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Libros de feria


(Annie Leibovitz)


Para cualquier lector, las ferias del libro son territorios cómplices, tierra conocida, paisajes cuya exploración siempre te trae alguna sorpresa, algún aliciente. Mucho más que ante cualquier otro escaparate sueles detenerte en la fila ordenada de libros, en las novedades o en las firmas, si es que tienes cierto estilo mitómano y aprecias el conocimiento directo de los escritores. No siempre esto es bueno, te lo advierto. Porque una cosa es escribir y otra ser. Y el ser y la literatura no van de la mano, o no suelen ir de la mano. Las biografías de los artistas, entre ellos los literatos, nos deparan una gran cantidad de disgustos, porque pueden llegar a cambiar el signo de tus gustos por cuestiones ideológicas o de conducta o de opiniones. Sin embargo, en las ferias del libro las firmas siguen siendo un polo de interés a pesar de que aquellos escritores que más amamos nunca serán firmantes por razones obvias.

Un catedrático contaba en sus clases que conoció a un nuevo rico que había adquirido una vivienda señorial, con escudo en el dintel incluso, y que incluía una extensa biblioteca. El nuevo rico añadió a los libros algunos “detalles” que consideraba necesarios para mostrarlos a la vista de sus futuros visitantes. Entre esos detalles estaban determinadas dedicatorias. La que más asombro generaba entre los asiduos a sus cafés eran las que orlaban la primera página de unas bonitas ediciones en piel de La Ilíada y La Odisea: “Con cariño de Homero”.

En las ferias del libro la cola de esperanzados lectores a la búsqueda de firmas suele ser inversamente proporcional a la calidad del autor. Los youtubers, por ejemplo, concitan tanta gente como un concierto de Bob Dylan. Las presentadoras de televisión (que son un subgrupo de escritores muy actual y que las editoriales adoran) tienen un público fiel en aquellos televidentes de magazines varios. Luego hay un mix de personajes que se deciden a escribir “su libro” (que no falte) y que generan compras sospechosas: no siempre conducirán a engrosar la lista de los amantes de la lectura. Belenes, modistas, alpinistas, entrenadores de fútbol, arquitectos venidos a más, aristócratas venidos a menos, cantantes de concursos, concursantes de realitys, consortes afortunados, divorciados de postín, todo lo que hoy en día venimos englobando en la etiqueta de “famosos”. Los famosos firman, con toda naturalidad, libros que han escrito otros, sin cortarse un pelo, sonriendo a la cámara y derrochando conocimientos muy variados, desde cómo vestir con estilo, a recetas de cocina, a “esta es mi vida”, a contar “su verdad” o a destripar secretos de alcoba que, en realidad, todos intuimos antes de que el libro se publique. En este grupo están también los “resentidos”, los que tienen que ajustar cuentas y qué mejor forma de hacerlo que con un libro.

Los best-sellers son una cuestión preocupante. No parece democrático discutir la calidad de un libro que se ha vendido muchísimo, aunque, en realidad, el aspecto logístico debería importarnos poco ante la cuestión de si, de verdad, el libro se ha “leído muchísimo”. Y, por otra parte, quién ha dicho que la cultura es democrática. Más bien parece el último signo de aristocracia que nos queda. No obstante, resulta de envidioso criticar los éxitos editoriales que dan de comer a las empresas y que colocan a sus autores en la cima de Twitter y en las cimas del ardor del público. Lo que suele suceder es que este público lee poco más que el best-sellers de turno y lo hace en la playa con la cabeza puesta en broncearse. Los best-sellers son como los telefilmes de sobremesa: siempre acaban dándote sueño pero puedes echar una cabezada sin preocuparte por perder el hilo, porque no hay hilo que perder o porque el hilo es inconsistente y te da lo mismo perderlo o encontrarlo. El tema central de estas obras, cuyos autores son celebrados y recompensados, en la frontera misma de la nada y el todo, suele ser la historia, que es un saco del que cualquiera obtiene algún pasaje que destrozar a gusto. Pobre historia, sacudida, tergiversada, confundida y cocinada en la termomix de un provechoso merchandising.

En otra ocasión hablaré de los libros-libros. De esos suele haber pocos en las ferias del ídem. Algún milagro, alguna rareza, una pequeña luz. Ya os digo, lo extraño.

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