martes, 31 de enero de 2017

Ryan, una banda de jazz y La la land, la ciudad de las estrellas


(Ese ambiente de los clubs de jazz, envueltos en humo y en música, se recrea a partir de Sebs, que toca el piano y que quiere serlo todo en la música)

No me interesaba demasiado el jazz hasta que un amigo me llevó a un concierto de John Pizzarelli y me convertí a su religión. Tampoco los musicales son cosa de mi predilección, aunque suene a herejía. Sin embargo, de esta película "La la land. La ciudad de las estrellas" hay dos cosas que me atraen por encima de todo: la música y Ryan Gosling. Probablemente el tipo al que mejor le sientan los trajes de todo el mundo mundial. 

Mia (Emma Stone) y Sebs (Ryan Gosling) se encuentran por casualidad o porque así el destino lo había previsto. Ambos tienen el mismo objetivo: triunfar. Ella quiere ser actriz y él se muere por el jazz clásico, el de toda la vida, el de un piano y no hace falta más. El amor que sienten queda en segundo lugar, triunfar es lo que importa. Por eso (y esto es un clarísimo spoiler) todo apunta a que acabarán cada uno por su lado. Podría suceder que uno de los dos decidiera que era mejor estar juntos que conseguir el triunfo. Pero ninguno lo piensa y ambos luchan por lograr su sitio en la ciudad de las estrellas, que no es otra que ese firmamento de triunfadores en el que hay nombres que brillan con luz propia. 


(Las cuatro chicas están pendiente de las audiciones que, de cuando en cuando, sacude sus vidas. Fracaso tras fracaso, Mia gasta su tiempo sirviendo cafés en el bar de los Estudios)

Los números musicales son lo mejor de la película. Porque el argumento ya está dicho y son la excusa para homenajear a Hollywood y al cine de los mayores sueños. Este de la foto en el que aparecen las cuatro chicas que comparten piso y audiciones es genial. Y el del inicio, con todos los automovilistas bailando en un atasco. El más impactante de todos es el que sucede en un club lleno de gente con la banda en la que toca Sebs y con la que va a triunfar. Música electrizante, primeros planos de los instrumentos, de las manos y los rostros, que te acercan la vivencia íntima de la música. Genial. 


(A veces uno termina por enamorarse sin remedio porque es imposible que el corazón se escape. Sebs y Mia son dos personas que comparten un deseo y que desean estar juntos)

Hay también edulcoradas escenas con claqué. Encuentros convertidos en chasquidos musicales y, sobre todo, una banda sonora que merece todos los premios del mundo. La virtualidad de los temas reside en que son capaces de hablar por sí mismos y de hacerte olvidar que estás al otro lado de la pantalla: puede incluso suceder que te pongas a bailar o que creas que formas parte de los bebedores de cerveza de los garitos. 


(Ryan Gosling es Sebs. Este hombre ha hecho de duro, de malo y de gángster. Pero aquí despliega determinación y ternura a partes iguales)

Cualquiera de nosotros puede leer en esta película la historia que quiera. Habla de los sueños que uno quería haber logrado y que se han quedado en el camino. Y también de que, al contrario que hacen los protagonistas, a veces se sacrifican esos sueños por el amor. Y el amor casi nunca está a la altura del sacrificio. Estos dos lo saben de sobra y por eso, aunque al final parezca que se echan muchísimo de menos en el momento en que se encuentran fuera de contexto y sin posibilidad de renacer, sería bastante peor andar rumiando el fracaso. Eso los hubiera separado de todas formas. 

Por eso, en el fondo la película habla del talento. Un talento baldío, guardado en un cajón o sin explosionar, es una deuda pendiente con nosotros mismos. La ciudad de las estrellas es la ciudad de la gente que se arriesgó a todo, incluso a vivir en soledad, por lograr que ese talento cristalizara al fin.

La la land. La ciudad de las estrellas. Película de 2016. 


Director
Guión
Damien Chazelle
Música
Justin Hurwitz
Fotografía
Linus Sandgren
Reparto
Productora
Summit Entertainment / Gilbert Films / Impostor Pictures / Marc Platt Productions

jueves, 26 de enero de 2017

Persianas bajadas


Ese hombre era su inspiración. Aparecía al final de cualquier frase, al lado de cualquier imagen, en cualquier tiempo, lugar y dimensión. Tan oculto que a veces ella misma no podía encontrarlo. Buscaba y buscaba. ¿Dónde está? ¿Por dónde anda? ¿Es que no ha venido? Así un día y otro, días y otros largos y risueños o largos y tristes o simplemente días y otros largos, largos. 

El fuego de la pasión anida en los espacios vacíos. En la esquina de la desesperanza, en el entusiasmo por la juventud perdida o en los valles del momento menos propicio. Una semblanza colectiva del amor es más potente que la duda. La duda y la incertidumbre no tienen sitio en las preciosas palabras que ella escribía sin evitarlo. No había lucha contra el torrente que bajaba casi cada tarde a las manos y de ahí al teclado y del teclado a la pantalla y de ahí al aire, al aire de la red, la red que todo lo recoge. 

De esta forma llegaba a él. O, al menos, durante períodos inciertos que no podrían ya entenderse a la luz de lo que hoy entendemos. Cuando él dejó de acercarse al pozo en el que ella congelaba las imágenes convertidas en palabras de ese amor inesperado, los palabras dejaron de representar el amor y el amor empezó a jadear y a ser otro y a terminar siendo nada, a ser nada. Nada. No es nada. Duda. Ni siquiera. 

martes, 24 de enero de 2017

"A la intemperie" de Rosamond Lehmann

En Invitación al baile Rosamond Lehmann se detiene en la historia de Olivia cuando esta tiene diecisiete años y va a asistir a su primer baile. Cualquiera que haya tenido diecisiete años y tenido que lidiar con los preparativos, el desarrollo y las consecuencias de su presentación en sociedad, sea esta del estrato que sea, tiene una idea muy acertada de lo que se siente y lo que se anticipa. Es el tiempo de las dudas y también de algunas verdades que no pueden obviarse aunque quisiéramos. Los deseos que no se cumplen y las esperanzas que se terminan la misma noche en la que nacen. Pero también las extrañezas y el nacimiento de emociones que no esperabas y que existían agazapadas dentro de ti. Una iniciación sentimental en toda regla. 

Con esa misma perspicacia para ahondar en el alma femenina, recorrerla y mostrarla al lector, ahora podemos leer de esta autora su libro A la intemperie. Aquí Olivia es una mujer madura que reencuentra a su amor de la adolescencia y que tendrá que convivir con la ocultación y el disimulo. Mantener una doble vida requiere una habilidad especial, sobre todo en un mundo en el que la observancia social es tan estimada y salir de ella tan problemático. 

Un amor prohibido como este, donde uno de los protagonistas, el hombre, está casado, consta de muchas esperas, de muchos silencios y de expectativas que no pueden completarse. Exactamente igual que le ocurría a la Olivia joven del libro anterior. 

Escrutar el alma femenina y expresar sus emociones de una forma sincera y sin escatimar nada de lo que convierte los sueños de las mujeres en pesadillas, es un atributo de Rosamond Lehmann, quien además conoce a la perfección el mundo de la alta sociedad londinense y también el ambiente bohemio en el que los artistas se mueven y se mezclan en ritos raramente comprendidos desde el exterior. 

La autora, a la que la crítica sitúa en la misma línea estilística del modernismo literario que cultivaron Virginia Wolf, James Joyce o D. H. Lawrence, se adentra en la personalidad femenina con enorme comodidad y de esa incursión obtenemos un maravilloso retablo hecho de emociones, sentimientos, deseos, aspiraciones y unas actitudes conmovedoras que no siempre el mundo está capacitado para acoger. 

Rosamond Lehmann (Bourne End, Buckinghamshire, 1901 – Londres, 1990), la autora de A la intemperie fue hija del fundador de la revista Granta y editor del Daily News Rudolph Chambers Lehmann. También sus hermanos se dedicaron a la literatura y al teatro. Ella misma recibió una esmerada educación, estudiando en Cambridge

Su primera novela la publicó en 1927 (Dusty Answer) y la crítica la recibió con mucho interés. Después de eso otras obras suyas vieron la luz, como Invitación al baile, de 1932, que se publicó en 2015 en castellano por la misma editorial que ahora publica A la intemperie. Además de novelas, escribió una obra de teatro y una colección de cuentos. 

Es una escritora muy admirada y reconocida por los propios escritores, algunos de los cuales frecuentó en el llamado grupo de Bloomsbury

A la intemperie. Rosamond Lehmann. Erratanaturae. Publicación 30 de enero de 2017. Traducción de Regina López Muñoz. 

lunes, 23 de enero de 2017

"A merced de la tempestad" de Robertson Davies

Esta es la primera novela que escribió Robertson Davies., escritor canadiense al que, si no conoces, deberías apresurarte a conocer. Y la tempestad de la que habla el título es la del mismísimo William Shakespeare.

El argumento de la novela es engañosamente simple. Un grupo de teatro amateur que se denomina a sí mismo "Teatro Joven de Salterton" decide llevar a cabo la representación de La Tempestad. Estamos en los años cuarenta del siglo XX, en Canadá y en la ciudad imaginaria de Salterton, en la que Davies sitúa la acción de sus tres primeras novelas, que, aunque fueron escritas de forma independiente y así pueden leerse, se llaman por ello Trilogía de Salterton. La primera de las trilogías de un escritor excepcional que no goza en España del conocimiento público que su calidad merecería. 

El lugar elegido para la representación del grupo de teatro amateur de Salterton es bastante curioso y tendrá mucho que ver con las peripecias de los ensayos y con las circunstancias en las que estos se desarrollen, pues se trata nada menos que de los fastuosos jardines de la residencia de George Alexander Webster, que vive allí con sus hijas Griselda y Freddy. Además de ellos, otros personajes pululan por el libro, como el jardinero Tom o el profesor Hector Mackilwrait

Con ocasión de la reseña de su segunda novela, también perteneciente a la Trilogía de Salterton y titulada Levadura de malicia (cuya línea argumental es, sencillamente, magistral) ya traje a este blog la figura de Davies, que me deslumbró para siempre con ese libro y me reafirmó en su calidad más recientemente con el último de los escritos antes de morir Un hombre astuto, quizá el más completo de todos los que escribió, su obra maestra, entre otros muchos que han sido publicados por Libros del Asteroide editorial encargada de la feliz y necesaria tarea de trasladar al castellano y poner a nuestra disposición la obra de este extraordinario escritor, mucho más interesante en cuanto se profundiza en su obra. 

Robertson Davies (1913-1995) era canadiense y se le considera mundialmente famoso aunque, como digo, en España se le conoce poco todavía más allá del grupo de robertsonianos que lo siguen fervorosamente desde hace años. Estudió Literatura en Oxford y fue actor en el Old Vic Repertory Company, por lo que el tema de A merced de la tempestad y todo lo referente a los entresijos de una representación teatral le era muy cercano. En 1940 volvió a su país, Canadá, y allí se dedicó a trabajar como periodista, manteniendo una columna humorística con el seudónimo de Samuel Marchbanks. La continuidad de esa columna indica la capacidad de reinvención que tenía el escritor, cuya obra no solamente goza de una prosa perfecta sino de unos ingeniosos argumentos cuyos puntos de partida son, cuando menos, originales. En el año 1951 publicó esta novela, la primera de las suyas, seguida en 1954 de Levadura de malicia y en 1958 de Una mezcla de flaquezas, las tres de la Trilogía de Salterton

Luego escribió y publicó la Trilogía de Deptford: El quinto en discordia, 1970; Mantícora, 1972; El mundo de los prodigios, 1975. A continuación, la Trilogía de Cornish: Ángeles rebeldes, 1981; Lo que arraiga en el hueso, 1985; La lira de Orfeo, 1988. Además escribió la inacabada Trilogía de Toronto, con una única obra Asesinato y ánimas en pena de 1991. 

En los años sesenta dejó el periodismo y se dedicó a ejercer de profesor de literatura en la Universidad de Toronto. Su último libro, como he comentado, fue Un hombre astuto, magistral resumen de toda su literatura. 

"Reencuentro" de Margaret Deland

Mary Nort y su madre, la señora North, se instalan en Old Chester, que es un pequeño pueblo norteamericano. Viven en una casita sencilla y la mayor preocupación de Mary es cuidar a su madre. Frente a su casa vive, junto a su hijo y la esposa de este, un anciano llamado Alfred Price. Ironías de la vida. Alfred, en su juventud, se prendó de la madre de Mary, de soltera Letty Morris, y ambos planearon fugarse. 
El reencuentro que da título al libro es, pues, el de dos personas ancianas a los que la vida concede una segunda oportunidad en el ocaso de su vida. Claro que nada de esto puede realizarse, en un horizonte tan poco amplio como Old Chester, sin que haya cuchicheos, comentarios, cotilleos y todas esas conversaciones que sazonan las tardes de invierno y las dulces mañanas de verano. 
El pueblo revivirá al compás de la historia de Alfred y Letty; ellos sentirán que es posible amar en todas las edades y quizá también Mary aprenda algo. 
Este es el argumento de este delicioso libro que publicó en 2015 la editorial D´Epoca, en una colección exclusivamente dedicada a "nouvelles" vintages. Ah, las "nouvelles"...Tengo que deciros que es uno de los géneros literarios que más me gustan. Novelitas cortas en extensión pero llenas de sal y pimienta, suficientes para sazonar un buen guiso. Cuando las acabas, pronto desde luego, siempre te dejan un buen sabor de boca. En este caso el libro tiene un diseño precioso, recordando las publicaciones antiguas y es ideal para bibliófilos, para esa gente que, como yo, disfruta teniendo en sus manos una pequeña obra de arte. 
Pero ¿quién es Margaret Deland? ¿Quién es esta escritora de la que antes de este libro no había oído hablar? Deland nació en Pittsburg, Pensilvania, en 1857. Huérfana de madre fue educada por sus tíos y se casó con Lorin F. Deland, que poseía una editorial. Fue una activista por los derechos de las mujeres, en los que creía firmemente y defendió de forma pública. Escribió al menos 33 libros, entre los que hay novelas, colecciones de cuentos y poemas. Considerada dentro de la corriente del realismo americano, sus obras presentan el gusto por el detalle y por la exaltación de las emociones y sentimientos propios de otras autoras, como Elizabeth Gaskell, con quien ha sido comparada. Escribió una serie de libros centrados en la vida del pequeño pueblo de Old Chester, una especie de fresco de la sentimentalidad y el modo de vida bostonianos.

domingo, 22 de enero de 2017

O déjame vivir


(Summertime. William Kay Blacklock. 1872-1922)

Dejó atrás las palabras y fue a buscar las flores. Las palabras siempre le suponían inquietud, no sabía contestarlas, no sabía convertirlas en ideas, no sabía cómo escapar de ellas. La gente las pronunciaba con toda seguridad pero ella no las entendía, no podía comprender cómo su corazón permanecía impermeable a pesar del aluvión de sonidos, de recomendaciones, de preguntas, que nunca contestaba. 

Llegó a entender que estaba sola y eso porque en su casa las ventanas describían un círculo de luz al abrirse y no existía en ellas la sombra. La casa en soledad tenía un sonido perfecto. El tic tac del reloj se mezclaba con el ronroneo de la gata, que se escondía debajo de las mesas y de los sofás sin que nadie pudiera encontrarla si ella no lo quería. Entendió que los parientes que habían venido al duelo se habían marchado y que esos ropajes negros, con velos y faldas de tela gruesa eran los que ella debía vestir a partir de ahora. 

Pero nunca entendió el significado de esos ritos. El dolor estaba dentro de ella y no cambiaría por la forma de vestir. Daba lo mismo muselina o terciopelo. Daba lo mismo volantes o enaguas, capelinas o sombreros. Estaba sola, sí. Su casa estaba sola, sí. Pero no quería ser un alma en pena ni esperar nada que no fuera posible. Todas las mujeres la avisaron de que un hombre tendría que sustituir lo antes posible al que se había ido. Pero ella se negó a entender que la soledad de la casa y su propia soledad dependieran de un sustituto. No era eso, se decía. Y por ello aparecía en las tardes junto al jardín, moviendo con la mano los dorados capullos, formando haces de flores dispersas y ramos ordenados, que iban a adornar una casa de ventanas abiertas, sin sonidos, sin gente, en cruel silencio. 

"L´avenir" de Isabelle Huppert


Isabelle Huppert es Nathalie, una profesora de filosofía que ama su trabajo, a sus alumnos y a su familia. Mantiene una difícil relación con su madre, una mujer acabada que se resiste a cerrar su vida y sus sueños. Tiene dos hijos razonablemente bien criados y un marido. No se le conocen amigas de esas que te acompañan de compras y te consuelan. Su mejor amigo es un antiguo alumno, un muchacho contestario y lleno de ideas que pretenden ser nuevas y cambiar el mundo. Un clásico. En pocos años será funcionario del Estado y tendrá dos hijos, aunque eso no sale en la película. 


El marido de Isabelle Huppert la engaña. Descubierto el engaño por su hija, se ve abocado a decidirse y su decisión es marcharse con su joven amante. Es un hombre mayor, con un físico poco atractivo, también filósofo, pero que ha puesto punto y final a su vida de casado sin mayores escándalos. Cuando Huppert conoce lo que ocurre le dice adiós. No hay estruendos sentimentales, ni llantos, ni preguntas. Sencillamente él se va y ella sigue con su vida. 



La muerte de su madre, la adultez de sus hijos, el divorcio, todo eso convierten su vida en una búsqueda de objetivos. Ocurren los acontecimientos uno detrás de otro, como esas rachas que aparecen sin razón de ser y se prolongan hasta que nos devastan. Entonces ella se pregunta con sinceridad qué puede hacer y decide que su trabajo, sus alumnos y sus clases de filosofía, son suficientes para sentirse feliz. Así, con naturalidad, sin renuncias aparentes.

El último reducto de su madre, el último lazo, es una gata negra que se llama Pandora. La gata viaja con ella y se queda a vivir en el campo, en ese lugar supuestamente idílico donde su alumno-amigo Fabian, vive con su novia y otros comuneros. Todo tranquilo, nada chirría. Un río que transcurre tranquilo, al estilo de las películas francesas, pero que contiene píldoras que debes digerir con el mayor cuidado. 


Porque bajo esta aparente tranquilidad brillan algunos mensajes. La aceptación del engaño no impide que trace una línea certera de separación con lo que era su marido. Cuando, en una navidad, él se presenta por su antigua casa familiar para buscar a Schopenhauer y le cuente a ella que está solo porque su nueva pareja se ha ido a visitar a su familia, no va a encontrar comprensión ni sentimentalismo. Sencillamente Huppert le dará el libro, le deseará feliz navidad y le abrirá la puerta para que se marche. Si has terminado, has terminado, sin enredos pero sin medias tintas. 

Y será también esta forma de ver la vida sin dramatismo, pero con hondura, la que la llevará a entender la distancia que hay entre ella y su privilegiado exalumno, la que la hará asumir su soledad con la valentía de quien sabe que llamar la atención no es elegante y la que la va a convertir en una mujer equilibrada, digna, sabia y llena de emociones sin sufrimientos inútiles. La vida, ah, tal y como es la vida. Ahora y en el futuro. No tiene el síndrome de Afrodita y no necesita a un hombre para ser feliz. En todo caso, a Sócrates

L´Avenir, El porvenir. Película francesa de 2016. Dirigida por Mia Hansen-Love. Protagonizada por Isabelle Huppert. 

miércoles, 18 de enero de 2017

"Felicidad familiar" de Laurie Colwin

Laurie Colwin (Manhattan, New York, 1944-1992) es una autora que conocí a través de Libros del Asteroide con la publicación de su novela "Tantos días felices". Allí abordaba el tema de la amistad y el amor, tan unidos, a través de cuatro personajes: Guido, Vincent, Misty y Holly. Costumbrismo amoroso de la mejor especie. Novela de los sentimientos. Literatura emocional con su punto de observación cotidiana, tierna e inteligente. 

La escritora, que murió muy joven, fue una buena estudiante, una mujer brillante, editora y traductora. Como en sus personajes, su origen judío forma parte de su manera de entender la vida y las relaciones humanas. Escribió cinco novelas, algunas colecciones de cuentos y ensayos de cocina, lo que no deja de ser una mezcla muy curiosa que explica las alusiones culinarias que hay en sus obras y que las mujeres, al menos, siempre agradecemos. Y los chef, que son casi todos hombres. 

En este nuevo libro cuya publicación está prevista para dentro de unos días (me confieso deseosa de leerlo porque esto es una reseña previa, una campanita que lo anuncia), el centro de la narración es una familia, la de los Solo-Miller, descendientes de judíos holandeses llegados a USA antes de la Guerra y, por tanto, miembros fundadores de lo que hoy es ese singular país de países. 

La familia Solo-Miller, con ramificaciones en Londres, Boston, Filadelfia y Nueva York, emparenta, a través de la hija, Polly (de nombre real, Dora), con otra "primera familia", la de los Demarest, pues Henry Demarest será el marido de Polly. El jefe de la familia, el padre de Polly, es un hombre obsesionado con la comida orgánica y ella misma representa el ideal de la mujer moderna en la ciudad de la modernidad por excelencia. Un buen matrimonio, unos hermosos hijos, una vida acomodada y unas costumbres sociales llenas de ritos y de encuentros fructíferos a la hora de la conversación y los gestos, no parecen bastante, en realidad y por eso su aparente felicidad semeja la espuma de los días que un aire poderoso puede barrer en cualquier momento. Un vendaval con forma de pintor que, al tiempo que trastoca los sentimientos de Polly, tambalea los cimientos de su vida entera. 

La duda es si la perdurabilidad del amor sereno es capaz de resistir a las expectativas de la pasión. La duda es qué había de verdad en esa serenidad estética de la vida en familia, de los desayunos compartidos que se unen a los almuerzos, de la diletancia de las conversaciones y los comentarios maliciosos sobre los advenedizos. 

Pura delicadeza narrativa, auguro. Y un olor incesante a la fuerza de las emociones que no pueden pasar de largo por mucho que uno trabaje en la City o consuma lechugas ecológicas. 

Felicidad familiar, Laurie Colwin. Traducción de Antonio-Prometeo Moya Valle. Libros del Asteroide. Publicación 23 de enero de 2017. 


martes, 17 de enero de 2017

Cajas de madera antigua

En la calle, bulliciosa de por sí, se formó un jaleo de campeonato. La puerta del número 39 se había abierto estrepitosamente y dos de los hijos de la familia aparecieron en ella, con cara de pocos amigos, portando a rastras unas cajas de gastada madera que no tenían cubierta. Nadie podía ver lo que contenían, porque los espectadores espontáneos que llegaban atraídos por el ruido, no tenían suficiente ángulo de visión. Pero la niña de la casa de enfrente saltó por encima de los pies de los otros y se plantó delante y asomó la cabeza y metió la nariz y descubrió los libros. 

¡Son libros, son libros! gritó. Y el grupo de mirones se fue dispersando. A buenas horas iban a pararse en libros a la hora de la siesta porque a aquellos imberbes se les hubiera ocurrido hacer limpieza de buhardillas….Pero la niña entonces se sentó en medio de la calzada, que era de piedra, dura, gris y a veces transparente cuando la lluvia la regaba, y empezó a rebuscar con cierto gesto compulsivo, sacando de la caja los libros y regándolos a su alrededor mientras leía los títulos y manoseaba las portadas. 

Así estuvo un buen rato, tanto que llegó el anochecer, esa hora indecisa en la que no se sabe si comienza o acaba el día y que, por eso mismo, a ella no le gustaba. Pero, en esta ocasión, absorta en la caza de los libros no pudo evitar que las sombras de la noche golpearan de pronto su cabeza y le recordaran que ya debía estar en casa. Mientras tanto, los hermanos porteadores se habían marchado y no quedaba ni un alma en la calle salvo los libros, si es que tienen alma, la niña y las cajas de vieja madera. 

Una vez hubo terminado la inspección convino en que casi todos los libros le gustaban. Dos o tres muy pesados de jardinería y alguno de cocina estaban fuera de su interés. Pero tirar libros o dejarlos en el suelo le parecía un pecado. Quiso asegurarse de que podía disponer del hallazgo y llamó a la puerta del 39. Asomó la cabeza la madre, rectilínea y con gesto de pájaro, y le afirmó con monosílabos que sí, no quería los libros, que hiciera con ellos lo que le diera en gana. 

Entonces la niña volvió a su propia casa, rápidamente para que nadie pudiera adueñarse de aquel tesoro, y llamó a su legión de hermanas. Salieron todas: Beatriz, Úrsula, Irene, Inés, Violeta…se asomaron a la puerta y le dijeron que si estaba loca. Jajajajajajaja. Sí, contestó ella, pero ayudadme que tenemos que trasladar todo esto a casa. ¿Todo? ¿Ese montón de libracos y esas cajas vencidas? Sí, todo, afirmó resuelta la niña. Venga, ea, vamos palante.

Se formó allí mismo una extraña procesión que movía los libros de unas manos a otras, llegaban a la casa, los dejaban encima de una mesa, volvían a salir, cruzaban la calle, cogían otros libros y así mucho rato. Y luego las cajas, que amontonaron en la casapuerta en un sitio que no estorbara el paso. Las niñas se reían mientras hacían el trabajo y se empujaban a veces unas a otras, llenas de bromas y de dichos alegres. La noche las sorprendió a casi todas aprisionando un libro entre las manos y leyendo con ansia las palabra impresas. Así ocurrió también los días sucesivos. Algunos de esos libros existen todavía. Podrías verlos si te asomas sin ser visto por aquellas ventanas. En todo caso, leyeron, ya lo creo que leyeron. 

Citas


Ella (para sí): Dentro de tres horas lo veré. Tres horas solamente. Tengo que pensar qué voy a ponerme. No es fácil. Me gustaría tener buen aspecto pero no resultar exagerada. Que no parezca que estoy deseando verle. Oh, pero sí estoy deseando verle. Y sí quiero estar guapa. No sé. Quizá un vestido. No. El último no le gustó, decía que los cuadros engordaban. Y una falda estrecha a mediodía parece un poco provocativo. Lo mejor, un vaquero y un jersey. Sí, eso siempre queda bien. Aunque me lavaré el pelo y me pasaré la plancha para que quede liso y brillante. Ay, parezco un anuncio de champú. Y esos zapatos nuevos, los de color cereza...Sí, esta es la ocasión de estrenarlos. Con los vaqueros quedará muy bien. El azul con el cereza hacen una buena combinación. Y el jersey azul que tiene en el escote pequeñas estrellitas, con esa camisa celeste tan estilosa... Sí, creo que sí. Oh, solo tres horas. En tres horas lo veré. Me parece mentira. 

Él (a ella): Si no te importa me siento yo de cara a la puerta. Me gusta ver la gente que entra y sale. Oh, una llamada en el móvil. Tengo que contestarla. Voy a salir a la calle a hablar. (Vuelve a los diez minutos). Mira, no sé si has visto la carta, pero yo no tengo ganas de comer, estos días he salido mucho y estoy hasta arriba. Cualquier cosa para mí, total, este sitio no me gusta mucho. Jajajajajaja. Lo que en realidad me apetece a esta hora es dormir la siesta, tengo sueño atrasado. No mujer, ya que estamos aquí comemos algo y nos vamos temprano. ¿Te has enfadado? Hay que ver como sois las mujeres, enseguida reproches y enfados, no sé cómo os aguantamos. Por cierto, ese jersey no te sienta muy bien, demasiado adorno, un poco exagerado ¿no?. ¿Postre? No, no, prefiero que paguemos y nos vayamos. (De pie). Vámonos. 

Ella (para sí): ¿Aprenderé? 

lunes, 16 de enero de 2017

Soy guapa pero eso no importa

La mujer se sentía fea, muy fea. Llevaba así algunos meses, quizá años. Es fácil de entender. Las mujeres, algunas mujeres, no se ven a sí mismas como son sino que miran por los ojos de otros. Si amas a alguien, seguramente son sus ojos los que te importan. El hombre la veía fea. Siempre andaba ponderando la belleza de otras ninfas que rodeaban su espacio y ella, la mujer, sabía que nunca podría acceder a ese lugar sagrado, porque era fea. 

La fealdad convirtió a la mujer en insegura. La inseguridad en dubitativa. La duda en triste. Así la mujer era fea y triste, dos de las cosas que el hombre no soportaba. Él quería alegres chicas de corazón vibrante, positividad y luz transversal. Todo lo que los programas de coaching intentan vender lo quería él para sus chicas. Pero la mujer no se acercaba ni de lejos a ese modelo. De forma que su mirada se enturbiaba cada vez que se acercaba al espejo y veía ese tono de tristeza que parecía cubrirlo todo. 

Pero hay cosas que no pueden durar demasiado tiempo. Mentiras que se desvanecen por sí mismas. Y siempre es la bondad la que reclama su sitio. Y la inteligencia la que conmueve. Y la emoción la que resalta sobre la estulticia y la maldad. De forma que la mujer, por una carambola del destino, observó la estratagema y logró zafarse de esa visión deteriorada y sucia que había tenido de ella misma. No le hizo falta siquiera escuchar a Emma Thompson explicar que las actrices no son modelos y que las mujeres tienen cerebro y corazón antes que piernas y culo. 

Cuando la mujer entendió que su ingenio era chispeante, que su vocabulario era muy rico, que su alegría cautivaba, que su estilo tenía charme, que su corazón derramaba una inaudita generosidad, vio también, sin pretenderlo, que era guapa y que su belleza era mucho más duradera que la de las chispeantes chicas de Colsada. No hizo falta espejo. Lo notó en su corazón. No hizo falta más. El hombre ni siquiera lo sabe. Pero es que sabe muy pocas cosas. 

De lo triste


Una vez la mujer conoció a un triunfador. El hombre vestía con trajes de marca, acudía a festejos y acontecimientos importantes, se codeaba con lo más granado de la sociedad y recibía condecoraciones y premios. En las fotos, el hombre apoyaba graciosamente la barbilla en el dorso de una de sus manos y miraba pícaro a la cámara, mientras sonreía apenas y esbozaba un gesto de displicencia muy atractivo. Así, el hombre paseaba su éxito por entre todos y la gente lo admiraba y lo envidiaba a partes iguales. Pocos, eso sí, lo querían. 

La mujer notó ese pequeño clic que ata un lazo invisible entre unas personas y otras y creyó en lo que ese hombre era y lo entendió sin palabras. Desde ese momento ella estuvo atenta a sus pasos y a sus dudas. Recibió, como un contenedor de basura que no tiene criterio ecológico, todo lo que él desprendía, siempre negativo, siempre malicioso: dolor, frustración, miedo, angustia, cobardía, soledad, escasez, enfermedad, angustia...A veces, en un gesto de altivez suprema, caían al contenedor algunas finas huellas de amores gastados, de besos de otros tiempos, de paseos inacabados por lugares románticos.

Pasaron muchos años y la mujer notó el cansancio de la espera que no conducía a nada. El hombre, como suele ocurrir con aquellos que no saben lo que es la entrega, ni la generosa y simple llama del amor compartido, anduvo más deprisa el trecho que hacia la desilusión le iba conduciendo. Su amargura se convirtió en desdén, su desamor en odio, su falta de empatía en descontento. La mujer decidió entonces que ese contenedor estaba tan lleno que todo le sobraba y se alejó, sin mirar atrás, del hombre triste que, intentando imaginar una sola luz que lo alumbrara, se encontró con oscuridad sin final, con suciedad sin límites, con vacíos que no podían llenarse ya, ni entonces ni en el tiempo futuro. 

domingo, 15 de enero de 2017

Por qué hay que leer a Jane Austen (incluso los hombres)


Siete de cada diez lectores de Jane Austen son mujeres. Siete de cada diez lectores de novela son mujeres. La escritora alertó en las primeras páginas de "La abadía de Northanger" del desprecio que hacia el género "novela" tenían los críticos literarios. La crítica literaria ya se cubría de gloria en aquellos tiempos, según parece. Yo añado: siete de cada diez lectores de lo que sea (excepto periódicos deportivos) son mujeres. 

Hay que leer a Jane Austen si quieres conocer los entresijos de la naturaleza humana. Cuando hablamos de naturaleza humana, lo hacemos de emociones, pensamientos, sentimientos y conductas. Olvídate del coaching (ese invento brutal por el cual supuestos magos nos convierten en oradores en un santiamén), olvídate del shopping (ya sabes, la terapia que deja hecha unos zorros tu tarjeta bancaria a base de recorrerte supuestas ofertas), olvídate de las redes sociales (y de esos "guapaaaaa" que te brindan tus "amigos" sabiendo que no son verdad). Olvídate de todo eso si quieres entender y entenderte. Jane Austen cuenta algunos hechos, no es como esos autores que te dan pelos y señales de todo lo que ocurre "se levantó, se lavó la cara, fue a la cocina, se hizo el desayuno, bla, bla, bla....)", pero desentraña el interior como nadie. Desmenuza la vida, esa que se vive hacia dentro y se manifiesta hacia fuera. 

Hay que leer a Austen si quieres disfrutar de personajes únicos. Sin estereotipos, con enorme variedad de matices, hechos por dentro y por fuera, sin cartón piedra, nada de actores, personas, hombres y mujeres a los que puedes ver como si estuvieran delante tuya. Si algún día encontrara por la calle a Darcy lo reconocería. Y lo mismo puede decirse de los demás. Caracterizaciones fabulosas, hechas a cincel, sin esa pasada de simplicidad que usan otros, a fondo, totales. 

Hay que leerla si quieres divertirte con situaciones llenas de comicidad y de sentido del humor. Al contrario que las Brontë, tan plastas ellas, Jane Austen es una mujer graciosa, con un toque elegante y, a la vez, cáustico, ácido, corrosivo, incluso premeditadamente noir. Reir es una de las cosas que nos pueden hacer más felices y ella contribuye a esa felicidad por medio de una risa meditada, a veces de una risa llena de matices, otras, de una risa loca. 

Hay que leerla porque fomenta la conversación. Las conversaciones son el valor más seguro de los libros Austen. Hablar, hablar, hablar, pero no en plan verborrea absurda sino con sentido, sensibilidad, orgullo, prejuicio y buenas maneras. El arte de conversar, que parece haberse perdido, se recupera en estas novelas, donde los personajes dedican mucho tiempo a contarse cosas, a interrogarse acerca de la vida y a pormenorizar situaciones. 

Hay que leerla porque muestra lo beneficioso que es el interés por los demás. El cotilleo, cuando se lleva a las más altas cotas, es decir, cuando supone saber qué les pasa a los otros y tratar de descifrar sus conductas y motivaciones, es un ejercicio mental que pone las pilas. 

Hay que leerla porque nos produce ganas de pasear y de estar al aire libre. Jane Austen estaba en contra del sedentarismo. Todos sus personajes son andarines, sobre todo ellas, que dedican una parte del día al paseo y, en ocasiones, a ejercicios aún más fuertes. El aire libre y la naturaleza presenta grandes beneficios según la forma en la que en sus obras aparecen reflejados. 

Hay que leerla porque todas las mujeres no son bobas ni  todos los hombres canallas. Austen huye de los maniqueísmos, da oportunidades a todos para que se formen su propia opinión y presentan a una sociedad con matices, con muchos matices, porque así es la vida y así son las situaciones humanas. Eso nos ayuda a pensar, a reflexionar y a observar cómo los humanos nos comportamos en las distintas ocasiones de la vida. Es un tratado filosófico del arte de vivir. 


Hay que leerla para entender muchas referencias literarias y cinematográficas que no puedes perderte.   En la película "Tienes un e-mail" Joe lee este libro que es el favorito de Kathleen, mientras espera la cita a ciegas. En "Diario de Bridget Jones", el personaje del protagonista está inspirado en el señor Darcy. La inspiración que ha supuesto Jane Austen para escritores, cineastas y artistas en general, es enorme. 

Hay una última razón, absolutamente egoísta: Hay que leerla para ser más felices, para disfrutar más, para sentir un enorme placer, un ay de dicha solo para ti. 

jueves, 12 de enero de 2017

Por qué no debiste leer "El Principito"

Tanto como denostamos a los libros de autoayuda y llevamos años y décadas leyendo uno de ellos, tomándolo como cierto y convirtiéndolo en nuestro evangelio. Los niños pequeños se suman a esta vorágine lectora y no digamos los adolescentes, para quien el pequeño príncipe planetario es el verdadero augur de la vida sobre la tierra.

Los mayores, hastiados de sus enseñanzas, intentamos reflexionar sobre si alguna verdad existe en ellas y concluimos que nuestras mochilas actuales se deben a que el libro nos convirtió en sufridores, incapaces de luchar por lo que somos y queremos.

He aquí, en la siguiente ilustración, dos elementos fundamentales de esta gigantesca operación de marketing sentimental: el niño riega la rosa, la rosa se hace grande y, por eso mismo, porque la rosa se ha hecho grande con su riego, porque le ha dedicado tiempo, el muchacho tiene que cargar toda la vida con la rosa. Lo mismo da que sea una rosa roja o blanca, simpática o ácida, buena o mala. Hay que cargar con la rosa sí o sí. Y eso puedes aplicarlo a cualquier situación, persona o sentimiento. Es una mochila que no puede separarse de uno mismo. La rosa perpetua. La rosa tatuada. Sin Anna Magnani. Un planazo. 

A continuación, en la misma imagen, la leyenda que ejemplifica la mayor de las mentiras del libro: "Lo esencial es invisible a los ojos". Le falta la primera parte, otra falacia: "Solo se ve con el corazón".

Unamos a esto la algarabía y el alborozo de todos los que nos sintamos feos, bajos, gordos, poco agraciados, llenos de defectos, mal vestidos, patosos...todos aquellos que nunca seríamos adorados por nuestro físico o por nuestra conducta inmediata porque tenemos la salvación en esa leyenda. Lo que no se ve es lo que importa. ¿Qué es lo que no se ve? He aquí la cuestión. ¿El espíritu? Y ¿de qué manera puede uno saber cómo es el espíritu de los otros? ¿Ciencia infusa? ¿Magia? En todo caso, sea como sea, nos quedaremos muy tranquilos porque nuestra fealdad está siendo redimida por un niño que pulula de planeta en planeta. Un niño inquieto, hiperactivo y que no sabe lo que quiere. De esta manera empezamos a soñar con que se enamoren de nosotros simplemente por nuestro espíritu, nuestra alma o cualquier otro aditamento interno y que está fuera de la vista. O que nos contraten en un buen trabajo por nuestro buen corazón, invisible, desde luego.

Cuando nos pegamos el porrazo, al aterrizar en la vida real, lloramos al saber que las guapas ligan más que las feas, que son más amadas y estimadas y que, jajajajajajaja, lo que se ve por dentro importa menos que un trozo de cometa en medio de un tsunami en una selección de personal, por mucho coaching que hayas buscado a modo de director de orquesta. 


¿No os suena esto último a Paulo Coelho directamente? ¿O a coach desenfrenado? Una confusión estelar en la que una se interroga a sí misma y que oculta el deseo de hallar nuestra propia estrella. ¿Es una estrella real? ¿Significa la consecución de los sueños? 

A lo que se ve todo el universo conspira para encender una luz tan suficientemente amplia como para que todos reconozcamos a una estrella como nuestra. ¿Qué pasa si tenemos allí en el éter una estrella? ¿Nos sirve de algo? ¿Le rezamos, le pedimos deseos? ¿Qué nos aporta esa estrella a nuestra vida, suponiendo que la tengamos asignada? ¿Y si nos equivocamos de estrella? ¿Y si la estrella no quiere venir con nosotros, y si nos cae mal? ¿Y si no tenemos estrella? Y, en todo caso ¿para qué demonios sirve la tal estrella? ¿Nos acunará, os aliviará del dolor, nos dará pasta cuando haya que pagar la hipoteca, nos hará más felices? Basta ya de estrellamientos inútiles....


En esta pretensión de que tu propio zorro se convierta en el zorro number one solamente porque tú lo hayas elegido como amigo, hay mucho de prepotencia, hay que reconocerlo. Este muchacho no se para en barras. Todo lo que toca lo dota de una capacidad de ser único y milagroso tanto que me pregunto si no es una especie de profeta sideral aún no identificado. El caso es que, entre su rosa, que era suya, entre el zorro, que también era suyo y sus frases, que eran suyas, nos crearon un lazo en torno a la cursilería sintomática y sistemática más aguda de todas las que son el mundo literario. Solo un farsante de tomo y lomo puede hacernos comulgar con estas ruedas de molino. Y disfrazado de buenísimo, claro, porque en caso contrario ya hubiéramos puesto pies en polvorosa.

Porque el problema de "El Principito" es que trascendió de la literatura a los altares y sus frases son preceptos, sus ideas son dogmas y sus consejos seguidos al pie de la letra. Tengo que soportar y aguantar toda la vida a un amigo al que detesto precisamente porque es o era mi amigo. Y así con todo. La teoría del sacrificio, la teoría del aguante por los siglos de los siglos, la teoría de la infelicidad llevada al extremo. Fuera divorcios. Fuera cambio de vida. Todos a sufrir religiosamente. 


Algunas de sus afirmaciones son tan absurdas como esta. Como no es nada partidario de las sorpresas ni de las improvisaciones, se atreve a elaborar una teoría de anticipación de la felicidad basada en que antes de las citas tú te das un margen previo para empezar a disfrutar de la misma. Yo le argumentaría en contra que, antes de la cita, no te da tiempo a disfrutar porque tienes que estar preparándote para ella, eligiendo la ropa, el maquillaje, el peinado y otras fruslerías frívolas, que, seguramente, este muchacho desconocía. Otro ejemplo de sofisma que hizo mucho daño en su tiempo a aquellos que osaban llegar un poco tarde al encuentro y se encontraban a la pareja de morros recitando al Pequeño Príncipe, ese gurú de los supuestos buenos sentimientos, anticipación del coaching, de los gurús de la autoayuda y de los charlatanes de feria y vendedores de pócimas. 



Esta última frase merece una réplica. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Muchísimos más malos entendidos se producen con el silencio. 

Ese resquemor que de pequeña me producía este chico deambulando de planeta en planeta, tan quisquilloso, dividiendo el mundo en buenos y malos, con tan escasa comprensión de la naturaleza humana y sus defectos, defensor a ultranza de sus cosas porque eran suyas como única razón, ha desembocado en una abierta crítica ahora de mayor. Como dice alguien a quien admiro: Lees "El Principito", luego ves "Los puentes de Madison"  y ya no remontas. 

El Principito es un libro sobrevalorado. Parte de una concepción elitista de la vida según la cual unos están predestinados a tener razón y otros son unos pobres parias equivocados. El chaval presenta una prepotencia inadecuada a su edad y condición. Los niños se quedan atónitos al leerlo, al principio no lo entienden en absoluto y por eso se simplifica el mensaje y se queda en cuatro frases hechas, a modo de eslóganes, que las criaturas aprenden sin más. Todas esas frases contextualizadas son la ruina intelectual de quien se las cree. Te enseña a ser paciente sin crítica, a cargar sobre ti todas las mochilas que te hayan adjudicado quienes sean y sin motivo alguno, no hay tiempo para el cambio, la esperanza, la lucha por la felicidad, porque todo consiste en que lo tuyo es bueno sin más, sin ánimo de crítica ni de revolución. Una pesadez de libro que no debería leerse, si es que hay que leerlo, hasta los cuarenta años por lo menos. Antes, es indigesto. Y tiene un elemento que favorece esa inmersión principesca hasta las trancas: los dibujos. Sin dibujos, sería la mitad de lo que es. Pero esos dibujos son nuestra perdición. Nadie se puede sustraer a su influjo. Y así nos va. 

Solo tengo una esperanza: que sea mentira tanta devoción. 

martes, 10 de enero de 2017

Conversaciones a la caída de la tarde


(Pintura. Angelica Kauffman)

Era muy frecuente, en esa hora previa del atardecer, que las mujeres se sentaran a la sombra, en una esquina del patio en verano o, en invierno, cerca de la mesa de la cocina, para hablar de sus cosas. Eran cuatro. La dueña de la casa, la más joven, ejercía de maestra de ceremonias, invitaba a café, sacaba de la despensa unas pastas recién hechas (tenía mucha mano para la repostería) y canturreaba sin darse cuenta mientras hacía los preparativos. En el patio, los niños jugaban y se reían. Las risas cruzaban el aire y entraban por la ventana. Mientras que rieran ella estaría tranquila. 

La segunda mujer era la mayor de todas, una especie de jefe espiritual de la calle, una persona con sentido común, muy trabajadora y dispuesta siempre a ayudar. Tenía un aire hosco que no se correspondía con su bondad y reñía sin compasión a todos los niños. Se creía con derecho a ello porque sabía siempre cuál era el bien y cuál el mal. 

Otra de las mujeres era muy tímida. Apenas esbozaba palabra, pero le gustaba escuchar a las otras y rara vez las interrumpía. Era una mujer fea y eso había condicionado su vida. La fealdad tan aparente y su timidez se aliaron para convertirla en alguien raro. Sin embargo, en ese círculo pequeño de las cuatro, ella se encontraba acogida, dispuesta siempre a ser escuchada si algún día se obraba el milagro de la comunicación. 

La cuarta mujer era bastante ingenua. Procedía de un enclave rural que la había hecho extrañarse de todo, del progreso, de la ciudad, de la vida. Solo tenía un hijo y esto la ponía en clara desventaja con respecto a las otras, así que sus opiniones tenían menos valor, eran menos exactas. Sin embargo, gozaba de una alegría de vivir que se transparentaba en cada gesto. Era una mujer feliz, a pesar de todo. 

Las historias aparecían cuando las cuatro se sentaban, unas junto a otras, las cabezas casi juntas y los brazos doblados sobre el cuerpo. Eran historias que lo resumían todo, la vida cotidiana estaba en ellas y sus palabras, las que usaban para expresarlas, parecían anidar en huecos de pájaros, en sembrados de flores silvestres. Pronunciaban con cuidado de no ser oídas y todo se cubría de cursivas. Eran temas delicados que servían para estrechar los lazos que las unían. Ninguna de ellas conocía demasiado mundo. Se habían casado jóvenes y eran inexpertas en realidad pero gozaban de la suerte de la conversación, se intercambiaban mensajes cifrados con los ojos y no necesitaban teléfono ni redes, lo tenían todo al alcance de la mano. 

La niña habría querido oírlas. Un tesoro de erudición acerca del alma femenina se escondía allí. Pero eso no era posible. Estaba terminantemente prohibido que las niñas entraran en el paraíso prohibido de las historias de amor y desamor, de los amantes o los maridos que no pasarían a la historia por sus bondades, del desatino que les producía a las mujeres el paso del tiempo o de las luchas con su propia corazón por ser otras. 

La niña solo imaginaba, por la expresión de los rostros o el movimiento de las manos, qué era aquello que se movía a poca distancia de ella, pero tan lejos, tan absolutamente lejos de su alcance, tan ajeno, tan complicado y difícil. Porque todo era parte de una función de teatro que no se representaría hasta muchos años después. 

domingo, 8 de enero de 2017

Jane Austen: una filosofía del escándalo


Comencé a leer a Jane Austen en un momento indeterminado de hace algunos años. El paso del tiempo se revela impreciso y no sabría decir cuántos. La costumbre de anotar las fechas en los libros que compro podría ayudarme pero el primero de ellos, una edición de quiosco de "Orgullo y prejuicio", no está ahora mismo a mano. Como Umbral, me van a permitir que no me levante a buscarlo. Sea cual sea el tiempo, el año, el día preciso, de esa lectura, fue un descubrimiento. La lectura de ese libro me puso en la pista de otras lecturas posteriores, no solamente de Austen sino de mujeres que escribían, de literatura anglosajona, de otro tipo de obras. Las que yo califico como de "novelas de la emoción". Es la poesía indudablemente el género en el que los sentimientos, pensamientos, ideas y conductas se convierten en emociones, en un trasiego casi psicológico que termina por ocultar los hechos y por salvaguardar el espíritu. Pero en las novelas de Jane Austen encontré esa misma capacidad de ocultamiento. Recubrir lo que se siente por medio de pequeñas anécdotas, idas y venidas, visitas, bailes y conversaciones. En la vida real, la que yo vivo al menos, también utilizo este ardid. No te cuento lo que siento salvo porque te relato lo que hago. 

Cuando, desde hace años, y desde esta primera lectura, he tratado de convertir a los demás a la fe austeniana, me he topado siempre con el prejuicio de pensar que es una obrita para damas, que habla de cosas antiguas que ya no interesan y que está llena de convenciones, ideas arcaicas y, en suma, de costumbrismo sentimental. Si alguien saca esta conclusión debe ser, sin duda, porque no ha leído estos libros o porque no es capaz de entender ningún otro, ni siquiera el más sencillo de los cuentos de hadas (suponiendo que alguno exista con la suficiente sencillez). No. El juego de los espejos que utiliza esta mujer para escribir, es la forma en la que su inteligente imaginación transforma la realidad para que nada de lo que aparezca en su relato sea manido, trillado o convencional. He aquí el secreto de su filosofía. Lo convencional es únicamente la apariencia. El telón de fondo. El paisaje. Pero, a poco que te introduzcas en ellos, en los personajes, lugares y acontecimientos, podrás descubrir que su mano actúa como la del segador que va abriéndose paso por el campo de trigo, dejando solo las raíces y arrojando al aire todo lo demás. 


Seguramente la única forma en la que una joven de su época podía dar a la luz estas novelas era a través de una supuesta sumisión a la forma literaria o a los contenidos que tenían el nihil obstat de la época. Pero no creo que fuera esta la causa de su manera de hacer, sino que esta fue fruto de una elección que la llevó a crear su propio estilo. Su "maniera" si usamos un término artístico. El estilo Austen parte de una filosofía del escándalo, por la cual se cuestionan los cimientos de la vida social y personal de su época. Los mayorazgos, el desprecio a las mujeres, la sumisión a los hombres, los matrimonios de conveniencia, el amor como estorbo, el lujo de quererse y de odiarse, los lazos familiares, los parientes incómodos, los vecinos cotillas, las apariencias ante la servidumbre, los pobres que no quieren serlo, el papel de los clérigos...y todo un arsenal de pequeños detalles que constreñían la vida de las personas hasta el punto de que estaba milimetrada desde que nacían. 

Todas esas verdades absolutas son movilizadas y sacudidas por Jane Austen. Y lo hace sin ira, sin enojo y sin violencia. Delicadamente. Una inteligencia aplicada a conocer y a relatar. El relato en sus manos es una fuente de sabiduría y también una manera de enfrentarse al mundo. Su propio papel en el círculo familiar así lo certifica. Y ese convencimiento personal de que no era una mujer que escribía (lo que supondría un hobbie, una ocupación, una actitud de diletancia) sino una "escritora", es el resumen exacto de lo que pretendió hacer, con voluntad de permanencia manriqueña y tozuda. 


Resulta muy curioso cómo desarrollándose el tiempo de sus obras en momentos convulsos de la historia de Inglaterra, ella deje de lado ese cuadro exterior para centrarse en lo que a los hombres y a las mujeres les afecta. La apuesta por las emociones es, en sí misma, algo escandaloso. Hasta entonces nadie había entendido (y todavía muchos no lo entienden) que la revolución mayor es la de los gestos y que las guerras más cruentas se libran en el interior de cada uno de nosotros.

(Bicentenario de la muerte de Jane Austen: 1775-1817)

jueves, 5 de enero de 2017

Más libros para el 2017


Javier Cercas, que obtuvo un éxito muy destacado con "Soldados de Salamina", éxito que luego no se refrendó con sus siguientes obras, publica de la mano de Random House "El monarca de las sombras", en ese estilo histórico con aspectos novelados que ya ha manejado otras veces. 

Por su parte, Virginie Despentes, en la misma editorial, lanzará "Vernon Subutex 2" y Philipp Meyer "El valle del óxido", también con Random, en lo que promete ser un futuro best. 

Sobre Freud habrá nuevos estudios y publicaciones, entre ellos el inédito "La hipnosis" que recoge los escritos sobre este tema que el psicoanalista dejó elaborados. Lo publicará Ariel. 

Tusquets hace dos apuestas: la primera es la nueva novela de Luis Landero "La vida negociable" y la segunda una reflexión sobre el paso de los días, con título "El tiempo", escrita por Rüdiger Safranski. 

El guatemalteco Eduardo Halfon vuelve con otro libro "Clases de hebreo", publicado por Fulgencio Pimentel. Y Coetzee sacará la continuación de "La infancia de Jesús", con "Los días de Jesús en la escuela", con Random House de nuevo. 

El último libro de Enrique Vila-Matas es "Mac y su contratiempo", publicado por Seix-Barral. Y Anagrama sacará dos obras muy diferentes. "Coincidencias" de Luis Goytisolo, de género indescifrable y "Años felices" esto sí, una novela, de Gonzalo Torné. 

Por último, dentro de la ingente literatura que recordará el centenario de la Revolución Soviética está este "El tren de Lenin" de Catherine Merridale, publicado por Crítica. 

domingo, 1 de enero de 2017

Libros para el 2017


(Ian McEwan. Hampshire, Reino Unido, 1948)

Anunciar los libros que vamos a tener ocasión de ver publicados en 2017 es un clásico de este día de final de año. Resulta muy entretenido observar cómo algunos autores tienen ya preparado su libro de cada año y cómo se programan aniversarios y ediciones especiales. La selección que cada uno hace de estas esperas es tan variada como lectores hay. Así que esta que yo escribo aquí, en la primera entrada de este blog en 2017, es muy personal y elegida sin querer ser exhaustiva. 

Ian McEwan publicará con Anagrama "Cáscara de nuez". Por su parte, Salamandra sacará un nuevo libro de Dennis Lehane, de título "Ese mundo desaparecido". Lo noir continuará en la obra de Benjamin Black "Las sombras de Quirke" de Alfaguara. 


(John Banville-Benjamin Black, Wexford, Irlanda, 1945)

Muy atractivo es el panorama de la publicación de libros de relatos. Desde hace unos años viene ocurriendo así y el cuento ha dejado de ser la oveja negra de la literatura. En esta ocasión son tres mujeres las que están anunciadas para publicar algo que llenará nuestras estanterías casi con toda seguridad. Una de ellas está siendo recuperada pacientemente ya que las circunstancias de su vida y de su muerte impidió su publicación en vida. Se trata de Irène Némirovsky de la que publicará Salamandra en este 2017 el volumen de cuentos "Domingo". Por otro lado, la siempre candidata al Nobel de Literatura Joyce Carol Oates presenta otro libro de relatos, como el último que publicó, que, en esta ocasión se llama "Dame tu corazón" y que publica en castellano, la editorial Gatopardo. 


(Dennis Lehane, Boston, USA, 1965)

El tercer libro de cuentes viene de la mano de Natalia Ginzburg y de Lumen. Se titula "A propósito de las mujeres" y dada la trayectoria de esta escritora ya me despierta inusitado interés. 

Más cosas literarias de este 2017. El bicentenario de la muerte de Jane Austen, el centenario de Gloria Fuertes y el de Carson McCullers. De este escritor Seix Barral reeditará toda su obra. 

En cuanto a Editoriales, es Siruela la que tiene ya presto el catálogo de sus novedades para el primer trimestre de 2017 que incluye dos libros para mí muy interesantes: el ensayo de D. H. Lawrence "El amor es la felicidad del mundo" y entre los clásicos policíacos el libro de Elizabeth Daly "Una dirección equivocada".