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Fundido en nieve


…Tan difícil como tener los ojos color violeta…

Dicen las crónicas rosas, que son las que se ocupan con profusión de airear el detalle del color de los ojos de la jet, de los astros del celuloide y de las royals, que hay poquísima gente con ojos color violeta en todo el mundo. Una de esas personas, parece ser, era Elizabeth, Liz, Taylor. No sé, a mí siempre me pareció una actriz asombrosamente irregular. Sus enfrentamientos filmados con el gran Richard Burton, maravillosa y shakespeareana voz, llenaban páginas y páginas, lo mismo que la lista de sus ex maridos. Por el contrario, su obra es menos interesante, salvo algunas excepciones. Una de ellas, sin duda, este drama tórrido, lleno de sensualidad, con un tono ambiguo y calculado en los afectos. 

El encuentro entre Liz y Paul Newman levantó chispas, aunque al actor le iban más las rubias con aire de intelectuales. En la película no hay besos, ni siquiera con los ojos cerrados. No hay abrazos. Lo que hay es una contenida frialdad, un deseo insatisfecho, una gama oculta de sensaciones que uno no puede expresar de ninguna forma. Pero “La gata sobre el tejado de zinc (caliente)“, un “tennessee“ de lo más genuino, dio mucho que hablar. Porque muestra a las claras la apoteósis del Método (Stanislavsky, of course), esa contribución de Lee Strasberg y de Elia Kazan al Séptimo Arte, desde su elitista Actors´Estudio, en forma de actores y de actrices calculadamente atormentados que parecían vivir en lugar de interpretar. Porque reúne en el mismo plató a dos de las estrellas de la época. Sobre todo, porque intenta darle a la censura con la puerta en las narices, sin conseguirlo, desde luego, aunque insinúa, dibuja, sugiere, señala, cosas que no están acostumbradas a verse en ese mundo de fantasía en color. 

Contemplar a Liz Taylor con una de esas combinaciones de encaje ajustadas y transparentes sin que el galán suelte la muleta y se lance sobre ella, ya podía darnos alguna pista…Tener en la memoria siempre a un amigo que se ha suicidado y no poder vivir a causa de ese recuerdo, es algo que llama la atención…Lanzarse en brazos del alcohol, darse a la bebida, siendo joven y guapo y teniendo a una esposa tan bonita…eso es ya para sospechar del todo. 

Pero, como las cosas no son tan fáciles, como los tiempos habían cambiado pero solo un poco, como en ese año el código Hays era muy escrupuloso en cuanto a lo que se puede o no mostrar en la pantalla, pues el director decide suavizarlo todo. Y de esa suavidad nace la película.


En la habitación de Brick y Maggie hace calor. Es un calor asfixiante. Un calor húmedo. Insoportable, casi. Es el calor de Massachussets en verano, cuando se ven en el cielo nubes que amenazan lluvia, aunque la tormenta no suele terminar de descargar nunca. Algunas de esas tormentas son una amenaza latente que permanece en el aire mucho tiempo, demasiado. 

Brick se mueve en pijama, apoyado en su muleta y con un vaso de licor en la mano. Dos muletas, en realidad. Las dos lo sostienen, aunque es un equilibrio precario, que está a punto de estallar al mismo ritmo que la tormenta exterior. Maggie lleva un bonito vestido blanco, ajustado en la cintura, con amplio escote de pico y falda de vuelo. Durante la conversación ella se despoja de su vestido y aparece en combinación, una combinación blanca que dibuja su silueta frente a la ventana. Pero a Brick no parece importarle. No tiene ojos para ella. No tiene ojos para nada. Sus hermosos, hermosísimos ojos azul cielo no parecen contemplar el mundo que lo rodea, sino ahondar en su interior buscando algo o a alguien. ¿Qué busca el bello Brick con ese gesto cansado y hasta cruel?

En el exterior, en el jardín, en las escaleras, en los salones…la vida bulle en toda la casa, esa hacienda que el padre de Brick abre para sus hijos y sus nietos, insoportables niños que gritan y gritan todo el rato. En esos escenarios da la impresión a veces de que existe familia, de que hay un hilo de sinceridad, de acercamiento entre ellos, aunque también de odio, de rencores antiguos. Pero eso es la familia, ya lo sabemos. Amor y antipatía casi a partes iguales. 

Allí, en el sótano, después de bajar una empinada escalera, el drama se convierte en tragedia. La muerte anunciada es una tragedia, la enfermedad que no perdona es una tragedia, son rostros trágicos los que quieren engañarse para no pensar en que, cada uno de esos instantes, será un último instante muy pronto. La vecindad de la muerte asusta cuando tiene fecha exacta. Así lo entienden Brick y su padre, ambos unidos, quizá por primera y única vez, en el resonar de los pasos de la muerte que se acerca inexorable. El sótano es el lugar de las confesiones, de igual manera que el jardín es el sitio de las risas y la alcoba el castigo al pecado. 


En “La gata sobre el tejado de zinc“, rodada en 1958 y dirigida por Richard Brooks, todo es lo que parece pero nada termina igual que empieza. Los secretos familiares se unen a los secretos personales y, por eso mismo, los personajes enhebran la verdad y la mentira de forma automática, hasta que una gran mentira logra sacar a la luz la verdad de las almas, que no es poco. La censura que sufrió la obra original impide casi al espectador hallar la clave del sufrimiento, el desapego y el desprecio de Brick, pero la vuelta de tuerca que el director da al final, separándose con claridad de las intenciones de su autor, para sortear la censura, sigue presentando tantas interrogantes que se trata de una película abierta, en la que las personas empiezan y acaban llevándose consigo lo que sienten. Nadie conoce a nadie. Nadie concede a nadie el beneficio, siquiera, de la duda. Al fin, esto es Hollywood y Hollywood es la fábrica de los sueños y aquí hay que esconderlo todo, aunque todos saben lo que pasa…

La gran impostura requería rostros convincentes. No atormentados, ni sagaces, ni descreídos, ni decrépitos, ni acabados…Rostros perfectos, ojos espectaculares, cuerpos vivos, miradas hondas, sonrisas en labios que todos querrían besar alguna vez… Es precisamente la perfección de esos rostros lo que hace más terrible la situación. Ambos protagonistas están hechos para amar pero no para amarse. La atracción física, la química, la forma en que los hombres y las mujeres tienden los unos hacia las otras para encontrarse, el deseo, la pasión, el fuego, el ardor de la sangre…todo son palabras vacías, frases huecas, disimulos, gestos vacuos, absurdos…Nada de esto se refleja en el espacio imposible de llenar que fluctúa entre Brick y Maggie…

Elizabeth Taylor, en la que es, para mí, sin duda alguna, su mejor interpretación; Paul Newman, perfecto actor del Método, contenido, en una inexpresividad que está al servicio de la angustia del personaje; y los secundarios eficacísimos Burl Ives y Judith Anderson, la inolvidable ama de llaves que aguardaba la vuelta imposible de Rebeca De Winter, son los actores que ponen en pie la función y que nos asoman, sin tapujos, al borde de ese precipicio de deseos ocultos y pasiones sin nombre. 

Con toda probabilidad el fondo de la cuestión ha envejecido desde que la película se rodó. Pero no esa terrible distancia que separa a dos personas oficialmente unidas y entre las que los lazos de la pasión se han roto sin remedio. Porque puedes arrepentirte de aquello que has hecho, pero mucho más de las horas que dejaste pasar sin vivirlas. 

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