martes, 30 de julio de 2019

Lillian Bassman: La mujer oblicua


Lillian Bassman convierte en poesía sus imágenes. Es imposible no sentirse arrebata por esta alternancia lírica de negros y blancos, de luces y sombras. Las mujeres de Bassman vuelan, están suspendidas en el aire, se alejan de nosotros para encerrarse en una cápsula de misterio que no podemos asir. Sus ojos semicerrados, sus manos ocultas, su gesto incontrolable, su postura lanzada hacia el exterior, desprendida, desequilibrada, rompen los espacios y los conmueven, generando tanta admiración como duda. Por qué estas mujeres solo muestran una parte de sí mismas, es la pregunta que nos hacemos. 

El resto de los personajes son solo atrezzo, accesorio sin mayor valor, gente sin importancia. Ni siquiera parecen completos, sino a trozos, una mano, un rostro, una copa, una mesa, un teléfono. Todos los objetos y las personas que las rodean están al servicio de esas mujeres, como también lo están sus atuendos, sus mágicos sombreros, sus extrañas envolturas a modo de telas estructuradas, sus joyas...

Hay tres elementos básicos en su obra, sobre todo en los años que dedicó a la fotografía de moda: el uso del blanco y negro como lenguaje; la textura de sus fotos y los encuadres geométricos. La fotografía de moda ha sido muchas veces rechazada en determinados ambientes, considerándosela demasiado frívola. Hay una corriente de verismo que cree que esta fotografía es demasiado artificial. Sin embargo, hay muestras extraordinarias de arte fotográfico en ella y una de esas muestras evidentes es la obra de Bassman.

Nació y murió en Nueva York, de padres emigrantes, judíos ucranianos. Vivió muchos años, pues murió a los 94 (1917 a 2012). Su historia de amor con el también fotógrafo Paul Himmel llama la atención pues fueron matrimonio durante 73 años y habían vivido juntos otros seis más. La revista Harper`s Bazaar tiene sus principales colecciones, aunque a su muerte se descubrieron muchísimas fotografías inéditas que no habían visto la luz, todas ellas en esta línea de blanco y negro. Sin embargo, también conoció y practicó el color. Tuvo un estudio propio desde el que abordó otras temáticas. Fue también pintora y diseñadora.

Las imágenes de Lillian Bassman te sugieren algo etéreo, volátil, casi sobrehumano, fuera de la realidad, un sueño, la imaginación perfecta. Volúmenes y movimientos se aúnan para darle a las fotos una delicadeza inusual. Los vestidos complementan a las modelos de una forma original, casi inhibricados en lo que ellas son, formando parte de su esencia de un modo total. Los encuadres siempre están inscritos en figuras geométricas, rombos, rectángulos, cuadrados, y las miradas tienen su propio lenguaje, su propia forma de expresarse y decir. La mayoría de las veces es un sola figura el centro de la obra, pero en ocasiones hay diálogo entre varios cuerpos y entonces el aire discurre entre ellos como si tuviera relieve la fotografía. La perspectiva utiliza los distintos planos en blanco y negro para mostrarse. Los escorzos sacuden la intención para mostrar vulnerabilidad, duda, interrogación o sensualidad.


lunes, 29 de julio de 2019

Amanecer con muchacha al fondo


Tuve un vestidito de rayas verdes y blancas, con un cuello camillero y una lazada en la cintura. El vestido lo había cosido mi madre que, además de lectora y cinéfila, tenía otras habilidades: era una cocinera cordón bleu y una modista de primera. Como yo era su única clienta tenía la prerrogativa de diseñar los vestidos y ahí me pasaba horas y horas, con un cuaderno de hojas blancas, trazando líneas, añadiendo detalles y pintando colores. Eran unos días pacíficos y llenos de momentos vacíos. Esos extraordinarios momentos vacíos, con la cabeza en las nubes, que solo los niños pueden tener. Cuando creces empiezas a querer llenarlo todo y, conforme la vida sigue su camino imparable, te angustias de pensar que estás perdiendo el tiempo. Solo en la infancia sientes que todo está a tu servicio, que la vida es inagotable y que todas las horas se estiran hasta convertirse en largas y espesas, indestructibles. 

Genevieve Naylor ha fotografiado a la muchacha de una forma incongruente. Los zapatos rojos de tacón bajo, unas bailarinas, se colocan como si fuera una bailarina a punto de trenzar un paso de baile. Los zapatos rojos son siempre un lujo. Siempre que he usado zapatos rojos he conocido algo nuevo y vivido alguna genial aventura. Una de las cosas que trae la desesperanza es dejar de usar el rojo en los zapatos. Lo sustituyes pobremente por el beige, que pega con todo; con el negro, que es tan socorrido; con el gris, que es discreto y sirve para cualquier ocasión. Esa renuncia al zapato rojo es tan cruel que no debería hacerse nunca salvo por una fuerza mayor e imparable. 

El vestido y los zapatos apenas concuerdan con la cesta de frutas y verduras. No es una Clarissa Dalloway ordenando las flores en su salón, a la espera de alguna visita incongruente que haga saltar las alarmas en su vida familiar o en su pasado. Las manos enguantadas que sostienen la cesta recuerdan a las muchachas de los años cuarenta y su delicada pulcritud. Precisamente en esos años realizó Genevieve Naylor sus preciosas fotografías en las que hay gestos cotidianos hechos con una especial cualidad de resistencia y amabilidad. La mirada de la muchacha se desvía a un objetivo que no vemos, que está fuera de nuestro campo de visión. No habla con nosotros ni sabe de nuestra presencia pero hay alguien ahí, alguien que la hace mirar los ojos y mantener esa leve sonrisa a medias entre la ternura y la insinuación. 

El resto de la fotografía es tan indeciso como esa mirada. La puerta acrisolada no parece obedecer a ninguna intención salvo señalar la diferencia entre interior y exterior. Y el paisaje apenas puede llamarse así: indefinido, desolado, casi arrasado, mezcla de asfalto, de campo yermo y de soledad. Si no fuera porque la foto se hizo en Estados Unidos podría aparecer al fondo un recortado horizonte de salinas, una huella firme y clara de los que trabajaron la sal durante años, de sol a sol, todos los días del año. Y eso sería otra incongruencia más con el estilo perfecto de la muchacha que mira de soslayo. 

"Esencia" de Efi Cubero


"Esencia"
Autora: Efi Cubero
Editorial: La isla de Siltolá. Colección Levante, 2019. 202 páginas

Fotografía de Germán F. Huete
Cita inicial: Esther Meynell sobre Bach
Texto de la contraportada: Juan Manuel Macías

Sobre la autora (nota editorial): 

Efi Cubero nació en Granja de Torrehermosa (Badajoz), pero vivió en Barcelona durante muchos años y allí estudió y comenzó a dedicarse a la literatura y el arte. Ha publicado libros de poesía, entre otros, Fragmentos del exilio, Altano, Borrando márgenes, La mirada en el limo, Estados sucesivos, Ultramar, Condición del extraño. También ha escrito ensayos, narrativa y ha entrevistado a personajes pertenecientes al mundo del arte, el pensamiento, la ciencia y la literatura. Colabora en diversas revistas de España y América.

"Esencia" representa el diálogo que Efi Cubero mantiene, de tú a tú, con artistas, obras de arte, lugares en los que el arte tiene presencia, momentos especiales de esa historia y, en suma, con todo aquello que su sensibilidad ha detectado, a punto la alerta de la necesidad de escribir y los sentidos prestos. Es una indagación comprensiva que abarca múltiples aspectos y que se revela como iluminadora. Todo se ha organizado a modo de itinerario. Los textos separan con claridad el objeto al que se dirigen. Hacen una incisión, la rellenan, la desmenuzan y acaban. Son palabras cargadas de convicción que actúan a modo de soporte, en una suerte de elipsis poética cargada de emociones.

Cualquier recorrido es investigación. Los datos confluyen y son el fondo necesario para que resalte todo lo que ha significado un itinerario de vida en torno al arte. Hay que andar despacio y no pisar la misma vereda ya transitada, sino inventarse otra. Un camino diferente en cada caso. Personal, de uno mismo, nunca visto en otros, una nueva mirada. Eso parece pretender el libro. Lo que quiere decir que todo está aquí y, si te acercas con la postura limpia de entenderlo, lograrás entender las cosas que sabías o que intuiste sin llegar a saberlas.

"Esencia" es un libro hondo. Su hondura es la condición máxima que aspiras en cuanto lo lees. Es una hondura que adopta la forma de palabras. Aunque no solamente.

(Foto: Caty León)

sábado, 27 de julio de 2019

Los diez de Hollywood


Es muy frecuente la confusión entre la House Un-American Activities Committee (Comité de Actividades Antiamericanas) y la Subcomisión del Senado para Asuntos Internacionales o de Seguridad Nacional. Sin embargo hay diferencias sustanciales entre ambas. La primera era emanaba de la Cámara de Representantes y existió desde 1934 hasta 1975. Su punto de mira estuvo tanto en los nazis, como en el Ku-Kux-Klan o en el comunismo. Fue este Comité el que interrogó, en 1947, a los productores, actores, guionistas y directores de Hollywood en relación con su pertenencia al Partido Comunista. El senador McCarthy estaba en otra cosa, aunque muy en esa línea de buscar enemigos de América. Como presidente de la Subcomisión del Senado dio a conocer en 1950 una lista de 205 supuestos espías que estaban, nada menos, que en el Departamento de Estado. Su objetivo era, pues, demostrar que el propio Gobierno y las instituciones americanas estaban plagadas de agentes que hacían un doble juego, suministrando informaciones relevantes a la URSS. Eran, para decirlo en palabras sencillas, traidores. 

La popularidad de McCarthy fue tal que ocultó y empañó la verdad histórica al respecto de esta situación que no era nada nuevo en los Estados Unidos sino que se remontaba a la finalización de la primera guerra mundial. Se trataba de mostrar el patriotismo y de evitar que a uno se le pudiera tachar de colaboracionista o de dudoso. Resulta interesante ver que el fin de las atribuciones de McCarthy coincidió con la ilegalización del Partido Comunista. Y también cómo sus actuaciones han generado una enorme cantidad de libros, películas y series, en las que se mezcla todo. En realidad, el mcarthysmo fue seguido por lo que se llamó en 1956 el Red Scare, una prevención absoluta que todo buen americano debería compartir. Y, por extensión, desde entonces se llama Caza de Brujas a todas aquellas persecuciones de carácter político en las que se violan derechos civiles. 

Los Diez de Hollywood, cuya foto encabeza esta entrada, declararon ante el Comité en 1947, el mismo año en que MacCarthy había sido elegido senador por Wisconsin por el Partido Republicano (antes había pertenecido al Demócrata y ejercido de juez). Es decir que el senador no tuvo nada que ver con esos interrogatorios ni con la declaración del Waldorf Astoria en la que los productores más poderosos de la industria del cine avisaron (tras la advertencia del Comité) que no contratarían a personas que pertenecieran al Partido Comunista. La cuestión es que el Partido no era ilegal y que la primera enmienda de la Constitución Americana consagra el derecho de reunión, la libertad de prensa, la libertad religiosa y la libertad de ideología. Eso era, precisamente, el problema. Que la propia declaración ante el Comité vulneraba la primera enmienda, al inquirir sobre aspectos que se consideran sagrados y propios de la intimidad de cada persona. 

El cine, no podía ser de otra forma, ha hecho buenas películas sobre la época y sobre su propio papel en el embrollo. Circulan fotografías muy famosas en las que actores y actrices protestan contra el atropello a sus libertades. Las manifestaciones estaban plagadas de rostros conocidos y que atraían a la opinión pública. Eran escaparates importantes pero esto fue un arma de doble filo, pues mucha gente del pueblo consideró que defendían privilegios y que podían hacer cosas que a ellos les estaban vedadas, por ejemplo, protestar en público. Como en todas las situaciones límite en las que los seres humanos tienen que mostrar sus grandezas o sus miserias, hubo actitudes ejemplares, entre las que destaca la del actor John Garfield, que jamás delató a sus conocidos y que fue expulsado del cine a partir de ese momento, sin que tuviera retorno.  O como la de Charles Chaplin, que se fue de Estados Unidos hacia Europa, en un exilio de ida y vuelta. O la de Kirk Douglas, Otto Preminger o Stanley Kubrick, que contribuyeron a que los guionistas acusados pudieran volver a los títulos de crédito. Muchos de los interrogados tenían una característica propia del cine y de las artes en general en esa época: procedían de Europa, eran exiliados o hijos de exiliados, judíos o católicos que habían huido ya de una persecución previa. Muchos se habían cambiado los nombres para hacerlos más americanos y quitarles las connotaciones germanas, por ejemplo. Esto no debería extrañarnos, también lo hizo la casa real inglesa cuando dejó al lado el Coburgo-Sajonia-Gotha y se adhirió al Windsor. Todos ellos estaban de acuerdo, sin embargo, en que amaban a América. 

En "Buenas noches y buena suerte", se nos muestra el tema de McCarthy centrado en dos aspectos: la actuación contra los militares acusados y la mordaza a la prensa. En "Punto de mira" otra de las películas sobre el tema, es uno de los diez de Hollywood, el guionista y director Herbert Biberman, el que ejemplifica la situación que se crea cuando pierden el trabajo a consecuencia de las investigaciones, además de pasar unos meses en la cárcel. En "Trumbo", la acción se centra en el novelista, guionista y director Dalton Trumbo, uno de los cabecillas más destacados del grupo de los diez, que había pertenecido al Partido Comunista y que tiene que sobrevivir con un anonimato propio de épocas peores. Siguió escribiendo guiones que no podía reconocer como suyos. Esto es la muerte civil. En "The Front" , dirigida por Martin Ritt, uno de los afectados, Woody Allen se mete en la boca del lobo para que un guionista represaliado pueda seguir escribiendo sus guiones. Una especie de impostura parecida a la que narra Chaplin en El gran dictador.

A partir de 1952 ocurrieron varias cosas: una, que Eisenhower llegó a la presidencia y vio una situación que no podía sostenerse; otra que Arthur Miller escribió y estrenó "Las brujas de Salem" (1953), en una muestra clara del rechazo de la intelectualidad y la tercera un hartazgo de la gente en relación con las continuas delaciones, acusaciones y encarcelamientos que afectaban a gente muy relevante. La psicosis no podía dejar que el país funcionara adecuadamente. El periodista  Edward R. Murrow, en quien está inspirada "Buenas noches y buena suerte" puso en antena, en 1954, un programa especial sobre los abusos de McCarthy. La libertad de expresión prevaleció aquí sobre el miedo al estigma. Pero parece que lo que más hizo por acabar con la carrera de McCarthy fue su ataque al ejército, que llegó a un punto insoportable y que dio lugar a su defenestración.

En un mundo tan dado a la mitificación, los nombres de los Diez de Hollywood se conservan para la posteridad: Alvah Bessie, guionista; Herbert Biberman, guionista y director; Lester Cole, guionista; Edward Dmytryk, director; Rond Lardner Jr, guionista; John Howard Lawson, guionista; Albert Maltz, guionista; Samuel Ortiz, guionista; Adrian Scott, productor y guionista; Dalton Trumbo, novelista, guionista y director.

Joseph McCarthy era un hombre de familia campesina, cuya madre era alemana y que seguramente manifestaba todas las características del fanático intolerante. Su historial bélico que exhibía con orgullo, es ciertamente dudoso, y su cruzada generó más dudas que otra cosa. Sin embargo, politólogos posteriores han puesto en entredicho que el mccarthysmo fuera tan nefasto como se dice. Es el caso del eminente John Burnham. No obstante la opinión general es que el episodio sirvió para defender los derechos civiles más allá de las cuestiones políticas o de las implicaciones de las ideologías en las vidas de las personas. 

viernes, 26 de julio de 2019

La declaración


Aquel vestido rojo todavía anda guardado en un armario. Tenía un aire vintage que recordaba los años cincuenta. A ella siempre le ha gustado el rojo y a él también. La noche calurosa del 26 de julio permitía llevar libres los brazos, libre el corazón, totalmente libre todo. No recuerda muchos detalles pero en el ambiente brillaba una especie de expectativa única. El barrio estaba de fiesta y mucha gente paseaba junto al río, cuya cinta de plata era un atractivo para todos. Las casetas de la Velá se abrían en toldos verdes y blancos y la música se mezclaba entre unas y otras. Hay frases que nunca se borran y que tienen el peso de las evidencias más claras. Una declaración de amor es una especie de salvoconducto a la felicidad. Y esta vez fue cierto. Nadie mintió, nadie escondió nada, los dos supieron que era tan exacto como lo pueden ser las cosas. Podrían escribirse muchos libros sobre el desamor y ninguno sobre el amor correspondido. La dicha tiene menos literatura y no hiela la sangre sino que la hace borbotear en un amable baile que nunca se separa de quien la ha sentido. No todo el mundo tiene la fortuna de hallar a alguien que merezca la pena llamar "amor mío" y, aunque luego la muerte se lo lleve, esa declaración puebla las soledades y las acuna en una suave manta de verdades completas. 

(Foto de Nina Leen) 

jueves, 25 de julio de 2019

Diarios


Hay un extraño placer en comenzar un cuaderno. Hojas blancas y dispuestas a recibir tus confidencias. Sé que no soy la única. Conozco a mucha gente que colecciona cuadernos y que los rellena de escritura. Escribir a mano es una sensación maravillosa.  Hacer listas, esquemas, anotar cosas pendientes, pensamientos inmediatos, penas, números de teléfono, claves, una frase que no quieres olvidar... Se podría construir una vida a través de los cuadernos. Seguir el hilo de los amigos y de los amores. Las conversaciones en las casapuertas o en las azoteas. Los encuentros en la calle Real y los malentendidos que te separaron de alguna gente que fue importante en su día. Los enfados y las quejas. Las malas artes, la envidia. Esas horas frente a los libros que no siempre decían lo que querías leer. 

La primera página contiene siempre la fecha, el sitio, algún dibujo que añades a pesar de que no sabes dibujar, también una frase importante, quizá un nombre. Y, a partir de ahí, como un torrente, se van desbrozando las ideas y se congelan para quedarse allí escritas, para siempre, inamovibles. En todos los colores del rotulador, azul, verde, rojo, marrón, rosa, naranja. Los colores que terminan rodeando las páginas como si fueran un cerco imposible de vadear, una defensa ante el exterior. Por eso los cuadernos se guardan en estanterías con puertas de cristal, o en cajas de cartón enormes que se colocan, ordenadas, sobre algunos altillos. Hay tantos cuadernos que es imposible saber dónde están todos. Pero ellos tienen la misión de recoger lo que fuiste y lo que eres. Sin engaños.

Hubo una fiesta preciosa a la que asististe con un vestido malva que tenía los tirantes muy finitos y en forma de trenza. Llevabas unos zapatos de tacón violeta y un chal de seda lila, como si tuviera el color de los lirios. La fiesta era en Mallorca, en un lugar que parecía de ensueño, un hotel junto al mar y una música que invitaba al beso. Aquel chico era el chico de entonces porque cada época tenía el suyo, todas las épocas estaban ocupados por el nombre de un chico. Podría saltar de uno a otro, como las piedras que comunican la orilla con una isla en el centro del mar. La historia, con sus añadidos de imaginación o quizá de deseo, se escribió en uno de esos cuadernos y al lado, una foto de los dos, él con los ojos tremendamente azules y tú con los labios preciosamente fucsias. Todo al rosa.

Algunos cuadernos desaparecieron. Son los que recogen el mal momento del desamor, del engaño, de la pérdida, de la decepción. Esos los escribes compulsivamente, sin compasión, rellenando sin pensar apenas hoja tras hoja, muchas de las cuales terminan húmedas porque las lágrimas acompañan tamaño desahogo. Al terminar, bastante de esa pena se ha ido por el sumidero y queda el poso, el que nunca se marcha, el que se queda. Y luego, pasados unos días, vuelves a abrirlos y te ahoga el deseo de que aquello desaparezca. Así que los destrozas página a página, trozo a trozo, y lo tiras todo a la basura como un símbolo de que aquello que contaste también tiene que desaparecer. Son los cuadernos-medicina.

Algunas de las historias que has ido conservando a lo largo del tiempo fueron antes que nada unas palabras de cuaderno. Se escribieron en un momento dado porque algo te lo inspiró o porque lo imaginaste. Ya no recuerdas la causa, quizá tampoco el día ni el porqué. Pero las palabras siguen ahí, intactas y forman una historia. Los cuadernos que contienen historias son el mayor lujo. Son los que, de verdad, justifican su existencia. Cuadernos que son libros que nunca se han publicado pero que cuentan lo que existe en tu imaginación, en alguna parte, en ti misma. 

Tres candidatos y un verso suelto


Dana Andrews es el protagonista de esta película, a medio camino entre el género periodístico y el noir. El argumento es, sencillamente, genial. Un grupo de comunicación pierde a su magnate y a este le sucede su hijo, un tipo bastante impresentable, vago, sin carisma, que decide sacar "a concurso" un nuevo puesto en la empresa: el de director ejecutivo. Se trata de alguien que le haga el trabajo y le saque las castañas del fuego. De esa forma él puede seguir disfrutando de la vida y de su guapa esposa, con quien se casó intercambiando belleza por dinero. 

Walter Kyne (Vincent Price) es el dueño de todo esto. Y los candidatos tienen carisma y capacidad de liarla. Está George Sanders, inconmensurable jefe de la agencia de noticias. Está Thomas Mitchell, en el papel de Griffith, el editor del New York Sentinel, el periódico de la cadena. Está un mandamás de la fotografía que, curiosamente, mantiene un lío bastante interesado con la esposa de Kyne. La esposa, a la que todos toman como una mercancía, está visto, tienen toda la pinta de ser Rhonda Fleming, una mujer enigmática dentro y fuera del celuloide. 

Hay otras dos mujeres en la historia. La novia del periodista sin ambición (luego hablaré de él) y la periodista ambiciosa. Esta segunda es Ida Lupino, en un papel a medida, con abrigo de visón (que nadie sabe quién le ha regalado) y con ganas de tener un despacho con su nombre en letras doradas en la puerta. La delicada novia es una secretaria jovencita y pura, que se llama Nancy y que interpreta hábilmente Sally Forrest, la menos conocida de las tres. 


Por fin, el periodista es Ed Mobley y su intérprete es, por supuesto, Dana Andrews, un actor notabilísimo, que hizo un sinfín de películas interesantes y que es tanto un protagonista impecable como un secundario de postín. En este papel, que le va que ni pintado, Andrews hace las cosas que más le gustaban en la vida real, entre ellas, fumar y beber alcohol. Todos fuman todo el tiempo, todos beben de más. 

El comienzo de la película es extraordinario. Con una banda sonora de las que ponen los pelos de punta se asesina a una chica rubia y joven. El asesino cuyo rostro vemos desde el principio, es lo menos interesante de la película. Sus problemas familiares y su locura interesan mucho menos que el papel que juegan los crímenes del lápiz de labios en la resolución del problema planteado por la muerte del dueño de la Kyne Corporation. Todos quieren dar el golpe definitivo y, para eso, nada mejor que descubrir quién es el asesino. A la par de las investigaciones policiales que encabeza el detective Kauffman, estos tres candidatos al puesto harán todo lo posible y lo imposible para lograr el éxito que los catapulte.

A partir de este arranque argumental, engaños y más engaños. Gente que miente y que manipula. Amigos que no lo son. Luchas de poder. Consecuencias de meter la pata. Periodistas que investigan para su beneficio. Ricos que juegan al golf ridículamente vestidos mientras sus esplendorosas mujeres se colocan un atuendo digno de una tarde en Cannes...El conflicto personal se une al profesional. Y siempre hay una copa de coñac o un whisky para aliviar las tensiones, o para provocarlas.


Mientras Nueva York duerme. Cine negro. Dirigida por Fritz Lang. Protagonizada por Dana Andrews, Ida Lupino, Vincent Price y Rhonda Fleming. 

martes, 23 de julio de 2019

De poesía y poetas


(Fotografía de Nina Leen)

El verano es el tiempo de la poesía. Las horas tersas de la mañana, luminosas y displicentes, sin nada que hacer, holgazaneando por la casa o el patio, veían a la niña encaramada a las obras completas de algún poeta o a un librito pequeño que contenía una antología de algún otro. A veces, se organizaban en la casa curiosos torneos, justas poéticas hechas de recitados espontáneos, con un fondo de flores, una colcha ya usada, que se sujetaba de ventana a ventana, y se convertía en improvisado fotocall. Allí se decían los poemas y se movían las manos al mismo compás. Con diez cañones por banda, qué tengo yo que mi amistad procuras, es la casa un palomar y la cama un jazminero, esta mañana, amor, tenemos veinte años, quisiera estar solo en el sur, las barcas de dos en dos, la aurora de Nueva York...

Altolaguirre, Cernuda, Machado, Lorca, Santa Teresa, Borges, Alberti, Neruda, Lope de Vega, Espronceda, los sonetos de Shakespeare, el teatro en verso, los poetas. Sobre todos ellos, Miguel Hernández, la voz que recorría la casa y que se asentaba en los lugares más recónditos. Todos los libritos de Miguel Hernández iban de mano en mano. Se leían y comentaban, se subrayaban, se recitaban. En voz alta sonaban los versos y eran una gavilla de palabras que sabíamos de memoria. El mundo es como aparece, ante mis cinco sentidos, y ante los tuyos que son las orillas de los míos. El mundo de los demás, no es el nuestro, no es el mismo. Lecho del agua que soy, tú, los dos, somos el río, donde cuanto más profundo, se ve más despacio y límpido. 

Después de la lectura, el recitado y la música, llegaba la escritura. Escribir poesía es tratar de apresar el tiempo en una mano. Y con el tiempo, el sentimiento y la emoción. Los cuadernos rayados, lisos, a cuadritos; las portadas de colores; los bolígrafos de punta líquida; los lápices de mina, cualquier cosa era bueno para escribir poemas que hoy ni siquiera tienen nombre ni dedicatoria. Existieron por alguien pero ese alguien se ha borrado con el paso del tiempo. Solo el poema permanece intacto, exactamente él. La intención es lo de menos, no permanece. La figura de quien te lo inspiró tampoco. Las circunstancias, menos todavía. Algunas hojas sueltas, casi amarillas, están en cajas de cartón o de lata, bonitas cajas que guardan servilletas, afiches y otro montón de cosas que no sabes de dónde salieron ni por qué. Ahí está la poesía que escribiste solo porque eras joven y el amor asomaba.

Si me vierto en amor, tú no lo notas
Impasible el sonido de un corazón en llamas
Te pierdes en la noche de los silencios claros
De la firmeza oculta de un tiempo que no existe.

Si te recuerdo, amor, tú no lo sabes
No entiendes el sentido de mi fatal bagaje
No me oyes, no me miras, no estoy, no notas nada,
Eres la oscuridad, la noche aciaga y lenta.

Amor, si un día te busco, inexorablemente
Tendrás que abrir la puerta o cerrarla de golpe
Tendrás que acariciarme o despedirme entera
Tendrás que amarme, amor, o moriré, sin duda. 

lunes, 22 de julio de 2019

De la urgente soledad


The Long Leg, 1930. Galería de la Biblioteca Huntington, California

La sencilla verticalidad del edificio se rompe con las velas que, casi a la deriva, se arquean incomprensiblemente. El cielo despejado no puede competir con los azules del océano y la tierra se remueve como si un viento desconocido tuviera que impulsarla sin remedio. Esta es la naturaleza de Hopper y esta la forma en la que concibe la inmensidad del mar, sin habitantes, sin ruidos, sin prisas. Nadie sabe qué ojos humanos contemplan el paisaje. Nadie conoce qué ocurre en esa construcción blanca con tejado a dos aguas, o quién está dirigiendo el barco hacia ninguna parte. La ausencia de la figura humana llama la atención tantas veces en la obra de Hopper que termina siendo un aviso y una presencia imposible de olvidar. 


Light at Two Lights, 1927. Museo Whitney de Arte Estadounidense, New York

Los faros son esos edificios solitarios que ves a lo lejos pero que nunca cruzas, que no conoces por dentro. Sus figuras se elevan en el horizonte y las luces se mueven sigilosas al caer la noche. La oscuridad es el santo y seña de los faros. Y por eso, quizá, los escoge Hopper como símbolo de una arquitectura de la soledad. No hay nadie que espere en la puerta esquinada de un faro, nadie cierra las ventanas, ni anima los balcones. Los fareros son gente silenciosa. El silencio siempre acompaña las horas y los días. La casa tiene la fachada en la sombra, una extraña sombra que no casa con la claridad del momento. La naturaleza se ve interrumpida por un inopinado poste eléctrico que implica amenaza. La pendiente se desliza y el verde Hopper, tan reconocible, termina por cuadrar la imagen. 


 Room in New York, 1932. Sheldon Museum of Art, Lincoln (Nebraska)

Pocos pintores representaron mejor la incomunicación de las parejas. Lo hizo en este sencillo lienzo, en el que la pareja comparte habitación pero no se cruzan las miradas, no se tocan, no se hablan, no interactúan. La ventana abierta nos deja ver el interior y la habitación tiene un aire claustrofóbico, con poco espacio físico, muebles que se tocan unos a otros y una puerta cerrada al fondo. El vestido rojo de la mujer, el rojo de la lámpara y el rojo del sofá, son los puntos de color en un conjunto en el que domina el negro. Y las paredes aparecen revestidas de un extraño color verde que da una sensación de frialdad que se añade a la composición. Los verdes de Hopper son especiales. También las posturas de los seres humanos que figuran en sus cuadros. El hombre se inclina sobre el periódico y está absorto en su lectura. Un rayo de luz aclara su camisa y oculta la expresión de sus ojos. En cuanto a la mujer, el cuerpo parece forzado y uno de sus dedos se posa sobre el piano, como si la música fuera una salida. Quizá lo es. Los cuadros de Hopper nos permiten contar historias que no son verdad o sí. 


Gas, 1940. MOMA, Nueva York. 

Las carreteras secundarias de la América profunda son también protagonistas de la obra de Hopper. En esta, una masa boscosa, tupida, impenetrable, bordea el camino y oscurece el paisaje, a pesar de que el cielo es azul y debe ser de día. La gasolinera es el punto de luz que ofrece sus servicios a pie de carretera. Las máquinas se yerguen como estructuras modernas en un paisaje angosto y antiguo. El trabajador manipula la máquina, pero es una figura solitaria, al margen, silenciosa y cuyo rostro se oculta. Cualquier asesino en serie podría usar la maleza que se adivina para dejar a sus víctimas. En un momento dado, un coche de policía podría acercarse a la edificación para hacer la pregunta crucial. El pequeño edificio tiene luz interior, eso convierte su blancura en un punto de apoyo visual que contrasta con el rojo y con la oscuridad del bosque. El bosque es peligroso. Así lo denota el uso del color que hace Hopper. Un misterio se oculta. 


Chop Suey, 1929

En uno de los años más difíciles para la vida americana, en el inicio de la Gran Depresión, este cuadro representa el encuentro de dos amigas que toman algo (no sabemos qué, porque una de ellas está de espalda y la otra tiene delante un extraño cuenco verde) y se intercambian confidencias. Sin embargo, no hay movilidad en los rostros ni hay gesto. Da la sensación de que son dos soledades juntas, dos soledades que se suman la una a la otra. Lo que no quiere decir que no sean grandes amigas. Al contrario, solo con alguien que de verdad te entiende y te conoce puedes compartir el silencio frente a frente. Los colores son tan extraños como siempre, tan poco convencionales. Los exteriores, aparte del neón que se ve tras la ventana, son indefinidos, incomprensibles, inexplicables. Es como si la cafetería estuviera en ninguna parte. Ellas también parecen estar en ninguna parte. Una conversación inexistente. Palabras que no se manifiestan, que no se expresan. Los cuerpos en tensión y los ojos fijos. 


Two on the Aisle, 1927. Museo de Arte de Toledo, USA

Este es un cuadro verdaderamente curioso. No solo por la extraña composición, sesgada, un escorzo horizontal que solo deja ver una parte del teatro, sino por los personajes que habitan en él. Una pareja acaba de llegar y está sentándose. Ella deja su abrigo verde sobre el respaldo y él está quitándose el abrigo. No se miran, no se hablan, en la línea de todas las parejas de Hopper. Y, en el palco que está en primera fila, una mujer vestida de rojo, con un abrigo azul tornasolado colocado detrás del asiento, lee lo que debe ser, sin duda, el programa. O han llegado tan temprano que nadie más existe o es la representación teatral más minoritaria del mundo. Dos manchas rojas, además del vestido, aparecen, en la línea de Hopper: el suelo y las colgaduras del palco. El uso del color es una de las formas que tiene el pintor de expresar lo que siente a través de la pintura. Los verdes oscuros, los negros oscuros y las pinceladas blancas y el rojo. Un manifiesto. 


Automat. 1927. Des Moines Art Center, Iowa, USA

Un autómata es un ser sin alma, sin convicciones, sin sentimientos. Así que esta mujer que, vestida verde y con sombrero amarillo, levanta con cuidado la taza de café, es una especie de zombie que contrasta con las luces exteriores, enormes luces que pueden verse a través de un extraño ventanal que muestra la noche. La soledad es el santo y seña del cuadro y, en realidad, de toda la obra de Hopper. La soledad, la incomunicación, la imposibilidad del entendimiento humano, todo ello es el núcleo central de esta pintura. La mesa tiene una cubierta blanca inmaculada y el amarillo se encuentra en los detalles. El sombrero, el radiador, el zócalo de la pared, una silla. El negro es el complemento exacto y el aviso de que el exterior es peligroso. La indecisión está en las manos tanto como en la posición de las piernas. No sabemos qué piensa. 


Rooms by the Sea, 1951

Nada puede haber más triste que unas habitaciones vacías, junto a un hermoso mar, con sus olas azules y ondulantes, con el sol que cruza las puertas (¿o son las ventanas?), para dorarlas con sus rayos. Es aquí donde la soledad se manifiesta en toda su crudeza porque contrasta con la felicidad que el verano, la costa y el sol proporcionan a la vida, a la gente. Esto es Hopper, un contraste brutal entre lo que deseamos y lo que tenemos. La contradicción de la vida moderna que el arte siempre anuncia y recoge. No puedes imaginarte unas vacaciones orientadas al vacío. Eso es lo que supone este cuadro. El vacío de las puertas abiertas a la nada. La casa sobre el agua, cayendo sobre un océano angosto y peligroso. El azul del suelo y del cielo pueden engañarte. La sombra genera arquitectura en las paredes móviles, que parecen tener la misma vida que la puerta. Esto es lo que no podemos entender aunque lo intuimos. 

Edward Hopper. 1882-1967. Es el retratista de la soledad contemporánea. Fue también un importante ilustrador. Su realismo está matizado por un uso arbitrario y simbólico del color y por una arquitectura potente que ayuda a la comprensión de lo que nos cuenta el cuadro. Sus obras son relatos en sí mismas, historias que narran algo, y que presentan paisajes desolados, océanos sin esperanza y personas que están incomunicadas entre sí. Su interpretación psicológica ha sido destacada y aparece en su obra como una forma de introspección a la que ayuda la pintura. 

sábado, 20 de julio de 2019

"Un chelín para velas" de Josephine Tey


Oh, Josephine Tey !!! Qué gran descubrimiento...Por mucho que creas que es imposible encontrar otra voz que te empuje al hallazgo de alguien diferente y que no tiene parecidos sino venturosos ejemplos, siempre aparece quien te desbarata esta teoría. A Josephine Tey la descubrí hace algún tiempo y prueba de ello son las entradas que he dedicado a otros de sus libros: "El caso de Betty Kane", "La señorita Pym dispone" , "Patrick ha vuelto".  Todos ellos han sido publicados en español por la editorial Hoja de Lata. Y merece la pena haber sacado a esta escritora del olvido en el que estaba, o mejor, del desconocimiento. Porque es encantadora. Y su narración es, precisamente eso, un mantel con unas flores bordadas colocado con esmero en una mesa de caoba. 

Tey, en la mejor tradición de las novelistas inglesas del género policíaco, inventó un investigador. Es el inspector Alan Grant de Scotland Yard. Se trata de un tipo risueño, elegante, con unos modales exquisitos. Ya sabemos que en el mundo de los detectives hay de todo y Josephine Tey se decidió por un tipo que nos gustaría a todas. En este caso, de título tan original, el ámbito de la historia es el de las celebrities. Hoy día habría un amplísimo campo para desarrollar novelas en el mundo del famoseo, aunque con una considerable pérdida de glamour, todo hay que decirlo. Pero la víctima de no se sabe quién es aquí nada menos que una famosa estrella de La Meca del Cine, y, alrededor de ella, toda una galería de personajes a cual más atrabiliario. Claro que Grant no estará solo en sus pesquisas ("pesquisa", qué excelente palabra esta, tengo que usarla más), sino que Erica Burgoyne, a la sazón hija del comisario local de Westover, saldrá en su ayuda. El libro se adaptó al cine. Lo tomó Hitchcock en su primera época y lo tituló "Inocencia y juventud", un nombre la mar de austeniano. 

Los inicios de los libros de Tey suelen ser tan anodinos que despiertan la curiosidad del lector inmediatamente. "Eran algo más de las siete de una mañana de verano y William Potticary estaba dando su paseo habitual por la pradera de los acantilados". Ea. Con esto ya tenemos preguntas para rato. Quién es Potticary, a qué se dedica, cuántos años tiene, está o no casado...Qué sitio es este. De qué acantilados hablamos. Y, sobre todo, qué hace Potticary paseando a una hora tan temprana...De momento ya tenemos la tentación de enterarnos de todo y, además, suponemos que ese paseo no será baldío, que algo ocurrirá durante el paseo o algo "encontrará" durante el mismo. 

No contaré más. El spoiler está a la vuelta de la esquina y haría un flaco favor a los lectores. La señorita Josephine Tey, cuyo nombre real era Elizabeth Mackintosh, era escocesa y además de las novelas dedicadas a su detective Grant, cinco en total, escribió otras que he mencionado más arriba. En sus libros usa la deliciosa palabra "dama" para referirse a una señora. Todavía hay gente que la usa, puedo dar fe de ello. Es curioso como los camareros y los dependientes de las tiendas de marca siguen refiriéndose a ellos como "caballeros", ya nadie nos llama "damas", sino "señoras" que no es lo mismo ni se le parece. Las damas de Josephine Tey son el trasunto de unas historias llenas de matices psicológicos que bucean en el interior de las almas atormentadas y de las nada atormentadas y que se mueven por los intereses de toda la vida. Ya sabemos, el dinero contante y sonante. Es así. 

Un chelín para velas. Josephine Tey. Traducción de Pablo González-Nuevo. Editorial Hoja de Lata. 2019. 

viernes, 19 de julio de 2019

Mentiras por amor


La personalidad de Hitchcock era tan potente, tan cuidadosamente agresiva, que sus propias opiniones acerca de las películas que dirigió son capaces de influir al público de una forma muy decisiva. Si lees en cualquier libro o página dedicada al cine las opiniones sobre esta película, encontrarás que muchas de ellas se dejan llevar por la propia inquina que el director inglés le tenía. Una inquina que no tenía que ver con la película en sí sino con algunas circunstancias que rodearon su filmación. En concreto, con el choque de trenes entre dos personalidades de carácter: el productor David O´Selznick y el propio Hitchcock. 

O´Selznick era un productor que seguía al milímetro el producto. Intervenía con mano dura en la elección de actores y en todos los asuntos que podían afectar al resultado final. Eso para Hitchcock era demasiado. No sabemos si por convicción o por llevar la contraria en este caso se lió a cuenta del casting masculino. Ninguno de los tres pilares de la película le parecían bien a Don Alfred: Ni Gregory Peck, al que consideraba demasiado rudo; ni Louis Jourdan, al que consideraba poco rudo; ni Laughton, sin razón aparente, eran santos de su devoción para estos papeles. Eso lo repiten hasta la saciedad los comentaristas y críticos de la película. Todos a una. 

Mi opinión es radicalmente opuesta. Una de las mejores cosas de la película son sus hombres. La frialdad contenida de Peck me parece de perlas para el papel que hace: un abogado defensor felizmente casado que cae en la trampa del enamoramiento con una clienta. Debe intentar que esto no se trasluzca y para eso qué mejor que un actor sin alharacas, que una interpretación ajustada y sobria. Por su parte, el juez Lord Thomas Hortfield, interpretado por Sir Charles Laughton, es un hombre sarcástico, lascivo y un punto odioso, papel que le venía como anillo al dedo al actor, a quien en su vida privada imagino correteando jovencitas por detrás de las mesas. Como tercer elemento está Louis Jourdan que hace de André Latour, el criado de confianza del asesinado y amante de la viuda, la misteriosa y bellísima Magdalena Ana Paradise. Jourdan, tengo que reconocerlo, es una de mis debilidades cinematográficas, esa clase de hombre absorbente, hermoso y lleno de esa extraña dualidad bondad/maldad que tan atrayente resulta. Puede ser un canalla con corazón de oro o un buen hombre con un punto malote. 


A estas alturas de la reseña la trama es conocida por todos. Asesinato de un ricachón ciego, posiblemente ( o no) a manos de su joven y guapa esposa, que, por supuesto, lo heredará todo. La acusación se sustenta en el hombre de confianza del asesinado, precisamente Latour, que parece odiar con toda su alma a la viuda. Y la odia, desde luego, pero es el odio del amor que ha logrado despeñarlo por un río de abyección, por un tumulto que conduce al infierno. Es el amor/odio. 

Todos en esta película cometen malas acciones por amor. Cuando digo todos, son todos. Hasta Sophie (Ethel Barrymore) que cuida amorosamente a su marido el juez usará malas artes para encarrilarlo. Hasta Gay, la atractiva esposa de Anthony Keane, el abogado, sufrirá celos y albergará sentimientos inconfesables cuando descubre lo que su esposo siente por su cliente. Por supuesto, es el abogado, precisamente, el que se despeña con mayor escarnio por un camino equivocado, porque se salta todos los principios que ha jurado defender. Y, en medio de todo, manejando la trama, una mujer que presenta la dualidad imposible entre un rostro angelical y un corazón oscuro. 

Keane ama a la mujer equivocada. Latour se ha dejado llevar por un sentimiento equivocado. Ana Paradise es la mujer equivocada. Y todos deben representar su papel en un drama judicial que guarda un secreto y que conducirá el desenlace a un final insospechado. Nunca el amor generó tanta zozobra y tanto remordimiento. 

“El proceso Paradine” es una película en penumbra, una obra silenciosa, donde la música solo suena para matizar algunos momentos, sobre todo el violín, que es el alter ego de los pensamientos de los enamorados. El castigo y el perdón son temas centrales en una película que ofrece planos y contraplanos memorables, con una tensión que aflora con claridad en las escenas del juicio y que se va relajando, pero no del todo, en la vida cotidiana de los protagonistas. 

La gran duda queda planteada así ¿vale el amor la pérdida de todos los valores en los que creímos algún día? 

Sinopsis:

La acción transcurre en el condado de Cumberland, Inglaterra. Allí la policía detiene a Magdalena Ana Paradise, acusada de haber asesinado a su esposo, mucho mayor que ella, muy rico y ciego. El abogado defensor, Anthony Keane, es un tipo serio, casado y muy cumplidor de sus obligaciones. Pero no cuenta con que la belleza y el misterio que irradian de Ana va a convertirlo en un esclavo a sus pies, alguien por quien traicionará su sagrado juramento y por quien estará a punto de hacer peligrar su matrimonio con Gay, inteligente y atractiva. En escena también un personaje peculiar, el juez Hortfield, socarrón y convencido de que las mujeres son lo mejor del mundo, sobre todo si no son la tuya. 

Algunos detalles de interés: 

“El proceso Paradine” de título original “The Paradine case”, se estrenó en 1947. Fue dirigida por Alfred Hitchcock  producida por el todopoderoso David O´Selznick. La relación entre ambos fue tan tormentosa que poco después el director inglés creó su propia productora, la Vanguard Films. 

Para que todo quedara en casa, la esposa de Hitchcock, Alma Reville, escribió el guión junto con O´Selznick, sobre una novela de Robert Hichens. La música, cauta y medida, a base de cuerda sobre todo es de Franz Wazman y la fotografía de Lee Garmes. 

El reparto, motivo de las disputas entre productor y director, estaba encabezada por Gregory Peck (Hitch hubiera preferido a Lawrence Olivier, al que consideraba con más empaque para ser un abogado con prestigio), Ann Todd (como la esposa), Alida Valli (como la señora Paradine), Charles Laughton (como el juez), Ethel Barrymore (como Sophie, la esposa del juez), Louis Jourdan (como André Latour, el criado del millonario asesinado), Charles Coburn, Leo G. Carroll, Joan Tetzel e Isobel Elsom. Un extraordinario reparto, se mire por donde se mire, reticencias aparte. 

La película tuvo ese año una sola nominación al Oscar, a la mejor actriz secundaria (Ethel Barrymore) que no logró. Sin embargo, ya sabemos que el termómetro de los Oscar no es demasiado fiable. 


Screwball en la sala de prensa


Esta es, sin duda, una de las mejores interpretaciones de Cary Grant. Y no necesita cambiarse de ropa cada diez minutos, ni pasearse por la Costa Azul, ni siquiera necesita de los primeros planos para lanzarnos una Opa hostil en forma de Screwball de categoría. Howard Hawks es el director perfecto para lograr unos trepidantes diálogos y ese duelo sin descanso entre Grant y la no menos inspirada Rosalind Russell, extraordinarias facultades para la comedia y para las comparaciones. Solo ese cruce de miradas ya vale gastar 96 minutos en la película. 

Los temas periodísticos siempre dan juego en el cine y aquí se abordan sin ningún escrúpulo. Todos están pendientes del próximo ahorcamiento del infeliz Earl Williams, a quien únicamente una chica bastante peculiar como Molly Maloy va a echar de menos. No hay tiempo para nada. La falta de tiempo, la urgencia con la que ha de hacerse todo, es el hilo conductor de la trama. Hildy Johnson ha de marcharse a Albany para casarse con su prometido, Bruce Baldwin, que guarda un asombroso parecido con Ralph Bellamy, como el mismo Grant se empeña en destacar. El director del Morning Post, Walter Burns (asimismo con el rostro y el aspecto de Cary), sigue enamorado de Hildy, con la que estuvo casado, pero ella no aguanta, o eso parece, la vida del periodismo extremo, siempre al filo de la noticia y siempre anteponiendo cualquier acontecimiento a la vida familiar y amorosa. 


En esta situación personal rocambolesca no se le ocurre al alcalde y al shérif otra cosa que organizar el ahorcamiento de Williams, acusado de matar a un policía negro, en un supuesto rapto de locura y después de llevar algunos días sentado en el parque, al modo "lunes al sol", porque lo han despedido del trabajo. En la sala de prensa de la Audiencia, a la que acude Hildy con un pacto in extremis con su antiguo jefe y marido, están los periodistas de los diversos medios fumando y jugando a las cartas. Todos hablan por teléfono con sus redacciones, intentando contar lo más sensacionalista. En realidad, cada uno ve un mismo hecho con distintos ojos. Esta es la prensa de sucesos y así la muestra Hawks, sin contemplaciones.

"¿Por qué no ahorcáis a ese hombre a las cinco en lugar de a las siete? Así saldría la noticia en la primera edición" Esta es una pregunta natural para los periodistas que persiguen al shérif queriendo detalles. Bromean con la muerte y se toman la pena de ahorcamiento como si fuera un incidente más, como el tirón de  un bolso, o el robo de una cartera. Walter y Hildy no son mejores que ellos. Quizá tienen más talento o sentido del humor o chispa. Pero saben que su objetivo está en conseguir la primicia, la exclusiva, la foto, la noticia, en suma. Y que el tiempo es su mayor enemigo, el hándicap que cubrir.
En paralelo a la lucha por ganar la carrera profesional está también el lazo que los une a pesar de las diferencias y a pesar de que, hasta ahora, no han sido felices. Hildy quiere algo que Walter no puede darle y él se engaña pensando que ella terminará conformándose. El caso es que la ejecución de una sentencia de muerte será el motivo por el cual se vuelvan a acercar y a conjurar sus antiguos deseos. Quizá están hechos el uno para el otro aunque lo nieguen o aunque no lo sepan.

"His Girl Friday", título original de "Luna nueva" (1940) fue una adaptación de una obra de teatro, escrita por Ben Hecht y Charles MacArthur. En 1974 Billy Wilder hizo otra adaptación en la que se trataba de una pareja masculina, de amigos, con Jack Lemmon y Walter Matteau, aunque manteniendo los tiras y aflojas y los diálogos disparatados de la obra, en la mejor tradición del Screwball hollywoodense que había surgido tras la Gran Depresión y que tuvo sus años felices en los treinta y los cuarenta.

Se trata de una película claustrofóbica, que transcurre en espacios muy concretos y cerrados: la redacción del Morning Post, atestada de telefonistas, redactores, mesas de trabajo y gente que se mueve de un lugar a otro; la comisaría de policía, a la que llevan al pobre Bruce en varias ocasiones, siempre por mandato del inefable y cara dura Walter y, sobre todo, la sala de prensa de la Audiencia, un sitio lleno de enormes ventanales, muebles que parecen no servir para nada (aunque luego se le encuentra utilidad a un bureau muy respetable), teléfonos que están constantemente sonando y enormes mesas, sillones y máquinas de escribir. Todo sea por ser el primero en contar lo que pasa. Incluso lo que no pasa.

jueves, 18 de julio de 2019

El retrato de Jane Austen


Parece que el boceto que Cassandra Austen hizo de su hermana Jane se dibujó en unas vacaciones en el mar, concretamente en la localidad de Lyme Regis. Esta es una de las ciudades que la escritora trasladó a su obra, en la que hay pueblos inventados pero también otras localidades que son reales, como el propio Londres o la ciudad romana de Bath, la de los balnearios. Lyme Regis es uno de los telones de fondo de "Persuasión" y por eso forma parte del itinerario geográfico de Austen. En el boceto, mucho más simple de lo que la imagen que ilustra esta entrada pueda sugerir, aparece la escritora de espaldas, o mejor, de lado, con su vestido y su abrigo de corte imperio, además de con su cofia, que tiene, a modo de curiosidad, las cintas desatadas, como si viviera un momento de plena libertad. Seguramente estaba mirando al mar, que se observaba con facilidad desde muchos puntos de la naturaleza que rodea la población. 

Lyme Regis está junto al Canal de la Mancha, al oeste de la región de Dorset. El espigón del puerto, conocido como The Cobb, aparece tanto en "Persuasión" (es el lugar en el que tropieza Louisa Musgrove), como en la película protagonizada por Meryl Streep "La mujer del teniente francés". Era el sitio al que ella volvía una y otra vez esperando el regreso del marino del que estaba enamorada. Es un lugar, por lo tanto, que inspira a los artistas y que constituye una especie de lugar de peregrinación para los lectores de Austen. Ella pasó allí varias semanas durante los años 1803 y 1804. Parece que el mar le gustaba y ejercía sobre ella una curiosa atracción, del estilo de la que sentía Emma Woodhouse que se muestra espléndidamente sorprendida cuando lo ve por primera vez. 


(Lyme Regis Cobb, fotografía de Neil Barnes)

No hablamos de playas, naturalmente, sino de mar abierto, en este caso rodeado de imponentes acantilados que hacían peligroso pasear cerca de él en invierno, por el viento y el romper de las olas en las piedras enormes. Es un mar embravecido y que se visitaba en noviembre, cuando el clima de las ciudades de interior era más desagradable y aquí todavía se conservaba cierta bonanza por la cercanía a la costa. El concepto del mar de aquellos años distaba mucho del que tenemos ahora, cuando lo consideramos sujeto de nuestras travesías en barco o  nuestros paseos por la playa, atestada en verano y llena de edificaciones o elementos que trasladan el bienestar de la ciudad a las orillas. El mar era para los ingleses, además, el punto de unión, o de separación, según se mire, con el continente, ya que, no lo olvidemos, el Reino Unido es una isla. El mar dio sus mayores glorias al Imperio y de allí vinieron las mayores desgracias en forma de guerras con la subsiguiente pérdida de hombres. En "Persuasión" Jane Austen retrata algunos personajes masculinos que son marinos, como el propio protagonista, el capitán Frederick Wentworth, cosa poco corriente en su obra, pues las únicas alusiones a la tropa están en "Orgullo y prejuicio" pero presentando a los destacamentos en reposo, con más afición al baile que a la lucha.

La esposa de James Edward Austen Leigh, el sobrino que escribe un libro sobre su tía, llamada Emma, escribe y publica un libro sobre Jane Austen y Lymes Regis, que, lamentablemente, es poco conocido entre los lectores.

Emma Austen Leigh nació en 1801 y murió en 1876. Salvo que se casara muy joven, no llegaría a conocer a la tía Jane pero la información sobre ella estaba muy a la mano en ese momento. Tuvo dos hijos, William y Chomley. La sola escritura del libro demuestra la relación que Jane Austen tuvo con el pueblo (muy pequeño, hoy, en los meses que no tiene turismo, alcanza apenas los cinco mil habitantes), en el que pasó algunas temporadas.

La escena en la que Frederick Wentworth pasea en grupo por el espigón y se produce la caída de Louisa y su consiguiente intervención para salvarla, es una de las más intensas de la narración y la que da pie al malentendido que angustia a Ann Taylor.

Es evidente que situar el argumento en ese lugar indicaba que para Jane Austen había supuesto una especie de bálsamo espiritual después del estresante mundo social que se vivía en Bath, localidad que nunca le gustó ni sirvió para inspirarla, lo que puede observarse cuando la utiliza en sus libros como un lugar en el que va la gente a buscar pareja sin mayor interés. Sin embargo, Lyme Regis es para ella lo que indudablemente era también para Ann Taylor que, como Jane, tuvo que dejar su casa de Kellynch Hall, por motivos económicos, para marcharse de alquiler a Bath, ciudad que también odiaba.

El boceto que hace Cassandra de su hermana Jane es una de las escasísimas imágenes que tenemos de ella. La otra es, también, fruto de Cassandra. Esa ausencia de imágenes ha dado lugar a que se repitan continuamente las que hay. Sí existen descripciones de su aspecto físico que se recogen en escritos contemporáneos y que su sobrino ya citado recoge en su obra sobre la tía. Todos los que hablan de ella, en este sentido, aluden a su mirada ingeniosa, la corrección de sus rasgos y la alegría que iluminaba su rostro. Ninguna de las protagonistas de Austen, salvo Emma, es una "belleza". Pero el ingenio, la inteligencia y la capacidad de observación están presentes en todas ellas. Es cierto que algunas, como Fanny Price, la menos Austen de todas, tiene una alarmante tendencia al sacrificio, pero siempre he pensado que Mansfield Park es un cabo suelto en el conjunto de una obra hermosamente armada. 

miércoles, 17 de julio de 2019

La ciudad desnuda


Nueva York es la ciudad más fotogénica del mundo. La que despliega una belleza oscura y penetrante en tantas películas románticas, negras o dramáticas. Cualquier género se retrata mejor en sus puentes, sus islas, sus calles, sus edificios, sus tiendas, sus semáforos. En "La ciudad desnuda" parece que Vivian Maier ha trasplantado al cine sus propias fotografías. Esa mirada que sobrevuela la fealdad, buscando el pequeño matiz que haga de la escena un paisaje tierno que provoque una sonrisa entre el calor y el frío.  Pensaríamos que se trata de ella, si no fuera porque sabemos que es imposible, porque su trabajo de niñera ocultó tantos años su obra y porque conocemos que el director de fotografía fue el excelente William H. Daniels, a quien bastaría este trabajo para ser reconocido como un genio del blanco y negro. 

Esta es una película extraordinaria. La voz en off que la conduce hace un curioso papel de coprotagonista, porque no solo narra los acontecimientos sino que interpela a los personajes y nos adelanta datos que solo ella (la voz) conoce. Un caso de complicidad con el espectador que no he visto en otra película. Por su parte, la ciudad de Nueva York es una protagonista llena de matices, que se muestra sin ocultar nada y que recorre la trama en todas y cada una de sus partes. Algo ocurre en la ciudad de Nueva York y toda la ciudad se estremece. Un guión no escrito mueve los hijos, todos parecen tener un papel que representar y los objetos se transforman en causa y en efecto. Los altísimos rascacielos son también seres vivos y sus habitantes están poseídos de una rara cualidad de transparencia que no logra ocultar el latido del asfalto. Ocurren cosas y todas ellas tienen su espejo en el perfil de la ciudad. 


Lo que sucede aquí, en realidad, es que se investiga la muerte de una joven modelo de alta costura, la señorita Dexter. Jean Dexter ha sido descubierta muerta en su apartamento. Una asustada asistenta la ha hallado al protagonizar el único gran acontecimiento de su vida, que queda aquí plasmado para siempre: Marta Swanson, 42 años, dice la voz en off, encuentra a Jean Dexter muerta al llegar a su casa por la mañana. De igual modo que en "Doce hombres sin piedad" el viejo que creyó oír el crimen se arrastró hasta el estrado para contar su visión de una experiencia que nunca antes podría haber soñado, así Marta es la primera persona que se nos presenta en la historia.

El crimen provoca que el teniente Daniel Muldoon, de Homicidios, y su compañero, el novato pero perspicaz detective Jimmy Halloran, tengan que ponerse manos a la obra y tratar de atar los cabos sueltos, muchísimos, que van surgiendo mientras avanza la investigación. De esa forma, aparecerán en escena gente como Frank Niles, un pícaro de altos vuelos y de buena familia que juega a todas las barajas posibles; o su prometida, Ruth Morrison, también modelo, aunque luce en su dedo anular un anillo robado; o el enigmático y ausente Philip Henderson, un tercer hombre sin Welles sin Cotten, que no se sabe dónde está, ni siquiera si existe; o ese extraño y sádico luchador-acróbata que toca la armónica y cruza los semáforos a gran velocidad; o un psiquiatra de renombre, con perfil griego y una angustiada enfermera de recepción que lo observa incrédula...

Los acontecimientos se van sucediendo al mismo tiempo que la ciudad va viviendo las luces y las sombras, los días y las noches. No se detiene nunca ese plácido y terrible devenir. Las peluquerías acogen a sus clientas, que sufren el calor atroz de los secadores para asistir, quién lo sabe, a alguna fiesta nocturna; las colas de las calles anuncian el interés por los sucesos; los niños juegan con el agua para combatir el calor; las niñas se suben a los columpios y saltan a la comba...El drama, mientras tanto, sigue latiendo en la frase de la madre de la víctima: "Dios mío...¿por qué no hiciste que naciera fea?". La belleza como castigo, la belleza como destino atroz.

La voz en off no pierde la ocasión de poner su acento irónico, discordante, extraño y mordaz, a lo largo de la película, rodada en un asombroso y especialísimo blanco y negro, con una música hiriente que no deja de machacarnos durante todo el metraje. Las imágenes, la voz y la música, son las columnas esenciales del relato, los testigos de los hechos y de las elucubraciones, una especie de diario que todo lo anota y que todo lo saca a la luz, sin excusas ni pudor. 


El detective novato acertará en su intuición. Tiene una casa agradable, un hijo que apunta maneras y una mujer preciosa que aparece vestida como para una sesión de fotos con Nina Leen. El detective recorrerá la ciudad embutido en su elegante traje para seguir una pista que, al final, se revelará cierta. Su jefe, el teniente, es un tipo irlandés, feo, bajito y sin atractivo, que sonríe mucho con una mueca desganada y que tararea una canción irlandesa desde la mañana a la noche. El teniente no es un policía al uso, de esos que gritan continuamente y sueltan palabras gruesas. Todo lo contrario. Hay una especie de sutil delicadeza que contrasta con su aspecto físico. Es un Cyrano en el momento final.  Así lo entienden sus policías. Sabe que es exigente, pero no reconocen altivez en su gesto, ni despotismo, sino una clarísima actitud de que las cosas terminen bien. "Aquí nunca dejamos un caso sin resolver". 

El asesino terminará siendo el final de una larga serie de mentirosos y de ladrones. Son los eslabones perdidos de la sociedad. Se esconden en las cloacas de Nueva York, muchas de ellas, a la luz del día. Son la última fase de la cuerda. Pero no la única. Las piezas se encajan como corresponde a un policíaco de raza y terminan por resultar convincentes. Es una película ingenua que no quiere dejar que los malos triunfen. Por eso, todo está en su sitio. Y por eso el último protagonista de la película es el puente de Brooklyn, sus estructuras de hierro, sus claroscuros, sus ranuras, sus piezas envolventes, su entramado... La arquitectura como símbolo de lucha y también de fracaso. Se cierra un capítulo y lo hacen los hombres buenos. Quizá, en cualquier otro lugar de Nueva York, justo en el momento en que se cierra este caso, se abre otro cuyos datos no vamos a conocer, al menos en esta película. 


La ciudad desnuda. Dirigida por Jules Dassin, 1948. Interpretada por Barry Fitzgerald, Don Taylor, Howard Duff. La música es de Miklós Rózsa y Frank Skinner. La fotografía es de William H. Daniels. El guión es de Albert Maltz y Marvin Wald. 

martes, 16 de julio de 2019

¿Por qué hay que leer a Edna O´Brien?


Edna O´Brien (1930, Tuamgraney, condado de Clare, Irlanda) es la autora viva más imprescindible de leer en estos momentos. Su obra publicada en castellano constituye un conjunto de libros que, bien organizados en su itinerario lógico, suponen no solo una fuente de placer lector, sino también un modo de comprender la evolución de las mujeres en entornos claustrofóbicos de costumbres y relaciones, así como una mirada única e irrepetible acerca del universo femenino, sin fronteras de tiempos, edades y clases. Por eso es la autora que más y mejor puede ponernos en contacto con la realidad de una sociedad que ha ido modificando su conducta general desde los años cincuenta del siglo XX hasta ahora. Edna O´Brien es, también, la prueba palpable de cómo la literatura puede salvar al individuo. Una salvación que abarca múltiples aspectos. Desde conocerse a sí misma y saber qué se desea y cómo puede lograrse, hasta saltar por encima de convenciones ampliamente asumidas, superar el rechazo familiar o luchar por defender el talento que, en este caso, era el de la escritura. No resulta fácil, y menos aún resultaba sencillo en los años cincuenta, negarse a seguir un itinerario preestablecido de antemano que abocaba a la subsistencia y a la mera repetición de los roles que el ambiente definía. No resultaba fácil huir del peso de las tradiciones, las creencias o las costumbres. Ni de la omnipresencia de elementos familiares que podían hacerte sentir una traidora a los tuyos. Edna O´Brien no solo sorteó a modo personal todos estos escollos sino que hizo que sus protagonistas, sobre todo los de su rompedora trilogía "Las chicas de campo", dieran también el mismo salto mortal para caer en un vacío elegido libremente. La contrapartida entre libertad o falsa seguridad está presente en toda su obra. Y la necesidad de elegir comporta, como no puede ser de otro modo, la asunción de responsabilidades sobre una misma y su destino. 

La literatura irlandesa es un riquísimo vivero lleno de ejemplos maravillosos. Dentro de ese conjunto Edna O´Brien tiene su propia luz, su propio sentido, su propia manera de ver y de representar, por medio de la palabra, los universos propios y extraños. En su obra hay que seguir un cierto orden lector, porque ello puede aportarnos más claves y más conocimiento: "Las chicas de campo", "La chica de ojos verdes", "Chicas felizmente casadas", son su trilogía inicial (publicada por Errata Naturae), la que comienza a publicar y a escribir en los años cincuenta. Transgresoras, duras, difíciles, tiernas, complejas, entregadas, generosas, trágicas a veces, cómicas también, sus protagonistas Caitleen y Baba tienen toda la fuerza de la autora y son, cada una de ellas, complementaria a la otra, como dos caras de una misma moneda. La dura reacción con la que fue recibida su obra en su tierra natal, con quema de ejemplares incluida, nos da buena cuenta de la dificultad de publicar acerca de lo que se tiene tan a mano y que te provoca unas reacciones tan adversas. Esa forma de espantar sus visiones más terribles de la mano de la literatura es la prueba directa de la unión, de la mezcla, de los lazos que, en Edna O´Brien, unen su vida y su obra. 

Porque no se trata de convertir en literatura la historia de su tiempo sino de ver cómo el telón de fondo influía en la vida de las personas, en concreto, en la vida de unas muchachas que, como ella, solo buscaban cierta clase de felicidad que se antojaba imposible y llena de aristas. 

Los cuentos incluidos en "Objeto de amor" (editorial Lumen) una preciosísima recopilación de historias cortas, cada una de ellas llena de sentido y de belleza, son el siguiente paso para la comprensión literaria de Edna O´Brien. Sus múltiples temas convergen en una forma de narrar directa, concisa pero, a la vez, detallista en lo emocional y llenan de imágenes que evocan  lo que no pudo ser y lo que nunca será. Imaginación pegada a la verdad, como suele ocurrir con las grandes obras literarias. Estos cuentos son menos conocidos pero su lectura resulta crucial para hacerse cargo de algunos aspectos de su vida y su obra que se manifiestan aquí a modo de juego, como si hubiera otra forma de expresarlo. Además de los cuentos aquí incluidos, hay otra edición de dos relatos largos, "Noche" y "Agosto es un mes diabólico" (ediciones DeBolsillo) en los que la sexualidad, la fuerza de la intuición y de los instintos nos traen reminiscencias de D. H. Lawrence. 

Después de eso hay un par de libros que, con temáticas diferentes, mantienen siempre la llama de la reivindicación de la libertad frente a las imposiciones ajenas. De un modo o de otro esto ocurre en ambos, "Un lugar pagano", reminiscencias de su propio origen, y "Las sillitas rojas", donde vuelve la vista a una historia que contiene todos los elementos mágicos de su propia tierra. Ambos libros han sido publicados, al igual que su trilogía, por la editorial Errata Naturae. 

Por último, no te puedes perder sus Memorias, tituladas así "Chica de campo" a la que llegas ya con un cierto bagaje si has leído sus libros y que te explican y recuerdan, a modo de mosaico completo, todo lo que has podido encajar en sus lecturas. Resulta una narración vibrante, entretenida, llena de fuerza, porque la vida de Edna O´Brien no desmerece lo que cuenta en su ficción, antes al contrario. Son Memorias en las que verás aparecer a personajes que no esperabas y que mantienen un suspense muy especial por la forma en la que ella narra los acontecimientos, sin excusas y sin esconderse. Y no es fácil, en el recuento de una vida, ser capaz de asumirlo todo.  Su publicación también corresponde a Errata Naturae. 

A Edna O´Brien hay que conocerla por muchas razones. Estas son algunas de ellas: Porque no es posible entender la evolución de las mujeres desde la mitad del siglo XX sin conocer su obra y sus connotaciones. Porque su forma de narrar es un toque de atención para que miremos en cierta dirección que, quizá, se nos había escapado. Porque la belleza de su estilo, es conmovedor y, al tiempo, potente. Porque Irlanda y sus contradicciones son un telón de fondo que no se puede dejar se conocer. Porque nos vamos a identificar con los sentimientos intemporales de sus protagonistas, todas ellas mujeres que pretenden encontrar algo que ni siquiera saben si existe. Porque es la vida misma. 

(Los múltiples enlaces del texto conducen a entradas de este blog dedicadas a Edna O´Brien)