martes, 23 de julio de 2019

De poesía y poetas


(Fotografía de Nina Leen)

El verano es el tiempo de la poesía. Las horas tersas de la mañana, luminosas y displicentes, sin nada que hacer, holgazaneando por la casa o el patio, veían a la niña encaramada a las obras completas de algún poeta o a un librito pequeño que contenía una antología de algún otro. A veces, se organizaban en la casa curiosos torneos, justas poéticas hechas de recitados espontáneos, con un fondo de flores, una colcha ya usada, que se sujetaba de ventana a ventana, y se convertía en improvisado fotocall. Allí se decían los poemas y se movían las manos al mismo compás. Con diez cañones por banda, qué tengo yo que mi amistad procuras, es la casa un palomar y la cama un jazminero, esta mañana, amor, tenemos veinte años, quisiera estar solo en el sur, las barcas de dos en dos, la aurora de Nueva York...

Altolaguirre, Cernuda, Machado, Lorca, Santa Teresa, Borges, Alberti, Neruda, Lope de Vega, Espronceda, los sonetos de Shakespeare, el teatro en verso, los poetas. Sobre todos ellos, Miguel Hernández, la voz que recorría la casa y que se asentaba en los lugares más recónditos. Todos los libritos de Miguel Hernández iban de mano en mano. Se leían y comentaban, se subrayaban, se recitaban. En voz alta sonaban los versos y eran una gavilla de palabras que sabíamos de memoria. El mundo es como aparece, ante mis cinco sentidos, y ante los tuyos que son las orillas de los míos. El mundo de los demás, no es el nuestro, no es el mismo. Lecho del agua que soy, tú, los dos, somos el río, donde cuanto más profundo, se ve más despacio y límpido. 

Después de la lectura, el recitado y la música, llegaba la escritura. Escribir poesía es tratar de apresar el tiempo en una mano. Y con el tiempo, el sentimiento y la emoción. Los cuadernos rayados, lisos, a cuadritos; las portadas de colores; los bolígrafos de punta líquida; los lápices de mina, cualquier cosa era bueno para escribir poemas que hoy ni siquiera tienen nombre ni dedicatoria. Existieron por alguien pero ese alguien se ha borrado con el paso del tiempo. Solo el poema permanece intacto, exactamente él. La intención es lo de menos, no permanece. La figura de quien te lo inspiró tampoco. Las circunstancias, menos todavía. Algunas hojas sueltas, casi amarillas, están en cajas de cartón o de lata, bonitas cajas que guardan servilletas, afiches y otro montón de cosas que no sabes de dónde salieron ni por qué. Ahí está la poesía que escribiste solo porque eras joven y el amor asomaba.

lunes, 22 de julio de 2019

De la urgente soledad


The Long Leg, 1930. Galería de la Biblioteca Huntington, California

La sencilla verticalidad del edificio se rompe con las velas que, casi a la deriva, se arquean incomprensiblemente. El cielo despejado no puede competir con los azules del océano y la tierra se remueve como si un viento desconocido tuviera que impulsarla sin remedio. Esta es la naturaleza de Hopper y esta la forma en la que concibe la inmensidad del mar, sin habitantes, sin ruidos, sin prisas. Nadie sabe qué ojos humanos contemplan el paisaje. Nadie conoce qué ocurre en esa construcción blanca con tejado a dos aguas, o quién está dirigiendo el barco hacia ninguna parte. La ausencia de la figura humana llama la atención tantas veces en la obra de Hopper que termina siendo un aviso y una presencia imposible de olvidar. 


Light at Two Lights, 1927. Museo Whitney de Arte Estadounidense, New York

Los faros son esos edificios solitarios que ves a lo lejos pero que nunca cruzas, que no conoces por dentro. Sus figuras se elevan en el horizonte y las luces se mueven sigilosas al caer la noche. La oscuridad es el santo y seña de los faros. Y por eso, quizá, los escoge Hopper como símbolo de una arquitectura de la soledad. No hay nadie que espere en la puerta esquinada de un faro, nadie cierra las ventanas, ni anima los balcones. Los fareros son gente silenciosa. El silencio siempre acompaña las horas y los días. La casa tiene la fachada en la sombra, una extraña sombra que no casa con la claridad del momento. La naturaleza se ve interrumpida por un inopinado poste eléctrico que implica amenaza. La pendiente se desliza y el verde Hopper, tan reconocible, termina por cuadrar la imagen. 


 Room in New York, 1932. Sheldon Museum of Art, Lincoln (Nebraska)

Pocos pintores representaron mejor la incomunicación de las parejas. Lo hizo en este sencillo lienzo, en el que la pareja comparte habitación pero no se cruzan las miradas, no se tocan, no se hablan, no interactúan. La ventana abierta nos deja ver el interior y la habitación tiene un aire claustrofóbico, con poco espacio físico, muebles que se tocan unos a otros y una puerta cerrada al fondo. El vestido rojo de la mujer, el rojo de la lámpara y el rojo del sofá, son los puntos de color en un conjunto en el que domina el negro. Y las paredes aparecen revestidas de un extraño color verde que da una sensación de frialdad que se añade a la composición. Los verdes de Hopper son especiales. También las posturas de los seres humanos que figuran en sus cuadros. El hombre se inclina sobre el periódico y está absorto en su lectura. Un rayo de luz aclara su camisa y oculta la expresión de sus ojos. En cuanto a la mujer, el cuerpo parece forzado y uno de sus dedos se posa sobre el piano, como si la música fuera una salida. Quizá lo es. Los cuadros de Hopper nos permiten contar historias que no son verdad o sí. 


Gas, 1940. MOMA, Nueva York. 

Las carreteras secundarias de la América profunda son también protagonistas de la obra de Hopper. En esta, una masa boscosa, tupida, impenetrable, bordea el camino y oscurece el paisaje, a pesar de que el cielo es azul y debe ser de día. La gasolinera es el punto de luz que ofrece sus servicios a pie de carretera. Las máquinas se yerguen como estructuras modernas en un paisaje angosto y antiguo. El trabajador manipula la máquina, pero es una figura solitaria, al margen, silenciosa y cuyo rostro se oculta. Cualquier asesino en serie podría usar la maleza que se adivina para dejar a sus víctimas. En un momento dado, un coche de policía podría acercarse a la edificación para hacer la pregunta crucial. El pequeño edificio tiene luz interior, eso convierte su blancura en un punto de apoyo visual que contrasta con el rojo y con la oscuridad del bosque. El bosque es peligroso. Así lo denota el uso del color que hace Hopper. Un misterio se oculta. 


Chop Suey, 1929

En uno de los años más difíciles para la vida americana, en el inicio de la Gran Depresión, este cuadro representa el encuentro de dos amigas que toman algo (no sabemos qué, porque una de ellas está de espalda y la otra tiene delante un extraño cuenco verde) y se intercambian confidencias. Sin embargo, no hay movilidad en los rostros ni hay gesto. Da la sensación de que son dos soledades juntas, dos soledades que se suman la una a la otra. Lo que no quiere decir que no sean grandes amigas. Al contrario, solo con alguien que de verdad te entiende y te conoce puedes compartir el silencio frente a frente. Los colores son tan extraños como siempre, tan poco convencionales. Los exteriores, aparte del neón que se ve tras la ventana, son indefinidos, incomprensibles, inexplicables. Es como si la cafetería estuviera en ninguna parte. Ellas también parecen estar en ninguna parte. Una conversación inexistente. Palabras que no se manifiestan, que no se expresan. Los cuerpos en tensión y los ojos fijos. 


Two on the Aisle, 1927. Museo de Arte de Toledo, USA

Este es un cuadro verdaderamente curioso. No solo por la extraña composición, sesgada, un escorzo horizontal que solo deja ver una parte del teatro, sino por los personajes que habitan en él. Una pareja acaba de llegar y está sentándose. Ella deja su abrigo verde sobre el respaldo y él está quitándose el abrigo. No se miran, no se hablan, en la línea de todas las parejas de Hopper. Y, en el palco que está en primera fila, una mujer vestida de rojo, con un abrigo azul tornasolado colocado detrás del asiento, lee lo que debe ser, sin duda, el programa. O han llegado tan temprano que nadie más existe o es la representación teatral más minoritaria del mundo. Dos manchas rojas, además del vestido, aparecen, en la línea de Hopper: el suelo y las colgaduras del palco. El uso del color es una de las formas que tiene el pintor de expresar lo que siente a través de la pintura. Los verdes oscuros, los negros oscuros y las pinceladas blancas y el rojo. Un manifiesto. 


Automat. 1927. Des Moines Art Center, Iowa, USA

Un autómata es un ser sin alma, sin convicciones, sin sentimientos. Así que esta mujer que, vestida verde y con sombrero amarillo, levanta con cuidado la taza de café, es una especie de zombie que contrasta con las luces exteriores, enormes luces que pueden verse a través de un extraño ventanal que muestra la noche. La soledad es el santo y seña del cuadro y, en realidad, de toda la obra de Hopper. La soledad, la incomunicación, la imposibilidad del entendimiento humano, todo ello es el núcleo central de esta pintura. La mesa tiene una cubierta blanca inmaculada y el amarillo se encuentra en los detalles. El sombrero, el radiador, el zócalo de la pared, una silla. El negro es el complemento exacto y el aviso de que el exterior es peligroso. La indecisión está en las manos tanto como en la posición de las piernas. No sabemos qué piensa. 


Rooms by the Sea, 1951

Nada puede haber más triste que unas habitaciones vacías, junto a un hermoso mar, con sus olas azules y ondulantes, con el sol que cruza las puertas (¿o son las ventanas?), para dorarlas con sus rayos. Es aquí donde la soledad se manifiesta en toda su crudeza porque contrasta con la felicidad que el verano, la costa y el sol proporcionan a la vida, a la gente. Esto es Hopper, un contraste brutal entre lo que deseamos y lo que tenemos. La contradicción de la vida moderna que el arte siempre anuncia y recoge. No puedes imaginarte unas vacaciones orientadas al vacío. Eso es lo que supone este cuadro. El vacío de las puertas abiertas a la nada. La casa sobre el agua, cayendo sobre un océano angosto y peligroso. El azul del suelo y del cielo pueden engañarte. La sombra genera arquitectura en las paredes móviles, que parecen tener la misma vida que la puerta. Esto es lo que no podemos entender aunque lo intuimos. 

Edward Hopper. 1882-1967. Es el retratista de la soledad contemporánea. Fue también un importante ilustrador. Su realismo está matizado por un uso arbitrario y simbólico del color y por una arquitectura potente que ayuda a la comprensión de lo que nos cuenta el cuadro. Sus obras son relatos en sí mismas, historias que narran algo, y que presentan paisajes desolados, océanos sin esperanza y personas que están incomunicadas entre sí. Su interpretación psicológica ha sido destacada y aparece en su obra como una forma de introspección a la que ayuda la pintura. 

sábado, 20 de julio de 2019

"Un chelín para velas" de Josephine Tey


Oh, Josephine Tey !!! Qué gran descubrimiento...Por mucho que creas que es imposible encontrar otra voz que te empuje al hallazgo de alguien diferente y que no tiene parecidos sino venturosos ejemplos, siempre aparece quien te desbarata esta teoría. A Josephine Tey la descubrí hace algún tiempo y prueba de ello son las entradas que he dedicado a otros de sus libros: "El caso de Betty Kane", "La señorita Pym dispone" , "Patrick ha vuelto".  Todos ellos han sido publicados en español por la editorial Hoja de Lata. Y merece la pena haber sacado a esta escritora del olvido en el que estaba, o mejor, del desconocimiento. Porque es encantadora. Y su narración es, precisamente eso, un mantel con unas flores bordadas colocado con esmero en una mesa de caoba. 

Tey, en la mejor tradición de las novelistas inglesas del género policíaco, inventó un investigador. Es el inspector Alan Grant de Scotland Yard. Se trata de un tipo risueño, elegante, con unos modales exquisitos. Ya sabemos que en el mundo de los detectives hay de todo y Josephine Tey se decidió por un tipo que nos gustaría a todas. En este caso, de título tan original, el ámbito de la historia es el de las celebrities. Hoy día habría un amplísimo campo para desarrollar novelas en el mundo del famoseo, aunque con una considerable pérdida de glamour, todo hay que decirlo. Pero la víctima de no se sabe quién es aquí nada menos que una famosa estrella de La Meca del Cine, y, alrededor de ella, toda una galería de personajes a cual más atrabiliario. Claro que Grant no estará solo en sus pesquisas ("pesquisa", qué excelente palabra esta, tengo que usarla más), sino que Erica Burgoyne, a la sazón hija del comisario local de Westover, saldrá en su ayuda. El libro se adaptó al cine. Lo tomó Hitchcock en su primera época y lo tituló "Inocencia y juventud", un nombre la mar de austeniano. 

Los inicios de los libros de Tey suelen ser tan anodinos que despiertan la curiosidad del lector inmediatamente. "Eran algo más de las siete de una mañana de verano y William Potticary estaba dando su paseo habitual por la pradera de los acantilados". Ea. Con esto ya tenemos preguntas para rato. Quién es Potticary, a qué se dedica, cuántos años tiene, está o no casado...Qué sitio es este. De qué acantilados hablamos. Y, sobre todo, qué hace Potticary paseando a una hora tan temprana...De momento ya tenemos la tentación de enterarnos de todo y, además, suponemos que ese paseo no será baldío, que algo ocurrirá durante el paseo o algo "encontrará" durante el mismo. 

No contaré más. El spoiler está a la vuelta de la esquina y haría un flaco favor a los lectores. La señorita Josephine Tey, cuyo nombre real era Elizabeth Mackintosh, era escocesa y además de las novelas dedicadas a su detective Grant, cinco en total, escribió otras que he mencionado más arriba. En sus libros usa la deliciosa palabra "dama" para referirse a una señora. Todavía hay gente que la usa, puedo dar fe de ello. Es curioso como los camareros y los dependientes de las tiendas de marca siguen refiriéndose a ellos como "caballeros", ya nadie nos llama "damas", sino "señoras" que no es lo mismo ni se le parece. Las damas de Josephine Tey son el trasunto de unas historias llenas de matices psicológicos que bucean en el interior de las almas atormentadas y de las nada atormentadas y que se mueven por los intereses de toda la vida. Ya sabemos, el dinero contante y sonante. Es así. 

Un chelín para velas. Josephine Tey. Traducción de Pablo González-Nuevo. Editorial Hoja de Lata. 2019. 

viernes, 19 de julio de 2019

Mentiras por amor


La personalidad de Hitchcock era tan potente, tan cuidadosamente agresiva, que sus propias opiniones acerca de las películas que dirigió son capaces de influir al público de una forma muy decisiva. Si lees en cualquier libro o página dedicada al cine las opiniones sobre esta película, encontrarás que muchas de ellas se dejan llevar por la propia inquina que el director inglés le tenía. Una inquina que no tenía que ver con la película en sí sino con algunas circunstancias que rodearon su filmación. En concreto, con el choque de trenes entre dos personalidades de carácter: el productor David O´Selznick y el propio Hitchcock. 

O´Selznick era un productor que seguía al milímetro el producto. Intervenía con mano dura en la elección de actores y en todos los asuntos que podían afectar al resultado final. Eso para Hitchcock era demasiado. No sabemos si por convicción o por llevar la contraria en este caso se lió a cuenta del casting masculino. Ninguno de los tres pilares de la película le parecían bien a Don Alfred: Ni Gregory Peck, al que consideraba demasiado rudo; ni Louis Jourdan, al que consideraba poco rudo; ni Laughton, sin razón aparente, eran santos de su devoción para estos papeles. Eso lo repiten hasta la saciedad los comentaristas y críticos de la película. Todos a una. 

Mi opinión es radicalmente opuesta. Una de las mejores cosas de la película son sus hombres. La frialdad contenida de Peck me parece de perlas para el papel que hace: un abogado defensor felizmente casado que cae en la trampa del enamoramiento con una clienta. Debe intentar que esto no se trasluzca y para eso qué mejor que un actor sin alharacas, que una interpretación ajustada y sobria. Por su parte, el juez Lord Thomas Hortfield, interpretado por Sir Charles Laughton, es un hombre sarcástico, lascivo y un punto odioso, papel que le venía como anillo al dedo al actor, a quien en su vida privada imagino correteando jovencitas por detrás de las mesas. Como tercer elemento está Louis Jourdan que hace de André Latour, el criado de confianza del asesinado y amante de la viuda, la misteriosa y bellísima Magdalena Ana Paradise. Jourdan, tengo que reconocerlo, es una de mis debilidades cinematográficas, esa clase de hombre absorbente, hermoso y lleno de esa extraña dualidad bondad/maldad que tan atrayente resulta. Puede ser un canalla con corazón de oro o un buen hombre con un punto malote. 


A estas alturas de la reseña la trama es conocida por todos. Asesinato de un ricachón ciego, posiblemente ( o no) a manos de su joven y guapa esposa, que, por supuesto, lo heredará todo. La acusación se sustenta en el hombre de confianza del asesinado, precisamente Latour, que parece odiar con toda su alma a la viuda. Y la odia, desde luego, pero es el odio del amor que ha logrado despeñarlo por un río de abyección, por un tumulto que conduce al infierno. Es el amor/odio. 

Todos en esta película cometen malas acciones por amor. Cuando digo todos, son todos. Hasta Sophie (Ethel Barrymore) que cuida amorosamente a su marido el juez usará malas artes para encarrilarlo. Hasta Gay, la atractiva esposa de Anthony Keane, el abogado, sufrirá celos y albergará sentimientos inconfesables cuando descubre lo que su esposo siente por su cliente. Por supuesto, es el abogado, precisamente, el que se despeña con mayor escarnio por un camino equivocado, porque se salta todos los principios que ha jurado defender. Y, en medio de todo, manejando la trama, una mujer que presenta la dualidad imposible entre un rostro angelical y un corazón oscuro. 

Keane ama a la mujer equivocada. Latour se ha dejado llevar por un sentimiento equivocado. Ana Paradise es la mujer equivocada. Y todos deben representar su papel en un drama judicial que guarda un secreto y que conducirá el desenlace a un final insospechado. Nunca el amor generó tanta zozobra y tanto remordimiento. 

“El proceso Paradine” es una película en penumbra, una obra silenciosa, donde la música solo suena para matizar algunos momentos, sobre todo el violín, que es el alter ego de los pensamientos de los enamorados. El castigo y el perdón son temas centrales en una película que ofrece planos y contraplanos memorables, con una tensión que aflora con claridad en las escenas del juicio y que se va relajando, pero no del todo, en la vida cotidiana de los protagonistas. 

La gran duda queda planteada así ¿vale el amor la pérdida de todos los valores en los que creímos algún día? 

Sinopsis:

La acción transcurre en el condado de Cumberland, Inglaterra. Allí la policía detiene a Magdalena Ana Paradise, acusada de haber asesinado a su esposo, mucho mayor que ella, muy rico y ciego. El abogado defensor, Anthony Keane, es un tipo serio, casado y muy cumplidor de sus obligaciones. Pero no cuenta con que la belleza y el misterio que irradian de Ana va a convertirlo en un esclavo a sus pies, alguien por quien traicionará su sagrado juramento y por quien estará a punto de hacer peligrar su matrimonio con Gay, inteligente y atractiva. En escena también un personaje peculiar, el juez Hortfield, socarrón y convencido de que las mujeres son lo mejor del mundo, sobre todo si no son la tuya. 

Algunos detalles de interés: 

“El proceso Paradine” de título original “The Paradine case”, se estrenó en 1947. Fue dirigida por Alfred Hitchcock  producida por el todopoderoso David O´Selznick. La relación entre ambos fue tan tormentosa que poco después el director inglés creó su propia productora, la Vanguard Films. 

Para que todo quedara en casa, la esposa de Hitchcock, Alma Reville, escribió el guión junto con O´Selznick, sobre una novela de Robert Hichens. La música, cauta y medida, a base de cuerda sobre todo es de Franz Wazman y la fotografía de Lee Garmes. 

El reparto, motivo de las disputas entre productor y director, estaba encabezada por Gregory Peck (Hitch hubiera preferido a Lawrence Olivier, al que consideraba con más empaque para ser un abogado con prestigio), Ann Todd (como la esposa), Alida Valli (como la señora Paradine), Charles Laughton (como el juez), Ethel Barrymore (como Sophie, la esposa del juez), Louis Jourdan (como André Latour, el criado del millonario asesinado), Charles Coburn, Leo G. Carroll, Joan Tetzel e Isobel Elsom. Un extraordinario reparto, se mire por donde se mire, reticencias aparte. 

La película tuvo ese año una sola nominación al Oscar, a la mejor actriz secundaria (Ethel Barrymore) que no logró. Sin embargo, ya sabemos que el termómetro de los Oscar no es demasiado fiable. 


Screwball en la sala de prensa


Esta es, sin duda, una de las mejores interpretaciones de Cary Grant. Y no necesita cambiarse de ropa cada diez minutos, ni pasearse por la Costa Azul, ni siquiera necesita de los primeros planos para lanzarnos una Opa hostil en forma de Screwball de categoría. Howard Hawks es el director perfecto para lograr unos trepidantes diálogos y ese duelo sin descanso entre Grant y la no menos inspirada Rosalind Russell, extraordinarias facultades para la comedia y para las comparaciones. Solo ese cruce de miradas ya vale gastar 96 minutos en la película. 

Los temas periodísticos siempre dan juego en el cine y aquí se abordan sin ningún escrúpulo. Todos están pendientes del próximo ahorcamiento del infeliz Earl Williams, a quien únicamente una chica bastante peculiar como Molly Maloy va a echar de menos. No hay tiempo para nada. La falta de tiempo, la urgencia con la que ha de hacerse todo, es el hilo conductor de la trama. Hildy Johnson ha de marcharse a Albany para casarse con su prometido, Bruce Baldwin, que guarda un asombroso parecido con Ralph Bellamy, como el mismo Grant se empeña en destacar. El director del Morning Post, Walter Burns (asimismo con el rostro y el aspecto de Cary), sigue enamorado de Hildy, con la que estuvo casado, pero ella no aguanta, o eso parece, la vida del periodismo extremo, siempre al filo de la noticia y siempre anteponiendo cualquier acontecimiento a la vida familiar y amorosa. 


En esta situación personal rocambolesca no se le ocurre al alcalde y al shérif otra cosa que organizar el ahorcamiento de Williams, acusado de matar a un policía negro, en un supuesto rapto de locura y después de llevar algunos días sentado en el parque, al modo "lunes al sol", porque lo han despedido del trabajo. En la sala de prensa de la Audiencia, a la que acude Hildy con un pacto in extremis con su antiguo jefe y marido, están los periodistas de los diversos medios fumando y jugando a las cartas. Todos hablan por teléfono con sus redacciones, intentando contar lo más sensacionalista. En realidad, cada uno ve un mismo hecho con distintos ojos. Esta es la prensa de sucesos y así la muestra Hawks, sin contemplaciones.

"¿Por qué no ahorcáis a ese hombre a las cinco en lugar de a las siete? Así saldría la noticia en la primera edición" Esta es una pregunta natural para los periodistas que persiguen al shérif queriendo detalles. Bromean con la muerte y se toman la pena de ahorcamiento como si fuera un incidente más, como el tirón de  un bolso, o el robo de una cartera. Walter y Hildy no son mejores que ellos. Quizá tienen más talento o sentido del humor o chispa. Pero saben que su objetivo está en conseguir la primicia, la exclusiva, la foto, la noticia, en suma. Y que el tiempo es su mayor enemigo, el hándicap que cubrir.
En paralelo a la lucha por ganar la carrera profesional está también el lazo que los une a pesar de las diferencias y a pesar de que, hasta ahora, no han sido felices. Hildy quiere algo que Walter no puede darle y él se engaña pensando que ella terminará conformándose. El caso es que la ejecución de una sentencia de muerte será el motivo por el cual se vuelvan a acercar y a conjurar sus antiguos deseos. Quizá están hechos el uno para el otro aunque lo nieguen o aunque no lo sepan.

"His Girl Friday", título original de "Luna nueva" (1940) fue una adaptación de una obra de teatro, escrita por Ben Hecht y Charles MacArthur. En 1974 Billy Wilder hizo otra adaptación en la que se trataba de una pareja masculina, de amigos, con Jack Lemmon y Walter Matteau, aunque manteniendo los tiras y aflojas y los diálogos disparatados de la obra, en la mejor tradición del Screwball hollywoodense que había surgido tras la Gran Depresión y que tuvo sus años felices en los treinta y los cuarenta.

Se trata de una película claustrofóbica, que transcurre en espacios muy concretos y cerrados: la redacción del Morning Post, atestada de telefonistas, redactores, mesas de trabajo y gente que se mueve de un lugar a otro; la comisaría de policía, a la que llevan al pobre Bruce en varias ocasiones, siempre por mandato del inefable y cara dura Walter y, sobre todo, la sala de prensa de la Audiencia, un sitio lleno de enormes ventanales, muebles que parecen no servir para nada (aunque luego se le encuentra utilidad a un bureau muy respetable), teléfonos que están constantemente sonando y enormes mesas, sillones y máquinas de escribir. Todo sea por ser el primero en contar lo que pasa. Incluso lo que no pasa.

jueves, 18 de julio de 2019

El retrato de Jane Austen


Parece que el boceto que Cassandra Austen hizo de su hermana Jane se dibujó en unas vacaciones en el mar, concretamente en la localidad de Lyme Regis. Esta es una de las ciudades que la escritora trasladó a su obra, en la que hay pueblos inventados pero también otras localidades que son reales, como el propio Londres o la ciudad romana de Bath, la de los balnearios. Lyme Regis es uno de los telones de fondo de "Persuasión" y por eso forma parte del itinerario geográfico de Austen. En el boceto, mucho más simple de lo que la imagen que ilustra esta entrada pueda sugerir, aparece la escritora de espaldas, o mejor, de lado, con su vestido y su abrigo de corte imperio, además de con su cofia, que tiene, a modo de curiosidad, las cintas desatadas, como si viviera un momento de plena libertad. Seguramente estaba mirando al mar, que se observaba con facilidad desde muchos puntos de la naturaleza que rodea la población. 

Lyme Regis está junto al Canal de la Mancha, al oeste de la región de Dorset. El espigón del puerto, conocido como The Cobb, aparece tanto en "Persuasión" (es el lugar en el que tropieza Louisa Musgrove), como en la película protagonizada por Meryl Streep "La mujer del teniente francés". Era el sitio al que ella volvía una y otra vez esperando el regreso del marino del que estaba enamorada. Es un lugar, por lo tanto, que inspira a los artistas y que constituye una especie de lugar de peregrinación para los lectores de Austen. Ella pasó allí varias semanas durante los años 1803 y 1804. Parece que el mar le gustaba y ejercía sobre ella una curiosa atracción, del estilo de la que sentía Emma Woodhouse que se muestra espléndidamente sorprendida cuando lo ve por primera vez. 


(Lyme Regis Cobb, fotografía de Neil Barnes)

No hablamos de playas, naturalmente, sino de mar abierto, en este caso rodeado de imponentes acantilados que hacían peligroso pasear cerca de él en invierno, por el viento y el romper de las olas en las piedras enormes. Es un mar embravecido y que se visitaba en noviembre, cuando el clima de las ciudades de interior era más desagradable y aquí todavía se conservaba cierta bonanza por la cercanía a la costa. El concepto del mar de aquellos años distaba mucho del que tenemos ahora, cuando lo consideramos sujeto de nuestras travesías en barco o  nuestros paseos por la playa, atestada en verano y llena de edificaciones o elementos que trasladan el bienestar de la ciudad a las orillas. El mar era para los ingleses, además, el punto de unión, o de separación, según se mire, con el continente, ya que, no lo olvidemos, el Reino Unido es una isla. El mar dio sus mayores glorias al Imperio y de allí vinieron las mayores desgracias en forma de guerras con la subsiguiente pérdida de hombres. En "Persuasión" Jane Austen retrata algunos personajes masculinos que son marinos, como el propio protagonista, el capitán Frederick Wentworth, cosa poco corriente en su obra, pues las únicas alusiones a la tropa están en "Orgullo y prejuicio" pero presentando a los destacamentos en reposo, con más afición al baile que a la lucha.

La esposa de James Edward Austen Leigh, el sobrino que escribe un libro sobre su tía, llamada Emma, escribe y publica un libro sobre Jane Austen y Lymes Regis, que, lamentablemente, es poco conocido entre los lectores.

Emma Austen Leigh nació en 1801 y murió en 1876. Salvo que se casara muy joven, no llegaría a conocer a la tía Jane pero la información sobre ella estaba muy a la mano en ese momento. Tuvo dos hijos, William y Chomley. La sola escritura del libro demuestra la relación que Jane Austen tuvo con el pueblo (muy pequeño, hoy, en los meses que no tiene turismo, alcanza apenas los cinco mil habitantes), en el que pasó algunas temporadas.

La escena en la que Frederick Wentworth pasea en grupo por el espigón y se produce la caída de Louisa y su consiguiente intervención para salvarla, es una de las más intensas de la narración y la que da pie al malentendido que angustia a Ann Taylor.

Es evidente que situar el argumento en ese lugar indicaba que para Jane Austen había supuesto una especie de bálsamo espiritual después del estresante mundo social que se vivía en Bath, localidad que nunca le gustó ni sirvió para inspirarla, lo que puede observarse cuando la utiliza en sus libros como un lugar en el que va la gente a buscar pareja sin mayor interés. Sin embargo, Lyme Regis es para ella lo que indudablemente era también para Ann Taylor que, como Jane, tuvo que dejar su casa de Kellynch Hall, por motivos económicos, para marcharse de alquiler a Bath, ciudad que también odiaba.

El boceto que hace Cassandra de su hermana Jane es una de las escasísimas imágenes que tenemos de ella. La otra es, también, fruto de Cassandra. Esa ausencia de imágenes ha dado lugar a que se repitan continuamente las que hay. Sí existen descripciones de su aspecto físico que se recogen en escritos contemporáneos y que su sobrino ya citado recoge en su obra sobre la tía. Todos los que hablan de ella, en este sentido, aluden a su mirada ingeniosa, la corrección de sus rasgos y la alegría que iluminaba su rostro. Ninguna de las protagonistas de Austen, salvo Emma, es una "belleza". Pero el ingenio, la inteligencia y la capacidad de observación están presentes en todas ellas. Es cierto que algunas, como Fanny Price, la menos Austen de todas, tiene una alarmante tendencia al sacrificio, pero siempre he pensado que Mansfield Park es un cabo suelto en el conjunto de una obra hermosamente armada. 

miércoles, 17 de julio de 2019

La ciudad desnuda


Nueva York es la ciudad más fotogénica del mundo. La que despliega una belleza oscura y penetrante en tantas películas románticas, negras o dramáticas. Cualquier género se retrata mejor en sus puentes, sus islas, sus calles, sus edificios, sus tiendas, sus semáforos. En "La ciudad desnuda" parece que Vivian Maier ha trasplantado al cine sus propias fotografías. Esa mirada que sobrevuela la fealdad, buscando el pequeño matiz que haga de la escena un paisaje tierno que provoque una sonrisa entre el calor y el frío.  Pensaríamos que se trata de ella, si no fuera porque sabemos que es imposible, porque su trabajo de niñera ocultó tantos años su obra y porque conocemos que el director de fotografía fue el excelente William H. Daniels, a quien bastaría este trabajo para ser reconocido como un genio del blanco y negro. 

Esta es una película extraordinaria. La voz en off que la conduce hace un curioso papel de coprotagonista, porque no solo narra los acontecimientos sino que interpela a los personajes y nos adelanta datos que solo ella (la voz) conoce. Un caso de complicidad con el espectador que no he visto en otra película. Por su parte, la ciudad de Nueva York es una protagonista llena de matices, que se muestra sin ocultar nada y que recorre la trama en todas y cada una de sus partes. Algo ocurre en la ciudad de Nueva York y toda la ciudad se estremece. Un guión no escrito mueve los hijos, todos parecen tener un papel que representar y los objetos se transforman en causa y en efecto. Los altísimos rascacielos son también seres vivos y sus habitantes están poseídos de una rara cualidad de transparencia que no logra ocultar el latido del asfalto. Ocurren cosas y todas ellas tienen su espejo en el perfil de la ciudad. 


Lo que sucede aquí, en realidad, es que se investiga la muerte de una joven modelo de alta costura, la señorita Dexter. Jean Dexter ha sido descubierta muerta en su apartamento. Una asustada asistenta la ha hallado al protagonizar el único gran acontecimiento de su vida, que queda aquí plasmado para siempre: Marta Swanson, 42 años, dice la voz en off, encuentra a Jean Dexter muerta al llegar a su casa por la mañana. De igual modo que en "Doce hombres sin piedad" el viejo que creyó oír el crimen se arrastró hasta el estrado para contar su visión de una experiencia que nunca antes podría haber soñado, así Marta es la primera persona que se nos presenta en la historia.

El crimen provoca que el teniente Daniel Muldoon, de Homicidios, y su compañero, el novato pero perspicaz detective Jimmy Halloran, tengan que ponerse manos a la obra y tratar de atar los cabos sueltos, muchísimos, que van surgiendo mientras avanza la investigación. De esa forma, aparecerán en escena gente como Frank Niles, un pícaro de altos vuelos y de buena familia que juega a todas las barajas posibles; o su prometida, Ruth Morrison, también modelo, aunque luce en su dedo anular un anillo robado; o el enigmático y ausente Philip Henderson, un tercer hombre sin Welles sin Cotten, que no se sabe dónde está, ni siquiera si existe; o ese extraño y sádico luchador-acróbata que toca la armónica y cruza los semáforos a gran velocidad; o un psiquiatra de renombre, con perfil griego y una angustiada enfermera de recepción que lo observa incrédula...

Los acontecimientos se van sucediendo al mismo tiempo que la ciudad va viviendo las luces y las sombras, los días y las noches. No se detiene nunca ese plácido y terrible devenir. Las peluquerías acogen a sus clientas, que sufren el calor atroz de los secadores para asistir, quién lo sabe, a alguna fiesta nocturna; las colas de las calles anuncian el interés por los sucesos; los niños juegan con el agua para combatir el calor; las niñas se suben a los columpios y saltan a la comba...El drama, mientras tanto, sigue latiendo en la frase de la madre de la víctima: "Dios mío...¿por qué no hiciste que naciera fea?". La belleza como castigo, la belleza como destino atroz.

La voz en off no pierde la ocasión de poner su acento irónico, discordante, extraño y mordaz, a lo largo de la película, rodada en un asombroso y especialísimo blanco y negro, con una música hiriente que no deja de machacarnos durante todo el metraje. Las imágenes, la voz y la música, son las columnas esenciales del relato, los testigos de los hechos y de las elucubraciones, una especie de diario que todo lo anota y que todo lo saca a la luz, sin excusas ni pudor. 


El detective novato acertará en su intuición. Tiene una casa agradable, un hijo que apunta maneras y una mujer preciosa que aparece vestida como para una sesión de fotos con Nina Leen. El detective recorrerá la ciudad embutido en su elegante traje para seguir una pista que, al final, se revelará cierta. Su jefe, el teniente, es un tipo irlandés, feo, bajito y sin atractivo, que sonríe mucho con una mueca desganada y que tararea una canción irlandesa desde la mañana a la noche. El teniente no es un policía al uso, de esos que gritan continuamente y sueltan palabras gruesas. Todo lo contrario. Hay una especie de sutil delicadeza que contrasta con su aspecto físico. Es un Cyrano en el momento final.  Así lo entienden sus policías. Sabe que es exigente, pero no reconocen altivez en su gesto, ni despotismo, sino una clarísima actitud de que las cosas terminen bien. "Aquí nunca dejamos un caso sin resolver". 

El asesino terminará siendo el final de una larga serie de mentirosos y de ladrones. Son los eslabones perdidos de la sociedad. Se esconden en las cloacas de Nueva York, muchas de ellas, a la luz del día. Son la última fase de la cuerda. Pero no la única. Las piezas se encajan como corresponde a un policíaco de raza y terminan por resultar convincentes. Es una película ingenua que no quiere dejar que los malos triunfen. Por eso, todo está en su sitio. Y por eso el último protagonista de la película es el puente de Brooklyn, sus estructuras de hierro, sus claroscuros, sus ranuras, sus piezas envolventes, su entramado... La arquitectura como símbolo de lucha y también de fracaso. Se cierra un capítulo y lo hacen los hombres buenos. Quizá, en cualquier otro lugar de Nueva York, justo en el momento en que se cierra este caso, se abre otro cuyos datos no vamos a conocer, al menos en esta película. 


La ciudad desnuda. Dirigida por Jules Dassin, 1948. Interpretada por Barry Fitzgerald, Don Taylor, Howard Duff. La música es de Miklós Rózsa y Frank Skinner. La fotografía es de William H. Daniels. El guión es de Albert Maltz y Marvin Wald. 

martes, 16 de julio de 2019

¿Por qué hay que leer a Edna O´Brien?


Edna O´Brien (1930, Tuamgraney, condado de Clare, Irlanda) es la autora viva más imprescindible de leer en estos momentos. Su obra publicada en castellano constituye un conjunto de libros que, bien organizados en su itinerario lógico, suponen no solo una fuente de placer lector, sino también un modo de comprender la evolución de las mujeres en entornos claustrofóbicos de costumbres y relaciones, así como una mirada única e irrepetible acerca del universo femenino, sin fronteras de tiempos, edades y clases. Por eso es la autora que más y mejor puede ponernos en contacto con la realidad de una sociedad que ha ido modificando su conducta general desde los años cincuenta del siglo XX hasta ahora. Edna O´Brien es, también, la prueba palpable de cómo la literatura puede salvar al individuo. Una salvación que abarca múltiples aspectos. Desde conocerse a sí misma y saber qué se desea y cómo puede lograrse, hasta saltar por encima de convenciones ampliamente asumidas, superar el rechazo familiar o luchar por defender el talento que, en este caso, era el de la escritura. No resulta fácil, y menos aún resultaba sencillo en los años cincuenta, negarse a seguir un itinerario preestablecido de antemano que abocaba a la subsistencia y a la mera repetición de los roles que el ambiente definía. No resultaba fácil huir del peso de las tradiciones, las creencias o las costumbres. Ni de la omnipresencia de elementos familiares que podían hacerte sentir una traidora a los tuyos. Edna O´Brien no solo sorteó a modo personal todos estos escollos sino que hizo que sus protagonistas, sobre todo los de su rompedora trilogía "Las chicas de campo", dieran también el mismo salto mortal para caer en un vacío elegido libremente. La contrapartida entre libertad o falsa seguridad está presente en toda su obra. Y la necesidad de elegir comporta, como no puede ser de otro modo, la asunción de responsabilidades sobre una misma y su destino. 

La literatura irlandesa es un riquísimo vivero lleno de ejemplos maravillosos. Dentro de ese conjunto Edna O´Brien tiene su propia luz, su propio sentido, su propia manera de ver y de representar, por medio de la palabra, los universos propios y extraños. En su obra hay que seguir un cierto orden lector, porque ello puede aportarnos más claves y más conocimiento: "Las chicas de campo", "La chica de ojos verdes", "Chicas felizmente casadas", son su trilogía inicial (publicada por Errata Naturae), la que comienza a publicar y a escribir en los años cincuenta. Transgresoras, duras, difíciles, tiernas, complejas, entregadas, generosas, trágicas a veces, cómicas también, sus protagonistas Caitleen y Baba tienen toda la fuerza de la autora y son, cada una de ellas, complementaria a la otra, como dos caras de una misma moneda. La dura reacción con la que fue recibida su obra en su tierra natal, con quema de ejemplares incluida, nos da buena cuenta de la dificultad de publicar acerca de lo que se tiene tan a mano y que te provoca unas reacciones tan adversas. Esa forma de espantar sus visiones más terribles de la mano de la literatura es la prueba directa de la unión, de la mezcla, de los lazos que, en Edna O´Brien, unen su vida y su obra. 

Porque no se trata de convertir en literatura la historia de su tiempo sino de ver cómo el telón de fondo influía en la vida de las personas, en concreto, en la vida de unas muchachas que, como ella, solo buscaban cierta clase de felicidad que se antojaba imposible y llena de aristas. 

Los cuentos incluidos en "Objeto de amor" (editorial Lumen) una preciosísima recopilación de historias cortas, cada una de ellas llena de sentido y de belleza, son el siguiente paso para la comprensión literaria de Edna O´Brien. Sus múltiples temas convergen en una forma de narrar directa, concisa pero, a la vez, detallista en lo emocional y llenan de imágenes que evocan  lo que no pudo ser y lo que nunca será. Imaginación pegada a la verdad, como suele ocurrir con las grandes obras literarias. Estos cuentos son menos conocidos pero su lectura resulta crucial para hacerse cargo de algunos aspectos de su vida y su obra que se manifiestan aquí a modo de juego, como si hubiera otra forma de expresarlo. Además de los cuentos aquí incluidos, hay otra edición de dos relatos largos, "Noche" y "Agosto es un mes diabólico" (ediciones DeBolsillo) en los que la sexualidad, la fuerza de la intuición y de los instintos nos traen reminiscencias de D. H. Lawrence. 

Después de eso hay un par de libros que, con temáticas diferentes, mantienen siempre la llama de la reivindicación de la libertad frente a las imposiciones ajenas. De un modo o de otro esto ocurre en ambos, "Un lugar pagano", reminiscencias de su propio origen, y "Las sillitas rojas", donde vuelve la vista a una historia que contiene todos los elementos mágicos de su propia tierra. Ambos libros han sido publicados, al igual que su trilogía, por la editorial Errata Naturae. 

Por último, no te puedes perder sus Memorias, tituladas así "Chica de campo" a la que llegas ya con un cierto bagaje si has leído sus libros y que te explican y recuerdan, a modo de mosaico completo, todo lo que has podido encajar en sus lecturas. Resulta una narración vibrante, entretenida, llena de fuerza, porque la vida de Edna O´Brien no desmerece lo que cuenta en su ficción, antes al contrario. Son Memorias en las que verás aparecer a personajes que no esperabas y que mantienen un suspense muy especial por la forma en la que ella narra los acontecimientos, sin excusas y sin esconderse. Y no es fácil, en el recuento de una vida, ser capaz de asumirlo todo.  Su publicación también corresponde a Errata Naturae. 

A Edna O´Brien hay que conocerla por muchas razones. Estas son algunas de ellas: Porque no es posible entender la evolución de las mujeres desde la mitad del siglo XX sin conocer su obra y sus connotaciones. Porque su forma de narrar es un toque de atención para que miremos en cierta dirección que, quizá, se nos había escapado. Porque la belleza de su estilo, es conmovedor y, al tiempo, potente. Porque Irlanda y sus contradicciones son un telón de fondo que no se puede dejar se conocer. Porque nos vamos a identificar con los sentimientos intemporales de sus protagonistas, todas ellas mujeres que pretenden encontrar algo que ni siquiera saben si existe. Porque es la vida misma. 

(Los múltiples enlaces del texto conducen a entradas de este blog dedicadas a Edna O´Brien)

lunes, 15 de julio de 2019

Llanto


Lo único que recuerdo de aquellos días es el llanto. Fueron muchos meses, todos ellos cargados de una penetrante ausencia que se manifestaba en cada cosa. Pero es el llanto lo único que recuerdo. Una sensación de desamparo y las constantes lágrimas que acudían sin permiso. Recorría despacio el camino que me separaba del trabajo y lloraba. Volvía a casa después de intentar hacer algo, casi sin conseguirlo, y lloraba. Me sentaba delante de la televisión y lloraba. Cogía un libro y lloraba. Tomaba mi bolígrafo y mi cuaderno, para acabar llorando. Así, no recuerdo otra sensación ni otro sentimiento. Solo el llanto firme, fluido, capaz, poderoso, se ha mantenido en mí como una memoria infinita. No puedo saber qué comía ni cuándo, ni qué hablaba ni con quién, ni qué pensaba ni adónde miraba, ni cómo me sentía. Solo el llanto es el reflejo de la presencia ausente. Solo el llanto era un compañero eficaz y diario. Solo podía llorar a cada instante. Es el llanto el recuerdo más nítido, el único, el recuerdo total. 

¿Dónde estaban las rosas? Yacían sin tino en un rincón del jardín y nadie las cuidaba. Perdieron el color y la forma, desaparecieron en un vacío continuo en el que nada era cierto. Las veía deshojarse y no podía parar su deterioro. Sola el llanto las regaba sin intención. Solo el llanto se movía en torno a ellas como una noria imparable. Era el llanto el espejo en que solía mirarme aquellos días, los meses, el tiempo de la oscuridad sin fin. 


(Pinturas de Francine van Hove)

domingo, 14 de julio de 2019

La señora Dalloway y yo misma


(Foto: Nina Leen)

"La señora Dalloway decidió que ella misma compraría las flores. Sí, ya que Lucy tendría trabajo más que suficiente. Había que desmontar las puertas; acudirían los operarios de Rumpelmayer. Y luego !qué mañana! pensó Clarissa Dalloway: tan fresca como para regalarla a los niños en una playa. ¡Qué placer! ¡Qué zambullida! "

El despertar de Clarissa Dalloway es una buena nueva. Antes de saltar de la cama ya tiene en la cabeza algunos encargos, algunos detalles, todos ellos para la fiesta que tiene previsto celebrar. Las reuniones son para Clarissa la columbra vertebral de su vida, aunque a veces nota cierto cansancio. Puede haber visitas inesperadas que sean complicadas de manejar y a ella le gusta tenerlo todo controlado. Incluso lo que otros puedan pensar o decir. Incluso lo que otros puedan sentir. Pero, antes de eso, puede echar un vistazo al día, a su horizonte, y sentirse satisfecha. Salir a la calle en busca de los adornos que van a complementar su precioso salón o su terraza es una forma de afirmarse en ella misma y de entenderse, a pesar de todo. 

Así que este es otro día. El día amanece sin disculpas. Hay un cielo azul estallante que no recuerda en nada a la tormenta de los días pasados. Parecería que ha logrado arrastrarlo todo y convertir el verano en otra cosa. No hay nubes, todas se han desplazado sobre el mar y ahora la ciudad aparece como si acabara de lavarse la cara. El sol tiene cierta timidez, no quiere avasallarnos, nos da una tregua, porque sabe que, en cualquier momento, su presencia nos va a condicionar y a convertirnos en seres sin elegancia, que transitan despacio, debajo de los soportales. 

"Había multitud de flores: espuelas de caballero, guisantes de olor, ramilletes de lilas, y claveles, montones de claveles. Había rosas; había lirios..."

Había rosas, desde luego. Eran pequeñas y de tallo corto. Rosadas y también amarillas, formando un contraste inusual. Las rodeaban pequeños copos de azahar, como si hubieran caído en una nevada imprevista. El azahar era el verdadero protagonista del día. Todo se organizaba en función del azar, de su significado, de su presencia allí. También era rosa, como las rosas, mi vestido, que llevaba una gran lazada verde, al estilo de los trajes de los años veinte. Ambos, el vestido y el lazo, eran de piel de ángel. Tenía forma de túnica y se rizaba en los hombros, dejando al descubierto los brazos, unos brazos preciosos, dorados, firmes, tersos, de veinteañera esperanzada. 

"Era entre las seis y las siete cuando todas las flores-las rosas, los claveles, los lirios, las lilas-resplandecían; blancas, violetas, rojas, naranja intenso..."

Los lirios eran de tallo largo, azules pero no demasiado, casi violetas pero sin llegar a serlo. Llevaban un lazo gris que colgaba hasta el suelo, llegando al borde del vestido en un tono celeste mar antiguo, como si fuera una estampa inglesa. En esta ocasión, la boda era al lado de la playa y se notaba el son del mar, las olas que rompían y también la ausencia. Era una boda ausente, hecha por amor al que se había marchado. Un chal de tonos azules y grises me envolvía y el viento hacía que se moviera sin recato. Era una especie de levante luchando contra el sur, una pelea desigual que siempre acaba ganando el viento del este. 

"Como una monja que vuelve a su retiro o como un niño que explora una torre, subió las escaleras, se detuvo junto a la ventana y entró en el baño. Allí estaba el linóleo verde y un grifo goteando. Un vacío en el corazón de la vida"

El sol se ha detenido en la terraza, no tiene permiso para adentrarse en la casa, no ahora, en el verano, cuando está seguro de que nunca sería bien recibido. Es el sol el único que se asoma y que se retira, que se marcha, sin querer molestar el silencio  que solo se interrumpe por el goteo de las manos sobre el ordenador. Apenas un ruido leve. El corazón siente el vacío de todas las ausencias. Como si la vida pasara de largo o se detuviera solo el tiempo justo, el tiempo preciso para hacerse notar. Espectadora de tiempos que nada significan, sabiendo cierto que, detrás de estas horas, el resto de las horas tienen la misma mansedumbre vacía. 

(Textos entrecomillados de "La señora Dalloway" de Virginia Wolf)

sábado, 13 de julio de 2019

Como una isla


(Fotografía de Nina Leen)

Has guardado los lápices de colores, los cuadernos, la goma de borrar y el bocadillo. Lo has colocado todo a buen recaudo, en una de esas bolsas transparentes, cuajadas de bolitas, que recuerdan otros tiempos, otras modas, otros usos. Has recorrido un espacio indeterminado, un camino inhóspito, un mundo que antes no existía y allí has esperado que el tiempo pase, que los días se acorten y las noches amanezcan a las seis de la tarde. Eres una isla de silencio y no quieres que estorbe tu serena inquietud nada que sea, otra vez, peligroso o inexacto. No tienes nada que decir, ni preguntas que hacer, ni huella que seguir. Evitas todo lo que suponga volver a ilusionar cualquier segundo, volver a cruzar la ciudad o el pueblo con la cabeza erguida en busca de una voz que suena hueca. Así, en tu isla, has vuelto la cabeza a todo lo que era un dramático sueño convertido en ironía sin nombre. Has encontrado una postura cómoda: nada que comprender, nada que odiar, nada que perseguir. Y ahí, sin otra cosa que palabras que nada significan, agotas el tiempo del reloj y ves pasar las olas. Olas firmes, olas de soledad, olas de agua de lluvia, olas de no estar en las cosas, olas de color imposible. Al menos, no volverá la seca, enorme, brusca, noticia de esa negativa perpetua. Que marche dondequiera, pero que no refleje ninguna sensación que pueda oírse. 

viernes, 12 de julio de 2019

Dos hombres y una partida de póker


Una cosa es ser un timador de poca monta, simpático y tal, y otra muy distinta un gángster que va asesinando gente y abusando de los pobres incautos. Esta diferencia fundamental es la que marca el punto de partida de “El Golpe”, la película de 1973 en la que la pareja Redford-Newman decide hacerle la competencia en química masculina a Walter Matthau y Jack Lemmon. Ya me diréis cuál de las dos os parece digna del cetro. 

En Illinois la cosa funciona, en estos años treinta del siglo XX, a base de policías que miran para otro lado, de malvados con posibles y de enclenques vividores de todo a cien. Hay otro subgénero, el de los estafadores retirados, maestros del buen vivir y consejeros áulicos de los nuevos aspirantes a delincuentes. De Joliet a Chicago, durante unos meses del año 36, se va a poner en marcha una detallada, inteligente y sistemática venganza de los marginados contra el todopoderoso Doyle Lonnegan, que, en la película, tiene toda la pinta de ser Robert Shaw. 


Si eres Lonnegan y te cargas a un tipo sencillo y ladrón llamado Luther Coleman, que resulta ser amigo de Johnny Hooker, impulsivo, nervioso y con ganas de bronca, entonces puedes meterte en un lío descomunal. Debiste pensarlo antes, Lonnegan. Porque la muerte de Luther abrirá la espita de la amistad y entre los timadores y estafadores de esta parte del mundo la amistad es algo sagrado. Tendrías que saberlo. 

El contrapunto del ansioso y demasiado joven Hooker no es otro que Henry Gandorff, cuarentón y gurú del timo, que imparte lecciones prácticas de cómo vivir sin doblarla, desde su dorado retiro. Comparado con Hooker, Gandorff es el hombre tranquilo. Y eso que no es irlandés, no ama a Maureen O´Hara ni se llama John. Ambos, el joven y el menos joven, se conocían desde antes. Sin ir más lejos, se parecen sospechosamente a Redford y Newman en la película “Dos hombres y un destino”, dirigida también por George Roy Hill. Cosas del cine. 

Concebir un plan para darle su merecido a Lonnegan precisa casi tanto ingenio como escribir el guión de esta película, pero, que se sepa, el autor de la historia y de los chispeantes diálogos, es decir, David S. Ward, no era aficionado a las carreras de caballos, ni a las apuestas, ni en su historial se conoce timo alguno, salvo, quizá, la argucia de quedarse con el respetable a la hora de escribir el desenlace de la película, un final sorpresa que, cuando ya las has visto, se convierte en un final esperado ante el que pones la misma cara boba que un enamorado cuando la chica de sus sueños aparece en la cita vestida de rojo cereza. 


Más de treinta secundarios se mueven al compás de los actores principales, Redford y Newman en su mejor estado de forma. La música, que Marvin Hamlisch dirigió tomando algunos temas de Scott Joplin y añadiendo composiciones originales entre las que no falta el clásico toque de piano sincopado de la segunda mitad del siglo XX, es uno de los ingredientes que contribuye a crear ese estado de gracia permanente en la que la acción transcurre. Una coreografía perfectamente engrasada, montada con talento y disciplina y con una dirección artística que huye del estereotipo y se fija en los detalles. Ni que decir tiene que una parte fundamental de toda esta precisa ambientación es el diseño de vestuario que firma la grande, grandísima, Edith Head. Cualquier película con la Head al mando de la costura es un tiempo aprovechado. 

Interiores de los Estudios Universal y exteriores de Los Ángeles, Pasadena, Santa Mónica y Chicago, se mezclan en un montaje modélico, de manera que los aspectos técnicos están organizados con la sabia eficacia de quien se considera un artesano y no un artista de la exquisitez.

Con algunas escenas memorables que todos los que la han visto recuerdan y que dejan admirados a aquellos que, por primera vez, se acercan a este film, el desarrollo argumental hace delicados equilibrios entre un plan estructurado y una constante sorpresa. Evidencia y asombro son los ejes en los que el guión se columpia y que, en el momento final, ocasionan esa abierta sonrisa que los espectadores dibujan en su cara, señal inequívoca de que se han divertido, de que han disfrutado. Y eso es todo, amigos. 

Sinopsis: 

Joliet (Illinois) 1936. Johnny Hooker (Robert Redford), guapo, joven y demasiado impetuoso para ser un malvado, engaña, con el auxilio de su colega de andanzas timadorescas Luther Coleman (Robert Earl Jones) a un esbirro de segunda fila del gánster de primera fila Doyle Lonnegan (Robert Shaw). Cuando Luther muere, Hooker se lanza a la búsqueda de un experto en casi todo, Henry Gandorff (Paul Newman) y juntos traman una sutil venganza digna de la puesta en escena de una ópera burlesca en cualquier teatro de Viena. 

Algunos detalles de interés:

La película “El Golpe”, de título original “The Sting”, rodada en 1973, está basada en hechos reales que se recogieron en la obra “The Big Con: The Story of The Confidence Man”, de 1940, cuyo autor fue David W. Maurer. Se estrenó simultáneamente en Nueva York y en Los Ángeles el día de Navidad de 1973. 

George Roy Hill dirige la película, que contó con un presupuesto de cinco millones y medio de dólares, con el concurso de David S. Ward (guión), Marvin Hamlisch (banda sonora), Robert Surtees (fotografía), Edith Head (diseño de vestuario).

El reparto estaba encabezado, como ya hemos escrito, por Robert Redford y Paul Newman. Los secundarios son Robert Shaw, Charles Durning, Ray Walston, Eileen Brennan, Harold Gould, Dana Elcar, John Heffernan, Charles Dierkop, Dimitra Arliss, Robert Earl Jones, Lee Paul, Avon Long. 

La película fue nominada a diez especialidades en los Oscar. De ellos, consiguió siete estatuillas. Seguramente la mejor noticia fue, sin embargo, la inmediata y generosa acogida de un público que la sigue considerando una de las mejores películas de la historia del cine y que la vuelve a ver sin cansancio y sin apreciar indicios de envejecimiento, algo tan difícil en las películas de los años setenta. 

Las lecturas que pueden hacerse de “El Golpe” son, indudablemente, muchas, como ocurre con todo el cine de calidad. Pero no pueden soslayarse emociones y sentimientos como la amistad, la lealtad, la ayuda mutua, el sentido del humor y la venganza que, a modo de David y Goliath, emprenden los pequeños timadores contra los malvados gigantes. En este sentido, la película es un cuento, un cuento tan real como la vida misma. O tan irreal. Porque a todos nos gustan los finales sorpresa. 

jueves, 11 de julio de 2019

Conversaciones


Éramos un montón de chicas y siempre había algo de lo que hablar. No solamente de vestidos, zapatos, adornos para el pelo o rebajas. También manteníamos sesudas charlas sobre el futuro, los amores contrariados, los pensamientos lúgubres y nuestras madres. Todas teníamos madres con mucha personalidad, de esas que nunca se callan si llega el momento, de las que te dicen a la cara lo que piensan de esa ropa que te has puesto: "No entiendo cómo piensas salir así a la calle". O reparan en el maquillaje que llevas: "¿De verdad te ves guapa con ese aspecto de actriz en alfombra roja?". Así eran nuestras madres. Veloces a la hora de reñir, perspicaces para adivinar que esa falda antes no era "tan corta". Dispuestas a saltarse las normas si era preciso para lograr enterarse de nuestras conversaciones. Animosas en los momentos más difíciles. 

La única forma que teníamos de entendernos a nosotras mismas en ese tiempo tan difícil de la adolescencia era la charla. Conversamos a todas horas. Los días de colegio había que esperar a tener un hueco en la agenda. Por eso la época triunfal era el verano. Ahí no nos detenía nada. Las palabras sonaban con su runrún continuo, de una casa a otra, de una acera a la de enfrente, por las azoteas y en la esquina de la calle, en ese lugar en el que había un par de bancos de hierro enfrentados y que tomamos como nuestro. Era el territorio de las confidencias y nadie iba a echarnos de allí.


Lo mejor eran las noches, a la luz de una luna que nunca se mostraba remisa a escucharnos y sin que hubiera oídos de mayores que nos pudieran detener en nuestras pesquisas. Indagábamos acerca de casi todo y no había acontecimiento que no supiéramos descifrar. Detectives en busca de respuestas, filósofas avezadas, cotillas irremediables, todo eso éramos. Nunca había prisa por acostarse y siempre quedaba un misterio por aclarar que amanecía con nosotras a la mañana siguiente. Nuestra calle era un lugar lleno de aventura, de historias que exigían un comienzo, un planteamiento, un final. Era un espacio único, soleado, enorme y cubierto de ese tono húmedo de las islas, ese aire callado del mar cuando está en silencio, esa espesa sinceridad de los abrazos.


Celina y yo vivíamos tan cerca que era posible hablarnos a través de las ventanas. Nos sentábamos mientras compartíamos la última de nuestras desventuras. Todos nuestros amores eran fallidos. A los chicos del club les parecíamos unas niñas y se fijaban sobre todo en las más mayores, las que iban ya con tacones y unos escotes importantes. Nosotras teníamos demasiadas ganas de crecer pero esto hacía que el tiempo pasara mucho más despacio, así que todo se nos iba en quejarnos, aunque de manera elegante. No éramos románticas, sino guerreras. No nos gustaba sufrir en silencio, sino ejercitar el arte de intercambiar poemas, de prestarnos la ropa para tener así la excusa de hablar y, sobre todo, de explicar con todas las palabras del mundo lo que sentíamos por este o por aquel.


Las mañanas del verano tenían sus momentos de playa. Nos tumbábamos al sol, antes de lavarnos el pelo con cerveza para que brillara más, y sentíamos los rayos que nos iban a convertir en unos rosados melocotones o en unas morenas con aire caribeño. La playa era también paseos, risas, bocadillos, toallas confundidas, cremas pegajosas y arena que se levantaba sin permiso cuando comenzaba a soplar el levante. Algunas veces llovía en la playa y salíamos corriendo para cubrirnos con las toallas y, allí debajo de la sombrilla, seguía la conversación sin pausa. Nuestros corazones necesitaban abrirse y las frases se construían solas. Todas nos quitábamos las palabras de la boca y todas queríamos tener la ocurrencia más exacta para que el desamor, la pasión o las dudas, se hicieran más llevaderas.

Celina, Jimena, Lucy, Estrella, Ana Gema, Lola, Bea, Luz María y Carmen Rocío. Todas tenían la misma forma de prestar su atención a aquello que nos hacía infelices. Todas escribían palabras de consuelo en postales que se abrían dentro de sobres encarnados. Todas lloraban a la vez si alguna perdía algo irremplazable. Y guardaban, no sé donde, la misma esperanza de que, pasado el tiempo, cada una de nosotras tuviera cerca a alguien que escuchara sin cansarse la música de fondo de esa tristeza de cada día.


(Fotos: Nina Leen)