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Las madres en las novelas de Jane Austen


La señora Dashwood de “Sentido y Sensibilidad” es una persona de carácter débil, tranquilo y tan centrado en su hija Marianne que no se da cuenta de que otra de sus hijas, Elinor, está sufriendo intensamente debido a su amor, aparentemente no correspondido, por Edward Ferrars. Elinor se guarda para sí sus sentimientos, ella representa el “sentido” del título, pero su madre no gasta el instinto o la intuición necesaria para adivinar ese sufrimiento. Por contra, todos sus desvelos están en su segunda hija, desairada y engañada por un hombre en el que todas ellas confiaron. 

Esta diferencia de trato, estos dos perfiles de mujer, no son, en realidad, exactos, ni representan con exactitud, como a veces se ha dicho, a Cassandra Austen, el sentido y a Jane Austen, la sensibilidad. Pero, si ello fuera así, ya tendríamos claro que la madre estaba más pendiente de la hija mayor, de Cassandra, que de las noveleras ideas de Jane.

Así y todo, es la “madre austeniana” más normal de todas las que aparecen en sus cinco novelas mayores. El resto de progenitoras presentan un curioso perfil de ausencia o de nula influencia en la vida de sus hijas. Dado que “Sentido y Sensibilidad” es la primera novela larga que escribe Austen, podemos decir que su imagen de la “madre” fue degenerando a ojos vista y que en cada una de las siguientes novelas fue, definitivamente, a peor.

La señora Bennet de “Orgullo y Prejuicio” es el ejemplo claro de persona descerebrada, falta de juicio, imprudente y sin criterio. Su forma de ser avergüenza a sus dos hijas sensatas (a las tres que son insensatas las deja indiferentes) después de desenamorar a su marido que se acaba refugiando en su biblioteca. He aquí, dice Austen, como el poco ingenio es capaz de acabar con el más apasionado de los enamoramientos. La actitud que Mrs. Bennet se gasta en relación con las posibles y deseables bodas de sus hijas está a punto de dar al traste con las perspectivas de Jane y Elizabeth. Solamente las virtudes de las chicas y el amor de sus pretendientes, desinteresado y ciego, consiguen evitar la catástrofe.

Por su parte, en “Mansfield Park” la protagonista, Fanny Price, es la segunda de nueve hermanos de un matrimonio “por amor” que genera una historia de miseria y pobreza que la obliga a que sea criada por sus tíos, Sir Thomas y Lady Bertram. El cerebro de mosquito de su madre la hizo enamorarse de un teniente de infantería pobre, cuyo sueldo no podía abarcar el suficiente sustento familiar, lo que la convierte a ella, antaño perezosa y débil, en desaliñada y descuidada. Lo que el carácter apocado de Fanny debe a ese modelo materno, es cosa que se podría discutir.

En “Persuasión” Anne Elliot no tiene madre y por ello de su crianza se encarga Lady Russell. Solamente su padre está presente en la vida de su hija. Un padre, por cierto, que la “persuade” para que no acepte, en su juventud plena, al hombre que ama y que aboca a su hija a una situación de tristeza incompatible con la dicha que una relación bien llevada proporciona. Anne Elliot es sensible, paciente y está menospreciada por su propio padre y sus hermanas, cuestión esta que no es ajena a la literatura pero que, en el caso de Austen, es únicamente aquí cuando se manifiesta con claridad. Anne Elliot es una heroína moderna, en el sentido de que ha de luchar sola por imponer su deseo de ser feliz a todos los contratiempos externos. Debe procurar, además, la “reconquista” de su amado, cosa nada baladí.


Por último, en “Emma”, nos encontramos también a una niña huérfana de madre y en manos de una institutriz, la señorita Taylor, que transmutará en señora Weston por matrimonio al principio de la novela. En el libro, la madre es una figura absolutamente ausente y el padre un pobre hombre con notable hipocondría que no es capaz de enderezar a la niña. Aquí se torna crucial el papel de la institutriz aunque cierto carácter caprichoso y evanescente, propenso a jugar con sus semejantes aunque sin maldad, está presente en la forma de ser de Emma, aunque con la circunstancia feliz de que ello no es impedimento para que el señor Knitghley la ame tiernamente y, por eso mismo, intente ejercer de casi Pigmalión con ella. A efectos emocionales, nada más, desde luego, porque socialmente la señorita Woodhouse es una dama bien criada.

Esta ausencia en las novelas de Austen de una madre de cuerpo entero, de un referente materno sólido, de una figura parental sensata, tiene, algunas consecuencias importantes en la crianza de las chicas y, desde luego, en algunos casos es muy evidente. Véase, si no, lo que ocurre con Lidia Bennet, que termina escapándose con el canalla de Whickam y sin promesa de matrimonio. O el sufrimiento oculto de Elinor Dashwood por ser incapaz de tener con su madre ni la mínima confianza. O la baja autoestima que denotan tanto Anne Taylor como Fanny Price.

Puestos a pensar, parece demasiada casualidad que sea un lugar común en los libros austenianos. Tanta coincidencia nos hace reflexionar sobre la propia infancia de Jane Austen. La costumbre de la señora Austen, su madre, Cassandra, de entregar a sus hijos desde los dos o tres meses al cuidado y crianza de una mujer de la aldea, separándolos del núcleo familiar al que se reincorporaban convenientemente criados, no parece ser la mejor forma de alentar el apego maternal ni siquiera las relaciones cálidas entre las familias. Si hacemos caso a la psicología son esos primeros años los que definen el carácter, los que generan los mayores lazos de afecto. Podían producirse niños independientes pero, en todo caso, también inseguridades y caracteres herméticos.  

Lo que sabemos de Jane Austen confirma que era una persona reservada en su vida privada. Ello no quiere decir que fuera triste, todo lo contrario. Más bien esa reserva se refiere a la escasa complicidad que presenta con su propia madre, la figura de apego por excelencia para un niño. Se acostumbró, probablemente, a desenvolverse sola, a guardarse para sí aquello que sentía o pensaba y, en su caso, el talento literario que tenía desde siempre, le permitió volcarlo en la escritura. Pero, aun así, resulta complicado hilar, en sus escritos, la auténtica forma de pensar de ella sobre los temas que trata. Más bien mezcla opiniones y posturas, dando lugar a confusiones acerca de su ideología.


Sabemos que fueron su prima Eliza y su hermana Cassandra sus mayores confidentes. Pero no creemos que esas confidencias fueran más allá de lo cotidiano. Porque seguramente también Cassandra, criada de igual forma, tuvo esa pantalla colocada sobre lo íntimo, tanto es así que la destrucción de las cartas de Austen estuvo auspiciada por ella. Cassandra protegió a su hermana, tanto en su memoria, como en su intimidad. Por todo esto, tampoco Jane Austen tuvo un pensamiento romántico, ni se dejó arrastrar por la melancolía tan común a las mujeres de la época que no conseguían hacer un buen matrimonio. Da la sensación de que fue una mujer profesional, con conciencia de que su trabajo era muy importante y llenaba su vida, sin necesitar, quizá, otros aditamentos.

Esto es lo que pensamos. La realidad, el fondo de las cosas, se nos escapa. Esa capacidad de contar lo que sentía, que indudablemente era parte de su condición de escritora, solamente puede entreverse en sus libros, en los que hay que escudriñar para entenderla. Pero sigue siendo un misterio en muchos aspectos. Misterio que se acentúa cuando comparamos su vida con su obra.

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