martes, 27 de febrero de 2018

Ese hombre


(Fotografía: Vivian Maier) 

Tenía una sincera elegancia, heredada de su padre, que convertía en lujo lo sencillo; en discreción el gesto y en interesante la palabra. Se movía de una forma única, porque, al igual que Gary Cooper, siempre estuvo solo ante el peligro. El pelo conservó siempre su color oscuro, su fino movimiento que lo asemejaba a un cantante de jazz. Y las manos, con esa habilidad para lo amplio y lo complejo, fueron su santo y seña, el mayor recuerdo, la esencia, en realidad.

Soñaba con andar a su paso por la calle, plagada de piedras que resultaban molestas y había que saltar con cuidado de no caerse. Soñaba con recorrer la distancia que separaba la casa del garaje y con encontrarlo a la puerta del colegio, apoyado en el coche y con el aire de bienvenida que abría el sendero de la gloria. Más veces lo atisbó en la estación, esperando. Cuando el tren llegaba y se paraba, él se movía y levantaba la mano, sutil, tranquilo, aunque solo en apariencia. Los días que ella dormía en casa respiraba, aunque el descanso no se escribió para él.

Nunca le preguntó las cosas que hoy quisiera haber conocido. Nunca le contó las confidencias que hoy escuchan quienes no saben entenderlas. Nunca prestó demasiada atención a sus historias antiguas. Por eso, cuando murió, no solo se marchó su presencia, también su huella, su paso, su latido, su antaño y su futuro. Alguien debería advertirnos de que la infancia, con su descomunal ignorancia de las cosas; y la adolescencia, con su absurda introspección, nunca deberían ignorar que la verdadera orfandad es la de los recuerdos imposibles.

lunes, 26 de febrero de 2018

No conozco tu nombre


(Woman in Street. Vivian Maier) 

No conozco tu nombre. No sé quién eres. Estás sentado frente a mí en esta noche de febrero en la que las calles rezuman humedad y anuncian lluvia. He cruzado la ciudad para verte y aquí estoy pero tú no existes. En tu lugar ha aparecido un hombre del que no percibo para nada la esencia. Me mira con desprecio, con lástima, nunca con gratitud ni con cariño. Es un autómata. Lanza a la cara palabras difíciles, lleva un gesto inhumano y me hace daño. No conozco tu nombre, le repito, no sé quién eres, por qué estás aquí, cómo has usurpado su sitio. En la noche, los bares se van llenando de gente feliz, que sonríe en color y mueve las manos. Yo estoy frente a él, en una mesa estrecha, con la botella de agua apenas empezada, los ojos fijos, y una expresión desolada, porque no entiendo, no sé quién es el tipo que me mira desde el otro lado, con una mirada aterradora, como si quisiera partirme en dos. No conozco tu nombre, me repito, no sé quién eres, no sé por qué usurpas el lugar de un hombre bueno, no sé por qué me juzgas, no sé por qué me has condenado. Traduces al odio cualquier sentimiento, conviertes en basura lo que tocas y ocupas una silla que no es tuya. No deberías estar aquí, ni de azul, ni de negro, cualquier color te sobra. Un hilo de maldad se desliza, cruza el mantel y llega hasta mis manos y entonces me levanto y no miro hacia atrás y corro por la calle y busco un taxi y lo llamo y no viene y no alcanzo a coger el autobús y entonces tú te has ido y me miras y veo que fuiste tú. Ese hombre, ese hombre que me aplasta, eres tú. Me he dejado vencer y eres tú. No conozco tu nombre, pero algo me dice que es barro todo lo que pisas. 

domingo, 25 de febrero de 2018

Hay un gesto de amor


(Fotografía de Katharine Cooper)

Hay un gesto de amor en cuidarse a sí mismo. Un convencimiento. Quizá una decepción. En todo caso, un gesto de amor. Si no me cuido yo ¿quién va a hacerlo? 

En algunas relaciones personales siempre hay uno de los dos que recibe más cuidados. Él se cuida, ella lo cuida. O viceversa. Y un “otro” que no tiene más misión que ser fuera de sí. Esto termina convirtiéndose en costumbre, en rutina, en ley, en obligación. Así que no sirve, no cuenta. 

Cuando alguien te quiere de verdad y ejerce sobre ti su cuidado, no opresión, no vigilancia, estima de la buena, puedes llegar a acostumbrarte. Y eso es un problema. Porque el amor se acaba y las personas se terminan yendo. A veces, no, pero sí en muchas ocasiones. Y te encuentras contigo, alguien a quien no sabes cómo tratar, qué hacer. 

Hay un gesto de amor en cuidarse a sí mismo. El autocuidado es una necesidad si queremos respetarnos, en ese respeto previo a cualquier otro. Me decía mi amiga Luz que su pareja nunca la respetaba. Luz no se respeta a ella misma y lo ve como algo normal. No es capaz de mirar con otros ojos que los del hombre que la ha esclavizado. Al revés también ocurre, no es cosa de sexos, o no del todo. 

Cuidarse es escucharse y darse razones y, sin ellas, entenderse y perdonarse. Es cuidarse para que la piel permanezca suave incluso si nadie la acaricia. Es cuidarse para que los ojos brillen, para que el cuerpo tenga ganas de trotar y de recorrer ciudades y pueblos. Es cuidarse para leer lo que te gusta y para escribir lo que desees. Cuidarse es comprobar que no necesitas a nadie, aunque quieras a alguien. Es autoquererse. 

Cuidarse, sobre todo, es huir del dolor gratuito. Hay un dolor inevitable. Hay otro evitable que deviene en sufrimiento. Permanecer en su órbita no es cuidarse. Es perderse.

sábado, 24 de febrero de 2018

"La mecanógrafa de Henry James" de Michiel Heyns


Theodora Bosanquet fue la mecanógrafa de Henry James entre los años 1907 y 1916. Escribía en una Remington que hacía mucho ruido y que se convirtió en un aditamento más del estudio del escritor. El ruido de la máquina llegó a formar parte del paisaje y, cuando estaba en silencio, todos sentían que faltaba algo. Escribir al dictado cambió ostensiblemente su estilo. De esta forma, sus digresiones, sus frases largas, sus merodeos por el lenguaje, el detallismo de sus descripciones y de sus acercamientos psicológicos a los personajes, se hicieron mucho más potentes. Incluso enrevesados. Porque era fácil dejarse llevar por la imaginación cuando la mano no tiene que responder. Las manos de James tuvieron problemas en su vejez pero siguió escribiendo gracias a las mujeres que copiaban en un papel suave lo que él les dictaba.

El aceptado por todos dominio de las palabras de James encontró en este sistema una fórmula eficaz para desarrollarse en su plenitud. Y Theodora fue la médium de este milagro. De ella, de su trabajo y su relación con Henry James y su grupo de amigos y familiares cercanos, trata este libro "La mecanógrafa de Henry James", que, partiendo de personajes y situaciones reales, entra en el desarrollo de unos hechos que la imaginación del autor completa a su manera. Los personajes existieron y las peripecias también. Las emociones son algo que pudieron ser o no, pudieron existir de esta manera o de otra, aunque, en todo caso, son interesantes, complejas y llenas de vida.

La admiración que la mecanógrafa llegó a sentir por su jefe se recoge en un librito que publicó The Hogarth Press, la editorial de Virginia Woolf, también gran admiradora de James y de las mujeres que escribían. El libro se tituló Henry James at work (Henry James en el trabajo) y, aunque no entra nunca en aspectos privados, sí ofrece muchas pistas sobre el modo en que James creaba los libros. Su manera de aprovechar la realidad, no para copiarla, sino a modo de inspiración, posando su mirada en personas y acontecimientos que le servían para desarrollar sus tramas. Puede decirse que todo lo que vivía estaba al servicio de su imaginación. 

El escritor estaba consagrado a la literatura, era para él una especie de sacerdocio. Ni siquiera tenía una bandera que seguir, una nación de pertenencia, porque, como afirma Theodora "nunca fue realmente inglés ni americano, ni siquiera cosmopolita". Su religión era la literatura, su obra, sus libros y su creación. Él era, personalmente, un outsider, aunque frecuentara la alta sociedad. 

La casa de Henry James en Rye, Lamb House, poseía las condiciones precisas para asegurar, a la vez, la intimidad y el contacto con la gente. Rye, en el condado de Sussex, a una hora de tren de Londres, tiene uno de los trazados urbanos medievales mejor conservados. Ofrecía a Theodora la oportunidad de recorrerlo en bicicleta, ataviada con sus pantalones anchos al modo en que las señoritas se estaban incorporando a este medio de locomoción. El escritor y su ayudante paseaban también, cada uno por su lado, por High Street, la calle principal, que todavía ofrece un bonito entramado de casas de madera estilo Tudor. La única diferencia con aquellos años es que el mar no está pegado a la ciudad, sino a tres kilómetros de distancia. 


(Estado actual de la estación de Rye)

Cuando  Henry James vivía en Rye este era un lugar lleno de gente respetable, que llevaban vidas respetables y que se relacionaban del modo adecuado. Incluso la pensión en la que la señorita Theodora paraba mientras estuvo allí era regentada por una señora con clase y los huéspedes, por supuesto, se elegían con sumo cuidado. 

Los momentos de descanso de Theodora eran de ejercicio, aire libre, mar y relajación, como escribe Heyns: "Pedaleó en dirección al mar, convencida de que practicar una actividad tan placentera no podía ser perjudicial ni para el cuerpo ni para el espíritu; el aire puro, el olor del mar combinado con aquellos turbios efluvios de la marisma, el sol suave y luminoso, las ruinas del castillo de Camber rodeadas de plácidas ovejas y el relamido pueblecito encaramado en la colina sugerían un orden asombrosamente equilibrado entre la naturaleza y la civilización"

La rutina diaria de la casa, en la que el escritor desgranaba sus palabras y la mecanógrafa las anotaba, puntos, comas, espacios, incluidos, se rompe con la llegada de uno de los amigos de James, un periodista y escritor llamado William Morton Fullerton. Fullerton era un auténtico mujeriego, un conquistador de ojos azules que tenía mucho éxito entre las mujeres. Entre sus muchas relaciones, algunas de las cuales son muy conocidas, estuvo Edith Wharton, la magnífica escritora, amiga y alumna de James, con la que dio una prueba de su escasa caballerosidad conservando, después de su ruptura, las cartas que ella le había enviado, a pesar de que la escritora le pidió que las destruyera. Las cartas salieron a la luz años después. 

Henry James americano de Nueva York por nacimiento (1843) y europeo de Londres por elección antes de morir (1916) es el precursor del monólogo interior y de los narradores múltiples. Su curioso tartamudeo a la hora de hablar quizá le vino bien a la eficaz mecanógrafa para ganar tiempo escribiendo al dictado. Expatriado en Europa, de la que tampoco se sintió nunca parte, en la biografía que escribió durante muchos años Leon Edel, a base de expurgar cartas y documentos inéditos que la propia familia James puso a su disposición (Henry James: A Biography), se muestra el proceso de la escritura en el que el detallismo descriptivo tiene un papel esencial. Joseph Leon Edel (Pittsburg-Pensilvania, 1907-1997) estuvo escribiendo la biografía desde 1953 hasta 1972, un esfuerzo ingente para tratar de mostrar el amplísimo mundo del escritor, lleno de referentes psicológicos, psicoanalíticos, espirituales y de la vida real. Su escepticismo ante los grupos sociales y nacionales lo señala Theodora en su librito: "Nunca fue un miembro en su totalidad de ningún grupo". Además de sus relatos y novelas, fue un interesado en el arte y un escritor epistolar de gran altura. 

La cuestión está en que Theodora (en la novela de Michiel Heyns lleva el nombre de Frieda Wroth) no es simplemente una chica que transcribe con pulcritud lo que se le dicta. Tiene también ansias de escribir ella misma. Por eso considera que su papel es escaso para el que le gustaría representar. Y un gusanillo de decepción le corre por el cuerpo cuando ve llegar a la casa del escritor a tanta gente importante, la mayoría literatos, que tienen largas y sesudas conversaciones sobre estilo, autores o épocas. La llegada de Fullerton le otorgará un papel principal en la trama de este libro porque el periodista se va a encaprichar de ella, como le solía ocurrir con la mayoría de las mujeres, y, de esa forma, colocará a la muchacha en una atroz disyuntiva: la lealtad o el amor. La lealtad es un ingrediente necesario y seguro para alguien que se dedica a colaborar con un escritor. El amor es lo que Frieda, como todas las muchachas de veinte años, que es la edad que ella tenía al llegar a Lamb House, precisan y desean encontrar en su vida. Aunque sea un amor dudoso como el que puede ofrecerle un individuo tan inestable sentimentalmente como Morton Fullerton. Así puede leerse en la correspondencia que mantiene con la joven cuando él, Henry James y Edith Wharton están en París. En ese intercambio de noticias él no duda en criticar a Wharton de una forma muy poco adecuada. En el libro no faltan los celos literarios, las intrigas, las cartas que aparecen y desaparecen.

Frieda cree, ingenuamente, que el señor Fullerton le profesa cierto afecto. Sin embargo, todos sabemos que eso puede ser muy poco, incluso puede no ser nada. Y aunque ella no estaba sobrada de afectos (problema por el cual muchas chicas prefieren el algo a la nada y soportan los juegos de estos tipos tan casquivanos y poco fiables) espero que tenga el suficiente sentido común para calibrar su decisión.

La mecanógrafa de Henry James. Michiel Heyns. Gatopardo Ediciones. Traducción de Magdalena Palmer. 2017. 

Michiel Heyns (1943, Sudáfrica) es novelista, traductor, crítico literario y profesor de literatura inglesa. 

viernes, 23 de febrero de 2018

"La novena hora" de Alice McDermott

El mes de mayo nos va a traer esta novela de Alice McDermott (Nueva York, 1953) a través de la editorial Libros del Asteroide. Una gran noticia porque es el último libro de la autora y hace poco que se publicó en su idioma original. Fue la misma editorial la que sacó a la luz su anterior novela: Alguien, en 2015. La serena visión de las vidas cotidianas, tratadas con sutileza, respeto y un punto de ternura que traza McDermott, me parece una manera de narrar sobresaliente. Comparto esa mirada, quizá por eso sigo a esta autora y la considero una de las narradoras más vivas e inteligentes de este momento. 

Así lo cuenta ella misma en una entrevista al diario El País realizada por Carles Geli con motivo de la publicación de Alguien: “La vida la vivimos entre dos oscuridades, sabiendo que es temporal y que la mortalidad nos hace frágiles en todo momento; eso está en toda mi obra pero aquí quizá más y en un solo personaje... Sabemos que somos mortales pero tenemos unas ganas locas de vivir, amamos, construimos grandes esperanzas; me interesa reflejar esa balanza, o ese duelo, entre realidad e ilusión y esa capacidad de admirar la vida que tiene la gente a pesar de saber cómo acabará todo”

Esta profesora de Humanidades de la Universidad John Hopkins, hija de irlandeses, se acerca a la gente corriente con una postura cómplice. No es lo suyo el género fantástico ni la invención desorbitada sino la narración, ajustada, sencilla y digna, de lo que la vida depara a la mayoría de nosotros: momentos felices, destellos de alegría, tránsito de penas y mucho tiempo de espera. La familia, los lazos que se establecen entre las personas, las emociones y sentimientos, tienen sitio de sobra en sus libros, porque son la argamasa, el cemento que nos ata a la vida. 

En La novena hora Alice McDermott (tres veces finalista de los Pulitzer—Aquella noche (1987, Tusquets), En bodas y entierros (1992, Tusquets), After This (2006)), trata el tema de la solidaridad entre los humanos, a partir de la historia de un suicidio que deja a una joven viuda y una hija sin amparo, salvo el de unas monjas, todo ello en el Brooklyn de principios del siglo XX. Ese punto social, ese acercamiento a clases marginadas es uno de los elementos de la obra de McDermott que más llaman la atención. Su gusto por los detalles, muy dickensiano como se ha dicho, complementa a la perfección el relato de hechos que presentan la parte mala de la vida. Pero sin acritud, con la casi resignada paciencia filosófica que quizá sea la que haga posible que, dentro del aluvión de problemas, aflore una cierta sonrisa. 


(Alice McDermott en la actualidad)

La novena hora de Alice McDermott. Editorial Libros del Asteroide. 
Traducción: Carlos Manzano Tamaño: 12,5 x 20 cm. Páginas: 296 ISBN: 978-84-17007-40-9 Fecha de lanzamiento: 14/05/2018

Sinopsis de la editorial: 

En una oscura tarde de invierno, en el Brooklyn de principios de siglo xx, un joven inmigrante irlandés que acaba de ser despedido convence a su mujer, que está a punto de dar a luz, para que salga a hacer la compra. Una vez solo en el apartamento, abre el gas y se suicida. La hermana St. Savior, una monja de un convento cercano, será quien ayude a Annie, la pobre viuda, a rehacer su vida. Annie trabajará durante muchos años como planchadora en la lavandería del convento. Su hija Sally, la verdadera protagonista de la historia, se cría entre pilas de ropa blanca y el siseo constante de la plancha, pero llegado el momento tendrá que elegir su propio camino en la vida. La novena hora es una preciosa novela sobre el perdón y el olvido, sobre cómo la solidaridad es uno de los sentimientos más genuinamente humanos. En esta historia que recorre tres generaciones de un pequeño vecindario de Brooklyn, McDermott vuelve a demostrar que es una de las más notables escritoras norteamericanas en activo. Una preciosa novela sobre cómo la solidaridad es uno de los sentimientos más genuinamente humanos.

Sobre la autora (datos de la editorial): 

Alice McDermott nació en Brooklyn, Nueva York, en 1953. Es profesora de Humanidades en la Universidad John Hopkins y una de las autoras literarias más prestigiosas de su país. Ha publicado seis novelas, entre las que destacan Un hombre con encanto (1998, ganadora del National Book Award), Alguien (2013; Libros del Asteroide, 2015) y La novena hora (2017)

jueves, 22 de febrero de 2018

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"


(Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras, 2011)

Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena. 

La película Criadas y señoras (The Help, 2011, de Tate Taylor) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante". La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de criadas negras pero no consienten que estas usen su cuarto de baño, también inmaculado supongo. Debe ser más valioso un baño que un niño o resulta más difícil de limpiar, quién lo sabe. 

El motivo por el que esta criada negra, representada por Viola Davis, le repite a la niña todos los días la frase es muy sencillo: la madre de la niña no la quiere. O no la quiere lo suficiente. O no sabe quererla. O la quiere pero no se lo dice. Todo resulta lo mismo. Porque la corriente de cariño, esa que surge de forma espontánea entre unas personas y otras, no llega a la pequeña Mae, así que la criada tiene que recordar a la niña que eso no significa que ella sea mala, fea, desagradable o que no merezca ser amada, sino que no siempre una encuentra lo que merece en la vida. La criada conoce por su propia intuición que un niño sin cariño es un niño asustado. Que eso que ahora se menciona tanto, la autoestima, surge del cariño que los padres ofrecen a su pequeño hijo desde que nace. 

No es un caso único en la película. También Skatter, la protagonista (Emma Stone), busca la aprobación de su madre y termina por recordar a la única persona que le dio ese cariño cuando era pequeña: su criada negra. Una relación entre madre e hija con intermediario, con alguien que, desde una posición de servidumbre, hace el papel de madre aunque no lo es. La autoestima, ahora lo sabemos, se fortalece cuando te abrazan, te besan y te dicen lo valiosa que eres. Valiosa por ser tú, aunque tengas defectos porque el cariño es incondicional. Si esto no se produce así las secuelas son demoledoras. Algunas, insalvables. Víctimas, inseguras, dependientes emocionales, sufridoras, sin criterio. Esas son algunas de las secuelas. A veces, frías, incapaces de sentir empatía, angustiadas, rebeldes, contrarias a la vida. Niñas que buscan la aceptación de los demás a costa de lo que sea. De fingir, de ceder, de no saber qué quieren y qué son, de aguantar desprecios y desaires. De postergar sus deseos, de ignorar sus ambiciones. Y, enfrente, el mundo en el que hay manipuladores que utilizan sus artes para conseguir someterlas. Otros faltos de cariño que se vengan en los demás. 

Hombres difíciles, chicas soñadoras


(Richard Gere/Edward Lewis con una asombrada Julia Roberts/Vivian Ward de rojo antes de subir en un helicóptero para ir a la ópera)

Los hombres atormentados atraen a las buenas chicas. Esa es una realidad que el cine reafirma en un sinfín de ocasiones. Son hombres con un perfil muy variado pero con un denominador común: son seres adustos, que guardan secretos del pasado, que necesitan imperiosamente la redención por el amor. Sus biografías son convulsas. A veces aparecen como altos ejecutivos de trajes impecables y ganancias estrepitosas; en otros momentos son militares que se lanzan a regenerar su vida por la vía de la disciplina; por fin, también los hay artistas que han tenido una infancia difícil y no soportan lo de estar a la sombra de los mediocres. Gente poco asertiva. Gente que no ha pasado por las manos de un buen coaching que les haya enseñado eso de hay que ser feliz, hay que mostrarse encantador, hay que mejorar la personalidad en seis cómodas lecciones. 

Tres tipos complicados que, en el cine, bien podrían llevar los nombres de Edward Lewis (Pretty woman, 1990), Johnny Castle (Dirty Dancing, 1987) y Zack Mayo (Oficial y caballero, 1982). Tres películas que tienen en común, aparte de poseer una banda sonora muy estimable y de gran éxito, el hecho de presentar un proceso de enamoramiento entre personas que, salvo en el cine, nunca se encontrarían. Como decía Proust, en realidad enamorarse es un mérito del sujeto y no del objeto, cuestión de miradas. Por eso son comedias románticas y no thrillers psicológicos. Por eso trata de sexo, ligues, sensualidad y atracción y no de matrimonios desencantados ni brujas despechadas. Por eso no las dirige Ingmar Bergman, sino, Garry Marshall (Pretty woman); Taylor Hackford (Oficial y caballero) y Emile Ardolino (Dirty Dancing). 


(En Pretty Woman Julia Roberts y Richard Gere van al hipódromo. El vestido de ella es tendencia este verano)

Edward Lewis (Richard Gere) vive para el trabajo, perdió a su padre sin que se dirigieran la palabra, tiene un montón de relaciones superficiales y no disfruta de la vida. Siempre colgado del teléfono, con ropa de marca y áticos lujosos en hoteles de cuya vista no disfruta, porque sufre de vértigo. Su trabajo es destrozar empresas, trocearlas y venderlas a cachitos. Se relaciona con tipos de cuello blanco que resultan ser individuos sin corazón. Y nunca, nunca, han pisado descalzos un césped. Así es imposible encontrar un hueco para un amor verdadero. 


(Jennifer Grey, la hija del bailarín y actor Joel Grey (Cabaret) ensaya los bailes con Patrick Swayze. La química entre los dos funcionaba más bien poco)

Lo mismo le ocurre a Johnny Castle (Patrick Swayze). Trabaja en un complejo de descanso veraniego en el que tiene que ejecutar números de baile que no responden a su talento, lleva una doble vida casi oculta, sus ansias de libertad nunca se ven confirmadas por la realidad y está destinado a seguir siendo un tipo mediocre que hace cosas mediocres. Tiene que soportar los malos modos de los jefes y las insinuaciones molestas de las señoras de los ricos. Y todo para subsistir sin mayor gloria. Es un perdedor, para qué engañarnos. 


(Richard Gere, Zack, un impoluto militar, llega a la fábrica para llevarse a Paula/Debra Winger, asombrada y encantada)

El caso de Zack Mayo (Richard Gere, de nuevo), ese tipo taciturno, lleno de problemas psicológicos, que solo puede remediar luchando contra sí mismo, lo llevará a desembocar en un ejército feroz en el que Louis Gossett Jr. lo va a acribillar a flexiones y a insultos. Señor, sí señor. La escena en la que el sargento intenta desanimarlo a base de gritos es de esas inolvidables y fuertes. 

Luego están ellas. Las chicas. Las tres tienen trazos en común, el principal de ellos es que sueñan. No han renunciado a sus esperanzas a pesar de que Vivian Ward (Julia Roberts) es prostituta y vive en un miserable piso compartido con una amiga que, ella sí, ha dejado de soñar. A pesar de que el trabajo en la fábrica y los fines de semana intentando ligar a un marine son tareas bastante humillantes, en el caso de Paula (Debra Winger). Y a pesar de que Baby Houseman (Jennifer Gray), aunque de buena familia, choca contra la realidad continuamente y empieza a darse cuenta de que no es oro todo lo que reluce y que ella no conoce del mundo nada más que el envoltorio. La vida no es un juego, le dice su hermana. 


(La marina salvando a las damas. Esta es la escena final de Oficial y caballero)

Los hombres difíciles, atormentados, llenos de complejos y de dudas, duros, fuertes en apariencia, inseguros en el fondo, quizá tiernos (aunque eso no lo sabemos), tropiezan con las chicas que quieren seguir soñando, que se imaginan la existencia como un cuento de hadas, que han leído La Cenicienta y que, cada una a su estilo, ven en ellos al príncipe que puede sacarlas del letargo. Las calles de Hollywood Boulevard, la fábrica o la sobreprotección familiar, no son suficientes para ella, sobran en realidad. 

Como ninguna de las tres películas continúa explicándonos qué pasa después del final feliz no tenemos constancia de lo que ocurre en el día después. Pero lo podemos imaginar. Zack Mayo asciende en el ejército y se marcha a un destino lejos de Paula, porque esta prefiere quedarse en su pueblo de origen para cuidar a su madre y tener a sus hijos en un entorno seguro. Entonces Zack, que no puede evitarlo, tropezará con una especie de bruja que no da tregua a los hombres y engañará a la pobre Paula, que acabará enterándose con el consiguiente disgusto. 

Edward Lewis se regenera al casarse con Vivian. Ella llega a estudiar en la Universidad y empieza a aburrirse al comprobar que hay muchos hombres inteligentes, interesantes y buenos, más allá de Ed, que se ha convertido en un tipo muy predecible porque ya no es malo ni nada, sino que ha desarrollado virtudes propias de un conservador cansado de la vida. 

En cuanto a Johnny, ¿cuánto puede uno durar siendo bailarín? Está claro que termina como coreógrafo en un teatro de mala muerte, lo que lo pone de un humor de perros. Y la chica, tan joven, se marcha a Europa a completar estudios y en París conoce a un chef francés, con el peligro que estos tienen, y se dedica a hacerse una buena cocinera cordon bleu, de esas de menú long et droite y ahí termina todo. 


(Reth Butler es el prototipo del sinvergüenza con arte. Vivien Leigh no es ninguna gatita) 

Los directores de comedia romántica saben bien que no pueden rodar secuelas. Porque se descubre el pastel y se rompe todo. Ese es el motivo por el que nunca conoceremos la segunda parte de Lo que el viento se llevó. Aunque nos la imaginamos. 

miércoles, 21 de febrero de 2018

En el último minuto


(Fotografía de Matt Weber)

Eran una pareja mal avenida. No sabían mostrar sus sentimientos y, ni siquiera sabían ya, a esas alturas, si existían. Cada uno de ellos sentía la vida de una manera y nunca hubo un atajo por el que pudieran encontrarse. La familia sepultó a la pareja, la pareja dejó paso al individuo, a la duda y a la soledad. Se puede estar sola siendo una madre de familia numerosa y teniendo un marido. Se puede estar solo siendo un padre de familia numerosa y teniendo una mujer. Ambos estaban solos en esa casa llena de niños, ambos vivían una vida al exterior y su propia vida se quedó aparcada en un instante del pasado, sin posibilidad de vuelta atrás. Eran infelices a la vez. 

Los niños captan la infelicidad en el aire. Tienen un radar. Si en lugar de besos hay silencios, entonces la alarma salta. Si en lugar de abrazos hay indirectas, entonces los niños se asustan. Si en lugar de manos hay distancia, entonces no queda sitio para la confianza. Así los niños de la casa se convirtieron todos, uno por uno, en seres asustadizos, en personas desconfiadas, en jóvenes llenos de inseguridades, en adultos escondidos. No aparecía el amor por las esquinas, no rondaba el amor aquella casa, todo parecía que era de prestado, y así los niños pensaron que eso era la vida. 

Algo que no esperaban, sin embargo, sucedió en el último minuto. En el lecho de muerte. El hombre se moría, se marchaba, de ser un hombre a desaparecer, sin pasar por el trámite engorroso de la vejez. Un hombre aún joven se iba y en esa habitación donde el silencio había sido la norma, donde la soledad había cuajado, donde las camas separadas eran mudo testigo de un adiós prematuro, el hombre la miró y pronunció las terribles palabras que abrieron una zanja insoportable: Te quiero mucho, dijo, y expiró. Y después, la mujer, que llevaba toda la vida esperando oír estas mismas palabras, decidió habitar para siempre el reino del sonido del amor, y allí se quedó, sin recordar lo que antes había sido, sin saber lo que después había pasado. En el aire, sin otra cosa que un amor que nadie supo mostrar en los instantes de la vida. 

jueves, 15 de febrero de 2018

El caso de Vivian Maier


(Autorretrato. Vivian Maier. 1954)

Me resulta tan extraño que haya quien se sorprenda del caso de Vivian Maier... La gente que así procede no ha entendido que existen miles de artistas escondidos, miles de obras de arte sin conocer. Creen, erróneamente, que todo lo bueno sale a la luz; que todas las buenas historias se publican; que todas las buenas obras de arte terminan exponiéndose. Pero no es así. Diréis: la historia de Vivian Maier contradice esto, porque, al final, sí que han terminado apareciendo sus fotos. Vale. Es cierto. Pero hay muchas Vivian escondidas. Y de esas no podemos hablar. Porque hay personas para las que la creación tiene solo el significado de entenderse a sí mismas. 


La editorial Lumen acaba de publicar "Una vida prestada", un libro escrito por Berta Vias Mahou que relata, con una mirada interior, qué ocurrió para que las fotografías de Maier no hayan sido conocidas sino muchos años después de realizarse y de un modo casual. Es más, ahonda en cómo se forja esa mirada hacia dentro, cómo la satisfacción del arte o el "no puedo ser otra cosa", formaba parte de la vida de esta mujer desconocida hasta hace poco que vivía sin pareja o sin hijos, trabajando de niñera de algunas familias pudientes. 


Porque el talento es caprichoso y porque anida en cualquier parte, Vivian Maier tenía una especial cualidad para "ver". Además del manejo de su cámara de fotos, que siempre la acompañaba allá donde iba, Maier era una de esas artistas natas que tienen un don, un talento. En su caso, el talento era convertir la vida cotidiana en una imagen que tuviera sentido. Sus obras, la mayoría de las veces tomadas en la calle y sin ton ni son, sin pretensiones, sin querer formar series, sin querer cuajar historias, sin buscar la apreciación, han terminado por ilustrar una vida que ha permanecido oculta al gran público o al público en general. 


Hacinados en un desván, los rollos de película y los negativos estaban consumiéndose sin que nadie les hiciera el menor caso. Vivian Maier no tenía pretensiones de inmortalidad, no quería dejar huella, no se molestó en trabajar hacia fuera. Porque lo hacía para dentro. Quizá no podamos comprender esto, quizá nos resulte imposible imaginar que alguien tenga la habilidad de ver la realidad y no quiera compartirla con otros. Pero existen personas así y nos llamamos a engaño si creemos que todo el arte es un escaparate. 


Vivian Maier era hija de judíos. Nació en Nueva York, en el año 1926 y murió en Chicago, en 2009, después de un accidente en el que cayó sobre el hielo. Trabajó durante cuarenta años como niñera y toda su vida tuvo como ocupación secundaria, como hobby, como habilidad propia, la toma de imágenes. Se paseaba de un lado a otro siempre portando su cámara y sacando instantáneas. Anotaba en los negativos la fecha y el lugar donde tomaba sus imágenes y los guardaba. Sus pertenencias, pasaron a su muerte a un trastero, que, en un momento dado dejó de pagarse y por eso estuvieron a punto de ser tiradas a la basura. Ella vivió sus últimos meses en un centro. 


Sus fotografías (para muestra las que ilustran este blog) tienen una extraña fuerza, una extraña llamada. Son historias en sí mismas, cada una de ellas encierra un relato. Son seres anónimos en su mayor parte, escenas cotidianas, pero que llevan intención, no son inocuas, no son inocentes. Traslucen emociones que quizá estaban presentes en su vida de mujer solitaria y sin afectos, al menos de manera aparente. En sus encuadres aparecen figuras en primer plano, protagonistas, pero también otros secundarios, de espaldas, de lado, casuales, que dan sentido a la composición en sí misma, que no son ajenos al resultado final. Hay veces que los protagonistas ocultan su rostro o que establecen una distancia con el espectador, se guardan a sí mismos, no quieren descubrirse, parecen intentar salvaguardar su anonimato. 


Además de fotografías, de las que dejó más de cien mil negativos tomados con su cámara Rolleiflex, en blanco y negro, también rodó películas en súper 8. En ellas aparecen niños, pobres, borrachos, tenderos, hermosas mujeres, escenas de ciudad, vida cotidiana, extraña vida a veces. Como todas las nanny, ella observaba, era una mujer ajena a la vida, una outsider, alguien que no formaba parte de la familia pero que lo veía todo. Así se convirtió en cronista de Nueva York o de Chicago en los años cincuenta y sesenta. 


Al final de su vida dormitaba en los bancos del parque y se alimentaba solo de conservas. Unos niños de los que había cuidado, la acogieron y le pagaron una vivienda mientras pudo valerse por sí misma. En los años noventa ella misma había dejado en un desván todos sus negativos y la mayoría de sus cosas. Siendo tan reservada ¿por qué no destruyó los negativos? ¿existía en ella la esperanza de que alguien los publicara alguna vez o simplemente los olvidó? Nunca revelaba su nombre, cambiaba a menudo para no darse a conocer y tampoco hablaba de su afición a la fotografía así que el hecho de conservarlos nos hace pensar. 


Un golpe de suerte hizo que John Maloof, un joven investigador que buscaba documentación para un estudio, adquiriera en una subasta una caja llena de negativos por cuatrocientos dólares. Aunque él no se dio cuenta de su valor fue advertido por un crítico y, desde ese momento, se convirtió en divulgador de su obra, albacea y custodio de las fotografías de Vivian Maier. Lo que vamos conociendo de sus trabajos, lo que se expone, de lo que se habla en el documental sobre su vida o en los libros, es fruto de la selección que hace Maloof. Desconocemos, por lo tanto, qué pensaría ella de todo esto, qué sentiría al verse expuesta a la luz del conocimiento público. 


En todo caso, las fotografías de Vivian Maier tienen un extraño lirismo, una atracción que te impulsa a preguntarte quiénes son, qué hacen, por qué actúan así. Te acerca y te aleja de las realidades que retrata, te interroga y te traslada los instantes de personas que, de una forma o de otra, también han visto roto su anonimato al aparecer en las fotografías. Un cruce de intenciones del que no podemos apenas saber nada cierto. Solo intuición y asombro al contemplarlo. 


Una vida prestada. Berta Vias Mahou. Editorial Lumen. 2018. 

miércoles, 14 de febrero de 2018

Se trata de amor


Para Antonio, siempre

No quiero recordarte en el día de los muertos, ni en el aniversario de tu marcha, ni en la enfermedad ni en la tristeza. Sino en un día de corazones rojos, de lazos rojos, de flores sobre las motocicletas de los vendedores, de flores en los jarrones de cristal, de muchas flores. No en las tardes oscuras y en la noche que cae, no en la penumbra, ni en la distancia, sino en los amaneceres fulgurantes, en las playas tibias, en los abrazos únicos. 

No eras hombres de festejos pero conocías la esencia del amor. Eso te convirtió en un pasajero invisible de los sueños, en alguien que entregaba cuanto poseía, en alguien que latía al tiempo que la vida se dejaba caer entre las manos. No creías salvo en los hombres pero, aún así, entendías la llama de los besos, el cauce de los sueños, la estela de los pasos compartidos. Al unísono brillabas en todas las esferas de la vida, eras de claridad y, solo por eso, el amor se extendía en torno a ti como un manto de brumas sin solsticios. 

lunes, 12 de febrero de 2018

"Orgullo y Prejuicio" de Jane Austen

Érase una vez cinco hijas casaderas y unos padres. Vivían todos juntos en una casa de campo en Longburn, muy cerca de Meryton, en el sur de Inglaterra. Los señores Bennet, los padres de familia, son muy diferentes entre sí y cuesta poco adivinar que la pasión que sintieron en su juventud y que les hizo casarse ha desaparecido hace tiempo. Él es un hombre muy sosegado, abúlico casi, entregado a sus libros en su sacrosanta biblioteca, amante de la ironía y con un sentido del humor que encocora a su esposa. Ella es cotilla, charlatana, un poco falta de seso y su mayor deseo es que sus hijas hagan un buen matrimonio. Los nervios le suelen jugar malas pasadas y alude a ellos cada vez que aparece un problema en el horizonte. En ese caso, ella no está para nada ni para nadie. 

En ese deseo materno de casar bien a sus hijas hay bastante de utilitarismo, dado que la propiedad está vinculada a la rama masculina y, cuando el padre fallezca el heredero, un clérigo llamado señor Collins, hijo de un primo, se quedará con todo y mandará a la calle directamente a la viuda y las cinco hijas. Además, el señor Bennet no es que digamos una persona ahorradora y gasta más de lo que ingresa y más de lo que debe. Por eso, según lo que era normal en la Inglaterra de entonces, la única salvación de una familia (no solo de una chica sino de toda su parentela) era hacer una buena boda. El amor era cosa de pobretones sin remedio o de gente muy rica. Sin embargo, aunque era lo cotidiano, ya veréis cómo Jane Austen, que piensa de otra forma y así se manifiesta como una mujer adelantada a su tiempo, imagina historias en las que esto no es exactamente así. 

La historia comienza cuando se corre la voz de que ha llegado a la zona, para establecerse de alquiler en una hermosa casa a unos cinco kilómetros de distancia, un joven soltero y rico. Este anuncio despierta el interés, no solo de los Bennet, sino de todas las familias con hijas casaderas en varios kilómetros a la redonda. Y todo porque "es una verdad universalmente conocida que todo hombre soltero, en posesión de fortuna, necesita una esposa". Esta frase, ya inmortal y famosa, es el comienzo del libro, una aseveración que llevan grabadas, como también dice la autora, las familias en su frontispicio. 

Las hijas Bennet son cinco y muy distintas. Jane es la mayor, bondadosa, sensata, guapa y discreta. Comprende a todo el mundo y no piensa mal de nadie, aunque no es nada tonta, sino, sencillamente, buena. Una bondad sin artificio, real. La segunda es Elizabeth, ingeniosa, inteligente, con hermosos y expresivos ojos y una gran disposición a disfrutar de la vida y a ser feliz con lo que tiene. La tercera hija es Mary, muy aficionada a los libros sesudos y a los pensamientos trascendentes. De una seriedad que raya en la petulancia, no le gustan los bailes en los que se baila y el amor es para ella algo fuera de su imaginación. Las chicas más jóvenes, Kitty y Lydia, son risueñas, alegres, dispuestas siempre para salir, ir de visita, de compras o acudir a fiestas. Algo cabezas locas, sobre todo Lydia, que meterá a la familia en un apuro serio por esto mismo. Las dos se pirran por los "casacas rojas" los soldados del destacamento militar que para en Meryton para goce de las muchachas e inquietud de los padres.

Resulta curioso que la protagonista del libro sea la segunda hija que no es ni la más bella, ni la más risueña, ni la más cultivada. Sin embargo, tiene una personalidad que resulta atrayente al lector desde el principio. Sabe lo que quiere, no se deja intimidar, le gustan las bromas y los bailes, posee un ingenio poco corriente y su atractivo reside, sobre todo, en la expresión de su cara, su agradable figura y su mirada. 

El señor Bingley, que tal es el nombre del caballero que arrienda Netherfield, no viene solo. Le acompañan sus dos hermanas, la señora Hurts (con su correspondiente señor Hurts, un tipo que tiene predilección por el buen vino, la caza y las siestas) y la señorita Carolina Bingley, que está enamoriscada del amigo que ha llegado con ellos, el señor Darcy, joven, alto, guapo y poseedor de una renta de diez mil libras al año, además de una mansión, Pemberley, modelo de hermosura constructiva, de riqueza de pastos y de lujos de todo tipo. Aunque el señor Bingley es un joven sencillo, amable y guapo, sus hermanas son fastidiosas, petulantes y creídas. Algo así como las hermanastras de Cenicienta. Jane Austen contrapone así varios modelos de mujer, pero, sobre todo, enfrenta el carácter alegre, sin dobleces, inteligente y travieso de Elizabeth con la astuta forma de ser de Caroline, que intenta cazar a Darcy y que no duda en usar las artimañas que están en su mano. 

Así comienza la historia. Y transcurre con la participación de otros personajes que tienen su importancia, como la familia Lucas, vecinos de los Bennet. El señor Lucas es un pretencioso caballero, antes dedicado al comercio y ahora solamente dispuesto a soñar con grandezas; sus hijas Charlotte, amiga de Elizabeth, y María, amiga de todas, son algunas de las chicas que aparecen en el relato. Charlotte se casará con el primo de los Bennet, el señor Collins, con lo que, a la larga, heredará Longburn. El señor Collins tiene a su cargo una parroquia que le ha concedido como beneficio la ilustre dama Lady Catherine de Bourgh, a la sazón tía del señor Darcy al ser hermana de Lady Anne Darcy, su madre. Ella quiere que su sobrino se case con su propia hija, pero da la impresión de que no tendrá suerte en esto. La hermana pequeña de Darcy se llama Georgina y se trata de una señorita llena de virtudes y habilidades. 

¿Quiénes más hay por aquí? Pues sí, la señora Phillips, tía de las Bennet, con tan poca cabeza como la madre. O los señores Gardiner, también tíos, aunque viven en Londres y son el contrapunto agradable a los otros parientes. Y, por supuesto, el coronel Fitzwillian, un caballero primo del señor Darcy, apuesto, educado y comprensivo. Algunos militares tienen papel en el transcurso de la historia porque son los que bailan con las chicas y las sacan de paseo por Meryton, pero el que más nos interesa y el que representa el lado oscuro es, sin duda, el señor Wickham, un tipo bastante desagradable, cuyas mentiras tendrán una intervención nefasta en lo que sucede. Es la antítesis de Darcy y el ejemplo de lo que una mala inclinación puede hacer con las personas. 

Como todo el mundo conocerá la historia no es spoiler decir que durante su transcurso tienen lugar nada menos que cuatro bodas (y ningún funeral, lo que prueba lo poco que le gustaban a Jane Austen las tragediasy que una de ellas será por interés (la de Charlotte Lucas con el señor Collins), otra a consecuencia de una locura juvenil y de un comportamiento desaprensivo (la de Lydia Bennet con el señor Wickham) y dos por amor, amor del bueno, amor total y apasionado (las de Elizabeth y Jane Bennet con los señores Darcy y Bingley, respectivamente). No es mal balance para una época en la que las mujeres tenían tan poco poder de elección. 

Orgullo y Prejuicio es un libro extraordinario. No hay en él dramatismo, ni romanticismo del peor estilo, ni tragedias góticas. No hay paisajes tenebrosos, asesinatos, secuestros, malos tratos ni apenas crueldad. Incluso el problema que suscita Lydia Bennet con su huida está tratado con cierto sentido común. La muestra de caracteres que se presenta es entretenida, divertida, llena de interés. Los personajes protagonistas te ganan el corazón. La acción no se detiene en descripciones pesadas, relatos de vestidos o de paisajes que rompen el ritmo y te hacen desear saber qué pasa. No. Todo va al grano, pero con sutileza. Se dice lo justo y de la mejor manera posible. Es una obra maestra. Si tenemos en cuenta que la autora la escribió en su redacción inicial con más o menos veinte años...entonces nos demuestra que se trataba de una persona dotada de los más preciados dones. 

sábado, 10 de febrero de 2018

"El gabinete de las hermanas Brontë" de Deborah Lutz

La vida de la familia Brontë es literatura. O, mejor dicho, la literatura era para ellos cosa de familia, un distintivo, una parte de sí mismos. La madre, el padre, los hijos (María, Elizabeth, Emily, Charlotte, Anne y Branwell) estaban dominados por las palabras y vivían en torno a ellas. En ellos persistía una curiosa voluntad de narrar. Y de escuchar, que es la otra cara de la moneda. Por eso este libro, que parece dedicarse a nueve objetos que marcaron sus vidas, lo que hace en realidad es contar una historia. Porque todos esos objetos adquieren su significado esencial cuando forman parte de la literatura, de su literatura. 

Seguramente por eso las heroínas de las Brontë son lectoras y las de Jane Austen (1775-1817) no lo son. Es curioso que se establezcan paralelismos entre ambos universos literarios y personales (también lo hace este libro) siendo que las diferencias entre ellas son tantas. El tiempo histórico en el que viven conforma un telón de fondo tan distinto que parece mentira que medien unos pocos años. Pero la efervescencia luminosa de la época georgiana presenta un contraste feroz con la oscuridad recatada y dirigista de la victoriana. Algo que parece apreciarse en el retrato que Branwell hace de sus hermanas y que la editorial Siruela utiliza en la portada del libro (Emily, Charlotte y Anne, con la presencia etérea, detrás y casi imperceptible, como fue así toda la vida, del propio hermano). 

En Jane Eyre, que Charlotte publicó con el pseudónimo de Currer Bell, la primera escena ya indica el gusto por la lectura de la protagonista y cómo los libros le sirven de asidero y descanso. En La inquilina de Wildfell Hall, que escribió Anne (en este caso como Acton Bell), la hermosa viuda Graham tiene en su casa de alquiler una biblioteca de libros raídos, es decir, leídos, manoseados. En cambio, en las obras de Jane Austen, las mujeres, aunque son ingeniosas y con carácter, no leen y las que lo hacen, como Mary Bennet, por ejemplo, son fatuas y poco sensatas. A la pobre Emma le costaba horrores pasarse un cuarto de hora con un libro y siempre andaba haciendo listas de las lecturas que debería leer y que nunca leía. Es una circunstancia curiosa, habida cuenta de que Jane Austen era una voraz lectora. Pero sus heroínas se pasan el tiempo conversando, una actividad que requiere cierta expansión hacia fuera que las Brontë podían considerar demasiado frívola. 

Los objetos que ha seleccionado Deborah Lutz no son "cosas", sino piezas de un escenario vital. Mascotas, escritorios, costureros, cartas, libros, entre los objetos (salvando los animalitos, desde luego); la muerte, como constante; la escritura, como argamasa; y caminar, como disfrute único, barato, sencillo y solitario. Los fallecimientos prematuros de la madre y de las dos hermanas mayores (estas siendo muy niñas a consecuencia de las malas condiciones higiénicas del internado) convirtieron la muerte en una circunstancia tan cercana a la familia que formaba parte de su imaginario, como la felicidad, el amor o la creatividad. Frente a esta pasividad aparente, la costura tiene un significado especial. Nelly Dean, la criada que relata a Lockwood, el forastero, la historia en Cumbres Borrascosas, lo hace mientras cose. Jane Eyre contiene tan detalladas descripciones del bordado a bastidor que fue el elemento definitivo para descubrir que la autora era una mujer, ya que el pseudónimo de  Currer Bell con el que lo firmó Charlotte resultaba bastante ambiguo. Como, por otra parte, ocurría también con los de sus hermanas, Acton y Ellis Bell, en ese intento común de despojarse de identidad para dejar paso a su escritura. 

La costura permitía la intimidad entre las mujeres, creaba una atmósfera especial para las confidencias y suponía una actividad útil, pues no solo se cosían primores, encajes o bordados, sino que se arreglaban dobladillos para que las prendas duraran varias temporadas. Lo contrario a ese ejercicio colectivo era caminar. A caminar se le dedica otro capítulo y, esto sí que resulta extraordinario, la cualidad de andarinas que se les atribuye coincide con la que Austen añade a sus "mujeres". Elizabeth Bennet era tan excelente andarina que hizo a pie los cinco kilómetros que separaban su casa de Netherfield y así se presentó, lustrosa y llena de color del ejercicio, según pensó al verla el mismo Darcy, en el instante en el que se enamoró al ver el ingenio reflejado en sus ojos, mientras le lleva la contraria para desesperación y extrañeza de la servil y bruja Caroline Bingley. 

Ese gusto por el aire libre, tan típico inglés, significa también un recinto de soledad. Las mujeres Brontë se recorren los páramos, a veces con un libro en la mano, uniendo ambas aficiones. Los libros, por su parte, ocupan mucho espacio en la casa familiar. Eran regalados o prestados de las bibliotecas ambulantes, pero siempre muy usados, llenos de anotaciones, dibujos, pequeños textos, porque sugerían cosas y porque guardaban secretos. Libros estropeados a fuerza de leerlos, libros forrados cuando las pastas se caían de viejas. Libros que me han hecho recordar "mis agathas" que pasan de unas manos a otras en la familia y se vuelven a leer mis veces y se comentan otras mil. Lo de estos hermanos es una especie de club de lectura familiar. 

De esta forma discurre este gabinete, aprovechando la descripción de todos esos elementos, materiales o no, para crear el dibujo de la vida de las hermanas. Y, dentro de esas vidas, su creación literaria, inseparable motor, razón de ser, cualidad esencial, todo.


El gabinete de las hermanas Brontë. Deborah Lutz. Colección El Ojo del Tiempo. Editorial Siruela. 2017. Traducción del inglés de María Porras Sánchez. Título original: The Brontë Cabinet. 

Reseña de la autora (Editorial Siruela): Deborah Lutz es profesora de la cátedra Thurston B. Morton de Inglés en la Universidad de Louisville. Ha publicado artículos en numerosos periódicos, revistas y otras publicaciones, y la han entrevistado en importantes medios de comunicación. Actualmente vive en Nueva York. 

"Un andar solitario entre la gente" de Antonio Muñoz Molina

Un verso de Francisco de Quevedo (1580-1645)  da nombre al libro:

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde, con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.
Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero parasismo;
enfermedad que crece si es curada.
Este es el Niño Amor, este es su abismo:
¡mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!

Miguel Poveda lo convirtió en cante y demostró así la eternidad y la universalidad del flamenco. Ahora, Muñoz Molina, lo usa como hilo conductor de su última novela. 

Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) es el único escritor del que yo podría hacer, como ahora, una pre-reseña, una reseña preventiva, un aviso en realidad. El libro va a salir dentro de unos días y la mera noticia levanta un mundo de posibilidades. El mismo mundo que él traduce a palabras en su blog, en sus libros o en sus artículos. Con la fe de que no será un libro estéril, rebusco en las incipientes referencias para averiguar qué nos aguarda al leerlo. Aunque me siento mucho más cercana a sus textos cortos (no solo sus artículos, sino sus cuentos, sus pequeños retazos) que a sus novelas largas, mantengo un lazo de entendimiento con él que me hace persistir, vez tras vez, en la lectura de sus libros. 

Faltan 3 días, anuncia la editorial Seix Barral en su página. Así se anuncian en los bares del camino la llegada del Rocío. Una breve reseña de su contenido nos da algunas pistas, pero muy pocas. Un caminante que escribe a lápiz y que recorre lugares dejando constancia de lo que ve y lo que siente, al modo en que antes que él lo hicieron otros. Crónica personal, ensayo literario, obra de ficción. Tres elementos que en Muñoz Molina están entrelazados hace tiempo porque no es un inventor de historias al uso sino, quizá, un captador de vivencias. La alusión editorial al collage me recuerda que estudió Historia del Arte (en Granada, esa universidad en la que estudiaban todos los muchachos de Jaén y su provincia hasta hace muy poco) y que siente un vivo interés por todo lo que esta disciplina significa. Arte y literatura en una simbiosis personal, acunada por su propia experiencia y por su forma de entender el mundo. Esa mirada ética que, desde hace tiempo, lanza algunas advertencias y genera impresiones que comparte con los lectores de sus artículos o de su blog. 

En su página web, que frecuento a menudo y donde hay una detallada y tierna descripción de su infancia y su vida, dice: Contar y escuchar historias no es un capricho, ni una sofisticación intelectual: es un rasgo universal de la condición humana, que está en todas las sociedades y arranca en la primera edad de la vida. Esto es ya una declaración de intenciones, un manifiesto sobre el papel que "contar" que es escribir y "escuchar" que es leer, tiene en la vida de las personas. Algo inherente a su propia naturaleza, dice el escritor. En el itinerario lector que él mismo especifica en ese Autorretrato, está un momento crucial, los doce años y en ellos algunos autores que son también referencia para mí misma en ese mismo tiempo de la primera adolescencia: Agatha Christie, Julio Verne y Mark Twain. Partiendo de ahí, puede uno adentrarse en todos los terrenos, incluso en los más alejados e inhóspitos. 

¿Qué significa el hecho de haber elegido este verso como título? El soneto de Quevedo muestra una actitud de desengaño, de escepticismo, ante el amor. No es raro esto en el escritor, así se sentía, sobre todo al final de su vida, cuando sus ideas políticas lo habían conducido a la cárcel y al desarraigo social. Pero quizá ese desapego de las cosas no sea tal en Muñoz Molina. Más bien en el camino que traza en este libro y que es común a toda su obra puede hallarse la búsqueda de una explicación más reflexiva, más profunda, a la enorme contradicción que supone vivir. 

Sinopsis de Un andar solitario entre la gente (Seix Barral):

Un andar solitario entre la gente es la historia de un caminante que escribe siempre a lápiz, recortando y pegando cosas, recogiendo papeles por la calle, en la estela de artistas que han practicado el arte del collage, la basura y el reciclaje —como Diane Arbus o Dubuffet—, así como la de los grandes caminantes urbanos de la literatura: de Quincey, Baudelaire, Poe, Joyce, Walter Benjamin, Melville, Lorca, Whitman… A la manera de Poeta en Nueva York, de Lorca, la narración de Un andar solitario entre la gente está hecha de celebración y denuncia: la denuncia del ruido extremo del capitalismo, de la conversión de todo en mercancía y basura; y la celebración de la belleza y la variedad del mundo, de la mirada ecológica y estética que recicla la basura en fertilidad y arte.

«Me gusta la literatura que me trastorna y me embriaga como vino o música, que me saca de mí, que me fuerza a leerla en voz alta y a favorecer su contagio, que me explica el mundo y me pone en pie de guerra con el mundo y me refugia de él y me revela con la misma vehemencia todo su horror y toda su belleza.» (Antonio Muñoz Molina)

Un andar solitario entre la gente. Antonio Muñoz Molina. Publicación el 13 de febrero de 2018. 
Editorial: Seix Barral
Temática: Novela literaria | General narrativa literaria
Colección: Biblioteca Abierta
Número de páginas: 496

viernes, 9 de febrero de 2018

"Clarissa" de Stefan Zweig


El retrato de Evelyn Nesbit, de 1903, pintado por Gertrude Käsebier, es la imagen ideal, la ilustración más adecuada para la portada de este libro que publicó la editorial Acantilado en 2017. Una de las obras más maduras y, por eso mismo, complejas, de Stefan Zweig, el escritor que tiene legiones de admiradores que encuentran en su obra un compendio de la naturaleza humana. Sus vicios, sus virtudes, sus apasionamientos, sus dudas, sus miedos, sus arranques de valor, su cobardía. Las contradicción. Los desánimos. Lo misterioso. Lo evidente. 

Esta novela, de doscientas páginas, comienza en el año 1902 y termina en el 1930. En su interior, vidas. La protagonista, Clarissa, hija de un militar austríaco, ha pasado en sus primeros ocho años de vida por tantas casas y por tantos parientes que apenas los recuerda. Su madre murió de pulmonía, su hermano y ella fueron encomendados a su abuela, luego a sus tías paternas y, a esa edad, separados para enviar al chico a hacerse un militar y a ella a vivir en un convento. Este comienzo vital no parece que ayude mucho a convertirse en una persona feliz. Además, el padre de los chicos es un experto militar en estadística y así obligará a sus hijos a anotar, día a día, todos los pormenores de su existencia. De ese modo, nos cuenta Zweig, en lugar de hacerse una idea global de lo que ocurre, Clarissa tiene en la cabeza esa especie de desbrozamiento matemático de horas y acciones. 

"El único acontecimiento que trastornó a Clarissa, desde un punto de vista humano y personal, ocurrió en su penúltimo año en el internado. Hasta entonces no había mantenido una amistad especial con ninguna de sus compañeras....Por eso la trastornó tanto la extraordinaria criatura cuya presencia y destino le permitieron formarse una primera idea acerca de la realidad que había al otro lado de los muros del convento"

Esa presencia no es otra que la de Marion. "...aquella chica, de apenas dieciséis años...avanzaba con ligereza y seguridad, dirigiendo sus redondos ojos sonrientes a una y otra..."

El rasgo más evidente de la personalidad de Marion "era su alegre generosidad y el deseo, no sólo de gustar a todo el mundo, sino de ser complaciente..."El encuentro de Clarissa con Marion es providencial porque son dos personalidades muy distintas y el relato de esas características le da pie a Zweig a hacer lo que mejor le sale: la psicología, el retrato íntimo, las contradicciones, dudas y emociones que sacuden a todo el mundo, incluso aunque parezcan superficiales y llenos de risas. 

Clarissa es una mujer de su tiempo y tiene que decidir qué profesión ejercer cuando sale del convento y acaba su formación inicial. Y de ese modo, siguiendo el consejo de un viejo amigo de la familia, se dedica a estudiar pedagogía, puericultura y todo aquello que puede ser útil para dedicarse a la educación, algo que, según ese amigo, estaba muy en vigor en aquellos años. 

La vida de Clarissa cambiará cuando conoce a Léonard, un socialista francés del que se enamora. Entonces surge el fantasma de la historia, la Primera Guerra Mundial, las luchas entre pueblos, todo lo que condiciona la vida de las personas sin que estas puedan intervenir para detenerlo. Así, Clarissa, y el hijo que tendrá de esa relación, son el ejemplo de la lucha personal aun en los momentos más complejos y más difíciles de remontar. 

Clarissa. Stefan Zweig. Editorial Acantilado, 2017. Traducción de Marina Bornas Montaña. 


martes, 6 de febrero de 2018

"Perdón" de Ida Hegazi Hoyer

Este es uno de esos libros absorbentes que tienes que leer de forma compulsiva. No puedes dejar de leerlo porque quieres enterarte de qué pasa en realidad, qué es lo que esconde. Terminas de leerlo y, en lugar de respuestas (tienes algunas, sí, es verdad) te surgen nuevos interrogantes. Esa es la principal virtud del libro, generar preguntas que no podemos responder.

Una muchacha escribe su historia de ¿amor? con un chico cinco años mayor. Un chico que ha estudiado Filosofía, que parece tener las ideas claras y que parece quererla tanto como para afirmar que nunca van a separarse. En honor a eso ella conservará en su dedo, aunque le hace mucho daño, un anillo hecho de hilo de sedal. Al tiempo que el anillo se incrusta en su dedo, así el daño se va adueñando de la muchacha. 

Una pareja muy joven, un encuentro idílico, una futura boda, una vida en común. Un apartamento, juegos amorosos, viajes, visitas familiares, una mascota. Todo esto es el envoltorio, la normalidad. Lo otro admite más interpretaciones. ¿Maltrato? ¿Narcisismo? ¿Egoísmo? ¿Psicopatía? 

Mentiras que no tienen explicación (las mentiras siempre son el primer eslabón del derrumbe), dos animales que yacen en el bosque (destrozados, perdidos, sufrientes), una mujer extraña
(alguien que tiene un gran secreto), una madre preocupada (qué haces con tu vida, hija mía), unas amigas desairadas (cortar los lazos con el entorno es uno de los actos que distinguen determinadas relaciones tóxicas), un empleo inexistente (otra mentira), más mentiras. 

La chica de veintiún años que cuenta el libro no tiene nombre y el hombre al que se dirige con su relato tiene dos, Daniel y Sebastian. El tono de la historia, el lenguaje primoroso, expresivo, tajante, lleno de detalles ninguno de ellos superfluo, te atrapa tanto como Daniel o Sebastian o los dos nombres, atrapan a la muchacha. Ella ya no será ella misma y ese acto de entrega incondicional, esa dependencia emocional es la primera línea que traza el camino del argumento. Pero no es la única. Porque detrás del hombre hay cosas, infancia, pérdidas, hechos, cajas escondidas, misterios que ella no conoce. Porque ocultar los misterios genera mentiras. Porque las mentiras llevan, inevitablemente, al desamor. 

Una gran amargura preside la vida de quienes han decidido unirse siendo libres o eso parece. Yo soy tú y tú eres yo para siempre. Temible sentencia. Deseo o condena. Si no ves por tus ojos sino por los ojos del otro puede ocurrirte como a la muchacha de la novela. Puede ser que te conviertas en alguien que no quieres ser. O que descubras que dentro de ti hay alguien que no quieres ser. ¿Quién se enamoraría de una persona como él si no fuera porque, en su interior, en su ser más recóndito, alberga una deformidad, un sentido siniestro de la existencia, un deseo de sufrir? Esa es la duda. 

Los psicópatas son personas normales, o, al menos, esa es la sensación que dan. Y hay almas receptivas, empíricas, desprendidas, generosas, que sienten piedad y que la mezclan con el amor, de manera que ya nunca pueden dejar de comprender lo incomprensible. La deslealtad, el engaño, la muerte. La sospecha es una planta que se instala y que sigue creciendo pero lo peor llega cuando, confirmadas estas en su peor versión, la muchacha no puede decir basta. 

El final, quizá presentido desde el principio, es una forma de cerrar un capítulo. Pero el mejor final hubiera sido uno que no dotara de una pizca de compasión al protagonista. Lo que pasa es que hay historias que nunca pueden tener un buen final, sino que no debieron tener ningún principio. El problema está en que hay presencias que, incluso aunque desaparezcan, siempre te dejarán marcada. Nunca te abandonarán del todo. Están ahí. Y siguen doliendo más allá del dedo. Un dolor directo al corazón. 

Perdón. Ida Hegazi Hoyer. Editorial Nórdica. Traducido por: Cristina Gómez Baggethun

Reseña de la autora en la editorial: 

Ida Hegazi Høyer (Oslo, 1981). Escritora noruega con ascendientes daneses y egipcios. Sus raíces están en Lofoten, en el norte de Noruega, pero creció en Oslo. Høyer ha estudiado Sociología y trabajó en una tienda de ropa, y ahora escribe y vive en Oslomarka, la zona de bosques que rodea Oslo. Es la autora de tres novelas. Ha recibido el premio Bjørnsonstipendet de Noruega, adjudicado a un joven talento prominente y en 2015 obtuvo por Perdón el Premio de Literatura de la Unión Europea. También fue nombrada en 2015 por el periódico noruego Morgenbladet una de las mejores escritoras de Noruega.