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"Una dama extraviada" de Willa Cather

Si no fuera por su condición de escritora, quizá la propia Willa Cather podría haber sido considerada "una dama extraviada". Equivocada, fuera del paradigma de mujer de su época, una outsider social, una rareza. 

Fue el arte, el talento literario, el que la convirtió en una persona de vocación definida y de oficio exacto. Alguien que, a través de sus nouvelles, sus cuentos, su poesía y su obra en general, llegaría a entenderse a sí misma y a trasladarnos su propia explicación del mundo. Podemos conocer su época y los pensamientos de los hombres y mujeres que entonces la habitaban a través de sus libros. Eso es un gran hallazgo y una enorme suerte. 

Willa Carter nació en 1875 en Back Creek Valley (Winchester-Virginia). Desde muy pequeña vivió con sus padres en un rancho de Nebraska y esto la puso en contacto con la naturaleza, con el paisaje de los hombres y mujeres del campo de una forma definitiva. Esas vivencias las trasladó a sus libros en los que habitan personajes sencillos que hablan sencillamente aunque sus sentimientos y emociones tienen la misma grandeza que en cualquier otra parte del mundo. La pérdida de valores de la vida urbana, los cambios sociales, la degradación de las relaciones humanas, todo ello está presente en su obra de modo determinante. Es esa su principal preocupación, guardar, preservar, un contacto íntimo y esencial del hombre con las vivencias más profundas, desde un respeto que pedía para sí y que otorgaba a los demás. 

Su trayectoria profesional comenzó como periodista, crítica literaria, reseñista y, tras un corto paréntesis como profesora de lenguas clásicas, se oriento definitivamente a la literatura, tanto de novelas, cuentos y poesía. Sus doce novelas presentan un estilo desnudo, que sugiere más que detallar. No le interesan las enumeraciones sino la sobriedad del interior. Se confesaba admiradora de Whitman, de Mark Twain, de Nathaniel Hawthorne, de Henry James y de la escritora lesbiana con la que tuvo una buena amistad Sarah Orne Jewett. 

Willa Carter escribe en sus libros sobre el conflicto "entre lo nuevo y lo antiguo, la ciudad y el campo, el artista y la sociedad, el ideal y la realidad, el deseo y el autocontrol" según explica con precisión su biógrafa Phyllis C. Robinson en "The Life of Villa Carter" de 1983. Es, en suma, una narrativa hecha de silencios y de ambigüedad, quizá la misma que presidía su vida. Una vida llena de mujeres. Una de ellas, Isabelle McClung, de quien la escritora dijo "A menudo, la gente escribe sus libros para una sola persona, y para mí, Isabelle era esa persona". Willa Carter reivindica la libertad de sentir y la privacidad de sus sentimientos o de su orientación sexual, con la que se ha especulado durante años. Por eso destruyó toda su correspondencia personal y ordenó a la mujer que vivió con ella durante cuarenta años, Edith Lewis, que hiciera lo mismo con todo aquello que quedara a su muerte. 

La editorial Alba, además de "La dama extraviada", ha publicado sus libros más significativos. Por ejemplo, "Mi Antonia", novela por la que consiguió el Premio Pulitzer; "Pioneros"; "Lucy Gayheart";"Mi enemigo mortal"; "Para mayores de cuarenta" o "Los libros de cuento". 

Una dama extraviada apareció en 1923 y, dos años después, su autora recibió una carta de Francis Scott Fitzgerald, que acababa de publicar El gran Gatsby y estaba preocupado por ciertas similitudes entre ambas novelas que podían alimentar la sospecha de «un caso de plagio». Willa Cather le respondió que no veía motivos para sentirse plagiada, y Scott Fitzgerald respiró aliviado; aunque lo cierto es que Una dama extraviada era la obra que tenía en la cabeza mientras escribía su novela, y la causa directa de ciertos cambios en el proceso de su composición. Pero ¿qué podía tener que ver el mundo del glamour y el dinero que pintaba Scott Fitgerald con el Oeste heroico, aun en sus últimos reflejos, de Willa Cather? Quizá esta historia de fascinación sostenida y sueños traicionados, vista por un joven que se abre a la vida, nos dé la respuesta. Marianne Forrester, esposa de un pionero del ferrocarril, anfitriona de la única casa elegante de la triste población de Sweet Water, siempre alegre en la riqueza y siempre resistente en la penuria, pasa de ser una gran señora a una mujer señalada por todas las habladurías. Un joven que la adora acaba despreciándola, y sobre su relación construye la autora un espléndido ejercicio sobre los entresijos de toda idealización. (Reseña de la editorial Alba) 

De reciente aparición será, en este 2016, "La casa del profesor" cuyo argumento guarda muchas similitudes con "Una dama extraviada" por cuanto los dos hablan de la pérdida de valores de la sociedad americana y su sustitución por valores espurios que no tenían nada que ver con la tradición ni con la esencia real de los pueblos. 

La lectura de Willa Carter en cualquier de sus libros se me antoja imprescindible para conocer una forma de vida que ya no existe pero que conserva el hálito sentimental y emocional que le era propia y que no ha desaparecido sepultada en los rascacielos de hormigón. Su estilo tajante, sencillo, sobrio y directo no puede ocultar la sensibilidad y el conocimiento de las realidades que traza. Sus personajes son de una pieza, gente que entronca con la forma de ser más genuina de un país construido a base de esfuerzos y que nunca terminaremos de explicarnos del todo. 

Alguna literatura se ha derramado, además, sobre la condición sexual de Carter, su posible lesbianismo y sus inclinaciones a las mujeres. Al respecto se ha dicho que, si existió esa tendencia, nunca tuvo un carácter de atracción física sino más bien de admiración intelectual y de afinidad. Se sentía mucho más cercana a los pensamientos y modos de ser femeninos y con sus amigas logró encontrar la certidumbre ante las dudas que su propia existencia le planteaba. Escudriñar más allá parece innecesario cuando lo que importa en un escritor es siempre su obra.

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