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Romero de Torres en la Copa Pavón

 


(Julio Romero de Torres: Retrato de la Niña de los Peines, 1901-1902. Centro de Arte Reina Sofía)

En 1925 los concursos tenían una gran aceptación entre los públicos del flamenco. Era una época esplendorosa para este arte, que se presentaba en muchas modalidades. La empresa del Teatro Pavón de Madrid convocó un concurso de cante jondo para decidir la que llamarían "Copa Pavón" y que tuvo lugar el 24 de agosto de ese año. Dado el relieve que se le pretendía dar al acto, se conformó un jurado con tres autoridades: Julio Romero de Torres (1874-1930), el afamado pintor cordobés; José María de Granada, escritor y autor de obras que se representaban en aquel tiempo, así como el Papa del cante, el jerezano Don Antonio Chacón. Para darnos idea de la importancia del certamen hay que señalar que la entrada al mismo costaba el doble que un espectáculo normal, es decir, cinco pesetas. Allí se presentaron un importante número de artistas: Manuel Escacena, Angelillo, Manuel Vallejo, Niño de Madrid, El Macarena, El Cojo de Málaga, El Mochuelo, El Niño de Tetuán y el Niño de Marchena. 

La batalla fue muy dura y reñida por la calidad de los que optaban al premio. Llegaron casi igualados al momento final, el Niño de Marchena y Manuel Vallejo (1891-1960), por lo que tuvo que decidirse contando con la opinión más acreditada en el cante, que no era otra que la de Don Antonio Chacón. Fue él quien dio su opinión acerca de que Vallejo era el merecedor de la Copa. Para el cantaor sevillano, nacido en la calle Padilla en 1891 fue un pasaporte seguro para mayores éxitos y siempre se mostró orgulloso de ese trofeo y del posterior, la Llave de Oro del Cante que recibiría allí mismo, de manos de Manuel Torre, un año después, en un homenaje que se le rinde dada su trayectoria brillante. 

Para Julio Romero de Torres el flamenco era un arte cercano. Además del retrato que hizo a la Niña de los Peines (1890-1969) y que figura en lo más alto de la retratística flamenca, otras obras suyas incidieron en esta temática, como "Las alegrías", "La carcelera" o "La saeta". En el retrato de Pastora podemos verla vestida suntuosamente, con traje bordado acompañado de mantón de rica tela, tocada con peineta en forma de corazón, y sentada en primer plano con actitud de tocar las palmas, con esa postura propia de las mujeres cuando cantan flamenco. Al fondo en un sobrio patio andaluz, sin público, sin flores ni adornos, se eleva un tablao flamenco en el que está Julia Borrul, la modelo que aparece en "Las alegrías", prácticamente en la misma actitud corporal. Más allá, unos cipreses y el cielo cordobés. Todo el cuadro tiene un aire sobrio, característico del maestro, que juega con los negros y les da luz y amplitud pictórica, así como con la piel del cuerpo de la cantaora, sobre todo las manos, que adquieren corporeidad a base de alumbrarlas. 

Era relación estrecha entre intelectuales, pintores, escritores y flamencos era usual en aquellos años veinte, en los que había desaparecido la desconfianza de tiempos anteriores e incluso el desprecio por esta manifestación artística. 

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