lunes, 30 de noviembre de 2015

No


Él le dijo: “Te quiero”, con su voz dulce y rotunda al tiempo. Ella lo escuchó con reverencia y tuvo miedo. Supo que, después de esa frase, corta y definitiva, ya nada sería igual. Ya no podría fingir indiferencia, no podría inventar risas, no podría dibujar palabras imposibles, no podría atesorar lágrimas sin que él lo supiera. No. Después de aquello no valdría nada, salvo enfrentarse a todo. Enfrentarse a su propio corazón y al suyo. Aunque él no lo sabía. No sabía la respuesta de ella e imaginaba que las cosas transcurrirían como otras veces. Juego, deseo, quizá un poco de amor pero no mucho, sexo, fuego que se va apagando, desamor, aburrimiento y lucha. Y el adiós. Ese laberinto de sus pasiones que se iba repitiendo una y otra vez. Esa acusación que todas le hacían de que jugaba con la vida. Ese cansancio de verse en una ruleta que ya nunca podría pararse. 

Ella le contestó, mirándole a los ojos: “No”. Y repitió despacio: “No”. “No, porque te quiero demasiado”. “No, porque no quiero llorar cuando todo acabe”, “No, porque no quiero ver tu cara cuando mires a otras”. “No, porque no podré tenerte sin echarte de menos”. “No, porque no puedo esperar en vano a que te vayas”. “No, porque romperías mi corazón con una sonrisa”. “No, porque tengo miedo a no olvidarte si, un día, me besas y te beso, me abrazas y te abrazo, te tengo y me posees”. “No, porque te quiero demasiado”. “No, porque me inundas el alma si te veo”. “No, porque no podré contemplar que me engañes”. “No, porque sé que me odiarás un día”. “No”. 

Él contempló su rostro anhelante, sus manos que ya nunca tomaría entre las suyas, sus ojos firmes y su sonrisa triste. Ella lo vio como el hombre que nunca estaría entre sus brazos, como la persona que nunca compartiría su vida. Los dos entendieron que, de alguna manera, ese adiós los acercaba más que la propia vida. 

sábado, 28 de noviembre de 2015

La confidencia

Anne y Juliette tienen pocas ocasiones de verse. Viven en lugares muy distantes pero su relación no parece resentirse por ello. Se conocen desde niñas y se entienden. Ambas saben que la vida es muy difícil, sobre todo para Juliette, la más joven, que a pesar de lucir esplendorosa con su nueva capelina roja de lana fría, siente un ardor inconfesable, una urgencia que nada puede paliar, una necesidad casi vital. Ha cometido un error. Lo ha confesado a Dave, su esposo y él no ha entendido, como era de esperar, que su mujer se haya sentido atraída por otro hombre. Es un horror, ha dicho, moviendo las manos nervioso y enfadado. Un horror que puede ser brutal para toda la familia. Dave ha pensado en su propia madre, tan estricta, que le advirtió antes de casarse sobre la forma de ser "soñadora e impredecible" de Juliette. Le pidió que no se casara con ella, le dijo mil veces que no era mujer para un hombre honrado y trabajador como él, cuyas únicas esperanzas estaban en mantener las tierras de su padre tan pujantes como en vida de éste. Dave ha pensado en sus amigos, con los que se reúne de vez en cuando, gente sin maldad pero sin cultura ni sensibilidad, que lo considerarían un infeliz si supieran que su mujer ha tenido algo con otro hombre. Ha odiado de inmediato al señor Thomson, el clérigo que ha engañado a su mujer con palabras bonitas y frases sacadas de los libros de sermones. Su mujer es una crédula e inocente chica que no ha salido al mundo y que se ha visto precipitada por la dulzura de la voz y los ademanes casi femeninos de Thomson. Maldita sea. Tanto visitar la iglesia para esto. 

Anne, que lleva algunos años felizmente casada con un hombre sencillo pero tierno, Bruce, escucha a su amiga con preocupación. Sabe de su temperamento soñador, de su imaginación, de su mundo paralelo. Pero no conoce al pastor y teme por ella. Porque cualquier hombre avezado puede hacer sufrir a quien está enamorada del amor. Sin embargo, observa en Juliette una seguridad nueva, una especie de luz diferente, como si hubiera sido tocada con la varita mágica de un hada. Juliette entorna los ojos cuando habla, porque la la luz del sol poniente molesta la claridad de sus pupilas, pero no tenía un gesto abatido ni asustado. Está firmemente convencida de lo que dice y su corazón parece haber logrado una meta. Sentir todo lo que ella atisbaba que existía en el difícil universo de las emociones amorosas.

(Ilustración: "Waverly Oaks" de Winslow Homer, 1864)

viernes, 27 de noviembre de 2015

La casa roja


(Maurice de Vlaminck. Museo de Bellas Artes de Houston)

Yo quería dibujar una casa roja como esta. Con sus proporciones y sus distancias. Con su estructura. Una casa para que no se cayera, para que no se derrumbara. Una casa bien segura. Con paredes blancas y cuadros amables. Con gesticulantes ventanas que se abrieran de par en par al sol. Con un tejado a dos aguas, o a cuatro, qué más da, sin goteras, eso sí, y que se despejara con las nubes de otoño y se quedara quieta ante el levante. Quería una casa sin ruido, una casa apacible y cuyos sonidos fueran solo los más reconocibles, los del agua al correr por el grifo, los de la olla exprés con su olor a cocido y los de la música sin nombre y sin voces.

Esa casa debería ser tan grande como fuera posible, para que nadie tuviera que marcharse de ella en busca de otro cobijo más cómodo, para que todos los que en ella eran se mostraran radiantes y sin preocupaciones añadidas a un día a día bastante cotidiano, más cotidiano aún que de costumbre. En un rincón, el piano esperaría sin vergüenza el momento de saltar al horizonte con su sinfonía inacabada. Allí, en el alféizar de la cocina, un santo llenaría de olor a perejil el estruendoso amanecer de los veranos. En el patio, cerca del arriate de las rosas amarillas, un jazminero sin vergüenza por su pequeñez, se abriría por las noches para presidir el sueño y llenar los cuencos de cristal de las salas.

En esa casa roja todo se llamaría de otra manera, con palabras inventadas y diminutivos hechos de besos. Y, sobre todo, la chimenea estaría derecha. No sería como esa chimenea torcida con la que emborroné todos los cuadernos de mi infancia. No. Sería una chimenea como Dios manda. Y de ella saldría siempre un humo blanco, un humo limpio, un humo lleno de promesas. 

miércoles, 25 de noviembre de 2015

"Tantos días felices" de Laurie Colwin


Alegría, vitalidad, elegancia, placer, sutileza, diversión, amoríos...

La crítica se ha puesto de acuerdo en que este libro de Laurie Colwin (1944/1992), editado en España por Libros del Asteroide es un agradable texto que rezuma sencillez y buen rollo. 

Cuatro personas enamoradas. Nada menos que cuatro. Este otoño puedes conocerlas, acercarte a sus peripecias e, incluso, compararlas con la gente de tu alrededor. Al cabo, esto es la literatura, la trasmutación de la realidad en algo imaginado y plasmado en palabras. 

Sin embargo ya sabemos la mala prensa que tiene la literatura que parece escrita para mujeres, la literatura sobre el amor y de amor, entre los sesudos analistas y lectores de empaque. Vaya tontería, dicen algunos. No puedo resistir leer algo así, comentan otros. Se rechazan estas obras porque no se conocen. No las leen y así la cosa queda en empate. O no, vete tú a saber. 

El caso es que, a base de diálogos sabrosísimos, los personajes principales y un plantel de secundarios que para sí quisiera una sitcom, se adentran en tu cabeza y te entretienen tanto que te olvidas de que has empezado a leer un libro menor, con reticencias de todo tipo. La ironía, el ingenio, la inteligencia, la brillantez, la prosa precisa, todo ello son elementos a conjugar. 

Y ¿de qué trata, pues? Guido y Vincent son dos amigos que estudian juntos en la Universidad. Cada uno tiene su propio carácter y su propio sueño. Guido quiere escribir poesía y Vincent ganar un Nobel, el de Física nada menos. Pero el destino jugará sus cartas y un día Guido conocerá a Holly, con mucho más carácter que él y, por su parte, Vincent conocerá a Misty, una misántropa incorregible que le hará tilín. 

Estamos en el Nueva York de finales de los setenta y puede pasar de todo. Una eclosión de nuevas maneras, peinados y vestidos que culminará en los próximos ochenta con toda clase de énfasis. Las relaciones humanas, los amores, devienen en comedia de costumbres, del estilo de la autora. Costumbrismo urbano, amores entre treintañeros que se comen el coco para ver en qué acaba todo ese caudal de sentimientos que comparten dos a dos. Y luego, la amistad, el desamor, quién sabe si el abandono o la duda. Todo un cóctel que cualquiera de nosotros ha degustado en su vida de activo amante del amor. 

Colwin, que es la primera vez que se traduce en España (esta traducción es de Marta Alcaraz), escribió cinco novelas, tres libros de relatos y dos libros que bien pueden ser memorias y crítica gastronómica, todo en un tupper. En esta recuperación que hace de su obra Libros del Asteroide, suponemos que seguida de algún título más en el futuro, hay mucho de justicia hacia aquellas obras consideradas menores y que nos proporcionan eso tan difícil que es la felicidad de entretenernos leyendo un texto bien escrito que no quiere convencernos de nada, sino dejarnos fluir en la dulce mecida de unas relaciones que todos podemos intuir, firmar o, incluso, recordar con nostalgia. 

martes, 24 de noviembre de 2015

Rosa tóxica

El pobre chico no fue consciente de lo que se le venía encima. Nosotros tampoco. Confiadamente, creyendo en que nuestros padres eran seres infalibles que no se equivocaban, cogimos el libro y lo leímos una y otra vez. Hasta que en nuestro cerebro quedaron grabadas las frases y, no solo eso, el modus operandi. Somos unas víctimas. Y quizá ya no haya remedio. Solamente las nuevas generaciones pueden zafarse de esto si es que hay alguien que les abre los ojos y se deja de pamemas.

No sé cuántas interpretaciones hay por ahí de la rosa de El Principito. Ninguna me parece que se ajuste a la realidad. Son interpretaciones románticas, hechas por gente que se ha tragado el anzuelo, gente que se ha convertido a una religión que los ha abducido. Pero, pensando en el tema, un amigo de Facebook pronunció esta noche la palabra exacta, la palabra definitiva, la más clara descripción de la rosa en cuestión: dijo que era una rosa tóxica. Así es, lo que pasa es que, hace años, no existía ese concepto de toxicidad. Simplemente sabíamos que había gente que más vale no tener cerca. Pero ahora ya sabemos que hay personas tóxicas, incluso buenas personas tóxicas, incluso personas queridas tóxicas. Incluso personas tóxicamente amadas. Incluso tóxicos personales. Incluso nosotros podemos ser tóxicos para nosotros mismos. Y nada de esto es broma, que conste. 

El pobre principito se harta de regar la planta. Y ella se lo paga exigiéndole más. Hasta que el pobre se cansa de que la rosa lo maneje a su antojo y nunca le corresponda realmente. Porque la rosa es un parásito que quiere vivir del chaval. Así que el chico se cansa y se larga a otro planeta, o a otra casa, que ahora no lo recuerdo exactamente. Pero lleva inoculada la toxicidad, es decir, la responsabilidad. El chico se cree que es responsable de la rosa ¡¡¡¡¡¡ para toda la vida ¡¡¡¡¡¡ Por Dios, quién puede soportar esto¡¡¡¡¡¡ Es algo horroroso. Un castigo divino no da tanto la lata. Toda la vida aguantando a la rosa porque ella le hace creer que es débil y que él es supermán. Y él solo es un pobre muchacho necesitado de ser importante para alguien. Un abuso. Un claro abuso que nadie debería haber pasado por alto. Pero he ahí que todos los miles, que digo miles, millones de lectores, se han tragado el pastel sin rechistar. 

Vamos a llamar a las cosas por su nombre. La rosa es tóxica y el principito una víctima. Y así nos va. 

"Noches sin dormir" de Elvira Lindo


(María Blanchard)

Las ciudades son, a veces, territorios inhóspitos; lugares habitados por sueños imposibles; reductos de la soledad; imperios de la sinrazón...Cada una de ellas presenta su cara a la consideración de sus habitantes o de aquellos que, circunstancialmente, las visitan. Son entes vivos, paraísos inopinados, lugares levíticos. Las ciudades generan una forma de vida que plantea continuos dilemas. Elecciones. Qué hacer, dónde ir, qué camino tomar. No son espacios únicos, sino polivalentes, llenos de posibilidades, de recovecos, de momentos diferentes. 

Las estaciones, por ejemplo, se manifiestan en las ciudades de una forma especial. La naturaleza tiene aquí reducidas muestras, escasas formas de expresión, pero, las que existen, ofrecen un caleidoscopio de miradas, todas ellas abiertas a que cada cual las interprete a su modo. Es inenarrable el espectáculo de los parques o jardines cuando llega el otoño, con las doradas hojas balanceándose o cubriendo el suelo. Es asombroso el atardecer en medio de una gran avenida surcada de coches y de viandantes que transitan airosos de un lugar a otro. Es espectacular la visión del invierno en cualquier calle recoleta, en cualquier plaza escondida. Es, por fin, abrasador, la vivencia del verano en un tórrido pasaje urbano solitario. 

Las ciudades con río presentan una fisonomía definida por su calle de plata, el largo y estrecho canal que ocupa su corazón dejando a cada lado una estrategia vital distinta. Las ciudades con mar ofrecen un diálogo permanente entre los anocheceres y la aurora, entre la pleamar y la bajamar, entre las olas y el silencio del paisaje marino. Las ciudades asomadas a un valle se recuestan en la soledad angustiosa de un tiempo placentero y lleno de momentos de reposo infinito. Las ciudades que se cimbrean en la montaña, colgadas en lo alto, miran hacia el cielo con familiaridad, escriben letras llenas de interrogaciones y sorpresas. 

Las urbes antiguas muestran orgullosas su pasado, las más modernas abren la puerta a nuevas tradiciones. Las agrociudades revelan un sistema de vida lleno de matices y pequeños detalles cotidianos. Las ciudades industriales se ocultan en pasajes agotadores y en vivencias plenas de un personal humano que transita en el agobio. Todas las ciudades tienen algo que decirnos, todas escriben su historia mirándonos directamente a los ojos, en todas ellos encontramos un motivo para volver o para estar. Las ciudades nos acogen mucho antes de que lo sepamos, nos esperan a veces, nos llaman en ocasiones, nos atraen casi siempre. 

Elvira Lindo ha estado en Nueva York. Allí, con su marido, Antonio Muñoz Molina, ha vivido una existencia particular. Como todos nosotros. Porque no hay más o menos en ser habitante de un lugar cualquier. Y lo ha escrito. La diferencia está en escribir o no. La diferencia está en contar las cosas. Ella lo cuenta y así nosotros tenemos constancia de sus pensamientos, deseos y sueños. Recorrer una ciudad y contarlo marca una forma de entenderla que no siempre se sucede a nuestros ojos. Dibujar la ciudad, su perímetro, sus gentes, ese encuentro inesperado, ese edificio que nos llamó la atención. Reseñar un sucedido cualquiera, mirar con ojos de quien usa la palabra como instrumento. Ser arquitectos de lo vivido. La visión de la palabra, la visión de las fotografías, la narración directa. He sido yo, he estado aquí, en esta ciudad he dejado horas de mi vida, sentimientos. Aquí he sido amada, he amado, he buscado una verdad, he encontrado certezas, me he hecho preguntas. 



Leeré este libro y me haré mis propias interrogantes. Pensaré en las ciudades de mi vida y tendré alguna palabra para ellas. Allí estarán las imágenes que guardo como un tesoro que no se puede derramar en manos de nadie. Salvo en el recuerdo que queda escrito. Salvo en la certeza de la palabra toda. Así haré algún día, estoy segura. 

lunes, 23 de noviembre de 2015

Una escena de amor


(Jeremy Northam y Gwyneth Paltrow en "Emma") 

Jeremy Northam es un impecable Knightley. Y Gwyneth Paltrow es una deliciosa Emma. Y todos los que hemos visto la película, que recoge con mucha fidelidad lo que aparece en el libro, aunque más liviano y matizado, como es lógico, comprendimos, con una sola escena, que ambos se querían, aunque ninguno de los dos era consciente de ello. 

La escena de amor más relevante, pues, de la historia es la que transcurre en el salón de los señores Cox, de categoría inferior según detalle Emma, que ofrece una soirée a un grupo de destacados habitantes de Highbury, "pueblo extenso y populoso que casi llegaba a ser ciudad, al que pertenecía Hartfield", la casa solariega de los Woodhouse. En un principio, la invitación no llega, porque los Cox son conscientes de que la categoría de Emma es superior a la suya, pero, al final, todo se soluciona y ahí están, en la sala no demasiado amplia, los personajes que dan vida a la trama: Emma y su padre; el señor Elton; el señor Knigthley; los señores Weston; la señora Bates y la señorita Bates; Jane Fairfax; Harriet Smith y los propios Cox, además de otros de carácter secundario. 

En un momento dado, el dueño de la casa invita a Emma a interpretar algo al pianoforte. Ninguna de las heroínas de Austen es una consumada pianista ni cantante. Tocan con gusto y son agradables. Salvo, quizá, Marianne Dashwood, de "Sensatez y Sentimientos". Y es que son heroínas "normales", aunque parezca un contrasentido. Lo que me parece tan estimulante para las que no somos heroínas pero somos normales....

Emma interpreta una pieza al piano. Su voz es limpia, tranquila, toca con sencillez. Pero el foco de la escena no está en ella, sino en el rostro de Knightley, que contempla a la pianista con una expresión y una mirada que no puede ocultar que la ama, que la ama ardorosamente, que la considera lo más dulce y precioso de su vida. Pero, ay, esa ceguera que, a veces, nos cubre los ojos cuando somos directos protagonistas de los acontecimientos hace que este hombre no sea consciente de eso. Pero sí de su malestar cuando, inopinadamente, y haciendo gala de su carácter presuntuoso y engreído, Frank Churchill salga a la palestra, entonando a dúo con la joven Emma la canción que esta toca. Ah, entonces sí, entonces el gesto de desagrado es patente, aunque nada en su conducta, salvo esa dureza, esa contrariedad que nosotros observamos, va a delatarlo. 

A lo largo de la velada, la señora Weston, antes institutriz de Emma, le confiesa a ésta que tiene la seguridad de que Knigthley "pretende" a Jane Fairfax. Emma lo niega tajantemente. Tampoco ella se da cuenta de que su negativa encierra una predisposición de su corazón hacia él. No. Sin embargo, insiste en que ello no es posible. Y cuando es Jane Fairfax la que toma el relevo en la ejecución pianística, con toda su maravillosa forma de tocar, su maestría y su voz de soprano, entonces Emma se remueve en su asiento, sola, en un lateral de la escena. Pero, ay, su caballero andante irá al rescate y Knightley dejará su propio acomodo y se colocará a su lado, con ese aire cómplice que gastan todo el tiempo y que es la seña más clara de amor que conozco. Ese entenderse y entendernos. 

Decía Bécquer que el amor es un claro de luna. Más bien es una mirada, un cruce de miradas. Más bien es una sensación que no controlas, incluso que no entiendes y que te hace querer estar al otro lado del hilo que te une a esa persona. Estés donde estés, ahora, siempre, te quiero. 

domingo, 22 de noviembre de 2015

Bonjour, tristesse


("Aphrodite", William-Adolphe Bouguereau, 1825-1905)

Amaneces y vuelves al punto exacto en el que la noche anterior se quedó anclada tu cabeza. El sueño no ha servido para disipar la niebla. Esa gasa que cubre tus sentidos y no deja que pienses, aparece otra vez en cuanto el día se asoma. No es posible olvidar entonces, no es posible sino retomar con cansancio la idea y volver a darle vueltas, como quien amasa pan en un horno antiguo y sin ganas. 

Te preguntas entonces qué puedes hacer, hacia donde mirar y cómo hallar un hilo del que tirar para que la vida se instale en la serenidad que ansías. Quieres olvidar el motivo o las causas de esa inquietud que no te deja cerrar los ojos y soñar con que hay prados verdes. Pero la vida te engaña. La vida te pone delante unas razones que no existen y juega contigo. Te hace creer que eres alguien distinto a la verdad. La verdad es una entelequia a veces. Un lujo que no puedes permitirte. 

Recurres a la risa. Intentas recordar los momentos vividos. Quieres reír, aunque sea de ti misma. Pero la risa es un regalo que tiene sus reglas. No puede forzarse, no puede convertirse en amuleto, en talismán, o en nada que no sea natural, improvisado. Y aquí ya no vale la naturalidad, no, cuando estás sufriendo y no puedes volver la cara hacia ningún sitio. 

Entonces escribes en tu blog, añades una foto que te gusta, el rostro sereno, pleno de belleza de alguien que no sabes quién es. Alguien que vivió en otro tiempo y que ya no existe. Su plenitud, su hermosura, desapareció y no sabes la huella que dejó atrás. Así, observas ese rostro, con los ojos tan claros, ese tono de azul que parece esperar la mirada del amor sin reservas. Observas el óvalo de la cara, sin fisuras, sin que los años hayan conseguido resquebrajar su perfección. Observas la débil sonrisa, en una boca que hablaría de besos, de instantes robados a la mediocridad. La observas con detalle y sientes que no eres tú, que nunca has sido tú, que nunca lo serás, que ella es la diosa del amor y tú una simple mujer deshabitada.

Una historia no escrita


"La noche en la que murió mi marido no derramé ni una sola lágrima. Recibí la noticia como si fuera algo ajeno. Me apoyé en la pared del pasillo, en ese hospital en el que llevábamos unos días esperando el desenlace, y cerré los ojos. Los apreté fuertemente. Quería llorar, llamé a las lágrimas, las convoqué y fue inútil. No llegaron, ni esa noche ni la siguiente, ni en los días que pasaron a continuación. La culpa fue de los dos años anteriores, pensé entonces, dos años en los que había llorado tanto que mi capacidad de sufrir se congeló, se convirtió en un trozo de hielo que suplantó a mi corazón. Mi corazón se marchó a otra galaxia, a un lugar recóndito y lejano donde no pudiera enterarse de lo que estaba pasando."

Este podría ser el comienzo de una historia. Si la escribiría, los recuerdos ocuparían su sitio exacto, todo encajaría en un lugar inamovible y el corazón no tendría esos vaivenes que tanto daño hacen. Cada vez que la vida abre una puerta o la cierra, los recuerdos se agolpan y no dejan que el mundo gire como debe. Son una losa que hay que conjurar para poder seguir. Un espacio interrumpido que tiene que encontrar su lugar entre los pensamientos, la memoria y el recuerdo. 

Si esta historia se escribiera algún día, entendería muchas cosas. O, quizá, dejaría de explicar otras y de preguntar algunas. Si se escribiera, entonces la puerta se sujetaría al suelo, se anclaría, con uno de esos graciosos artilugios que tenemos en casa. 

Pero las palabras no obedecen los deseos, son autónomas. Ellas bullen solas, surgen o no surgen. Y, aunque las convoques, aunque las llames, algo dentro de ti te dice que no es posible, que no están dispuestas a salir. Seguramente las palabras saben mejor que tú cuándo el dolor te nubla el conocimiento.

Si lo único que tienes son palabras sabes que, si las guardas, algo dentro de ti está roto. Si las guardas, si no brotan, si las escondes, si se marchan, sabes que tú misma estás al borde del silencio. El silencio, que reconforta en la dicha, es un terrible compañero en la desgracia. Callar lo que sufres, sufrir lo que sientes, sentir que callas porque no encuentras las palabras. Si encontrara el surtidor que guarda la clave de esta historia, podría empezar a construir el puzzle del dolor y así no se agazaparía en un lado del costado, en el corazón, en la cabeza, para resurgir cada cierto tiempo, cada vez que la vida te pone delante el espejo de la soledad no querida.

Durante muchos años la vida cotidiana me apartó de escribir. No tenía nada que decir y sí mucho que ocultar. Después, el dolor se aposentó de tal manera que tampoco podía relatarse, porque es imposible captar el significado del sufrimiento inmenso. Y ahora, que quizá es el tiempo de que la palabra reverbere y se convierta en una certeza inapelable, ahora siguen sin querer aparecer, se marchan, se esconden, se trasmutan en otras que no quiero escuchar.

Oh, la palabra, qué raro misterio, qué perfumado olor tan desvaído, qué evanescentes formas, qué suplicio cuando se marchan o no vienen...Quisiera descansar en el sonido de las voces que amo...Pero antes, la palabra, la palabra tan solo.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Ese otoño de luces arrogantes...


Bette y Nicholas son recién casados. Hace muy pocas fechas que hubo una concurrida ceremonia en Leington, en un mediodía gris que anunciaba lluvia. Aún el campo no se había preparado para la nueva estación y quedaba un hilo de nostalgia del verano. Hojas secas y animales sedientos. La gente disfrutó porque ambos son simpáticos y tienen grandes familias que prepararon aquello como si fuera un enlace de ricos. Abundó la comida y hubo música. A Bette le hubiera gustado llevar un vestido largo, blanco y lleno de encajes y tules. Pero, como su madre le recuerda siempre, los tules y los encajes cuestan mucho dinero y ellos no pueden permitirse gastar la ganancia del año en caprichos tontos de chicas casquivanas. Bette es una chica que sueña en un entorno de pobreza digna. Por su parte, Nicholas se conforma con cualquier cosa. En realidad, solo la quiere a ella, a Bette. Ama su cabeza rubia y pequeña, con rizos que surgen sin compromiso en cualquier momento. Ama su forma de hablar y de mover las manos, haciendo gestos graciosos e interrumpiéndose para reír. Nicholas ama a Bette y Bette quiere amar a Nicholas. 

Hace poco que se casaron, ya lo he dicho. Y el otoño, esa esplendorosa estación que a ella le trae melancolía y a él trabajo, aparece de pronto y se instala en sus vidas, como en las de los otros campesinos, para una buena temporada. Así, los paseos de Bette por el campo, sola, para pensar en las cosas que le gustan, tendrán que adelantarse, para no coincidir con la caída de la noche. Ninguna mujer sola por esos andurriales, piensan los hombres de la vida de Bette. En Leington pasear es un lujo que solo pueden permitirse a algunas, gente como Bette a quien la suerte ha deparado un marido trabajador que no quiere que ella se destroce las manos en el campo. Los paseos de Bette serán ahora al mediodía, justo antes de comer, sola, porque Nicholas vuelve del trabajo cuando se pone el sol, como hacen los cientos de hombres campesinos de la comarca. Mujeres solas preparando la cena a la luz de un candil. Mujeres solas atisbando, tras las ventanas, el regreso del marido. Mujeres solas aviando a los niños. Mujeres solas. Solas. 

Un día, en uno de esos paseos otoñales, con la luz del sol cayendo casi a plomo, cierto aire nervioso por los alrededores, una especie de pátina demasiado clara para los ojos verde mar de Bette, ella ha entrevisto, en una de las casas de la entrada del pueblo, una figura que antes no percibió. Es un hombre. Lleva levita oscura y el cuello duro de los que no trabajan con las manos. Tiene el pelo oscuro echado hacia atrás y un porte misterioso. Detrás de los cristales de la sala, el hombre aparece como un fantasma inopinado y a Bette le llama la atención cómo él parece seguirla con la mirada cuando cruza la vereda delante de esa casa. En adelante, este camino llevará guardado la figura del hombre, su apostura, ese presentido eco de una voz nunca oída, ese gesto anhelante de mirarla. 

Cuando pasen los años, después de que sus hijos hayan crecido, todavía Bette recordará impaciente esos días del otoño en que atravesó sin poderlo evitar el umbral de esa casa. En que hizo realidad el sueño de su juventud y conoció una dicha nunca antes vivida. Los días en que su corazón se abrió como si fuera una flor en primavera, a pesar de la frialdad del ambiente y de la lluvia inmisericorde. Los días en que el hombre de la levita oscura posó, como palomas, sus manos sobre ella, inventando un lenguaje que nunca repitió nadie en ningún sitio. 

viernes, 20 de noviembre de 2015

Escribir se conjuga en plural



El hombre llevaba un traje gris que le sentaba como un guante. Bajo la chaqueta asomaban protocolariamente los puños de la camisa blanca y el cuello bien ajustado, rodeado por una estrecha corbata negra. Era alto y muy delgado. Algunas hebras grises salteaban su pelo de forma intermitente, pero su bigote aparecía lustroso, mostrando un sello de vitalidad desusada en aquel marco añejo. 

Dashiell Hammett había llegado pronto. No sabía cómo, las horas, en ocasiones largas, se le habían pasado tan deprisa la noche antes. En el garito azul al que llegó, pasadas las dos de la madrugada, halló a una rubia esplendorosa con los dientes salidos al estilo conejo, pero con un trasero apetecible.
No recordaba ya de quien partió la iniciativa pero la noche resultó redonda. Bebidas, humo y mujeres, su ecuación más perfecta. Alguien, su agente quizá, lo metió en la cama a punto de evitar el colapso. Y, después de dormir muy pocas horas, se despertó de bastante mal humor.

Allí estaba, por fin, en esa absurda convención de escritores a la que lo habían llevado a rastras. Se sentó en el sofá más cercano a la barra por facilitarle al camarero el trasiego de copas y encendió un cigarrillo. Sus ojos oscuros y pequeños observaban inquisidores el movimiento rítmico de la puerta giratoria por la que entraban a cuentagotas los otros colegas invitados al evento.

Eran de todas clases. Allí había una muestra variada de lo mejor y lo peor de la clase literaria. Guionistas de cine, con su aire apocado, poco dados al exhibicionismo. No sabían hablar en público y portaban siempre un gesto hosco e inimitable. Algunos novelistas de fama, otros que estaban empezando y pretendían hacerse de contactos para forjarse un sitio entre los elegidos. Dramaturgos, esa especie de escritor tan acostumbrada a tratar a los actores (sobre todo a las actrices) y que, por ello mismo, solían gesticular en demasía y andar desesperados. También vio a escritores de periódicos, a medio camino entre la literatura y el producto alimenticio, el último escalón, sin duda, el desarraigo de la profesión.

Pasados ya los primeros momentos en los que cada cual tomaba posiciones, hacía acopio de bebidas o se sentaba en un lugar con buena visibilidad, el conductor de aquello, un escritor muy viejo, una especie de pater venerable, dio paso a la primera intervención. Una oradora.

Resultaba extraño que en un cónclave tan masculino fuera una mujer la que hablara. Solo había tres de ellas en la sala. Dos eran muy famosas, escritoras intimistas para chicas y amas de casa. La tercera, que era la que iba a tomar la palabra, era muy joven pero aparentaba más edad porque gastaba un aire de sobriedad excesivo, ni siquiera sonreía. Tenía el rostro anguloso, con ojos incipientes y una larga cabellera pelirroja con raya al lado, que, sin duda, auguraba mal carácter. Su nombre, Lillian Hellman, a él no le dijo nada.

Pero el leve murmullo mantenido por todos al principio se fue apagando y a los cinco minutos ya nadie hablaba. Solo la pelirroja en el centro de aquello, vestida limpiamente de oscuro y sin coquetería, elevaba la voz y su peculiar acento sobre una asamblea prendida en sus palabras.

Durante unos instantes cruzaron sus miradas. Fue cuando él percibió en los ojos de ella el color inconfundible de una pasión no escrita. Mientras hablaba, dibujó las palabras en el aire y algunas de ellas, las definitivas, cruzaron el espacio de la sala y llegaron sin pedirle permiso al lugar escondido donde el hombre de gris guardaba un corazón, intacto todavía.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

La ola


Ella era una ola y se convirtió en una mesa. Fue sin darse cuenta. En un momento. El aire danzarín que gastaba se tornó inútil y nada tuvo razón de ser sin él. Lo supo cuando ya era tarde. Como siempre sucede, la luz del corazón no avisó a tiempo de notarlo mientras existía. Fue después, cuando las sombras lo invadieron todo.

Ella no entendió nada más que el silencio. Su risa se apagó. No tuvo fuerzas para alzar la voz en medio de un desastre violeta. La noche dejó de oler a noche y las rosas se fundieron con el pavimento. Miles de hojas salpicadas de sangre. Un sueño inacabado. Una promesa rota. La nada navegando entre balazos. 

Ella lo convertía todo en palabras desde siempre. No sabía el motivo pero vivía para escribir lo que veía, lo que sentía y lo que era. Las palabras trotaban, bailaban y cantaban en sus manos. Todo parecía tan natural. Ella era así. Sentía que no podía ser de otra manera. Y él entendía su necesidad. Su deseo de que todo fuera escrito. La escritura era el salvoconducto, el medio, el fin, todo. 

Él le preguntaba por las cosas que escribía, por sus historias, la animaba a escribir. Escribe, decía, escribe. Escribes de cine, decía a veces. Escribes tan bien. Te envidio. Me gusta tanto leerte. Qué bien escribes. ¿Qué has escrito hoy? Cuéntamelo todo. Cuéntame lo que haces. Cuéntame lo que eres. Cuéntame.

Es fácil acostumbrarse a la dicha. La dicha te conmueve, te llena, te cubre de una pátina de sueños que no puedes olvidar aunque lo pretendas. Por eso, cuando acaba, la vasija se rompe y se llena de huecos que dejan caer el agua. Agua turbia, agua dura, agua temblorosa. Lágrimas que no salen porque no tienen nombre. Te noto en mis entrañas y te busco. Dónde tu voz, ansío....

El aire de los días se convierte en cansino cuando el sentimiento no acompaña. La vida se hace de emociones y las emociones se apagan, se esconden, se ocultan, se malgastan. Él dejó de preguntar por su escritura, dejó de leer sus palabras, dejó de entenderla a ella. Dejó de estar al otro lado de la vida. Y entonces ella escribió la pérdida de su ligereza atlántica en un blog y dejó allí volar las palabras. Sin que él lo supiera. 

martes, 17 de noviembre de 2015

"Diamante azul" de Care Santos


Barcelona, primeras décadas del siglo XX. Una mujer llamada Teresa. Un hombre de intensos ojos azules. La rebelión de los sentimientos. La convulsión social que enfrenta a la plácida burguesía barcelonesa con los obreros y la gente que lucha por sobrevivir. El azul es el azul de los ojos del marido de Teresa. Un azul complicado, difícil, extraño, seductor, innegablemente atractivo. 

Después de "Habitaciones cerradas", Care Santos publicó "Deseo de chocolate" en otro registro, más fragmentado y con una trasfondo histórico. Ahora continúa en la línea de "Habitaciones..." mostrando de nuevo el interior familiar y social de un ámbito que le resulta muy cercano a su escritura. 

Tres tiempos diferentes, dos espacios, la nueva novela de Santos recorre la vicisitud familiar de un grupo humano desde el siglo XVIII hasta los años previos a la guerra civil. Se trata de fantasmas familiares que se reviven. Se trata de mujeres que deciden cambiar su destino por amor. Se trata de emociones, pero también de intrigas, pérdidas, luchas y engaños. Convenciones sociales versus sentimientos indescifrables. La vida, al fin y al cabo. 

El Mataró industrial, el hacinamiento de los obreros, la miseria, la búsqueda de una vida mejor, se entrecruzan apenas con la burguesía, con las familias bien que tienen criadas con manguitos, mandaderas que les hacen los recados, cocineras que duermen en soberaos llenos de ratas, limpiadoras que pasan horas de casa en casa, llevando y trayendo los chismes. 

 «Estas músicas de ahora, por ejemplo, son fatales para las chicas. Deshacen por completo el cerebro hasta dejarlo hecho un puré. Esto explica que por todas partes ocurran cosas tan extrañas. Quitarse el corsé, casarse siete veces, ponerse plumas en los sombreros, fumar con boquilla…»

Hablamos del linaje de los Pujolá, la familia de la autora, que llega a Mataró desde Olot y cuya trayectoria corre paralela a la de otros núcleos familiares que siguieron el mismo itinerario. Aunque no en todas esas familias existían unos ojos azules que pasan de generación en generación y que hacen estragos entre las mujeres bienpensantes. 

sábado, 14 de noviembre de 2015

Atentados en París: Las Buenas Redes


Zona de guerra. Eso parecía anoche París tras los atentados que costaron la vida, de momento, a 150 personas. Los heridos graves son decenas y eso puede aumentar la cifra de muertos. Pasados una cantidad, ya no contamos. Sabemos que es una catástrofe, un desastre, un horror. Palabras que llenan hoy los titulares de los periódicos de papel que han salvado una portada, porque el interior se ha quedado antiguo. En España, las diatribas sobre Mas y su investidura, sobre la contaminación en Madrid o sobre las muertes por violencia doméstica, son historia momentánea. Porque es Francia el centro del mundo informativo. Así sucede. Así son las cosas y así se las hemos contado. 

Cuando llegas a casa a la medianoche y pones la televisión nada te hace pensar en que ha ocurrido algo. Un programa de telebasura airea los conflictos personales y familiares de algunos personajes subidos a la cumbre de la efímera fama del cotilleo. En otra cadena, cantantes aficionados quieren ganar un premio. En otra, el cante es anécdota y recurso para la risa. Películas por doquier en algunas otras. Solamente si abres el Ipad te das de bruces con la desgracia. Ahí están, en las redes sociales, en los digitales, las noticias sobre lo sucedido. 

Es Twitter la reina de la inmediatez. La red social del pajarito cumple su función perfectamente. Pone en contacto a través de sus hastags a todos aquellos que está hablando de lo mismo. Traslada informaciones, cuelga fotos, añade enlaces. Es el tuit el medio de comunicación más relevante en esta noche de atentados que convulsiona las cabezas antes de dormir. No he soñado con ellos curiosamente, a pesar de que las imágenes y los textos se agolpaban en mi cabeza antes de irme a la cama, al filo ya de las tres de la madrugada. Pero no solo eso. El hastag #PorteOuverte lleva un lugar donde dormir a la gente que se ha quedado sin nada. Los amigos y familiares se contactan por las redes y los móviles. La revolución tecnológica tiene sentido. Facilita la vida. Que no es poco, en medio de la muerte. 


¿Dónde estaban los reflejos de las televisiones? ¿Dónde los periodistas comprometidos? ¿Dónde el revulsivo de la comunicación, que ellos llaman "seria"? Solamente 24 horas, el canal informativo de la 1 de RTVE, dio la cara en un esfuerzo por trasladar noticias. Una raya en el agua en un panorama lleno de desolación, incertidumbre y terror. Sí, terror es la palabra que mejor se adecua a la situación. El terror está aquí, en el corazón de Europa. Y las televisiones, públicas y privadas, a lo suyo. Gran servicio a la actualidad, sí señor. 

Las denostadas redes cumplieron su función. En Twitter las noticias volaban en forma de trinos del pajarito que no ha descansado toda la noche y sigue. En Facebook la solidaridad se muestra en los cambios de fotos en los perfiles y en las portadas. Todo el mundo dice algo del tema y la bandera tricolor ondea con firmeza para recordar las cosas imprescindibles. Nadie leerá hoy los artículos de fondo del periódico, nadie leerá salvo lo que, apresuradamente, hayan podido colar de lo sucedido. Es una situación que exige compromiso, que exige reacciones inmediatas, que exige voluntad de informar. El periodismo en guerra, como Europa. 

Algunos héroe: Benjamin Cazanives, desde el Estadio de Francia: "Estoy vivo. Solo tengo unos cortes. Una carnicería. Cadáveres por todas partes" Las redes lanzaron su mensaje al mundo. Un reportero in situ. La carnicería tenía su epicentro en la sala de fiestas Bataclan, hoy tristemente famosa. Cien muertos. Cerca del restaurante Petit Cambodge, se oyeron también ráfagas de ametralladora y fusiles de asalto. Las explosiones sacudieron el partido amistoso de las selecciones de Francia y Alemania. Paradigmático duelo. 


El bullicio en las redes trasladó al aire que había, al menos, siete ataques prácticamente simultáneos. París estaba en guerra. Cercada. Los miles de policías franceses en alerta desde el 30 de noviembre por la Cumbre del Clima no bastaron para impedir las masacres y, sobre todo, la sensación de terror. La palabra de nuevo. Los distritos 10 y 11 sufrieron la embestida. En el Bulevar Voltaire está Bataclan, con cientos de jóvenes que asistían a un concierto. Los rehenes necesitaron una intervención policial de asalto. 

François Hollande salió del Estadio en helicóptero. También nos enteramos por las redes. Acudió al Ministerio del Interior y el Plan Roja Alfa se puso en marcha. Cierre de fronteras, controles en los pasos fronterizos, suspensión del espacio Schengen, estado de emergencia, refuerzo militar en las calles y sitios estratégicos. Estado de guerra. El terror en el corazón de Europa. "La Marsellesa" sonó entonces en el Estadio de Francia, mientras los asistentes al partido eran evacuados. 

Las redes sociales pusieron la nota informativa en una noche oscura. Los digitales tuvieron su papel crucial que cumplir. Las viejas rotativas, las redacciones de la casta periodística, de la prensa tradicional, poco pudieron hacer para frenar la avalancha que les superaba. Añadir una editorial a última hora. Intentar no quedar demasiado fuera de lugar cuando las resmas de periódicos se pongan a la venta en los quioscos. Salvo la radio, la vieja y siempre remozada voz que se suma a los eventos de manera casi inmediata, el resto de los medios ha de entonar su por qué y para qué. No hay periodismo sin actualidad informativa. Y anoche quedó patente que hay mucho por cambiar. O perecer. 

Buenas redes, buenos días, bonjour la France. 

viernes, 13 de noviembre de 2015

"La niña perdida" de Elena Ferrante

Hay autores que se me escapan. Sabes que están ahí, oyes hablar de ellos, incluso mucho y bien. Pero no se produce el encuentro, ese momento personal en el que das de bruces con su obra y entonces ya, para siempre, se convierten en parte de ti misma, en un nombre de tu biblioteca, en un mensaje tuyo, en una visión acertada de lo que significa para ti la literatura. 

Este es el caso de Elena Ferrante. Las críticas la ponen por las nubes. Hablan de su tetralogía "Dos amigas" con halagos y con énfasis. Pero, sin embargo, nunca me había surgido la necesidad o la casualidad de leerla. Y así, ha permanecido para mí inédita hasta ahora, en que he empezado a conocerla a través del cuarto libro de la saga. Este "La niña perdida". 

¿Quién es Elena Ferrante? That´s is the question. Se supone que nació en Nápoles, en 1943 y se duda de que sea una mujer. Su anonimato ha hecho correr elucubraciones de todo tipo, hipótesis sin confirmar, invenciones y opiniones que, hasta la fecha, no han llevado a ningún sitio. En todo caso, desde 1992 su obra está ahí, escrita en italiano y conteniendo tanto novelas, como poesía y libros infantiles. Aunque su primera novela L´amore molesto, fue publicada en España por la editorial Destino, y la segunda "Los días del abandono" por Salamandra, desde 2011 es Lumen la encargada de sus publicaciones, en concreto desde que se inició la saga "Dos amigas". 

"La amiga estupenda", "Un mal nombre" y "Las deudas del cuerpo" son las tres anteriores novelas de la saga, cuya cuarta entrega es esta "La niña perdida", en título con reminiscencias vargallosianas "Aventuras de la niña mala", 2006. 

Este misterio editorial no parece que vaya a resolverse. Más bien se incrementa con la fama de las novelas y del propio autor/autora. Los ferrantianos son cada vez más numerosos y ese entorno napolitano, con los personajes creados por Ferrante en esta saga, parecen ya de la familia para una cantidad ingente de lectores. Las protagonistas Lila y Lenú, suenan conocidas. Sus peripecias, también. En alguna entrevista aislada ha hablado de su estilo. Dice que no corrige apenas y que escribe desde el corazón, desde el interior. Lo cierto es que se ha convertido en una autora de culto para los propios escritores, muchos de los cuales se confiesan adictos y esperando siempre que salga alguna nueva obra de Ferrante. 

"La niña perdida" ha tenido críticas geniales desde su lanzamiento el 15 de octubre. Los temas de Ferrante siguen siendo los que se desarrollan en toda la saga. La maternidad, el deseo, la relación con el propio cuerpo, el amor y el desamor, la intimidad, la amistad...Un universo plenamente femenino desplegado sin complejos, a babor y a estribor. No intenta camuflar su historia con aditamentos que distraigan de su objetivo, ni hacerla pasar por lo que no es. Se presenta sin ardides y con la veracidad propia del escritor o la escritora que cree en lo que hace, que está seguro de ello y que, probablemente, no puede escribir de otro modo o decir otra cosa diferente a la que dice. 

Las fábulas sobre la autoría, sobre la identidad de quien se oculta tras el evidente pseudónimo, son muchísimas, algunas de ellas han sido negadas por los escritores a quienes se atribuyen los libros y, en alguna ocasión, ha sido la propia Ferrante, en entrevista hecha por escrito, quien ha clamado al cielo como cuando se aseguró que no existía un autor, sino un grupo de autores, todos hombres, porque había sido necesario un grupo de ellos para poder plasmar, con veracidad y acierto, el complejo mundo de las mujeres. 

Sea como sea, acercarse a la lectura de los libros de Elena Ferrante nos depara sorpresas. Un abigarrado mundo exterior y un mundo interior lleno de capas superpuestas que se van abriendo a nuestro paso. Personajes que son personas a las que crees ver a tu alrededor, gente normal y corriente, como nosotros mismos. Sentimientos que todos hemos sentido o que creemos sentir. Vicisitudes que bien pueden ser extraordinarios o simplemente fruto del azar o de la vida cotidiana. Una narración viva, articulada en torno a un lenguaje sincero que te atrapa. 

Esa atracción a la que sucumbe sin remedio el lector puede ser la seña de identidad más clara de Elena Ferrante. Si la lees, entrarás en su mundo y no podrás salir de él. Te convertirás en uno más de los lectores que han experimentado ese hechizo. El valor de la palabra, como tantas veces he pensado, tiene más fuerza que el oleaje del mar o que el viento huracanado. 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Una librería en el sur de Francia


Las manos de Marie Dubois ordenan con ternura los libros apilados sobre las mesas de dorada madera. Antes, los ha ido sacando con el mismo cuidado, con mimo incluso, de unas cajas de cartón fuerte que están situadas frente a la puerta. Le ha costado mucho esfuerzo llevarlas allí. Han tenido que prestarle ayuda algunos vecinos, gente mayor, la que continúa viviendo en esas casas empinadas del pueblecito de la Provenza que, desde hace unas pocas semanas, es su nuevo hogar. 

Marie Dubois no ha conocido otro hogar, antes de ahora, que los libros. Su vida de niñez ha sido fría, gélida, desdibujada y llena de inconvenientes. El principal de ellos la orfandad. La muerte de sus padres, casi a continuación uno del otro, abrió una espita en su corazón que nunca se ha cerrado. Ni sus tíos, ni sus primos, lograron nunca caldear ese frío interior, esa desazón que le produce el silencio de una casa en ruinas y vacía. Así que decidió marcharse, largarse dijo ella. Irse lejos, lo más lejos posible de esa bruma del norte y aterrizar aquí, al cálido sol del sur más distanciado de lo que fue su vida antes de ahora. 

El pueblo es muy coqueto. Unas pocas calles estiradas junto a un campo de estrellas que, antes de verlo ella, ya estaba dibujado en mil papeles. Las casas se sitúan en cualquier sitio, aprovechando esquinas y oquedades. Las paredes de piedra acogen hornacinas y en ellas flores secas de cualquier estación. No hay invierno sino soleado otoño que dura más meses de la cuenta. Aquí siente Marie que ha llegado al final de un camino, hecho al trote en ocasiones y otras veces con una lentitud exasperante. Tiene los años suficientes como para desear permanecer aquí y demasiado pocos para pensar que esto es un castigo. A Marie le sueña el corazón cada vez que piensa en el futuro. Porque algo espera, aunque ella no lo sabe. 

Con la ayuda económica de sus tíos y algunos ahorros de la herencia, pequeña, de sus padres, Marie ha buscado un local. Es un espacio cuadrado y cálido, con dos ventanas a la calle y una escalera casi oculta que sube arriba, a un pequeño apartamento en el que ha instalado un baño, una cocina y un salón-dormitorio de regular tamaño. Ahora ella no piensa sino en convertir ese local en un sitio vivo, un lugar al que acudan las parejas, los niños y los padres, los viejos, la gente del pueblo y de los campos de alrededor, a buscar libros. De eso es de lo único que Marie entiende, de libros, de palabras y de historias. Así, poco a poco, día tras día, construye entre esos muros un paraíso encendido en el que las palabras son el reino y las historias el trasunto de una verdad austera pero firme. 

La librería permanecerá abierta todo el día, salvo la hora escasa en la que Marie se sienta en su cocina a prepararse un bocadillo con un vaso de leche o un café si esa noche anterior ha dormido demasiado poco. Las horas de la noche son más largas y entonces la soledad llama a la puerta con insistencia y le dice a Marie que está ahí, que la reconozca, que es ella, que no quiere pasar de largo sin desearle buenas noches. Pero Marie es tozuda y ha decidido no abrir la puerta a nada que no le traiga gozo. 

Los libros están a punto de cubrir las estanterías de blanca madera que Marie ha instalado pegadas a la pared. Son libros variados, con pastas de colores, clásicos, libros nuevos, poesía, cuentos, novelas, un poco de todo, un batiburrillo alegre y festivo que danza ante los ojos de Marie como una promesa que se descubriera en medio de un naufragio. Los libros han sido su hogar y ahora serán también su medio de vida. Ella cuidará para que cada cliente encuentre lo que busca, para que aquellos que traspasen el umbral de su librería salgan con un libro en la mano. 

lunes, 9 de noviembre de 2015

Días sin horas


He vivido en el centro del miedo. He lanzado preguntas y ninguna ha tenido respuesta. He sentido un volcán de lava derretida bajo mis pasos. He soñado que mi vida era otra. He querido ser alguien diferente. He llorado hasta que las lágrimas han dejado de existir. Me ha dolido el corazón sin que nada ni nadie pudiera siquiera darse cuenta de que las notas de mi melodía estaban apagadas. He sido cobarde para amar. He sido valiente para decir adiós. 

Pero he aquí que, a miles de kilómetros del mundo, quizá en otra galaxia, la luna se ha adueñado de un firmamento oscuro, yermo de estrellas, escrito en tinta china. El centro de la bóveda rodea el cuarto creciente y debajo, la arena que hace horas abrasaba, se ha tornado en azúcar, cálida y sin terrones. Los pies desnudos, los pies descalzos, todo, desnuda entera yo, mi corazón desnudo. 

Me he mirado a mí misma a través de un espejo, Alicia sin vestidos, sin números ni reinas. He cruzado el umbral y allí, sin esperarlo, he entrevisto mi imagen, asomada a un espacio que no aguanta mentiras. Soy yo. Esta que ves. Así. Completamente. Soy yo.  Lejanos los deseos, lejanas las pasiones, lejanos los conflictos. Soy yo. No siento miedo. El miedo se ha marchado. La noche no es oscura. No estoy sola en el mundo. No lo he perdido todo. No tuve un él ausente. No tengo un tú imposible. 


Sigiloso, un violín irrumpe en el silencio. Su doliente susurro me secuestra, me llama. Acallo su sonido con el mío. Como si me escucharas, entono desde dentro una canción muy vieja, una canción que se cose a mi piel desde que existe. Entonces sueño con mi vuelta a la vida, a esa callada, oculta, geografía de los besos. 

Románticas de hoy en día


Hay conceptos que se pervierten por el mal uso. Hay palabras que dejan de tener significado por lo mismo. Buscas en Internet, en los escaparates de las librerías, en los expositores de los grandes almacenes y ahí están, cientos de títulos, todos ellos bajo la santa advocación de "novela romántica".La nueva novela romántica o, lo que es lo mismo, la novela romántica de andar por casa, pret-a-porter, la novela romántica de hoy en día. 

El Romanticismo, con mayúsculas, es un movimiento cultural y artístico con todos sus avíos. No es una moda, ni una costumbre, ni una tradición, ni un juego. Es algo serio. Con sus filósofos, sus escritores, sus pintores y sus artistas en general. Tiene su ideología, su marco histórico y geográfico, su corpus literario y científico, todo lo que subyace en una corriente de peso, que ha tenido antecedentes y consiguientes, como cualquier movimiento que se precie. 

Su propia fama, su grandeza, lo ha desbordado. Y ha devenido en estos frutos fugaces, efímeros, resucitados con su nombre, aunque sin tener, aparentemente, nada que ver son su esencia. La novela romántica es el trasunto de un momento en el que lo emocional se ha puesto en valor y entre esas emociones nada mejor que sacar del armario el amor y ponerlo a pasear envuelto en literatura. Una selva de títulos y una endiablada colección de nombres de escritores, mejor escritoras, porque la mayoría son mujeres.

Los que saben de esto dicen que la novela es cosa de mujeres, que las mujeres son las mayores consumidores de novela. En lo que se refiere al fenómeno de la novela romántica supongo que entre las lectoras habrá legión de jovencitas, de chicas que se asoman al fenómeno amoroso a través de estas lecturas. Sin embargo, dudo mucho acerca del interés que puedan tener para lecturas maduras o, cuanto menos, para mujeres que han pasado ya el encandilamiento literario.

Los ambientes de estas novelas suelen ser medievales, góticos, ultramarinos, coloniales, como la que aparece en la ilustración, una de tantas que se podían haber elegido. En estos momentos hay tanta oferta de estas novelas románticas como de novela histórica, otro fenómeno que inunda las librerías y que tiene multitud de lectores aficionados. No deja de resultar interesante que esos lectores de novela histórica al por mayor sean también mujeres. Los hombres parecen decantarse por el ensayo o por la novela policíaca, negra, thriller o psicológica. Cuestión de psicología y de gustos.

La lectura siempre es una actividad positiva, nada que objetar al respecto. Más difícil me parece crear o educar un verdadero sentido lector para apreciar lo bueno y distinguir lo menos bueno, o lo malo directamente. A pesar de que la lectura es un acto individual y casi intransferible, una educación lectora tendría que procurar cultivar nuestro espíritu, de la manera en que se hace con la música o el arte.

viernes, 6 de noviembre de 2015

"El arcoiris" de D. H. Lawrence


Esta novela, que la editorial Alba, en su colección Clásica Maior acaba de publicar, es, en realidad, una precuela de "Mujeres enamoradas". Porque en ella se narra la historia anterior, la familia de la que proceden las hermanas Ursula y Gudrun, que son las protagonistas de "Mujeres...". 

Es un recurso cinematográfico frecuente y una forma literaria que usa Lawrence para bucear en las raíces de esas mujeres que, cada una a su manera, busca el amor sin lograr saciar su necesidad de querer y ser queridas. La peripecia de "Mujeres enamoradas" organizada en torno a cuatro personajes, Gudrun, Ursula, Birkin y Gerald Crich, es más sencilla, aparentemente, que la historia que se teje en "El arcoiris". Aquí están los Brangwen, la familia que se muestra en tres generaciones que abarcan sesenta años. 

D. H. Lawrence había nacido en Eastwood, en el condado de Nottingham, en 1885. Su padre era un minero analfabeto y borracho que no le aportó nada más que una visión oscura de la vida. Por el contrario, su madre era una maestra amante de la cultura y del arte. Esta dicotomía se presenta continuamente en su obra. Lawrence comenzó a publicar poemas y en 1911 vio la luz su primera novela "El pavo real" y, dos años después, "Hijos y amantes", a mi juicio uno de los tres mejores libros que escribió. "El arcoiris" salió en 1915, en plena Primera Guerra Mundial, y en 1920 "Mujeres enamoradas" su obra más completa. Por fin, en 1928 publicó "El amante de Lady Chatterley" que tuvo que imprimirse en Florencia por la acusación de obscenidad que pesaba sobre el autor en Inglaterra. "La serpiente emplumada" es su última novela (1926). Lawrence escribió también cuentos de calidad notable ("El oficial prusiano", por ejemplo) y de él se conservan unas interesantes Cartas.

Murió en Vence (Francia). Desde que conoció a Frieda von Richthofen y se casó con ella (1914), atisbó otro lado de la vida que antes desconocía. Empezó a viajar y a sublimar en su obra todo lo que suponía naturaleza, instintos y vida esencial, contra el maquinismo, la industrialización y los avances que deshumanizaban al hombre a su juicio. Sus obras tienen que sobrevivir con ese marchamo de erotismo inmerecido. Una lectura atenta de las mismas, una lectura en suma, nos demuestran que se trata más de un prejuicio que de una realidad.

Su planteamiento de que los instintos, entre ellos el amoroso, en su estado más puro, salvan al hombre de una vida sin alicientes espirituales y de la alienación de un trabajo inhumano, tiene mucho que ver con su propia vivencia personal y familiar. La delicadeza de su madre, a la que atendió hasta sus últimos momentos, chocaba de frente con la rudeza y la mediocridad de su padre, con el que nunca se sintió identificado. El hecho de que buscara como esposa a una mujer mayor que él y de considerable experiencia (ya estaba casada cuando se conocieron y pertenecía a un ambiente social y cultural superior) confirma todavía más esa necesidad de elevarse por encima de sus orígenes y de integrarse en un modo de vida que ponía el acento en las emociones y en el arte, más que en la supervivencia.

Conocer a D. H. Lawrence exige la lectura de todos sus libros. Es una bibliografía corta, pero necesaria de conocerse en su integridad, pues poco puede entenderse de forma separada. A mi juicio, "Hijos y amantes", "El amante de Lady Chatterley" y "Mujeres enamoradas" son la trilogía cumbre de las obras que escribió. Pero, desde luego, este "Arcoiris" es imprescindible de leer. Conocer el desarrollo de los Brangwen es un elemento sustancial de su panorama narrativo. Y relacionar todo ello con el estallido de la guerra y con el telón de fondo de la Inglaterra de la época, se antoja fundamental.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Demasiado corazón: A propósito de "Le petit prince" de Antoine de Saint-Exupèry



Si en la casa de mi infancia, entre los niños de la familia, hay un libro que ha marcado la infancia y aun la adolescencia de todos, este es, sin dudarlo, "El Principito". Se regalaba en los cumpleaños. Se regalaba en las Primeras Comuniones, se regalaba tras las buenas notas. Se regalaba a mayores, pequeños y medianos. Se leía en todas las ediciones. Se decían sus frases en voz alta. Se maduraba, en silencio y en soledad, su contenido. Una educación emocional en la que este libro tiene especial papel tiene sus connotaciones evidentes. Demasiado corazón. 

Al contrario de lo que sucedía con otros libros que también pasaban de mano en mano, aquí cada uno tenía su ejemplar. Era el tesoro que se poseía y que se leía a menudo, saltándose capítulos, buscando las frases que más nos conmovían, de un lado a otro del texto. A solas. Porque, a diferencia de las novelas de Ágatha Christie o de las tiras de Mafalda, este libro no se comentaba en voz alta, no formaba parte de las conversaciones de sobremesa tras el desayuno, ni de los recitados de los días de invierno. No. Era un libro individual que todos leímos. 

Puedo adivinar los sentimientos ajenos si pienso en los míos propios. Resultaba triste la peripecia de este niño, que deambulaba de un lado a otro sin experimentar el consuelo de un calor familiar o personal que lo aliviara. Parecía que llevaba la carga pesada de una itinerancia sin remedio. Era obvio que se trataba de un desarraigado, alguien que, en ningún lugar, encontraba acomodo. 

La dicotomía persona mayor-niño que inicia el libro, se va diluyendo conforme se pasan las páginas. La persona mayor que narra, trasunto del autor, un aviador que terminó su vida en un accidente de aviación, termina asumiendo el pensamiento del niño y este, en definitiva, incorporará a su imaginario los sentimientos que a todos nos acucian cuando vamos madurando. Los personajes del libro tienen la extraña virtud de sembrar recuerdos inolvidables, lo mismo da que sea una boa, un elefante, un sombrero, una rosa, un millonario, un zorro o un planeta....

Una frase guardo en la memoria sobre todas las cosas. Y la frase la saco a pasear cada vez que los avatares de la vida lo permiten. Es la frase que condensa el sentido último del libro, su fondo: "Solo se ve con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos"

Eso mismo. 


lunes, 2 de noviembre de 2015

20 años de "Orgullo y Prejuicio" La Serie.


(Colin Firth, como el señor Darcy y Jennifer Ehle, como Elizabeth Bennet, protagonistas de la serie de la BBC, sobre "Orgullo y Prejuicio" de Jane Austen. 1995)

Cuando has leído un libro mil veces terminas por hacerte una idea de los personajes, de los escenarios y los detalles con mucha más nitidez que si el libro tuviera imágenes. Las imágenes estorban. Por eso es tan difícil que una serie o una película responda a tus expectativas. Siempre o casi siempre te defraudan. Jane Austen en eso, sin embargo, ha sido afortunada. O relativamente afortunada. De todas las adaptaciones que han hecho de sus novelas hay algunas especialmente buenas. Como la película "Sentido y Sensibilidad" de Ang Lee, con Emma Thompson, Kate Winslet y Hugh Grant en los principales papeles. O como la versión de la BBC de "Emma", con Romola Garai y Johnny Lee Miller. 

En ese epígrafe de buenas adaptaciones se lleva la palma la serie, también de la BBC, "Orgullo y Prejuicio" de 1995, con Colin Firth y Jennifer Ehle a la cabeza de un elenco en estado de gracia. Soberbio casting. Soberbia adaptación de diálogos y textos. Soberbia ambientación. Una dirección artística de las que hacen época. Una selección de momentos llena de sentido. Lo que quiere decir un entendimiento, una comprensión de la novela, que no es quedarse en la superficie, en la anécdota, sino destripar el sentido último. Y el sentido último está, sin duda, en la elegante ironía con que Austen se adelantó a su tiempo haciendo que sus personajes sean de carne y hueso y no del cartón piedra que se usaba por entonces en la literatura.

El vestuario es para diez. El tema del vestuario, de la ambientación, no es baladí. En la versión de "Orgullo y Prejuicio" que protagoniza Keira Knightley, las telas y colores de los vestidos, su forma y diseño, no corresponden en absoluto a la época de Jane Austen. Bueno, ni a ninguna época. Son una absurda invención. La protagonista aparece vestida de marrón y de negro, como si fuera Juliette Greco en los años del existencialismo. Ridículo. Un desconocimiento total.  El color blanco, los tonos pastel suaves, la muselina que se ondulaba, las mangas de farol, el talle imperio, todo eso distingue a la perfección la moda georgiana, que es la que se "llevaba" en los años Austen. La elección de los colores no era baladí. No existía alumbrado eléctrico y la luz de las velas era claramente insuficiente para destacar a una persona que fuera vestida de oscuro. 

En la versión de la BBC, de la que se cumplen ahora veinte años, todo encajaba. Un engranaje perfecto. Y no resulta fácil poner en imágenes la gracia juvenil de las chicas o el desparpajo nervioso de la madre, los lujos de unos y de otros, los gestos discordantes, la mala uva de las hermanas de Bingley o los sentimientos desbordados. Algunos personajes están construidos de forma que resulta imposible imaginarlos de otra forma. Eso ocurre, por ejemplo, con el señor Collins, el clérigo primo de las Bennet, que heredará su casa cuando el señor Bennet muera y que, por eso mismo y para compensar, quiere casarse con una de las hijas. Pasa con Caroline Bingley o con Lady Catherine de Bourg. Pasa con los tíos Gardiner. O con las Lucas. Pero, sobre todo, ocurre con los protagonistas, todos ellos perfectos, ajustados, reconocibles.

La frase más famosa del libro "Es una verdad universalmente aceptada que todo hombre soltero con fortuna necesita una esposa", está en la película colocada en boca de Elizabeth y en tono de broma, en el contexto de la charla familiar a la salida del oficio del domingo. Se evita así el uso de la voz en off, que aquí encajaría mal y que ralentizaría el ritmo del relato. Como la descripción de los personajes en la escritora es tan impresionista, algunas pinceladas y nada más, la película acierta al presentarlos sin histrionismo ni exageración, como ocurre con otras versiones de clásicos, a fuerza de mal leer el libro que sustenta el guión.

Jennifer Ehle es la imagen que nunca llegó a describir Austen, pero que se revela como real a la hora de representar el papel de Elizabeth Bennet, esa heroína tan humana, con defectos y virtudes, que no pretende ser un dechado de perfecciones sino un agradable conjunto de pequeñas cosas que resultan atractivas. Y, por su parte, Colin Firth es el mejor Darcy que una pueda imaginarse. Un Darcy que no es un dechado de virtudes, al contrario, sino un hombre real, que, al comenzar el libro se muestra orgulloso, distante y pagado de sí mismo. Pero hay dos elementos que lo convertirán en un hombre adorable: el amor y sus buenos sentimientos. Y ambas cosas son oro de ley.

Los personajes secundarios de la historia son deliciosos. La señora Bennet es una mujer de escasas luces, pendiente siempre del estado de sus nervios. Su marido, un tipo tranquilo y despreocupado al que es imposible sacar de su biblioteca. Las cinco hijas son diferentes. Bella, Jane. Ingeniosa, Elizabeth. Alocada, Lidia. Absurda, Mary. Indecisa, Cathy. Por su parte, el primo Collins, llamado a heredar la hacienda Bennet, es un clérigo presuntuoso, ridículo a más no poder y devoto admirador de su protectora, Lady Catherine de Bourgh, la aristócrata tía de Darcy que intenta imponer su voluntad a los enamorados, sin lograrlo, por supuesto. También está la tía Phillips, a la que le gusta recibir en casa a los casacas rojas, los oficiales del acuartelamiento, entre ellos el guapo Whickam, que tiene una historia pendiente con Darcy. Están los tíos Gardiner, sensatos, por fin, entre tanta parentela insulsa como tienen las pobres chicas Bennet. Las hermanas de Bingley, engreídas y con mala intención. La dulce hermana de Darcy, la pequeña Georgina, que toca el piano como los ángeles. Los Lucas, Sir George, María y Charlotte Lucas, que acabará casándose, por interés, con el señor Collins...

¿Cuál es la historia que nos narra el libro? Aunque sea archiconocida vamos a recordarla: Los Bennet son una familia de la clase media rural que tiene cinco hijas. Dado que la propiedad y las rentas de las que viven está vinculada a la rama masculina tienen una gran preocupación, sobre todo la madre, por casar bien a las hijas, al menos, a una de ellas. La llegada de un soltero con posibles, el señor Bingley, a la comarca, hace surgir esperanzas de un enlace fructífero entre Jane Bennet, la hija mayor y el propio Bingley. Sin embargo, la intervención de sus hermanas y la de su amigo, el señor Darcy, aún más rico y guapo, pero infinitamente más orgulloso y con peor carácter, darán al traste con este incipiente romance. La historia desarrolla paralelamente la relación Jane-Bingley y la que mantiene Elizabeth, la hija segunda y protagonista, con Darcy. Una relación que tiene momentos de desencuentro, rivalidad, disputa y duda. También de declaraciones de amor mal enfocadas, cartas aclaratorias y, sobre todo, miradas, muchas miradas, porque es la mirada la que definirá sus encuentros hasta que todo se resuelva. El desenlace es feliz, desde luego, aunque no cursi. Nada menos que tres bodas cerrarán la novela, dos de ellas felices y una abocada al fracaso. Porque Jane Austen no era ajena al sentido común.

Una única escena en la serie no corresponde al libro. Y es una escena que nunca describiría Jane Austen. A saber: vuelve Darcy a su casa en Pemberley, montado en un hermoso caballo, siente calor del viaje, se desnuda (relativamente, claro, porque se queda en camisa) y se lanza al lago que rodea la casa. Ese Darcy con el pelo mojado, que se muestra ante Elizabeth a medio vestir no existiría nunca en la imaginación austeniana. Pero es una licencia que no tiene mayor importancia y que da un poco más de picante a la película.

Si leíste el libro y te gustó, tienes que ver la serie. Impecablemente realizada, no ha envejecido en estos veinte años. Un detalle de cotilleo: en el tiempo del rodaje los protagonistas se enamoraron y mantuvieron un idilio durante algún tiempo. Como curiosidad, ambos, Colin Firth y Jennifer Ehle se volvieron a encontrar cinematográficamente en "El discurso del rey", interpretando él a Jorge VI y ella a la mujer de Lodge, el logopeda que consigue que pronuncie, siquiera decentemente, ese discurso que servirá de arenga al pueblo inglés en el momento del inicio de la Segunda Guerra Mundial.


"Para Isabel. Un mandala" Antonio Tabucchi.


Antonio Tabucchi (Pisa, 1943-Lisboa, 2012) fue enterrado en el mismo comentario que Fernando Pessoa (1885-1935), el de Dos Prazeres, de la capital lisboeta. Quiso prolongar así la relación profunda que, en vida, tuvo con la obra del portugués. Era un italiano enamorado de Portugal y de todo lo que ello significaba. También de Pessoa, al que estudio y tradujo ampliamente. 

"Sostiene Pereira" lo convirtió en un autor famoso, más allá del conocimiento de lectores y afines. Ese periodista aficionado a las omelettes a las finas hierbas, diletante frecuentador de los cafés de Lisboa, que, en un momento dado, decide ir contra la dictadura de Oliveira Salazar, es, quizá, un paradigma de lo que a Tabucchi le hubiera gustado hacer con el régimen de Berlusconi. Luchar. La novela fue un pasaporte cierto a la fama literaria, pero su obra no se queda ahí, ya lo sabemos: "Réquiem", "Dama de Porto Pin" o "Nocturno hindú", "Se está haciendo cada vez más tarde" acreditan su valía y muestran su estilo. 

Dos años después de publicarse "Sostiene Pereira", escribió esta novela "Para Isabel. Un mandala". Sin embargo, extrañamente, por razones desconocidas y aún no aclaradas, la novela no se llegó a publicar y salió el año pasado, en 2014, convertida, por tanto, en una novela póstuma. Lo póstumo da impresión de refrito. De querer aprovechar que las aguas vienen calmas. De arrimar el ascua a una sardina editorial que necesita alimento. Qué sé yo. Lo póstumo no es lo más adecuado, quizá, para valorar una novela como esta que recoge, no solamente su itinerario personal sino su universo literario, entremezclados en una narración que no quiere ocultar matices. La privacidad, ese bien sagrado que hoy defendemos ante la irrupción de las redes y de Internet, tenía, en ese año de 1996 todavía unos secretos que mantener. 

Pero el escritor, al fin, siempre quiere ser descubierto, siempre quiere asomar entre la maraña de personajes e historias que pergeña. Por eso se trasluce el pensamiento literario de Tabucchi en el libro. Por eso conocemos algo de lo que había en su interior, al leerlo. 


domingo, 1 de noviembre de 2015

Si he perdido la vida



Llegaste con tu risa
recién amanecida
a mí, que era todo
oscuridad y silencio.

No me pidas ahora
que sepa como fue. 
Te perdí antes de todo. 


(Antonio Mesa Ruiz, 1959-2013. In memoriam)