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La luz interior


La vida es una experiencia incesante en la que hay que vencer miedos e incertidumbres. Cada uno de nosotros se construye a sí mismo en un ejercicio que nunca termina. Las edades llevan consigo una nueva vuelta de tuerca en ese edificio que somos nosotros. A veces, la situación es complicada. La encrucijada se abre ante ti y no encuentras la forma de comprenderte y comprenderla. Las preguntas se amontonan, no hay respuestas apenas, solo sensaciones y poco claras. Sentimientos confusos, la mayoría de ellos amargos. Decepciones. Puertas que se cierran. Gente que huye. 

Es en estos momentos de crisis personal cuando te vuelves hacia ti mismo, cuando reflexionas y quieres desentrañar, porque lo necesitas, aquello que, en realidad, eres, o, al menos, aquello que se aproxima a tu esencia. Qué soy, quién soy, qué quiero hacer conmigo, qué quiero, en suma. 

Andaba yo en estas cuitas personales, tan difíciles de transferir y de explicar a los demás, entre otras cosas porque la gente tiene sus propias cuitas, cuando oí dos esplendorosas voces que, unidas, sumadas, han creado un tapiz, una alfombra con dibujos interpretables, una suerte de explicación para asirla y lograr de esa manera dar un pequeño paso para responder a esas preguntas. Hubiera sido mejor, me diréis, tener cerca a alguien que te abrace, que te escuche, que te regale una sencilla rosa o que confunda su risa con la tuya. Pero, cuando no existe nada así, es inútil llorar. Lo sé por experiencia. Las lágrimas no sanan. Dan dolor de cabeza, nada más. 

Por un lado, el discurso de Emilio Lledó, con ocasión de la entrega de los Premios Princesa de Asturias. Por otro, la entrevista que Juan Cruz hace en El País al escritor Mario Vargas Llosa. Diría que Lledó enciende una linterna en una vereda absolutamente oscura y arroja un haz de luz en ese camino incierto. Sus palabras, luminosas y poéticas, quieren ser una toma de conciencia de lo que la cultura, la palabra, el lenguaje, la educación, significan para las personas. También expresan la obligación moral de estar en esa lucha, de no mirarse a sí mismo con tanta intensidad que no descubramos nada más que las arrugas del alma. Descubrir la luz interior, dice Lledó. Y yo pienso. La única forma que conozco para expresarme es la palabra. Y voy más adelante. Incluso si tuviera una vida feliz al lado de la persona a la que amo tan intensamente, aún así necesitaría, para salvarme, estar sentada delante del ordenador todas las horas del tiempo que fueran necesarias para contar las cosas que cada día se insinúan con ocasión de vivir. 

Esa chispa venturosa que abre en mi cabeza (también en mi corazón, a dúo) la palabra herida de Lledó se completa, esta misma mañana de sábado en la que he madrugado para escribir, con la entrevista de Vargas. Cuando relata la forma en la que enhebra las historias que convierte en libros me siento comprendida. Es así como ocurre, pienso. Exactamente ese recorrido es el que tienen las ideas que se convierten en palabras y que, a su vez, forman las frases (ah, el papel de la frase, que Paul Auster explicó en otro discurso), que se sumarán para ser un texto, un relato, una novela, algo. 

"Como todo el mundo, vivo toda clase de experiencias, pero hay algunas que la imaginación rescata, preserva, y de pronto, de esas imágenes empieza a surgir una especie de fantaseo, pero si yo darme cuenta. Hasta que de pronto me doy cuenta de que he estado trabajando inconscientemente en alguna pequeña historia, muy embrión de historia, a partir de algún hecho vivido, oído o leído" 

De esta forma explica el escritor la manera en que los libros surgen. Así, de la memoria, de la visión del presente, de dentro o de fuera, esa semilla se convierte en sujeto del pensar y luego del escribir. Así es exactamente, de nuevo esta palabra. Exacto, exactamente, sí. 

En algún lugar del tiempo y del espacio hay un hecho que está esperando a ser convertido en literatura. O, al menos, a ser la espita que abre la puerta al texto. Da igual que seas un Premio Nobel o una mujer, como yo, que escribe sin ponerle adjetivos a su trabajo. Ese hecho, esa sensación, esa idea, ese recuerdo, activa en ti la necesidad de convertirlo en el centro de tu experiencia vital, en el centro de tu actividad. Tu cabeza construye y tus manos escriben. Ambas a la vez, en una suerte de encuentro privilegiado. 

Lledó y Vargas no han solucionado mis dudas. Claro que no. Nadie lo podría hacer. Sino yo, si es que fuera capaz de reflexionar lo suficiente. Pero, mientras tanto, al hilo del pensamiento, la cabeza y las manos no pueden dejar de intentar entenderse en el acto mismo de escribir. Conjurar el dolor. Esperar que algo cambie. Mover las fichas para que todo tenga otro tinte. Intentar comprender lo que existe en tu interior y lo que existe fuera. Describir, explicar, narrar, desentrañar. Los verbos de la acción junto con los adjetivos de las horas lentas en las que tu cabeza indaga sobre ti y lo vierte en caracteres que, juntos, formarán la única explicación posible. Leve, pero esperanzada. 

Una vez que descubres de dónde viene el dolor que te sube en oleadas y una vez que entiendes que nada ni nadie, te salvará de ese naufragio, porque no hay amor ni voz que conseguirlo pueda....Una vez que asumes que la soledad será tu principal aliada y que sientes que no puedes ser su enemiga, sino, al contrario, aceptarla con deportividad incluso....Una vez que tu corazón te ha dicho con toda claridad lo que quiere y tú le respondes que es un imposible....entonces quizá sea el momento de pasar al plan B. El plan B es convertir todo ese sentimiento, toda esa fuerza interior, todo ese deseo sin consumar, todo ese fuego que te abrasa, en materia de algo que perdure. Las palabras escritas. Un texto que te salve. 

Definición: Mujer, sola, ni joven, ni guapa, ni triunfadora. Pocos amigos, muchas obligaciones, escasas satisfacciones. Sexo cero. Vida social, casi. Armas: palabras. Deseos: Todos. Esperanzas: Ninguna.

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