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Con otra mirada

 


Sevilla es una postal. A veces aparece en alguna película, con su río, sus puentes, sus hermosas orillas, su música, su cosa "especial". Es una postal romántica, barroca, romana y renacentista. Una visión cuajada y llena de matices. Algo inexplicable. Imagen reluciente de calles y callejas, de artistas y de espacios, de edificios, de verde y de azul ultramarinos, de barrios. Todo eso es Sevilla y esa es la Sevilla que se siente tan amada, tan acorde con lo que uno desea contemplar y vivir. Pero hay otras Sevillas. 

Una vez me robaron el coche. Era época de feria y yo vivía en Los Remedios. Mi pareja de entonces tuvo la ocurrencia de que nos diéramos una vuelta por algunas zonas de la ciudad a las que nunca íbamos pero que podían tener "algo que ver" con el coche robado. El coche nunca apareció, por otra parte, pero de esos paseos clandestinos y nocturnos, con las ventanillas subidas, saqué algunas enseñanzas. A él no parecía afectarle nada de lo que veía y creo que fue porque se crió en Torreblanca, en las casitas bajas, y estaba acostumbrado a cosas que yo no sospechaba. Tenía claro que no es oro todo lo que reluce y que el estigma de algunos lugares impedía ver la blancura de la buena gente. Así que el paseo nocturno por las Tres Mil y ese paisaje aterrador de hogueras no le impresionó en absoluto y a mí me mantuvo agarrada al asiento y al deseo ferviente de volver a lo que era nuestra civilización, a Los Remedios, al mundo tranquilo. 

Hace algún tiempo leí un libro de Katherena Vermette que me fascinó. De él escribí en este blog: El relato transcurre en líneas paralelas que acaban convergiendo, en círculos que terminan bebiendo del mismo origen. El barrio, lleno de descampados y de casas pobres, es un elemento vital. También lo es el mundo de las mujeres, sus silencios, sus alianzas, sus recuerdos, sus actos. Las mujeres pisan fuerte para lo bueno y para lo malo, mientras que los hombres son verdugos o víctimas, pero nunca deciden. Los niños son aquí tanto un problema como una esperanza y el libro está lleno de ellos. Los hijos de Stella, los hijos de Louisa, los de Rita, la hija de Paulina, las hijas de Elsie…ninguno de ellos tiene asegurado más allá de un poco de lucha en la que tendrán que salir victoriosos. 

El libro se llama "En un lugar sin nombre" y es una crónica interior de la vida de algunas personas en un lugar desasistido, un lugar de esos en que te da miedo asomarte a la ventana, en los que la vida tiene un precio muy caro de pagar. Algo así es lo que sugiere el paisaje que narra en su libro autobiográfico Antonio Ortega, cuya mirada es otra, no solo porque habla de la Sevilla escondida, la que no aparece ni en las márgenes de la postal, sino porque el que se asoma y cuenta es un niño, el niño que fue y que quizá sigue siendo, pero, en todo caso, el niño que vislumbra, en ese desarraigo certero y tan difícil de controlar, que hay una vida mejor en cualquier sitio pero que no es la suya. 

Todas las infancias se parecen en que la mirada es única y distinta a la del adulto, pero hay infancias con baños de mar y sombrillas y otras infancias que se mueven entre el lodo y el agua fría, sin que haya, como decía Françoise Sagan, ni una gota de sol que pueda aliviarlas. Sevilla es una ciudad de ríos subterráneos, que surgen en torno a ella en forma de inhóspitos canales, de arroyos que se desbordan, de riadas inmensas que acaban contaminándolo todo, y por eso la humedad atraviesa los poros y hay tanta sensación de desistimiento en aquellos que viven su periferia, en aquellos que respiran otro aire, menos fastuoso, menos elegante, menos dispuesto a la foto y a la exhibición. Las aristas de las grandes ciudades siempre acaban pinchando a alguna gente, aunque haya poca que lo explique y lo exprese en voz alta. El niño que fue Antonio Ortega lo relata y queremos ver en esa historia algo parecido a lo que sienten algunos despojados que duermen al relente porque tienen la esperanza de que haya algo que mueva los molinos de sus vidas. 

Como le sucedió a Keiko: Keiko Takayama vive en la calle. Ella es una de las diez mujeres que conviven, en un suburbio de Osaka, con otros diez mil mendigos. En el barrio de Kamagasaki no hay tregua. Es el barrio de los pobres, de los que viven en los parques, de los sin hogar que lo han perdido todo, hasta la esperanza. Los “no jyuku sha”, los sin techo de Osaka, fueron ocupando este barrio al mismo tiempo que otra gente, más afortunada, se marchaba. Ahora, “los que viven en los parques”, sinónimo de pobres en Japón, son dueños de una extensión de dos kilómetros que sólo tiene un edificio en pie, la antigua fábrica de jabones. Todo lo demás son lonas azules, cartones, chatarra y dos manchas verdes, los dos parques que no tienen nombre. En este barrio provisional, que ha cumplido ya diez años (al igual que hay diez mujeres mendigas y diez mil mendigos), no hay niños.

En este Oliver Twist de las Tres Mil Viviendas no está el regusto a sal y esteros que tenían los niños de mi calle, todos empeñados en ser dioses del mar y del atlántico, navegantes sin barco, a bordo de una historia nueva que se escribía sobre la historia del pasado, la que se hallaba en los fuertes napoleónicos prendidos de verdín y la que traía el levante los días de más calor. No es la misma libertad ni el mismo eco, aunque parezca que todo lo que se ha vivido reaparece con el tiempo convertido en oda. También Tom Sawyer se escapaba de su casa para ir a bañarse al río y tenía que justificar luego el que los botones de su camisa estuvieran cosidos con hilo negro ante la implacable Tía Polly, que miraba a los niños por encima de las gafas porque eran poco importantes. En este libro parece que el niño protagonista ha cogido las riendas de la historia y no las suelta. 

"La zúa" no es un relato romántico, ni una folklórica descripción de un tiempo, el de la infancia, en el que todo se ama, incluyo lo que es oscuro y hace daño. Es, más bien, la forma de darle entidad, esencia y voz, a una parte de la ciudad que rara vez se escucha, salvo por la demagogia de los que necesitan que haya pobres para sentirse mejor consigo mismos. Es literatura también. Es denuncia. Es biografía. Más que nada una muestra de que para algunas personas el silencio no es una opción. 

La zúa. Antonio Ortega Rubio. Altramuz Editorial. Abril de 2022. 140 páginas. 

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