martes, 30 de abril de 2019

Versos, cobardía y lágrimas amargas


Me he resistido a escribir de esta película. La historia del cine no se ha puesto de acuerdo sobre ella. Hay quien considera que “Esplendor en la hierba” es un drama mediocre con un puñado de magníficos versos. Otros la estiman porque supuso un repulsivo contra la estereotipada visión de los jóvenes que ofrecía el cine en esos años. Es una película de adolescentes que no deja un poso de suave inconsciencia, sino la seguridad del fracaso. De ahí su aire de tragedia. Sabes que todo eso va a terminar mal desde el minuto uno. 

Aún hoy me parece cercano el estremecimiento que sentí en la última escena. El conformismo del adiós resulta tan triste…Dos seres abocados a vivir alejados, aunque sus corazones suspiran el uno por el otro. La primera vez que la vi fue en uno de esos pases televisivos que conseguía arrancar a la cerrazón de las películas para mayores de mi casa. Aquella película era tabú y no te dejaban verla. Así que la vi con un aire de transgresión que siempre me acompaña al visionarla. 

Desde el principio pensé que la historia narraba una injusticia. Que no era lógico dejar pasar la vida, inútilmente, orillando aquello que más se quiere. Poco me importaba que el chico fuera guapo, si resultaba un maldito cobarde sin paliativos. Pasados estos ardores mentales de la adolescencia, he visto algunas cosas y la vida me ha confirmado que existen, que hay esplendores que se aparcan, que se marchan sencillamente o que no llegan a aflorar al exterior en otros casos.

El protagonismo de la poesía. Los versos de William Wordsworth te persiguen todo el tiempo, son el leit motiv, la melodía encadenada, que resuelve el telón de fondo. Incluso aquellos que no aman la película, recuerdan los versos como un reclamo indiscutible. Cuántos lectores se acercaron al poeta desde ellos…

“Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello 
que en mi juventud me deslumbraba.
Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, 
de la gloria en las flores,
no hay que afligirse, 
porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo” 


El tiempo cronológico de la Gran Depresión sirve para ambientar un drama calificado de romántico y que tiene momentos de especial lirismo y otros de carga social, de crítica ante la represión sexual, por un lado, y de la intromisión en la vida de los hijos, por otro. El mismo cine tuvo, en esos años posteriores al crack, un significado especial de reconocimiento de los errores y de vuelta a la vida inocente, antes del desastre. Hablaron los maestros. Frank Capra lo dijo en “Qué bello es vivir” y John Ford en “Las uvas de la ira”, primero y en “Qué verde era mi valle”, después. 

Los jóvenes Bud Stamper y Deanie Loomis son como hojas al viento, balanceadas sin piedad por los padres, los mayores en general y por sus propios instintos. Los instintos amorosos conducen al desastre cuando ese amor no se canaliza y se construye sobre una sana relación humana, sino que se sublima, se esconde y se convierte en un tabú, en algo irrealizable. La mente de Deanie no soportará la ausencia. Bud no aguantará la presión de su padre, porque es un joven débil y por eso mismo será un hombre desgraciado. 

En la tragedia hay distintos papeles. La cobardía de Bud, su cambio de actitud con la chica a la que dice amar y quizá ama (aunque de poco sirve amar si no es como tú quieres), produce compasión. Pero es el gesto perdido de Deanie, su pregunta incesante, por qué, por qué te has ido, por qué, después de todo, me has dejado, por qué, continuamente, esa pregunta, ese ruego primero, ese deseo después, esa lucha final, la que me llega, la que conozco, la que entiendo, la que resulta más terrible. Ajena al cambio de su amado, se debate en una duda absurda, que no tiene respuesta. Su corazón estalla al tiempo que su mente. Ella es la víctima. Ella es la traicionada. 

La hipocresía y el puritanismo de aquella sociedad producen dos seres muy distintos. Alguien libre de prevenciones y llena de deseos y alguien sujeto al vaivén de los demás, falto de iniciativa y de coraje.La historia tiene un final triste y realista. Después de muchos tumbos, psiquiatras incluidos, ella parece resignarse a ser alguien medianamente feliz, en un mundo mediano, con afectos medianos y vida resguardada. Y él se engaña a si mismo rodeado de niños, de animales de granja y de una pareja que parece entender que él es un dios sin pies de barro. ¿Él se engaña a sí mismo? Quizá no. 


Sinopsis: 

La acción transcurre en una localidad rural del estado norteamericano de Kansas. Allí dos jóvenes de ambientes sociales muy diferentes, se enamoran en el Instituto y juran seguir juntos toda la vida. Sin embargo, tienen que enfrentarse con la desaprobación familiar y con toda una serie de prejuicios de diverso signo, ante los cuales ambos tendrán respuestas que no conducirán sino a las tragedias personales y a la separación de los amantes. 

Algunos detalles de interés: 

Los actores principales tienen, ellos mismos, ese aire desvalido que tan bien encaja en la trama. Natalie Wood fue una bellísima actriz, irregular y de tristísimo final, aun sumido en investigaciones. En ese tiempo era ya una estrella. Por su parte, Warren Beatty, hermano pequeño de la grandísima Shirley McLaine, ha tenido más suerte y, tras este su debut, tras encarnar papeles de distinto rango (estupendo el de “Reds”, por ejemplo), de ser Clyde el de Bonnie y luego un Dick Tracy con gabardina amarilla y con Madonna, logró encontrar su estabilidad personal y, quizá artística, cuando se encontró con esa actriz versátil e inteligente llamada Annette Bening, veinte años y veinte centímetros menos que él, con la que tiene cuatro hijos. 

“Esplendor en la hierba” que respetó en España el título original “Splendor in the grass”, es una película de Elia Kazan, rodada en 1961, diez años después de su obra maestra “Un tranvía llamado deseo”. La película tiene un guión del excelente William Inge

La música es de David Amran y la fotografía de Boris Kaufman, ambos reputados en sus respectivos campos. En cuanto al reparto, además de los protagonistas ya citados, están allí Pat Hingle, Audrey Christie, Bárbara Loden (en el papel de hermana ligera de cascos de Bud), Zohra Lampert, Sandy Dennis, Phyllis Dillier y Gary Lockwood. 

La película obtuvo tres nominaciones a los Oscar y consiguió uno, al mejor guión original. En los Globos de Oro las nominaciones fueron tres, incluida la de mejor película. 


domingo, 28 de abril de 2019

Ópera para mafiosos


(Patricia Clarkson es la esposa de Eliot Ness)

Coger las manzanas del árbol y no del cesto. Esa es la receta que el policía Malone le ofrece al agente del Tesoro Eliot Ness para impedir que, en su equipo, haya traidores. La épica de la lucha contra el crimen organizado en estado puro. Ness, juramentado hasta el final para conseguir llevar ante la justicia a Al Capone y los suyos. Experimentos fallidos, actuaciones fracasadas, momentos de desánimo, todo parece que va a ir mejor con esa cuadrilla de Intocables que además de a Malone y a Ness incluye al joven y experto tirador George Stone y al contable Wallace. Los cuatro son la reserva ética del Estado contra quienes en los años 30 anegaban de sangre las calles de Chicago a cambio de hacer suculentos negocios. 

Esta es una película en la que la grandeza de los buenos hace todavía más patente la villanía de los malos. El malo más repugnante es, sin duda, Frank Nitti, asesino a sueldo que exaspera a Ness con su comentario acerca de cómo mató a su amigo Malone. Hay una frase de Eliot Ness que resume esta espiral violenta en la que todos pierden. He dejado al lado mis principios, dice, he hecho cosas que nunca me hubiera permitido antes. Y todo por lograr el objetivo de cazar al malvado. Es exactamente eso lo que suele ocurrir cuando los canallas son escurridizos y, sobre todo, cuando las estructuras están podridas. Podrida la policía, con los sobornos que les hacen ganar mucho dinero; podrida, la justicia, con los jueces comprados; podridos los jurados, todos a sueldo. Esas estructuras podridas son las que hacen posible la existencia de mafias del crimen al nivel de lo que narra la película, basada en hechos reales como todos sabemos. 


La Ley Seca o Prohibición, que había nacido animada por grupos conservadores de origen anglosajón y que pretendían una mejora de las costumbres y, sobre todo, evitar los abusos que se producían tras las borracheras, dio lugar como contrapartida a un enorme aumento de la delincuencia y a un fortalecimiento del crimen organizado. Esto fue, al final, lo que hizo que terminara derogándose aunque todavía hay en USA lo que se llaman condados secos o ciudades secas. En los tiempos que narra la película, años 30, la Prohibición estaba ya a punto de ser derogada, algo que ocurrió en 1933. Gran decepción para Ness y los suyos, sobre todo porque el gran capo, Al Capone, no fue condenado por crimen sino por delito fiscal. Esta época ha sido una gran inspiración para el cine. Las estructuras criminales dominaban ciudades y pueblos, con su especial ley del silencio, llegando hasta los cimientos más profundos de la sociedad. El hecho de que Eliot Ness fuera incorruptible (Los Intocables) es una forma de expresar que, incluso dentro de la peor depravación, hay alguna esperanza, algunos hombres buenos. 

El casting es uno de los grandes aciertos de la película. Kevin Costner hace un papel de duro con aspecto de tierno. Las escenas con su mujer, la grandísima actriz Patricia Clarkson, son encantadoras. Andy García encara aquí su primer papel importante y está soberanamente bien, anticipando ese personaje firme pero humano que luego encarnará en otras películas. Los malos son repugnantes y su caracterización hace de Robert de Niro uno de los mejores Capones de la historia. Y dejo para el final a quien, sin duda, ofrece un papel tan matizado, lleno de verosimilitud y de fuerza, que es un peso pesado del film: Sean Connery, como el policía de barrio que no quiere meterse en líos hasta que se mete. 


Hay secuencias sobrecogedoras, escenas llenas de poderío, incongruencias que te levantan las tripas (como ese Capone oyendo ópera), momentos de tensión inenarrable (el cochecito del bebé cuando va cayendo por la escalera en la estación), actitudes heroicas y otras terriblemente criminales, hay una fuerza interior que la música, la enorme banda sonora del no menos enorme y grande Ennio Morricone, subraya y realza. 

A esta película no le falta nada. Por tener, tiene hasta sus momentos de humor como cuando al final alguien pregunta a Ness qué hará cuando deroguen la Prohibición. Tomarme una copa, dice con una mezcla de conformidad e ingenio. 

Sinopsis: 

Chicago, 1930. Desde el año 1919 en que se promulgó la Prohibición, el crimen organizado es una de las principales fuentes de ingreso de bandas organizadas, mafias, e incluso alcanza a diversos estamentos sociales, estructuras judiciales y policiales. Para luchar contra esta lacra aparece la figura del agente del Tesoro Eliot Ness que recluta a un grupo de Intocables, hombres incorruptibles y de principios irrenunciables, para efectuar una operación de limpieza centrada en el jefe Al Capone

Algunos detalles de interés:

El diseño de vestuario y la dirección artística merecieron sendas nominaciones a los Oscar. Realmente son extraordinarios. El primero estuvo a cargo de Marilyn Vance-Straker, consiguiendo unas prendas elegantes, llenas de glamour y reproduciendo fielmente la moda de la época, las hombreras grandes, los abrigos largos, los vestidos entallados, los sombreros, una auténtica maravilla. 
Por su parte la dirección artística fue responsabilidad de un numerosísimo equipo comandado por Patrizia Von Brandenstein, William A. Elliot y Hal Gausman

La música es la gran baza de la película, contribuyendo a la ambientación de una manera notable, haciendo énfasis en los distintos momentos, modulando las imágenes. Ennio Morricone, nacido en Roma y que ha puesto banda sonora a más de 500 películas, cumplió noventa años en noviembre de 2018 y es uno de los genios de la música de este tiempo. Ha conseguido multitud de premios entre ellos un Oscar honorífico y un Oscar en 2016 por la película “Los odiosos ocho” de Quentin Tarantino. Morricone fue un niño prodigio que entró en el conservatorio de música a los doce años y aprobó la carrera, que duraba cuatro, en seis meses. 


sábado, 27 de abril de 2019

Solos


El muchacho (unos quince años) me miró a los ojos por primera vez en toda la sesión y me confesó: tengo miedo de quedarme solo. Odiaba a sus padres (eso decía), se llevaba mal con ellos, quería independizarse, pero la soledad era una losa insoportable que le producía pesadillas. Soñaba con puertas cerradas que él no podía traspasar. Con enormes extensiones de arena en las que se encallaban sus pies desnudos. Soñaba con un mar inabarcable sobre el que él se movía sin defensa alguna. Tenía miedo de estar solo pero no podía vivir acompañado. Al menos, con esa compañía que pasaba el tiempo señalándole sus defectos, buscando gresca e impidiendo que oyera su voz interior. No había forma de convocar al silencio. 

Yo también miré al muchacho a los ojos y le conté mi propia historia pero antes fui cruel, demasiado cruel para un muchacho que solo tenía quince años. Le dije, con la voz más segura que pude, que ya estaba solo, que la soledad era una gasa pegada a nuestra piel, que no podíamos desprendernos de ella y que, aunque había personas que no lo percibían porque estaban protegidos por otras personas, esa soledad seguía estando ahí, esperando que quedaran a la intemperie. Me entendió enseguida. No era un muchacho listo en el sentido que se da a esta palabra, más bien lo contrario. Era simplemente avispado y tenía todos los problemas del mundo. Quizá por eso comprendió que mis palabras encerraban verdad, porque hasta entonces, yo era la única persona que no le había mentido y que no le había exigido ser de otra manera. 

Estamos solos, le dije, mientras él me miraba con una mezcla de admiración y de asombro. Estamos solos, tú estás solo y yo estoy sola. Somos solos, mejor todavía. No tuve claro entonces que entendiera ese significado entre el ser y el estar. Pero continué. Somos solos, seres solitarios que nacen solos y mueren solos. Hay un interior dentro de ti que nadie va a traspasar nunca y que a veces se diluye y no parece existir porque el ruido lo apaga. Esa es otra clase de soledad, la soledad del ruido y de la confusión. Pero si eres capaz de aceptar la soledad, de creer en que la soledad no es un castigo sino una evidencia y de convertirla en la forma más sensata de creer en ti mismo, incluso de no creer en nada, entonces la soledad dejará de ser el perro rabioso que te muerde en las noches de insomnio y se convertirá en un aliado. Estará ahí, existirá, pero no te acuciará con intentar llenarse, no te convertirá en un pordiosero de la vida, no expresará necesidades insatisfechas y, sobre todo, nadie te culpará de exigir demasiado, de tener demasiadas expectativas. 

El muchacho adivinó el resto que no dije. Supo que yo estaba guardando el mayor de los secretos y que él no iba a acceder al fondo del mismo. Lo supo porque yo le había advertido que la soledad implica estar hacia dentro, ser hacia dentro, vivir hacia dentro. Puedes distraerte con el eco exterior, le dije, pero será engañoso. Te hará sufrir si ese eco no te incluye, querrás destacar de algún modo, exigirás abrazos, pedirás besos, querrás hacer el amor con la vida, pero, si te rechazan, convertirás tu existencia en un infierno y entonces nadie podrá salvarte. En realidad, le dije quizá con crueldad, nadie puede salvarte. 

Hablaba de mí misma, de mi fatal naufragio, de las tardes en que hay mucho que contar y no hay nadie al otro lado de la calle, ni del teléfono, ni de la vida. Hablaba de mí misma y del silencio. Un silencio que cerca las mañanas, que te acuna en las tardes y te acompaña de noche con la música de fondo de la película de cada día. Quizá es por eso, le expliqué, por lo que hay gente que cuenta cosas a los demás. Quieren acallar la sensación de soledad y su correlato más fiel, el silencio. Quizá es por eso por lo que, insistí, los artistas hacen obras de arte y se comunican y quieren ser amados. La soledad a veces es mala consejera porque entregas tu corazón en almoneda, se vende, se compra, se trafica, se regala, se pierde. 

Solo a veces, le dije, solamente, hay momentos en los que parece que un hilo te sostiene en el vacío y no deja que te caigas, que te sueltes. Son instantes únicos, mágicos e imposibles. Pocos, sinceros, sencillos, calculados. En esos momentos aprisiona con fuerza lo que sientes. Luego, en la soledad, la inmensa, humana, inabarcable, interminable soledad de cada día, reproduce, si puedes, esa pequeña sensación de ser parte de algo. Se te olvidará pronto, terminé mi aserto, porque el corazón tiene solo memoria de los besos y los besos son aire que se diluyen y pasan a ser nubes en un contenedor plagado de basuras. Esplendor y miseria de la vida. 

Es la inteligencia

   

(Romola Garai y Jonny Lee Miller hacen de Emma y del señor Knightley en la serie de la BBC de 2009) 

     Tengo para mí que “Emma”, de Jane Austen, es una novela que tiene en la inteligencia su principal adorno. No en la belleza, efímera. No en la riqueza, injusta. No en la suerte, arbitraria. Es la inteligencia, el ingenio, el don que aquí aparece tan magníficamente tratado y retratado, con pinceladas suaves a veces, como una foto en blanco y negro o con la espesa pasta pictórica de los impresionistas. En todo caso, la inteligencia fluye en los diálogos, en las descripciones y en las cabezas de aquellos personajes que disfrutan de ese regalo de la naturaleza que esta reparte con la displicencia de lo que es  únicamente suyo.

    El capítulo XVIII es una muestra suprema de esto que digo. Porque en él se libra un combate singular entre dos mentes llamadas a entenderse, precisamente por mor de unas cabezas privilegiadas. Howard Gardner hablaría en este punto de la teoría de las inteligencias múltiples, así que nos dejaría a todos con dos palmos de narices. Pero, querido Howard, no desesperes ni juzgues tan de prisa porque, aunque ellos, los actores del drama, no lo saben, está claro que tienen, aparte del dominio del lenguaje y el razonamiento diáfano de quien sabe pensar con precisión, esa gota de humor, de habilidad para entender al otro, de pericia mental, de sabiduría social, que ahora mismo llamamos inteligencia no académica. 

     Os cuento: el joven Frank Churchill, apuesto joven y caprichoso hijo del señor Weston, que vive prohijado con sus tíos desde la muerte, siendo un niño, de su madre, anuncia su visita a su padre para conocer a la dama con quien este ha desposado, que es, ni más ni menos, que la señorita Taylor, la antigua institutriz de Emma Woodhouse. El alborozo, el disfrute de pensar en que llega el hijo pródigo les lleva a todos a conjeturas felices que hay que aparcar sin remedio, oh, Dios mío, cuando otro anuncio inmediato les comunica que deberán verse privados de su encantadora presencia por un motivo cualquiera, que no viene al caso. 

     He aquí el dilema: ¿No realiza la visita el joven Churchill por falta de ganas o por imposibilidad real de hacerla? Emma, habitualmente mal pensada, no lo es en este caso, quizá porque disculpa al joven, sin conocerlo, porque tiene esperanzas de que, en efecto, un día llegue y….quién sabe. Por su parte, el señor Knightley, que es dieciséis años mayor y, por tanto, mejor conocedor de la naturaleza humana, sostiene que, de querer venir, no habría fuerza que lo impidiera. 

      Ah. ¿Conque esas tenemos? Da la impresión…solo la impresión, de que a nuestro querido señor Knitghtley no le gusta mucho Churchill. ¿Y eso? No lo conoce, desde luego, lo que tiene de él son referencias. ¿Tendrá algo que ver en esa antipatía recién nacida la amable disposición que Emma muestra hacia el joven? 


(Jeremy Northam realiza una interpretación muy ajustada al personaje del señor Knightley en la versión para cine de 1996, en la que el papel de Emma lo interpreta la actriz Gwyneth Paltrow)) 

     Podemos pensar que los pareceres de ambos contendientes eran distintos, casi irreconciliables, pero, y ahora viene lo divertido, en realidad Emma razona así porque le gusta enormemente hacer rabiar al señor Knightley. Es más, ella está de acuerdo con sus opiniones en este caso, pero no piensa hacerlo ver. Lo dice con claridad el texto “…se encontró de lleno metida en una disputa…y para mayor regocijo se percató de que estaba razonando desde la que no era su verdadera opinión….” 

       Lo que Emma no comprende y no lo hará hasta el final del libro, que ese “querer hacer rabiar” a un hombre inteligente como Knightley, escondía, cómo no, lo que llamaría Corín Tellado “el fuego de la pasión”. Lo que llamaría Irène Némirovsky “el ardor de la sangre”. Lo que llamaría Edith Wharton “una tendencia inusitada hacia el otro”. Lo que llamaría William Shakespeare “un impulso sin tiempo ni medida”. Lo que yo llamaría “es el amor, que vibra cuando pasa”…

       El amor se manifiesta de muchas maneras. El amor entre personas que gustan de los entresijos del diálogo, de la palabra y del pensamiento, tiene mucho de rima, de prosa, de poesía y de adivinanza por hallar. Es un artesonado de ideas que se cruzan de uno a otra. Un juego galante, pero lleno de fuegos de artificio. Un artificio cierto, sin disimulo a modo. 


(Rupert Evans es Frank Churchill en la versión de la BBC del año 2009)

          Las palabras de él son taxativas: 

“Si descubro que tiene conversación, me alegraré de conocerlo; pero si descubro que no es más que un charlatán no perderé el tiempo ni las palabras con él”. 

        ¡Qué hermosura de frase¡ No perder el tiempo, tan valioso, ni las palabras, tan necesarias. No perder, en realidad, nada de lo que verdaderamente importa. Pero Emma no está para florituras y lo que empieza a ser una discusión medio en broma, termina seriamente, porque jugar con fuego produce esas esquirlas. La opinión del señor Knigthley sobre Frank Churchill, expresada al fin sin ambages, es un prodigio de sensatez y de expresividad: “Si resulta verdad eso que dices, será el tipo más intragable del mundo..Ser el rey de la fiesta a los veintitrés años, el superhombre, el político experimentado que puede leer en la mente de todos y canalizar los talentos de todos los demás hacia el despliegue de su propia superioridad, ir repartiendo por ahí halagos ¡ como si quisiera que todos pareciesen idiotas comparados con él ¡ Mi querida Emma, tu propio sentido común no te dejaría soportar por mucho tiempo a un cachorro así cuando llegase el momento“

        La reacción del hombre a quien Emma tiene por un dechado de virtudes en lo tocante a los aspectos fundamentales de la vida la deja sumida en la extrañeza. Ni ella se da cuenta de que nunca Frank Churchill podrá merecer los elogios del señor Knightley, ni este entenderá el motivo verdadero. Porque, ni en las cabezas más privilegiadas están escritas todas las razones del amor. 


(Ewan McGregor hace el papel de Frank Churchill en la versión cinematográfica de 1996 y a su lado está Polly Walker que interpreta a la bellísima y elegante Jane Fairfax. En esta versión destaca la hermosa música de Rachel Portman)

viernes, 26 de abril de 2019

"Voces humanas" de Penelope Fitzgerald


Me fascina esta escritora. La conocí en 2010 cuando la editorial Impedimenta publicó "La librería". El libro caló en un cierto número de lectores pero su puesta de largo ha tenido lugar cuando Isabel Coixet rueda la película basada en la novela. De ese modo, la editorial sacó otra edición del texto, con un diseño tan bonito como el anterior. Luego he seguido su trayectoria a través del resto de publicaciones en español que ha ido sacando esta misma editorial. Desde ahí, como suele ocurrirme, he saltado a su vida, a ella misma. La peripecia humana me parece muy importante, porque complementa lo que leo, me hace mirar a los autores de una forma diferente.

Puede decirse que Penelope Fitzgerald estaba destinada a desenvolverse en el mundo de la literatura. Su padre, Edmundo Knox, era el editor de "Punch"; es sobrina del teólogo y novelista Ronald Lnox, del criptógrafo Tilly Knox y del estudioso de la Biblia Wilfred Knox. Con semejante parentela no se me ocurre a qué otra cosa debió dedicarse la joven Elisabet. Tuvo una excelente educación en colegios carísimos y trabajó para la BBC durante la Segunda Guerra Mundial. Precisamente esta experiencia está en la base de la novela que estoy comentando, "Voces humanas". La radio en la época de la guerra era el elemento fundamental de cohesión e información de los hogares europeos. La BBC en concreto retransmitía con todo ímpetu los discursos del rey, Jorge VI, el padre de la reina actual, que tenía ese problema de logopedia que todos conocemos por "El discurso del rey", la magnífica película protagonizada por Colin Firth.

A partir de aquí la vida de Penelope Fitzgerald se vuelve muy novelesca. Desde su boda con un soldado irlandés, con el que tuvo tres hijos, hasta su decisión de vivir varios años en una casa flotante sobre el Támesis, que le inspiró otra novela, "A la deriva". Estuvo tan ocupada en vivir que no publicó su primer libro (un ensayo sobre arte) hasta 1975, cuando contaba cincuenta y ocho años (había nacido en 1916). La primera novela, "The Golden Child", aún no traducida, era una historia cómica. En muy pocos años publicó una serie de novelas con fondo autobiográfico que la terminaron colocando en la cima de la literatura inglesa de su época y que constituyen una visión muy exacta de determinados problemas humanos.

Después de esto, la novela con base histórica ocupó su tiempo de escritora y sacó varias de ellas, todas afortunadamente traducidas al español y publicadas por Impedimenta, que es la editorial a la que hay que agradecer su conocimiento entre nosotros. "Inocencia", "El inicio de la primavera", "La puerta de los ángeles" y "La flor azul". En abril del año 2000 murió en Londres, por lo que se cumplen ahora diecinueve años de su muerte.

Lise, Vi, Della, Annie, son las chicas reclutadas para trabajar en la BBC en esos años convulsos de la guerra. Allí tienen que conocer el duro trabajo de directivos y reporteros, mientras viven sus propias experiencias personales de amor, desamor, noviazgos y encuentros. Su presencia humaniza las tensas relaciones entre el personal de la empresa que soporta la presión de un trabajo imprescindible hecho en las peores condiciones. En este sentido la novela es un homenaje a la radio, ese medio de comunicación tan fundamental que no ha conseguido ser desbancado ni por la televisión ni por las redes sociales. Por encima de las chicas están los jefes, el director de Programas Grabados Sam Brooks o el de Planificación de Programas Jeff Haggard. Hay novios en el frente y mezcla de pasión y de entrega en un trabajo duro pero que genera fuerzas internas que lo mantienen a flote. Las bombas suenan en el exterior mientras las noticias siguen saliendo a las ondas, infundiendo valor a la población civil, que necesita tener razones para la esperanza mientras se acurruca en los refugios antiaéreos.


(Penelope Fitzgerald en su juventud, fotografía)

En el estilo de Penelope Fitzgerald se alternan la ternura y lo cómico; el drama y la risa; la apariencia con la verdad; el juego con la tragedia. Sus personajes expresan las contradicciones de la naturaleza humana y tienen un aire épico que los distingue, aun en los peores tiempos. Suelen tener que enfrentarse a males diversos, a obstáculos que los ponen a prueba y, en muchas ocasiones, son vencidos sin remedio. Sin embargo, algo lleva a pensar que, a pesar de todo, mereció la pena conocer sus vidas y sus emociones.

Voces humanas. Penelope Fitzgerald. Traducción de Eduardo Moga. Editorial Impedimenta. Primera edición abril de 2019. Título original: Human voices. Publicación original: 1980. 197 páginas. 

miércoles, 24 de abril de 2019

Venganza con aguja e hilo


La editorial Lumen publicó en 2016 el libro en el que se basa esta película, “The Dressmaker”, “La modista”, escrito por Rosalie Ham. Una historia “femenina” que tiene el atractivo adicional de lo que se podría llamar el efecto “Cámbiame”, es decir, la conversión del aspecto físico de una persona a través de una ropa elegante y glamourosa. Ese cambio actúa de dos formas: una de ellas, sobre el propio sujeto, que se siente seguro de sí mismo y que modifica su manera de acercarse al mundo. La otra forma se refiere al mundo mismo: todos quedan asombrados, en el mejor sentido, al ver cómo un buen outfit es capaz de hacer milagros.

Los libros sobre costura son encantadores. Tienen una clase de magia que es difícilmente imitable. Se trata de historias que dan mucho de sí. He leído recientemente algunas: El tiempo entre costuras, de María Dueñas, con espías incluidos, una sólida aventura, con un trasfondo argumental que es lo que sostienen el libro más allá del estilo, muy mejorable; Flores para la señora Harris, de Paul Gallico, con viaje a París y estancia en Chez Dior, protagonizado por una señora de la limpieza londinense, esas señoras que son toda una institución en el Reino Unido y que poseen una personalidad cuya fuerza es innegable; La modista de Dover Street, de Mary Chamberlain..., se ambienta en una época más antigua y es el menos conocido de todos ellos.

Sobre El tiempo entre costuras se hizo una serie de televisión todavía mejor que el libro, con un gran despliegue artístico y de producción. La mezcla de ambientes exóticos con el Lisboa o el Madrid de los años cuarenta, así como esa doble vertiente de los personajes, entre los inventados y los reales (entre ellos, el Juan Luis Beigbeder, Alto Comisionado para el Protectorado de Marruecos y su amante, Rosalinda Fox), es explosiva y genera un interés añadido. El vestuario y las mañas de la modista son muy atractivos e interesantes a la hora de ser plasmados. Esa escena en la que Sira Quiroga crea un modelo original y único, un "falso Delfos" para Rosalinda, es genial. Lo mismo el cambio físico de la protagonista, al vestirse con ropa bien cortada y diseñada con gusto. 

Hay algo de mágico en el hecho de que alguien posea la habilidad de cambiar la mentalidad, al menos superficialmente, de una comunidad, a través de un elemento material. Los elementos materiales no se quedan ahí, sino que terminan por traspasar el espíritu y el alma de la gente. Por eso esta película me ha recordado a “Chocolat” de Juliete Binoche, esa deliciosa película en la que el chocolate representa el pecado, la perdición, lo prohibido. La afición al dulce y a los placeres de la gastronomía como elemento subversivo contra una sociedad conservadora al máximo que ha arrumbado los sentimientos y que oculta los hechos del pasado. 

Aquí, el argumento que exhibe Tilly, la joven moderna, educada en Europa, que regresa a Dungatar, una pueblo de la Australia más profunda, es la ropa. Su habilidad para diseñar, cortar, coser, fruncir y rematar, es su arma poderosa, la que esgrimirá en ese combate que debe librar con sus vecinos, con su terrible y dudoso pasado y, lo que es mucho peor, con su propia madre, Molly (Judy Davis)

Kate Winslett, cuyo físico se presenta de forma tan desigual en las películas que protagoniza, es aquí Tilly Dunnage, una mujer estilosa, elegante y sofisticada. Todo lo contrario de lo que en este territorio perdido se considera adecuado. Y debe cargar con una leyenda negra que pesa sobre ella desde la infancia y con la animadversión materna, expresada en las frases de su encuentro, qué haces aquí, por qué has vuelto, puedes irte cuando quieras. Esa leyenda negra ha condicionado su vida hasta el momento y se requiere un ejercicio de valentía y de introspección para lograr conocer la verdad y propagarla. La verdad os hará libres. En este caso es así, aunque esa libertad se vea en cierto modo lastrada por la desgracia. 


Hay otra arma no prevista en todo ese recorrido sentimental por su pasado, en esa venganza bien dispuesta a base de hilo y aguja: el amor. En una película de modistas, de vestimentas y looks que cambian al paso de la protagonista, es el amor el aditamento que complementa, mejor que un bolso, unos zapatos o un sombrero, la acción y el argumento. Teddy (Liam Hemsworth) es el hombre que conquistará el corazón de la modista y lo hace a través de una convincente interpretación y una evidente química entre los actores, algo nada fácil cuando se trata de buscar partenaires a la voluble e inteligente Kate. 

Esta especie de comedia-western-disparate cinematográfico tiene el encanto de mostrarnos los años cincuenta con todos sus aditamentos en lo que se refiere al maquillaje (rabillos en los ojos, labios rojos, piel blanca), peinados (melenas onduladas, recogidos bajos) y vestuario (abrigos y vestidos con cinturas estrellas y amplias faldas, sombreros, escotes palabra de honor, pamelas, gabardinas, guantes, bolsos). Una de las estrellas de la película es la máquina de coser, Singer, que usa Tilly para convertir a las poco agraciadas chicas del pueblo en mujeres deseables que triunfan en los bailes comarcales. No es poca cosa haber aprendido en París con la señora Madeleine Vionnet.

El vestuario de la película lo firma una prestigiosa profesional, Marion Boyce, que despliega su arte en ropa disonante con ese aire de poblado del oeste abandonado que tiene el pueblo. Pero es precisamente esa discordancia la que nos encanta. Cómo cambiar el exterior puede llevar consigo el cambio de las emociones…y el resarcimiento de los dolores del pasado. A todo ello contribuye un espacioso reparto, encabezado por Kate Winslet y que cuenta con nombres como Liam Hemsworth, Judy Davis, Hugo Weaving, Sarah Snook, Sacha Horler, Caroline Goodall, James Mackay, Kerry Fox, Alison Whyte, Barry Otto, Julia Blake, Rebecca Gibney, Shane Jacobson, Genevieve Lemon, Shane Black, Shane Bourne, Hayley Magnus. 

“The Dressmaker”, dirigida por Jocelyn Moorhouse, con guión de la propia directora, sobre el libro de Rosalie Ham del mismo nombre. Música de David Hirschfelder, fotografía de Donald McAlpine, Producida por Film Art Media Screen. Ambientada en Australia, años cincuenta del siglo XX. 118 minutos.


martes, 23 de abril de 2019

El librerito blanco


(Los libros son objetos preciosos. Este de Penelope Fitzgerald que acaba de publicar Impedimenta tiene su sobrecubierta, su pequeño dossier y su marcapáginas. Una joya)

Hay un momento en la que vida que marca el antes y el después de la existencia. El día en que aprendes a leer. El instante en que las palabras dejan de ser signos, en que las letras se unen para formarlas y en que la frase adquiere su sentido. Entonces cambiamos. Nunca más seremos la persona que antes fuimos. Nunca más estaremos perdidos lejos del lenguaje. Cuando los adultos aprenden a leer sienten que han adquirido algo largamente deseado y que les ha escatimado la vida. Cuando los niños pequeños se inician en la lectura, comienzan a caminar por una senda difícil de igualar. Es otro mundo, son otros mundos. 
No recuerdo con exactitud el momento en que aprendí a leer, pero sé que fue muy precozmente y que, desde entonces, toda la vida ha girado en torno a la palabra. Cuando te dicen que la lectura es para ti un vicio, cuando tienes que hacer esfuerzos ímprobos para dejar de leer un libro porque hay otras obligaciones, entonces te has contagiado de una enfermedad que nunca superarás. Te conviertes en una lectora. 

Mucha gente se pregunta cómo se consigue eso. Lo que yo he vivido tiene mucho que ver con el ejemplo. En una casa donde hay libros y donde los libros requieren su cuidado y su atención como si fueran seres vivos, es difícil que todos los niños no salgan lectores. La lectura se contagia, esta es otra característica. Y aumenta con el ejemplo. Comentar libros es una de las cosas más bonitas que existen, aunque no siempre está a nuestro alcance. Coincidir con un lector que transita el mismo medio que tú es una revelación, un enorme tesoro. Como tesoros son los libros de la infancia, los que cada uno de nosotros tenía acomodados en su librerito particular. De esa forma se llamaba, en mi casa, al mueble que contenía los libros de lectura de los niños, "el librerito blanco". En él había un poco de todo: tebeos de chicos y de amores, novelas románticas, relatos policíacos, clásicos, libros que había que leer en el instituto, libros que se ponían de moda, poesías completas, antologías...Cada uno tenía sus preferencias y sus libros propios, que llevaban en la primera página el nombre y la fecha. Que llevan todavía, porque los libros siguen con nosotros, en la primera página el nombre de su propietario y la fecha. A veces, también, algunos detalles de color local: "Regalo de Joselu" por ejemplo. 

Por allí andaba Mark Twain, uno de nuestros clásicos, con la Tía Polly y sus gafas sobre la nariz. Estaba El Principito, que se regalaba a todos los niños en la Primera Comunión. Estaban Alicia y Pinocho. Estaban Los 5 y Los 7 secretos. Estaban La Celestina, El Quijote, El Buscón y La vida es sueño. Estaban los Diálogos de Platón. Mujeres enamoradas y El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence. Platero y yo, por supuesto. Todas las novelas de Agatha Christie, de la primera a la última. Estaba John Grisham, que le gustaba a ella. Estaba Boris Vian y "La espuma de los días". Estaban los poetas, Miguel Hernández, Machado, Altolaguirre, Cernuda. Estaban Lope de Vega y El Arcipreste de Hita. Luego llegaron Cien años de soledad y El túnel. Todas las Mafaldas. Tebeos, muchos tebeos. En otros momentos aparecieron todas las aventuras de Tintín, Érase una vez el hombre y Astérix el galo. 

Después, cada uno siguió su camino y en ese camino está también su itinerario lector, los libros que cada uno eligió en esa acción tan personal de decidir qué quieres leer y cuándo hacerlo. Un camino en el que lectura y escritura se dan la mano. Llevar un diario, escribir historias, dibujar cómics, inventarse pequeñas obras de teatro, comentar películas. La escritura no siempre es la consecuencia lógica de la lectura, pero, en muchas ocasiones, surge así. Cuando la siguiente generación lee lo mismo que tú leíste entonces el milagro se agranda. Ese es el momento en que sientes que has crecido del todo y que tus hijos también lo han hecho y que tus padres, tus hermanos y tus hijos forman una unidad en el empeño común de bucear en las palabras. De modo que nunca termina esa gigantesca rueda de unos libros con otros. 
Surge de esta forma un código de entendimiento basado en lo que has leído. Personajes que cobran vida, frases que aprendes de memoria, poesía que recitas, canciones convertidas en poesía, ideas que has visto reflejadas en tus lecturas, autores de cabecera, discusiones acerca del sentido de un libro, relecturas. Las relecturas son momentos dichosos en los que reconoces algo que parecía perdido pero que, en realidad, estaba ahí, esperando a que volvieras, porque esa vuelta es inevitable. El teatro es la manera de vivirlo sin cortapisas. Una cortina floreada es el telón. Un patio con macetas, el escenario. Unos vecinos sentados en el suelo, el público. Pocas cosas más nítidas en la memoria que esas tardes del verano en las que la poesía se abría paso a través del viento de levante. 

Los libros forman el paisaje de la niñez y de la adolescencia de igual forma que las películas o la música, de igual forma que los amigos, las calles y plazas, los edificios, los momentos. Permanecen inmutables pero nunca son los mismos y eso es porque eres tú la que cambias, la que te conviertes en otra persona y la que te sorprendes a ti misma cuando vuelves a pronunciar palabras que te suenan desde dentro, como una música que nunca se agota. Eso es, en realidad, la lectura, una banda sonora que no termina, una melodía repetida, íntima y propia, que cada cual ha ido enhebrando en su vida de una forma distinta. 

En toda esta trayectoria que recorres quizá inconscientemente hay hitos que nunca se separan de ti, escritores que llevan consigo una clase de impronta única y que se identifican contigo para siempre. En mi caso, desde esa Agatha Christie que era capaz de aliviar todos los malos momentos; desde ese D. H. Lawrence que me mostró una forma de sentir diferente; desde el teatro, con Shakespeare a la cabeza, el hito más relevante es, sin duda, el descubrimiento de Jane Austen. No de ese modo superficial en el que muchos la leen, sino como si hubiera un espejo que me devolviera su intención de una manera nítida. Así, desde ella, ha sido muy fácil llegar a una enorme cantidad de escritores que, sin conocerla, no tendrían apenas sentido. Desde la poesía de Miguel Hernández, que marcaría toda mi adolescencia, no había conocido otra influencia más poderosa a la hora de configurar mi senda literaria. Sin pretensiones pero con la convicción de que he hallado una luz inextinguible. Eso es también leer, iluminarse. 


lunes, 22 de abril de 2019

"El informe de Brodeck" de Philippe Claudel

Alguien me recomendó que leyera este libro inquietante. Antes de eso no conocía a Philippe Claudel. Mi confianza estuvo puesta en quien hacía la recomendación, no en el autor, ni siquiera en el tema del libro, que conocí de pasada. Sin embargo, hay reticencias que terminan venciéndose y por eso reseño este libro, porque hay historias que tenemos que leer y sobre las que tenemos que reflexionar. 

La dicotomía "los de aquí", "los de fuera", es persistente en la historia de la humanidad. Una línea roja separa en algunos lugares esos dos grupos de personas. Procedo de una tierra en la que esa división no existe y por eso me resulta más extraña, por eso me cuesta entenderla. Hay momentos históricos, además, que son especialmente sensibles, momentos delicados en los que a la convulsión sucede una calma tensa.

Ambas cuestiones, la desconfianza ante el extranjero y el tiempo peligroso, se aúnan en esta novela que tiene un trasfondo histórico y que termina siendo, de algún modo, tanto un thriller como una reflexión filosófica. 

En un lugar no identificado, probablemente en la frontera de Alemania con Austria, hay un pueblo en el que todos desconfían los unos de los otros. Los estragos de la guerra y la crueldad de la postguerra, han hecho mella en sus corazones y la vida transcurre llena de sobresaltos, con traiciones, mentiras y sufrimientos por doquier. A ese pueblo llega un extranjero, un extraño, el otro, alguien que no pertenece al lugar y que no está al tanto de los manejos internos ni externos de la vida allí. Es un observador, una mirada desde fuera, que se mueve de un lado a otro plasmando en sus dibujos lo que ve.

Una vez que termina esa colección de dibujos decide darlos a conocer al pueblo y por eso organiza una especie de encuentro al que asisten casi todos. La maldad, el miedo, la cobardía, la angustia, la mentira, la manipulación, todos los malos sentimientos, afloran en sus pinturas y, al verse descubiertos, los hombres del pueblo lo asesinan. Todos son culpables menos Brodeck, el único letrado, el único que sabe expresarse por escrito y, por tanto, la persona a la que el alcalde encarga que cuente, en un informe, lo ocurrido. Esta es la síntesis del libro. Lo demás ha de descubrirlo el lector, de igual modo que Brodeck, al escribir, va mostrando lo que ve, lo que siente y lo que ha pasado con anterioridad en una especie de fábula moral sobre la maldad humana y también sobre el poder del perdón y la redención. Una de las últimas frases actúa a modo de resumen: "Camino sin cansarme. Soy feliz. Sí, soy feliz"

El informe de Brodeck. Philippe Claudel. Ediciones Salamandra, colección Narrativa. Título original: Le rapport de Brodeck. Traducción de José Antonio Soriana Marco. Edición original por Stocks en 2007. Edición en español por Salamandra en 2008.

domingo, 21 de abril de 2019

"La nueva Magdalena" de Wilkie Collins



Esta novela, escrita en plena época victoriana, es un verdadero thriller. El tema que trata no es novedoso y se repetirá luego en muchos contextos literarios: la suplantación. Pero las trazas de escritor de Collins y, sobre todo, el ambiente en el que se inserta le confieren un interés máximo. Para muchos, Wilkie Collins es el verdadero creador de la novela policíaca y eso lo demuestra el gran número de historias que escribió, largas y cortas, algunas en coautoría, todas publicadas por entregas como era habitual en la época. Había nacido en Londres en 1824 y murió en 1889. Su dedicación a la literatura, salvo un primer tiempo de comerciante, fue máxima y gracias a ella conoció a Charles Dickens, de quien fue amigo íntimo hasta la muerte de este. Incluso escribieron obras juntos y se ayudaron mutuamente a la hora de publicar. Collins era un tipo estrafalario en muchos aspectos, adicto al opio debido a una enfermedad reumática que le ocasionaba enormes dolores y con una vida personal complicada, con dos mujeres y tres hijos. 

Las novelas policíacas de Collins tienen todas un trasfondo de crítica social. Sus personajes desarraigados encuentran una disculpa para sus malas acciones precisamente en su situación desfavorecida. En su forma de narrar hay claridad sin límites, un relato bien organizado y una estructura sencilla que hace al lector entender la trama por muy compleja que esta se presente. La protagonista es Mercy Merrick, una pobre muchacha, sin familia y sin fortuna, que, en el marco histórico de la guerra franco-prusiana, coincide con una chica huérfana de un coronel británico. Ella es Grace Roseberry, destinada a ser dama de compañía de una pariente noble a quien ella no conoce, Lady Janet Roy. La muerte accidental de Grace en un bombardeo será una ocasión de oro para dar lugar a la suplantación. Las dudas morales acecharán a Mercy quien, no obstante, procederá a convertirse en Grace, aprovechando así una oportunidad que la vida le presenta. Los remordimientos estarán presentes en ella y las dudas en un pariente de Lady Janet, el reverendo Julian Gray. Dudas, remordimientos, suplantación, aprovechamiento, muerte o vida. Todo ello se alía íntimamente para producir un relato lleno de misterio, pero con su carga social implícita. No se trata del crimen por el crimen.

El autor sitúa las escenas, a modo de trama teatral, en el contexto físico en el que ocurren y así transcurre luego la narración, concisa, concreta y llena de detalles, aunque ninguno de ellos es farragoso o inútil. Las novelas policíacas encontraron su caldo de cultivo idóneo en la publicación por entregas, que los públicos adoraban porque los mantenían en vilo, y también en el tiempo victoriano, plagado de secretos, de oscuridades, de ocultamiento de los sentimientos, de personalidades extrañas. Es el momento en el que pueden eclosionar porque la sociedad estaba preparado para ello y porque constituían un entretenimiento en un ambiente cerrado y poco proclive a la diversión, impregnado de la sobriedad que la reina Victoria impuso a la vida de sus súbditos y al país entero, sobre todo a partir de su viudedad del príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo, que fue su marido durante veintiún años y el padre de sus nueve hijos.

La nueva Magdalena. Wilkie Collins. Editorial Funambulista. Colección Grandes Clásicos. Publicación original en el año 1872. Editada en septiembre de 2018 en el volumen que comentamos que ha sido traducido por J. M. Lacruz y A. Del Moral. 

sábado, 20 de abril de 2019

El pretendiente


Esa mirada melancólica, esos ojos grandes y tristes, esa sonrisa desvaída, esa timidez que se resuelve en silencio, esos movimientos gráciles como si pisaras un salón de baile, esas manos tibias que apenas se cambian de postura…Morris Towsend o Montgomery Clift o quizá Monty, el chico de Omaha que quería comerse el mundo.

En Nueva York hace mucho frío. Sus calles se congelan en el invierno. Los carruajes cruzan los parques y se detienen sigilosos ante las puertas de las casas importantes para dejar a sus pasajeros, envueltos en capas oscuras o en pieles caras. No eres nadie si no vas en uno de esos carruajes, si no tienes cochero, si no te invita una de esas familias a una velada con música. El mundo de las familias ricas de Nueva York es el del teatro, el salón de baile y la tertulia animada. Pero fuera hay otro mundo, un mundo al que nadie como tú quiere pertenecer. El de los marginados, el de los outsider, el mundo que no existe a menos que te fijes detalladamente. 


En ese primer mundo está Catherine Sloper. Tiene treinta y tres años y sigue soltera. No es muy agraciada, lo sabes, pero parece deseosa de amar, de conocer qué se siente cuando un hombre te toma de la mano o te besa. A Catherine Sloper nunca la han besado. Estás seguro de ello. En realidad, todos conocen su timidez, su inocencia y también su fortuna. Catherine Sloper pertenece al reino de los elegidos, es una rica heredera. Pero nada en su porte parece indicarlo. Más bien da la impresión de que está asustada, de que está perdida, de que está sola. Te has apiadado de ella. Y de ti. Sientes pena de ti mismo. 

Has visto claramente que el señor Sloper no se fía de ti. No cree en tus palabras de amor, ni en tu rendición incondicional. Le molesta pensar que alguien como tú, con esa belleza íntima y extraña, haya podido entrar en la vida de Catherine, transformándola como una ola que llegara a una playa virgen para cambiar el curso de las cosas. El señor Sloper dice que quiere a su hija, pero es un amor que mata, la clase de amor que nadie quiere sentir, del que nadie quiere ser objeto. Eres su enemigo. El señor Sloper te considera un peligro y tú estás indefenso ante él, aunque ahora no lo sepas. 

Los ojos de Catherine se han iluminado. Una nueva belleza los inunda. Los ojos de las mujeres brillan a fuerza de amor, es el amor el que distingue un antes y un después en esos ojos, antes oscuros y fijos, ahora abiertos a la vida, llenos de una esperanza que no existía y que será efímera, que durará lo que el olor del deseo. La primavera entrará en su jardín. Ha amanecido. La sonrisa de Catherine se acompasa al fulgor de sus ojos. Cuando te ve, irremediablemente, la expresión de Catherine se llena de un ardor especial, el ardor de la sangre que nubla la mente y penetra en las entrañas. Es el amor que llama, el amor ante el que no hay respuestas salvo la entrega. 


Es de noche cerrada. Hace frío. Hiela. El silencio cubre la recoleta plaza en la que se sitúa la casa del doctor Sloper. Una mansión oscura, llena de secretos, una casa hecha para la infelicidad, en la que no hubo risas de niños, ni abrazos, ni beso alguno. Es muy tarde y todo parece preparado para la huída, para la salvación. Se ha abierto una puerta, la puerta que conduce a la felicidad, a ese momento único en el que los cuerpos entienden que se necesitan, que se desean. Estamos a la espera. El milagro tiene que ocurrir. Pero pasan los minutos y las horas. Pasa el tiempo. La noche arrecia y el frío se convierte en lágrimas heladas. El hielo traspasa el cuerpo y llega hasta el corazón. Tus ojos verdes, del color de la oliva ya madura, se convierten en espejos que transitan en el desconcierto más grande. Tus manos golpean la puerta cerrada, el enorme portón de madera que se niega a abrirse. Gritas, lloras, imploras, llamas…No hay caso. Nadie te oye. O, si te oye, nadie te escucha. Vete. 

Catherine tiene los ojos fijos en un punto inexistente del espacio. Es un punto vacío, blanco, liso, inerme. Han desaparecido de sus ojos los días del esplendor, la llama del deseo se ha trucado en un hueco sin forma. No siente nada. No nota el frío del recibidor oscuro. No nota que se ha apagado hace rato la llama de la chimenea. No siente que sus sienes están a punto de estallarle. No percibe tu voz a lo lejos, llamándola por su nombre. Catherine ya no está aquí. Se ha marchado a un lugar inasequible, en el que todo su cuerpo existirá sin que ella misma lo sepa. 



Sinopsis:

Catherine Sloper es una rica heredera que, en el Nueva York de 1949, ha perdido la esperanza, si es que la tuvo, de encontrar un marido. Como todas las ricas herederas poco agraciadas tiene que soportar el desprecio de su padre y la indiferencia de los hombres apuestos. Hasta que llega a su vida Morris Towsend, un atractivo joven de la que se enamora más allá de la razón, que la conducirá a un viaje interior que cambiará su vida para siempre. 

Algunos detalles de interés:

La transformación psicológica de Catherine es el elemento más motivador de la película. Desde los primeros planos, en los que aparece como una persona indecisa y sin personalidad que ni siquiera sabe sacar el mínimo partido a su físico, va cambiando hasta tomar las riendas de su vida sin importarle nada más que lo que ella misma considera que debe hacer. Este cambio pasa por perder la inocencia y por ser consciente del desprecio absoluto al que la ha sometido siempre su padre así como del interés económico que mueve a su pretendiente. 

William Wyler, el gran maestro del melodrama, filmó esta película en 1949, de título original “The Heiress”, partiendo del guión realizado por Ruth y August Goetz quienes, a su vez, se inspiraron en la novela de Henry James “Washintong Square” convertida antes en obra teatral. 

El Nueva York de Henry James, el mismo que plasmara en “La edad de la inocencia” la escritora Edith Wharton, se aparece ante nosotros como una ciudad presidida por el clasismo social, las convenciones y el interés de unos y otros. Una pléyade de arribistas luchan de todas las formas posibles por pasar a formar parte del stablishment, que se muestra cerrado y reticente. 

La fotografía realizada por Leo Tover, en blanco y negro, abunda en magníficos primeros planos de los protagonistas. La esplendorosa fotogenia de Montgomery Clift es un potente reclamo ante los ojos de Catherine y ante los espectadores. En realidad, él solamente posee eso, su belleza, y es eso lo que puede ofrecer en ese mercado sentimental en el que se desenvuelve. 


Olivia de Havilland (Tokio, 1916) realiza aquí una de sus grandes interpretaciones. La inolvidable Melanie de “Lo que el viento se llevó” pone su rostro sencillo y sus cualidades actorales al servicio de la composición de este papel de solterona sin habilidades sociales por el que consiguió un Óscar, un Globo de Oro y el premio del Círculo de Críticos de Nueva York. Perteneciente a una longeva familia dentro de la cual está también la actriz Joan Fontaine (1917-2013), con la que tuvo relaciones tormentosas, Olivia de Havilland continúa entre nosotros como el único superviviente de la película que la llevó a la fama. 

La fastuosa música de Aaron Copland es un complemento perfecto a este melodrama que trata temas cenitales, como el amor idealizado, la diferencia de clases, el honor, la desconfianza, la traición.

Ralph Richardson es el padre de Catherine. Su interpretación muestra a un personaje ambivalente que quiere a su hija de una forma posesiva, pero que, a la vez, la desprecia por no considerarla suficientemente bella y, quizá, por sentir que su nacimiento lo privó de su esposa. La sobreprotección paterna se presenta aquí en uno de esos raros casos de traslación al mundo del cine. 

El destino de ambos protagonistas en la vida real no pudo ser más dispar. Después del accidente que le desfiguró el rostro, Monty Clift, que había nacido en 1922, murió a los cuarenta y seis años, tras una espiral de drogas y alcohol que fue definida como “el más lento suicidio del mundo del cine”. Su carrera cinematográfica es desigual como su temperamento, pero tiene títulos maravillosos. Su presencia en la pantalla te hacía desear protegerlo y eso mismo le ocurría en la vida real, pues nunca dejó de ser el chico desvalido a quien su madre explicaba tozudamente que procedía de familias que fundaron el país. Por su parte, como hemos comentado, Olivia de Havilland continuó su carrera en el teatro y, sobre todo, en la televisión, se casó dos veces y sigue felizmente entre nosotros. 

"Una vez caminé sobre la suave hierba" de Carolina Schutti

Hay recuerdos que se quedan enganchados y que no hay forma de dejar atrás. No sé por qué ocurre. Por qué unas cosas permanecen contigo a perpetuidad y otras muchas se olvidan. Algo debe haber en nuestra cabeza para quedarnos con esa selección de momentos y de imágenes, de palabras tal vez. Recuerdo, porque hay una foto, que una tarde de invierno mi madre y otra de mis hermanas paseamos por el parque y subimos las tres, al mismo paso, una escalera central que está al lado del estanque. No sé quién nos llevó hasta allí, ni por qué lo hicimos. Tampoco tengo idea de dónde se habían quedado los otros niños, los hermanos más pequeños. En la foto solo estamos las tres, mi madre en el centro, con una falda gruesa y una chaqueta y nosotras dos, las hijas mayores, con un vestido de cuadros, calcetines cortos y un abrigo que quizá tuviera tonos beiges. 

Maja, la protagonista de esta historia, ha guardado en su memoria unos instantes en los que anduvo descalza por la hierba con su madre al lado. Las dos tenían los pies descalzos y las dos sentían el olor de la hierba y la cosquillas que les producía en los pies. Cuando la madre se muere ese recuerdo quedará en la retina de Maja y se convertirá en una sensación recurrente. Su madre existió y ambas compartieron ese tiempo de paseos sobre la hierba descalzas. La historia de Maja es la de una sucesión de pérdidas que se van encadenando y que generan otras historias a su vez. La muerte de la madre obliga a la niña a irse a vivir con una tía, porque su padre se va a desentender de ella. La tía vive en otro país. Pierde a su madre, pierde su país, pierde su idioma. Esa sucesión será el elemento esencial para que ella vea la realidad como si fuera una serie de instantes entrelazados que pueden desatarse en cualquier momento. Nada está escrito tal y como es sino como parece en un determinado momento y circunstancia. La única persona que parece atada a la vida cotidiana y que tiene trazas de ser de fiar es el viejo Marek, a pesar de que un viejo no es un compañero de juegos adecuado para una niña. 

Ese desarrollo vital producirá unas vivencias que, al mismo tiempo, convertirán la vida de Maja en algo que no sabemos si se habría dado en otras circunstancias, con otras personas, en su país de origen. Los años pasan y va aprendiendo cosas pero, sobre todo, va asiendo los recuerdos iniciales para que no terminen por desaparecer en la vorágine del tiempo nuevo. Esta es una novela de aprendizaje, por tanto, de iniciación si se quiere, pero, sobre todo, de recuperación y de conservación de lo que somos antes de que nadie logre cambiarnos, antes incluso de que nosotros mismos nos convirtamos en lo que no queremos ser. 

El comienzo del libro, esa referencia a las matrioskas, esas muñecas que se van encajando una dentro de otra hasta llegar a la más pequeña (esa que Maja quiere averiguar si puede convertirse en otra más pequeña aún) también me ha traído la memoria de mi madre, que tenía una de esas muñecas formando parte del paisaje de sus objetos queridos. Mis propias matrioskas están junto a una pila de libros que hablan de historias de mujeres emocionantemente divertidas, extrañas y curiosas, así que leer este libro no ha sido ninguna tontería. 

Carolina Schutti usa un lenguaje poético, con un ritmo interior muy determinado, con un andar muy suave por las palabras, de la misma forma que era la hierba que pisaba. Se nota mucho ese cuidado por los detalles, la manera delicada en la que narra lo insignificante y lo profundo y cierto juego de artificio que enreda las sensaciones reales con las observaciones interiores, con los pensamientos, para que todo parezca más cercano y tengamos presente, casi a través de los sentidos, lo que quiere contarnos. 

Una vez caminé sobre la suave hierba, Carolina Schutti, editorial Errata Naturae, abril de 2019 edición en español. Reseña de la autora en la página web de la editorial: Carolina Schutti (Innsbruck, 1976) estudió Filología Alemana e Inglesa. Tras varios años como profesora en la Universidad de Florencia, consiguió un puesto de asistente de investigación en la Literaturhaus am Inn, que dejó para dedicarse de lleno a la escritura. Publicó su primera novela, Wer getragen wird, braucht keine Schuhe, en 2010, un brillante debut que llamó la atención de la crítica austriaca. Una vez caminé sobre la suave hierba le valió el European Union Prize for Literature.

viernes, 19 de abril de 2019

Elegancia rosa


Desde que a principios del siglo XIX los Hermanos Grimm escribieran, a partir de la tradición oral, el cuento de hadas La Cenicienta, este se ha convertido en el espejo en el que se han mirado incontables obras artísticas. La historia de la muchacha que pasa de ser fregona a princesa es tan atractiva que sigue funcionando.  Eso es Sabrina, la película que en 1954 dirigió Billy Wilder, ese genio cuyo palmarés exhibe algunas de las mejores muestras de toda la historia del cine. 

Sabrina es una película, elegante, clásica y llena de encanto. Es el canon de la comedia romántica. Y ello por varios motivos: la selección de actores, perfecta, con una Audrey Hepburn deliciosa y pizpireta y la lucha (bastante más real de lo que parecía) entre William Holden y Humphrey Bogart, ambos tan distintos y tan fascinantes. Luego están los diálogos, llenos de brillantez, de chispa. Y la realización, sencilla, poética, eficaz, con una iluminación que pone en valor los gestos y las emociones. Y, en el trasfondo, la crítica social a través de la ironía, del humor, finísimo pero afilado, poniendo en cuestión convenciones, costumbres, clases sociales. 

La historia es muy sencilla: una chica que es amada por dos hermanos. La chica es pobre, los hermanos son ricos y poderosos. El relato partía del original de Samuel Taylor, Sabrina Fair, de 1953. Con esto enhebraron el guión el propio Billy Wilder y Ernest Lehman. El rodaje se localizó en Long Island y en los estudios Paramount, que producía la película. La música, un prodigio de sensibilidad, se encargó a Friedrich Hollaender, que introdujo, además, algunas canciones conocidas, destacando La vie en rose, que aparece como leit motiv de la transformación de la muchacha. La fotografía, estilizada y limpia es de Charles Lang.


La chica es Sabrina Fairchild y es la hija del chófer de la familia Larrabee. Los hermanos Larrabee, David y Linus, son muy distintos, pero ambos pertenecen a la clase alta y, cada cual a su manera, son elitistas y poco empáticos con la gente inferior. Sabrina bebe los vientos por David, el mujeriego que lleva varios matrimonios a sus espaldas. El otro hermano, Linus, es el trabajador incansable que ha sacrificado su vida por la empresa familiar. La parábola del hijo pródigo otra vez. 

El desdén de David pone a Sabrina en una situación complicada y su marcha a París, a estudiar cocina, parece ser el mejor remedio. Aquí reaparece otra vez el cuento y al igual que en La Cenicienta, Sabrina sufre la esplendorosa transformación de crisálida a bella mariposa. La gracia, el estilo, el charme, son su santo y seña. Lo eran también de la actriz que le da vida, Audrey Hepburn, a la sazón con solo 22 años. Mucho de ese cambio tiene que ver con el magnífico vestuario que Edith Head había imaginado y estaba en las manos de Hubert de Givenchy. Aunque le costó aceptar que iba a vestir a esta jovencita recién llegada y no a su admirada Katherine Hepburn, desde ese momento ambos, el modista y la actriz, mantuvieron una relación que duró años y que para siempre unió las imágenes de ambos. 

Wilder pone el acento en el papel de Bogart (que lo aceptó con renuencia para ver si así mejoraba su imagen de tipo duro) mostrando cómo una persona tan recta es capaz de seducir a una jovencita con el objetivo de favorecer los negocios familiares. El inevitable enamoramiento de Linus, su renuncia a una felicidad que solo podía obtener ya al lado de la chica y el final feliz, tras una especie de arrepentimiento del hermano disoluto, son elementos tan de cuento de hadas que, como ocurre con los cuentos, esperamos que sucedan para que la historia no nos decepcione. Queremos que termine así porque queremos soñar con que determinadas ilusiones son posibles. No en vano el cine es la fábrica que mejor elabora esos sueños. 


Sinopsis: 
Sabrina es una jovencita, huérfana de madre, cuyo padre trabaja como chófer de la poderosa familia Larrabee. A pesar de que es inalcanzable y de que se trata de un inveterado mujeriego ella está enamorada del hijo menor de la familia, que flirtea con ella sin darle mayor importancia.  Tras algunas peripecias su padre decide enviarla a París a estudiar cocina. allí se transforma en una mujer sofisticada y atractiva, tanto es así que David comienza a hacerle caso de verdad. Sin embargo, Linus, el hermano mayor, intervendrá para evitar que la familia sufra pérdidas económicas en un importante negocio relacionado con la boda de su hermano. 

Algunos detalles de interés:
La película tiene un remake del año 1995 dirigido por Sydney Pollack y titulado Sabrina (y sus amores). El resultado es una comedia correcta, interpretada en sus tres papeles principales, por Julia Ormond, Harrison Ford y Greg Kinnear. 

La relación entre Bogart y el resto del equipo de la película parece que no fue nada buena, con desencuentros constantes y enfados del actor porque el guión se iba escribiendo conforme la película avanzaba. 

Hay versiones diferentes acerca de la apreciación que Bogart tenía del talento de Audrey Hepburn, que van desde los que afirman que no la consideraba buena actriz hasta los que manifiestan que hubo respeto mutuo. 

La música, de Frederick Hollander, aporta una partitura de composiciones originales, ligeras y románticas, y de adaptaciones y arreglos. Añade 4 canciones: las dos que canta Hepburn ("La vie en rose" y "Yes! We Have No Bananas") y los temas "Love" y "Isn't In Romantic"

Inevitable relacionar la ingenuidad pícara de la que dota Wilder a la protagonista con otras chicas de algunas de sus películas, Irma la dulce, por ejemplo o la Kim Novak de Bésame tonto, a pesar de su experiencia con los hombres en ambos casos. 

¿Habría compuesto Cary Grant, primer candidato al papel, un mejor Linus Larrabee que Bogart? Eso es algo que nunca sabremos. Pero no imagino a Grant trabajando tanto y tan duro.