jueves, 15 de febrero de 2018

El caso de Vivian Maier


(Autorretrato. Vivian Maier. 1954)

Me resulta tan extraño que haya quien se sorprenda del caso de Vivian Maier... La gente que así procede no ha entendido que existen miles de artistas escondidos, miles de obras de arte sin conocer. Creen, erróneamente, que todo lo bueno sale a la luz; que todas las buenas historias se publican; que todas las buenas obras de arte terminan exponiéndose. Pero no es así. Diréis: la historia de Vivian Maier contradice esto, porque, al final, sí que han terminado apareciendo sus fotos. Vale. Es cierto. Pero hay muchas Vivian escondidas. Y de esas no podemos hablar. Porque hay personas para las que la creación tiene solo el significado de entenderse a sí mismas. 


La editorial Lumen acaba de publicar "Una vida prestada", un libro escrito por Berta Vias Mahou que relata, con una mirada interior, qué ocurrió para que las fotografías de Maier no hayan sido conocidas sino muchos años después de realizarse y de un modo casual. Es más, ahonda en cómo se forja esa mirada hacia dentro, cómo la satisfacción del arte o el "no puedo ser otra cosa", formaba parte de la vida de esta mujer desconocida hasta hace poco que vivía sin pareja o sin hijos, trabajando de niñera de algunas familias pudientes. 


Porque el talento es caprichoso y porque anida en cualquier parte, Vivian Maier tenía una especial cualidad para "ver". Además del manejo de su cámara de fotos, que siempre la acompañaba allá donde iba, Maier era una de esas artistas natas que tienen un don, un talento. En su caso, el talento era convertir la vida cotidiana en una imagen que tuviera sentido. Sus obras, la mayoría de las veces tomadas en la calle y sin ton ni son, sin pretensiones, sin querer formar series, sin querer cuajar historias, sin buscar la apreciación, han terminado por ilustrar una vida que ha permanecido oculta al gran público o al público en general. 


Hacinados en un desván, los rollos de película y los negativos estaban consumiéndose sin que nadie les hiciera el menor caso. Vivian Maier no tenía pretensiones de inmortalidad, no quería dejar huella, no se molestó en trabajar hacia fuera. Porque lo hacía para dentro. Quizá no podamos comprender esto, quizá nos resulte imposible imaginar que alguien tenga la habilidad de ver la realidad y no quiera compartirla con otros. Pero existen personas así y nos llamamos a engaño si creemos que todo el arte es un escaparate. 


Vivian Maier era hija de judíos. Nació en Nueva York, en el año 1926 y murió en Chicago, en 2009, después de un accidente en el que cayó sobre el hielo. Trabajó durante cuarenta años como niñera y toda su vida tuvo como ocupación secundaria, como hobby, como habilidad propia, la toma de imágenes. Se paseaba de un lado a otro siempre portando su cámara y sacando instantáneas. Anotaba en los negativos la fecha y el lugar donde tomaba sus imágenes y los guardaba. Sus pertenencias, pasaron a su muerte a un trastero, que, en un momento dado dejó de pagarse y por eso estuvieron a punto de ser tiradas a la basura. Ella vivió sus últimos meses en un centro. 


Sus fotografías (para muestra las que ilustran este blog) tienen una extraña fuerza, una extraña llamada. Son historias en sí mismas, cada una de ellas encierra un relato. Son seres anónimos en su mayor parte, escenas cotidianas, pero que llevan intención, no son inocuas, no son inocentes. Traslucen emociones que quizá estaban presentes en su vida de mujer solitaria y sin afectos, al menos de manera aparente. En sus encuadres aparecen figuras en primer plano, protagonistas, pero también otros secundarios, de espaldas, de lado, casuales, que dan sentido a la composición en sí misma, que no son ajenos al resultado final. Hay veces que los protagonistas ocultan su rostro o que establecen una distancia con el espectador, se guardan a sí mismos, no quieren descubrirse, parecen intentar salvaguardar su anonimato. 


Además de fotografías, de las que dejó más de cien mil negativos tomados con su cámara Rolleiflex, en blanco y negro, también rodó películas en súper 8. En ellas aparecen niños, pobres, borrachos, tenderos, hermosas mujeres, escenas de ciudad, vida cotidiana, extraña vida a veces. Como todas las nanny, ella observaba, era una mujer ajena a la vida, una outsider, alguien que no formaba parte de la familia pero que lo veía todo. Así se convirtió en cronista de Nueva York o de Chicago en los años cincuenta y sesenta. 


Al final de su vida dormitaba en los bancos del parque y se alimentaba solo de conservas. Unos niños de los que había cuidado, la acogieron y le pagaron una vivienda mientras pudo valerse por sí misma. En los años noventa ella misma había dejado en un desván todos sus negativos y la mayoría de sus cosas. Siendo tan reservada ¿por qué no destruyó los negativos? ¿existía en ella la esperanza de que alguien los publicara alguna vez o simplemente los olvidó? Nunca revelaba su nombre, cambiaba a menudo para no darse a conocer y tampoco hablaba de su afición a la fotografía así que el hecho de conservarlos nos hace pensar. 


Un golpe de suerte hizo que John Maloof, un joven investigador que buscaba documentación para un estudio, adquiriera en una subasta una caja llena de negativos por cuatrocientos dólares. Aunque él no se dio cuenta de su valor fue advertido por un crítico y, desde ese momento, se convirtió en divulgador de su obra, albacea y custodio de las fotografías de Vivian Maier. Lo que vamos conociendo de sus trabajos, lo que se expone, de lo que se habla en el documental sobre su vida o en los libros, es fruto de la selección que hace Maloof. Desconocemos, por lo tanto, qué pensaría ella de todo esto, qué sentiría al verse expuesta a la luz del conocimiento público. 


En todo caso, las fotografías de Vivian Maier tienen un extraño lirismo, una atracción que te impulsa a preguntarte quiénes son, qué hacen, por qué actúan así. Te acerca y te aleja de las realidades que retrata, te interroga y te traslada los instantes de personas que, de una forma o de otra, también han visto roto su anonimato al aparecer en las fotografías. Un cruce de intenciones del que no podemos apenas saber nada cierto. Solo intuición y asombro al contemplarlo. 


Una vida prestada. Berta Vias Mahou. Editorial Lumen. 2018. 

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