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Escribir se conjuga en plural



El hombre llevaba un traje gris que le sentaba como un guante. Bajo la chaqueta asomaban protocolariamente los puños de la camisa blanca y el cuello bien ajustado, rodeado por una estrecha corbata negra. Era alto y muy delgado. Algunas hebras grises salteaban su pelo de forma intermitente, pero su bigote aparecía lustroso, mostrando un sello de vitalidad desusada en aquel marco añejo. 

Dashiell Hammett había llegado pronto. No sabía cómo, las horas, en ocasiones largas, se le habían pasado tan deprisa la noche antes. En el garito azul al que llegó, pasadas las dos de la madrugada, halló a una rubia esplendorosa con los dientes salidos al estilo conejo, pero con un trasero apetecible.
No recordaba ya de quien partió la iniciativa pero la noche resultó redonda. Bebidas, humo y mujeres, su ecuación más perfecta. Alguien, su agente quizá, lo metió en la cama a punto de evitar el colapso. Y, después de dormir muy pocas horas, se despertó de bastante mal humor.

Allí estaba, por fin, en esa absurda convención de escritores a la que lo habían llevado a rastras. Se sentó en el sofá más cercano a la barra por facilitarle al camarero el trasiego de copas y encendió un cigarrillo. Sus ojos oscuros y pequeños observaban inquisidores el movimiento rítmico de la puerta giratoria por la que entraban a cuentagotas los otros colegas invitados al evento.

Eran de todas clases. Allí había una muestra variada de lo mejor y lo peor de la clase literaria. Guionistas de cine, con su aire apocado, poco dados al exhibicionismo. No sabían hablar en público y portaban siempre un gesto hosco e inimitable. Algunos novelistas de fama, otros que estaban empezando y pretendían hacerse de contactos para forjarse un sitio entre los elegidos. Dramaturgos, esa especie de escritor tan acostumbrada a tratar a los actores (sobre todo a las actrices) y que, por ello mismo, solían gesticular en demasía y andar desesperados. También vio a escritores de periódicos, a medio camino entre la literatura y el producto alimenticio, el último escalón, sin duda, el desarraigo de la profesión.

Pasados ya los primeros momentos en los que cada cual tomaba posiciones, hacía acopio de bebidas o se sentaba en un lugar con buena visibilidad, el conductor de aquello, un escritor muy viejo, una especie de pater venerable, dio paso a la primera intervención. Una oradora.

Resultaba extraño que en un cónclave tan masculino fuera una mujer la que hablara. Solo había tres de ellas en la sala. Dos eran muy famosas, escritoras intimistas para chicas y amas de casa. La tercera, que era la que iba a tomar la palabra, era muy joven pero aparentaba más edad porque gastaba un aire de sobriedad excesivo, ni siquiera sonreía. Tenía el rostro anguloso, con ojos incipientes y una larga cabellera pelirroja con raya al lado, que, sin duda, auguraba mal carácter. Su nombre, Lillian Hellman, a él no le dijo nada.

Pero el leve murmullo mantenido por todos al principio se fue apagando y a los cinco minutos ya nadie hablaba. Solo la pelirroja en el centro de aquello, vestida limpiamente de oscuro y sin coquetería, elevaba la voz y su peculiar acento sobre una asamblea prendida en sus palabras.

Durante unos instantes cruzaron sus miradas. Fue cuando él percibió en los ojos de ella el color inconfundible de una pasión no escrita. Mientras hablaba, dibujó las palabras en el aire y algunas de ellas, las definitivas, cruzaron el espacio de la sala y llegaron sin pedirle permiso al lugar escondido donde el hombre de gris guardaba un corazón, intacto todavía.

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