martes, 26 de febrero de 2019

Algunos adjetivos


     Apenas te conozco. Si conocer puede llamarse a ese acto íntimo de oír tu voz entre los instrumentos. O la sonrisa esquiva y tímida en un vídeo de Youtube. Apenas te conozco pero esta es la mañana gris y lluviosa en que pongo tu voz para que acune las palabras que escribo. No hay nada más perro que el amor, dices mientras tecleo con decisión en este ordenador, después de haber dejado a un lado un libro que me ha hecho atrapar las palabras en el aire. 

         Los dos, el libro y tu música, sois los magos de un día que ha empezado lleno de convicción. Sí, debo hacerlo, lo haré, porque merezco hacerlo, porque no quiero ser cobarde. Porque odio el victimismo y la autocompasión. Esas dos palabras las usa ella, la mujer del libro. Me resuenan en la cabeza y me salen a las manos. Los ojos me lagrimean porque la alergia primaveral está haciendo de las suyas y quizá porque abuso de la lectura en estos días. Qué podía hacer, si no. Dónde podía encontrar consuelo, si no es en las palabras que otros escribieron o en la música que canta gente como tú.

      Mi dulce flor de enero, dices, y con esa expresión lo dices todo. Rebusco en mis recuerdos algunas palabras amables, algunos adjetivos bellos, por ver si los encuentro, pero se escapan, se escapan con demasiada rapidez y lo que veo en su lugar es una imagen que no me pertenece: veo a un hombre ataviado con un abrigo oscuro, tocado con sombrero, del brazo de una mujer a la que protege en medio de la lluvia, una mujer rubia que camina ostensiblemente orgullosa de ser ella la elegida esta vez. 

        Entre los dos no estoy, ni se me espera, ni nunca tendré sitio. Es esa imagen la que permanece hoy, la que se ha levantado conmigo esta mañana, porque estaba ahí escondida y la lectura de ese libro la ha destapado, como si fuera un espíritu que apareciera cuando le viene en gana. No arrojo esa imagen a las tinieblas del olvido porque quiero recordar que, estos días pasados, cuando la ciudad en la que vivo hervía de fiesta, un hombre de abrigo oscuro, tocado con sombrero, la recorría agarrado al brazo de una mujer rubia, mientras mis ojos leían frases, buscaban líneas, abrían libros, que contuvieran algún antídoto al dolor. Sin hallarlo.


(Pinturas: Angelo Morbelli)

Una historia real



Esta película bien podría catalogarse de cine histórico. Aunque los personajes sean inventados.  Aunque los escenarios sean inexistentes. Porque uno de esos personajes guarda un sospechoso parecido con alguien que incendió un continente. Y el otro es la viva imagen de las miles de personas que sufrieron cárcel, tortura o muerte. No es una película histórica al uso, pero habla de una historia que no deberíamos olvidar. 

El discurso final de “El gran dictador” puede ser el alegato más vibrante contra el totalitarismo que hayamos oído nunca. Solo por ese discurso valdría la pena la película. Algunas de sus frases asaltan nuestro pensamiento una y otra vez: Los seres humanos queremos vivir para la felicidad del otro, no para su desgracia. Pero hemos perdido el rumbo, la codicia ha envenenado el alma del hombre. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Pensamos demasiado y sentimos muy poco. No desesperen. El odio del hombre pasará y los dictadores morirán. Soldados, no sois máquinas, no sois ganado. Hombres sois. Los dictadores se hacen libres a ellos mismos pero esclavizan al pueblo. Y en tanto los hombres den la vida por ella, la libertad no ha de perecer.

El dictador de Tomania y el amnésico barbero judío son los instrumentos de los que se sirve Charles Chaplin para presentarnos, no solamente una denuncia, sino una forma de esperanza. La fuerza de la palabra y de las imágenes abruma mucho más que cualquier consigna. La situación dramática de millones de personas a causa de la sinrazón del nazismo se pone de manifiesto en su narración de la vida del ghetto judío. Chaplin ridiculiza al dictador, porque, pensándolo bien, nada hay más ridículo que esa peligrosa megalomanía.


En un ejercicio de genialidad, Chaplin construye la película: escribe el guión, dirige, interpreta y compone la música junto con Meredith Willson. Un artista total, en la línea gloriosa de aquellos que dominan todas las disciplinas. El personaje de “Charlot” que había creado de la mano de la productora Keystone, primero, y de la Essanay, después, y que se llamó así desde 1915, había permanecido mudo hasta esta película que significa, en realidad, que Chaplin no necesitaba ya a Charlot y que Charlot no precisaba del valor de la palabra. 

Los acontecimientos históricos que vivía la atribulada Europa y que se contemplaban a distancia, pero con pavor, en los Estados Unidos de América, son el telón de fondo del rodaje, que se inicia justamente en 1939, cuando Hitler lleva a cabo la invasión de Polonia. Pero la idea había germinado en la mente de Chaplin al menos un año antes, porque el olor de la guerra y, sobre todo, la evidencia de que el nazismo tenía la clarísima intención de destruir todo aquello que considerara diferente (y quién no es diferente al fin y al cabo) lo habían llevado a crear una eficaz arma de destrucción que ha sobrevivido al paso del tiempo. Las imágenes oscuras de Hitler en sus arengas a los soldados del nacionalsocialismo convertidos en soldaditos de plomo, quedan apagadas por la brillante ternura de los personajes de Chaplin. Sabía y no se equivocó, que solamente la ironía, solamente la sátira, la critica salpicada de humor, pueden hacer digerible la atrocidad de la tragedia. 

El recurso narrativo que utiliza es la suplantación. En el cine se trata de una argucia que suele dar buenos resultados. En “Tú a Boston y yo a California” las chicas se intercambian para poder conocer a sus respectivos padre y madre. Pero en “El gran dictador” el descubrimiento del ardid puede acarrear la muerte. Esto incorpora un elemento de tensión a la historia. 

Sin embargo, a pesar de la dureza del tema, el estilo ligero, sutil, lleno de gracia, de Chaplin, asoma como nunca en sus escenas. La del globo terráqueo, por ejemplo. Una coreografía que se inicia con unas frases casi premonitorias, César o nada, Emperador del mundo, Mi mundo… y sigue con una risotada macabra antes de que el globo suba y suba,  se eleve hasta convertirse en un globo de gas, en una pelota transparente que el dictador golpea con su cabeza, con sus pies, con su trasero alegremente colocado en la mesa, con su dedo, sobre el que gira sin cesar. Música suave para acompañar este suave balanceo, estas piruetas, estos saltos en el aire, estos giros, estas vueltas….El globo acaba desinflado, como sabemos. 

O la escena de la barbería, el barbero olvidadizo, y ese atónito cliente que observa y no logra entender qué está pasando. Con esos gestos livianos al compás de la música, zapatillas de baile, gesto ingenuo, afeitar es un arte, ser barbero una genialidad, yo soy un artista. Te peino a dos manos y con dos peines…y me deslizo sobre el pavimento con el paso de baile más adecuado al momento.

Y luego está la chica. La chica es, aquí, Paulette Godard, a la sazón esposa de Chaplin. Deliciosa, grácil, menuda, ojos verdes sorprendidos, nariz respingona, boca sonriente. Bella pero sin abrumar, en el tipo físico que, toda su vida, amó el cineasta aunque pasara de una chica a otra. Sus Lolitas eran todas así y, en esto, Charles Chaplin se nos presenta muy nabokoviano. La imagen de la novia del barbero judío llorando en el suelo mientras suena atronador el discurso del falso dictador es, sin duda, un prodigio de belleza que nuestra retina guarda como un tesoro. He ahí la esperanza. 

lunes, 25 de febrero de 2019

He oído florecer a los almendros


He oído florecer a los almendros y la luz amarilla del sol ha aparecido debajo de una sábana. Las lámparas escupen los silencios y el viejo ventanal, apenas entreabierto, trae lunas de otros años, otras vidas. En esa intersección de la amargura, cuando los tiempos tiemblan y vibran sin motivos, he escuchado las voces de todas las historias y escrito sobre el aire un viento lastimero, una nueva razón que no tiene apariencia de ser nada. 

(Pintura de Louis Valtat) 

Hombre ansiado




Era una tarde de otoño ventosa y fría. El suelo estaba húmedo. El día anterior había estado lloviendo. Los castaños, perdidas sus hojas, ofrecían sus ramas desnudas a la intemperie. Sonaba a soledad ese camino perdido al final de la casa. Nadie solía andar por allí. Nadie lo conocía.

Ella salió de casa apresurada. Como si temiera que alguien la vigilara. Como si cometiera un pecado mortal. Creía en los pecados. Sabía que estaba condenada, porque, cada día de su vida, el pecado la cercaba como algo inevitable.

Pero no le importaba. Ahora solo tenía un deseo. Un único deseo. Un deseo irrefrenable. Un deseo que todo lo cubría. Que todo lo ocupaba. Que todo lo llenaba de suaves aristas, instaladas bajo la piel, como si fueran hormigas que corrieran a sus anchas. Como si el surco de las venas se llenara de espejos que le devolvieran su imagen en esos instantes previos.

Los ojos llenos de fuego, las manos ansiosas, el cabello despeinado. Un vestido rojo oscuro con las mangas largas y el talle cansado. Su paso rápido la hizo llegar enseguida al otro lado del parque que rodeaba la casa.

Allí, en un lugar semiescondido a las miradas de todos, oculto en realidad a la vida, estaba él. Se había quitado la camisa de cuadros, de tela áspera y gastada y se lavaba con parsimonia en un balde de zinc.

La contemplación de su belleza la dejó paralizada. Lo deseaba tanto como lo quería. O quizá no era amor, solo deseo y eso era ya bastante. Demasiado para quien, como ella, peinaba atardeceres en el mayor silencio.

(Pintura de Leon Kroll. 1884-1974)

domingo, 24 de febrero de 2019

Oculta geografía


(Jennifer Lawrence en Nueva York. Fotografía de Annie Leibovitz para Vogue, septiembre 2017)

He vivido en el centro del miedo. He lanzado preguntas y ninguna ha tenido respuesta. He sentido un volcán de lava derretida bajo mis pasos. He soñado que mi vida era otra. He querido ser alguien diferente. He llorado hasta que las lágrimas han dejado de existir. Me ha dolido el corazón sin que nada ni nadie pudiera siquiera darse cuenta de que las notas de mi melodía estaban apagadas. He sido cobarde para amar. He sido valiente para decir adiós. 

Pero he aquí que, a miles de kilómetros del mundo, quizá en otra galaxia, la luna se ha adueñado de un firmamento oscuro, yermo de estrellas, escrito en tinta china. El centro de la bóveda rodea el cuarto creciente y debajo, la arena que hace horas abrasaba, se ha tornado en azúcar, cálida y sin terrones. Los pies desnudos, los pies descalzos, todo, desnuda entera yo, mi corazón desnudo. 

Me he mirado a mí misma a través de un espejo, Alicia sin vestidos, sin números ni reinas. He cruzado el umbral y allí, sin esperarlo, he entrevisto mi imagen, asomada a un espacio que no aguanta mentiras. Soy yo. Esta que ves. Así. Completamente. Soy yo.  Lejanos los deseos, lejanas las pasiones, lejanos los conflictos. Soy yo. No siento miedo. El miedo se ha marchado. La noche no es oscura. No estoy sola en el mundo. No lo he perdido todo. No tuve un él ausente. No tengo un tú imposible. 

Sigiloso, un violín irrumpe en el silencio. Su doliente susurro me secuestra, me llama. Acallo su sonido con el mío. Como si me escucharas, entono desde dentro una canción muy vieja, una canción que se cose a mi piel desde que existe. Entonces sueño con mi vuelta a la vida, a esa callada, oculta, geografía de los besos. 

El amor es una obra de teatro


Oh, el teatro. Recuerdo con nostalgia los amados días en los que formaba parte de un grupo que creía en el Método y en Stanislavsky. Pasábamos las tardes ensayando y, cada cierto tiempo, un estreno. Después de los ensayos, nos reuníamos en un bar de mala muerte, casi una taberna, para comentar las incidencias del día. El director, invariablemente, me reñía por ser tan díscola y decir los textos a mi manera. Así fui, entre otros personajes, la Viola Trance de Nabokov, la Magdalena de Gosdpell y la Antígona de Anouilh, con permiso de Sófocles. Oh, el teatro…

El río de Londres divide el territorio de los ricos y el de la fe en que la vida puede ser mejor. En esta zona, los dos teatros compiten por el favor del público, un público poco entendido, compuesto de mosqueteros, prostitutas, vagabundos y algunos caballeros y damas que disimulan su presencia. El pueblo llano amando el verso. El Teatro de la Rosa y el Teatro Curtain acogen, con permiso del maestro de festejos, a la Compañía del Chambelán y a la del Almirante. Todos hombres, todos devotos del verso y de la escena. Las mujeres se limitan a inspirarlos, porque el teatro es inspiración y nada hay como el lecho para lograr que los autores se vean invadidos por el efecto de las musas. Competencia entre todos, también entre empresarios, Feniman y Burbage siempre mal avenidos. 

Al maestro Shakespeare no le van bien las cosas. Will ha perdido su don. La hoja en blanco y la mente en blanco. De abrazo en abrazo nocturno, parece que ni Ethel, ni Rosalinda han conseguido devolverle la pluma. Escribir es un don, por eso hay que buscar el remedio en pócimas, ungüentos o sortilegios. ¿Qué pasa cuando al autor lo abandonan las palabras? Por contra, todo parece irle a favor de corriente a su contrincante, el famoso Christopher Marlowe, que goza del favor del público y de los empresarios. 

Pero he aquí que, como en una comedia de enredo, en una de sus idas y venidas, el joven Will se cruza con los ojos que han de abrirle la puerta al sentimiento y este, a su vez, a la palabra escrita, los versos son, al fin y al cabo, el mejor trasunto del amor compartido, incluso del amor que no se deja comprender o no tiene final o todo es término. Viola de Lesseps se enamora de Will antes de conocerlo, a través de sus obras. ¿Es esto posible? ¿Puede amarse a alguien por su escritura? ¿Puede el verso, la palabra, el texto, darnos noticia cierta de cómo es esa persona a la que amamos? Viola piensa que si. Y ella no se equivoca. Porque es rica, hermosa, fértil y poco obediente. Ella quiere poesía, aventura y amor. Un amor del que es capaz de derrumbar la vida. 


“Romeo y Julieta” se escribe a la vez que se vive. Vida y obra se mezclan, se confunden. El cruce de miradas en el baile. Wesex mira a Viola. Viola observa a Will. Will se funde en los ojos de ella. Y el ama lo observa todo. Las manos que se tocan en el baile. Los cuerpos que se mecen en el baile. Los cuerpos que se encuentran tras el baile….Y las manos que corren buscando ya la pluma, la pluma que recorre rauda el papel y que pergeña la primera historia, una historia que crece como si fuera la espuma de los días, como si todo se confabulara para hacerla crecer. Es esto la creación, no tengo duda. Ay, que el amor inspira. Y así nacerá, por una vez, una comedia sin perro que haga llorar a todos, incluso a Queen Elizabeth, que la contemplará apenas escondida con un rictus de nieve mezclado con la tierra. 

“¿Quién es? Nadie, el autor”. “Los actores y el autor cobran de los beneficios… Nunca los hay… Claro que no”. Afición, solamente afición. Will dejará de ser un poeta sin palabras, que huye del lecho gélido de Strafford, donde deja a una esposa y a unos hijos gemelos para convertirse en el feliz creador de una comedia que se transforma en drama, que hace llorar a la vez que reir, que remueve el corazón de forma que puede reflejar su verdadera naturaleza. Viola lo quiere tanto a él como a sus versos, pues así los quiso antes de conocerlo. Pero, en el final, entenderá razones que antes no comprendía “Amaba al escritor y me entregué por completo por un soneto” “Te amo, más allá de la poesía” 

Todo está lleno de supremos gestos de amor. Burbage, el empresario, cederá su teatro para que se pueda representar la obra. Ben Affleck, el primer actor de la compañía del Almirante, morirá en su papel de Mercuccio casi al principio. Colin Firth será un antipático Lord arruinado. Marlowe, en la imagen de Rupert Everett, hará una aparición efímera, que no se recoge ni en los principales créditos. 

Y el amor triunfará en la distancia. Cada uno sabe que, cuando acabe la representación, los ricos serán ricos y los pobres volverán a su pobreza. Incluso el cura, volverá a sus misas, después de aplaudir rabiosamente esta obra sacrílega. “Debo saber de ti todas las horas”, dice ella, “Hay tantos días en cada minuto”. Despedida. “Nunca envejecerás para mí, ni te marchitarás” contesta él, tan importante el recuerdo de la juventud adorada de su amada, como para todos los poetas. 


Un barco inexistente cruzará el Támesis y saldrá al Atlántico. Llegará a Virginia y así caerá el telón. 


Hammett y Chandler

La editorial RBA sacará próximamente una nueva biografía de Dashiell Hammett a cargo de Nathan Ward. No es la primera que recoge las peripecias emocionantes de la existencia de este hombre que tuvo muchos trabajos y en todos ellos experimentó la pasión y el riesgo. Leerlo es vivir la plenitud de la novela negra y, también, acercarte a otros autores que, por algún motivo, aparecen relacionados.

Si te gusta la novela negra has tenido que toparte ya con estos dos. Contemporáneos, pero distintos, aunque ambos comparten la gloria de la creación de un género que, desde entonces, ha hecho disfrutar a miles de lectores. En esto, como en botica, hay gustos para todos. Unos son más de Dash (Hammett) y otros son más de Ray (Chandler). Los lectores tenemos confianza con nuestros idolatrados escritores así que los llamamos por sus diminutivos, como si fueran gente de la familia. Y no diría yo que no lo son, en realidad. 

Pero ahí quedan sus paralelismos. En todo lo demás son diferentes. Dashiell Hammett dedicó muy poco tiempo de su vida (1894/1961) a la literatura, si la entendemos como escribir ficción. En apenas cinco años dio a conocer toda su producción en este sentido, básicamente relatos cortos, algunos muy cortos.

Por el contrario, Raymond Chandler, cuya cronología vital es muy parecida (1899/1957), tiene una obra más larga en la que sus novelas son los elementos esenciales. Ambos, no obstante, ejercieron de periodistas. Los dos escribieron guiones para el cine. Ambos lucharon en la Primera Guerra Mundial. Hammett también en la Segunda. Los dos son seres escépticos, descreídos, que escriben de lo que ven, de lo que viven y con una mirada nada amable. Pero su formación es muy diferente. Hammett no tuvo instrucción apenas y empezó muy joven a trabajar de detective en la Agencia Pinkerton de Baltimore, trabajo que le haría conocer muy a fondo el ámbito de la investigación privada. Por el contrario, a pesar de que sus circunstancias familiares no eran las idóneas, Chandler se educó en Londres, adquiriendo una interesante formación en los clásicos y empezó pronto a publicar poemas y relatos. 

El compromiso político de Dashiell Hammett le llevó a dedicar mucho tiempo al activismo.  Este tiempo terrible de la caza de brujas de McCarthy lo encontró en el apogeo de su actividad. También ejerció de editor de periódicos y se alineó con todos aquellos artistas y trabajadores de los estudios de cine que estaban en contra de la represión ideológica de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial. Su compañera, la maravillosa Lillian Hellman, inmortalizada en la película "Julia" compartió con él las mismas inquietudes literarias y políticas. Durante más de treinta años ambos compartieron una relación intermitente y poderosa. 

El destino quiso, por el contrario, que Raymond Chandler pasara muchos años alternando la literatura con su trabajo de empleado de banca, desde el que se dedicaba a perseguir secretarias y a emborracharse los fines de semana. Ello a pesar de que durante treinta y cinco años vivió con la misma persona, en una relación no permitida al principio porque ella era mucho mayor y además estaba casada. 

Aunque Chandler bebe de algunos aspectos del estilo literario de Hammett, ambos son muy distintos. El primero es más duro, más irónico, más frío. Su estilo es más directo, a veces, como una patada en el estómago. Pero creó un personaje único, el detective Philip Marlowe, cuya presencia física tenemos que asociar, sin duda, al gran Humphrey Bogart.

Por su parte, Hammett es más versátil y en sus cuentos lanza pequeños dardos que están llenos de imágenes, sensaciones, vivencias, retratos fieles de un submundo que conoció a la perfección. Sus frases son magistrales. Sus historias, inolvidables. Precisamente hace poco RBA sacó a la luz una edición estupenda de todos sus cuentos, que se llama "Disparos en la noche" y que tengo aquí al lado mientras escribo. Recomendable de todo punto, porque te hará conocer a Hammett, todo entero. 

Seas seguidor de uno o de otro, o de los dos, la novela negra es un género que ha hecho fortuna y que nos hace disfrutar, con sus ambientes sórdidos, sus bellísimas rubias de ojos negros, sus garitos cargados de humo y de alcohol, sus detectives y sus policías corruptos, como la vida misma, vamos...El iniciador de todos estos iconos que luego se repitieron reiteradamente fue Dashiell Hammett, un hombre que, a pesar de todas las enfermedades que lo aquejaban se empeñó en luchar durante la Segunda Guerra Mundial y había estado también el Primera. Por eso está enterrado en el cementerio de Arlington, reservado a los héroes. No diré yo que, en cierto modo, no lo fuera.

(En marzo de 2019 saldrá a la luz el libro "Un detective llamado Dashiell Hammett, escrito por Nathan Ward y publicado por RBA)

sábado, 23 de febrero de 2019

Fundido en nieve


…Tan difícil como tener los ojos color violeta…

Dicen las crónicas rosas, que son las que se ocupan con profusión de airear el detalle del color de los ojos de la jet, de los astros del celuloide y de las royals, que hay poquísima gente con ojos color violeta en todo el mundo. Una de esas personas, parece ser, era Elizabeth, Liz, Taylor. No sé, a mí siempre me pareció una actriz asombrosamente irregular. Sus enfrentamientos filmados con el gran Richard Burton, maravillosa y shakespeareana voz, llenaban páginas y páginas, lo mismo que la lista de sus ex maridos. Por el contrario, su obra es menos interesante, salvo algunas excepciones. Una de ellas, sin duda, este drama tórrido, lleno de sensualidad, con un tono ambiguo y calculado en los afectos. 

El encuentro entre Liz y Paul Newman levantó chispas, aunque al actor le iban más las rubias con aire de intelectuales. En la película no hay besos, ni siquiera con los ojos cerrados. No hay abrazos. Lo que hay es una contenida frialdad, un deseo insatisfecho, una gama oculta de sensaciones que uno no puede expresar de ninguna forma. Pero “La gata sobre el tejado de zinc (caliente)“, un “tennessee“ de lo más genuino, dio mucho que hablar. Porque muestra a las claras la apoteósis del Método (Stanislavsky, of course), esa contribución de Lee Strasberg y de Elia Kazan al Séptimo Arte, desde su elitista Actors´Estudio, en forma de actores y de actrices calculadamente atormentados que parecían vivir en lugar de interpretar. Porque reúne en el mismo plató a dos de las estrellas de la época. Sobre todo, porque intenta darle a la censura con la puerta en las narices, sin conseguirlo, desde luego, aunque insinúa, dibuja, sugiere, señala, cosas que no están acostumbradas a verse en ese mundo de fantasía en color. 

Contemplar a Liz Taylor con una de esas combinaciones de encaje ajustadas y transparentes sin que el galán suelte la muleta y se lance sobre ella, ya podía darnos alguna pista…Tener en la memoria siempre a un amigo que se ha suicidado y no poder vivir a causa de ese recuerdo, es algo que llama la atención…Lanzarse en brazos del alcohol, darse a la bebida, siendo joven y guapo y teniendo a una esposa tan bonita…eso es ya para sospechar del todo. 

Pero, como las cosas no son tan fáciles, como los tiempos habían cambiado pero solo un poco, como en ese año el código Hays era muy escrupuloso en cuanto a lo que se puede o no mostrar en la pantalla, pues el director decide suavizarlo todo. Y de esa suavidad nace la película.


En la habitación de Brick y Maggie hace calor. Es un calor asfixiante. Un calor húmedo. Insoportable, casi. Es el calor de Massachussets en verano, cuando se ven en el cielo nubes que amenazan lluvia, aunque la tormenta no suele terminar de descargar nunca. Algunas de esas tormentas son una amenaza latente que permanece en el aire mucho tiempo, demasiado. 

Brick se mueve en pijama, apoyado en su muleta y con un vaso de licor en la mano. Dos muletas, en realidad. Las dos lo sostienen, aunque es un equilibrio precario, que está a punto de estallar al mismo ritmo que la tormenta exterior. Maggie lleva un bonito vestido blanco, ajustado en la cintura, con amplio escote de pico y falda de vuelo. Durante la conversación ella se despoja de su vestido y aparece en combinación, una combinación blanca que dibuja su silueta frente a la ventana. Pero a Brick no parece importarle. No tiene ojos para ella. No tiene ojos para nada. Sus hermosos, hermosísimos ojos azul cielo no parecen contemplar el mundo que lo rodea, sino ahondar en su interior buscando algo o a alguien. ¿Qué busca el bello Brick con ese gesto cansado y hasta cruel?

En el exterior, en el jardín, en las escaleras, en los salones…la vida bulle en toda la casa, esa hacienda que el padre de Brick abre para sus hijos y sus nietos, insoportables niños que gritan y gritan todo el rato. En esos escenarios da la impresión a veces de que existe familia, de que hay un hilo de sinceridad, de acercamiento entre ellos, aunque también de odio, de rencores antiguos. Pero eso es la familia, ya lo sabemos. Amor y antipatía casi a partes iguales. 

Allí, en el sótano, después de bajar una empinada escalera, el drama se convierte en tragedia. La muerte anunciada es una tragedia, la enfermedad que no perdona es una tragedia, son rostros trágicos los que quieren engañarse para no pensar en que, cada uno de esos instantes, será un último instante muy pronto. La vecindad de la muerte asusta cuando tiene fecha exacta. Así lo entienden Brick y su padre, ambos unidos, quizá por primera y única vez, en el resonar de los pasos de la muerte que se acerca inexorable. El sótano es el lugar de las confesiones, de igual manera que el jardín es el sitio de las risas y la alcoba el castigo al pecado. 


En “La gata sobre el tejado de zinc“, rodada en 1958 y dirigida por Richard Brooks, todo es lo que parece pero nada termina igual que empieza. Los secretos familiares se unen a los secretos personales y, por eso mismo, los personajes enhebran la verdad y la mentira de forma automática, hasta que una gran mentira logra sacar a la luz la verdad de las almas, que no es poco. La censura que sufrió la obra original impide casi al espectador hallar la clave del sufrimiento, el desapego y el desprecio de Brick, pero la vuelta de tuerca que el director da al final, separándose con claridad de las intenciones de su autor, para sortear la censura, sigue presentando tantas interrogantes que se trata de una película abierta, en la que las personas empiezan y acaban llevándose consigo lo que sienten. Nadie conoce a nadie. Nadie concede a nadie el beneficio, siquiera, de la duda. Al fin, esto es Hollywood y Hollywood es la fábrica de los sueños y aquí hay que esconderlo todo, aunque todos saben lo que pasa…

La gran impostura requería rostros convincentes. No atormentados, ni sagaces, ni descreídos, ni decrépitos, ni acabados…Rostros perfectos, ojos espectaculares, cuerpos vivos, miradas hondas, sonrisas en labios que todos querrían besar alguna vez… Es precisamente la perfección de esos rostros lo que hace más terrible la situación. Ambos protagonistas están hechos para amar pero no para amarse. La atracción física, la química, la forma en que los hombres y las mujeres tienden los unos hacia las otras para encontrarse, el deseo, la pasión, el fuego, el ardor de la sangre…todo son palabras vacías, frases huecas, disimulos, gestos vacuos, absurdos…Nada de esto se refleja en el espacio imposible de llenar que fluctúa entre Brick y Maggie…

Elizabeth Taylor, en la que es, para mí, sin duda alguna, su mejor interpretación; Paul Newman, perfecto actor del Método, contenido, en una inexpresividad que está al servicio de la angustia del personaje; y los secundarios eficacísimos Burl Ives y Judith Anderson, la inolvidable ama de llaves que aguardaba la vuelta imposible de Rebeca De Winter, son los actores que ponen en pie la función y que nos asoman, sin tapujos, al borde de ese precipicio de deseos ocultos y pasiones sin nombre. 

Con toda probabilidad el fondo de la cuestión ha envejecido desde que la película se rodó. Pero no esa terrible distancia que separa a dos personas oficialmente unidas y entre las que los lazos de la pasión se han roto sin remedio. Porque puedes arrepentirte de aquello que has hecho, pero mucho más de las horas que dejaste pasar sin vivirlas. 

viernes, 22 de febrero de 2019

"Una isla de papel" cumple diez años

Este 2019 se cumplen diez años del nacimiento de este blog, "Una isla de papel". Es un número redondo y, como todas las efemérides, tiene el valor del recuento y el balance. "Una isla de papel" es, en efecto, una isla de libros, quizá de palabras, rodeada por la vida cotidiana. Las islas son el gran paraíso ansiado que me unen con mi infancia y mi adolescencia. Una isla es el eje de mi vida y todo lo que la rodea, el mar océano lleno de azules y verdes cambiantes, el paisaje central de las emociones. 

En estos diez años he plasmado aquí lo que me han sugerido muchos libros que he ido leyendo y releyendo. Lo he hecho a mi manera, sin pretender agradar a nadie, sin seguir consignas, con independencia de criterio. Los libros que me gustan son un modo de relacionarme con los otros, un puente para hallar afinidades. Escribir sobre libros es parecido a escribirlos. Los que escribo están en un cajón pero aquí están los de otros, tan interesantes, geniales y estimulantes que merece la pena sentarse a escribir sobre ellos. 

También hay otras cosas. Vivencias, escritos inéditos, historias propias y ajenas, cine, música, arte, cultura en general. Todo lo que constituye el mundo en el que he elegido moverme. O pararme. Diez años de compartir algunas de las cosas más importantes porque me hacen feliz. La felicidad es ese pájaro que nos sobrevuela a veces sin que sepamos que está sobre nosotros. En "Una isla de papel" se condensan momentos felices y tiempos inspiradores. La tristeza no falta, como no falta la alegría. Escribir y leer es tanto padecer como sonreír. Un resumen de lo que somos sin pretenderlo.

Me siento contenta de ver que he sido capaz de perseverar en esa idea inicial que nació hace diez años. Sin patrocinios, ni publicidad, ni regalos editoriales, ni prebendas. Simple y llanamente en libertad.  

miércoles, 20 de febrero de 2019

Folio en blanco


Pero, seguramente, ella está también mirando ahora la Luna. En cualquier sitio sus ojos contemplan este mismo universo. Quizá eso deba hacer que me sienta menos solo, que note menos el vacío. Pero es difícil. La soledad es un algo frío y perenne que se acomoda en nosotros al menos movimiento de la vida. Esta vez, como casi todas, ha venido sin avisar, me ha cogido de sorpresa. Tendría que presentirla, saber cuándo va a aparecer para llenar mi alma de miles de cosas inútiles que no dejaran ningún hueco vacío. Pero esta vez tampoco lo he logrado. 

Todas las cosas desaparecen de pronto y ella también. ¿Cómo habría podido evitar que se fuera? Quizá inventando un tipo nuevo en el calendario, pero no, no sería efectivo, tendríamos que inventar meses eternamente y el tiempo es una cosa muy frágil para asentar en él nuestra dicha. 

Más seguro sería borrar el espacio. Todos integrados en el mismo punto de visión, unidos en el mismo ámbito. Así la vería siempre. Pero no estaríamos nunca solos y ¿acaso no es en la soledad de una habitación donde nosotros compartimos el secreto de nuestros corazones?

No se me ocurre qué podría hacer para no alejarla de mí, salvo mirar la Luna y aún así ! es tan voluble y caprichosa ! En un mismo mes cambia tantas veces de apariencia que no puede negar su esencia femenina. Quiere así sorprendernos y lo consigue realmente. Pero es una sorpresa helada y triste, que nos atemoriza. 

Y ahí está, arriba, perfecta. Hoy ha venido toda entera, blanca y voluptuosa como una virgen de ardor oculto, casi desafiante, mostrando en su claridad cegadora la fuerza que ha cautivado durante siglos el corazón de los hombres. 

Me pregunto si la estará mirando. Es curioso que nunca hayamos hablado de la Luna. Entonces no sabíamos que ella enlazaría nuestras miradas más allá de la Tierra. Y, al cabo, ¿qué más da? ¿de qué sirve mirarla si no está cerca de nosotros, si no puede infundirnos ahora un poco de calor para aliviar nuestro frío? MI cuerpo necesita el calor de un abrazo y no la contemplación de la belleza. Nada le dice ya a mi corazón su aureola romántica. Nada, porque estoy seco de ilusión ahora que ella se ha ido y yo la amo. 

Ahora pienso que no debí dejarla que se fuera. Tendría que haber sabido qué clase de vida me esperaba fuera de la mirada de sus ojos inquietos. Fue absurdo imaginar una vida sin ella, ni pensar que el tiempo para rápido y él mismo me la devolvería. Si no está aquí, el tiempo no pasa, se queda fijo en un presente eterno de amargura sin fin y se ríe de mis esfuerzos por acelerarlo. Es una lucha sorda y yo estoy tan cansado…

Tengo sobre la mesa las cuartillas esperando que salga de mi mente algo que mañana pueda leer el público. Hurgo en mi cerebro buscando el tema de interés y solo encuentro uno. Mi artículo podría comenzar diciendo:

“Doce de la noche. La ventana está abierta. Calor. No me gusta nada este whisky. Estoy solo. La Luna me mira desde lejos y parece reírse de mi soledad. El mundo permanece ajeno. Ella no está”

(Pintura de Leon Kroll. 1884-1974)

martes, 19 de febrero de 2019

"Cuentos completos" de Katherine Anne Porter


En una breve introducción que la autora escribió a este libro cuando se publicó en 1965 encontramos una justa descripción del proceso creativo:

"Un día de fiesta" representa una de mis luchas más prolongadas, no por cuestiones formales o estilísticas sino por mi propio choque moral y emocional frente a una situación humana con la que era difícil lidiar en mi juventud; sin embargo, la historia me persiguió durante años y escribí tres versiones distintas, si bien continuaba escapándoseme de las manos, así que la dejé, desapareció entre otros papeles y acabé olvidándola. Un cuarto de siglo después la encontré en otra de mis cajas y me senté emocionada a leer las tres versiones. Enseguida vi que la primera era la correcta y, dado que la enojosa cuestión que me había parado los pies tiempo atrás se había resuelto sola en el transcurso de mi vida, me pregunté cómo había llegado a perturbarme en algún momento de un modo tan profundo y secreto. Cambié un párrafo corto y un par de líneas del final, y di por terminado ese relato. 

Otro de los párrafos de ese mismo texto introductorio resulta curioso porque la autora insiste en dejarnos claros algunos extremos de su vida literaria:

Varios escritores o personas relacionadas con la literatura de un modo u otro me han hecho el gran honor de atribuirse en alguna ocasión, en sus memorias publicadas, el hecho de "haberme descubierto" por decirlo de algún modo. No tengo por qué nombrarlos, pero sí quiero expresar aquí y ahora, para dejar las cosas claras de una vez por todas, que fue Carl van Doren, escritor dotado, editor con iniciativa y amigo de jóvenes autores, quien hizo que mis historias fueran publicadas y me inició en mi larga carrera, con ese aire suyo de no hacer más que cumplir con su trabajo, como así era, de modo que salí de su despacho embargada por la alegría y en ningún momento pensé que había sido "descubierta"-siempre he sabido dónde me encuentro-, ni miré al futuro como si empezara una "carrera". 

Al final de ese pequeño texto introductorio la autora nos hace una petición a los lectores, no exenta de cierto aire de queja o advertencia: 

Ruego al lector que me haga un gentil favor por el que puede estar seguro de contar con mi eterna gratitud: no llamen a mis novelas cortas "novelitas" o, aún peor, nouvelles. "Novelita es un término clásico que sugiere algo nimio, casi una novelucha cualquiera. Nouvelle es una palabra tan vaga, débil y pretenciosa que no es preciso ni que describa sus implicaciones. Por favor, llamad a mis obras con uno de esos términos según el caso: relatos cortos, relatos largos, novelas breves y novelas.

Nadie que escriba estas cosas puede pasar desapercibido para un lector avezado. Demuestra tan a las claras su concepto de sí misma, el valor que da a su escritura y su cuidado extremo en que esta sea tratada con delicadeza y respeto que no podemos dejar de acercarnos a esta obra con interés, educación y buenos modales. En el primer párrafo nos cuenta su proceso creativo. Cómo una idea le ronda por la cabeza y la persigue a través de los años. Cómo no encuentra la manera de expresarse porque el tema tiene connotaciones peligrosas en el momento en que se escribe. Y vemos qué bien sienta el reposo a la obra literaria. Dejarla guardada en una caja para que el tiempo haga de lima y deja fuera lo verdadero, para limpiar lo que no sirve. Este proceso de decantación de la escritura es una parte fundamental de esta y pocas veces la vemos tan bien explicada. 

El segundo párrafo, a más de divertido, es absolutamente clarificador. Alude a aquellos que, sin tener mérito para hacerlo, se atribuyen el hecho de haber sido los mecenas de tal o cual artista. No es nada infrecuente y resulta muy propio de personalidades bastante narcisistas que, si no pueden ser genios por ellos mismos, se suelen atribuir la genialidad de los otros. En este sentido la escritora deja las cosas en su sitio con contundencia solo igualable a su sentido de la justicia, pues es a Carl van Doren a quien debemos agradecer que los cuentos de K.A. Porter hayan llegado a nosotros y bien que agradecemos la referencia. 

Por último, esa encantadora advertencia que nos indica cómo hemos de llamar a sus historias (nombre general con el que ella las designa y que me parece el más apropiado), lo que no deja de resultar lógico ya que, como autora, sabe mejor que nadie qué ha escrito y dónde se adscribe. Genial. Si después de estas primeras impresiones no tienes interés en leer este volumen pensaré que no he sido suficientemente elocuente pero, sin embargo, confío en que lo hagas, porque K. A. Porter guarda dentro de sus historias mucho de lo mejor de la literatura. 

Cuentos completos. Katherine Anne Porter. Debolsillo. Col. Contemporánea. Esta obra recibió en 1965 el National Book Award y en 1969 el Premio Pulitzer. 

Traducción de Adriana Bo, Toni Hill, Maribel de Juan y Horacio Vázquez Rial. Primera reimpresión enero de 2017. 


Katherine Anne Porter (1890-1980) nació en Indian Creek, estado de Texas y es considerada la principal de la escritoras tejanas, una representante de la literatura del sur estadounidense. Se casó cuatro veces y escribió cuentos cortos y largos, novelas cortas y largas, como ella misma diría. Ganó el Pulitzer y fue tres veces candidata al Nobel. 

lunes, 18 de febrero de 2019

"La caja negra" de Amos Oz


"La caja negra" es una novela epistolar en torno a una historia familiar de engaños, abandonos y dependencia. Ilana, Alec, Michel y Boaz son los cuatro protagonistas principales. La primera carta, la que dirige Ilana a quien fue su esposo, Alec, es la más intensa de todas, la que muestra cómo una mujer que ha sido abandonada tras su infidelidad, da cuenta a su exmarido de la situación en la que se halla ella misma y su hijo, Boaz, a quien el padre no reconoce. Ilana se ha vuelto a casar y tiene una hija con su nuevo esposo, Michel, un hombre aferrado a los preceptos de su religión que tiene una extraña forma de pensar y, sobre todo, de entender esa red de relaciones personales y familiares. Entre las cartas están también las del abogado de Alec, que pretende poner sensatez en sus acciones, y las de Boaz, escritas con faltas de ortografía debido a su ignorancia, a su alejamiento de toda instrucción y de todo lo que tenga que ver con obligaciones. Es un adolescente que se odia a sí mismo y odia todo lo que hay a su alrededor. 

El ritmo de las cartas es intenso. Algunas de ellas son desgarradoras. El desprecio sobrevuela la historia y es un desprecio que sienten tanto Boaz como Alec en relación con Ilana. Tampoco Michel parece tener sentimientos bondadosos sino que más bien tiene grabado a fuego cierto resquemor contra Alec, su situación económica boyante y su vida entera. Todas las pasiones se mezclan en un crisol que termina por sacudir al lector. Solamente Ilana mantiene su voluntad de encontrar alguna forma de redención, alguna forma de entendimiento. Y esa voluntad termina siendo definitiva, decisoria, en el desenlace. 

Las novelas epistolares tienen una forma especial de conmovernos. Porque son capaces de expresar muchos puntos de vista y te obligan a un ejercicio continuo de comprensión. El hecho de que Ilana y Alec hayan estado siete años sin hablarse cuando llega la primera carta de ella convierte ese hecho en una forma de abrir esperanzas, de rellenar la zanja de la separación. Las cartas van y vienen desde Estados Unidos, donde vive él e Israel, donde se ha quedado ella, con su hijo, su nuevo marido y su hija pequeña. Son dos mundos tan diferentes como se ven reflejados en las palabras de cada uno de ellos. El bienestar físico, la opulencia casi, de Alec, no tiene nada que ver con la pobreza en la que se mueven los otros. Y parece que eso hay que pagarlo de algún modo, al menos eso es lo que piensa Michel que, a pesar de su fanatismo ortodoxo no va a dejar pasar ninguna oportunidad de encontrar la forma de exprimir esa posibilidad. 

En cierto sentido, "La caja negra" es una novela de la destrucción. Los personajes están arrasados por sentimientos que no controlan, incluso en el caso de los que parecen más fríos y arrogantes. Las emociones han convertido las vidas de cada uno en un espacio indeciso en el que no se hallan a sí mismos porque no tienen escrito el relato real de sus vidas. Están indefensos en cierto modo, a la intemperie. Parece este el motivo por el que Alec responde a la carta de Ilana aunque no lo haga de inmediato. Parece que aquí hay más vida que en el resto de su existencia y que la infidelidad de ella no fue sino una forma de resarcirse del pecado de la vanidad y el orgullo de él. El final de la historia es, ciertamente, inopinado. Y termina por dejar sentado que en las luchas no hay vencedores sino muchos vencidos. 


La caja negra. Amos Oz. Editorial Siruela. Biblioteca Amos Oz. Traducción del inglés de Gracia Rodríguez. El libro fue escrito por Amos Oz en 1987 y publicado por Siruela en 2008, con una reedición reciente en 2019. 

Amos Oz (1937-2018) había nacido en Jerusalem. Es autor de una veintena de libros que han sido traducidos a 42 lenguas inició su carrera literaria en los años sesenta del siglo pasado con obras como Tierra de Chacales, y jalonada por hitos como La caja negra o Mi querido Mijael. En particular, cobró celebridad por Una historia de amor y oscuridad, la novela de tinte autobiográfico por la que fue aclamado en todo el mundo y que llevó al cine hace tres años la directora y actriz Natalie Portman. Fue galardonado con el Príncipe de Asturias de las Letras en 2007 y también obtuvo, dos años antes, el Premio Goethe, entre otros muchos galardones. Su texto de ficción más reciente, Judas, fue publicado en España en 2015 por Siruela, como la mayor parte de su obra. 

El tiempo de los cerezos en flor (II)


           Keiko quería ser florista y no obrera, pero no vivía en Londres, París o Madrid, esos lugares en los que la mujer puede ser creativa, independiente, divertida. Para ella  no ha llegado el siglo XXI y, con él, la preciada libertad de tener una vida propia que vivir. La condena de Keiko está dirigida a ser una obrera de una fábrica gris de Osaka, con una existencia gris, un traje gris y un trabajo más gris todavía. Todas las esperanzas femeninas de Osaka son engullidas por las poderosas industrias y sus contundentes edificios. Contra todos los pronósticos, venciendo mil dificultades, Keiko abrió su tienda y los clientes agradecieron su atención y el hecho de que, con cada planta que vendía, con cada ramo que preparaba, les hacía llegar un verso escrito en un pliego de bambú. Las palabras estaban cuidadosamente caligrafiadas en la hoja, con una tinta azul brillante que sobresalía del dorado bambú. Keiko buscaba sus versos en los poetas antiguos y, en los libros del pasado, halló también el secreto del arte floral, de la Ikebana, que conseguía convertir en delicados ramos un conjunto desordenado de flores silvestres.


             Keiko conocía a cada cliente por su nombre. Sabía cosas de sus familias y sus trabajos y así, sus ramos de flores nunca eran iguales, todos tenían algo peculiar, distinto, que quería significar la libertad de las manos y el corazón de Keiko. Las flores expresaban sus deseos ocultos. Cuando unos matones comenzaron a asaltar su negocio, ella sintió que esa libertad se rompía y que se estaba cerrando su camino hacia una vida propia y diferente, distinta de la de esos cientos de mujeres, que, cada mañana, caminan con paso recto y ordenado hacia las puertas de las fábricas o recorren la ciudad en bicicleta, de un lado a otro, con el mismo movimiento repetido.


             Un día Keiko tuvo que rendirse. Los últimos destrozos habían subido a cifras alarmantes su deuda con el banco y así, sin recursos, tuvo que claudicar. Una mañana colgó el cartel de “cerrado” en su pequeña tienda, echó las persianas y colocó candados inútiles en todas las puertas. Después de eso no quiso volver a la casa de sus padres. Estaba avergonzada. Como todos los japoneses que se lanzan a vivir en la calle cuando pierden su modo de vida, no quería ser una carga para nadie y sabía que, sola, sin dinero, sin recursos, únicamente tenía un camino que tomar: el que conduce al barrio de los que pisan los jardines, el barrio de los sin techo y de las lonas azules.


             Keiko anduvo durante algunas horas hasta llegar a la fábrica de jabón abandonada en el otro extremo de la ciudad. Junto a uno de sus muros había un hueco. El hueco perteneció a un mendigo de 59 años que había muerto de frío unas noches atrás. Allí colocó unos cartones de embalar y los cubrió con un trozo de lona, como habían hecho antes que ella los diez mil mendigos y las otras nueve mendigas de Osaka. Cuando hubo preparado sus cartones y su tela de hule azul, Keiko dejó de tener nombre y apellido, dejó de ser una florista, para convertirse en un rostro sin nombre, en una sombra vaga y triste, que, hora tras hora, ve pasar el tiempo mientras la vida discurre en otra orilla inalcanzable.


             Lejos del barrio de los mendigos, Osaka continúa latiendo. En el corazón de la ciudad está desde siempre el castillo Osaka-jo. Sus templos, sus estadios deportivos, su acuario, su parque temático…Los habitantes de Osaka siguen viviendo su rutina diaria, entendiéndose entre ellos en su dialecto, el Osaka-ben, divirtiéndose en el Shinsaibashi, probando el takoyaki en los restaurantes o en la calle… Los habitantes de Osaka acuden al teatro y al Museo del Manga, hacen excursiones, viajan y sonríen sin enterarse de que diez mil hombres y diez mujeres, entre ellas Keiko Takayama, duermen o velan entre amasijos de chatarra, cartones y lonas azules. Cuando el viento o la lluvia azotan la ciudad, el paraíso de los sin techo se balancea, se oye el rugir del vendaval y vuelan las lonas azules que aparecen desparramadas junto a los grandes árboles de los dos parques, del barrio de Kamagasaki, en los que descansan de no hacer nada los mendigos sin esperanza de Osaka.


            Pero Keiko todavía se rebela, no puede evitarlo. Aunque no ha tenido suerte, ella no quiere seguir contemplando para siempre ese mar azul de lonas deslucidas. No quiere ser esclava, no quiere sentir miedo, no quiere casarse sin amor. Por eso sueña cada noche con su pequeña tienda. La tienda de sus sueños tiene estantes con flores, cortinas blancas y persianas doradas. Tiene un mostrador con tapa de cristal y cajitas llenas de adornos para engalanar los ramos. En la tienda hay rollos de cintas de colores, jarrones, tiestos de barro, cestos de caña, lazos tersos, hojas de bambú relucientes y pliegos de papel color cereza. Por los sueños de Keiko pasan los clientes, los niños a los que regalaba dulces y pequeñas florecitas blancas y amarillas, las historias que conoció mientras convertía en paraísos de hojas y flores sus propios sueños. A veces, esos sueños tienen tanta fuerza que hasta Keiko llega el olor de las flores, el frescor de los tallos cortados, la dulce brisa de las hojas del almendro al balancearse…


             Cuando sueña, Keiko no siente el frío que traspasa los cartones, no oye el ulular del viento del norte levantando las lonas de su cobijo, no ve las sombras oscuras de los mendigos que se agachan a recoger las sobras. Keiko es libre cuando sueña y aprieta las manos sobre su corazón y sonríe mientras duerme porque sabe que, si es capaz de conservar sus sueños, algún día cruzará el umbral del barrio de los sin techo y volverá a su pequeña tienda de cualquier esquina. Volverá y no girará los ojos para mirar atrás. Será, entonces, de nuevo, libre, y renacerá para ella el tiempo de los cerezos en flor…







FIN

El tiempo de los cerezos en flor (I)


             Keiko Takayama vive en la calle. Ella es una de las diez mujeres que conviven, en un suburbio de Osaka, con otros diez mil mendigos. En el barrio de Kamagasaki no hay tregua. Es el barrio de los pobres, de los que viven en los parques, de los sin hogar que lo han perdido todo, hasta la esperanza. En Osaka hay tres millones de personas entre las que estas diez mil son sólo un punto negro, una grieta por la que transcurren episodios de soledad y desamparo. Osaka es un universo de fábricas entremezcladas con edificios altos de oficinas y colmenas que acogen a sus habitantes. Es un bosque vertical de cemento que semeja una masa gris y permanente. La altura de las fábricas y de los edificios no permite apenas ver el sol y éste, en Osaka, sólo hace acto de presencia en los parques, esas manchas verdes e irregulares que animan el espacio entre los bloques. Keiko Takayama vive junto a una fábrica de jabón abandonada. La fábrica tenía, hace años, mucha actividad, pero el barrio creció y se volvió inhóspito para los trabajadores que tenían que entrar y salir. También para los directivos, pues era desagradable cruzar el umbral de la fábrica y encontrarse entre tanta miseria, calles desvencijadas, esquinas rotas, husillos malolientes…


            Los “no jyuku sha”, los sin techo de Osaka, fueron ocupando este barrio al mismo tiempo que otra gente, más afortunada, se marchaba. Ahora, “los que viven en los parques”, sinónimo de pobres en Japón, son dueños de una extensión de dos kilómetros que sólo tiene un edificio en pie, la antigua fábrica de jabones. Todo lo demás son lonas azules, cartones, chatarra y dos manchas verdes, los dos parques que no tienen nombre. En este barrio provisional, que ha cumplido ya diez años (al igual que hay diez mujeres mendigas y diez mil mendigos), no hay niños. Keiko echa de menos sus voces. Antes, cuando trabajaba en su pequeño negocio de flores, en una calle del centro de Osaka, contemplaba a muchos niños que pasaban por su tienda. Algunos venían con sus madres, cuando se acercaban a comprar flores, en ramos o en macetas. Keiko les regalaba una pequeña flor blanca y amarilla que usaba como adorno de los ramos, mientras preparaba centros de flores de muchas clases, variedades distintas, mezclando colores y olores diversos. Tenía una especial habilidad para conseguir un bonito efecto con todas esas mezclas. Por eso, sus clientes volvían una y otra vez a hacerle encargos. Por eso, Keiko no es una más de los pobres de Osaka que han tenido que dejar su casa para vivir en la calle debido a la crisis de las grandes empresas. Ella es diferente y se pregunta, a veces, porqué está aquí, porqué ha instalado estos enormes cartones de embalar, cubiertos con la lona azul, justo al lado de la fábrica abandonada.


             Keiko ha tenido mala suerte. Su negocio iba tan bien que decidió ampliarlo y para ello compró el local de al lado, una espaciosa sala de té que su propietaria dejó vacía. Pero Keiko tuvo mala suerte. Hasta en cuatro ocasiones fue asaltada por matones que buscaban dinero y que, al no encontrarlo, destrozaron el local, arrastrando las macetas, los floreros y los estantes. Las piezas de tela de seda que Keiko tenía apiladas en una de las esquinas de la tienda también fueron objeto de su ira. Todas las piezas estaban desparramadas por el suelo, pisoteadas, inservibles. Esas visitas siniestras se repitieron varias veces y, entre cada una de ellas, Keiko se empeñaba en mantener su negocio, aunque era muy difícil porque el aspecto desolador del local no invitaba a entrar. Al tiempo que su floristería perdía clientes y decaía a los ojos de todos, la sonrisa del dueño del salón de juegos que estaba dos manzanas más abajo, se ampliaba. Los matones asustaban a la gente porque, además de los destrozos, dejaban una innegable huella de su paso. Una pintada en pintura roja que decía “márchate, zorra”.


             Algunas mujeres de su familia aconsejaron a Keiko que lo dejara todo, que cerrara la tienda y se volviera a la casa de sus padres. Éstos le darían cobijo y comida, mientras, si la mala suerte no perseguía a Keiko también en esto, encontraba un pretendiente al que no importara su carácter inconformista y su escasa disposición al trabajo del hogar. Otras personas le decían que buscara empleo en alguna de las fábricas del este de la ciudad, una de esas imponentes moles de hormigón de las que sale continuamente un reguero de gente que trabaja a turnos. Pero Keiko no quería pensar en ninguna de esas posibilidades. Se horrorizaba imaginando que debía pasar todas las horas de sus días recluida en el hogar familiar, ayudando a su madre en las tareas domésticas o a su padre en las cuentas. Tampoco quería casarse sin amor (oh, el amor- decía su madre al oírla hablar así- esa cosa tan maravillosa e inexistente con la que sueñan las muchachas ingenuas) ni convertirse en una más del largo ejército de seres grises y taciturnos que, cada día, acuden a trabajar a una de las fábricas de la ciudad. Hay fábricas de coches, de ordenadores, de aparatos de música, de envasado, de etiquetas, textiles, etc. Las obreras de las fábricas llevan un aire cansado y anodino cuando cruzan la ciudad en bicicleta, con sus vestidos opacos y sus bolsos en bandolera. En todas ellas parece repetirse el mismo destino, la misma aceptación de un futuro sin sorpresas.


             Keiko no amaba la rutina y prefería abrir cada día su pequeño negocio de flores y plantas, anotar los pedidos en unas libretas rayadas con pastas de cartón, limpiar los cristales del escaparate, sacudir el polvo de los jarrones con un plumero de pavo real, ordenar los estantes y, sobre todo, tocar las flores, separar las hojas estropeadas, plantar, en pequeños tiestos de barro llenos de tierra oscura, las semillas que luego iban a florecer animadas por los rayos del sol…






(Continuará)

domingo, 17 de febrero de 2019

"Querida señora Bird" de A. J. Pearce


¿Quién es A. J. Pearce? La explicación que aparece en la solapa del libro es muy escasa. Se trata de alguien que creció en Hampshire, Inglaterra, y que estudió en las universidades de Sussex y de Northwesthern. Esta es su primera novela. Tiene una cuenta de Twitter en la que sigue muy activamente la repercusión de su libro. También usa Facebook e Instagram. Es, pues, una mujer de hoy. Cuando coloqué la portada del libro en Twitter, ella misma me respondió muy agradecida por la lectura. Eso es lo bueno de las redes sociales. Me imagino a Jane Austen en esta tesitura. Seguro que ella y sus mujeres las usarían con ingenio y elegancia. Aunque la historia que se narra aquí no se desarrolla en nuestros días sino en los convulsos tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuando toda Europa se retorcía en medio de la contienda. Es decir, en torno a 1940, malos momentos para la democracia y origen de muchos textos literarios, películas y heroísmos.

Todo comienza con un anuncio en el periódico. Las historias que se inician con un anuncio en el periódico siempre prometen. Eso sucede con "Se anuncia un asesinato" de Agatha Christie o con "Levadura de malicia" de Robertson Davies. En el primer caso la gente acudirá a la cita simplemente por ver quien muere. Y, en el segundo, lo que se pone en conocimiento del respetable es  un matrimonio. Tanto Christie como Davies tiran de ironía. Aquí es el The Evening Chronicle, o eso parece, el periódico que recoge una oferta de empleo que llamará la atención de una joven secretaria del despacho de abogados Strawman´s. El anuncio remite a un trabajo en una editorial para el que se requiere una muchacha "trabajadora capacitada, entusiasta y responsable". Resulta que la joven secretaria siempre había querido ser periodista y esto le parece como caído del cielo, tanto como las bombas que cada día azotan Londres, el escenario de la historia. En el Londres de los bombardeos alemanes Emmy vive con su querida amiga Bunty en un apartamento de la última planta de la casa de su abuela en Braybon Street. Además, como la mayoría de las chicas de ese tiempo, tiene un hermano en el frente y es voluntaria en el Servicio de Bomberos, en el que entró poco antes de que los alemanes comenzaran a atacar Londres.

De ese modo, Emmy (cuyo nombres completo es Emmeline Lake) se dirige a una entrevista de trabajo vestida con su "elegante traje recto de sarga azul, mis mejores zapatos y un sombrerito negro ladeado que le había pedido prestado a Bunty". Es su oportunidad. Puede llegar a ser corresponsal de guerra, periodista de fama, entrevistadora, quién sabe. ¿O no? Porque al llegar allí se encuentra con cosas bastante extrañas. ¿Quién es la señora Bird? ¿Qué es La Amiga de la Mujer? Y, sobre todo ¿por qué tiene que firmar Emmy un contrato de confidencialidad para poder trabajar allí?

Lo que va a suceder, sin embargo, es poco previsible. Porque el trabajo que va a desempeñar Emmeline es mucho más importante de lo que puede parecer a simple vista y, lejos de ser una simple mecanógrafa, la bondad de su corazón la convertirá en un consuelo para las almas atormentadas e incluso y poco descarriadas, algo que está muy mal visto por la consejera infalible señora Bird, que prefiere los problemas corrientes y nada vulgares.

Este es el planteamiento de una historia encantadora que te gustará leer. Va de sueños, de esperanzas, de deseos cumplidos y de otros insatisfechos. Va de cartas. Y los libros que contienen cartas son libros especiales, llenos de emociones y de anécdotas, que son los dos elementos que siempre aparecen en las cartas. Esta historia va también de amistad verdadera, de sacrificio y arrojo, compasión y empatía. De gente que sobrevive en las peores circunstancias sin dejar de mirar con optimismo el futuro. De situaciones divertidas, de personajes curiosos. De inocencia y perplejidad. De bocadillos de queso y pepinillos. De mujeres y de dudas. Va de la vida, en suma, por eso es agradable leerlo y hallar algunos paralelismos con la realidad. Tal y como hacía la señorita Marple cuando un crimen aparecía a su paso en Saint Mary Mead.

Querida señora Bird. De A. J. Pearce. Traducción de María Enguix Tercero. Roca Editorial. Escrito por la autora en 2018. Publicado en enero de 2019. 

Invierno en Nueva York



Si no has pasado un invierno en Nueva York hay un invierno que no conoces. Nueva York es una ciudad especial, en realidad, un mundo en sí misma. Un lugar en el que las cosas encajan de forma milagrosa. En el que es posible que ocurran cosas inimaginables. Puede pasar de todo y encontrar gente de todo tipo. Gente que, en otros lugares, quizá no existieran o no tendrías ocasión de conocer. Por eso surgen historias distintas, cuentos de hadas, relatos que solo se explican en ese contexto de nieve y extremos. Esas botas son para caminar. 

El calor de los restaurantes, de las cafeterías, de los bares, es la mejor forma de pulsar la vida de la ciudad. Allí estaba él, Edward, con un jersey de cuello cisne, una cazadora amplia y forrada de lana y unas enormes botas. Era muy guapo. Tenía los ojos verdosos que parecían azules con el reflejo de la nieve y miel en el interior. Unos ojos cambiantes, pero no extraños, sino certeros y confiados. Daba la impresión de que no podían engañar y eso es mucho decir para unos ojos. Ella lo conocía en el tercer día de su estancia en el ciudad y eso cambio el signo de las horas. Edward trabajaba en una editorial y siempre llegaba al café cargado de papeles. Así lo vio ella al tercer día de llegar a Nueva York y así se le quedó mirándole porque le gustó. Esa insistente mirada lo puso en alerta pero, cuando la vio, comenzó a sonreír de inmediato y le devolvió la suya, limpia y verdosa. No tardaron mucho en compartir un café muy fuerte y unos donuts recién hechos. Ella le contó que iba a estar allí unos seis meses, que eran los que duraría un trabajo que le habían encargado en su universidad. Él pensó que seis meses podían ser mucho tiempo o muy poco. 


Madison Square se convirtió en lugar de sus encuentros. En el sitio levítico en el que era posible una confianza mutua que fue surgiendo como un cohete espacial. No hizo falta demasiado tiempo. La intuición no les falló. Eran dos seres destinados a entenderse. Y ambos se aplicaron a la tarea sabiendo que quedaba poco tiempo, que las horas serían escasas, que el reloj avanzaría imparable. En los libros que ambos habían leído existían historias parecidas, cuentos cortos, relatos, imaginaciones anteriores, encuentros que podían compararse con el suyo. Pero aquello era la vida y la vida siempre te asalta por sorpresa y las cosas que pensaste no hacer o no decir de pronto se convierten en verdad y así todo es hallarse a uno mismo y al otro. Un invierno con luces que nunca imaginaste.

sábado, 16 de febrero de 2019

Ámame de cualquier modo



Apretadísimos corsés, enaguas de seda roja, sombrillas y sombreros, abrigos de terciopelo, vestidos blancos para coquetear, vestidos rojo sangre para la luna de miel, vestidos verdes para pedir dinero, vestidos negros para mover los pies al ritmo de la música, guantes de finísima gamuza, combinaciones de encaje, mañanitas de suave lana, chalecos bordados…

Una chica de rostro angelical, mirada violeta, boca traviesa, sonrisa cautivadora, manos delicadas, cuerpo tibio…Una chica nacida en la India, una chica que emerge, de sorpresa, en el momento en que arde Atlanta. La chica no sabe lo que quiere, no sabe a quién ama de verdad, la chica busca un imposible y, al fin, se da cuenta de que se ha equivocado, de que siempre ha mirado en la dirección errónea. Es una chica díscola, atrevida, coqueta. Es, por siempre, Escarlata, Escarlata O´Hara. Mueve con sensualidad su 1,61 de estatura y tropieza, allá abajo, en la escalera, con un hombre muy alto, de 1,85, vestido elegantemente, con la mano cruzada sobre el chaleco, los ojos reidores y un gesto que parece besarla a lo lejos. 

Un hombre de verdad. Cínico, vividor, interesado, escéptico, lejos de casi todos, sin creencias, capaz de cualquier cosa por ganar dinero. Atractivo. Osado. Sin escrúpulos. Firme. Un hombre que, en la vida real, estuvo cinco años sin poder rodar un plano porque la mujer de su vida se había ido estúpidamente en un accidente de automóvil. Rhett Butler. Desde el primer momento sabe lo que quiere, sabe que la quiere. Sabe que no puede decirlo, que tiene que callarse, sabe que el silencio es su mejor aliado, que tiene que llegar otro tiempo en el que los sentimientos afloren…Sabe todo eso, pero no que los silencios engañan y que el engaño no tiene vuelta atrás. Por eso ha tirado por la borda la única posibilidad de ser feliz. “Francamente, querida, me importa un bledo“. Vuelven el descreimiento y la soledad. 


Los cuatro protagonistas de esta película tan famosa, que batió todos los récords de recaudación en taquilla y que los volvería a batir ahora, ahora mismo, en este mundo, “Lo que el viento se llevó“, sienten equivocadamente, aman sin abrir su corazón del todo, miran a un lado incierto, buscan lo que no podrán encontrar. Un cruce de palabras sin sentido, un fuego en el alma que no se apaga, la resignación que es lo contrario de la pasión, la pasión llena de recelo, que es un dolor que abrasa. No existen los abrazos, no existen las manos que se tocan, no existe la ligereza de los pies en el baile…es la guerra. 

Scarlett, Melanie, Rhett, Ashley, los cuatro sumidos en la irrefrenable euforia de la guerra que Margaret Mitchell retrata en su novela llevada al cine en 1939. Una superproducción que tuvo en David O´Selznick su verdadero hacedor, con ese baile de directores que todos conocemos, Víctor Fleming, George Cukor, Sam Wood…Esa música esplendorosa de Max Steiner. Estamos en Georgia, en 1861. Tara reluce y en ella la belleza y la picardía de Scarlett, que viste un maravilloso vestido y lleva un sombrero amplísimo para evitar que el sol manche su rostro, de piel blanca y nacarada. La diletancia de los hombres del sur, su elegancia, compiten con su ingenuidad y su deseo de querer salvar a la patria a través de la guerra contra los temidos y aborrecidos yanquis. 

La Guerra de Secesión americana es el marco para que los sentimientos estallen. Pero “Gone with the wind“ no es una historia bélica, más bien la contienda es el marco para que los personajes saquen al exterior lo más complejo de ellos mismos, lo bueno y también lo malo. El technicolor, en sus inicios, mostró el atroz paisaje de los muertos sureños y también la agonía de Atlanta. La extraordinaria labor de William Cameron Menzies en el diseño de producción logró que el espectador se sintiera partícipe de ese ambiente de desolación lleno de toques de ternura, incluso de humor, siempre de gestos. Personajes que no dicen lo que sienten. Te quiero pero no tanto. Sí pero no.