sábado, 9 de noviembre de 2019

"Mirarse de frente" de Vivian Gornick

Este es el tercer libro que leo de Vivian Gornick, los tres editados por Sexto Piso. El primero fue "Apegos feroces", el segundo "La mujer singular y la ciudad". Ambos están reseñados en este blog.

En ellos, en esa mezcla de autoficción y de reflexión sobre la vida y las relaciones humanas, pueden encontrarse claves que todos hemos manejado alguna vez. No importa que seas de Santander o de Wisconsin. La naturaleza humana, lo dijo la gran Miss Marple, es la misma en todas partes. Las miserias y las grandezas, la envidia y el perdón, el amor y el odio, todo se convierte en un gran espectáculo de emociones y sentimientos que terminan por ser el motor de la existencia entera. Lo demostró Shakespeare en ese caleidoscopio magistral que forman sus propias obras.

En "Mirarse de frente", Vivian Gornick continúa ese ejercicio narrativo que consiste en desmenuzar para nosotros algunos episodios de su vida y hacerlo sin mezquindad y sin excusas. No es nada fácil de antemano. Tampoco lo es que esas narraciones, aparentemente inocuas, nos lleguen a interesar. Porque no se trata del detalle nimio elevado a la enésima potencia, sino del descubrimiento poderoso que nos deja atónitas y, a la vez, nos inocula el germen de la duda, ese factor X que lo explica casi todo. Vivir es muy difícil y mucho más razonar por qué esa vida no es un cajón vacío. Por eso la historia que narra Gornick tiene que ver con una suerte de explicación razonable que rellene ese aparente vacío o esa aparente incongruencia vital.

La primera revelación, su descubrimiento del feminismo de la segunda ola, allá por los setenta, es el comienzo del libro, su afirmación fundacional. Estaba buscando algo, algo que pusiera en orden sus ideas y que diera sentido a su forma de actuar, más allá del cumplimiento de las obligaciones, y lo halló en las ideas que sustentaban algunas personas a las que conoció y que le influyeron. En ese "feminismo de los primeros tiempos" (nada que ver con la furiosa conversión a la secta que hoy se pregona a modo de dictado obligatorio), estaban Ti-Grace Atkinson, Kate Millet, Shulamit Firestone, Phylliis Chester, Ellen Willis y Alix Kates Shulman. Esta era la cuestión central: "La idea de que los hombres, por naturaleza, se toman en serio sus cerebros, mientras que las mujeres, por naturaleza, no, es una creencia, no una realidad..."

Ese descubrimiento acompañado le supuso "un momento de alegría" y llevaba aparejadas satisfacciones varias. "Ningún te quiero del mundo le llegaba a la altura". La oposición "amor" versus "ideología" aparece ya aquí reflejada. "La emoción de la realidad feminista me hizo renunciar de buen grado al sentimentalismo". Este es el punto de vista que preside, desde los años setenta, su forma de mirar al mundo. Y no debe olvidarse porque, de lo contrario, hay muchas cosas de ella que no lograríamos entender. Es una beligerancia interna más que un enfrentamiento con los extraños. Cuando ese punto de vista se interioriza ella es capaz de comprenderse y de dar una explicación convincente a sus zozobras. Un autodescubrimiento en toda regla.

Pero este libro es, también, literatura. Por eso hay que fijarse en la narración de sus experiencias, primero como camarera inocente en trabajos de verano en los que era solamente un número, después como profesora en universidades que recorrió a la par que conocía ese extraño y autárquico mundo del profesorado. Las historias de este último tramo son, al mismo tiempo, irónicas y trágicas. Hay un fondo de desconcierto y una superficie de crítica despiadada. Esa doble vertiente está siempre en la obra de Gornick, que dice cosas que quizá pensamos pero que no seríamos capaces de escribir.

Hay un aspecto de la obra que me parece singular e interesante. Es lo que se refiere a la amistad. Si en sus libros anteriores la relación con la madre era un motivo central de reflexión, aquí la amistad ocupa un sitio privilegiado. La amistad entendida como lugar de complicidad y también como antesala de cierta intimidad que, en ocasiones, nunca llega. Una amistad en sí misma y una amistad en continua desazón, a modo de búsqueda. La amistad del teléfono, del encuentro y de las cartas. Las cartas y su valor son ponderadas en algún momento del libro, reconociéndoles la importancia que tienen para sazonar la amistad. Pareciera que el texto escrito es capaz de desvelar interiores que la presencialidad no puede soportar sin resquebrajarse. La amistad para Gornick es un objeto precioso, duro y delicado, por lo que hay circunstancias y actitudes que pueden destruirla y otras que la solidifican, perdiendo ese carácter gaseoso de lo efímero. La amistad entre mujeres, aquí muy glosada, es uno de esos milagros que todas entendemos y que cultivamos con una especie de esmero particular. Cuando posees el secreto de su supervivencia has adquirido una enseñanza para toda la vida.

A veces el estilo de Gornick es algo caótico, descuidado incluso, poco limpio y con altibajos. Pero estas cuestionen se mantienen ocultas detrás de su autenticidad y de la voluntad de verdad con la que escribe. "De pronto las palabras murieron en mí. El pensamiento familiar se negaba a completarse. Comprendí que estaba hablando de mí misma. Siempre había estado hablando de mí misma" Cualquiera puede sentir que, en algún momento de su propia existencia, estas palabras le pertenecen. El memorialismo tiene en Vivian Gornick una ocasión perfecta para dejar de ser una loa personal o una justificación de vidas difíciles. Más bien en su caso se trata de un ajuste de cuentas con ella misma y a nadie más hace responsable de sus aciertos y sus fracasos.

Mirarse de frente. Vivian Gornick. Traducción de Julia Osuna Aguilar. Editorial Sexto Piso. División Narrativa. Primera edición 2019. 

Reseña de la autora: Nacida en 1935 en Nueva York ha publicado una gran cantidad de ensayos, críticas y memorias. Apegos feroces mereció el premio como Mejor libro del año en 2017, por el Gremio de Libreros de Madrid. La mujer singular y la ciudad, que es el segundo volumen de sus memorias, fue finalista del National Book Critics Circle Award. 

Reseña de la traductora: Julia Osuna Aguilar, es de Granada y nació en 1981. Traduce inglés, francés y griego. Ha traducido a Boyle, Boris Vian, D.H.Lawrence, Scott Fitzgerald, Le Clézio, entre otros. 

domingo, 3 de noviembre de 2019

"Las lealtades" de Delphine De Vigan


Los libros con niño dentro son difíciles. Como decía mi amigo, el escritor y cantaor Luis Caballero, "el flamenco no es cosa de niños". Y los niños literarios en novelas de adultos tienen algo que desgarra, algo de lo que conviene huir. Delphine De Vigan escoge a un niño como protagonista y con él todo lo que gira en torno a las relaciones rotas y a los extraños designios que la vida depara a los hijos cuando las familias se rompen. Veo en ocasiones ejemplos de esto. Las parejas que un día escribieron sus nombres en los troncos de los árboles llegan al desastre y ese desastre se derrama como agua sobre una mesa de mármol. Te odio porque me has engañado con otra, podría ser la música que animara esta historia. Te odio porque ya no estás, ya no eres y ya no soy nada para ti. Los odios hacia aquellas personas que te amaron y amaste son tan intensos que no pueden borrarse ni siquiera por el paso de los años. Los hijos están ahí, captando ese odio en el aire, observando y llevándose la peor parte. La parte del desarraigo y quizás también de la culpa.

En este libro la familia es un terreno incierto, hostil, peligroso. Las personas evaden sus responsabilidades y terminan huyendo, aunque no todas. Las hay que intentan cargar con algo que no les pertenece o no les corresponde. Es difícil no caer en el ternurismo o la sentimentalidad absurda. Es difícil, pero no imposible, porque De Vigan lo consigue y es eso lo que convierte a este libro en un documento con telón de fondo.

En realidad, esta historia contiene muchos niños. Todos los que van al colegio en el que trabaja Hélène, la profesora que narra, alternativamente, algunos capítulos. Ella es la persona intuitiva y concienciada que ve lo que ocurre y que se mete en líos por no mirar hacia otro lado. Conozco profesores así, gente limpia que no actúa de espaldas a los niños sino que los acogen como si fueran lo más importante del mundo. Que lo son. Gente que ve a través de los silencios, que están atentos a las miradas y a los sollozos ocultos. Son los profesores que terminan entrando en el campo de minas que supone cualquier familia, cualquier ecosistema lleno de personas con problemas.

Hélène aprecia el peligro en el simple gesto del niño, de Théo, y lo corrobora la actitud del amigo, Mathis, dos niños con familias diferentes, pero ambos perdidos como un mensaje en una botella. Están indefensos pero simulan una fuerza que no les pertenece. La madre de Mathis, Cécile, ha hecho un descubrimiento terrible pero solo porque ha querido engañarse y engañarnos. El padre, William, se mudó hace tiempo a otra galaxia. Lo mismo que el padre de Théo, aunque por motivos diferentes y con un desenlace mucho más brutal y desesperanzado. Todo esto lo sabe Hélène tan de primera mano como si lo hubiera vivido. Y quién sabe si lo ha vivido.

Las historias de las dos madres parecen cruzarse y producen un vertiginoso eco en la propia historia de Hélène como madre, una madre vacía, sin hijos y sin posibilidad de tenerlos. Familias, familias, familias, padres y madres que actúan con nocturnidad, alevosía y preguntas. La familia es un microcosmos que puede trasladarte a la gloria o a la inmundicia. Todos ellos lo saben. El lector lo descubre al poco tiempo.

No hay nada más terrible ni nada que genere más sensación de culpa que odiar al padre, a la madre, al amante, al marido. Ese odio transforma la vida en terror, en una sensación acuosa, transparente y sucia. Hélène lo sabe bien y por está ojo avizor, pendiente de que algunos de sus alumnos transite por ese camino que ella conoce y que no debería estar bajo los pasos de nadie.


Delphine De Vigan es una escritora deslumbrante. Tiene un estilo tan directo, claro y conciso, que sus frases son como espadas, como surcos que abre en ti dejando huellas. Sus libros anteriores ya iniciaron ese camino de contención expresiva, de decir sin alharacas, que aquí rubrica con asombrosa calidad. Es imposible cerrar el libro antes de terminarlo. Es imposible sustraerse a la magia de unas palabras dichas con la naturalidad de quien escribe su autobiografía sin serlo. Esa diferencia, esa distancia, entre lo que uno es, lo que quiere ser y lo que cree ser, se manifiesta en estas páginas de una manera rotunda, total y peligrosamente cierta. Toda la lectura del libro te encuentras en territorio hostil, a punto de que algo ocurra, a punto de que se cierren las puertas y las ventanas arrojen fuego. El final del libro es, en realidad, el comienzo de algo que, quizá, si hay suerte, conduzca a un abrazo inesperado. No siempre el desasosiego es una mala señal. De Vigan enseña que la duda no es debilidad, sino fortaleza y que el pasado es una losa que admite redención.

Las lealtades. Delphine De Vigan. Editado por Anagrama en 2019, con la traducción de Javier Albiñana. Título original: Les Loyautés. Delphine De Vigan nació en 1966. Algunas de sus novelas se han convertido en películas, como "Basada en hechos reales" que ha publicado la misma editorial, igual que "Nada de opone a la noche", otro de sus grandes libros. 

Otra reseña de la autora en este blog

Basada en hechos reales

sábado, 2 de noviembre de 2019

La vida es un cuadro de Vermeer


En esta orilla aparecen, estáticos y diminutos, los personajes que representan lo humano, la vida cotidiana, la juventud y la vejez, los sueños y todos los fracasos. La tierra compacta los acoge y la barca está dispuesta al tránsito. Llegar al otro lado quizá es una de las metas, pero no parecen demasiado afanosos, sino, por el contrario, tienen la quieta placidez de quien no espera demasiado de las cosas. Llevan la cabeza cubierta y vestidos holgados, azules, negros y blancos los colores, gestos serios y actitudes sencillas, no parece que quieran estorbar el paisaje. Están aquí, de este lado, abstraídos en las conversaciones y sin prestar atención a la cinta de agua, con los navíos anclados, también solos, y sin percibir, o quizá lo han hecho y se lo callan, el vaivén de las torres, los edificios con tejados de pizarra y el nuboso cielo intempestivo que amenaza con lluvia. 

No vemos sus rostros ni queremos hacerlo porque no son nadie en concreto y lo son todo. Las dos mujeres aisladas se encuentran al borde de las confidencias y no admiten molestias ni curiosos. El resto, displicente, escondidos en el anonimato, quieren significar la obligada tarea del ser humano que tiene en el tránsito su mayor aventura. Hay demasiadas sombras en el agua. Las nubes grises se ocultan a la vista pero se intuyen y esa intuición es, a veces, mayor que la certeza. No hay sol aunque la claridad lo busca. No hay más luz que la del transcurrir del día. 

Ellos son la evidencia y, al otro lado, está la búsqueda, el poder ser, la existencia posible pero lejana y llena de peligros. La aparente tranquilidad de la ciudad vacía esconde un gran secreto que, quizá, y como suele ser moneda común en cualquier biografía, no van a averiguar aunque lo intenten. Si te fijas, las aguas se han unido en un puente de piedra que cruza el horizonte construido. Las ciudades con puente siempre guardan historias, siempre almacenan lágrimas, siempre cuentan misterios. El azul de los cielos, el azul de las aguas, el azul de las torres, el azul del vestido, huellas de azules en un tiempo que se quedó fijado en la retina. 

(Vista de Delft, 1660-1661. Johannes Vermeer)

miércoles, 30 de octubre de 2019

"Diario de un ama de casa desquiciada" de Sue Kaufman

Sue Kaufman (Nueva York, 1926-1977) publicó este libro en 1967 pero no sé yo si lo que cuenta ha perdido vigencia o, por el contrario, sigue de plena actualidad. La búsqueda del sentido de la vida cuando aparentemente lo tienes todo. Hay muchas formas de abordarlo, desde luego, pero esta especie de diario irónico y escéptico es una de las más eficaces, porque si no le echas un poco de humor la cosa chirría más de la cuenta. 

Tina Balser es una mujer afortunada. Tiene un marido abogado que está bien relacionado y que la trata bien. Dos hijas bonísimas, Liz y Sylvie. Una mascota, Folly, a la que sacar a pasear. Una asistenta, Lottie, que le soluciona mil cuestiones domésticas. Y tiene cierta dosis de cultura, encanto y posibilidades. Y pastillas tranquilizantes. Lo único que le falta es aquello que no se puede improvisar ni comprar: ilusión. Qué hago aquí, por qué, adónde voy, qué he hecho yo para merecer esto...etcétera. 

La redención de Tina Balser va a surgir como una intuición el día que está comprando cachivaches para el colegio de las niñas. La redención son cuatro libretas que encuentra en el montón de los utensilios escolares. Cuatro libretas que rellenar, a modo de diario o, mejor, de "informe". Como ella dice, un informe es algo aséptico, serio y despojado de dramatismo. Es objetivo y no admite lágrimas, por eso, quizá, solo moja las dos primeras páginas del primer cuaderno. La cuestión de esconder la libreta (el cajón de las medias) no es baladí, porque nadie puede estar seguro de que, en tu propia casa, no haya quien fisgonee las escrituras ajenas. Sin embargo, quizá Jonathan, el marido de Tina, ni siquiera se pararía a leer la libreta-informe de su esposa, porque las cosas que ahí se van a contar puede que no le interesen o que no las entienda. 

Hay quien ha situado al libro en la órbita de los escritos feministas de la segunda ola. Hay quien lo encuadra en esas narraciones "domésticas", propias de las mujeres, con el tono reivindicativo y amargo que suelen acompañar esas historias de desencanto y desesperanza. Pero yo creo que, en realidad, este es un libro sobre el poder de la escritura. Sobre el poder sanador de las palabras una vez que has conseguido atraparlas. Sobre la ventana que se abre ante ti cuando conviertes tus pensamientos en palabras y tus palabras en luces largas que iluminan lo que haces y por qué lo haces. Tina Balser es como muchas de nosotras. Una mujer desconcertada que, más que respuestas, está buscando las preguntas. Cuando las encuentre, Manhattan tendrá otro aire y ella misma habrá descubierto a una mujer desconocida. 

martes, 29 de octubre de 2019

"Con todas las de perder" de Víctor Jiménez. Poesía.


Lo más enternecedor de los libros de poesía es que son pequeños. La mayoría tienen pocas páginas y portadas en colores desvaídos y melancólicos. No imagino un libro de poesía teñido de rojo o de azul intenso. Son suaves y discretos, como estos que andan ahora por aquí. 

La copla flamenca, el soporte del cante, tiene hondura cuando se resuelve en soleares. Esa copla es un inmenso recipiente que contiene versos populares y versos de autor. Versos como besos. No me gusta esa distinción entre "lo popular" y "lo culto", porque se confunde la tradición oral, tan fresca y sin compostura, con lo poco versado o lo vulgar. Al mismo tiempo se le da una pátina de superioridad a la copla de autor, por el simple hecho de que sabemos quién la ha escrito y porque su autor ha dejado plasmado en ella su nombre. 

Lo popular aparece en el flamenco con el exacto ajuste que el tiempo le ha otorgado. Poesía hecha por decantación, medida y sin sobrantes. El eco popular nutre, sin embargo, las coplas de autor y estas son mejores cuanto más cercanas están a ese eco. El listado de nombres, poetas que se subieron a la cumbre de la copla, es innecesario y entre ellos, lo sabemos, está lo más granado de la poesía española, o, lo que es lo mismo porque en este terreno vamos en cabeza, de la poesía universal. 

En "Con todas las de perder" se recogen ciento doce soleares (de las que, afirma el autor, ciento dos son inéditas), organizadas en seis partes, cada una de las cuales tiene un motivo principal, una especie de tema de fondo, aunque a veces las coplas discurren a su modo y se escapan de esa clasificación. Suele ocurrir con la poesía. Las coplas por soleares, que aquí no tienen voz aunque se puede una imaginar cómo sonarían, tienen enorme dificultad a estas alturas. Tenemos el sonido, el aire, el ritmo en la cabeza, y es muy fácil caer en la repetición, en la copia, o en el ripio. No es nada sencillo que susurren con el peso suficiente y que se eleven con la emoción precisa. En su justo término, las coplas por soleares son un atrevimiento poético, un ensayo, una fórmula que tiene su riesgo y su problema. 

Como suele ocurrir con toda la poesía, con la literatura en general, cada uno de nosotros escogerá un poema o un ramillete de ellos porque les encontrará mayor sentido, mejor sonido o más cercanía a lo que somos y a lo que vivimos en este momento. La poesía (que ha de leerse despacio, en el silencio de los atardeceres y evitando que la melancolía de estas horas nos dispare la tristeza) tiene siempre una interlocución directa con el lector. No necesita intermediarios, aunque a veces lo parezca, y, en este caso, las seis estaciones en las que el libro se detiene son suficientemente precisas como para evitarlos. 

Los trenes, aquellos trenes
siempre por aquellas vías...
Y el niño por los andenes.

No me da ni una alegría
esta pena que yo tengo. 
Pero me da compañía.  

Y la viste otra mañana. 
Tú le dijiste ¿te acuerdas...?
No se acordaba de nada. 

Aquí paz y después gloria. 
Tú te marchas con tu cuento.
Yo me quedo con mi historia. 

A quien dice que soy otro
cuando escribo y no lo entiende,
le digo que yo tampoco. 

Aires sentenciosos. Quejas ocultas. Tiernas artimañas del corazón. Recuerdos de la infancia. Añoranza del tiempo que se ha ido y del que está por irse. Conclusiones y escepticismo. Soledad acompañada. Deseos insatisfechos, deseos inexistentes. Explicaciones. El barrio. La madre. La mujer. La muerte. El amor. La escritura. 

Todos los libros de poesía cuentan las mismas historias de distinta manera. Todos los poetas pasan por las mismas vicisitudes y las mismas desesperanzas. Todos parecen seres tristes aunque luminosos. La poesía parece estar escrita en tiempos de zozobra y leída en tiempos de desconcierto. La copla le añade, además, el aire añejo de las frases rotundas. Son sentencias de viejo. Miradas a la vida desde el púlpito de la experiencia, desde la duda de la perplejidad. Todo eso en octosílabos, en estrofas de tres versos. 

Víctor Jiménez, que lleva escritos ya once libros de poesía, ha confiado en José Luis Rodríguez Ojeda (un discípulo de Shakespeare a quien llamaremos familiarmente "Willy") para seleccionar los poemas que forman el libro. La vestidura formal se completa con los collages que ha hecho otro poeta de quien yo conocía sus versos pero no sus aficiones plásticas. Se trata de Juan Lamillar, a quien la copla no le resulta desconocida porque le viene por la parte de Triana. Tampoco a Willy, que ha escrito y dado a cantar multitud de letras flamencas. El prólogo de Antonio García Barbeito pone en suerte el texto y recuerda a aquellos que, junto al pueblo, escribieron coplas, a la par que señala su particular antología entre las soleares que figuran en el libro. Un libro dedicado a la madre no podía dejar de tener sentido. 

Por esas casualidades de la vida, porque la literatura escribe caminos curiosos, tengo aquí a la mano otro librito de la misma editorial, Libros Canto y Cuento, de Jerez, que se publicó en 2012 y que escribió mi gran amigo, del que tanto aprendí, Antonio Luis Baena, poeta de Arcos, recriado en Triana, paseante del barrio y gentil emisor de cartas que conservo. El libro es "El último navío" y me lo hizo llegar, con una carta autógrafa, su viuda, Violeta Gallé, después de que él muriera. Cantos y cuentos que, en su sencillez, guardan, ya lo vemos, una quietud honda. 


lunes, 28 de octubre de 2019

Cine, flamenco y tópicos


Parece que la única mirada que interesa al cine es la que abre la puerta al tópico andaluz, a las juergas de los señoritos, a la miseria que se alivia con el cante, a la relación entre toros y flamenco, omnipresente. El flamenco actúa así como una suerte de ambientación, de telón de fondo, delante del cual transcurren las historias, sin apenas contaminarse, sin desvelar nada de lo que se oculta tras la fiesta, el bullicio o las celebraciones. Las películas contribuyen a asentar el estereotipo del andaluz, ya reflejado en las narraciones de los viajeros románticos, tan alejadas de la realidad. Su pervivencia en la composición de personajes llega hasta nuestros días, pues proliferan en las series televisivas los andaluces graciosos, las chachas con deje andaluz, los cuentachistes…

En algunas películas esa fiesta va asociada a los ritos familiares, bautizos, bodas, entierros o a las costumbres populares de más arraigo, romerías y ferias, y aparece como un elemento más del paisaje, que, en ocasiones, tiñe de tipismo el ambiente y muestra personajes que nunca existieron en la realidad. Algunas de esas fiestas, caso de la Feria de Sevilla o de la Romería del Rocío, forman parte hoy de un imaginario general que las considera la culminación del folklorismo de papel couché, aportando personajes y escenas a las tertulias televisivas, los programas de telebasura y las revistas del corazón. La esencia de estas fiestas, la música asociada a ellas, sus orígenes y significados, se ven arrastrados por una homogeneización de las actitudes que únicamente pueden llevar a la desaparición de su verdadero sentido. 

Con respecto al cine de tema flamenco es importante destacar que ofrece líneas estéticas diferenciadas, cada una de ellas con sus propias características, comenzando con aquella más costumbrista que lo acerca a la exposición de usos y modos de comportamiento y que hace recaer el peso del argumento en alguna figura famosa, bien del ambiente flamenco, del baile o de los espectáculos al uso. Esta tendencia comienza con las iniciales muestras de cine mudo en España y continúa hasta el estallido de la Guerra Civil. Al igual que en la grabación de discos, también es El Mochuelo el pionero en la aparición de registros visuales y a este nombre hay que añadir los de las grandes estrellas de principios de siglo, a saber, Pastora Imperio y La Argentinita. 


Antonio Pozo El Mochuelo fue un artista extraordinariamente popular y completo, que abordaba todos los estilos. Manifestó una gran visión de futuro, poco frecuente en el flamenco, al atreverse a dejar su voz grabada en cilindros de cera, anteriores a los discos de pizarra de una cara. Su popularidad traspasó los límites de Andalucía y de España, llegando a ser muy conocido en América. Se conserva de él, por lo tanto, una gran discografía que permite estudiar los diversos estilos en el estado en el que se hallaban durante las tres primeras décadas del siglo XX. No sólo cantó flamenco, sino que en su amplísimo repertorio había cantos regionales lo que acentuó su popularidad. Esta íntima relación entre la interpretación de flamenco y de folklore ha seguido existiendo a lo largo de toda la historia y ofrece interesantes muestras de cruce y trasvase de estilos, así como de influencias recíprocas. No hay que dejar de lado tampoco que tres grandes recopiladores de coplas populares, Demófilo, Menéndez Pidal y Manuel García Matos, han mostrado su fascinación por el flamenco y han aportado hallazgos de interés.

Por su parte, Pastora Imperio trabajó en dos películas. “La danza fatal” y “Gitana cañí”. En cuanto a La Argentinita hizo “Flor de otoño” y “Rosario la cortijera”. La primera es del año 1916 y fue dirigida por Mario Caserini. La segunda se rodó en 1923 bajo la dirección de José Buchs. Ambas artistas presentan un perfil muy parecido. Su talento se presentó en formatos diversos y fueron capaces de mantener una trayectoria profesional de enorme proyección, tanto en teatro, baile, cine o cante. 

La finalización de la Guerra Civil devuelve la actividad a los estudios cinematográficos, mucho más en un momento en el que el cine se convierte en una parte importante del ocio de los españoles, que lo viven como una evasión que les haga olvidar, al menos en alguna medida, el negro panorama que están viviendo los que, en lugar de marchar al exilio, soportan el día a día de la convivencia en un país semidestruido, sin libertades y con gravísimos problemas de hambre, estraperlo, miseria, subsistencia en suma. 

En este ambiente aparece la “españolada” que se prolongará hasta los años 60 del siglo XX, no sólo en películas de tema flamenco o andaluz, sino en nuestro cine de forma general. En el cine flamenco de los años 40 las presencias más reiteradas son las de Angelillo, Pepe Marchena o Juanito Valderrama, que protagonizan películas con argumentos sencillos, sentimentales, donde la música es el principal reclamo. La mayoría de esas películas fueron grandes éxitos de taquilla y construyeron la memoria sentimental de los adolescentes y jóvenes de la época. Angelillo, por ejemplo, aunque hoy esté ciertamente olvidado, fue una gran estrella y los títulos en los que intervino marcaron un ascenso en el gusto del público. “El sabor de la gloria” de 1932. “La hija de Juan Simón” de 1935. “Centinela alerta” de 1936. Y su mayor éxito, “El negro que tenía el alma blanca”, de 1934, todas ellas anteriores a la guerra. De “El negro que tenía el alma blanca” hubo una versión anterior, de 1927, protagonizada por la gran estrella Conchita Piquer. En el año 1951 se realizó la tercera versión de esta película, en este caso con María Rosa Salgado y Antonio Casal como principales intérpretes. 


Sin duda, el papel más destacado en el cine folklórico-flamenco lo tenían las intérpretes de copla, como Gracia de Triana, Estrellita Castro, Marifé de Triana, Juanita Reina, Antoñita Moreno o Imperio Argentina. Entre los hombres sobresale, desde luego, la figura cenital de Antonio Molina, a cuyo nombre hay que añadir los de Rafael Farina, Joselito, el gran Manolo Caracol y, ya en los años más recientes, Manolo Escobar. 

Una línea más seria y menos costumbrista fue iniciada por “Duende y misterio del flamenco” de 1952, dirigida por Edgar Neville. El drama flamenco, por otro lado, tuvo su principal intérprete en la genial Carmen Amaya, protagonista del gran éxito de 1936 “María de la O” y que llegó a participar en películas rodadas en Hollywood, como “Pierna de plata” de 1944, un musical en blanco y negro. Su película más interesante es, sin embargo, “Los Tarantos”, de 1963, bajo la dirección de Francisco Rovira Veleta, con la interpretación, además, de Antonio Gades y el cante de Chocolate. En estos últimos casos, la ruptura de los tópicos produce, a la par que una mejor consideración crítica, un evidente alejamiento de los grandes públicos, cuyos gustos cinematográficos ya iban por otro lado. 


domingo, 27 de octubre de 2019

¿Técnica o sentimiento?


En una entrevista concedida el mes de junio de 2008 al Diario ABC de Sevilla la bailaora Eva Yerbabuena ponía el dedo en la llaga en esa famosa duplicidad que impregna la discusión flamenca desde hace años. No es esta la única polémica en la que este arte se halla envuelto, revitalizándose con discusiones entre aficionados o entre expertos. Más bien, el flamenco tiene la virtud de saberse retroalimentar con cíclicos enfrentamientos que posicionan en lugares opuestos a sus seguidores. El más antiguo de ellos es el que se refiere a su origen pero también tiene un papel relevante en los debates todo lo que atañe a la vieja discusión entre profesionalidad y amateurismo (que tuvo su auge en el Concurso del año 22), o lo referido a la distinción entre Cante chico y Cante grande. En este último caso, aunque nos pueda parecer superada esta clasificación, la disputa todavía reverdece con motivo de experimentos y espectáculos de cierta novedad. 

Unido a lo anterior, cómo no, la gran línea que separa, por los siglos de los siglos, la pureza de la mezcla; lo auténtico de lo mestizo. Una polémica que suele englobar a muchas de las anteriores. La gran polémica, se podría denominar. 

En lo que respecta a la preponderancia de la técnica o el sentimiento en la ejecución del arte flamenco Eva Yerbabuena resume muy gráficamente y de forma clara lo esencial de la situación: para bailar tengo que conocer muy bien lo que hago, cómo lo hago y por qué (lo que equivale a un conocimiento claro de los procedimientos y las destrezas), pero, continúa diciendo, si me falta “lo otro”, el espectáculo no está completo. Eso “otro” a lo que Yerbabuena se refiere no es sino el sentimiento, lo que llamaba Mairena el duende y Caracol el alma. 

Aunque en el cante, que es la manifestación del arte flamenco que históricamente ha ocupado el lugar central, esta doble circunstancia es patente, lo es mucho más en el baile y, si me apuran, en la guitarra, porque son más evidentes en estos casos la necesidad de una tecnología, un utillaje, una “manera de hacer” que requiere destreza y dominio técnico. La palabra técnica tiene una connotación negativa. Se dice de tal o cual guitarrista o bailaor que tiene “mucha técnica, pero…” En ese “pero” está la evidencia que Eva Yerbabuena señala en la entrevista que citamos. Cabeza sin corazón; conocimiento sin emoción; sentido sin sensibilidad. 

Una reflexión mínimamente pausada de este tema tiene que hacernos llegar por fuerza a la conclusión de que ambos, técnica y sentimiento, son indisolubles o, al menos, deben serlo. Y que la una antecede al otro no en jerarquía, sino en aprendizaje. Es claro que el sentimiento no se aprende, ni se aprenden las emociones, ni los deseos, ni los dictados del corazón. Pero también lo es que sin que haya una canalización intelectual de todo ello la manifestación artística no existe, lo que hay es un desahogo más o menos estructurado que no aporta sino confusión. Es precisamente el conocimiento técnico el que hace posible que el artista pueda expresar de forma ordenada, clara, específica, su sentimiento. En este sentido, el sentimiento es inherente al ser humano, pero la necesidad de expresarlo y convertirlo en arte es patrimonio de unos pocos. El artista, a partir de sus vivencias, sus ideas, sus emociones, elabora una estructura antes desordenada que únicamente por medio del código artístico puede expresarse. Ese código artístico varía de unos a otros. Hay quiénes se expresan con la fotografía, con la danza, con la literatura, con el dibujo, con la construcción de edificios, con la poesía, con la interpretación, con la música, con todas y cada una de las formas expresivas que llamamos arte.

Cuando el artista crea su producto, la obra de arte, se libera a sí mismo de una tensión interna que se produce cuando pugna por expresar algo que debe ser trasladado fuera de sí. Esta tensión artística sólo la pueden entender, realmente, aquellos que la sienten como suya. Es un desafío inexplicable y una necesidad. Por ello, el verdadero artista siente la mayor satisfacción cuando ha terminado de crear su obra independientemente de que sea aceptada o no por los otros. Pero además, cuando esa obra sale al exterior deja de pertenecerle y entonces el artista hace una curiosa pirueta según la cual eso que ha creado ya no lo siente como suyo, ya lo percibe como algo ajeno, algo que ha cobrado vida propia y es de los otros más que de él mismo. 

En ese momento empieza la segunda parte de la creación artística, que no termina con la obra acabada, como sabemos, sino que tiene una fase de asimilación, contemplación, asunción por parte de quiénes la conocen. En los espectadores o receptores de ese arte habrá muchas respuestas diferentes. Cada uno verá lo que quiere ver, entenderá lo que quiere entender y sentirá lo que es capaz de sentir en función de sí mismo. Las palabras no tienen igual significado para todos los lectores, ni tampoco la música llega de la misma forma y con intensidad parecida en todos. Porque el receptor, el público, aporta entonces su historia, sus sentimientos, su situación personal, su vida entera, de forma que, a lo que el artista ha realizado, se añaden elementos con los que no contaba. Sin duda, quien sea capaz de hacer sentir, al que recibe la obra artística, un mayor grado de identificación sentimental estará más cerca de gozar del favor del público. 

El dominio de la técnica, sea cual sea, y en el flamenco se trata de técnicas complejas que no se entienden por sí solas sino que beben de fuentes diversas y de muy distinto origen, ayuda sobremanera a hacer entender el mensaje. Pero sin mensaje que transmitir la técnica nace muerta, nace baldía. Ambas cosas, pues, tienen un papel inseparable en el conocimiento del legado flamenco. Ambas se ponen sobre el escenario cuando el artista interpreta su propia recreación de la música ya existente o de aquella que se ha creado ex profeso. 

La técnica posibilita los mayores recursos para expresarse. Sin ella no existe la expresión artística que se queda en un mero intento sin cuajar. Pero, de igual modo, debajo del conocimiento claro de los procedimientos y las destrezas está el latido de la pasión, la fuerza vital de quien tiene algo que decir y ha de decirlo sin remedio. El artista lo es porque no puede ser otra cosa. La expresión artística ha de salir, ha de brotar pues, de otra manera, ahogaría el sentimiento de quien la posee. La técnica es el camino, la emoción es el origen y el fin. 

Siendo tan diferentes, pues, no debe haber diatribas. Discutir sobre cosas tan dispares y con tan distinto papel conduce al equívoco. Por eso, Eva Yerbabuena, que equilibra formidablemente en su trabajo ambas cosas, expresa sin contradicción que no es posible otra forma de entender el flamenco. 

(Foto: Eva Yerbabuena. Novaciencia)

jueves, 24 de octubre de 2019

La extranjera


Hoy he vuelto a pasar por la calle de mi infancia. Indiqué al taxista que me dejara en la plaza de atrás y la he recorrido entera, de principio a fin, emulando el camino que hacía para ir y venir al colegio. No la he reconocido apenas. Ni siquiera me han venido imágenes del pasado, tan distinto es ahora todo. Los olores ni siquiera son los mismos. Las casas bajas con sus azoteas y sus cierros al exterior han sido arrasadas por pisos de hasta cuatro alturas. Solo muy pocas de ellas se han salvado pero no tienen el mismo aspecto, porque a todas se les han incorporado elementos nuevos que las hacen irreconocibles. A la mía le han colocado un zócalo de piedra ostionera que nunca tuvo y han pintado los barrotes de las ventanas de verde, cuando antes eran de un gris casi negro. Sigue conservando cierto parecido pero a mí me ha resultado extraña como suele ocurrirte cuando vuelves a encontrarte con alguien después de mucho tiempo: te empeñas en buscar aquello que te unió alguna vez, pero no lo consigues. Esa casa ya no me devuelve el espejo de la niñez. Al llegar a ella pensé en Manderley y en la muchacha sin nombre de "Rebecca". Y así la imagen de mi madre viendo una película y comentándola con su voz gentilmente cantarina se superpuso a los años y a las ausencias.  

No obstante, por un momento, justo cuando los rayos de sol caían al mediodía, en medio de mi paseo, pude percibir una sensación conocida, algo así como una vuelta al hogar que nunca terminó de desaparecer, como un recuerdo profundo, un sonido atávico desde dentro. Fue algo pequeño, pero intenso. Algo inevitable. Una ráfaga, una fotografía, un hilo de sonidos tenues. Por un momento me vi jugando en las aceras, recordé los rostros de las vecinas y los cantos de las niñas pequeñas y, sobre todo, aspiré la vida tal y como era entonces, llena de zozobras que los mayores se empeñaban en ocultar y que los niños no queríamos conocer. La vida en la calle era difícil en aquellos años y por eso casi todos huimos de allí en cuanto tuvimos ocasión. No queríamos ser parte de ese ecosistema oscuro y sin esperanza. Necesitábamos algo diferente y nos marchamos sin mirar atrás, yo sobre todo.  Pero la perspectiva del paso del tiempo me hizo entender que quizá yo no podía ver el paraíso que se alzaba en esas aceras, en los cruces con las otras calles, en las ventanas y en las azoteas. Y que eso sucedía porque siempre he querido algo más, algo nuevo y algo distinto. 

Solo dos de esas niñas que jugaban en las tardes de sol y siesta están todavía allí, convertidas en mujeres de mi edad y con un itinerario plagado de frustraciones que se empeñan en disimular aunque les resulta imposible. Las dos, Mina y Vera, no quisieron seguir el camino del exilio porque se sentían responsables de sus familias. Eran las únicas niñas en una familia de hombres y eso fue para ellas una especie de reclamo, un anclaje que  les impidió volar. A veces hablamos por teléfono y me parece que sus voces se van agotando poco a poco de un modo imperceptible. A cada nuevo año se le suma un dolor y una nueva decepción. Cuando pienso en ellas encuentro que no he fracasado del todo. Pero solo cuando pienso en ellas. 

El resto de las niñas nos lanzamos al mundo. Ahí seguimos. En todas nosotras puedes hallar, si te esfuerzas, la huella de lo que fuimos. No nos hemos adaptado del todo al sitio en el que intentamos echar las raíces imposibles que sustituyeran a las otras y por eso disimulamos casi a cada momento. Reímos, somos, vivimos, pero un hueco sin rellenar nos delata. Tenemos todavía, y han pasado años, el miedo a no ser de ningún sitio. Ese miedo a que se reconozca en nosotras el fracaso de nuestros antepasados, el olor de la pobreza o del desistimiento. Somos extranjeras en tierra de nadie. Y no parece que eso tenga remedio, salvo tratar de que nadie más lo advierta. Eso somos.

No sé por qué recuerdo esas vivencias cuando comienzo a leer el último libro de Edna O`Brien, "La chica". Nada hay en el libro que tenga que ver con mi vida ni con la de mis amigas de la calle, pero es quizá ese apelativo, chicas, lo que me lo recuerda. Éramos chicas, primero niñas y luego adolescentes, y todas teníamos un mundo que recorrer que, a estas alturas, todavía no sé si hemos recorrido. Una especie de gesto impulsivo de valentía nos llevó a buscar otras sensaciones. Pero esto no ha sido bastante para disimular el miedo. El miedo permanece. Como entonces.

Nos gustaba jugar al teatro y al cine. El juego era muy sencillo. Reproducíamos películas como si alguien nos estuviera rodando con una cámara gigantesca, un gran hermano que nos vigilara mientras, en el patio, salían los diálogos y se veían los gestos que antes existían en la pantalla. No recuerdo ahora los personajes ni las obras, pero sí el bullicio de escoger el papel que más nos gustaba. Yo era, invariablemente, la princesa. Pina, el rey. Era la más alta y la que tenía el pelo más corto y los rasgos más angulosos. Era la única niña entre varios hermanos y sabía mejor que las demás cómo andaban, cómo comían y cómo hablaban los hombres. Pina se cansó de ser el personaje masculino muy pronto pero no había otro remedio, ninguna de las otras teníamos capacidad para hacerlo. Y yo no quería ser el rey, ni el príncipe, sino la princesa o el hada. Lola era siempre la madre. Tenía diez años y ya era una madre. Acunaba a los muñecos con todo cuidado y tenía a mano tiritas y algodones para curar las heridas de las rodillas, siempre llena de desollones. Cuando fue madre años después me parece que se sintió exactamente igual que entonces.

Además de Pina, con su legión de hermanos varones, y de Lola, tan maternal, estaba Vero y su presunción. Creía que era superior a todas, que el hecho de que su padre se ganara la vida con un bolígrafo y no con las manos como los padres de las demás, ya era suficiente para ser la reina de la fiesta. Nunca quería coincidir con las otras ni en opiniones ni en vestidos y una vez rasgó unas medias completamente porque eran iguales que las mías. Vero tenía un cutis muy feo, moreno y desgastado, como si fuera mayor que todas, así que la aristocracia que ella se arrogaba no servía para nada. Tenía un apellido compuesto y esto todavía la convertía más en insoportable. No se parecía en nada a Luisa, que tenía más motivos para presumir y nunca lo hacía, creo que porque no sabía siquiera que podía hacerlo. Luisa vivía en una casa grandísima y muy hermosa, mucho más bonita que las nuestras, porque su padre había estado emigrando en Alemania y trajo mucho dinero, pero ella se sentía todo el tiempo asustada y, cuando jugábamos en su casa, no nos mostraba los bonitos muebles con orgullo sino con una mezcla de preocupación y de culpabilidad.

En la calle había otras niñas pero no eran de las nuestras. Estaba Inesita, que era hija única y vivía con una tía muy rara, que la llevaba vestida de muñeca y no le permitía jugar en la calle. Estaba Marga, la hija de la costurera, siempre junto a su madre en el taller, haciendo vestidos a las muñecas y mirando de reojo, porque tenía una miopía galopante y unas gafas de culo de vaso. Estaban las niñas Lafarque, que vivían ya casi en la carretera, en la última casa a la izquierda, una casa extraña que se había construido a trozos y que nunca abría la puerta a extraños. Pero ninguna de ellas eran las niñas que, cada día, compartía confidencias conmigo, secretos, libros y poemas. Recitábamos poemas cada día y los escribíamos en unas cartulinas de colores y luego los cantábamos o bailábamos en torno a ellas, como si fuéramos indios de las películas. El cine presidía nuestras vidas y todas estábamos enamoradas de algún artista. También nuestras madres sentían ese mismo amor por aquellos hombres valerosos, tiernos y duros a la vez. Inencontrables.


(Fotos: Nina Leen)

miércoles, 16 de octubre de 2019

Neurótico pero genial


Nunca sabremos si las neurosis de Allen hicieron salir a la luz las de los demás o si las crearon directamente. En los años setenta, en los tiempos en los que se rodó esta película y años posteriores, se puso de moda ir al psiquiatra y se convirtió en un pasatiempo de los grupos de amigos el darle vueltas y vueltas a los argumentos de las películas o los libros. La discusión, la charla, la conversación, estaba en su punto más alto. Era lo más cool. Pero no la insustancial, nada de hablar de trapitos o de amoríos, sino todo con mucho más altura. Si hablabas de amor lo hacías de la incompatiblidad de las parejas, de lo imposible que es durar y otras cuestiones que hacían devanarse los sesos a los jóvenes de antaño. Si salía el tema de la política comenzaba a cundir el pesimismo, o, al menos, el escepticismo. Así era también Woody Allen, cuyo tema de conversación favorito versaba sobre esto: Woody Allen. El narcisismo cinematográfico alcanzó aquí las cotas más altas y, como consecuencia, se extendió a las capas ilustradas, sobre todo europeas, que eran las que seguían al creador americano. 


Por supuesto, para que todo ello fuera posible, había que recurrir al humor. Ya sé que muchos directores de cine que también andaban preocupados por nuestra psique no lo hicieron así y nos endilgaron unos rollos infumables que pretendían hacernos pensar a toda costa, poniendo nuestra cabeza al rojo vivo y quitándonos las ganas de vivir. Sé que hay quien considera obras maestras a esas películas que te obligan a tomar antidepresivos por una temporada; incluso conozco a críticos y gente informada que consideraría esto un sacrilegio, pero, por mi parte, no voy a dejarme seducir por lo que se supone es políticamente correcto hablando de determinadas películas de culto: hora es de decir que algunas eran infumables y no tenían un pasar. Te dormías en el cine o, directamente, te dormías en la tertulia posterior donde siempre había un amigo iluminado que tomaba sobre sí la dura tarea de catequizarte al efecto. 

Woody Allen nos retuerce el pescuezo pero lo hace mientras se ríe de sí mismo (esto es muy importante) y nos deja a nosotros que nos riamos también. Vale que esto produce el efecto posterior de que la risa se vuelve contra nosotros pero eso no importa porque ya hemos dedicado una porción de tiempo al saludable deporte de no darnos demasiada importancia. No he entendido nunca por qué se considera a Allen el más europeo de todos los directores americanos si, en realidad, los directores europeos antes y después de él han demostrado una sospechosa tendencia al harakiri emocional y a hacérnoslas pasar canutas. Por supuesto, no diré nombres. Yo no soy una kamikaze. 
La historia de Alvy Singer contada de manera atrabiliaria, dirigiéndose a la cámara, con pantalla partida en la que se increpan dos personajes, a veces con subtítulos que develan el pensamiento de los actores, con un humor sutil y reflexivo no exento de la pedantería de las citas cultas (Balzac, Joyce, Henry James o Beckett) y las referencias a determinadas películas (Vidas robadas, Satiricón, Cara a cara o El Padrino), engancha al público y a la crítica de una manera extraordinaria. Quizá porque Alvy Singer es un tipo bajito, casi calvo, feo y con gafotas. El que la maravillosa y hermosísima, aunque muy insegura, Annie Hall (Diane Keaton) se enamore de él y abandone a su guapo novio, pasando a vivir una relación esquizofrénica que la conduce al terapeuta es algo que todavía nos extraña. Y mucho más cuando sabíamos entonces que la señorita Keaton vivía, en la realidad, una historia de amor con el señor Allen. 


El confesado gran amor de este, sin embargo, es ya desde entonces la espléndida ciudad de Nueva York, contrapuesta aquí en su refinamiento a la vulgar Los Ángeles, donde la gente va con patines por la calle y come helados sin parar. La luz de Nueva York inundó a Allen hasta que descubrió la luz de París. 

El final no puede ser otro que la ruptura y como ha pasado mucho tiempo desde el estreno esto ya no es un spoiler. Más bien un aviso: si te dedicas a torturar a tu pareja hablando de lo complicado que es descubrir la séptima estrella de Plutón…entonces te llevarás la desagradable sorpresa de que ella prefiere leer Harper´s Bazaar. Ya lo hizo Grace Kelly. 

Sinopsis:

Alvy Singer, un humorista cuarentón y maniático, ha roto con su última pareja, Annie Hall. Sus neurosis han culminado con la ruptura de la pareja y esto le dará ocasión a Alvy para repasar su vida amorosa y ofrecernos algunas memorables escenas que ilustran esa relación y otras anteriores. 

Algunos detalles de interés: 

El crítico de cine del New Yorker, Richard Brody, escribió “Woody Allen creó en 1977 una obra notable de modernismo cinematográfico en primera persona “

La música es muy escasa en la película. Hay dos canciones que destacan: “Seems Like old Times” y “It Had To Be You”

Sobre el vestuario: Ralph Lauren celebró el 40 cumpleaños de Annie Hall por adelantado. El diseñador norteamericano tiró de sus recuerdos para recuperar los ‘looks’ que la protagonista de una de las películas más emblemáticas de Woody Allen y los subió a la pasarela de Nueva York en febrero de 2016, un año antes del redondo aniversario del filme.

La relación no es casual. Lauren firmó gran parte del vestuario de Annie y Alvy (interpretados por Diane Keaton y Woody Allen) y la convirtió a ella en un icono de estilo que ha perdurado durante las cuatro décadas que han pasado desde su estreno, el 20 de abril de 1977. Su influencia no solo ha calado en las personas de a pie sino que famosas como Alexa Chung o Emma Stone la han señalado como uno de sus referentes vitales.

La escena de la cola del cine es paradigmática del tono de la película. El tipo de atrás está hablando con su pareja en un tono pedante que crispa a Alvy. Menciona a Fellini y sus películas, Satiricón, La Strada y Giulietta de los espíritus. Luego a Marshall McLuhan, que, oh sorpresa, aparece junto a la cola y se enzarza en una discusión con los dos. 

Probablemente Annie Hall sea la comedia romántica más extraordinaria de la historia del cine. Y, desde luego, la que más gusta a los neuróticos. 

lunes, 14 de octubre de 2019

Suite Irene



Hace algún tiempo llegó a mis manos un pequeño librito, de título “El baile”. Un librito delicioso, aunque con un fondo amargo, sin duda, un fondo de infelicidad. Crueldad, venganza, pero de guante blanco, en el seno de una familia refinada, algo que duele, como una fina daga que nos traspasara. Su prosa era tan brillante, tan ajustados sus adjetivos, tan limpiamente resuelta la historia, que me sedujo y, como suele ocurrirme, quise saber quién era la persona que lo había escrito y, también, quise leer otros libros de esa misma autora. En esa búsqueda di con Irène Némirovsky (1903/1942), de la que ahora escribo, con emoción sí, porque su hallazgo, el encuentro con su voz, ha supuesto quizá uno de esos raros momentos de felicidad que suceden cuando, entre tus lecturas, hallas un eco esplendoroso, una voz única, un estilo inconfundible y alguien en quien encuentras mucho de lo que consideras tuyo. 

La lectura de sus libros me llevó a su persona. ¿Quién estaba detrás de esas historias, de esos argumentos, de esa manera de escribir tan llena de madurez, de elegancia? Encontré una biografía llena de dificultades, de problemas, enmarcada en uno de los períodos históricos más duros que ha vivido nuestra Europa y aun el mundo que conocemos como nuestro. 

Me resultó doloroso conocer que su destino estuvo marcado por la huida y por la ocultación. La primera huida fue la de su familia, cuando escapó de su lugar de origen, Ucrania, para dejar atrás la revolución bolchevique y asentarse en París. Eso fue el desgarro, la separación, porque ella ya tenía 16 años y había florecido como una niña tímida, solitaria e infeliz, con una infancia sin cariño, con una madre que no la amaba, según la misma Irène recoge en sus libros, a modo autobiográfico. La segunda huida fue de sí misma, de su condición de judía que la obligaba a estar encerrada, a no publicar, a no tener garantizada su subsistencia y su misma vida o la de su familia. La Francia que la acogió como estudiante y luego la vio licenciarse en la Sorbona, la Francia que publicó sus primeras obras y que la aclamó como una promesa, fue la Francia que le denegó una y otra vez el pasaporte francés, la misma que la condenó, por ello, a ser deportada a Auschwitz en el año de 1942, para ser luego asesinada en ese escenario de la miseria humana. ¿Qué ganaba el mundo con la muerte de Irène? ¿Cuál fue su pecado? No mayor, desde luego, que el de otros millones de personas que murieron de la misma trágica forma. 

La memoria de Irène, dejadme que así la nombre, como si fuera una vieja amiga que volviera de vez en cuando a contarme las cosas de la forma que mejor se entienden, reapareció sesenta años después de su muerte y fue debido a otro hallazgo, el de un manuscrito inacabado de la obra que  al publicarse se convirtió en un suceso literario de primera magnitud. Su título “Suite Francesa”. 

¿Qué es “Suite Francesa”? Básicamente el contenido de un manuscrito escondido en una vieja maleta que el marido de Irène, el ingeniero judío Michel Epstein, entrega a sus hijas antes de ser conducido a un campo de concentración. Las hijas, Denise y Elizabeth, arrastran la maleta por media Europa buscando un refugio y, andando el tiempo, copiarán con cuidado el manuscrito y saldrá a la luz ese retrato vívido, ajustado y lleno de detalles de la Francia ocupada justo antes de su muerte. De la gente, de la vida, del miedo, del sentimiento, de la huída, de la ocultación, de los silencios rotundos ante el gran aullido. En realidad, el libro cuenta la intrahistoria de la ocupación, lejos de posturas triunfalistas o de propagandas de uno u otro signo. Es la vida cotidiana, el miedo diario, los sentimientos escondidos, lo que allí se retrata, y por eso su valor excede de un simple diario o de una crónica. Es la literatura de la emoción, la que se escribe con talento y se extrae de la observación minuciosa e inteligente del mundo que te rodea. 

Después de leer “El baile” y “Suite francesa”, comenzaron a llegar a mis manos otros libros, en España editados por Salamandra, y se me apareció con claridad la imagen literaria fastuosa de una mujer que, incluso, se vio obligada a firmar con un pseudónimo cuando no podía hacerlo con su nombre. De una mujer que vio negada su posibilidad de desarrollar su talento en el ambiente de tranquilidad que las almas necesitan. De una mujer que vio segada su vida y su obra por la sinrazón, odiosa sinrazón de ese tiempo lleno de crímenes que llenaron Europa del virus más mortal que podamos pensar. 

“Los perros y los lobos”, “El vino de la soledad”, “El niño prodigio”, “David Golder”, “Jezabel”, “El malentendido”, “Nieve en otoño”, “El caso Kurilov”, “El maestro de almas”, “Los bienes de este mundo” y la que para mí es su obra más sentida, la que más me llega, la que más me emociona, “El ardor de la sangre”. 

El fantasma de la guerra cruza su prosa. Abate sus palabras y las mueve como hace el viento con las hojas de los árboles. La guerra es un hecho absurdo, que no tiene sentido y que se opone a la razón del arte, a la razón creadora de la literatura. Las palabras de Irène se escriben desde la claridad del talento y se diferencian así de la cerrazón de quienes no entienden sino de fanatismo. Las novelas de Irène surgen como pétalos de rosa que se fueran uniendo entre sí hasta formar una flor, una gran y olorosa flor que se construyera sin que nos diéramos cuenta. Irène reverdece en cada novela que aparece publicada. Su voz se afirma, se construye, se crea cada vez. Irène nos llena. 

En ocasiones, al leer sus libros, me la imagino desesperada, intentando que Francia,  el país en el que vivía, la acogiera como alguien suyo, esperando huir del acoso del nazismo que la iba cercando, teniendo que disimular, teniendo que evitar salir a la luz, publicando por entregas para no despertar al dragón que estaba a punto de tragarla. Todos sabemos que con el nazismo no había modo de ocultarse. Podías mirar para otro lado, de hecho tanta gente miró para otro lado. Podías estar en silencio, intentando que tu voz no resonara. Podías, incluso, sonreír al monstruo. Pero nada de esto tenía ningún sentido. Llegado tu momento ibas a estar indefenso, iban a ir a por ti. Lo dejó dicho Brecht y no hay motivos para no creerlo. 

Imagino a la escritora llena de ideas, a la madre asustada, a la esposa abrazada a su marido, a la mujer culta, a la niña solitaria, a la adolescente resentida contra su madre, imagino todos y cada uno de sus perfiles, de sus momentos vitales…y vuelvo a sentir la misma intensa emoción, por su vida inconclusa, por su destino absurdo, por su necesidad de escribir que tan bien entiendo. Irène nos cuenta tantas cosas…Y todas ellas, como si cada una de sus obras fuera una de las teclas de un enorme piano de cola, componen una sinfonía incompleta, pero, a la vez, extrañamente llena de eso que llamamos talento, de eso que llamamos expresión de vida. 

Desde que conocí su azarosa biografía, su existencia plagada de circunstancias adversas, di en pensar que leer sus libros era una forma de afirmar su memoria, de reivindicar la palabra, la libertad de escribir, como la única receta posible, si no ante la muerte, al menos ante el olvido, esa terrible amenaza de destrucción de lo que existió y tuvo sentido. 

sábado, 12 de octubre de 2019

Hacerse un "tennessee"


Blanche Dubois es una mujer madura que pertenece a una rancia familia del sur venida a menos. Las circunstancias de su vida la llevan a tener que vivir en Nueva Orleáns con su hermana pequeña, Stella, y su cuñado, Stanley. Stella es dulce y voluntariosa, con esa clase de belleza sencilla que no arrebata pero que permanece. Stanley es rudo, algo violento, muy sensual y está enamorado de Stella. La ama verdaderamente. La vida de ambos se reduce a pequeñas cosas. Su casa de los suburbios es pequeña, su entorno pequeño, todo tiene la pátina de la sencillez y aun de la humildad. Por eso Blanche se siente fuera de lugar y he aquí que su lujoso equipaje, al menos en apariencia, parece estar ansiando un hotel de lujo o una mansión en la avenida principal. 

El círculo de amistades de la pareja es escaso, salvando la excepción de algunos amigotes con los que se reúne Stanley a jugar a las cartas una vez por semana. A jugar, a beber, a blasfemar y a reírse sin control y sin modales. Los modales de Stanley dejan mucho que desear, piensa Blanche. Su hermana hubiera merecido otra cosa. Pero toda la familia quedó sorprendida cuando la pequeña de la casa decidió seguir a este hombre tan varonil pero tan fuera de lugar en su expresión, en su gesto, en su porte. Un hombre que usa camisetas y que muestra su torso sin pudor. Un hombre que mira de arriba a abajo a las mujeres y que parece desnudarlas. Aunque él sepa que, en realidad, solamente tiene ojos para Stella, con la que mantiene, como no puede ser de otro modo, cíclicas peleas con fervorosas reconciliaciones. 


La ocultación es un ejercicio doloroso que construye un laberinto en torno a las personas. Blanche debe parecer algo que no ha sido y tiene que actuar en consecuencia. Pero, aunque su pasado no es lo que parece; aunque no hay brillo ni oropeles, su corazón está intacto, y el deseo de hallar un amor verdadero, que la libere de la podredumbre y de la infelicidad, es cierto, está ahí, existe. Solo por eso debería redimirse de la mentira. Aunque, quizá no mienta. Quizá ella vive en su interior y en sus gestos suaves y medidos esa farsa que la convierte en una dama a la espera de un caballero andante. Y ese caballero no será otro que Karl Malden, un bruto, desmañado y falto de gracia, amigote de Stanley que se convertirá, a su pesar, en el elemento gentil de la trama. Un hombre que debe creerse una mentira para no desentonar con el fondo. 

Sinopsis:

La película narra, en clave de drama sureño (con las connotaciones que ello tiene), la difícil convivencia entre Blanche y su hermana Stella, en la casa que esta comparte con Stanley, su marido. No solamente chocarán los caracteres sino las personalidades y la forma de actuar de dos antagonistas. Un tenso y apasionante pugilato entre un hombre vital que se mueve por instinto y una mujer desequilibrada con una espiritualidad destructiva. 

Algunos detalles de interés: 

“Un tranvía llamado Deseo”, de título original “A Streetcar Named Desire” fue estrenada en 1951. Su director, Elia Kazan, la construye sobre un guión de Tennessee Williams, que, a su vez, era el autor de la obra de teatro original. 

La música de Alex North y la fotografía de Harry Stradling son absolutamente adecuadas al clima tan especial que crean, al alimón, Kazan y Williams. 

En el reparto, la estrella de “Lo que el viento se llevó”, la británica Vivien Leigh, en un papel premonitorio de los problemas psicólogicos que sufriría en su propia persona; Marlon Brando, en un rol de camiseta y sensualidad, que le iba como anillo al dedo, en los principales papeles. 

Otros intérpretes son Kim Hunter, como Stella, la dulce esposa y hermanita, solvente y ajustada; Karl Malden (que repite trabajo con Brando, al que ayudó en “La Ley del Silencio”, también de Kazan) y los secundarios Rudy Bond, Nick Dennis, Peg Hillias, Richard Garrick y Ann Dere. 

Este drama sureño coleccionó algunos premios de interés: 4 Oscars, 1 Globo de Oro, 2 premios en Venecia, 1 del exigente Círculo de Críticos de Nueva York y el BAFTA de 1952 para Vivian Leigh como mejor actriz británica. 

Ninguno de los premios reconoció el trabajo de Brando, tan admirado profesionalmente como temido y criticado a nivel personal, por su talante autosuficiente y su endemoniado genio. Claro que con él no había garantías de que no enviara a buscar su galardón, por ejemplo, a una bella india cherokee. Porque él no toca el clarinete en el Club 54. 

Nota aclaratoria: “Hacerse un tennessee” es, en mi argot, montar un pollo dramático por un quítame allá esas pajas. 

jueves, 10 de octubre de 2019

Del Nobel y otros premios


     Las maravillosas fotografías de las chicas estudiantes de Nina Leen ilustran esta entrada escrita el mismo día en que se anuncian los dos últimos Nobel de Literatura. Aguzo el oído y me pregunto si conozco a alguno. Él me suena de algo, de ella no sé nada. Apuesto dos piruletas de fresa a que es lo mismo que piensa la mayoría, incluso, yo diría, que eso de sonar es también algo exótico. Los Nobel de Literatura son esos premios que el año pasado no se dieron y que ahora aparecen por partida doble. No se dieron porque la cosa estaba turbia, muy turbia, y el tinglado, como el de la antigua farsa, se hundió. De cómo lo hayan reconstruido no tengo noticia, pero resulta muy sospechoso todo y el tufo que antes tenía, de amiguismo y de enchufismo por la cara, no se ha desvanecido. 


Por desgracia, esa misma desconfianza abarca a la gran mayoría de los premios. Los que empiezan, porque necesitan nombres de prestigio para asentarse. Los que tienen larga tradición, porque no pueden perder ese mismo prestigio a manos de desconocidos. Los que llevan aparejada una alta dotación económica, porque hay que recuperar lo invertido y tirar a seguro. Los que no llevan apenas dotación pero son de culto, porque necesitan el pelotazo que los encumbre. Así, en la Literatura, que es el terreno del que hablo, todos los premios están bajo sospecha. Y todos lo aceptamos y lo sabemos. Nuestra desconfianza es común y nuestro recelo también.

Ese modus operandi se basa, no cabe duda, en una eficaz desconfianza hacia el lector. Se considera que hay lecturas más apropiadas que otras y que los lectores no somos mayores de edad en el sentido de saber discernir qué queremos leer y qué nos gusta. Nos dirigen la venta, con esas grandes promociones parecidas a la de los mantecados de Estepa, y hay un sospechoso olor a tongo en algunas designaciones, un tongo que avergüenza a los honrados y cabrea a los más temperamentales. Confieso que siento un malestar poco disimulado cuando leo las entrevistas ad hoc que determinados comentaristas hacen en determinados suplementos culturales a sus determinados autores-amigos del alma. Cada cual intenta sacar provecho de algún modo. Hoy por ti, mañana por mí. 

Me pregunto cómo hay escritores que, sin estar a sueldo de editoriales, sin hacerlo por encargo, o sin tener amigos en los jurados, todavía conservan la esperanza de que su manuscrito sea premiado. Me los imagino escribiendo día tras día, corrigiendo y volviendo a escribir. Me imagino preparando el envío, en un paquete certificado, a través del mail, o llevándolo en mano al lugar de recepción. Me imagino esperando que suene el teléfono o que salte el mensaje. Me imagino todo eso, en los puros no en los contaminados, y me causa una enorme tristeza. Pienso en Kennedy O`Toole y, sobre todo, en su madre. La madre recorriendo las editoriales para buscar al editor que, él sí, sea capaz de leerse el texto y de decidir que hay que publicarlo. A veces, en las redes, algunos de esos escritores escriben directamente su decepción. Deciden dejar de escribir, se sienten menospreciados, dudan de sí mismos y se preguntan qué hacer con su vocación en un mundo en el que no publicas si no tienes amigos en alguna editorial, si no eres presentador de televisión, famoso, ex de alguien, periodista con influencias o si no ganas un premio de aquella manera. 


Cuando sale el Nobel de Literatura, con sus extraños e irreconocibles autores, con esa rápida actuación de algunas editoriales que enseguida aprovechan el caso para decir que ellos sí, que ellos fueron los primeros, con esos reflejos de las librerías que buscan en el cielo y la tierra los ejemplares y los colocan en la puerta, a modo de reclamo, cuando veo todo eso, pienso en esos escritores sin premio y sin libro. Y pienso también en algunos otros, ellos sí, venturosamente activos, que no han tenido Nobel y, me temo, no lo tendrán nunca. Antonio Muñoz Molina o Javier Marías. Edna O`Brien o Elizabeth Strout. Algunos más que no me vienen ahora a la memoria. Poetas, sobre todo, grandes olvidados. La cosa parece haber empeorado desde los años noventa hasta ahora. Basta ver la nómina de premiados desde 1901. La mayoría de los lectores confesarán haber leído algo de, al menos, cuarenta de ellos. A partir de los noventa decae y comienza el exotismo, con ligeras excepciones. Es entonces cuando surge la broma de quién ese tipo al que han dado el Nobel. Cualquier tiempo pasado parece haber sido mejor, también en esto.

Solo el lector independiente, el insobornable, el bloguero sin ataduras, la persona libre, que escoge sin imposiciones, puede dar al libro el valor que tiene realmente, puede hacer visible lo que se oculta. El problema está en que muchísimos libros se quedan sin publicarse. Quién sabe cuántas maravillas hay en los cajones o en los discos duros de los ordenadores. 

martes, 8 de octubre de 2019

El hombre que quería ser cantaor


Desde hace mucho tiempo me vengo encontrando con Ignacio Sánchez Mejías. Acercarse al flamenco sin llegar a su figura es difícil, por no decir imposible. Porque es una de esas personalidades que están a la vera del arte, en ese territorio que ocupan los que han sentido el flamenco hasta el fondo, los que son hondos sin que podamos atribuirle ocupación flamenca alguna. El flamenco concita rechazos y unanimidades. El rechazo suele producirse entre aquellos que no lo conocen, que se dejan llevar por ideas preconcebidas o que no han profundizado en su esencia. Es imposible acceder a ella y no amar este arte. Entre las unanimidades un gran número de personas destacadas en campos diversos que llegan al flamenco arribando desde puertos difíciles y se quedan ahí, anclados, ya para siempre, en sus orillas. 

No sé por qué llegó a mis manos una edición de los Artículos periodísticos de Ignacio Sánchez Mejías, buceando en alguna librería, seguramente con ocasión de uno de mis paseos literarios en mañanas de sol del otoño o del invierno. Un fragmento de ellos lo incluí en mi libro sobre Manolo Caracol (Manolo Caracol. Cante y pasión) porque hablaba de Joselito el Gallo, pariente, como sabemos, del cantaor. Sánchez Mejías es alguien apasionante. Me resulta atrayente su figura, sus múltiples facetas, su poliédrica personalidad, tan difícil, imposible, de encasillar, tan independiente, tan rara (en el sentido de poco corriente) en la España que le tocó vivir. Cuando estuve trabajando sobre el libro que he citado y también al investigar y escribir sobre el flamenco y las artes plásticas (sobre todo, en su relación con las vanguardias históricas), volvía a aparecer la figura de Ignacio, siempre con un telón de fondo complejo y difícil de definir. Su relación con La Argentinita, la excelente artista del baile y del cante que ha dejado para la historia del flamenco algunos hitos indudables; su parentesco con los Gallos (de la casa de los Ortega) por su matrimonio con Lola Gómez Ortega, la hija de Gabriela; su presencia en las jornadas fundacionales de la Generación del 27 en el Ateneo de Sevilla, todo ello se me ha antojado siempre revelador, interesante, digno de profundizar y de conocer. 


Hay un libro que responde a muchas de las interrogantes que yo me había planteado y que dibuja, de una forma certera, plena, total, la personalidad de Ignacio Sánchez Mejías. Se trata del libro de Andrés Amorós y Antonio Fernández Torres, editado por Almuzara y que se titula Ignacio Sánchez Mejías, el hombre de la Edad de Plata. Hay libros que se degustan poco a poco, buscando huecos en el tiempo y en la tarea diaria. Pero hay otros que han de liquidarse de un trago, porque es imposible dejar de leerlos, y porque, hasta que no se terminan, no desaparece en nosotros el desasosiego del descubrimiento. Este último caso es el de este libro que me ha hecho profundizar en este personaje tan difícil de encasillar y, al tiempo, tan poderoso. 

Aunque solamente fuera porque su muerte inspiró la más elevada obra poética laudatoria y necrológica (ya sabéis: Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca), habría que detenerse en la figura de este andaluz que tuvo la extraña virtud de concitar apasionados amores y odios hasta la muerte. Odios que no tenían que ver con militancias y con posiciones, sino con el resquemor que, a los que no lo son, les provoca el hombre libre. Un hombre libre es un peligro para todos, porque tiene valor, pero no tiene precio. Un hombre libre está siempre a la intemperie, fuera de los unos y de los otros. No tiene techo y ni los unos ni los otros lo sentirán nunca como suyo, lo ampararán si hiciera falta. Un hombre libre está solo. 


(La Argentinita, por Julio Romero de Torres)

Porque eso era Ignacio Sánchez Mejías, un hombre libre que, por ello mismo, transitó por todos los campos que su inteligencia, su ansia de conocer y de volar, quería: hijo de burgueses acomodados, fue banderillero, torero, empresario, piloto, presidente del Betis, presidente de la Cruz Roja, presidente de la Unión de Matadores, emprendedor de nuevas ideas todavía no arraigadas, diletante, amigo de sus amigos, hombre enamorado, escritor, articulista, dramaturgo, mecenas…

En el libro que os cito nos cuentan sus autores que había únicamente dos cosas que Ignacio quería saber hacer y que no dominaba: el arte de escribir poesía y el de cantar flamenco. Este hombre del Renacimiento, que vivió la Edad de Plata, ese período esplendoroso de la historia de la cultura y la ciencia de España en el que se concitaron los astros para alumbrar lo mejor en todos los terrenos, era, según algunos en grado máximo, un hombre generoso, ecuánime y valiente. Valiente porque defendía sus argumentos con la palabra, aún en contra de los poderosos, sean cuales fueran éstos. Y tenía el deseo ferviente de aprender a cantar flamenco. Su garganta no llegó a evocar el quejío de un cante, una buena salía, un quiebro…pero, seguramente, y por lo que sabemos, el hecho de que formara parte de quienes entendieron el flamenco desde un ejercicio de sabiduría plagado de luces, ya es suficiente para que, cuando hablemos de este arte, tengamos un momento de dedicación hacia su figura. 

Ya lo advirtió Federico: “tardará mucho tiempo en nacer/ si es que nace/ un andaluz tan claro/ tan rico de aventura”. 


Clarice Lispector. La razón del silencio


Clarice era Chaya cuando vivía en Ucrania y antes de cambiarse el nombre, como hizo toda su familia. Hace poco conocí a una niña ucraniana a quien habían evacuado de allí por motivos bélicos. Todavía hay motivos bélicos para salir de Ucrania. La niña ucraniana es muy rubia y no habla. No le interesa lo que decimos ni quiere contarnos su vida. Todo se lo guarda para ella sola. Quizá Lispector era así al principio de todo, callada y con razón. 

Como ocurre con muchos escritores ha llegado el momento en que todos los críticos alaban su obra, recomiendan su narrativa y ha obtenido un reconocimiento más allá de lo que ella misma esperaba. En realidad desconocemos si esperaba algo, algo más que vivir y que expresarse del modo en que sabía: plasmando en palabras emociones, sensaciones, sentimientos. Sus cuentos y sus novelas tienen un aura sensorial aplastante. Las frases cortas no se andan con rodeos. Pero no se queda en la superficie a pesar de que es fácil reconocer detalles concretos que han supuesto un aldabonazo, un aviso. Va más allá y por eso son historias en la que los argumentos tienen un papel secundario, son el telón de fondo de lo que los personajes han sentido y ellos parecen representar a la escritora, más allá de sí misma, siempre. 


La editorial Siruela, que ha publicado diversas obras de la autora, ha recogido todos sus cuentos y estos son, seguramente, la mejor expresión de su escritura. Los cuentos, esa literatura considerada menor en ocasiones, llevan viniendo a mí desde hace algún tiempo y convirtiéndose en la mejor forma de adentrarme en el territorio de algunos escritores. En el caso de Clarice Lispector son una ola que avisa, un movimiento pendular, una exhalación, como si no pudieran detenerse porque quisieran recorrer un espacio mucho mayor de lo que aparentan. Escribía desde siempre, desde que era una adolescente que estudiaba en Brasil, después de esa peregrinación familiar y después de la pérdida temprana de su madre. Esos escritos primeros no ofrecen rasgos de inocencia o juventud sino que tienen ya muestras de lo que será su estilo: concisión, introspección, búsqueda del yo, expresión de lo hondo de los seres humanos, conflicto, duda. 

"Todos los cuentos" tiene ocho partes con un número variable de cuentos cada una, comenzando por los más antiguos, antecedidas de un prólogo a cargo de Benjamín Moser (Glamur y gramática) y seguidas de un apéndice (La explicación inútil) y una importante referencia bibliográfica. Se trata de una obra que permite conocer a fondo la narrativa de Lispector, su evolución como escritora y su pensamiento personal, plasmado en sus propias palabras. Una evolución que resulta muy original, aunque sus influencias, variadas, pueden observarse y han sido señaladas por los críticos. Prima sobre todo ello la propia luz que desprendía Lispector en todo lo que hacía y sus frases se consideran, en cierta medida, una especie de guía filosófica para quienes la siguen y la aprecian. ¿Qué somos las mujeres? parece preguntarse. Cada una de nosotras hallará una respuesta a su propia interrogante. 

Clarice Lispector tuvo una vida agitada, movida, con viajes y estancias en diversos países. Sus trabajos giraban en torno a la escritura, el periodismo, la narrativa. Se casó y tuvo hijos. Sufrió algunas circunstancias que la obligaron a mirar hacia dentro y quiso volver a sus orígenes para reconocerse, algo normal en alguien que tiene que abandonar su tierra y hasta su nombre. No es fácil ser toda la vida otra persona distinta a la que eres. Desde Ucrania a Brasil hay varios continentes y océanos.

Todos los cuentos. Clarice Lispector. Editorial Siruela. Traducciones del portugués de Cristina Peri Rossi, Elena Losada, Juan García Gayó, Marcelo Cohen y Mario Morales. Primera edición 2019.