martes, 31 de julio de 2018

Chesterton habla de Jane Austen


Aunque este libro recoge los tres volúmenes en los que Jane Austen organizó sus escritos juveniles, he aquí que también aparece el prólogo que precedía a la primera edición del volumen II. El volumen se llamó Love and Freindship (sic) y lo escribió Chesterton en 1922, año de la publicación por Chatto and Windus, Londres. 

El prólogo es una delicia, una exacta descripción de la forma de ser y de escribir de Austen, una aproximación tan bien hilada que merece destacarse aparte del libro. Chesterton había nacido en Londres en 1874 y fue, además de novelista, un notable periodista, cultivando asimismo el ensayo, la poesía, la biografía y los libros de viajes. Creó un famoso personaje, el padre Brown, un sacerdote católico que se dedica a peripecias detectivescas usando su formidable agudeza e ingenio. Fue muy amigo del también escritor E. C. Bentley, a quien dedicó su obra "El hombre que fue jueves", recibiendo, como contrapartida, la dedicatoria de su historia policíaca "El último caso de Philip Trent". 

Chesterton consideraba que el papel de Jane Austen en la historia de la literatura era crucial. Su ironía, su fina elegancia, la forma en la que cualquier nimio acontecimiento se convertía en escritura plena de belleza, eran los elementos clave que él encontraba en su obra. Y un esbozo de todo ello se encontraba presente, según aclara, en estos textos de juventud, escritos entre los dieciséis y los dieciocho años. Por ello, afirma que la autora tenía un ingenio natural, un talento propio y original que no estaba contaminado con las modas al uso, antes al contrario, que se superpuso a ellas logrando construir un conjunto de novelas impregnadas de una nueva visión del mundo y un nuevo tipo de narrativa. 

"Fue un ejemplo notable de lo que se dice de un poeta: nació, no fue fabricada. Comparados con ella muchos de los poetas parecen haber sido fabricados". "Con su propio talento artístico ella hizo interesante lo que miles de personas aparentemente iguales hubieran hecho aburrido". "El talento de Jane Austen es absoluto, no puede analizarse en términos de influencias". "Este interés que le pertenece como ser individual con un instinto superior para la crítica inteligente de la vida, constituye la primera de la razones que justifican un estudio sobre sus trabajos juveniles". "Era exuberante por naturaleza, y su poder venía, como todos los poderes nacen, del control y la dirección de la exuberancia"

Y termina: "No hay la más leve indicación de que esta inteligencia independiente y este espíritu jocoso no estuviera contenta con una rutina doméstica que abarcaba pocas cosas y en la cual escribía una historia tan doméstica como un diario en los intervalos entre pasteles y bizcochos, sin necesidad de mirar por la ventana para tener noticia de la Revolución Francesa"


Amor y amistad. Jane Austen. Editorial Alba, Minus. Traducción de Menchu Gutiérrez López. Enero de 2017. 

viernes, 27 de julio de 2018

Chanclas de goma, conchas de mar


(Dorothy Bohm, 1959)

Cuando descubrimos el joyero de nuestras madres o, mejor aún, los maquillajes, las barritas de labios y el colorete, nuestra vida cambió. Éramos niñas y llevábamos una vida curiosa, arrastrando los pies por las habitaciones, jugando en la calle e intentando atisbar alguna conversación interesante. Algo que se contara entre comillas. Esa vecina que tenía un lío fuera del matrimonio. O aquella otra, cuyo marido se largó en el viaje de bodas. O la de la esquina, que siempre aparecía con tono triste y gafas de sol. 

La hora de la siesta era el momento propicio para intercambiar confidencias, en voz muy baja, sentadas en el suelo, evitando que alguien nos mandara a la cama sin querer. En esa hora cada una contaba sus hazañas, describía sus hallazgos. Yo había encontrado una talquera de color rosa, que se abría y lanzaba a la atmósfera un aire lleno de motas de polvo del mismo color, que se metía en la nariz y te hacía estornudar. La borla aparecía rosa en el centro y blanca en los alrededores, de forma que quedaba señalada con exactitud la zona que estaba en contacto con el rostro de mi madre. La talquera olía muy bien y se cerraba a presión, para que el contenido no se desparramara. Pero ella adivinó mi manoseo y me lanzó una riña muy bien estudiada: libros y no polvos, me dijo, porque no tienes edad y falta mucho para que la tengas. 

Mi madre era tan alta que no usaba zapatos de tacón así que todas inventamos una curiosa forma de parecer mayores. En nuestras chanclas de la playa, esas que tenían dos tiritas de goma, colocamos detrás una enorme concha marina, que hacía de tacón y que sonaba al andar. Era incómodo pero nos resultaba agradable movernos al compás y hacer ver que cierta feminidad prohibida estaba a punto de caer en nuestras manos. 

miércoles, 25 de julio de 2018

Esas pequeñas cosas



Llevo guardado en la memoria del teléfono un mensaje que me mandó hace ya meses. Un ojalá que llegó de su parte sin que yo supiera ubicarlo, ni entenderlo casi. El mensaje era un SOS, como esos que lanzamos al aire por si alguien lo recoge o tiene a bien leerlo. No solo lo leí, me emocionó, lo guardé entre las cosas importantes y lo vuelvo a repasar a veces. Siempre, sin falta, me hace llorar su lectura. Y pienso en ella. 

Es la única chica entre varios hermanos. En esos tiempos, cuando era pequeña, no se estilaba en su casa, muy tradicional, que las niñas estudiaran. Solamente los chicos y bien poco. Así que se dedicó a ayudar en casa, ese eufemismo que significa que, a partir de ahora, se acabará la infancia y no existirá la adolescencia y serás una especia de chica para todo, de alguien que tendrá tanto quehacer que no podrá pensar en sí misma. Se casó sin amor y sin conveniencia. Un muchacho que, aunque no parecía merecerla de entrada, al menos la ha querido. Pero la falta de recursos no es un buen camino para la felicidad o, al menos, para la paz. Y ella ha seguido tirando de todo, de los pequeños y los grandes, los ascendientes, los hermanos, la vida en suma. 

Entre esa vorágine un día decidió que quería saber y se apuntó al colegio de adultos. Y acabó un título y luego otro y luego siguió yendo a aprender no sé cuántas cosas. Y su alegría natural sobresalía por encima de todo y en los fines de curso bailaba y cantaba con ángel, el suyo, el de siempre. Por eso le sobran las amigas, la gente la adora y todos quieren tenerla cerca. Sigue siendo como era, una luz en medio de una plaza oscura a medianoche. 

El mensaje es concreto, exacto, corto: "Tenemos días tontos, pequeñas cosas que se acumulan y rebosan. Tú ya sabes. La casa es vieja y falta fuerza para trabajarla por los dolores que tengo, y siempre el mismo aburrimiento, siempre lo mismo, la falta de dinero. Solo eso, lo demás todo bien. Tienes amiga para rato"

Y añade: "A veces sueño y me veo como yo quisiera estar. Tranquila. Con mi taza de té. Leyendo en paz" 

No sé deciros cuántas cosas me vienen a la cabeza al releer el mensaje. Lo que sí os digo es que siempre termino llorando. Algo tan fácil, como sentarse a leer en paz y ella aún no lo ha conseguido, tantos años, y aún no lo ha logrado. Está cansada y no puede descansar. Cuánto daría por intentar que lo lograra...

lunes, 23 de julio de 2018

Antonio Luis Baena y El último navío

Conocí a Antonio Luis Baena (Arcos de la Frontera, 1932-Sevilla, 2011) en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla. Coincidimos en tercero de carrera cuando él ya venía de vuelta de la vida, se había jubilado como director escolar, sus hijos eran mayores y estaba dispuesto a empezar una segunda vida, o una tercera si hacía falta. Algunos de mis compañeros de aquellos años lo recordarán cuando compartía con nosotros la cerveza y la tapa en la calle Betis o en la zona de la Moneda. Era tan joven como nosotros, aunque arrastraba el peso de una pena. Ninguno sabíamos de penas entonces y solo él fue el precursor de las tristezas que el mundo te pone por delante inevitablemente. 

Cada uno siguió su camino, el mío trabajar como profesora de Historia y el suyo hacer un ingente trabajo con la Genealogía y la Heráldica, a base de dedicarle horas al estudio de los apellidos. Terminó su diplomatura y siempre lo recuerdo con un libro en la mano o un cuaderno de notas. 

Pero, en el fondo de su actividad, solapado en cada hora del día, estaba su gusto por la escritura, su vocación de poeta y su necesidad de escribir versos. En 1949 había fundado en Arcos el grupo poético "Alcaraván" y luego ya en Sevilla fue cofundador de otros, como "Ángaro" y "Cal". Empezó a publicar poesía en 1961y así completó diez libros, diez publicaciones, desde el fundacional "Historia de una ausencia" hasta el último, este póstumo "El último navío". Especialmente emotivo es "La muerte va lamiendo mis cimientos", de 1985, en el que utiliza la literatura como exorcismo ante el dolor que la muerte de un hijo pequeño le produjo. Esa muerte siempre la llevó en el alma. 

"El último navío" me llegó de la mano de Violeta Gallé, su viuda, una mujer perfecta para un hombre especial. Violeta sabía de nuestra amistad, tan desigual en edad y en sabiduría, pero con la misma generosidad que Antonio Luis investigó hasta que dio con mi centro de trabajo para hacerme llegar el volumen, acompañado de una preciosa carta, escrita por ella a mano, con su elegante letra de mediados de siglo. Cada paseo mío por Triana me hace encontrarme, sin pretenderlo, con la imagen evocada de Antonio Luis, a quien sus problemas coronarios le habían recetado paseos y más paseos. Daba largas zancadas recorriendo el barrio, era ya parte de su paisaje y siento, cuando escribo esto, la misma sensación embriagadora de felicidad como cuando lo encontraba a él, yendo yo sola, acompañada con mi hijo o con mi marido. 

Todos los que me conocen sabían y saben de mi devoción personal por Antonio Luis Baena, al que tengo como parte de ese grupo de amigos que son más padres que otra cosa, familiares cosidos en el alma, gente que no se marcha, aunque se marche. Luis Caballero está también en ese lugar en el que, sentados alrededor de una mesa, se escriben las mejores historias de lealtad y de abrazos. 

"El último navío" lleva un exquisito prólogo de Pedro Sevilla, que, sin hacer daño en la herida, evoca lo que fue y lo que significó Antonio Luis Baena para tanta gente que descubrió su poesía al tiempo que su persona. Esa sonrisa y ese abrazo sin trabas. 

"Me apuñaló el eclipse/ con su maldición de siglos" comienza diciendo. "Me han apagado tantas luces/ que la sombra es mi luz; /inútilmente recorro los senderos que hace tiempo/deslumbraban de gozo, deslumbraban/ tan sólo por el gozo que guardaron" Recuerdos prendidos en las palabras, evocación de un tiempo que fue plenitud, identificación de la sombra y el dolor, son estos otros versos del segundo poema. 

El poema seis es una despedida: "Un largo adiós se quedará/colgando de mis labios/de las aristas de mis dedos" El poeta se despide de la vida, y se pregunta si alguien notará ese adiós, si su voz será recordada de alguna manera, si encontrará una forma de despedida que no lo aleje demasiado de lo que tuvo cerca. 

El ocho es una oda a la desesperanza: "Y rara vez llega/ ese prodigio extraño de alegría". La huida de todo llega en el poema quince: "Lenta, pero inexorablemente/ me voy desmoronando/ como una ciudad/ construida en la laguna"

La búsqueda de la felicidad perdida, mejor dicho, de la alegría, es la búsqueda de un pasado que no puede cambiarse aunque él quisiera. Se siente derrotado, siente que los mejores años han pasado y que en ellos vivió el mayor dolor. La vejez no palia ese dolor, nos dice, sino que está a punto de sepultarlo, de destruirlo, de llevarlo al olvido. 

Una página manuscrita cierra la obra. Conozco bien esa letra, la tengo reproducida en cartas y en tarjetas postales que cada navidad llegaba sin falta hasta mí de su parte. Así adiviné el final y así investigué qué había ocurrido. La navidad que esa tarjeta no llegó presentí su muerte y la zozobra me hizo recordar, palmo a palmo, las calles y las plazas que habíamos visto juntos, las horas de universidad, de charla en los mostradores de los bares antiguos y de recordar, en la luz de sus ojos, a quien se fue y no volvió nada más que en sus versos. Tanto privilegio me parecía su amistad que nunca creí merecerla del todo. Y nunca se lo dije. 

El último navío. Antonio Luis Baena. Ediciones Canto y Cuento. Jerez de la Frontera, 2012

(Nota a editores: La obra de Antonio Luis Baena siempre se publicó por pequeñas y voluntariosas editoriales que dieron a la luz sus versos de forma humilde. Él siempre fue consciente de esa humildad y no pedía nada, no era un negociador, era un poeta. Quizá fuera el momento de ir pensando en una cosa que a él le llenaría de vergüenza y de emoción. Unos versos completos que trajeran a este tiempo de ahora los poemas de alguien que quiso resistir al tiempo con desigual fortuna)

"Querida Jane, querida Charlotte" de Espido Freire



La introducción de este libro es mágica. La leí en su día, 2004, cuando compré el libro, y la releo ahora, catorce años después, conociendo mucho más a Jane Austen y bastante más a las Brontë. De resultas de ese conocimiento soy muy austeniana y me alejo discretamente del sufrimiento de los páramos. Qué se le va a hacer. Se habla y se escribe de todas ellas pero en ocasiones no se atina en señalar sus diferencias y, sobre todo, las distintas pulsiones de las épocas en que vivieron, cercanas y tan alejadas una de la otra. Por eso me gusta este libro, porque capta perfectamente el paso de lo luminoso a lo oscuro; del aire libre al interior; de la ironía inteligente al sufrimiento oculto. De Austen a las Brontë. 

Y eso no es fácil. La mezcla de una y de otras trae confusiones. Y eso no favorece la lectura ni la comprensión de sus libros. Por otro lado, el amor por todas ellas no puede nublarnos la razón sino al contrario, hacernos distinguir entre obras literarias que es lo que son, con vidas de telón de fondo que puede o no ser definitivos. Este viaje de Espido Freire es una muestra clara de que se puede admirar a un autor y tener la cabeza tan fría como para poder razonar con la cabeza. Sentido y sensibilidad.


(Southampton. El mar, el puerto, los barcos)

El libro tiene dos partes diferenciadas. Las primeras cien páginas, casi la mitad del texto, se dedica a Jane Austen. El resto, a las Brontë. Por razones obvias que deben conocer aquellos lectoras que me sigan de alguna forma, me dedicaré a glosar lo referente a Austen. Las Brontë no son un territorio en el que yo pueda moverme a gusto. Y lo mismo puedo decir de las épocas. Qué bien hace Espido Freire en destacar las enormes diferencias que existen entre la era georgiana, en la que vivió Austen y lo que vendría después, la reina Victoria con sus restricciones, sus normas rígidas, su moral omnipresente. La ligereza campestre de las heroínas Austen se transmutan en un sufrimiento constante en las que siguen, porque la vida escribe la literatura y al revés. El contraste entre la muselina, transparente, suave, vívida, lisa, limpia, con la pesada seda oscura, el encaje recargado y los corsés, sobre todo los corsés. Ninguna mujer Austen lleva corsé. 


(Condado de Kent. Tierra de color)

De una forma muy inteligente, Espido Freire relaciona los libros con los lugares, aunque no exactamente donde se escribieron. Esto también resulta problemático porque Austen repasó sus libros una y otra vez, dado su carácter cuidadoso pero sobre todo a que no fue capaz de publicarlos hasta pasados muchos años. Esto se deja un poco de lado cuando hablamos de ella, nos parece que todo fue miel sobre hojuelas pero habría que tener en cuenta tres circunstancias: Una, lo que hemos dicho, la tardanza en publicar, lo difícil que le resultó. Dos, que nunca publicó son su nombre. Tres, que obtuvo pérdidas en esas publicaciones y ganancias exiguas en pocos casos. Hay una cuarta cuestión espinosa: nunca tuvo una casa que pudo llamar suya. Nunca tuvo una habitación propia. Nunca fue independiente económicamente salvo el leve destello de esas pocas ganancias. Y lo sabía. Jane Austen era consciente de todo esto. Por eso quizá crea a Emma. Lo contrario de ella, pero la chica que hubiera querido ser. 


(Catedral de Winchester. El final)

Hay otro elemento que aparece en el libro de Freire y que yo también he detectado en mis lecturas. La familia, ese gran paraguas que en aquella época era fundamental, sobreprotegió su legado. La destrucción de la mayoría de sus cartas por su hermana Cassandra es una prueba de ello. Pero, además, en las memorias de su sobrino, escritas bastantes años después de su muerte, se trasluce una cierta conmiseración, una necesidad de que no se considere a su tía una mujer excéntrica, sino alguien normal que, mire usted qué casualidad, escribía. Me parece imposible que una mujer normal, en el sentido georgiano del término, haya creado esta obra. El hecho de que en su lápida de la catedral de Winchester no conste que era escritora, salvo en un añadido muy posterior, es una prueba de que la tía Jane era para ellos una mujercita talentosa y buena. Poco más. 


(El Royal Crescent de Bath. Tiempo de silencio)

Los editores deberían ser gente avispada que fuera capaz de detectar el talento. Los de Jane Austen no se distinguen por ello. No son capaces de darse cuenta del cambio que produce su literatura en los cánones de la época, en toda la novela. Y está claro que sus preferencias iban por otro lado, porque no fueron capaces de sustraerse al influjo tardío de la novela gótica y abrazan luego con soberana entrega la victoriana, ese romanticismo oscuro de cementerio que son las Brontë. Por mi parte, Jane Austen, esa isla de realidad y de inteligencia, se queda en medio, como tierra de nadie, presta a que la descubra la posteridad, cuando ya las mentalidades han ido cambiando. Ella, como la época en que vivió, es un personaje de tránsito. 


(Steventon. El principio) 

Además de referirse a los lugares que están relacionados con Jane Austen, Espido Freire cuenta su propio viaje por estas tierras y lo hace de un modo tan agradable, con tanta gracia, sin pretender sino ofrecer una imagen cercana y natural de aquellos días. Sus anécdotas de viajes en tren, de pérdidas de taxi, de lugares inmundos para dormir, de gente rara, son interesantes y entretenidas. Aportan al libro una especie de descanso, un oasis para pararse a pensar en aquello que nos va relatando. Tiene una visión muy aguda de lo que observa y esas observaciones nos pone en la balanza el mundo de Austen y el mundo de una joven escritora de ahora, que es lo que Espido representa mientras viaja. 


(A la izquierda: Chawton Cottage. Recobrar la palabra)

 Los personajes de los libros se mezclan con los de su vida real. Los acontecimientos se solapan. A un hecho cotidiano se le asigna un hecho literario. Bien engarzado, como si no fuera posible entenderlos de otra forma. Ahí están ellas, las mujeres Austen, las chicas Austen por un lado y esas otras madres, institutrices, damas, secundarias de lujo. Entre todas ellas, vemos a las sufridoras e indecisas, también a las lanzadas e hiperbólicas. A las inteligentes y las necias. A las bellezas de expositor y a las atractivas de mirada inolvidable. Los nombres son los de la vida cotidiana, porque Jane Austen se negó a usar los Celinda, Miranda, Pamela, de sus antecesores. Solo Isabella o quizá Elinor son un tributo al ayer normando. Pero aparecen Elizabeth, Jane, Anne, Lydia, Kitty, Emma, Fanny, Catherine, nombres de mujeres normales, ninguna de las cuales es un fantasma ni aspira a serlo.


(Londres. Esquina de Cranburne Street. La diversión)

En ese estudio de caracteres también están, cómo no los hombres, aquellos que hacen sufrir y aquellos que sufren. Los hermosos y los inconstantes, los voluntariosos, los caballeros, los excéntricos, los valerosos. Todos los revisores de tren eran para Espido un trasunto de Peter O´Toole, y nos avisa con cierta sorna de que no existen los Darcy, salvo en el libro y en el cine; de que conformarse con un coronel Brandon no es poca cosa; de que los Willoughby pueden romperte el corazón; que los Wickham nunca se enamoran de verdad; de que, si ansias un amor para toda la vida, hecho a la vez de pasión y certeza, ese es el del señor Knightley. 


Querida Jane, querida Charlotte. Por la ruta de Jane Austen y las hermanas Brontë. Espido Freire. Aguilar, 2004. 

domingo, 22 de julio de 2018

Leonora


[Retrato de Leonora Carrington ©Lee Miller Archive]

Lo mismo da que sea en papel de embalar o en una servilleta hallada en la cafetería de la esquina. O en un aeropuerto, una de esas tiras de colores que se adosan a las maletas para cuando se pierden. Escribir un poema, leer un libro, anotar en sus páginas los dictados del viento, acunar un secreto o dibujar, en el espacio blanco de un folio sin usar, la imagen de una nube o de unos pájaros. 

Ser libre, en realidad, se tiene que parecer un poco a esto. Tiene que ser bastante insoportable andar atada siempre a una mentira, incluso a una verdad, por muy grande que sea. Tiene que ser difícil, destructivo, pensar mal de una misma y creerse que todo, todo lo que ha encontrado y pulido con el paso del tiempo, hay que desatornillarlo y mandarlo a paseo. No es justo, ni parece bonito hacerlo así. 

Quizá en los ojos firmes hallaré algún secreto que todavía no estuvo en la órbita que trazo cada día. En las páginas de un libro mil veces releído hay una frase que tiene la razón de ser de la búsqueda que ni siquiera yo conozco. Esto que tengo no es mío, pero quiero tener algo que tampoco lo es. Estoy en el camino pero no sé de qué. Esa es la incertidumbre, la duda, pero mucho peor saber que todo se termina en azul y que no se prolonga en verde o en violeta. 

Dónde la libertad que se narra sin quererlo ocultar y sin doctrinas...Dónde el tierno espejismo de la llama...Dónde se asienta duradera la historia que terminó sin que pudieras verla en su conjunto...Dónde yo, al otro lado de una ventana abierta, solo entreabierta, una sola rendija, un acto único de asomarse a conciencia a todos los abismos. Tiene que ser pájaro, paloma, ruiseñor o suave terciopelo. Tiene que ser llamada y no certeza. Nada es cierto, salvo que aquí la libertad no puede canjearse por un bono para cruzar el río en una barca que está a punto de hundirse. 

jueves, 19 de julio de 2018

"Un alma cándida" de Elizabeth Taylor

Elizabeth Taylor (1912-1975) cuenta aquí una historia en la que no ocurre nada. Un grupo de personas unidas por lazos diversos dejan transcurrir su vida, muestran sus caracteres y se relacionan entre sí. No hay otro hilo conductor en la novela aparte de eso mismo, el pasar de los días. La escritora se asoma, los observa y nos cuenta qué ocurre con ellos durante un período de tiempo, no demasiado, el que va de una boda hasta los primeros meses de un bebé. 

Flora y Richard son el matrimonio ¿feliz?. Alice su hijita, tan parecida a su padre. Luego está Percy, el padre de Richard, y su nuevo amor, Ba. Y la madre de Flora, la señora Secretan, con esa inconfesable aversión hacia su criada, tan perfecta. Están Meg y Kit, dos hermanos sin suerte. Y el escritor, diletante y sufridor, Patrick. Y Liz, una pintora llena de aristas, dura, inteligente y descuidada. En la casa del lado, otro matrimonio, Elinor y Geoffrey, sobrevive a una de esas relaciones calladas y vacías en las que nunca hay otra cosa que tedio. 

Flora es el centro del universo. Guapa, sencilla, sincera, agradable, educada, simpática, dispuesta...¿seguimos? Flora lo tiene todo. Por eso todos la complacen, todos la adoran y todos quieren tenerla de su parte. Leyendo sus andanzas, viendo la pleitesía que todos le rinden, observando a esa madre absolutamente entregada a su hija, esos amigos que no ven más allá de ella, me he acordado de personas a las que he tratado y en las que he contemplado situaciones parecidas. Esta es una de las características de Elizabeth Taylor. No retrata vidas extrañas, personajes raros ni conflictos especiales. Todo lo contrario. Lo que narra lo hemos conocido, presentido, encontrado o buscado. Nos identifica. Sabemos que puede pasar y sabemos que pasa. Flora sabe cómo es, piensa que lo merece todo y así actúa. Como una reina, como una diva ante su auditorio. Pero alguien, quizá, descubrirá que en esa candidez puede anidar la astucia.

Y luego: Esa soledad de Richard, con una esposa pluscuamperfecta, pero hecha de metal. Junto a alguien que debe brillar siempre y que siempre tiene que constituirse en la estrella que los guía. Esas continuas decepciones de Meg. Su miedo a convertirse en una solterona que no tenga ningún asidero sentimental ni profesional. Ese vacío ante la marcha de su hija que sufre la señora Secretan, cansada, algo perdida, como si hubiera terminado su cometido una vez que su hija se ha casado. Ese hastío de Elinor, que vaga sola por cafés y calles sin que su marido sepa siquiera por qué lo hace, de forma que está abierta a muchas más cosas de las que aparenta cuando acude, de un lado a otro, a comprar cuadros antiguos o muebles que no le caben en el salón. Esa ocultación de Patrick, que nunca contará quién es ni cómo es, que relación tiene con Frankie, por qué espera que llegue para levantar el día, y, al tiempo, qué le acerca a Meg y qué lo separa de ella. Esa desesperación de Kit, que lo llevará a tomar una decisión terrible.

Todo ello narrado con amor, con delicadeza, cuidadosamente, con deleite, con sencillez pero sin caer en lo evidente, con detalle y con una fuerte dosis de compasión. Sin juzgar. Sin moralejas. Sin dictados. Los personajes están entrelazados unos con los otros. Esos lazos en ocasiones son limpios y veraces pero, en la mayoría de los casos, son lazos turbios, lazos que no aportan sino desasosiego y falta de libertad. Hay una dependencia emocional que se manifiesta en varios personajes. Un deseo de destacar por parte de otros. Un miedo añadido a la existencia en casi todos. La vida misma.

Un alma cándida. Elizabeth Taylor. Gatopardo ediciones. Junio de 2018. Traducción de Ana Bustelo. 

Otras obras de Elizabeth Taylor reseñadas en este blog: 

Una vista del puerto

La señorita Dashwood

martes, 17 de julio de 2018

"Domingo" de Irène Némirovsky


Desde la lectura de esa novelita tan llena de claves autobiográficas, El baile, he ido leyendo toda la obra de esta autora, cuya vida estuvo marcada por el nazismo. Las circunstancias políticas, cuando son tan terribles como una guerra, impiden el crecimiento personal y la vida cotidiana. Todo esto queda reflejado en su existencia y en su obra. Además, la infancia de Irène fue complicada y las secuelas de su vida familiar también se entremezclan en sus argumentos y en sus personajes. 

El punto fuerte de su literatura es el retrato psicológico, el acercamiento "desde dentro" a los personajes. De esa forma el lector puede conocerlos íntimamente, ponerse en su lugar e, incluso, establecer una dialéctica con respecto a sus ideas y comportamientos. Esa riqueza de matices, esa exposición del alma y de las emociones, genera unas historias muy potentes, llenas de argumentos que bien podrían valernos para nuestras propias vidas. Némirovsky es una genial observadora, no solo de lo que acontece, sino de lo que piensan, sienten o imaginan, las personas que aparecen en sus novelas. 

La salida progresiva de sus textos, debida a la sucesiva revalorización de su obra a consecuencia del gran número de lectores que la siguen, nos depara sorpresas como esta, unos relatos que había publicado en forma de historias cortas y en distintas revistas del país que había elegido para vivir, Francia, entre 1934 y 1940. Ella era ya una prestigiosa autora cuando casi toda Europa se vio envuelta en la locura del nazismo y en la Segunda Guerra Mundial, aunque ese mérito no le sirviera para escaparse de los campos de exterminio ni de la muerte, por su condición de judía. El Gobierno colaboracionista de Vichy le denegó la nacionalidad francesa, a pesar de que llevaba allí ya muchos años, incluso había estudiado Letras en la Sorbona. Fue deportada, junto con su marido, también judío. La publicación en 2004 de Suite Francesa, novela que su hija encontró manuscrita en una maleta olvidada, consiguió que su nombre saliera a la luz con espectacular fuerza y ha logrado que se convierta en una escritora de culto. 

La editorial Salamandra ha publicado ya un gran número de libros suyos, entre ellos el mencionado El baile y Suite Francesa, además de El ardor de la sangre, El caso Kurilov, David Golder (que fue su primera novela), Jezabel o El malentendido. 

Domingo contiene tres historias, las tres con un aire familiar y cotidiano que no logra ocultar el desasosiego que nos producen: en la primera, una hija y su madre reproducen la malsana relación que ella tuvo con la suya; en la segunda, un adolescente despierta a la vida a través de su imaginación, que intentará salvarlo de la destrucción de la guerra; en la tercera, unos hermanos y sus cónyuges tendrán que vérselas con el momento de la desaparición de su madre. Dramas humanos, historias cercanas, vida, en suma. 

Domingo. Irène Némirovsky. Traducción de José Antonio Soriano Marco. Ediciones Salamandra. Abril de 2017. 

Irène Némirovsky nació en 1913, hija única de una familia acaudalada, que huyó desde Kiev hacia París huyendo de la revolución bolchevique. Su vida personal estuvo marcada por una infancia triste en la que no tuvo el calor de una madre atenta. Esta circunstancia la refleja en sus novelas, sobre todo en El baile y El malentendido. Tuvo una exquisita educación, no obstante, licenciándose en Letras en la Sorbona e iniciando su carrera literaria con la publicación de relatos cortos publicados en revistas. La primera obra que apareció en forma de libro fue David Golder, en 1929. 
Casada con el también judío y escritor Michael Epstein, fue deportada a Auschwitz y asesinada allí en el año 1942. La publicación de Suite Francesa, de la que se ha hecho también una película, en 2004, dio a conocer a una autora fundamental para conocer la narrativa de la primera mitad del siglo XX. 

domingo, 15 de julio de 2018

"El último caso de Philip Trent" de E. C. Bentley

A Sigsbee Manderson, un rico americano, lo encuentra muerto su propio jardinero. Y aunque la policía no es tonta y las investigaciones parecen ir a buen paso, el pintor y detective aficionado Philip Trent no está demasiado conforme con lo que los periódicos detallan acerca del caso. Apasionado de los misterios, deseoso de hallar un desenlace acertado, Trent practica el arte de la deducción y este le conducirá a encontrar la verdad, que es la máxima aspiración de cuantos se enfrentan a un misterio de este tenor. Por eso acepta el encargo del director del Record y por eso se une en la investigación al experto policía inspector Murch.

Como reconocen todos los críticos esta es la obra maestra de E. C. Bentley, escrita con la intención de dotar a la galería de investigadores de alguien con un uso maduro de la inteligencia, fuera de las boberías y los acertijos que hasta entonces habían mandado en el género. Precisamente por eso es el inicio de la novela policíaca moderna, un detective que no está endiosado, no cree saberlo todo y utiliza la inteligencia como su arma principal. Un detective que recita versos clásicos y que comete errores. Philip Trent es joven, pintor de éxito, perspicaz y muy aficionado a los crímenes. Mucho menos atildado que los otros dos detectives de moda en la época, el que creó Sir Arthur Conan Doyle (Sherlock Holmes) y el que creó la dama del crimen Agatha Christie (Hércules Poirot). 

Manderson, la víctima del asesinato, era rico de familia. Primero su abuelo y luego su padre consiguieron reunir un enorme capital y a la muerte de este último, cuándo él contaba con treinta años, lo heredó todo y comenzó a realizar operaciones especulativas, al borde de la ley, que lo convirtieron en un hombre sin escrúpulos, en un Coloso de las finanzas. Por eso la noticia de su muerte volvió de revés el mundo de la Bolsa y Wall Street se convirtió en un hervidero de incertidumbres, un infierno. La noticia del asesinato llega inmediatamente al periódico Record, el matutino que debe ingeniárselas para guardar la primicia. Luego está el vespertino Sun, que también pertenece a la misma empresa. El mundo de la prensa se une así, en el retrato, al mundo de los negocios, dos ámbitos que están relacionados entre sí, a veces con lazos dudosos y sucios.

Manderson tenía una esposa muy joven, Mabel, que no parece muy afectada por su muerte; y dos secretarios, Marlowe, atractivo y sospechoso y el menos relevante Bunner. En el conjunto de personajes está también el señor Cuples, tío de Mabel. El escenario del crimen es una mansión inglesa de la campiña, aunque el cadáver, curiosamente, ha sido hallado en las afueras de esta, sobre el césped, junto a un cobertizo, bien vestido pero sin su dentadura postiza, un detalle que no pasa desapercibido al ingenioso Trent. 

E. C. Bentley era un periodista. Había nacido en Londres en el año 1875 y trabajó sobre todo para dos medios, el Daily News  el Daily Telegraph. Su novela se publicó en 1913 y llevaba una preciosa dedicatoria que reproduce esta edición actual de la editorial Siruela

A Gilbert Keith Chesterton

Querido Gilbert: Te dedico esta historia. Primero, porque el único motivo indisputablemente noble que tuve al escribirla fue la esperanza de que te gustara. Segundo, porque te debo un libro para responder a El hombre que fue Jueves. Tercero, porque, cuando te expliqué el plan, rodeados de franceses, hace dos años, te dije que lo haría. Cuarto, porque recuerdo el pasado...En nombre de aquella era te ofrezco este libro. 


Efectivamente, Chesterton le había dedicado su novela "El hombre que fue jueves" en 1908 y Bentley quiso corresponderle. Aunque Edmund Clerihew Bentley ha pasado a la posteridad literaria con mucha menor fama que sus coetáneos Arthur Conan Doyle y Agatha Christie, estos mismos autores lo consideraban un maestro y a esta novela una de las más importantes dentro del género. Lo mismo opinaban otros escritores que formaban parte del selecto club de amantes de la novela policíaca como el propio Chesterton, Dorothy L. Sauers, Ronald Knox, Freeman Wills Croft, entre otros. 


Los dieciséis capítulos de que consta el libro vienen cada uno titulados de una forma especial, original y hasta humorística. Los nombres son una especie de pista que se deja en el aire: Malas noticias, Poner la ciudad patas arriba, Desayuno, Revolotean unas esposas, Fisgando, El señor Bunner investiga, La dama de negro, La vista preliminar, Una pista fresca, La esposa de Dives, Inédito hasta la fecha, Días malos, Erupción, Escribiendo una carta, Doble astucia, La gota que colma el vaso. 

Lo más curioso de la historia es que aproximadamente a la mitad, el caso se resuelve o eso parece, reanudándose luego el relato en forma de novela psicológica más que detectivesca. Una vuelta de tuerca que el lector aprecia asombrado y que hace del libro un interesante estudio de personajes, hecho con elegancia y verosimilitud. El trasfondo del libro es la recesión económica, que saca a la luz lo peor de algunos ámbitos, como el policial, el de los negocios o el periodístico, los tres reflejados a fondo en la novela.

El último caso de Philip Trent. E. C. Bentley. Editado por Siruela, 2018. Traducción del inglés de Guillermo López Gallego. 

sábado, 14 de julio de 2018

Confidencias a media tarde


Hace tanto que no nos vemos...Y eso que he hecho intención de verte muchas veces...Pero, no sé si te lo he dicho, me cuesta trabajo salir a la calle, me abruma la gente. Cuando estoy en casa es como si hubiera un gran paraguas que me cubriera, que evitara el daño exterior, la contaminación de tratar con personas, el ruido de las conversaciones. No puedo prestar atención a la charla, me canso, me entran ganas de desaparecer. Todo lo externo es tan pesado de digerir, que es como si no tuviera ninguna capacidad para soportar a los demás.

Hay gente a la que me gustaría ver a menudo, como a ti, por supuesto, pero no creas que lo evito porque no te tenga cariño o porque soy una vaga. No. Es simplemente miedo. El miedo me atenaza mucho más de lo que podría explicarte. Una sensación que antes sentía esporádicamente pero que ahora forma parte de mí misma. Me levanto por las mañanas y pienso en ello. Reflexiono sobre mi cuerpo por si me duele algo y, enseguida, reparo en el miedo. Estoy sobresaltada, asustada o simplemente ansiosa, esperando que surja, esperando que lo que sea salga de donde esté escondido.

La noche es más fácil de llevar, acabo rendida de luchar y, cuando me echo en la cama y cierro los ojos, no tengo capacidad nada más que para desear dormir sin despertarme. A veces me desvelo y noto que despierto sudando, nerviosa, preocupada sin saber el motivo. En ocasiones sueño, aunque muy poco, pero son sueños que me dan quebraderos de cabeza e, incluso, me producen lágrimas. Despertarse con los ojos húmedos es una sensación que te sorprende al principio pero luego te acostumbras. Es como si durante el tiempo en que estás dormida no se parara nada, siguieran los acontecimientos, continuara la lucha. Muy cansado todo, muy difícil, muy duro. Prefiero no pensar, pero no puedo dejar de hacerlo. Es mi problema, ya sabes, pensar tanto y pensarlo todo. En fin...Tú ¿cómo estás? 

lunes, 9 de julio de 2018

Función de teatro



(Edward Hopper)

El sol abría la puerta de todos los veranos. Las salinas hervían. Los parques se llenaban de niños al caer de la tarde. Niños en bicicleta, con patines, niñas que sacaban a pasear a sus muñecas, niñas que se convertían en mamás y discutían entre ellas sobre vestidos, peinados y comiditas. Jugar a las comiditas era una de las diversiones de la calle y las niñas sus protagonistas. Ellos permanecían al otro lado de la acera, huraños, enfadados, dándose empujones o haciendo rodar la pelota. Eran dos mundos que apenas se tocaban, que no se encontraban pese a estar tan juntos. 

Solo el teatro obraba el milagro. Se colocaba en una de las paredes del patio, la que estaba entre dos ventanas enrejadas, una colcha de flores usada que servía de bambalinas y de telón, todo al tiempo. La colcha era el fondo en el que se reflejaban las escenas, en el que transcurría la acción. Cada verano se representaban dos o tres obras, adaptadas al gusto infantil por la madre, que hubiera querido ser escritora, quizá dramaturga, actriz de teatro o, incluso, cantante. La "Nora" de "Casa de muñecas" era su papel preferido, pero no podía representarlo con los niños y simplemente lo leía en voz alta en las noches más cálidas. Cantaba muy mal pero lo tarareaba todo, se sabía las letras de la canciones apenas escuchadas una sola vez, tenía una prodigiosa memoria y acompasaba el cante con unos golpecitos con los pies, llevando el compás, sin escaparse. 

Los papeles se repartían en un barullo que parecía no tener fin. Todos querían ser los protagonistas pero aprenderse de memoria las frases los solía desanimar. Alto, claro y pronunciando bien, decía la directora de escena. Al final, siempre eran los mismos los que afrontaban la parte más larga y los mismos los que hacían de secundarios. Unos secundarios muy simpáticos, alegres y característicos. Como dijo alguien una vez: "yo era tan mal actor de pequeño que hacía de árbol en las funciones y enseguida me talaban". Esa era la palabra mágica "función". Una función de teatro era un enigma. Prepararla un territorio incógnito. Conseguir ponerla en marcha, una gran suerte. 

Un año representaron la historia de Tom Sawyer y el niño que hacía de Tom se pasó todo el tiempo riéndose y sin enterarse de la trama. Fue un pequeño fracaso. La madre no se desesperaba, sabía que otra función saldría mejor y que el hecho de prepararla ya era un entretenimiento único. Como todas las madres de esa época solo disponía de sí misma para divertir a la prole y su labor hacía que toda la calle estuviera encantada. No solo lo conseguía con sus hijas sino con los hijos de los otros. 

Lo más difícil fue el Shakespeare que la hija mayor se empeñó en hacer cuando ya contaba doce años. Romeo y Julieta se convirtió en la piedra en el zapato. Ella, Julieta, quería que su Romeo fuera precisamente ese chico de piel blanca y cabello rubio que parecía tímido y, al final, lo era. El chico hubo de ser empujado a este precipicio actoral pero, cuando salió al escenario el día de la representación, con el patio lleno de jazmines y de madres ansiosas, su voz se elevó por encima de la concurrencia y ella, Julieta, supo que no se había equivocado. El amor la inundó en la función y fuera de ella. Siempre le ocurría igual. Siempre se enamoraba, aunque aún no lo sabía, de chicos tímidos, de piel clara y ojos asustados. 

La llegada del otoño y luego del invierno húmedo cerraban momentáneamente el teatro. Pero la palabra seguía existiendo y comenzaba por ello el reino de la poesía, de las adivinanzas y los juegos de película y de imitaciones. Todo se convertía en letras y sílabas y todos los niños guardaron en su cabeza la imagen de la madre declamando a Espronceda y a Hernández como si eso fuera un tesoro efímero que, sin embargo, perduró más allá del recuerdo. 

domingo, 8 de julio de 2018

La Costa Azul: el sueño de cada verano


(Raoul Dufy. La Costa Azul)

Todos los años en estas fechas, iniciado ya julio, sueño con que estoy en la Costa Azul. El sueño se repite de noche y se recuerda de día. La vida cotidiana mantiene ese sueño en el aire y el espejismo baila sobre la cabeza y se muestra en cada momento, como si estuviera anclado a una parte de mí, inconmovible. Veo a Max de Winter mientras se enamora de una muchacha sin nombre, que lleva media melena descuidada y una rebeca muy sencilla. Ambos surcan las carreteras orladas de árboles y se deslizan hasta precipicios innombrables, allí, junto a las calas de agua verde y brillante. 

En los descapotables viajan las jóvenes con sus mejores trajes, sombreros y fulares al viento, incluso abatidas por el recuerdo de Isadora Duncan y su absurda muerte, pero manteniendo una sonrisa descomunal, como si no pudiera evitarse ese destino ni otros semejantes. Grace Kelly tiene una estampa fulgurante, plantada allí, junto a Cary Grant, que sobrevive entre el engaño y se deja besar en el pasillo de un hotel de lujo. Las tardes de casino se convierten en ritos y las palabras se lanzan sin destinatario seguro: cualquiera puede ser el receptor de una invitación o un beso. 

Cuando ocurre un crimen, y pasa en ocasiones, aparece Poirot, con un vestido inmaculado y los zapatos recién cepillados, sin señal de polvo de desierto, a pesar de que, seguramente, días antes estuviera en Egipto o en Mesopotamia. El crimen se resuelve y los millonarios vuelven cabizbajos a sus mansiones, más aleccionados, más inseguros, menos llenos de vida. Porque en cualquier parte puede ocurrir que la historia se convierta en novela policíaca. 

Los días se suceden, las aguas se vuelven más azules, los cuadros de Dufy son el epistolario que no te escribiré porque no existes. En las tardes, un diario tendrá anotaciones y la muchacha que las escribe se dará cuenta de que, escritas, las esperanzas ya no suenan igual. Por eso volverá a su casa sin la ilusión que tuvo, es inútil pensar que un cretino dejará de serlo. 

Ahora que entiendo con toda claridad que tú y yo nunca estaremos juntos en la Costa Azul, ningún verano, en ninguna vida, el sueño parece redoblarse, como si trabajara sobre un lienzo en el que la imagen se colocara fija, una fotografía que no desmaya, que nunca se agota ni se pierde. Veo las voces que no existirán, oigo los movimientos que no haremos, danzo por los aeropuertos, me siento en los salones, tengo la sensación cercana de las olas, que se abaten suavemente en las rocas perdidas entre el asfalto. 

sábado, 7 de julio de 2018

"El otro París", un cuento de Mavis Gallant


Como ella misma escribe en la introducción, los cuentos de Mavis Gallant hay que leerlos uno a uno y despacio, no de un tirón, porque no son una novela, son gotas de agua, distintas, que no pueden mezclarse. Cada cuento te deja una sensación y te pone delante un espejo. En "El otro París" hay cuatro protagonistas. Carol es una chica americana, de veintidós años, que está en París buscando al París del que hablan los poetas y el cine. Un París mágico, en el que es posible y obligatorio enamorarse. Sin embargo, se ha prometido con su jefe Howard, un hombre práctico que, un día cualquiera, se vio demasiado solo en su apartamento y pensó que era hora de buscarse una pareja. También está Odile, la secretaria de Howard, que parece amiga de Carol pero que no lo es, aunque tiene destellos. Más bien es amiga de sí misma y no cree en nadie. Y, por último, Felix, un refugiado del este que es pobre, ilegal, desgraciado e indiferente. 


Entre Carol y Felix hay una extraña relación, nueve años de diferencia de edad y un miedo a la soledad que ninguno reconoce. Aunque el noviazgo que conducirá a boda de Carol y Howard parece que es la unión que se lleva la mejor parte, en realidad ambos saben que se están engañando. Y él mueve la cabeza y ella sigue buscando. Mientras, en una habitación desvencijada de un hotel mugriento, Odile es capaz de dormirse y cerrar los ojos confiada en la cama de Felix, llena de sábanas usadas, ropa gastada y rota y sueños destruidos. Qué París es este París...No sale en ninguna postal ni en ninguna foto pero, seguramente, existe. Y por eso son cinco los protagonistas de la historia, aunque el París que buscan esté ausente. 


(Pinturas de Tade Styka. 1889-1954)

El otro París es uno de los cuentos que forman el volumen Los Cuentos, escritos por Mavis Gallant y publicados en castellano, en el año 2009, por Lumen. La traducción corre a cargo de Sergio Lledó. 

El título original fue: "The Selected Stories of Mavis Gallant" y llevan un prólogo escrito por la propia autora en 1996 en el que cuenta su historia literaria. 

Están organizados cronológicamente por décadas. El otro París es el primer cuento de la década de los cincuenta. 

Resulta muy difícil dejar de deslumbrarse por su escritura. La narración te convierte en espectador privilegiado de lo que ocurre y, sin que intervenga la intriga que caracteriza a una historia policíaca, no deja de causar una tensión especial, como si esperaras que ocurriera algo, que se subvirtiera el orden, que todo cambiara inopinadamente. El cuento es un prodigio de exactitud literaria, un fuego que arrasa y que no es posible apagar sino continuando con su lectura. 

viernes, 6 de julio de 2018

Cartas que ya no te escribo


Escribir cartas es un arte. Jane Austen lo poseía. Las que escribió a su hermana Cassandra son las mejores, aunque se conservan muy pocas. El secreto estaba, según ella misma dijo en más de una ocasión, en expresarse de igual forma que lo haría si la persona estuviera presente y hablara con ella. Espontaneidad con estilo. Nada de tiesuras, actitudes impostadas, cursilerías o inventos chinos. Pura y simple naturalidad, ese dejarse llevar por las palabras, por los acontecimientos, ideas, pensamientos y noticias. Mi corazón se transformaba en escritura. 

Así eran mis cartas, las que tú no recuerdas. Numerosas, largas, sentidas y tiernas cartas. Las escribía y, como no es caso de usar palomas mensajeras, correos del rey, ni siquiera papel, sobre y sello, te las hacía llegar por el correo electrónico y constituían una prueba segura de que entonces tú merecías la pena. Contar algo, escribir una carta, es una de las muestras más generosas de entrega que pueden hacer los seres humanos. Darse al otro en forma de relato. Convertir tu vida en una historia para que pueda ser leída y conocida. Mis cartas, que a veces alababas porque decías que eran divertidas, intensas y bien escritas, dejaron de llegarte aunque no las añoras, ni las echas de menos, ni has reparado en ello, bien lo sé. Eran un símbolo. 

Las cartas que ya no te escribo no son palabras ni emociones que se pierden. No. Aunque no estés tú al otro lado ellas siguen su curso, se convierten en otra cosa, porque para alguien que tiene en las letras su universo más cierto, no existe silencio ni muro a la hora de expresarse o de decir.

Así que esas palabras, que primero se mezclaron con el agua de las lágrimas como las escorrentías que deja a un lado la lluvia en los pantanos, recuperaron un día su razón de ser y se mueven airosas y van al sitio en que se las escucha y entiende. Y luego está el silencio, ese del que tanto he aprendido y al que tanto recurro ahora que tú no escuchas ni te cuento.

Alguien que no repara siquiera en que han dejado de llegarle cartas no posee la cualidad de merecer leerlas. 

miércoles, 4 de julio de 2018

Todo lo que imagino



En el verano de 1813 Jane Austen tenía 37 años y una carrera literaria consolidada, además de cierta independencia económica que le proporcionaban las ganancias, aunque no astrales por supuesto, de sus libros. Eso significaba tranquilidad. Asimismo, su oficio estaba asentado y su creatividad en alza. Aunque sotto voce todo su entorno conocía su faceta de escritora, no era menos cierto que ninguno de sus libros iba firmado con su nombre.

No le gustaba frecuentar los cenáculos literarios, era una escritora de interior, sin proyección pública. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que no tuviera plena conciencia de lo que hacía y de que esto requería tiempo, dedicación y esfuerzo. Todo lo contrario. Hay en ella una rara mezcla de compromiso personal y de desinterés social por la literatura. Se cuenta, incluso, que estuvo a punto de conocer en persona a Madame de Staël, a la sazón de visita en Londres, pero no quiso. No sabemos si esa negativa fue la que llevó a la francesa a opinar que sus novelas no tenían brillantez, que eran, más que nada, la expresión de la vulgaridad de un entorno social muy restringido. Su única concesión a la vida de sociedad era asistir al teatro en Londres con sus hermanos o sobrinas. La escena le permitía disfrutar con una actividad muy de su agrado. Los bailes, en cambio, que antes tanto la motivaban, terminaron para ella en Kent, en el castillo de Chilham, cuando ya contaba 38 años.

Aparte de las salidas esporádicas a Londres y a Kent, su estancia en Chawton en estos años finales de su vida es la que permite que se siente a escribir. Esa necesaria tranquilidad, esa placidez que puede servir de acomodo al esfuerzo de pensar y trasladar al papel esos pensamientos, se producen allí, en la que fue su última casa y que, junto a su casa de la infancia en Steventon, fue su territorio más querido y en el que más segura se sentía. Sabemos ya que la inseguridad y los vaivenes no convenían a su escritura, de ahí el silencio de los años de Bath. 



En estos años Jane Austen dedicaba mucho tiempo a sus sobrinas, Fanny y Anna. Sus consejos la semejan a la señora Weston de Emma, siempre dispuesta a iluminar la mente de la protagonista. Les decía que no se casaran sin amor y también que nunca existiría el pretendiente perfecto. Ambos consejos arrojan luz sobre su carácter, sensible pero práctico, nada romántico.

De esas fechas es su famoso comentario acerca de la tarea de escribir: “Ahora te deleitas reuniendo a tus personajes, poniéndolos exactamente en el sitio que corresponde…, eso que constituye las delicias de mi vida; con lo que hay que trabajar es con tres o cuatro familias de una aldea rural”.

Si habéis leído alguna de las novelas de Agatha Christie no podéis dejar de observar el paralelismo entre ambas a la hora de elegir escenario y personajes. Salvando las distancias, ese es también el universo literario de la dama del crimen. Unas pocas familias en un entorno rural y conocido.

Si en Christie la sorpresa deviene de la existencia de focos de maldad en un ambiente aparentemente apacible, en Austen surge por la enorme variedad de sentimientos, emociones e ideas que pueden extraerse de esa aparente simplicidad. Y como todo ello se pone de manifiesto con un arma mortífera: la conversación. 

Dos acontecimientos muy dispares distrajeron la atención de Jane Austen durante estos años. Como en la vida suele ocurrir, uno era bueno y el otro malo. Empecemos por el malo: La casa en la que vivía era propiedad de su hermano Edward y este tuvo que afrontar un pleito por la misma debido a la pretensión de la familia Hinton de tener mejor derecho sobre ella.

El acontecimiento feliz fue una boda. Anna, una de las sobrinas, se casó con Benjamin Leroy y la boda tuvo lugar en Steventon, el paraíso de la infancia de los Austen. Noviembre es un mes triste y el día amaneció gris y nublado. En el desayuno nupcial hubo varias clases de pan, bollos calientes, tostadas con mantequilla, lengua o jamón, y huevos. Como manjares especiales, chocolate y el inevitable pastel de bodas. Los pasteles de boda aparecen con frecuencia en las novelas de Agatha Christie. En una de ellas se narra que alguien conservó debajo de la almohada un trozo del referido pastel.


En la boda de Steventon los criados tomaron, por la noche, pastel y ponche, lo que hace pensar que era de tamaño considerable y, desde luego, el rey de la celebración. 

Si nos pudiéramos detener en las amistades y relaciones que cultivaba Austen nos daríamos cuenta de todo lo que debe a su imaginación aquello que describe en sus libros. Los anodinos amigos y vecinos de la vida real se transformaron en personajes apetecibles desde el punto de vista literario. Eso es fácil de constatar si uno lee, por ejemplo, Emma, su novela de madurez, su obra maestra.  Es un acto de creación pura y dura. En un lugar de Surrey inexistente en los mapas, surgido de su cabeza, está Emma, rica, lista, guapa y muy joven. Su padre, una especie de hipocondríaco impenitente. Su hermana, poco espabilada pero lo suficiente como para casarse con un abogado que ejerce en la capital. El hermano del abogado y, a la vez, protagonista masculino, un terrateniente ilustrado, firme pero tierno. La antigua institutriz luego casada con otro miembro de la gentry. La chica pobre del orfanato. La chica pobre pero muy guapa. El hijo pródigo. El clérigo presuntuoso y su presuntuosa esposa. Las mujeres inocentes y llenas de deudas. La rectora del orfanato. Los granjeros Martin. 

Todos ellos anduvieron en la cabeza de Austen y, desde su pluma, llegaron al papel y formaron la novela de la que hablamos, que se terminó el 29 de marzo de 1815, justo cuando Napoleón se escapaba de Elba, se dirigía a reunir a sus tropas en el norte y volvía a París a recuperar el poder perdido.

(Pinturas que representan mujeres vestidas al estilo Imperio, principios del siglo XIX)

martes, 3 de julio de 2018

La novela romántica de Corín Tellado


Aunque no lo sepamos, muchas generaciones de españolas, crecieron leyendo sus libros. Ella se decía "escritora" a secas, pero todos los críticos la tildaban de "escritora de novela romántica". Corín Tellado fue la precursora de todo el novelismo romanticón de ahora. No tengo ni idea de cuántas novelas escribió pero deben ser miles y todavía pueden verse en los libreros de viejo y en las ferias del libro de ocasión. En alguna de estas me he hecho de ejemplares y están por aquí, como testimonio de una literatura que, lejos de perderse, ahora se mueve mucho entre las redes y los autopublicados. 

Si repasas su biografía verás que era un crack, una mujer adelantada a su tiempo. Algunos de los títulos que puso a sus novelas eran espectaculares. "Mejor amante que marido", por ejemplo. Cosa inusual y complicada en aquellos tiempos. En realidad, hablar de "tiempo" es relativamente difícil, porque su trayectoria ha sido larguísima y los formatos de sus novelas han cambiado de una manera sustancial. No así su estilo. He leído algunas de ellas y puedo decir que no se trata de almibaradas historias en las que el chico es un estirado señor que se prenda de una dama, quiá, nada de eso. Su descripción favorita de los hombres era esta "Vestía un pantalón de dril color canela y una camisa a cuadros arremangada hasta el codo". Cuando leía alguna de estas cosas (que andaban por los cajones de la casa de mi abuela) me preguntaba que sería eso de "dril" y, como Umbral, no me he levantado nunca a averiguarlo. Pero no es difícil imaginarse la planta del tipo, varonil, desde luego, con un cigarrillo en la comisura de los labios, las manos grandes y una mirada que te subyugaba nada más verte. 

En cuanto a las chicas, las más tradicionales eran de buena familia y solían enamorarse de un bala perdida, pero también las había madres solteras, por ejemplo, y gente que trabajaba, que ejercía una profesión y que le daba sopas con honda a cualquier liberada de ahora. Usaban pantalones, fumaban, conducían y yo creo que hasta hacían el amor. Eran mujeres que respondían a un retrato pop, con pitillos ajustados, camisas anudadas a la cintura, cintas en el pelo y peinados estrafalarios.

La historia que narraba solía plantearse a partir de un conflicto, algo que impedía la felicidad de los amantes. A veces eran ellos mismos los que, lejos de reconocerse entre un gentío como almas gemelas, se empeñaban en errar y en no darse cuenta de que el destino los uniría tarde o temprano. Había uniones desiguales, tipos mujeriegos, ricos que terminaban domesticados por sus secretarias y toda una suerte de situaciones que no siempre eran edificantes. 

Como nuestra memoria es tan frágil y nadie reconocerá nunca saber nada de Corín, las escritoras de novela romántica de ahora no la tendrán entre sus precedentes. Querrán hallar paralelismos en modelos más sublimes y negarán haberla leído, e incluso, hojeado. Pero, al lado de ella, las Grey y todas esas sucedáneas no son nada más que sombras chinescas. 

Aquel fugaz momento en que te amaba


Tú bien sabes que te he querido tanto, que te he querido mucho, que ese mucho lo he dicho y repetido y lo he mostrado sin duda abiertamente y sabes que todo ha sido inútil. Compras en el vivero una maceta, una pequeña planta de colores muy vivos y luego la alimentas, la riegas y la pones al sol. Observas como crece y le dices palabras, porque a las plantas, como a los seres vivos, hay que hablarles para que se sientan comprendidas y amadas. Así lo hice contigo y tus rarezas, contigo y tus extrañas expresiones, contigo y tus ausencias, contigo y tus mentiras. 

La planta, sin saberlo, apenas sin motivo, con un motivo solo y tan efímero, estuvo un tiempo a oscuras y la luz que se fue la dejó para siempre varada como un barco en un puerto de árboles ajenos. No recuerda, como yo no recuerdo, aquel fugaz momento en que te amaba y lo mostraba así, sin ocultarlo, sin ocultarme yo, mostrando enteras mis palabras convertidas en dudas y al revés si es que fuera posible. 

He tirado ayer tarde a la basura, con cierta pena pero no demasiada, los restos de la planta, calcinados de un calor que atraviesa la atmósfera, sin flores y sin hojas, un furioso esqueleto, una matriz de un calendario absurdo, nada que demostrar, nada que verse, que merezca la pena de guardarse, frío y sin corazón, dentro de las páginas de cualquier libro. Y con la planta lo he arrojado todo, incluso me he lanzado a mí  a esa clase de olvido que consiste en andar sin volver la cabeza. No estoy, diré, no soy, no he sido, ni siquiera recuerdo aquel fugaz momento en que te amaba. Me volveré invisible. Y un cuaderno de notas recogerá el testigo. 




(Título: un verso de Ángel González) (Pinturas impresionistas de Edward Cucuel, 1875-1954)

domingo, 1 de julio de 2018

Seremos olvido





Quiero que pase el día de hoy y que con él termine este dolor que siento. Si alguien te hace daño debería desaparecer de la faz de tu tierra, caer fulminado del fondo de ti y no tener ningún hueco en tus pensamientos. Pero la vida me enseña a cada instante que eso solo es posible para algunas personas y que otras, sin quererlo, quizá porque somos más inseguras o menos racionales, sufrimos demasiado y demasiado a menudo. 

Cuando caiga la noche estará a punto de empezar una historia nueva. Hay veces en que no se sabe cómo cerrar capítulos de un libro y cómo iniciar otros. Los venideros no llegan a escribirse sin hacer un balance de todo lo anterior. Tienes que reconocer que mentiste, que te engañaste a ti misma y que convertiste tu vida en una incógnita pesada. Entonces, tras ello, se abrirá ante ti una posibilidad, la de estar en paz, la de la serenidad que ansias desde hace tanto tiempo. 

El engaño es el maestro del dolor. La mentira se conjura para hacerte infeliz. La ausencia no es tan mala como el juego. La manipulación es aquello que te deja inerme ante la duda. Y la duda te ahoga, te convierte en alguien que no eres, que no quieres ser y que no quieres ver en el espejo. Así, mirando la naturaleza que se abre ante mí, las hojas tersas de los árboles, el aire que mueve las ramas, así soy capaz de encontrar el fallo, el hueco, el error, la falsedad y mi propia desolación. 

No habrá horas como estas de hoy cuando acierte a poner fin a una mentira que me ha dejado exhausta. La maldad existe y no he podido reconocerla hasta ahora. Han tenido que conjugarse circunstancias y verbos para poder escribirla con todo su sentido. No esperaba que se cumpliera este pronóstico pero, si no queda otra salida, habré de reconocer a pesar mío, que erré, perdí y dejé en el camino tanto bagaje que ahora no sé si tendré fuerzas para llenar de nuevo mis alforjas. 

Media tarde de sol y una sombra que avanza para traer la noche. En el escaparate fluctúan las ventanas como si fuera un cuadro hiperrealista. No estás llegando al sitio donde el amor espera. No hay autobuses que circulan en dirección al odio. Esperas que el tiempo pase con la tranquilidad de que quedan pocas esquirlas que clavar en las manos que extendiste con increíble anhelo. 

Nunca tuvimos nada, la nada fuimos. No fuimos nada que pueda contarse. Por eso no hay llanto que poner sobre la mesa. Nada fuimos. Seremos olvido. 



(Pinturas de Matthew W. Cornell)