía a ocupar su espacio. Estoy aquí, decía, me marcharé cuando el alba te llegue. 

El hombre supo todo aquello de inmediato. Era un experto en aquilatar ganado. Conocía al dedillo todos los secretos de las razas humanas y las mujeres eran su principal aprendizaje. Las tenía pulcramente clasificadas, por edades, por peso, por la anchura de las caderas, por la talla del sujetador, por el color del pelo, por el estado civil, por el nivel de inteligencia, por sus gustos a la hora de comer y beber, por su manera de andar, por la altura de sus tacones, por el tono de su voz al teléfono, por el acento, por la forma de escribir....Había otras clasificaciones que no vienen al caso, bastante más rotundas y menos poéticas. Pero esas las guardaba para sí, las conservaba en su cabeza y eran un galimatías, como el sistema que usaba en el teléfono para que no hubiera interferencias y nadie pudiera observar ni conocer sus correrías. Así, por tierra, mar y aire, se comunicaba a través de todos los artilugios posibles: móvil, teléfono fijo, correo electrónico, whatsapp, telegram, SMS, notas en el parabrisas, palomas mensajeras, tantanes, estrellas fugaces, escritura sobre el suelo, graffittis, surcos en la arena, miguitas de pan, miradas tras un gin tónic bien cargado, besos en el aire, notas en la agenda, susurros en la noche, gritos en el paso de cebra....

Por ese espacio vacío y sideral que llegaba directo al corazón, sin poderlo evitar, sin remedio, sin defensa posible, sin argucias que la ayudaran a sobrellevarlo, por ese lugar innominado, entró él directamente como si fuera indispensable en su vida, se aposentó allí y no quería marcharse. Usó todos los instrumentos que obraban en su poder para alguien como ella, de igual modo que había empleado otras herramientas en otros casos. Ella era diferente y el caso también lo fue. No pudo decir que la artillería pesada le sirviera, más bien los versos de poetas, las canciones entregadas y las palabras como vehículo a motor. Nada fue en vano, nada quedó por hacer. Culminado el abordaje, rendidas las horas de ella, subordinada, sin una luz que aquella intermitente, el mentiroso no tuvo ya más que retirarse a desdeñar su obra. Había perdido el interés y solo hubo alguna mirada compasiva, pero no demasiado. Estaba muy ocupado para perder el tiempo. Prefería relajarse en cualquier sitio de costa, mejor bajo el mayor sol posible y sin responsabilidades que estropearan el bello momento de entrada de la nueva estación. 

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