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La mujer asustada





/Eve Arnold, fotografía/

La calle estaba a rebosar de gente. Turistas, visitantes, vecinos, habitantes de la ciudad, todos se concitaban en esa zona del centro en la que los bares, los restaurantes, los museos y las tiendas competían para atraerlos. Había muchas familias, gente con niños pequeños que se plegaban a sus deseos, que iban cargados de globos, porque salían de visitar los Belenes. Había también parejas, que susurraban promesas que nunca iban a cumplir. Había ancianos que se sentaban a descansar en uno de los bancos de madera que estaban delante del ayuntamiento, en la plaza atestada de casetas que vendían artesanía muy cara. 

Para llegar hasta allí había que cruzar puentes. Los puentes, la seña de identidad de la ciudad, también estaban a punto de hundirse, superpoblados, cubiertos de cámaras de fotos que querían inmortalizar el movimiento del agua, el rielar del sol sobre la superficie, el paso de los barcos y de los remeros sudorosos. Toda la plata del agua se convertía en fuego a esa hora, con el calor arrasando los cuerpos, con todo el mundo haciéndose la misma pregunta ¿por qué me habré abrigado tanto? 

Ella salió de casa muy compuesta. Una falda nueva y un jersey del mismo color que hasta entonces no había tenido ocasión de estrenar. Sonrió tristemente ante esta idea. De qué servían los armarios con esa ropa recién comprada si no había ocasión de lucirla. Desechó este pensamiento que le llenaría los ojos de lágrimas bajo las Ray-Ban doradas y siguió caminando con un movimiento rítmico de las piernas, enfundadas en sus medias marrones, en sus botas marrones de media caña, con un gesto altivo, como si quisiera desafiarse a sí misma. Tenía que hacerlo. Tenía que respirar el aire libre, soñar bajo la luz del sol que otro tiempo estaba por llegar, esperar que las cosas cambiaran alguna vez, que no todo iba a ser esta extrañeza, esta sensación de no ser de nada, de no ser de nadie, de no tener nada, de no tener a nadie. 

Anduvo mucho tiempo. Recorrió la ciudad. Los escaparates no le decían nada, no quería saber qué aparecía en ellos, no le interesaba sino ese transcurrir rápido de sus pasos al tiempo que quedaban atrás las calles y las gentes. Una hora, dos, el reloj se movía al tiempo que su pensamiento iba entendiendo que ese caminar era baldío. Todas las personas con las que se cruzaba llevaban un objetivo, llevaban un motivo claro. Iban acompañadas, buscaban regalos, se habían citado con amigos. Ella andaba sola, con un paso rápido primero y luego ya, cansino. 

Decidió volver a casa. De pronto todo aquello era una selva inhóspita. Era un territorio enemigo. Un sitio atemorizante que la asustaba. Le entró pánico al verse sola en medio de la calle, rodeada de extraños, con sonidos que no conocía, con imágenes absurdas que le causaban miedo. No tenía nada que hacer allí, nada se le había perdido en aquel lugar tan sobrecargado de gente y dominado por una luz que parecía artificial, como si el sol hubiera delegado en un foco eléctrico. Cambió de rumbo y encaminó sus pasos a los lugares que le eran más conocidos, todo lo que era ajena quedó atrás. Ya no podía seguir moviéndose allí. Pensó que eso era todo. Que toda la vida sería igual. Que, como ocurre a las viudas de los guerreros antiguos, a las viudas medievales, a las viudas orientales, ya no quedaba nada para ella, ya la vida había echado el telón. Antes se hubiera rebelado contra ese pensamiento. Pero ya no. Ya no había ningún motivo de rebelión. La suerte estaba echada. Volvió a casa. Sola. 

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