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Soñadora sin remedio

La abadía de Northanger narra la historia de la joven Catherine Morland, una aficionada a las novelas góticas, llena de ingenuidad. Los Tilney, considerándola erróneamente una rica heredera, la invitan a su casa de campo y allí Catherine despliega toda su imaginación y el aprendizaje de los libros que ha leído para dedicarse a investigar tortuosos asuntos de familia que nunca tuvieron lugar. Las cosas no son como parecen y la vida de Catherine no sigue los derroteros ansiados por ella, ya que, al final, no tendrá más remedio que convertirse en una persona sensata, con los pies en la tierra y buscando el mejor futuro posible. 

Es una novela irónica, divertida, en la que Austen, del mismo modo en que lo hace Cervantes con El Quijote se burla de los destrozos que en las mentes jóvenes hacían las novelas de la época, plagadas de castillos, fantasmas y espíritus retozones. El ingenio de Austen se pone de manifiesto en lo que no es sino una parodia en la que recrea perfiles humanos indisociables a la sociedad de entonces. 

El comienzo del libro, como todos los de Austen, es genial y anticipa ya el carácter del mismo: "Nadie que hubiera conocido a Catherine Morland en su infancia habría imaginado que el destino le reservaba un papel de heroína de novela" Ahí es nada. Nadie. Salvo ella misma. Catherine me recuerda a una ¿amiga? que tuve en la adolescencia, una de esas personas que chupan la sangre de los que están alrededor y lo hacen para sacar beneficio, sea el que sea. Gustaba de relatar historias en las que, invariablemente, ella era la damisela maravillosa asediada por gentiles caballeros, salvada por ellos y admirada por todos. Como yo la conocía aquello me parecía de una extrañeza supina, pero no era cuestión de discutir con alguien que podía clavarte una daga al menor descuido. Ella decía siempre una frase: "Cada una es la protagonista de su propia película". 

Catherine es mejor persona, más confiada y más honesta, aunque guarda la misma fantasía mal entendida y el mismo carácter atropellado, siempre pendiente de un mundo mágico que, en realidad, ya tendría que saber que no existe, porque la propia Jane Austen era muy consciente de ello. El exceso de fantasía lleva a la locura o, cuanto menos, al ridículo. 

La abadía de Northanger se publicó en diciembre de 1817, cinco meses después de la muerte de Jane Austen. Sin embargo había sido la primera novela totalmente terminada y lista para salir a la luz, incluso antes que Sentido y Sensibilidad y que Orgullo y Prejuicio. El desdén de los editores fue la causa de este retraso considerable. Su título original era "Catherine", que es el nombre de la protagonista, pero Cassandra Austen, la hermana de Jane, de acuerdo con su hermano Henry, decidió cambiarlo. Hizo lo mismo con el otro título que había quedado sin publicar a su muerte y que se lanzó en la misma fecha, esto es, Persuasión, que había sido denominado al principio "The Elliots". Ambos fueron publicados por el editor Murray. 

El Edinburgh Magazine criticó los libros favorablemente y estos se vendieron bien. En este tiempo, 1818, el editor Egerton había reeditado por tercera vez Orgullo y Prejuicio, esta vez en dos volúmenes, con una aceptación muy importante. Hasta quince años después no se volvió a editar en Inglaterra ninguna obra de Jane Austen.

La abadía de Northanger es una novela muy especial. Primero por su carácter satírico, que pone en solfa esa costumbre de las jovencitas de leer sin criterio alguno novelas góticas, plagadas de aventuras imposibles, caballeros enmascarados, carruajes oscuros, castillos lóbregos, pasadizos secretos y otros aditamentos de la manifestación gótica del romanticismo literario. Ese carácter satírico salpica toda la novela, la narración, el diálogo y los propios personajes. La heroína Catherine Morland tiene todos los defectos impropios de su condición y su propia familia es tan prosaica que espanta a los que quieren historias truculentas. Sobre todo su madre, un prodigio de sentido común y de amor propio, excelente lectora aunque con más tino que su propia hija. El argumento transcurre en Bath, ese lugar de esparcimiento en el que la escritora vivió durante cinco años y que se organizaba en torno a bailes, aguas termales, conversaciones, cotilleos y paseos por lugares concurridos. Allí Catherine se encontrará con personas de toda condición humana, buena gente y mala gente, aprovechados y también enamorados con criterio. Y de ahí, marchará primero a Northanger, la abadía, y luego a su propia cabeza, con la cabeza gacha. No continúo el argumento para evitar el spoiler, algo en lo que caemos los amantes de Austen porque pensamos que todo el mundo ha leído sus libros. 

No quiere esto decir que la autora despreciara la lectura de novelas, todo lo contrario. Pensaba que cualquier libro es susceptible de dejar un aprendizaje en su lector. Y por eso defiende a la novela como género literario, algo que en aquellos años estaba todavía en solfa y que todavía suele oírse por ahí, como si fuera cosa de género menor. La defensa de la novela tiene en este libro una cumbre altísima que merece la pena conocer. Y lo hace, desde luego, sin acritud y con ironía, con su estilo marca de la casa. 

Después de muchas idas y venidas, Jane Austen pudo recobrar los derechos sobre la novela, pagando desde luego, y por eso la familia pudo publicarla tras su muerte, aunque le cambiaron el título, que dejó de ser Susan para convertirse en La abadía de Northanger, que es un título que le viene muy bien y que representa el espíritu del libro al convertir a la abadía en protagonista. Además, en 1809 se había publicado ya una novela con el título de Susan. El motivo por el que nunca se editó por parte de los Crosby podía estar en su propio argumento, en esa sátira de las novelas góticas que eran los libros que ellos publicaban. No parecía lógico tirar piedras sobre su propio tejado y eso era lo que debieron pensar al leer el libro despacio. Pero hubo un hecho más prosaico y fue la ruina de los editores, que los dejaron sin margen para publicar a partir de determinado año, posiblemente 1804. 

La novela vio la luz veinte años después de ser escrita, lo que podía suponer el riesgo de que se hubiera quedado muy anticuada. Sin embargo, con la obra de Jane Austen este peligro no existe y, además, la novela no era una muestra del goticismo imperante en los últimos años del siglo XVIII, sino una crítica con sentido de lo que esas novelas suponían en la sociedad de la época. Por eso su vigencia se mantuvo y la risa que produce su lectura es una compensación a los desatinos de la protagonista. Hay que decir que es la novela más divertida de todas las de Austen. La caracterización de los personajes es brutal y hay momentos descacharrantes. Siempre recuerdo la vuelta a su casa de Catherine, subida a una silla de posta. Pero, además de las imágenes y diálogos, son los comentarios de la propia autora, que utiliza el lenguaje libre indirecto para dar su opinión de lo que sucede e introducir sus propios pensamientos, los que nos hacen sonreír y reír abiertamente. Esas cabecitas locas que convierten cualquier nimio acontecimiento en un solemne ejercicio de lucha por la vida son el objetivo final de la novela. Novela sí, viene a decir Jane Austen, pero, después de leerla, reflexión y sentido común. Se puede leer de todo pero no dejase llevar por la lectura sin distinguir fantasía de realidad. Ya nos previno El Quijote y nuestro Príncipe de los Ingenios dejó claro que el exceso de literatura fantástica puede llevar a la locura. 



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