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Función de teatro



(Edward Hopper)

El sol abría la puerta de todos los veranos. Las salinas hervían. Los parques se llenaban de niños al caer de la tarde. Niños en bicicleta, con patines, niñas que sacaban a pasear a sus muñecas, niñas que se convertían en mamás y discutían entre ellas sobre vestidos, peinados y comiditas. Jugar a las comiditas era una de las diversiones de la calle y las niñas sus protagonistas. Ellos permanecían al otro lado de la acera, huraños, enfadados, dándose empujones o haciendo rodar la pelota. Eran dos mundos que apenas se tocaban, que no se encontraban pese a estar tan juntos. 

Solo el teatro obraba el milagro. Se colocaba en una de las paredes del patio, la que estaba entre dos ventanas enrejadas, una colcha de flores usada que servía de bambalinas y de telón, todo al tiempo. La colcha era el fondo en el que se reflejaban las escenas, en el que transcurría la acción. Cada verano se representaban dos o tres obras, adaptadas al gusto infantil por la madre, que hubiera querido ser escritora, quizá dramaturga, actriz de teatro o, incluso, cantante. La "Nora" de "Casa de muñecas" era su papel preferido, pero no podía representarlo con los niños y simplemente lo leía en voz alta en las noches más cálidas. Cantaba muy mal pero lo tarareaba todo, se sabía las letras de la canciones apenas escuchadas una sola vez, tenía una prodigiosa memoria y acompasaba el cante con unos golpecitos con los pies, llevando el compás, sin escaparse. 

Los papeles se repartían en un barullo que parecía no tener fin. Todos querían ser los protagonistas pero aprenderse de memoria las frases los solía desanimar. Alto, claro y pronunciando bien, decía la directora de escena. Al final, siempre eran los mismos los que afrontaban la parte más larga y los mismos los que hacían de secundarios. Unos secundarios muy simpáticos, alegres y característicos. Como dijo alguien una vez: "yo era tan mal actor de pequeño que hacía de árbol en las funciones y enseguida me talaban". Esa era la palabra mágica "función". Una función de teatro era un enigma. Prepararla un territorio incógnito. Conseguir ponerla en marcha, una gran suerte. 

Un año representaron la historia de Tom Sawyer y el niño que hacía de Tom se pasó todo el tiempo riéndose y sin enterarse de la trama. Fue un pequeño fracaso. La madre no se desesperaba, sabía que otra función saldría mejor y que el hecho de prepararla ya era un entretenimiento único. Como todas las madres de esa época solo disponía de sí misma para divertir a la prole y su labor hacía que toda la calle estuviera encantada. No solo lo conseguía con sus hijas sino con los hijos de los otros. 

Lo más difícil fue el Shakespeare que la hija mayor se empeñó en hacer cuando ya contaba doce años. Romeo y Julieta se convirtió en la piedra en el zapato. Ella, Julieta, quería que su Romeo fuera precisamente ese chico de piel blanca y cabello rubio que parecía tímido y, al final, lo era. El chico hubo de ser empujado a este precipicio actoral pero, cuando salió al escenario el día de la representación, con el patio lleno de jazmines y de madres ansiosas, su voz se elevó por encima de la concurrencia y ella, Julieta, supo que no se había equivocado. El amor la inundó en la función y fuera de ella. Siempre le ocurría igual. Siempre se enamoraba, aunque aún no lo sabía, de chicos tímidos, de piel clara y ojos asustados. 

La llegada del otoño y luego del invierno húmedo cerraban momentáneamente el teatro. Pero la palabra seguía existiendo y comenzaba por ello el reino de la poesía, de las adivinanzas y los juegos de película y de imitaciones. Todo se convertía en letras y sílabas y todos los niños guardaron en su cabeza la imagen de la madre declamando a Espronceda y a Hernández como si eso fuera un tesoro efímero que, sin embargo, perduró más allá del recuerdo. 

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