Ir al contenido principal

"El descapotable rojo y otras historias" de Louise Erdrich


El mundo de las mujeres, las diferencias sociales y culturales entre blancos e indios, las costumbres de la tribu ojibwe de la que desciende, lo bueno y lo peor del ser humano, son los temas que desgrana en sus libros Louise Erdrich (1954. Little Falls, Minnesota, USA), de quien la editorial Siruela lleva publicados ya media docena de libros. Uno de ellos "Plaga de palomas" está reseñado en este blog. No es la única autora que convierte en literatura sus vivencias de infancia en torno a las reservas indias. También lo hace, y muy bien, Katherina Vermette, en un libro precioso titulado "En un lugar sin nombre". 

Ahora se publica esta serie de relatos, vertidos al castellano desde el inglés por su traductora de siempre, Susana de la Higuera Glynne-Jones. Erdrich es una maestra del relato. Ha escrito importantes novelas y libros infantiles pero es en el texto corto donde encuentra su mayor y mejor forma de expresión. Ella misma lo reconoce cuando dice que los relatos permanecen en ocasiones en los cuadernos o en el ordenador y salen a la luz de manera inesperada, sin marcharse, aposentados allí a la espera de que se conviertan en algo más o conserven su escasa longitud. 

La maestría de Erdrich ha sido ya suficientemente reconocida en Estados Unidos. El último de los premios obtenidos fue el National Book Award de 2012, por su novela "The round house", "La casa redonda", también publicada por Siruela. Su aguda observación de la realidad, de la que no escatima los aspectos más duros, se conjugan con un puro lirismo, con una prosa ajustada, bella y con una estructura narrativa que no tiene errores ni huecos. Además, es imposible no destacar su denuncia de las injusticias sociales que suceden en torno a la vida de las reservas indias, en especial las que afectan a las mujeres. Ese tono reivindicativo no merma su capacidad de transmitir literatura, ni su belleza formal. Más bien, le da un sustento de apego a la vida cotidiana que añade verosimilitud y franqueza a su escritura.


(Foto reciente de la autora aparecida en el New Yorker)

Comentarios

Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

( Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras , 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras ( The Help , 2011, de Tate Taylor ) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de ...

Si hay prisa, no hay literatura

*Lucia Berlin, escritora, 1936-2004 *********** Lo contaba en una entrevista grabada el escritor recién fallecido Paul Auster. Tras ocho horas de trabajo diario, como si fuera un obrero de la literatura, se daba por satisfecho si alguna vez de forma extraordinaria conseguía tener tres páginas terminadas. Lo normal es acabar una sola página y en circunstancias buenas quizás dos. Y nos cuenta su método. Un párrafo que se escribe y se reforma una y otra vez, continuamente, se escribe, se reescribe, se corrige, se vuelve a escribir. Hasta que, nos dice, quede suave, limpio, armónico, como si de ese fragmento surgiera música, rítmo, a compás diríamos nosotros.  Ese cuidado en la escritura, esa placidez a la hora de escoger las palabras, es una de las grandes cimas de la creación y cuando se logra, cuando una es capaz de olvidarse la prisa, la inmediatez, la necesidad urgente de decir algo, cuando puedes sentir el sosiego de escribir despacio, de buscar despacio en tu mente las palabras ...

Azules lirios

 /Ilustración de Carl Erickson, 1891-1958/ La casa de Pedro y Marie estaba en medio del campo. Veías flores por todas partes, lilas, lavandas, aloe, y también unas inopinadas margaritas y algunas amapolas. Era una casa muy francesa, pero Pedro quería convertirla en algo más suyo, de su lejano país al otro lado del océano y a veces lo lograba con la música y con algún cuadro que colgaba en el pasillo. Marie era maestra de parvulitos y Pedro tenía una tienda de casi todo en la ciudad. Ambos iban a trabajar todos los días y volvían al atardecer, recorriendo esa incesante carretera sombreada de árboles que a mí me llamaba la atención. El sur de Francia es siempre un hallazgo, aunque lleves ya algunos años allí. Siempre sorprende. Pedro y Marie nos acogieron en su casa durante unos días en aquel viaje de bodas que hicimos por el país donde nos habíamos conocido. Teníamos muchos amigos que visitar, tantos que no hubo ocasión de hoteles, salvo en la Costa Azul, Allí paramos en un hotel bl...

Trapos al sol

 En la azotea había dos tendederos hechos de cordel de plástico y, en una esquina, la cesta de los alfileres de la ropa. Era una cesta de color rojo con un asa flotante, un poco estropeada del uso. Pero en esa casa todo se aprovechaba al máximo de resultas que se encariñaban hasta de los más nimios objetos. Las hijas debían turnarse para tender la ropa, pero al final era la madre la que siempre se encargaba de esta tarea y de todas las demás. Cómo era posible que pudiera atenderlo todo era un milagro. Esa cosa de las madres de querer hacer la vida agradable a la familia a costa de su propio esfuerzo. Ella tenía que sacar minutos al día y a la noche para poder leer, que era algo que tanto le gustaba, algo que necesitaba hacer aunque no lo sabía. Esas historias compensaban su vida de trabajo continuo y su imposibilidad de hacer las cosas sencillas que otras mujeres hacían: ir al cine con su marido, estrenar un vestido, dar un paseo con amigas, presumir. Así que todo era un torbellino...

Tom Sawyer, pintando la valla

  La niña aprendió a leer sola. Aún no había cumplido cuatro años. La madre se dio cuenta un día que paseaban por la calle del cine. Llevaba a la niña de la mano y la observaba mover silenciosamente los labios. La calle rodeaba al cine de verano y en su pared blanca y alargada se veían, colgados, enormes cartelones que anunciaban las películas. La niña se paró delante de uno en el que se veía a una pareja joven abrazada: “Romeo”, dijo. Y, al instante: “Julieta”. ¿Romeo y Julieta? dice la madre. Sí, contesta la niña. Esa noche en el cine se vería la película de Zeffirelli y allí estaba el anuncio, con Olivia Hussey y Leonard Whiting mirando a cámara. Cuando llegaron a la casa, la madre preguntó a la niña: ¿Qué película era esa?. La niña contestó: “Romeo y Julieta”. Y se fue saltando a la pata coja y repitiendo una y otra vez, romeo, romeo, romeo, romeo… La niña había aprendido a leer sola en los carteles del cine y también en el periódico que su padre dejaba en una esquina de la mes...