jueves, 28 de junio de 2018

Pasiones inteligentes


(Serena Reading by George Romney, 1780-85. Harris Museum & Art)

Tengo para mí que "Emma", de Jane Austen, es una novela que tiene en la inteligencia su principal adorno. No en la belleza, efímera. No en la riqueza, injusta. No en la suerte, arbitraria. Es la inteligencia el don que aquí aparece tan magníficamente retratado, con pinceladas suaves a veces como una foto en blanco y negro o con la espesa pasta pictórica de los impresionistas. O como ese cuadro de George Romney, contemporáneo de Austen, que revela la sencilla inclinación de una mujer leyendo. 

En todo caso, la inteligencia fluye en los diálogos, en las descripciones y en las cabezas de aquellos personajes que disfrutan de ese regalo de la naturaleza que esta reparte con la displicencia de lo que es únicamente suyo. Ocurre en "Emma" de una forma extraordinaria pero también en el resto de sus libros, en los que se distingue de inmediato al necio del sabio, al prepotente del humilde, al que intenta aparentar lo que no es y al que no necesita aplauso. Lecciones de vida entremezcladas en las páginas de libros que te hacen disfrutar de la lectura. 

El capítulo XVIII de "Emma" es una muestra suprema de esto que digo. Porque en él se libra un combate singular entre dos mentes llamadas a entenderse, precisamente por mor de unas cabezas privilegiadas. Howard Gardner hablaría en este punto de la teoría de las inteligencias múltiples, así que nos dejaría a todos con dos palmos de narices. Pero, querido Howard, no desesperes ni juzgues tan de prisa porque, aunque ellos, los actores del drama, no lo saben, está claro que tienen, aparte del dominio del lenguaje y el razonamiento diáfano de quien sabe pensar con precisión, esa gota de humor, de habilidad para entender al otro, de pericia mental, de sabiduría social, que ahora mismo llamamos inteligencia no académica. Saber vivir, diríamos en forma de slogan. 

Os cuento: el joven Frank Churchill, apuesto joven y caprichoso hijo del señor Weston, que vive prohijado con sus tíos desde la muerte, siendo un niño, de su madre, anuncia su visita a su padre para conocer a la dama con quien este ha desposado, que es, ni más ni menos, que la señorita Taylor, la antigua institutriz de Emma. Las institutrices de entonces eran personas refinadas, llenas de conocimientos y responsables de la instrucción de las muchachas. Algunas de las protagonistas de Jane Austen no tienen institutriz. El caso más llamativo es el de las chicas Bennet, que se han criado solas, como bien explica Elizabeth a la estirada Lady Catherine de Bourgh. Pero, aclara, todas ellas han podido aprender directamente de los libros de la biblioteca de su padre. 

El alborozo, el disfrute de pensar en que llega el hijo pródigo les lleva a todos a conjeturas felices que hay que aparcar sin remedio, oh, Dios mío, cuando otro anuncio inmediato les comunica que deberán verse privados de su encantadora presencia por un motivo cualquiera, que no viene al caso. Una excusa más, podría pensarse, porque no es la primera vez que se produce esta molesta dilación. 

He aquí el dilema: ¿No realiza la visita el joven Churchill por falta de ganas o por imposibilidad real de hacerla? Emma, habitualmente mal pensada, no lo es en este caso, quizá porque disculpa al joven sin conocerlo, porque tiene esperanzas de que, en efecto, un día llegue y… quién sabe.

Por su parte, el señor Knightley, que es dieciséis años mayor y, por tanto, mejor conocedor de la naturaleza humana, sostiene que, de querer venir, no habría fuerza que lo impidiera. Ah. ¿Conque esas tenemos? Da la impresión… solo la impresión, de que a nuestro querido señor Knightley no le gusta mucho Churchill. ¿Y eso? No lo conoce, desde luego, lo que tiene de él son referencias.

¿Tendrá algo que ver en esa antipatía recién nacida la amable disposición que Emma muestra hacia el joven? Podemos pensar que los pareceres de ambos contendientes son distintos, casi irreconciliables, pero, y ahora viene lo divertido, en realidad Emma razona así porque le gusta enormemente hacer rabiar al señor Knightley. La esgrima dialéctica entre ambos es de alta intensidad. 

Es más, ella está de acuerdo con sus opiniones en este caso, pero no piensa hacérselo ver. Lo dice con claridad el texto “… se encontró de lleno metida en una disputa… y para mayor regocijo se percató de que estaba razonando desde la que no era su verdadera opinión….”

Lo que Emma no comprende y no lo hará hasta el final del libro, que ese “querer hacer rabiar” a un hombre inteligente como Knightley, esconde, cómo no, lo que llamaría Corín Tellado “el fuego de la pasión”. Lo que llamaría Irène Némirovsky “el ardor de la sangre”. Lo que llamaría Edith Wharton “una tendencia inusitada hacia el otro”. Lo que llamaría William Shakespeare “un impulso sin tiempo ni medida”. Lo que yo llamaría “es el amor, que vibra cuando pasa”…

El amor se manifiesta de muchas maneras. El amor entre personas que gustan de los entresijos del diálogo, de la palabra y del pensamiento, tiene mucho de rima, de prosa, de poesía y de adivinanza por hallar. Es un artesonado de ideas que se cruzan de uno a otro. Un juego galante, pero lleno de fuegos de artificio. Un artificio cierto, sin disimulo a modo.

Las palabras de él son taxativas: “Si descubro que tiene conversación, me alegraré de conocerlo; pero si descubro que no es más que un charlatán no perderé el tiempo ni las palabras con él”. ¡Qué hermosura de frase! No perder el tiempo, tan valioso, ni las palabras, tan necesarias. No perder, en realidad, nada de lo que verdaderamente importa. Pero Emma no está para florituras y lo que empieza a ser una discusión medio en broma, termina seriamente, porque jugar con fuego produce esas esquirlas.

La opinión del señor Knigthley sobre Frank Churchill, expresada al fin sin ambages, es un prodigio de sensatez y de expresividad: “Si resulta verdad eso que dices, será el tipo más intragable del mundo... Ser el rey de la fiesta a los veintitrés años, el superhombre, el político experimentado que puede leer en la mente de todos y canalizar los talentos de todos los demás hacia el despliegue de su propia superioridad, ir repartiendo por ahí halagos ¡como si quisiera que todos pareciesen idiotas comparados con él! Mi querida Emma, tu propio sentido común no te dejaría soportar por mucho tiempo a un cachorro así cuando llegase el momento”

La reacción del hombre a quien Emma tiene por un dechado de virtudes en lo tocante a los aspectos fundamentales de la vida la deja sumida en la extrañeza. Ni ella se da cuenta de que nunca Frank Churchill podrá merecer los elogios del señor Knightley, ni este entenderá el motivo verdadero de su antipatía. Porque, ni en las cabezas más privilegiadas están escritas todas las razones del amor.

martes, 26 de junio de 2018

Emma Woodhouse no quiere casarse


(Retrato de Lady Hamilton como Circé, 1782, George Romney, Londres, Tate Gallery)

Guapa, joven, rica y sin ansias de pillar un marido. ¿Cómo es esto? A simple vista resulta raro. A vista de pájaro podemos pensar que aquí falla algo.

Será una chica de mal carácter, de esas insoportables, a la que solamente le gusta leer libros sesudos y recluirse en su habitación para pensar en cómo marcha el mundo. Una sabelotodo. O quizá es una artista frustrada, alguien que dedica su vida al arte, a plasmar paisajes en los lienzos o a esculpir, a partir del sencillo barro, los bustos de la gente de su entorno. No sé. Puede que nos encontremos un caso patológico, alguien sin habilidades sociales, a quien no le gusta reír, alguien con mal humor congénito, una de esas personas insoportables y hurañas. Quizá es que la vida social le molesta, no le apetece bailar, la gente le produce urticaria, es una ermitaña que solamente está a gusto consigo misma…

Si lees Emma verás que nada de esto es cierto. Que nada de cuanto hemos dicho encaja con su carácter. Disfruta enormemente con esa ceremonia de escoger un vestido, de adornar su pelo para el acontecimiento, de elegir los zapatos, de tomar sus guantes de encaje para salir y subir en el carruaje que la traslada al lugar en el que va a danzar tres o cuatro horas, sin parar, cualquiera de esas músicas que toca la pequeña orquesta y que permite a los bailarines mirarse y tocarse las manos, sin abrazarse, desde luego, que para eso tendrá que llegar el vals, aunque lo hará enseguida.

La determinación de Emma con respecto al matrimonio no es algo sugerido ni que se desprenda de la trama, ni que haya que leer entre líneas, sino un pensamiento claramente expuesto por ella misma. Por ejemplo, en su conversación con Harriet Smith cuando están hablando de las posibilidades que tiene Harriet de que el señor Elton se enamore de ella:
“–¡Cuánto me extraña, señorita Woodhouse, que no se haya casado usted o que no esté a punto de casarse! !Tan encantadora como es!
Emma se echó a reír y respondió: –Mi encanto, Harriet, no es suficiente para convencerme de que me case; tengo que encontrar a otras personas que también sean encantadoras, como mínimo a una. Y no sólo no me voy a casar en estos momentos, sino que tengo muy pocas intenciones de hacerlo nunca.”

No queda aquí la cosa. A continuación, Emma explica con toda claridad el razonamiento por el cual no piensa en casarse:
“–Yo carezco de todas las motivaciones que normalmente tienen las mujeres para casarse. ¡Si me hubiera enamorado, por supuesto, sería muy distinto! Pero nunca he estado enamorada; no está en mi modo de ser, o en mi naturaleza; y creo que nunca lo estaré. Y sin amor, estoy segura de que sería una necia si cambiara mi situación actual. No quiero dinero, no quiero trabajo ni quiero más importancia: creo que pocas mujeres casadas son ni la mitad de dueñas de las casas de sus maridos de lo que lo soy yo de Hartfield; y nunca jamás podría esperar que se me amara y respetara de la misma manera; ni que fuera siempre la primera y la mejor a los ojos de cualquier hombre, como lo soy a los de mi padre”

Cuando Harriet le argumenta que, pese a todo, si no se casa será una “solterona”, la respuesta de Emma es igual de contundente y razonada:
“–No pasa nada, Harriet, porque yo no seré una solterona pobre. Y lo único que hace al celibato condenable a los ojos del público en general, no es otra cosa que ¡la pobreza! Una mujer soltera, con una renta muy apurada, a la fuerza tiene que ser una solterona ridícula y poco agradable, el hazmerreír de los jóvenes y las jóvenes; pero una soltera, con una fortuna considerable, siempre será respetada y puede ser tan elegante y agradable como cualquiera…”

Vaya, vaya, conque esas tenemos señorita Austen... Cuánto qué pensar con estas palabras. Cuántas cuestiones salen a la luz leyendo estas afirmaciones. Y no nos confundamos. Emma tiene veintiún años de los de entonces, lo que quiere decir que no es una niña, ni una jovencita, como podría considerarse ahora dado que la adolescencia casi se ha prolongado hasta los treinta. No. A los veintiún años una mujer de su época es toda una mujer, hecha y derecha, con edad de haberse casado y tenido hijos. Las jóvenes entraban en sociedad, normalmente, a los dieciséis y los compromisos matrimoniales eran casi inmediatos. Recordemos que, en Orgullo y Prejuicio, el hecho de que Lydia Bennett haya “salido al mundo” con quince años despierta el asombro y el disgusto de Lady Catherine De Bourgh, que considera este un hecho inadmisible por su precocidad, sobre todo porque sus hermanas mayores aún no se habían casado. Y la mayor tenía veintidós años.

Emma es consciente de algunas cosas que Austen nos transmite a través de sus palabras. Las mujeres casadas dejaban de ser las primeras a los ojos de sus maridos en cuanto tenían hijos y perdían las bellas formas anteriores. Era frecuente y consentido que el hombre se solazara con otras mujeres ante la pérdida de belleza de la suya, dentro de un contrato matrimonial en el que se canjeaba habitualmente belleza por seguridad económica. Esa seguridad era la que mantenía a las mujeres con la boca cerrada. Lo dice el señor Bennett cuando le indica a su mujer que el señor Bingley podría prendarse de ella en lugar de hacerlo de sus hijas si la viera. Su mujer le contesta que eso no es posible, que es madre de cinco chicas casaderas. La respuesta del flemático señor Bennett incide en que, entonces, a las mujeres les quedaba ya poca belleza que enseñar. El deterioro físico femenino tras los partos era evidente. Y las consecuencias en la unión matrimonial también.

Por otro lado, Emma afirma, como así era en realidad, que la mayoría de las mujeres buscaban en su boda mantener una posición social y económica que les garantizara la pervivencia de determinado estatus en el sistema de relaciones existente en esa época. Las que no se casaban y no tenían medios económicos debían depender de otros parientes, porque la mujer pasaba de la dependencia del padre a la dependencia del marido. Las únicas excepciones, como bien afirma Emma, se daba en las mujeres ricas, como era su caso.

El sistema de transmisión de herencias también se recoge en la obra de Austen. Por ejemplo, en Orgullo y Prejuicio la casa familiar, con sus tierras, que constituían el sustento de la familia Bennett, está vinculada a la rama masculina. Siendo únicamente hijas las que constituyen su prole, es evidente que ninguna de ellas heredará. Así se produce la dependencia de estas cinco chicas hacia el matrimonio. Como dice Lizzy, al menos una de ellas ha de hacer un matrimonio conveniente (se entiende, desde el punto de vista de las rentas).

Pero Emma también es distinta en eso. Esa vinculación a la rama masculina de las familias (presente asimismo en Sentido y sensibilidad, no lo olvidemos) no existe y será Emma la heredera de todo lo que su padre posee, que es mucho. Esto convierte a Emma en una heroína atípica, no solamente en la obra de Austen, sino en toda la novelística de su época y de épocas posteriores, donde la figura de la mujer desvalida, bella pero pobre, ha hecho furor.

No obstante todo ello, Harriet insiste en que no casarse conlleva un aburrimiento añadido, entre otras cosas, porque no existe el entretenimiento que causan los hijos. Emma argumenta en este sentido con su agudo sentido práctico:
“–Si mal no me conozco, Harriet, la mía es una mente activa y ocupada, con muchos recursos propios; y no veo la razón por la que deberían faltarme las ocupaciones más a los cuarenta o cincuenta que ahora a los veintiuno. Las ocupaciones habituales de la mujer con los ojos, las manos y la mente estarán tan a mi alcance entonces como lo están ahora; o con algunas variaciones sin importancia. Si dibujo menos, leeré más; si dejo de escuchar música, me dedicaré a tejer. Y en cuanto a las cosas interesantes, a las cosas del querer, que es lo fundamental para no ser inferior y cuya falta es el gran mal que se cura cuando una no se casa, me las arreglaré de maravilla con tantos sobrinos a los que cuidar y a los que quiero tanto"  

Véase, en este razonamiento diáfano, cómo Emma hace alusión a las “ocupaciones de la mente”, algo inaudito, si tenemos en cuenta el papel de sujeto pasivo en las relaciones sociales y en la vida personal de las mujeres del romanticismo. Vemos también cómo esboza algunas de las “ocupaciones de las manos y de los ojos” de aquel momento, leer, escuchar música, tejer... Un retrato fiel de la vida de las jóvenes y las mujeres de entonces realizado desde un punto de vista especial y, desde luego, original, diferente.

La idea que, sobre el matrimonio, tiene Emma, únicamente sufrirá una variación sustancial cuando descubre que está enamorada. Es el amor el que la hace cambiar de idea y pensar en casarse, no la necesidad, ni la sumisión, en el deseo de adoptar el rol común de las mujeres respetables de la época. Y para ello, además, tiene muy claro que la persona en la que deposita su amor es un hombre superior en todos los conceptos. Es el único hombre a la altura de su inteligencia con el que se relaciona. El único que le habla con claridad, que pone de manifiesto sus errores y que, aunque locamente enamorado, no vive un amor ciego, sino un sentimiento plenamente consciente en el que se mezclan, no solamente la belleza y la gracia indudable de Emma, sino, sobre todo, su ingenio, su talento, su vivacidad, su alegría. Como él mismo dice, nos referimos al señor Knigthley, no podría amar a una mujer que no le aportara alegría, a una mujer oscura o falta de vida.

Incluso cuando es consciente de que ama y es correspondida, la mente de Emma se aleja del romanticismo embaucador:

“... ahora sentía un exquisito revoloteo de felicidad, y no solo eso sino que además pensaba que la felicidad sería aún mayor cuando aquel revoloteo hubiera pasado”

domingo, 24 de junio de 2018

"El tren de las 4.50" de Agatha Christie

La mansión de los Crackenthorpe tiene problemas domésticos. ¿Y quién no? diría mucha gente. Es un caserón grande y viejo en el que vive el anciano Luther Crackenthorpe con algunos de sus hijos. Otros, van y vienen, quejándose continuamente de que su padre tiene el dinero bien atado y de que, hasta que no se muera, no va a soltar las cuerdas de la bolsa. 

En otro lugar de la geografía inglesa, Londres, la señora Elspeth McGillicuddy ha terminado sus compras de navidad. Cuidando mucho los gastos ha logrado adquirir un detalle para cada uno de sus sobrinos. En la estación de Paddington toma un tren en primera clase, el de las 4.50, con paradas en varios pueblos de la campiña inglesa, uno de ellos cercano a Saint Mary Mead, donde vive su amiga de toda la vida, la señorita Jane Marple

Una circunstancia excepcional, que recuerda a los testigos oculares del asesinato que se juzga en "Doce hombres sin piedad" (esto es, ver un crimen a través de las ventanillas de un tren en marcha), la pone tan nerviosa que termina logrando la intervención de su amiga Marple en el misterio. 

Y entonces surge ella, uno de los personajes más simpáticos y atrayentes de Agatha Christie, Lucy Eyelesbarrow, una licenciada en matemáticas que se dedica a trabajar en el servicio doméstico, porque allí ha encontrado una forma de desarrollar su amor por el orden. Será Lucy la comisionada por la anciana Marple para que husmee en la mansión Crackenthorpe a ver si encuentra un cadáver. 

He aquí el planteamiento de la historia, cuyo desenlace no descubriré por si, algo asombroso desde luego, hay alguien que no ha leído el libro. En este caso tiene una gran suerte. Porque ahora tiene una nueva oportunidad de leerlo en esta edición que saldrá en estos días, remozada y recién traducida. Una joya y una delicia. Cuántas horas de tristeza convertidas en entretenimiento y cuántos malos ratos sofocados entre sus páginas...He aquí la enorme inteligencia de Christie y su genial manera de hacernos entrar en un paisaje que, sin lugar a dudas, no es solo literatura sino, sobre todo, imaginación. 

"El tren de las 4,50" es un libro encantador. Conjuga el "crimen doméstico" con cierta sofisticación relativa a la testigo ocular, una mujer muy despierta e inteligente que se marcha al extranjero y no puede estar presente en los primeros momentos de las pesquisas. Sin embargo, estas damas rurales ingleses tienen un acendrado sentido del deber y no se marcha tranquila hasta que no sabe que su amiga Marple va a seguir la senda del descubrimiento de los malvados.

Luego está Lucy Eyelesbarrow. A todos nos gustaría tener una Lucy en nuestra casa, porque lo resuelve todo y todo con sentido común y con gracia. Tan bien se le dan las cosas y tan atractiva resulta que termina con tres o cuatro pretendientes y con el misterio sin resolver de si va a darle a alguno esperanzas. También hay chicos, una intriga allende el continente, reminiscencias de hechos de guerra (algo común en las novelas de Agatha Christie) y algunos malos que no lo parecen.

Jane (Austen) enamorada



(Mary Freer, by John Constable 1809, Yale British Art)

En enero de 1796 Jane Austen escribe una carta a su hermana Cassandra, que estaba pasando unos días en Berkshire, en casa de sus futuros suegros, los señores Fowle. La carta, que es la más antigua de las que se conserva, es muy interesante. Ella tenía veinte años recién cumplidos pues había nacido en diciembre de 1775.

En un cajón de su escritorio estaba guardado, y casi oculto, el manuscrito de Sentido y sensibilidad. Aún no era, en estricto, una escritora, aunque escribía desde niña. Pero esa carta tiene tantos matices, datos e ideas que merece la pena reparar en ella. Porque de su lectura, y de los hechos que después sucedieron, podemos deducir que uno de los protagonistas de la misma es, precisamente, el muchacho de quien Jane se enamoró.

Tom Lefroy, que llegaría ser un prestigioso abogado y miembro del Parlamento de Irlanda, confesó en su vejez que había amado a Jane y que únicamente su falta de fortuna y la dependencia económica que de él tenían sus hermanas y su madre le obligó a renunciar a ella. Ya sabemos que entonces las mujeres se aseguraban su subsistencia con un matrimonio adecuado o con un familiar que los protegiera. Pero también a los hombres les ocurría igual y Tom Lefroy no fue libre para escoger esposa, como tampoco lo era Jane, cuyos medios económicos dependían de sus hermanos.

Esos veinte años de entonces eran edad suficiente para estar prometida e incluso casada. Así que Jane no era ninguna muchacha precoz en esto. Sí sorprende que contara en esa carta su "relación" con Tom Lefroy en términos tan divertidos y tan llenos de naturalidad. Ese mismo carácter que ella otorga a sus heroínas, especialmente a Emma y a Elizabeth Bennet, se deja traslucir en sus afirmaciones. Le cuenta a Cassandra las vicisitudes de un baile al que acudió y en el que estaba Lefroy, detallando las veces que bailó y con quién, cómo era el resto de la concurrencia y algunos chismes más que llenarían, sin duda, de picante, el desarrollo de la reunión. Su desenfado no impide que se reconozca en la carta la ilusión que le producía la presencia de Lefroy. Sin duda, Cassandra, que la conocía bien (al ser las dos únicas niñas de la familia tenían una intimidad especial, algo que nunca logró con su madre), supo leer en su relato que Jane estaba enamorada.

Pero esa especial manera de distanciarse de lo trágico e, incluso, de lo romántico al uso, que tenía Jane y que aparece en sus obras, hace que los comentarios sobre su enamorado no estén exentos de humor inteligente : ”En realidad sólo tiene un fallo, que confío en que perderá con el tiempo: el color de su abrigo es demasiado llamativo. Es un gran admirador de Tom Jones y, en consecuencia, me imagino que usa la misma ropa colorida que él luce cuando lo hieren".

La referencia a Tom Jones, la obra de Fielding, no debe ser pasada por alto. Se trata, como sabemos, de un texto que trata de forma cándida y cómica la atracción sexual, los hijos bastardos y la hipocresía de los párrocos. Los pecados de la carne aparecen reflejados de una forma abierta y la mezquindad de aquellos que se sienten dueños de la verdad, también. El hecho de que sea evidente en su carta que Jane y Tom habían comentado la novela tiene muchos significados pues abunda en la idea que transmiten las obras de Austen de abandonar toda propensión a juzgar a los demás por cuestiones morales. Lo que no es poca cosa en esos años, desde luego. Su carácter pionero desde el punto de vista intelectual y de las relaciones sociales y personales, ya aparece, por tanto, reflejado con exactitud en esta carta.

El contenido de la misiva convierte a Jane Austen, por primera y casi única vez, en la protagonista de una historia amorosa. Sabemos que sus esperanzas no se verán cumplidas. La familia de Tom Lefroy, advertida sin duda de la atracción entre los dos jóvenes, se lo llevará cuanto antes de allí y evitará, en lo sucesivo, que se encuentre con Jane. Algo parecido hará Fanny Ferrars con su hermano Edward cuando descubra la especial amistad que lo une a Elinor Daswood. Jane será consciente de lo que ocurre, sin duda, pero su carácter propenso a una sana alegría y a un sufrimiento siempre matizado por la racionalidad, no le permitirá entregarse al dolor sino sobrellevar su existencia del mejor modo posible. Será el manuscrito guardado en el cajón el que decidirá su futuro. El matrimonio y los hijos no estaban en su destino. Pero quizá esos días en los que atesoró un amor apasionado, en el que no faltarían, a buen seguro, besos, pulsos acelerados, llama viva de deseo, respiraciones agitadas, quedaron en su memoria para siempre. Y también el dolor punzante de la ausencia, de la pérdida, del adiós.

No es de extrañar, por tanto, que su escritura refleje tan fielmente el flaco favor que la economía de las familias y la necesidad de un buen matrimonio causaban al amor verdadero. Ambos, Lefroy y Jane, habían crecido con el mismo y pésimo hábito de sacrificar el amor en aras del consentimiento familiar y este solamente tenía como fin la pura conveniencia. Por eso quizá se permite hacer en sus obras juegos malabares con las relaciones entre los hombres y las mujeres. Quizá la huida de Lydia Bennet con Whickham esté en el fondo. O la forma en la que Marianne Dashwood decide unirse al coronel Brandon para no ser una solterona sufriente por un hombre que no la merecía. O, sobre todo, la alegre conformidad de Elizabeth Bennet cuando observa que Darcy no la encuentra lo suficientemente guapa como para estimular su deseo de bailar.

Siempre he pensado que, en lo tocante al carácter, Lizzy Bennet era su trasunto. Una mujer espontánea, divertida, alegre, alta y con buena figura (como se decía que era Jane Austen), con los ojos castaños y vivos (nada de ojos claros) y el pelo castaño sencillamente arreglado. Una mujer normal cuyas principales armas son el ingenio, la inteligencia, la vivacidad. La venganza de Austen estuvo, no cabe duda, en que esa mujer enamorara, y de qué forma, al prototipo del hombre elegante, guapo y rico, Darcy, nada menos.

Después del episodio de Tom Lefroy, Jane se dedicó a escribir con más frecuencia. Había aprendido en carne propia lo que significaba ser vulnerable sexual y sentimentalmente. Lo que era extasiarse ante un extraño que te hacía bullir la sangre o temblar de pies a cabeza. Había experimentado la contención, la posesión de un anhelo que nunca se cumpliría. Todo esto fueron enseñanzas que trasladó a su escritura. Quizá, en aquel año de 1796, ella, Jane Austen, hubiera dado todo el ingenio y el talento que poseía a cambio de convertirse en la señora de Tom Lefroy y en la madre de sus futuros siete hijos.

En lo que respecta a nosotros fue en octubre de ese año cuando comenzó a escribir, antes de cumplir los veintiuno, Orgullo y prejuicio que llevó, al principio, el título de Primeras impresiones. Y al año siguiente asumió la tarea de reescribir Sentido y sensibilidad, en su origen una obra epistolar titulada Elinor and Marianne. A continuación, escribió el primer borrador de Susan, que se acabaría llamando La abadía de Northanger. La pena, la tristeza, el desamor, de Jane Austen produjo tres espléndidas novelas en solo cuatro años. Todavía no había cumplido los veinticuatro.

sábado, 23 de junio de 2018

¿Qué habrás hecho ahora?


Tengo la sensación cierta de que meter la pata es una de mis especialidades. Y es algo cuyos motivos me gustaría descifrar. Saber de dónde he sacado ese conocimiento tan perfecto. Por qué echo a perder casi todo lo que toco. Incluso sin tocarlo, solo con el pensamiento. Es como lo de la electricidad estática. Tengo un nivel de electricidad estática por encima de la media. En realidad tengo muchas cosas por encima de la media, pero no todas ellas son útiles, ni se pueden contar. Enciendo la luz de una habitación, o lo intento, acciono el interruptor y la bombilla se funde. Así, automáticamente. Me pasa muchas veces. Y es por la electricidad estática. Soy una central eléctrica en continuo funcionamiento, una de esas de ciclo combinado que nunca se paran. Y, vuelvo a preguntar, desconozco el motivo. Quizá tendría que ir a un especialista, un psicólogo conductista, una de esas expertas en constelaciones familiares, en flores de Bach, o en yoga, algo que me aclare mi papel en el mundo. En todo el mundo, no solo en el pequeño, mínimo y doméstico mundo que habito. Que habito y que apago cada vez que intento encender la luz. Eso es una metáfora o una señal. Quiero luz y me quedo en las sombras. Que alguien lo descifre si puede. 



Me pasa a menudo con mis amigas. Tener amigas es muy difícil, es más, no estoy acostumbrada a tenerlas. Mis amigas son eso, presuntas amigas, no amigas de esas que puedes molestar a cualquier hora con una llantina sobrevenida. Son amigas tan ocupadas que me tratan como si fueran un médico que reparte citas. No amigas de verdad como las que veo en algunas películas que está la protagonista llorando, feísima, tirada en la cama, incluso borracha a base de gin tónics consumidos en la peor soledad, y entonces llama a una amiga y va la amiga y se planta en su casa. Como las películas suelen ser americanas, plantarse en la casa de alguien a cualquier hora tiene mucho mérito. Bueno, pues en esas películas las amigas cogen un coche, incluso el metro, el bus o un funicular (hay muchas películas con funiculares, casi todos los funiculares tienen su película) y llegan a la casa, abrazan a la amiga sufriente y esta les cuenta cosas. Suelen ser penas de amores, para qué engañarnos, porque nadie sufre por otros motivos. Y, si sufres por otros motivos, es que estás aprovechándolos para llorar por amor. Eso es así y no hay quien lo discuta. 

Las amigas de las películas americanas se solidarizan unas con otras y se ponen a comer chocolate y palomitas sin venir a cuento, engordan todas a la vez y se lamentan en coro de la mala suerte que tienen con los hombres. Y ellos siempre tienen la culpa. Pero mis amigas no son de película americana y tienen la fea costumbre de intercalar sus propias cuitas cada vez que yo intento colarles alguna jeremíada. Si, claro, lo tuyo es fuerte pero ¿y yo?



Con los amigos meter la pata es más complicado. ¿Qué amigos, diréis? ¿Puede un hombre ser amigo de una mujer? Cada vez veo más claro que solo si uno de los dos es gay. Yo no soy gay, así que mi amigo ha de serlo por fuerza. Si no lo es, ya tenemos otro problema indisoluble. ¿O es insoluble? Creo que los hombres y las mujeres no pueden ser amigos. O, si lo son, es porque han sido amantes y pretenden perpetuar una relación ya acabada. Yo no conservo ninguna amistad con ningún ex. Es más, no quiero verlos ni en pintura. 

El motivo es que los amantes tampoco son lo mío. Y es debido a que he visto muchas películas. El cine te deseduca terriblemente. Te convierte en una persona sometida a ejemplos poco edificantes y así nos va a las cinéfilas. Cinetontas. Las que no tienen esa rémora, ni ninguna otra, porque tampoco han perdido el tiempo leyendo, ni apenas estudiando, esas son las auténticas reinas del amor y el sexo, así todo junto. Mujeres que dominan la escena y que no se hacen mil preguntas acerca de esto o aquello. Tienen claro el objetivo. Este tío me gusta. A por él, que mañana puede ser tarde. Saben que el escote de pico les sienta mejor si tienen una talla cien. Saben que los tacones altos a ellos les pone cantidad. Saben casi todo lo que hay que saber y nos dan sopas con honda a las listas-insumisas-independientes, una especie que no tiene remedio y que nunca llegará a nada en lides amorosas.



Lo del cine tiene muchas lecturas. Depende bastante de la protagonista que cojas como referente. Si es, por ejemplo, Vivian, la de Pretty Woman, entonces tienes que buscarte a un tipo rico y guapo, pero, si ves que no tienes posibilidades de encontrarlo, puedes cambiar a Erin Bronkovich, que es la misma actriz, pero en fea y mal vestida. El consuelo te puede llegar de ver en la actualidad a Richard Gere, budista, con el pelo gris y haciendo obras de caridad todo el día. Otro referente que da quehacer es Scarlett O´Hara. Ese cinismo de viuda-bailando-vestida-de-negro todavía levanta resquemores. Tienes que tener unos maravillosos ojos violeta o, en su defecto, una depresión de caballo. 

Yo soy una experta en fastidiar mis relaciones sentimentales. Todas. No he dejado ni una viva, por eso debería escribir un libro que se llamara “Cómo cargarte un amorío en diez pasos”. Digo diez porque menos no ocuparía ni veinte páginas y no sería un libro sino un folleto publicitario. Pero tengo la extraordinaria virtud de conseguir ese efecto en dos o tres pasos. 

Nuestro problema es la normalidad, querida, avisa mi voz interior, la gente normal no pita en ningún sitio. Yo buscaría el modelo en Bridget Jones, porque va subiendo de edad en cada entrega, no tiene la talla 38 y es igual de desastre.


viernes, 22 de junio de 2018

Periodismo low cost


Aprendí a leer leyendo el periódico. No porque fuera una inmigrante, como esa señora Smith de "El cuarto poder", sino por la sencilla repetición de un rito: todos los días mi padre llegaba a casa con el periódico. Todos los viernes traía también un semanario local. Y todos los sábados, además, las revistas que a mi madre le gustaban, muchos tebeos para nosotros y los libros y suplementos que el periódico solía acompañar a su edición de los fines de semana. 

El momento de su llegada era glorioso. Nos abalanzábamos sobre él y repartíamos las hojas del periódico, haciendo apresurados turnos. Cuando pude conseguirlo, pasar las páginas del periódico la primera, sin que nadie tuviera ese privilegio antes que yo, me parecía la gloria. Todo esto quiere decir que nos hemos criado en la creencia de la que la prensa era confiable, que tenía la voz que nosotros no podíamos alzar y que nos representaba de algún modo.


Al crecer, los debates y discusiones en torno a las noticias y a los acontecimientos eran una constante en mi casa familiar. Comenzaban los fines de semana después del desayuno, que se prolongaba en una confortable sobremesa, y las opiniones eran a veces tan dispares que no todo se producía en un ambiente tranquilo, más bien lo contrario. Pero era la prensa el punto de partida, las noticias, opiniones, ideas, informaciones, nuestro sustento. 

Desde ahí dimos el salto a la literatura pero nunca dejamos atrás ese hábito diario de leer el periódico, de bucear en la actualidad a través de esos intermediarios, los periodistas, en los que creíamos y en los que depositábamos una confianza que los hacía cercanos y capaces. Algunos editoriales impactantes, el nacimiento de periódicos nuevos, los hitos informativos, todo eso se desmenuzaba y nos convirtió a los hermanos, a los nueve, en personas críticas, originales y con criterio. Esa enseñanza fue fundamental para nuestras vidas. 



Como cinéfilos que éramos, herencia familiar también, nos adentramos en el género periodístico llevado al cine y ahí pudimos entender algunos entresijos, ese apartado épico que define a la profesión cuando defiende la verdad. Mitificamos la prensa a través de algunos periodistas que no dudaron en dar la cara en los malos momentos. Así llegamos a gente como Chaves Nogales y a Émile Zola, cada uno de ellos por motivos diversos. El periodismo nos había ganado para su causa. Y nada hacía pensar que fuéramos a abandonarla. 

Hasta ahora. 


Ya no leemos periódicos con la convicción de que ahí están algunas verdades. Nos alejamos cada vez más de los periodistas, vendidos al mejor postor, cobardes, ausentes, callados o revueltos, azuzando a las masas en lugar de repartir serenidad y mesura. Ya no somos lectores de periódicos, nos han expulsado de los medios, nos han condenado al silencio informativo porque ya no hay quien escriba nada que nos interesa, nos conmueva, nos emocione. Porque no hay verdades, sino posverdades. Porque no hay literatura de prensa, sino frases hechas. Porque no hay sorpresa, sino afirmaciones continuas. Porque todos llevan el carnet en la frente y la idea en el bolsillo. Nos han echado después de tantos años. Nuestros hijos observan esa desafección y han dejado también de creer. Es un periodismo barato, un periodismo low cost sin estilo, sin categoría, sin autenticidad, sin valentía, sin valores. No os creo a ninguno, no os creemos, no nos decís nada que nos sirva. Nos habéis decepcionado. 

jueves, 21 de junio de 2018

Jane Austen y la lectura de novelas


(Bárbara Laage, París, 1946)
Novela, sí. ¿Por qué no decirlo? No pienso ser como esos escritores que censuran un hecho al que ellos mismos contribuyen con sus obras, uniéndose a sus enemigos para vituperar este género de literatura, cubriendo de escarnio a las heroínas que su propia imaginación fabrica y calificando de sosas e insípidas las páginas que sus protagonistas hojean, según ellos, con disgusto. Si las heroínas no se respetan mutuamente, ¿cómo esperar de otros el aprecio y la estima debidos?...
Así se expresa Jane Austen, en primera persona, en su obra La abadía de Northanger. Sale a la luz su opinión mientras relata los gustos literarios de Catherine Morland e Isabella Thorpe.
Defiende con vehemencia el derecho de estas muchachas a leer aquello que más les guste y la necesidad de que los propios novelistas no abominen de lo que hacen. El alegato se pierde entre las páginas del libro y puede pasar desapercibido si no se hace una lectura atenta. La suave brisa parlanchina que aletea sobre Austen oculta a veces el interior. No hay que permitir que eso ocurra. 
Por otra parte, dado el tono mordaz, risueño, divertido e irónico que impregna el libro, no deja de resultar llamativa esta intervención casi gremial que hace la autora. Esta llamada al sentido común de sus colegas, los escritores. Y, en este otro sentido, sigue pareciendo una curiosidad el hecho de que sin tener ningún libro publicado (pues La abadía de Northanger estuvo dispuesto para ello antes que ninguno de sus otros libros pero el desprecio del primer editor lo condenó al silencio durante años… y terminó siendo publicado póstumamente) ella ya se considere a sí misma “escritora”.
La conciencia de autoría, el orgullo por el trabajo que realiza, son tan potentes en Austen que llaman la atención poderosamente. Según ella, no es escritor el que publica (como dicen muchas voces), sino el que escribe, independientemente de que tenga o no público, de que sus obras vean o no la luz. Es cierto que en algún libro de memorias escrito por familiares se dice que era una persona sencilla, que escribía para entretenerse y bla, bla, bla. Nada más erróneo que esto, nada menos cierto. Por eso causan tanta extrañeza estas opiniones de los que eran sus allegados. 
La crítica literaria recibe, en este fragmento del libro, una buena andanada:

Dejemos a quienes publican en revistas criticar a su antojo un género que no dudan en calificar de insulso, y mantengámonos unidos los novelistas para defender lo mejor que podamos nuestros intereses.
Un discurso profesional, tanto como político. Alude a una supuesta comunidad de intereses entre escritores, algo que no existía en aquel momento, presidido por feroces individualidades; no distingue sexos, cosa harto compleja y, además, larga contra los críticos la advertencia de su dudosa labor. Nada nuevo bajo el sol, en este caso. Y no falta la argumentación de su defensa de la novela. Una argumentación que se basa claramente en una cuestión difícilmente rebatible: el placer que la lectura de novelas proporciona a los lectores.
¿O he de decir a las lectoras?

Representamos a un grupo literario injusta y cruelmente denigrado, aun cuando es el que mayores goces ha procurado a la Humanidad. Por soberbia, por ignorancia o por presiones de la moda, resulta que el número de nuestros detractores es casi igual al de nuestros lectores.
Resulta de interés el convencimiento expresado por la escritora de que las personas que leen novelas, aun extrayendo de ello el máximo placer, suelen ocultar estas preferencias y aludir a otro tipo de lecturas más conspicuas o consideradas socialmente más elevadas desde el punto de vista intelectual.
Esta clase de mentiras, seguramente usuales en aquel tiempo, podía aplicarse ahora a la lectura de determinados libros, considerados menores por aquellos que se llaman a sí mismos gurús de la cosa literaria. Por ejemplo, las propias novelas de Austen, consideradas como “románticas”, “femeninas”, y otros apelativos nada adecuados, por cierto, a partir de las opiniones de reductos conservadores que no han leído sus libros precisamente por considerarlos propios de mujeres. 
Si preguntamos a una dama: “¿Qué lee usted?” y ésta, llámese Cecilia, Camilla o Belinda, que para el caso lo mismo da, se encuentra ocupada en la lectura de una obra novelesca, nos dirá sonrojándose: “Nada…una novela”; hasta sentirá vergüenza de haber sido descubierta concentrada en una obra en la que, por medio de un refinado lenguaje y una inteligencia poderosa, le es dado conocer la infinita variedad del carácter humano y las más felices ocurrencias de la mente avispada y despierta.
Considerando que el libro estaba totalmente terminado en 1799 y que la autora había nacido en 1775, está claro que alguien que con veinticuatro años demuestra esta clarividencia y es capaz de formular opiniones tan rotundas, es una persona con suficiente talento, capacidad, inteligencia y valentía como para haber logrado completar una obra literaria de envergadura tal que su revisión a lo largo del tiempo la ha convertido en un hito fundacional y fundamental de la historia de la novela y, por ende, de la literatura.

domingo, 17 de junio de 2018

"Nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo"



Leer un libro es como conocer a una persona. Observas su portada, su título, sus imágenes, los créditos, las fechas, la editorial, los autores, el traductor…Ves su rostro, sus ojos, la forma de mirar, cómo mueve las manos, cómo anda, qué clase de gesto compone al enfadarse, el color de su risa…

Pero luego abres páginas y empieza un recorrido plagado de inquietud. Las primeras son las decisivas. El comienzo, el primer párrafo, la primera frase. La primera cita, la primera llamada de teléfono, el primer mensaje…

En un momento dado estás ya en el primer tercio y has sobrepasado el límite de tu examen. Si has llegado aquí será que lo que queda te interesa, quizá sea de tu agrado. El nerviosismo cede, pero no la expectación, no la espera. Espera es una palabra unida siempre al conocimiento de alguien. Analizas la forma en que te ha recibido allá, en el local elegido, en ese ambiente que está fuera de ti y fuera de él. Te fijas en su despedida, en si aprieta tus manos o las deja caer, laxas, a lo largo del cuerpo. Te apropias de una parte del sonido de su voz, que será tuyo siempre, la forma en que te habla y te contesta…

El libro está a tu lado y ya no tienes miedo, sabe que continuarás leyéndolo y que serás capaz de terminarlo. Has captado gran parte de su esencia, se ha convertido en un lenguaje próximo, entiendes al autor, sabes qué ha escrito, por qué y cuánto de él hay en sus palabras, cuánto de ti en recibirlas y entenderlas. La otra persona ha abierto algunas cajas de secretos, algunas pequeñas confidencias se han desplegado ante ti, conoces algo que otros no se imaginan, su primera imagen se funde con la nueva, es alguien con un sentido propio, no es uno más, es parte de una cosa que llamamos vida. No es extraño, más bien es un trozo del decorado que elegiste y renuevas poco a poco…

Así llegas al final de la historia. El desenlace. Quizá te ha convencido y te ha dejado más ganas de leer al autor. Quizá te ha parecido flojo, decepcionante o demasiado simple. Entonces, adiós a otra oportunidad, a otra ocasión. Quizá te ha deslumbrado, te ha llenado de luces y entonces nunca se escapará de las manos. Es tuyo. El paso de los días te ha traído miradas que nunca esperaste, frases que se acomodan como un guante a las tuyas, sonidos que te adornan y hacen que creas en ti. O, tal vez, sin que puedas adivinarlo antes, las lágrimas te cercan y te anuncian que no es él, que no sirve, que no es nada, que es falso, que te vayas, que huyas. 


(El título es un verso de Luis García Montero. La fotografía es de Irving Penn)

Heterónimos


Durante muchos años solo escribía poesía. Está por ahí, oculta. Ni siquiera sé si es algo o es nada. El año en que conocí a Pessoa, era verano y fue en Baeza. Un curso de poesía mística en el que estaban también San Juan de la Cruz y Santa Teresa. Ya no recuerdo si alguno más. Los santos eran conocidos, el portugués no, o apenas. Entraron en bandada todos los heterónimos y la clase se llenó de gente. Los profesores de la Universidad de Granada y de la de Lisboa se empeñaron en hacernos ver que no era un solo poeta ni un solo escritor, sino esa masa definida, esa maravillosa multitud que lo acompañaba. 

Eran días intensos de trabajo y de sol. El calor oscuro de Baeza, ese espacio misterioso rodeado de un mar de olivos, se deja sentir desde por la mañana. Las piedras resuenan al toque de las sandalias y caminar por allí, al mediodía, es cruzar el fuego. Las mañanas se ocupaban en escuchar lecciones magistrales de gente convencida, que afirmaba con rotundidad opiniones certeras y documentadas sobre libros que yo no había leído y que, quizá, al menos algunos de ellos, nunca leería. Me quedé con la imagen y el caleidoscopio y cuando el curso concluyó entendí que eran los heterónimos lo que más me había cautivado. 

Yo paraba en el Hostal Comercio, un sitio pequeño del centro, cuajado de recuerdos de Machado, y alternaba la relectura de esos versos tan conocidos desde niña con las novedades de Pessoa que el curso iba trayendo. En una ocasión uní dos de esos poemas, una frase de uno, otra frase de otro, e intenté mezclar a los apócrifos con los heterónimos saliendo una curiosa letanía que estallaba al pensarla. Ninguna cabeza joven está para tantos subterfugios. 

La mística vivía en el paisaje. Uno de los días subimos en autobús hasta Beas de Segura para oír de viva voz, en directo y en el sitio exacto, el canto de las monjas de clausura con las letrillas que San Juan había escrito. La subida en autobús fue una aventura porque un incendio asolaba Cazorla y lo íbamos dejando a un lado de la carretera. Éramos tan jóvenes que no tuvimos miedo, simplemente veíamos el humo y el eco de las llamas y seguíamos riendo en cascada mientras el autobús ascendía y dejaba atrás la llanura para adentrarse en el confín de árboles del parque natural. 

En el convento hacía frío. El pueblo era tan pequeño y en cuesta que nuestras sandalias se encajaban en las oquedades del suelo y estuvimos a punto de tropezar más de una vez. Llevábamos vestidos ligeros, con los brazos al aire, colas de caballo y algunos adornos en el pelo, al modo en que las veinteañeras salen a la vida, con poca ropa y muchos deseos. Las monjas nos escudriñaban desde el fondo de las celosías pero no pudimos ver a ninguna. Nos sentamos en ese ambiente fantasmal, sin rastro de figura humana, solo las imágenes de las hornacinas y, cuando el revuelo íntimo cesó, se elevó el canto, sonaron las voces y todos nos trasladamos, interiormente, a un lugar inaccesible, antesala del cielo debió ser. 

La noche antes de finalizar el curso la plaza cuadrada se llenó de  estudiantes. Estábamos todos allí pero no solos, también estaban ellos. Los heterónimos de Pessoa y los apócrifos de Machado. Sonaba sin oírse el ruido de fondo de las letrillas de San Juan y el calor seguía floreciendo como una obligación para impedir que durmiéramos. Un muchacho de tez oscura que venía del Levante me escribió una poesía y decía que yo tenía los ojos de luna. Guardé el poema en un libro de Pessoa que entonces no entendí y un día reaparecieron el libro y el poema. Cuando esto ocurrió había transcurrido el tiempo, los heterónimos no eran ya una sorpresa y yo empezaba a ser como Machado, solitaria y silenciosa, más cálida aún que las calles de Baeza. 


sábado, 16 de junio de 2018

Mavis Gallant: escritora en tránsito


     Mi último descubrimiento se llama Mavis Gallant. De vez en cuando me encuentro con un autor que me deslumbra, que me pregunta y responde, que me interesa. En este caso la publicación de la primera novela que escribió (de solo dos) en castellano, "Agua verde, cielo verde" (Impedimenta, mayo de 2018, con traducción de Miguel Ros González), ha sido el detonante. A partir de ahí he buceado en su obra y hallado una magnífica edición de sus historias cortas, "Los cuentos", que Lumen editó en 2009 traducidos por Sergio Lledó. Desde la literatura se llega a la vida y al revés. La existencia de Mavis Gallant (1922-2014) es tan esclarecedora como sus historias, la forma en la que ella denominaba al numerosísimo arsenal de cuentos que escribió, cien de ellos en  The New Yorker. 

     Su triste infancia es el primer escalón de una vida llena de desarraigo e inseguridades. Nació en Montreal aunque su madre era estadounidense y su padre británico. Él murió cuando era una niña y su madre volvió a casarse y prescindió de ella. Mavis decía que su madre era de esas mujeres que nunca debió tener hijos. Tampoco hubo hermanos y fue de internado en internado, de colegio en colegio, un total de diecisiete, durante años, hasta que decidió que lo que quería era ganarse la vida de algún modo para poder escribir, que era lo que deseaba más que nada. 

    Su trabajo alimenticio fue el periodismo y comenzó en el Montreal Standard. La mala suerte en relación con las personas la persiguió durante toda su existencia: su agente literario la engañó y su matrimonio duró apenas unos pocos años. La soledad parecía ser su destino, su santo y seña. Y todo eso lo volcó en los libros, como suele ocurrir con la mayoría de los escritores, porque escribir no es solo una ocupación, sino una forma de estar en el mundo. 

     Mavis Gallant siempre usó el inglés para escribir, uno de los dos idiomas que dominaba a la perfección porque siempre fue bilingüe. Consideraba al inglés el "idioma de la imaginación". Su lema de vida podía traducirse en esta frase "nada es seguro". La pérdida de su padre, de la que ni siquiera tuvo noticia en su momento para poder llorarla y hacer un duelo que la hubiera reconfortado; el abandono de su madre, que la dejó en manos de terceros; todo eso generó una carencia íntima, una falta de apego, que la acompañó toda la vida. Si no hubiera tenido talento literario, si no hubiera estado tocada por la varita mágica de las palabras, quizá la existencia de Mavis Gallant se perdiera por derroteros poco recomendables. Pero fue el talento el que la salvó, fue esa compensación de la naturaleza la que permitió que la creación la redimiera y, sobre todo, que vertiera en sus escritos, esas historias de las que ella hablaba en sus escasas entrevistas, toda la amargura, la decepción, el escepticismo. Un exilio interior que se convirtió en exilio físico. No era de ningún sitio. 

     Los ambientes literarios no eran lo suyo. Prefería, con mucho, escribir. Ella lo repetía continuamente. Escribir, escribir, escribir. Tampoco parecía interesada por los reconocimientos o premios. Fue tardíamente recompensada en Canadá, porque era una especie de exiliada. Tampoco era francesa, aunque vivió en París muchos años y allí eligió morir. En realidad, Mavis no era de nada ni de nadie y esta independencia se paga siempre muy cara, en soledad y en desarraigo. 

        Sin embargo, siguió escribiendo. Dos novelas, decenas de cuentos, alguna obra teatral, ensayos. Amén de sus artículos en periódicos y revistas. Todo ello constituye una obra de enorme interés, hecha con pasión y, a la vez, con el descreimiento de quien espera poco de la vida. Su disección de los personajes lleva consigo un bisturí implacable, una visión descarnada. No se hace ilusiones con respecto al mundo, ni se permite falsas esperanzas, pero todo ello lo transforma al estilo de los grandes autores: ver cualquier cosa y convertirla en palabras mayores. La creación literaria es eso: una manera distinta de mirar, una forma única de expresar lo que se ve y se siente. Eso hace Mavis Gallant, en sus novelas, en sus cuentos. Estos, como ella misma decía, no son partes de novelas, no son intentos fallidos, no son espejismos que se han quedado a medio camino. Cada cual tiene sentido en sí mismo. Siempre recomendaba que se leyeran tranquilamente. Nada de empezar con uno y seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. No. Ella aconsejaba que se leyera uno y se cerrara el libro. Para que el cuento surtiera su efecto, para que, como alguien ha dicho, se saliera de esa lectura convertido en alguien distinto. 


        Mavis Gallant es el prototipo de escritora que, a pesar de todas las circunstancias adversas, termina saliendo a la luz. Nunca tuvo una buena relación con las editoriales, que escamotearon su producción, ni tampoco frecuentaba los cenáculos de donde salen los contratos y los premios. Daba a su independencia un valor inusual y su reivindicación tiene que ver con otros escritores que, después de ella, fueron a sus fuentes y bebieron de su calidad. En este caso, fue Alice Munro la que se consideró su discípula y la que la reivindicó. No siempre ocurre pero, en muchos casos, la buena literatura emerge a pesar de todo. No obstante, el caso de Mavis Gallant me hace pensar, como otras veces, cuántos buenos libros se están perdiendo y cuántos buenos autores están en la oscuridad, simplemente porque publicar es tanto un negocio como un servicio a la sociedad. Cuando el equilibrio entre ambas situaciones se desvía peligrosamente hacia lo primero, entonces ocurren cosas que ningún buen lector desearía que pasaran. El olvido o la pérdida del talento.