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Charlotte Lucas: el matrimonio como estrategia

Charlotte Lucas, una de las amigas más íntimas de Elizabeth Bennet, era la hija mayor de sir William Lucas y lady Lucas. En el capítulo V de Orgullo y prejuicio se cuenta que la familia Lucas vivía “a escasa distancia a pie de Longbourn” y que “tenían una gran amistad” con los Bennet. El señor Lucas se había dedicado toda la vida al comercio, actividad emergente en estos tiempos, y estaba establecido en la población de Meryton, donde había ganado con su negocio una importante fortuna. Con ocasión de ser alcalde de la localidad tuvo la oportunidad de pronunciar un discurso de agradecimiento al rey y por ello fue distinguido con un título que recibió en el palacio de Saint James. Esto fue demasiado para el vanidoso Lucas, que dejó de lado sus actividades laborales, su ciudad, y se traslado a vivir a una casa que consideraba más acorde a su nuevo rango y se situaba a las afueras. A la casa la llamó Lucas Lodge y en ella pasaba su tiempo, dedicado a gozar de su posición.   Charlotte t...
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El libro de la segunda oportunidad: "Persuasión" de Jane Austen

  Ella creía que había libros para todo, libros para todos.   Cada situación, cada momento de la vida, cada estado de ánimo, cada persona tenía un libro que podía hacer saltar el resorte necesario. Era una prerrogativa de los libros y la mayoría de ellos tenían ese don. Por eso y porque lo había comprobado en sí misma, decidió hacerse recetadora de libros, un título que puede parecer raro pero que, en realidad, muchas personas tienen sin saberlo siquiera.  Sus amigos ya habían probado la eficacia de esas recetas. Una vez llegó Juan M. Venía con los ojos más tristes que ella había contemplado nunca de cerca. En el cine sí se ven esos ojos, pensó, sobre todo en el cine francés porque allí las historias de desengaño son muy frecuentes. Y los ojos de Juan M. eran la clara traducción del desengaño. Había estado siete años en pareja con una chica de su grupo de amigos. Ella lo había encandilado con una sonrisa espectacular y un cuerpo de modelo. Pero algo resonaba en el aire cu...

"The Watsons" la novela que a Jane Austen no le gustó escribir

  En los años de sequía literaria de Jane Austen, los que transcurren entre 1801 y 1809, surgió la idea de una novela de la que escribió los primeros cinco capítulos. En total, ochenta páginas. La cosa quedó ahí. Fue en el año 1804 si nos atenemos a las noticias dadas por sus familiares y, aunque no se perdió el manuscrito, sí quedó abandonado desde entonces. Ni siquiera tenía título. Fue en el año 1871 cuando apareció como un apéndice a las memorias sobre su tía que firmó el sobrino James Edward Austen-Leigh, hijo de James, el hermano mayor de la escritora. Él mismo le puso título y lo sacó a la luz tal y como estaba, añadiendo una explicación de lo que se suponía, y según afirmaba Cassandra, iba a ser el final.  El tema de la novela es el tradicional: chicas buscando un buen matrimonio. Pero, hay también una sociedad de la apariencia, una aristocracia sin valores, competencia entre las mismas hermanas para lograr el mejor pretendiente, insolidaridad y problemas familiares. S...

"A propósito de las mujeres" de Natalia Ginzburg

Una vez yo paseaba por la carretera de la Estación y encontré en un lateral una especie de establecimiento que vendía cosas, un poco de todo. Al exterior se separaba por una cortina de cuentas de colores, de esas que suenan cuando las mueves. Eran colores fastuosos, brillantes, alegres, algunas cuentas parecían perlas y otras tenían un aire oriental muy llamativo. Me acerqué a la cortina y pasé mis manos por ellas. Eran las manos de una niña de ocho años y, al hacerlo, se oyó un suave tintineo, una música perfectamente organizada, como si alguien, una orquesta entera, entonara un himno. Entonces, sin apenas poder reaccionar, sin darme cuenta, alguien surgió de dentro de la tienda y mirándome con rencor evidente, un rencor que no entendía, yo, que era una niña de ocho años, entonces, me dio una bofetada. La bofetada paralizó la música, detuvo mis manos y su sonido metálico se impuso en el silencio de la tarde de mayo. Contuve la respiración y las lágrimas. Se conservaron dentro de lo...

Tierra de toros

/Cartel de la Goyesca de Ronda de 2026, realizado por el pintor Juan Uslé/ Se me ha ocurrido este texto viendo la entrega del Premio de la Tauromaquia a Curro Vázquez en la sede del Senado. Veo allí políticos, pero también ganaderos, veterinarios, sanitarios, peñistas, banderilleros, toreros, rejoneadores, peones de brega, gente del toro en general. Son todos conscientes de que viven tiempos difíciles. Cuando comenzaron su afición no suponían que las cosas iban a llegar a este extremo. No entraré a valorar las razones de los antitaurinos sino que me intentaré poner en el lugar de los que viven del toro, de los que tienen en el toro su afición y su vocación. He conocido a muchos de ellos. Soy de una tierra taurina, Chiclana de la Frontera, en la que los toreros tienen nombre de relumbrón. Incluso algunos son muy cercanos para mí, muy familiares. He trabajado en La Puebla del Río, la tierra de Morante, y he visto la afición de allí, música y toros. Y he visitado mucho Ronda, ese templo d...

Azules lirios

 /Ilustración de Carl Erickson, 1891-1958/ La casa de Pedro y Marie estaba en medio del campo. Veías flores por todas partes, lilas, lavandas, aloe, y también unas inopinadas margaritas y algunas amapolas. Era una casa muy francesa, pero Pedro quería convertirla en algo más suyo, de su lejano país al otro lado del océano y a veces lo lograba con la música y con algún cuadro que colgaba en el pasillo. Marie era maestra de parvulitos y Pedro tenía una tienda de casi todo en la ciudad. Ambos iban a trabajar todos los días y volvían al atardecer, recorriendo esa incesante carretera sombreada de árboles que a mí me llamaba la atención. El sur de Francia es siempre un hallazgo, aunque lleves ya algunos años allí. Siempre sorprende. Pedro y Marie nos acogieron en su casa durante unos días en aquel viaje de bodas que hicimos por el país donde nos habíamos conocido. Teníamos muchos amigos que visitar, tantos que no hubo ocasión de hoteles, salvo en la Costa Azul, Allí paramos en un hotel bl...

Un desamor salado

Portadas de Christian Bérard para Vogue El verano lo revolucionaba todo. Los amores bullían. Había bailes, verbenas, reuniones en las casas de los amigos, excursiones a los pueblos cercanos y días de playa sin límite. Mi madre me hizo aquel verano cuatro vestidos. Estuve persiguiéndola varios meses hasta que los dejó terminados, colgados en mi armario, listos para ese brillo de los ojos en los quince años. Uno era malva y tenía una falda amplia, un escote amplio y unos tirantes a modo de trencitas. Había otro de rayas blancas y celestes, con un cuello halter de piqué blanco, parecía francés. Luego estaba uno de fondo blanco con unos cuadritos azules y un escote redondo. Y estaba el estampado en tonos naranja, con la manga japonesa y una tela que crujía al bailar. Mi madre y yo diseñábamos los vestidos, íbamos a por la tela y ella se sentaba a la máquina y yo la ayudaba haciendo dobladillos o sobrehilado. La única tarea que me gustaba de todas las de la casa era ir a la compra, pero ali...

Si hay prisa, no hay literatura

*Lucia Berlin, escritora, 1936-2004 *********** Lo contaba en una entrevista grabada el escritor recién fallecido Paul Auster. Tras ocho horas de trabajo diario, como si fuera un obrero de la literatura, se daba por satisfecho si alguna vez de forma extraordinaria conseguía tener tres páginas terminadas. Lo normal es acabar una sola página y en circunstancias buenas quizás dos. Y nos cuenta su método. Un párrafo que se escribe y se reforma una y otra vez, continuamente, se escribe, se reescribe, se corrige, se vuelve a escribir. Hasta que, nos dice, quede suave, limpio, armónico, como si de ese fragmento surgiera música, rítmo, a compás diríamos nosotros.  Ese cuidado en la escritura, esa placidez a la hora de escoger las palabras, es una de las grandes cimas de la creación y cuando se logra, cuando una es capaz de olvidarse la prisa, la inmediatez, la necesidad urgente de decir algo, cuando puedes sentir el sosiego de escribir despacio, de buscar despacio en tu mente las palabras ...

La desconfianza

 Lo decía Agatha Christie en la primera novela policiaca que publicó, El misterioso caso de Styles. Fue también la primera que leí y de una forma curiosa: una vecina tiró una caja de libros y la dejó en una esquina en la calle para que se la llevaran los basureros. Yo lo vi, me senté en el suelo al lado de la caja y me puso a escoger libros, me llevé un montón. Tenía doce años. Ya era lectora. A partir de aquí, más. Un verano plagado de libros. No sé de dónde sacó la vecina todo ese material, en su casa nadie leía nada. Un misterio. Lo decía Agatha Christie en ese libro: ya nadie sabe quién es nadie, nadie conoce a su vecino, ha llegado tanta gente después de la guerra que los nombres y apellidos no significan veracidad. La guerra era la Gran Guerra. Europa se convirtió en un árido lugar lleno de desconfianza, miedo, rencillas e impotencia. La mayoría de la gente no sabía a qué había venido la guerra. No sabía por qué luchaban en ella, ellos, sus hijos o sus padres. La pérdida de v...

La conferencia

/William Eggleston, fotografía/  Él estaba al otro lado del atril, en alto, como si fuera un predicador. Pero no lo era. La conferencia tenía un tema encantador: Aves y flores en la literatura medieval. ¿A quién podría habérsele ocurrido algo así? Seguramente a algún afanoso organizador, una de esas personas originales e insensatas que pueblan los círculos culturales. Algún amante de la Edad Media o quizá un novelero sin remedio. Él estaba allí arriba, vestido de una forma muy peculiar, colocando los folios, mientras el público esperaba.  Era el despertar del verano, casi las nueve de la noche y él parecía haber salido de “Muerte en Venecia”. Iba vestido de beige y marrón, un marrón espeso, demasiado para la hora y la temperatura. Pero le quedaba bien. Conjugaba con cierta forma ceremoniosa de mover las manos y, sobre todo, con los ojos, de un grisáceo muy raro. En realidad, no podía asegurar que tuviera los ojos grises, solo lo parecía con la iluminación del atril, pero, en t...