Ir al contenido principal

Entradas

Moda femenina en la época de Jane Austen

Jane Austen  vivió entre 1775 y 1817, el período histórico conocido como “época georgiana”. Se dio la circunstancia de que, entre 1811 y 1820, precisamente el período en el que  Austen publica sus novelas, el rey George III tuvo que ceder el trono al Príncipe de Gales, luego George IV. Ese período se conoce como “la Regencia”. Los personajes de las novelas de  Jane Austen  visten de acuerdo con la “moda Regencia”. Era una moda que venía, como es natural, de Francia y que, cuando se cortaron los lazos entre ambos países, quedó desprovista de las innovaciones del país vecino, en una especie de prolongación artificial de las tendencias.  En  “Emma” , por ejemplo, novela que podemos tomar como referencia para ver el arreglo femenino, solamente hay cuatro alusiones al look de una mujer. La primera de ellas es la referida a los botines de cordones que Emma rompe adrede para obligar al señor Elton a que las invite, a ella y a Harriet, a entrar en ...

¿Puede haber belleza sin ingenio?

Jane Austen prefería las personas agradables y distinguidas a las simplemente guapas. Una chica podía ser guapa y, al mismo tiempo, no saber sentarse, carecer de ingenio o tener en la cabeza más pájaros de la cuenta. En Orgullo y prejuicio Lydia Bennet es el ejemplo de la belleza hueca. Creo que Austen entendía que ser guapa era un atributo natural y, en cambio, ser agradable o distinguida tenía más que ver con una actitud, con la voluntad. De ser así, eso sería un gran activo para todos.  En sus novelas no suele hacer descripciones físicas de los personajes, más allá de algunas pinceladas. Sabemos que Elizabeth Bennet tenía la expresión ingeniosa y unos ojos interesantes. O que Marianne Dashwood poseía una bonita voz cuando recitaba a Shakespeare. Y que Jane Fairfax tenía una figura elegante y una piel sedosa. Solamente con Emma hace una excepción, pues comienza definiéndola: “Emma Woodhouse, guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica, parecí...

De cómo el señor Darcy rechaza a Elizabeth

El señor Bingley era apuesto, tenía aspecto de caballero, semblante agradable y modales sencillos y poco afectados. Sus hermanas eran mujeres hermosas y de indudable elegancia. Su cuñado, el señor Hurst, casi no tenía aspecto de caballero; pero fue su amigo el señor Darcy el que pronto centró la atención del salón por su distinguida personalidad, era un hombre alto, de bonitas facciones y de porte aristocrático. Pocos minutos después de su entrada ya circulaba el rumor de que su renta era de diez mil libras al año. Los señores declaraban que era un hombre que tenía mucha clase; las señoras decían que era mucho más guapo que Bingley, siendo admirado durante casi la mitad de la velada, hasta que sus modales causaron tal disgusto que hicieron cambiar el curso de su buena fama; se descubrió que era un hombre orgulloso, que pretendía estar por encima de todos los demás y demostraba su insatisfacción con el ambiente que le rodeaba; ni siquiera sus extensas posesiones en Derbyshire podían...

Imperdonable

Aquel hombre tenía cierto atractivo. Al menos, al principio. Era un atractivo aparente, desde luego. Si se escarbaba en el interior aparecían las cenizas. Pero la gente normal se deja engañar con mucha facilidad. Basta con que alguien se crea importante para que los demás también lo creamos. Basta con que un hombre se considere a sí mismo una persona de interés, para que todos acudamos en tropel a interesarnos. No sé qué dice la psicología de esto, ni siquiera sé si dice algo, pero debería. Hay personas que están tan equivocadas consigo misma como con los demás. Y no tiene remedio. No hay terapias ni curas. Es, sencillamente, un sector de la población que, si te lo encuentras de lejos, puede hacerte gracia. Pero, ay, como se entrometa en tu destino… De modo que ese hombre parecía agradable, incluso en ocasiones, generoso. También podía resultar entretenido, podía reírse y contar cosas acerca de los demás que te divirtieran. Aunque solía reírse de sí mismo nunca lo hacía en ...

Edna O'Brien: del campo a la ciudad

              Conocemos escasos datos de la familia de Edna O´Brien. Y ello no deja de ser algo curioso si se tiene en cuenta que escribió sus Memorias. Tuvo dos hermanas y un hermano, los tres mayores que ella. Pero los menciona apenas y se refiere con bastante más detalle a sus perros, al jardín de su casa, a los campos que la rodeaban y al chico que ayudaba en las faenas. Las referencias a su padre oscilan entre la compasión por la miserable vida que llevó y el terror por su alcoholismo, que convertía en un infierno la convivencia familiar y a su madre en una víctima. “Su madre era muy religiosa y mojigata, como tantas irlandesas de la época”  Más que mojigata, que es un adjetivo simpático y suave, era una mujer fanática, obsesionada con el pecado, a la que la religión tenía en una especie de cárcel interior.  La vida en la granja era muy difícil como la de todos los campesinos de la época y la zona. Dedicarse a leer libro...

Vainillas Vogue

La modelo Joanna McCormick aparece en la portada de julio de 1957 de la revista "Vogue". Las portadas de "Vogue" son la historia de la moda, del gusto femenino, de la emocionalidad, del sentimiento de la mujer. Mucho más que cualquier otra manifestación, a veces mucho más que cualquier libro. Todas las portadas llevan un mensaje y es un mensaje que no siempre se descifra. Sobre todo, llevan una intención, un anuncio. La mujer de la portada amarilla de julio de 1957 despliega la placidez elegante del verano de la Costa Azul. No el verano de las playas atestadas, de los paseos marítimos llenos de gente sin nombre. No. Ella es esa mujer que solo se cruza en nuestra vida una vez. Es la oportunidad que puede que nunca aparezca. Nosotras mismas, quizá en alguna ocasión podríamos haber sido esa mujer, con su pulcra sortija de perlas blancas, con sus pendientes a juego, con sus labios y sus uñas rojas, con su maravilloso sombrero orlado de lazos y mariposas. Es la muje...

Es porque el tiempo pasa

(A woman reading. Ivan Olinsky)  Amanece el día y respiras hondo. Te preguntas qué harás, si tendrás suerte, si habrá algún secreto compartido que surque el devenir del día. Te preguntas por todo y no hallas respuestas. Llega la tarde y te detienes. Cumples con tus obligaciones, las externas y las que tú te has impuesto. Cavilas en silencio sobre ellas o simplemente pones el piloto automático y sigues adelante sin más.  Aparece la noche y te sientas enmedio de un océano de dudas clamorosas que avanzan sin que puedas detenerlas. La mente ya no sirve. El caso es que hay momentos en que no entiendes nada.  Si esto es así, si piensas con estupor que el mundo sigue girando sin ti y no parece echarte para nada de menos...Si te interrogas con cansancio acerca de lo que has hecho y lo que te queda por hacer...Si el trecho de la ilusión se acorta sin remedio y quieres acelerarlo pero no tienes fuerzas....Si buscas en los libros, en el arte, en la conversación,...

Mi abuela rusa y su aspiradora americana. Meir Shalev

Algunas personas están obsesionadas con el polvo, la limpieza, los ácaros, la desinfección y la pulcritud domésticas. En las películas suelen aparecer obligando a sus visitantes a colocarse paños en los pies para poder pisar sus inmaculados parqués. Esta manía, si se lleva hasta un extremo bastante insoportable, se puede convertir en una obsesión. Y existen estas obsesiones, ya os lo digo.  He conocido a algunas. Por ejemplo, mi tía Clara Eugenia. Tenía un piso precioso, en la mejor zona de la ciudad, que compartía con su marido y sus cuatro hijos. Tres chicos y una chica, ninguno de los cuales parecía entender la obstinación de su madre para que todo brillara y reluciera siempre. Eran chicos normales, que pasan su época de guarrismo habitual y luego se convierten en unos despilfarradores de toallas de baño. Pues bien, mi tía Clara Eugenia tenía dos cocinas. Sí, no exagero. La cocina "en uso", estaba en una habitación pequeñita, habilitada junto a una de las terraz...

Los hermanos Austen

(William Sadler. Batalla de Waterloo. 1815) Jane fue la séptima de los ocho hijos del matrimonio formado por George y Cassandra Austen. Los tres mayores habían nacido en Deane, la pequeña parroquia de la que era rector el padre, y los otros cuatro en Steventon, la parroquia grande en la que también regía. En Deane nacieron James, George y Edward. En Steventon, Henry, Cassandra, Francis, Jane y Charles. Una familia numerosa en la que ningún hijo murió en la infancia y cuya madre tampoco falleció al dar a luz. Ambas cosas eran frecuentes en el siglo XVIII.  James (1765-1819), el mayor, apodado Jemmy, era un hombre reflexivo, taciturno, a quien le gustaba escribir. Su carácter agrio y casi amargado se pone de manifiesto en testimonios familiares. Andando el tiempo sería párroco y heredaría el beneficio de Steventon y Deane, ambos otorgados a su padre por su primo, el rico Thomas Knight. James acudió al St. John College y, como toda la familia, era un tory convencido. Est...

Vestidas de nube

(Constance Mayer. 1801. Mujer mirando un porfolio) Por la mañana, una sencilla bata. Por la tarde, una nube de muselina. La muselina era blanca o de tonos muy claros. Los tintes en esa época eran carísimos y poca ropa venía tintada. Las capas de tela caían sobre el cuerpo de forma natural y formaban pliegues. Esa era la gracia del vestido. Para facilitar el movimiento se cosían en forma de tablones en los laterales y se recogían en la espalda. Esto se ve con toda claridad en el cuadro de Mayer. El recogido de la espalda lleva aquí un lazo. El talle alto, o de estilo imperio, desdibujaba la cintura, lo que disimulaba los kilos de más. Y el escote era amplísimo, porque los corsés eran simplemente unas bandas alrededor del pecho para levantarlo. A Jane Austen no le gustaban estos corsés ni estos escotes y se alegró cuando fueron desapareciendo. Las mangas eran cortas. La manga larga llegaría muchísimo después y fue otra innovación. Eran cortas y con un poco de vuelo, pero no abull...

La foto

He visto a tu ex-mujer en una foto. Parece triste. Tiene la mirada perdida y sin esperanza. Las manos aprisionan un bolso pequeño, un bolso de fiesta. Una media sonrisa imperceptible. El pelo liso, de peluquería, una corona en torno a la cabeza. Va vestida de oscuro y lleva una chaqueta de fantasía. Pero los ojos lo dicen todo. Da la impresión de que se ha quedado atrás, de que no está dentro de la foto, de que es ella la que nos mira a través del objetivo de la cámara. Es una tristeza que no viene de ahora, estoy segura. Una tristeza que tiene mucho que ver con abandonos. Te conozco. Sé cómo actúas. Y por eso el abandono no es cosa de un momento. No es una decisión, no es un divorcio. No es un hachazo a la vida en común. Es solo un corte momentáneo, la búsqueda de un estatus más cómodo para ti. Seguir viviendo solo, pero que ella esté a la mano. Que cumpla su papel, la madre de tus hijos. Que haya celebraciones en las que os vean juntos. Que aparezca en la esquela de los seres qu...

No tengo el corazón para luciérnagas

No tengo el corazón para luciérnagas. La frase ha aparecido de repente y me sigue dando vueltas en la cabeza durante todo el día. No sé el motivo por el que algunas palabras se juntan y se convierten en una melodía que te persigue, como si no tuvieras más remedio que escribirlas. Ocurre con algunas canciones que oyes no sé dónde, un momento en la radio quizá o en internet y entonces entran en ti y no hay manera de espantarlas. Se pegan a las horas y no podemos prescindir de ellas y acabamos cantándolas. Me ocurre también con la poesía. Un poeta, unos versos, una estrofa, aparecen contigo una mañana, al tiempo de levantarte o mientras desayunas. Y entonces te intentas desprender de esa letanía inseparable. Y no puedes. Te duchas y te envuelves en una toalla azul con rayitas de color mostaza y descubres que la música del verso está presente. Luego te limpias la cara, te untas la crema antisolar, te peinas y te perfumas, y ahí están las palabras, el verso o la canción, lo mismo da....

Volver a Nueva York

Las películas de Woody Allen tienen todas el mismo aroma. Los personajes cambian, los escenarios también, la música se escribe con compases diferente, pero hay algunos aspectos comunes, el principal de ellos, la mirada. La forma en la que mira el mundo y lo representa no cambia, se transforma, pero permanece con el paso del tiempo. Es una seguridad conmovedora. Después de ver varias veces "Un día de lluvia en Nueva York", ahora voy con "Café Society", una inclasificable película ambientada en Los Ángeles con vuelta a Nueva York. Del mambo al jazz.  La historia de la familia judía que, a trancas y barrancas, consigue su sitio en el mundo, no siempre de la manera más confiable y honrada. Los padres, hartos de discutir el uno con la otra; el hijo mayor, metido en negocios sucios, un gángster de los que solo el cine puede presentar, con música mientras que suelta el tiro de gracia al rival; una hermana casada con un intelectual que desprecia la vida cotidi...

Ni hoy llueve ni esto es Manhattan

Las mariposas vuelan sobre las flores y la banda sonora es la mariposa del cine, su voz, sus canciones, los créditos. La voz en off, me gustan las voces en off, yo misma soy una constante voz en off. El culto por el cine, el cine del cine, el cine que te salva, el que te distrae y te hace llorar. La extravagancia. Manhattan es el lugar de la velocidad y el Carlyle y Central Park y los coches de caballo. La mitomanía. Yo también, como Ashleigh Henreid soy mitómana. Ella quiere ser periodista para ganar un Pulitzer entrevistando a los genios del cine. Los genios del cine se parecen a todos los genios. No saben lo que quieren. Están en la cumbre pero abominan de ello. Necesitan aplausos y detestan que la gente los mire. Se morirían de pena si nadie los mirara. Se disfrazan para destacar que son ellos y no otros los que salen a la calle con gafas de sol. Se juntan entre ellos y se entienden, todos en la cumbre, mirando hacia abajo con gesto displicente y un poco de miedo. Cuando estos ...