viernes, 30 de septiembre de 2016

Naufragio



Cuando quieres a alguien unilateralmente se produce un desperdicio de energía que te cansa mucho más que subir al Everest. Te levantas agotada de apenas dormir. Asustada de pensar cómo de terrible será el día. Con los ojos arrugados y llenos de la huella húmeda de unas lágrimas pertinaces. Ansiosa, con el corazón temblando de rabia y desazón. Ridícula porque siempre harás algo que te ponga en evidencia. Incomprendida ya que no hay nadie que pueda ponerse en tu lugar y asimilar ese punto de vista que te impide dejar de querer.Básicamente sola teniendo en cuenta que él no te quiere y que la compañía de otros no te sirve. 

Sabes que su recuerdo o su presencia o sus hechos y palabras te producen daño pero no puedes salir corriendo, hay un imán insano que lo impide. A veces esa impotencia se refleja en tus sueños. Eres una mariposa en un bote de cristal. Tus alas son esplendorosas y llenas de color pero el bote es detestable, sucio, lleno de mugre y, tarde o temprano, tus alas acabarán atrapadas por una sustancia pegajosa que las destrozará. Así algunos amores terminan siendo la fuente del mayor dolor y tú una náufraga sin equipaje, apenas un cuaderno vacío y un lápiz de punta desgastada.

"Las dos señoras Grenville" Dominick Dunne

Dominick Dunne (1925-2009) fue católico, de origen irlandés, cineasta y escritor. Y, además, comentarista de sociedad en Vanity Fair, publicación con la que mantuvo una larga relación salpicada de escándalos. En todo caso, Dunne conocía muy bien el modo de vida americano y sus dos polos de atracción: Nueva York y Los Ángeles. 

Esa dedicación al cotilleo puede tener que ver con el gusto por los detalles que desliza en su estilo literario. Descripciones que te trasladan al lugar de los hechos, podíamos decir, de los que no solo observamos su aspecto, sino también su olor y su sabor. Miradas de interior. Pequeñas cuestiones cotidianas que pasarían desapercibidas a un observador menos atento. 

Esta novela, publicada en 1985, con sesenta años cumplidos, fue su primer éxito como escritor. En ella se narra cómo Billy Grenville (William Grenville Junior) conoce a una corista, llamada Ann Arden (antes Urse Mertens) y se enamora perdidamente de ella. La madre de Billy, Alice Grenville, no aceptará esta situación. Ellos pertenecen a una de las familias más importantes de Nueva York y no es de recibo que su querido hijo ande en tratos con gente de tan poca clase. Ann Arden es para Alice Grenville una arribista sin escrúpulos que quiere introducirse con malas artes en el mundo de la alta sociedad a la que, de ninguna manera, podría aspirar. Cualquier madre de cuatro hijas y un hijo hubiera reaccionado igual. Sobre todo si el hijo es un joven encantador, alférez de Marina, a quien le pierde el romanticismo. 

La opinión de su madre no impedirá ese desigual matrimonio y, desde ese momento, Ann Arden luchará consigo misma y con el entorno, para ser una mujer elegante, aceptada por los conocidos de su marido. Esa ambición preside su comportamiento. Sin embargo, cuando Billy Arden muere de una forma poco explicada, las sospechas recaerán sobre su mujer. Nadie sabrá nunca qué pasó y el velo de la incertidumbre rodeará para siempre a su viuda. 

La narración de Dunne es prodigiosamente detallista y tiene el mismo glamour que él adjudica a Anne, no guapa, sino glamurosa. Cualquiera de nosotras sabe exactamente qué significa eso. Una mujer con estilo, que sabe llevar la ropa y que tiene gracia y ángel. La belleza es totalmente accesoria, quiere indicar el autor, frente a la personalidad y la originalidad del espíritu. Además, Ann sabe (desde los doce años) que puede tener a cualquier hombre comiendo en la palma de su mano, gracias a sus ojos azules, su boca seductora y la luz que irradia su persona. Si no ha tenido dinero, ni familia, ni blasones, la naturaleza la ha compensado con un físico shining, brillante. 

Todo el libro está lleno de detalles encantadores, con grandes dosis de ironía y una aparente ingenuidad que no es tal. Conoce Dunne con toda precisión el comportamiento de las clases altas de Nueva York, esa especie de nobleza que resulta mucho más rígida que la verdadera aristocracia a la hora de exigir pureza de sangre. Los ambientes de los clubs nocturnos, de las reuniones y saraos, aparecen aquí a modo de crónica social, frescos, espectaculares, inmensamente atractivos. Pero no es oro todo lo que reluce y un submundo en el que hay sangre, cuchillos, envidias, intereses y hasta crímenes, emerge entre sus páginas convirtiendo a la novela en una coctelera de sensaciones entre lo negro, lo rosa y lo amarillo. 


Las dos señoras Grenville. Dominick Dunne. Traducción de Eva Millet. Libros del Asteroide. 2014. 

Una segunda parte de este libro es La mujer inconveniente, de 1990. 

¿Bailas?


(Dmitri Kasterine. Fotografía. The Twist. 1962)

La casa aparecía detrás de una verja verde y de unos naranjos que ocultaban parcialmente la fachada. Tenías que asomarte a propósito para ver la esbelta línea de la azotea, rematada de amarillo, o los dos pequeños escudos que estaban esculpidos a ambos lados del balcón principal. Otras ventanas eran los ojos del edificio, todo él amable y risueño, como si la vida en su interior no pudiera ser sino placentera. 

Estaba al final de la calle. Justo en una esquina que daba a la gran plaza abierta que llevaba el nombre del país. Era una calle larga, recta, en cuesta, y que se abría a ambos lados en multitud de calles más pequeñas. Su nombre tenía reminiscencias ultramarinas, como otras muchas del pueblo. Y sus habitantes se creían poseedores de un paraíso que nadie más tenía la oportunidad de disfrutar. Así, todas las tardes, los escalones de mármol de las casas se dejaban ver al tiempo que los vecinos sacaban a la calle sus sillas bajas para tomar el fresco y para comentar los asuntos del día, tan importantes como los del gobierno. 

Esta casa sombreada de naranjos siempre bullía de voces y de hilos sonoros que salpicaban la calle y se acomodaban en el regazo de la piedra ostionera, de la cal y el blanco de las paredes. Las chicas de la casa eran alegres, cantarinas y llenaban de esperanza cualquiera de sus amaneceres. Todas ansiaban un mundo que las convirtiera en princesas de sus propias biografías. Todas se asomaban a los balcones y descorrían los visillos con ese aire incierto de quien está en la antesala de la vida. 

Las tardes de los sábados, el patio en forma de L de la casa, se abría a las visitas y allí llegaban chicos de cuello duro, blanco, corbatas finas y trajes oscuros, a charlar con las hijas y a bailar al ritmo de la música que, una de ellas, desgranaba al piano o que sonaba en algún aparato moderno que el padre traía no se sabía de dónde. Eran momentos de máximo atrevimiento. Pero ellas siempre anduvieron un paso adelante que el resto del mundo. Sobre todo la más pequeña, que tenía un aire soñador incompatible con la rutina y paseaba su mirada por películas en las que los hombres siempre amaban a las mujeres y las besaban con ardor imposible. 


lunes, 26 de septiembre de 2016

Casi un despertar


(David Parrish. A mitad del camino. 2007. Hiperrealismo)

Todos los días iniciaba una frase de la misma manera: De pronto descubría que....La frase se interrumpía en este instante y quedaba inconclusa. La frase y la intención. La intención era que un haz de luz la iluminara para que ella fuera capaz de ver el punto de vista exacto, la forma exacta de calibrar qué era aquello, una actitud exactamente cierta. Quiero saber qué soy, repetía. Quiero saber qué siento, ansiaba. 

Lo hacía todos los días sin darse cuenta. Iba por la calle en alguno de sus paseos cotidianos y la frase surgía: De pronto descubría que....Cuando llegaba la interrupción no sabía qué decir. Y, luego, si quería recordarlo, todo se escapaba como aire entre los dedos. Una gota de sol en el agua fría habría bastado para convertir esa frase en un amuleto. Pero nada encajaba. Así que vez tras vez las palabras eran ineficaces. No servían. 

No bastaba la brisa de la tarde, ni el resplandor del sol, ni el olor a musgo del camino lateral, ni la plaza cubierta de hojas doradas, ni las alegres pérgolas que anunciaban las rosas. Ese olor no bastaba. No bastaba guardarse para sí el aire silencioso de un secreto que ya nunca podría aparecer, desnudo,  firme, convertido por ti en una mueca única, infalible, perfecta. Supo que era el final aunque la frase no tenía colofón. 

He visto como las olas del día se mueven en torno tuyo. He vislumbrado lo oculto, lo que nunca quieres dejar que aparezca. Mi corazón se ha roto al ver que el engaño es tu lenguaje cotidiano. No hay ninguna esperanza que se transmita como el olor de los jazmines a las manos que los acarician inermes. Inerme mi corazón y yo ya no puedo decirte que algo encuentro en todo esto que aplaque mi ira. Una vieja traducción del silencio de siempre me ha vuelto de cara a la pared. Soy una niña castigada en el colegio que no quiere cumplir ese castigo. Tú te has escapado de nuevo, has mentido y en esa mentira hay una flor que nunca va a dejar de crecer. Un nenúfar vigoroso que se escapa de tu pecho y que se conjuga con el verbo...déjame que lo calle, al fin y al cabo, ninguna palabra puede contravenir el silencio que ahora proclamo. 


sábado, 24 de septiembre de 2016

"Me llamo Lucy Barton" de Elizabeth Strout

Lucy Barton está en la cama de un hospital. No se va a morir de esta dolencia pero durante meses tendrá que convivir con la enfermedad y el dolor. 

Su marido no irá a visitarla (salvo un día excepcional) porque no soporta los hospitales. Sus hijas son demasiado pequeñas para eso. 

Solamente su madre se sentará durante unos días al pie de la cama y será el momento entonces de revivir la infancia, la adolescencia y la suciedad que su vida de familia le sugiere a Lucy cuando la recuerda. Nada puede olvidarse, aunque lo intente. 

Este libro es un ajuste de cuentas con el pasado tanto como una forma de explicarse a sí misma. Habla de cómo escribir lo que una es y de cómo reconstruirlo en la mente, de forma que se aplaquen las penas antiguas y se entiendan las dudas. 

La gente que discurre por el libro no tiene apenas nada que contar salvo su propia historia: vida cotidiana que no reluce sino que atropella los sentidos. Oscuridad, miedo, pobreza, miseria, suciedad. Otra vez la palabra. 

La infancia de Lucy Barton no tiene colores alegres ni saltos en los charcos con botas de agua. Sus recuerdos son opacos y llenos de hojas secas que quiere desechar. Es un recuerdo que debe ser borrado y así ha sido durante mucho tiempo. Hasta que la madre se sienta en una silla junto a ella mientras los médicos, sobre todo uno, un buen médico, entra y sale de la habitación del hospital. 

Es, también, una historia de superación. Desde una situación de partida que hoy llamaríamos desfavorable (una mierda, absolutamente) Lucy es capaz de convertirse en una escritora de éxito, en una mujer cuyos libros ayudan a otros a ser felices y a entenderse. Pero antes tiene que llegar la huída y la huída comporta distancia, riesgo, olvido, desarraigo. Es el desarraigo el sentimiento que hace a Lucy ver las cosas con esa indiferencia aparente que desgarra el corazón sin que nadie lo advierta. Es el desarraigo lo que termina con su matrimonio y lo que la separa de las personas a las que dice querer, a las que quiere. Así Lucy Barton tendrá que renunciar a Lucy Barton para sobrevivir. 

Pero todos sabemos que hay lazos difíciles de desatar. No solamente lo escribió D. H. Lawrence muchos años antes de que Lucy Barton lo sintiera en carne propia, sino que lo tenemos grabado en la cabeza desde mucho tiempo atrás. Esos lazos reverberan en la oscuridad y te devuelven las imágenes que crees perdidas cuando ya todo parece que se ha escrito de nuevo. Y el acto de escribir, del que habla el libro aunque no lo parezca, es precisamente eso. El modo en que todo el pasado se acomoda en ti para aparecer sin aviso y sin tregua. 

El libro es, por lo tanto, una historia de reencuentros. Vuelves a tu infancia, a tus padres y hermanos, a pesar de que crees no quererlos, incluso odiarlos en ocasiones. Vuelves a tu vieja casa, a tu calle decrépita, a tu pueblo inhumano, el que no te dio celebridad sino angustia. Y vuelves para entender lo que ahora eres. Así descubres que este amigo de ahora, tu marido, tu segundo marido, tus hijas y tu amiga, no te verían del modo en que lo haces si esos años primeros no hubieran cultivado en ti ese deseo de que el tiempo no se convierta en un mero y silencioso pasar las horas y los días y los meses. Una palabra tuya bastará para guardar el tiempo en el estante de las cosas perpetuas. 


Me llamo Lucy Barton. Elizabeth Strout. Traducción de Flora Casas. Duomo Ediciones, Barcelona, 2016. 

lunes, 19 de septiembre de 2016

París


La última vez que vi París tú tenías los ojos azules. El día antes, en el aeropuerto, me pareció entrever algo de enfado, seguramente por mi culpa. Desde hace años sé que todos los momentos difíciles llevan mi firma. Me he acostumbrado tanto que, si alguien en las noticias de la radio, se da a la fuga después de cometer un crimen, yo siento que usurpo su papel y que he disparado o empujado al vacío. 

Una fina neblina cubría la calle del hotel y los árboles parecían la cúpula de alguna iglesia de las que recorría cada tarde para resguardarme del calor o del frío. El otoño es un tiempo traicionero y, a veces, sin que nadie advirtiera su presencia, las gotas de lluvia nos salpicaban y dejaban un reguero de huellas en las caras, a punto de llorar o de reír, quién sabe. El suelo estaba comenzando a llenarse de hojas y el viento tenía un sabor húmedo que no podría encontrar en otro lugar del mundo. 

Bastaron unos días para entenderlo todo. Para saber que podías ser la entrada al paraíso. Que no había vetos ni se estilaban prohibiciones. Una tenue sonrisa era todo el reproche que me hacías en esas horas fijas de miedos sin palabras. 

domingo, 18 de septiembre de 2016

Exactamente risas


(Retrato de una mujer hada. Sophie Gengembre Anderson. 1823-1903)

De pronto había descubierto algo que la dejó sin palabras. Una carencia, la falta de una cualidad que había poseído y que parecía estar desapareciendo sin motivo alguno. Halló el motivo y supo qué era. Lo descubrió sin llegar a las lágrimas, eso fue lo mejor de todo. Por casualidad o no tanto. A fuerza de pensar y de vivir anclada en pensamientos que nadie iba a entender sino ella. Supo que la risa se marchó cuando él llegó a su vida. La risa era una forma de soportar el mundo, de ahondar en sus misterios, de reforzar el sentimiento de pertenencia a la vida. Pero él sofocó su risa con ironía y con críticas. Él ahuyentó sus risas con punzadas de dolor inevitables. Desde que él estaba, la risa se había escondido inequívocamente asustada de tanta lejanía y de tanto cinismo. Así, cuando lo supo, también supo que el tiempo de él estaba a punto de acabarse. Ella no era una bruja, sino un hada. Y las hadas sonríen.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Otro septiembre


(El jardín. Claude Monet) 

Los jardines en septiembre ya no son promesas. Están a punto de convertirse en nada. Una letanía de palabras los predijo y solo algunas de ellas pudieron cumplirse en el mejor de los casos. Las flores se amontonan en racimos para adornar las casas y el cabello, pero es el punto final, la hora de retorno, el suma y sigue de un tiempo que nunca volverá a ser el mismo. 

Cada septiembre trae su melodía, entona cada cual un canto diferente. No es lo mismo reírse, que esperar que las lágrimas se apaguen. No es lo mismo mirarte que saber que tu voz está tan lejos como el trueno en la noche. Los relámpagos acucian a las flores y quieren convertirlas en estatuas de sal. Tú, sin saber ya nada, sin entenderme apenas, has renunciado a la promesa que no pudiste hacer porque era otra mentira de las que te navegan sin puerto y sin banderas. 

Así en septiembre estamos dibujados como si ese pintor ya no fuera poeta y sus pinceles encubrieran la rabia de saber que hay pasiones que no viven detrás de aquellos ojos. Elegiste tú mismo el motivo del verso que declamas y dejaste aparcado lo demás. Yo entre esas cosas que obviaste, que convertiste en agua entre las manos, disuelta, sin olor, color y rosas. Dame de nuevo lo que me pediste, lo que entregué sin saber que lo tiraba al suelo. En esa ofrenda estuve con los ojos cerrados. Ahora que conozco el final, ya no quiero saber tu nombre ni adivinar el signo de tu viaje. 

jueves, 8 de septiembre de 2016

Un western para escuchar poesía

Siempre me ha parecido que el western es uno de los géneros más poéticos del cine. Esos paisajes áridos, las grandes extensiones, la soledad de los héroes, las cabalgadas indecisas, el miedo al fuego de las balas, los pueblos deshabitados, el abuso de los poderosos, el engaño a los sentidos, la valentía de ser uno y elevarse sobre los demás....Si repasamos la nómina de películas del oeste en las que un aire lírico recorre las escenas estoy segura de que hallaremos muchos títulos. 

Este es el caso de "La venganza de Jane". Aunque el título no se corresponde con la realidad porque Jane lo que hace es intentar sobrevivir. Quiera estar tranquila, alejarse de la maldad, pero no lo consigue. Su belleza, su orgullo, sus deseos de una vida digna, impiden que transija y la no transigencia es un pecado en ese terreno salvaje en el que todo está permitido a algunos. 

Natalie Portman es la protagonista. Su belleza compone imágenes preciosas, pero sin almíbar, más bien con la rotundidad de quien sabe que la vida es difícil y no hay otra que enfrentarse a ella. Luego está Joel Edgerton, el hombre que la ama, el soldado que viene de la guerra y se encuentra que ha perdido a la mujer que quiere y a la hija que nunca supo que existía. Noah Emmerich hace un papel difícil, escaso de movimiento, prácticamente convertido en un vencido, un hombre en la antesala de la muerte que, sin embargo, da vueltas a la acción y la condiciona. También él quiere a Jane, también él tiene una hija con ella. El cuarto protagonista, casi irreconocible en su aspecto físico, imponente, frío, duro, sin piedad, es Ewan McGregor, uno de los actores más interesantes del cine actual, capaz de levantarnos sentimientos de empatía y de odio. Si no fuera por sus ojos verdes, imposibles de ocultar, no hallaríamos en su personaje nade del McGregor anterior. 

Las circunstancias de una vida difícil, en un terreno vedado a la alegría, ponen a estos personajes en contacto, además de a otros secundarios casi todos cruzados de odio y de maldad. Las dos niñitas son pájaros perdidos en medio de una extensión de trigo sin segar. Ellas son la esperanza que, al final, cuando parezca que, por una vez, la vida ha vencido a la muerte, se sonrían y se abracen esperando que haya un tiempo y un lugar mejores. 

"La mujer de la libreta roja" Antoine Laurain


Los nombres franceses son tan encantadores… Tienen ese toque elegante del que carecen en otros idiomas. En este libro hay muchos nombres, a pesar de ser un libro sencillo en el que no se necesita mapa para orientarse. Simplemente leer y leer. La lectura discurre con placidez y sabes que has partido de un punto para llegar a otro. Nada de meandros, de escorrentías, de tormentas de verano, de estuarios o cataratas. Es un río tranquilo en el que los personajes no tienen doblez, son lo que son y lo que dicen ser. Aunque, en el caso del protagonista, Laurent Letallier, librero, divorciado de Claire, padre de Chloe y ocasional amante de Dominique, hay un pequeño matiz. Si lo desvelo, la trama saltará por los aires, así que dejémoslo estar.

Laure Valadier sufre un atraco. El ladrón se lleva su bolso y a ella la deja en coma. Laurent Letallier encontrará el bolso y ahí empezará todo. Otras personas tendrán su papel en la historia y, como novedad, un par de felinos Belphégor y Putin, cuyo cometido no es nada irrelevante. Laure es viuda y eso también importa. Laurent regenta una librería con nombre delicado “Le cahier rouge”. No es nada extraño que se establezca una especie de lazo entre una mujer que escribe en una moleskine roja y alguien que pone ese rótulo en su negocio. 

El libro trata de una doble búsqueda. La primera es la de Laurent que, con maña detectivesca, tiene que descubrir y hallar a la dueña del bolso que él ha encontrado milagrosamente. La segunda es la de Laure que, en su momento, hace el recorrido inverso porque no puede dejar pasar la oportunidad de conocer a alguien que actúa, como Laurent, de una manera tan especial. Ese doble camino, al principio paralelo, se va convirtiendo poco a poco en dos líneas perpendiculares que, ya sabemos, se encuentran en un punto. 

Hay algo tierno en la descripción de los pequeños detalles de las casas, las calles y los locales. Hay muchas referencias a libros y escritores, no en vano el trabajo de Laurent es ese. Hay, y eso me ha gustado mucho, un giro hacia el mundo del arte, porque Laure se dedica a restaurar obras de arte y su trabajo es, precisamente, el de dorar con pan de oro retablos, marcos, puertas, muebles. Esa delicadeza que ambos usan en sus respectivas ocupaciones transita también por el libro, que no tiene aristas sino círculos que se abren y se cierran, a modo de las espirales de los cuadernos que a ninguno de los tres nos gusta usar. 

La mujer de la libreta roja. Antoine Laurain. Título original La femme au carnet rouge. Traducción del francés Palmira Feixas. Foto de la cubierta Mirjan van der Meer. 

La edición en francés, 2014, es de Flammarion.

La edición en castellano, 2016, es de Salamandra. 



miércoles, 7 de septiembre de 2016

La aventura


(Pintura. Edward Hopper) 

Quise tener con él una aventura. Una de esas que no tienen nombre. Que terminan apenas al principio. Que no escarban el alma. Quise que fuera mío, aunque solo una noche. Una noche en la que el aire hablara. Una noche en la que el cielo abriera una puerta cerrada a cal y canto. Quise que la pasión fuera la música. Que se encendiera el fuego de los cuerpos perpetuos. Una llama para envolvernos toda. 

Así lo dibujé instante tras instante, lo escribí con palabras, lo cultivé en los sueños. Así esperé que existiera el milagro, que un deseo amanecido lo trajera hasta mí. Pero el sonido helado de su voz me devolvió a la tierra. Me contestó sin verme y sin sentirme. Me convirtió en la sombra que todavía perdura. 

domingo, 4 de septiembre de 2016

Una mujer escribe


Si pudiera, te escribiría una carta. Sería una larga misiva, con puntos suspensivos, cursivas, negritas, las tildes en su sitio, comillas y una plaga de interrogaciones y admiraciones. Una carta compuesta de palabras y de deseos. De miedo y de evidencia. Sería una carta inevitable, una carta que no puede dejar de escribirse ni aun de lanzarse al mar como ese mensaje en la botella. 

La carta tendría varios párrafos. Tengo que explicarte tantas cosas…No sería suficiente una breve pincelada, no entenderías así todo lo que tengo que contarte. Las palabras no bastarían, por eso un ejército de acompañantes llevarían de la mano las sílabas y las letras hasta su destino. Lo suyo es que la carta fuera en papel suave, de color champán, con doradas letras y un sobre precioso, que llevara un membrete con mi nombre y el tuyo en mayúsculas, o quizá en letra antigua, de esas que aparecen en las películas que te gustan. 

Sería una carta sincera. Tal vez demasiado. Una carta que tú leerías con aprensión y que te dejaría una enorme duda al final de la misma. Quizá la convicción de que era preciso abandonar todo lo que me rodea y huir hacia un mundo en el que yo no esté en absoluto. Para eso daría igual que fuera una carta perfumada, un email o un mensaje de whatsapp. En realidad, las palabras no pueden ocultarse. 

Creo que esa carta debería escribirse al amanecer. La noche me trae demasiados fantasmas y podría hacerte llorar. El crepúsculo es indeciso y vacilante, seguramente me haría mentir. Y el resto del día está cargado de obligaciones, de sonidos huecos y de órdenes que hay que seguir sin respirar. Así que el inicio del día, la claridad de la aurora después de un sueño difícil, ese sería el momento adecuado. 


Pensándolo bien, podría resumir esa carta en una frase. Te ahorraría su lectura y a mí devanarme los sesos. Bastaría con decirte que te quiero. Y un silencio compasivo serviría como respuesta.


(Ilustración: El grandísimo Johannes Vermeer traza aquí una composición sublime. Una mujer escribe una carta, totalmente absorta en lo que hace, mientras la criada observa indiferente lo que pasa al otro lado del cuadro. ¿Cómo dudar que Hopper era un devoto de Vermeer?)

sábado, 3 de septiembre de 2016

Jane Austen y los amores contrariados


(Harriet Smith, en la versión de la BBC de "Emma" de Jane Austen. 2009) 

Quizá el personaje femenino que más desaires amorosos recibe de todas las mujeres del universo Austen es Harriet Smith. No creo que haya en esta elección ningún elemento discriminatorio, aunque quizá la vida y los antecedentes de Harriet la convierten en una presa fácil para estos desafueros. Educada en un internado de mediana categoría, Harriet es hija natural de, se supone, un caballero. Esta atribución se basa meramente en que la familia aprovisiona económicamente a la muchacha en lo que se refiere a los gastos del internado, pero ahí se queda su preocupación por ella. Es una chica de rasgos dulces, cara bonita y luces escasas. Inocente y hasta con cierta torpeza intelectual. La suerte, o la desgracia, de Harriet es convertirse en la "amiga especial" de Emma Woodhouse cuando esta se queda sin su compañía favorita, esto es, la señorita Taylor que se convierte en la señora Weston al principio del libro. El libro es, naturalmente, "Emma". 

Para ser una chica con tan escaso bagaje familiar y personal tiene un número considerable de avatares sentimentales. Un buen ajetreo. Primero conoce al señor Martín, un honrado granjero, aparcero del señor Knightley, y se enamora de él. Cuando el señor Martín le pide matrimonio ella lo rechaza, a instancias de Emma, que considera poca cosa a ese hombre. Por supuesto, esto genera riña monumental de Knightley a Emma. Después, a sugerencia de Emma, pone sus ojos en el señor Elton, el pastor de la iglesia de Longburn, personaje bastante pagado de sí mismo y de sus cualidades. Da la casualidad de que las atenciones que Elton dispensa a Emma, se confunden por esta y por Harriet con atenciones a esta última y de ahí la decepción cuando se descubre el error. 

No queda ahí la cosa. Sucede después un buen enredo porque Harriet pone sus ojos en Knightley cuando este sale en su defensa al ser rechazada en el baile por Elton y, por un malentendido, Emma piensa que a quien quiere es a Frank Churchill, sentimiento que ella alienta sin dudarlo. El descubrimiento de que Churchill mantiene relaciones secretas con Jane Fairfax conmociona a todos. Y cuando Emma sabe, por boca de Harriet, cuál es el verdadero objeto de su admiración, enloquece al pensar que ha perdido a Knightley, a quien ama sin saberlo siquiera. 

Al final, y esto no debe ser considerado spoiler pues supongo que todos han leído el libro, las aguas vuelven a su cauce y será el señor Martin, el granjero, el que despose a Harriet Smith. Pero, hasta cuatro hombres han formado parte de las horas de confidencias que ella mantiene con Emma. Y cuatro hombres, dadas las circunstancias, son muchos. En eso supera a Emma, desde luego. 

Lo que resulta más interesante es que la reacción de Harriet ante los desaires está exenta de dramatismo, más bien tiene una aceptable resignación ante los hechos. Se conforma sin dejar de estar agradecida a su amiga por sus atenciones y tiene una saludable alegría que le impide hundirse en la miseria de los amores no correspondidos. Esta reacción, enteramente debida a su autora, dota a este personaje, como ocurre con otros de la autora, de un aire moderno, civilizado e inteligente que es una seña de identidad muy apreciable. 

viernes, 2 de septiembre de 2016

A la ciudad le habían robado el mar


(Charles Conder. Pintura)

A la ciudad le habían robado el mar. No se podía distinguir a simple vista desde las avenidas, o las plazas, las calles o los blancos escalones de entrada a las viviendas. Tenías que subir a los altos campanarios, otear el horizonte desde las azoteas, sortear el verdín de las espadañas, distinguir el perfil de los miradores. Le habían robado el mar sin previo aviso y sus habitantes no tenían claro si eran una isla, un fortín, un despropósito, una ciudad armada hasta los dientes, un reclamo de algo que nadie pretendía, un paraíso imposible para los extranjeros, un reino inacabable mezclado con harina. 

El patio del colegio tenía árboles rosas. El rosa del almendro se extendía por esa superficie inmaculada a los ojos de quienes ya nunca serían adolescentes. Los niños adoraban esos árboles. Nunca molestaban el crecimiento de sus pequeñas hojas y en ellos los pájaros construían nidos que nacían y morían eternamente. 

La madre con la niña paseaba la ciudad de un lado a otro, sin hablar, en silencio, moviendo así las manos, con los ojos abiertos, con los ojos prendidos en el suelo, en el cielo, en los enormes edificios blancos, en los remates azules de las casas, en el sonido de la campana hueca de la iglesia, en el volar de las cigüeñas mansas y elegantes que surcaban el cielo a cada paso. A veces la niña se enfadaba y andaba para atrás. La madre entonces lanzaba una sentencia: Esta niña tiene la cabeza a pájaros. Los pájaros de los árboles rosas. 

Allí la dicha tenía razón de ser


(Charles Conder. Pintura. Dunas) 

Salíamos temprano. Éramos muchos. Chicos y chicas que buscaban la intimidad del mar para conocerse mejor. Las risas eran el telón de fondo y también las canciones de moda. Todos bailaban al andar, el baile era su forma de expresarse. Las dunas tenían un encanto diferente y eran su territorio. Acampaban allí como si fueran una tribu salvaje. Parecía que nunca iba a acabarse el día. Las horas de sol chorreaban ese disfrute de la adolescencia interminable. 

En algunos momentos ellos y ellas se separaban. Las chicas se lavaban la cabeza en el mar y se enjuagaban los largos cabellos con cerveza. El tono dorado del líquido formaba una capa brillante que duraba varios días. Los hombros se tostaban y las piernas se exponían al sol para que las sandalias lucieran en la noche. El anticipo de la felicidad era ese aire radiante del mar mezclado con alcohol. 

Las confidencias se sucedían y también los besos oportunos, las manos enlazadas, las cinturas volátiles. Los bikinis diminutos, los shorts, las camisetas con letreros, las chanclas brasileñas, las uñas rojas, los sombreros, las gorras, las toallas de colores, las cremas, el protector solar. Todo era una amalgama de cosas mezcladas en las grandes cestas con adornos de flores. Una peregrinación gozosa. Allí la dicha tenía razón de ser.