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Salones de baile en San Petersburgo


Abro despacio la estantería blanca con puertas de cristal y paseo la mirada por los libros que allí hay colocados en un desorden preconcebido. Son libros que tienen un sitio especial porque, en su día, cuando los leí, me hicieron sentir bien, me hicieron volver la mirada a un mundo que no había visto antes y olvidarme de la cotidianeidad difícil. Son libros que te atrapan, que no te dejan moverte de la silla, que te introducen en un caleidoscopio de imágenes a través de las palabras, ese hilo conductor del pensamiento y la emoción. 

Escojo un libro. Tiene pastas duras en tonos tierras y anaranjados. En la portada, un hombre atractivo, muy elegante, con ojos azules que me mira indulgente. Piensa, seguramente, que soy una mujer perdida, con los ojos enrojecidos de haber llorado. Piensa que soy una mujer en soledad. Piensa que sufro. Esta es una tarde de lágrimas, aventura el hombre que me mira sin verme. Este hombre no se equivoca. Observo el libro detenidamente. El nombre del autor está en letras mayúsculas y blancas: William Gerhardie. La prologuista, en letras más pequeñas es Edith Wharton. Su nombre, amado y conocido, me hizo acercarme con mayor interés al libro. Así ocurrió cuando lo compré, no recuerdo dónde. Luego aparece el nombre de la traductora, en tono gris y el de la editorial. Antes de ellos, su título, Inutilidad. 

El libro tiene un suavísimo tacto, como si fuera seda, y la contraportada es absurdamente naranja, roto ya el tono casi morado del traje del hombre que me mira. Es un libro precioso, independientemente de su contenido. Un libro que da gusto tocar. Seguro que me fijé en su tacto, tanto como en su color, en el estilo de las letras y en el título. Soy así, los cinco sentidos puestos en la elección de un libro. 

El prefacio de Wharton habla de los escritores rusos. Afirma que son los maestros de todos los escritores, incluida ella misma y, por supuesto, de Henry James, aunque su escritura, dice, la deja, a veces, perpleja. Eso es algo que no le ha ocurrido con este libro, afirma, porque el autor ha logrado equilibrar los dos mundos a los que pertenece, el inglés y el ruso y todo ello con gracia, elegancia, ironía y distinción. Una novela moderna que lo mismo hace reír que llorar. Así lo afirmo yo también después de leer el libro porque, además, cómo podría enmendarle la plana a la autora de “La edad de la inocencia”, de “La solterona” y tantas otras novelas con las que he disfrutado tanto. En realidad, le hubiera enmendado la plana. Me conozco. Pero no hay caso. El libro es todo eso que ella afirma. 

Inutilidad  tiene cuatro partes, como si cada una de ellas fuera un paso de baile. Un baile estructurado pero no ajeno a la sorpresa. Las tres hermanas, La revolución, Intervención en Siberia y Nina, son los títulos de esas cuatro porciones en las que este delicioso queso se trocea de forma equitativa. Nina, Sonia, Vera son las tres hermanas y su padre es Nikolai Vasilievich, un hombre tan atractivo como Manolo Caracol o como Luis Miguel Dominguín. El autor del libro los ha conocido y he aquí que, de vuelta a Inglaterra, no ha tenido más remedio que coger papel y pluma y escribir sobre ellos. El autor quiere ser novelista. Ah, esa sensación de que la realidad se escapa si no la escribes. Lo ha dicho ya mucha gente antes que yo: existe lo que está escrito. Existió lo que recuerdas. 

Ese “espléndido ramillete de flores en el cual destacaba una” son las fascinantes hijas de Vasilievich, el hilo conductor del libro y el hombre que, a pesar de que Rusia se desmembraba en dos, continuaba ajeno a todo, ocupándose de sus minas en Siberia. Así, el autor refleja con una mirada volátil, etérea, liviana, ligera, pero nunca superficial, lo que ocurre en los salones de esa casa cuando allí se concentran un número indeterminado de personajes que, cada uno a lo suyo, intentarán obtener alguna ganancia, aunque sea la dulzura de una mirada femenina. 

La única novela rusa que tiene humor, la única comedia rusa ambientada en los años veinte, tan difíciles pero tan llenos de emociones y expectativas. Con un barco siempre a punto de zarpar, Gerhardie es el notario de un modo de vida que está condenado a desaparecer. El autor, que narra los hechos en primera persona, arrastra confusiones sentimentales, desgrana pensamientos filosóficos y observa lo que ocurre con una mirada propia, única, llena de ironía, de ternura y de esperanza a veces. Así, ella, Nina, será el final de su historia. 

“El arte de vivir consiste en la habilidad de subordinar las causas pequeñas a las mayores. Y se trata de un arte insatisfactorio. Tú decides con la cabeza qué es lo que quieres, y cuando has decidido con la cabeza qué es lo que quieres, teniendo en cuenta el resultado, te das cuenta de que quizá esa cabeza con la que creías tomar una decisión podría igualmente haber sido un espejismo”

Dudas y más dudas. Relativismo, quizá. Autocrítica. Comprensión de la realidad más allá de los hechos. Un libro inteligente lleno de escondrijos en los que aparecen personajes de carne y hueso. Como tú y como yo. Gente que puede dedicar una tarde entera a llorar por lo que no ha tenido. O por lo que perdió. 


Reseña bibliográfica: Inutilidad
Autor: William Gerhardie
Titulo original: Futility

Foto de la cubierta: William Gerhardie en los años 1930
Diseño gráfico: Gloria Gauger

Prefacio de Edith Wharton 
Traducción de Menchu Gutiérrez
Editorial Siruela. Colección Libros del Tiempo, 2006

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